(Es Loli) –dijo una voz en mi cabeza.
–¿Holaaá?
–¡Papiiii!
–¿Loli?
–¡Shi, Papi, soy sho!
–¡Loli, mi vida! –dije, con la inmensa alegría que siento cada vez que me llama. Claro que en ese momento caí en cuenta que si acá era tarde, en Barcelona debía ser mucho más tarde.
–Loli... ¿Qué hacés despierta a esta hora? ¡Son como las dos de la mañana allá!
–Shi... (¡Snif!) –creí escuchar ese ruidito inconfundible tan propio de Lolita, cuando está triste y estuvo llorando.
–¿Pasó algo, mi amor?
–No sabés, Papi...
–No, bichito. No sé... pero si me contás, a lo mejor me entero.
–A mí, asher... (¡Snif!)
–¿Qué pasó, Loli? Dale, decime, por favor –admito que me estaba alarmando un poco.
–Asher...
–¡Dale, Loli! ¿Qué te pasó ayer?
–Me... me...
–¿Te qué, Loli?
–¡Me robaron el celular, Papi!
–¡Uh, nooo!
–¡Uhhh, síiii!
–Pero ¿cómo? ¿Cuándo? ¿Adónde? ¿Te pasó algo? –mi grado de alarma había trepado de golpe unos cuantos escalones.
–No, no, Papi... tranquilo... No me pasó nada.
–¿Y cómo te robaron el celular?
–De la habitación...
–¿Eh? ¿De la habitación? ¿Y quién entró?
–Entraron a cambiar las sábanas... ¿viste? ¡Justo ayer!
–Pero Loli, a ver... ¿Y adónde habías dejado el celular?
–Mhhh...
–Loli, dale... contestame, por favor…
(...)
–¿Loli?
–Es que fue culpa mía... como salí corriendo porque teníamos que ir al acuario, me lo olvidé.
–¡Ay, Loli! ¿Adónde lo dejaste?

–Creo que entre las sábanas...
–¡Pero Loli! ¿Cómo entre las sábanas?
–Sí, sí... sha sé... No me digas nada. Dejé la cama deshecha y debe haber quedado ahí. Y bueno, justo vinieron a cambiar las sábanas y... ¡Me quedé sin mi celu!
–Mjm... ¿Y preguntaste en la administración si al cambiar la ropa de cama no quedó entre las sábanas?
–Sí, Papi. Pero me dijeron que no podían revisar los cientos de sábanas que hay para el lavadero industrial... Que igual iban a decirle al del lavadero, por si lo encontraba...
–¿Y? ¿Fuiste a preguntar?
–Sí, no lo encontraron.
–¿Revisaste bien todas tus cosas?
–Sí, Papi... no está... Chau, SJ...
–¿SJ?
–Se Jue... ¡Chau celu!
–¡Uy, mi princesita!
–¿Y ahora qué voy a hacer sin el celu, Papi?
–A ver... Ahora, ahora, mientras estés allá... ¿Lo necesitás?
–No. Lo usaba de despertador.
–¿Podés arreglarlo ahora?
–Y... la verdad, que no.
–Entonces, Loli, no te amargues y seguí disfrutando de tu viaje, ¿sí? Cuando llegues, vemos cómo hacemos para que tengas otro –le dije, para que no se hiciera mala sangre.
–¿En serio?
–Sí, Loli. En serio. Y, por favor, no dejes nada más de valor en ningún lado, ¿eh?
–No, Papi... No vuelvo a dejar nada más sin guardar.
–Y que esto no te estropee el día, ¿eh?
–No, no me lo estropea (...) Pero... es que tenía todos mis números y...
–Loli... ¿Podés recuperarlos los números?
–Shi... Pero tus mensajitos no.
–Bueno, Loli... No hay remedio, de manera que no te hagas problemas por eso, ¿sí?
–Sí... (...) Papi...
–¿Qué, mi amor?
–Gracias por escucharme...
–Pero Loli... No me digas gracias por eso.
–Sí te digo gracias, porque siempre estás ahí cuando me pasa algo. Y, Papi...
–¿Qué, Princesita?
–Te extraño.
–Y yo a vos.
–Y te amo más que antes. Desde acá, hasta allá... Así de más que antes.
–Yo también, Loli. Y ahora... ¿Qué te parece si te vas a dormir, eh?
–Shi...
–Que descanses, mi vida.
–Y vos también, querido mío.
–Hasta mañana, Princesita.
–Hasta mañana, Reyecito.
El Profesor