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jueves, 29 de abril de 2010

Estrategias contra envidiosos

“La envidia es mil veces más terrible que el hambre,
porque es hambre espiritual”

LEONARDO DA VINCI



Hace unos meses había leído en La Nación, una nota acerca de la envidia de Jorge Fernández Díaz, director del suplemento ADN de ese diario, en la que propone la utilización de doce estrategias a utilizar frente a un envidioso. Veamos.
Ante un envidioso:
1) Rebajarás tus éxitos. Le harás saber todo el tiempo que te va mal y buscarás su solidaridad en la mala.
2) Le darás a entender que él está por encima de vos en carácter y en talento, y que lo admirás sin desmayos.
3) Sugerirás con el cuerpo y la palabra que él es tu jefe y vos, su subordinado.
4) Exagerarás tu autocrítica: literalmente, despedazarás tus propios logros, relativizarás tu pericia y adjudicarás todo el tiempo tus aciertos a la suerte.
5) Profetizarás tus inminentes fracasos una y otra vez.
6) Estarás muy atento a lo que el envidioso haga y saludarás la mínima acción positiva. No sólo le celebrarás los goles; también le festejarás los laterales y los córners.
7) Te comunicarás con él por medio de la lástima, destruirás a sus enemigos y buscarás su complicidad para hablar mal de terceros. Como se sabe, nada cohesiona tanto como el odio. El odio es más fiel que el amor.
8) Le dirás de vez en cuando que lo envidiás. Pero que lo envidiás sanamente.
9) Lo acostumbrarás a ser vulnerable al elogio. Y lo elogiarás siempre.
10) Nunca bajarás la guardia: al envidioso la envidia le brota espontáneamente, y podés pasarla mal.
11) Te alejarás lentamente y nunca le darás la espalda. Y lo más difícil de todo: no te contagies. La sustancia del envidioso es altamente contaminante.
12) Un envidioso construye una cadena de envidias. En un grupo, un envidioso es como una manzana podrida. La envidia es una lepra que no se cura. Y por favor: no le envidies nada al envidioso. Es un pobre infeliz. Y lo sabe.


Viene a cuento de una conversación que tuvimos con Loli en estos días.
–¿Qué la puede llevar a entrar todos los días a leer, como una chusma, Gordi? ¿Qué placer puede producirle?
–Dos cosas, Loli: la envidia y el deseo morboso de leer que algo anda mal entre nosotros.
–¿Envidia? ¿Qué nos puede envidiar? Si ella tiene de todo, Pa. No tiene problemas con gastos, pela una de las tarjetas que tiene y ya está... piso en Las Cañitas, casa en La Tablada, su auto...
–Ese no es el caso, Loli.


– Pero mirá esta foto, Papi, la del living... ¿Cómo alguien que tiene un departamento así en Mar del Plata puede sentir envidia? No lo entiendo.
–Es que al envidioso, Princesita, no le interesa lo que tiene él, sino lo que tiene el otro –le contesté, y me quedé meditando un instante, porque la memoria me trajo un recuerdo...

(El tema amerita hacer un inciso):
Recuerdo, cuando era niño, haber aprendido qué era la envidia, en carne propia. Al lado de mi casa vivía una familia vecina que tenía dos hijas, una de mi edad y la otra un par de años más grande. La madre de ambas, lo comentaba todo el barrio, era bastante “agarrada”... amarreta, vamos. Una tarde salí a la vereda y esas chicas estaban comiendo dos medialunas de grasa. En mi casa había una bandeja entera de masas finas que había traído mi papá la noche anterior y, sin embargo, a mí no me interesaban las masas finas de “Los Dos Boulevares”, sino las medialunas de grasa de la “Panadería San José”, del barrio.
Mi madre, cosa curiosa, ese día no utilizó la psicología contundente de la “zapatilla veloz”, sino que me hizo entrar aduciendo que hacía mucho frío. Rato después, cuando me sirvió el té de la merienda con un plato de masas finas, se sentó frente a mí en la mesa del comedor y me explicó qué era la envidia, y hasta recuerdo que interpretó cuál era la razón por la cual yo la había sentido.
Debo decir que tengo, como todo ser humano, mis grandezas y mis miserias. Pero si algo no tengo, y puedo decirlo con pleno convencimiento, es envidia. Ni de la enferma, ni de la “sana”. Para mí, envidia es envidia y es una sola.
(Fin del inciso aclaratorio)

–En el caso de esta pobre mujer, Loli, ese deseo malsano y esa necesidad morbosa de entrar a escondidas a leer –creyendo que el anonimato de Internet le da impunidad–, está provocada por la envidia que muestra esa contradicción que tan fácil aflora en el envidioso: ama a quien odia y odia a quien ama. Y no le interesa ni siquiera el sufrimiento –vaya paradoja–, que le produce leer al comprobar que las cosas no salen como ella desea. Porque, y te aseguro que no estoy haciendo un juego de valor, ella desea ver que este blog no aparezca más. O que vos o yo o ambos, publiquemos un post que se llame “Nuestro último post”, en el que anunciemos que lo cerramos, porque nuestra relación no prospera.


–Pero cada vez que entra a leer se le debe hinchar la yugular, entonces. Un día va a reventar...
–Claro, pero es que la motivación del envidioso es tan paradójica, que no repara en nada con tal de dar satisfacción a ese sentimiento tan mezquino, Loli. Y eso le pasa en todos los aspectos de su vida, Princesita. Recordá cómo, pese a tenerlo todo, había algo que no podía hacer, que era escribir un poema. No se daba cuenta que no se trataba de ser un eximio poeta, sino de poder poner sentimientos en palabras. Entonces, como no podía hacer ni siquiera eso –porque los sentimientos de un envidioso son como una madeja de lana que cayó en manos de un gato malhumorado y de mal carácter–, y no podía escribir un simple verso genuino, ¿qué hacía?
Los plagiaba
. ¿Ves? Al envidioso no le interesa lo que él tiene. Le interesa lo que tienen los demás.
–¡Uh! Debe ser feo vivir así, Papi. La verdad, no le envidio lo que tiene...
–Más bien, Loli. Yo puedo imaginarme qué feo debe ser vivir así, sintiéndose siempre insatisfecha. Creo que es más que feo, Loli, creo que es como lo escribió Shopenhauer: “La envidia muestra a la gente los miserables sentimientos de esas personas que prestan constante atención a lo que hacen o tienen los otros, y sólo consiguen demostrar lo aburridos que son”.

El Profesor

viernes, 30 de octubre de 2009

Poncio Pilatos


–¡Pero QUÉ TERRIBLE! –dijo la Señora Jueza, los cinco dedos de la mano derecha abiertos en abanico, apoyados en la mejilla–. ¿Una adolescente con un hombre de cin-cuen-ta-y-ocho-años?
–¡Y eso no es todo, señora Jueza! –Terminator no iba a perderse la oportunidad de echar más leña al fuego, ahora que creía que tenía a la jueza de su lado.
–¡Pero si podría ser su padre! –exclamó la Señora Jueza, elevando en unos decibeles el tono de voz y en varios puntos el nivel del “escandalete”, bastante impropio para un magistrado de la
Nación–. ¡Qué digo su padre! ¡Podría ser su abuelo! –agregó, haciéndose abanico con el papelito del machete que le habían preparado, como si le hubieran subido los calores por el sofoco.
–¡Y eso no es todo, Su Señoría! –insistió Terminator que se salía de la vaina.
–¿Ah, no?
–No, no, no... –intervino la madre de Lolita.
Se encorvó un poquito más de lo que ya está habitualmente, pegó los brazos a los costados, dirigió los antebrazos hacia delante, las palmas hacia adentro, en su posición corporal favorita para “aleccionar” a todo aquel que no piense como ella, y agregó:
–Tenemos pruebas que, además, corrompió a mi hija en Internet.
No sé qué hizo el papá de Loli, pero el abogado debe haber tragado saliva gruesa, preguntándose qué nueva sorpresa le deparaba ese caso.
–¿Y cómo es eso?
–Sí, sí... Yo le explico –dijo la madre de Lolita–. Es así, ¿entiende? Puso fotos de mi hija desnuda y cometiendo actos obscenos en Internet.
–¡Ahhh! –exclamó la señora Jueza, como un inquisidor ante la presencia de un súcubo o un íncubo–. ¡Pero eso que dice es muy grave! Y, señora... ¿tienen pruebas?
–No todavía, pero sabemos que es en páginas de pedofilia, de satanismo, de sadomasoquismo y hasta de vampirismo
–Terminator le quitó a su clienta el protagónico de un plumazo, porque la estrella tenía que ser ella. Quizás debajo de su cabello rubio giraban como danzarinas de ballet, ideas acerca de futuros honorarios.
–¿No las tienen acá? –quiso saber Su Señoría, entrecerrando sus ojitos, como evaluando la situación.
–No aún. Las estamos preparando –parece que Terminator nunca se enteró que “preconstituir prueba” es causal de juicio y hasta de presentación ante el tribunal de ética del Colegio de Abogados–. Hemos contratado a un jáquer –pronunciado así, a la cordobesa–, que está preparando un video sobre esas páginas. ¡Usted no se imagina lo que hemos encontrado!
–No quiero ni pensarlo, doctora –comentó la jueza, que quizás hasta disfrutaba un poquito de todo el chusmerío–. Y digo yo, ¿cómo se enteraron de esos lugares de Internet donde la menor sale desnuda y en actitudes obscenas? ¿Contrataron un "hacker"?
(Traducido al castellano básico, Su Señoría les estaba preguntando: "¿Contrataron a un delincuente para buscar pruebas?")
–Miles de llamadas de mujeres, de madres de familia al teléfono de la señora... –aseguró Terminator, con el mayor descaro.
–Miles de llamadas, sí, Señora Jueza –enfatizó la madre de Lolita–. He recibido miles de llamadas de mujeres que, como yo son madres preocupadas por sus hijas que me dijeron adónde tenía que buscar...

Dejemos el texto en suspenso por unas líneas, porque cabe un paréntesis, para hacernos algunas preguntas.
a) ¿Cómo se enteraron esas “miles de madres” –ojo, que “miles” son muchas madres–, que Lolita y El Profesor, unos simples seudónimos, eran Fulana de Tal y Mengano de Cual, o sea, nosotros dos. ¿En qué lugar de nuestro blog está el nombre real de ambos?
b) ¿Cómo hicieron esas “miles de señoras” para entrar en nuestra página sin que quedaran registradas las visitas? ¿Entraron todas en tropel en aquellos dos días que por presumible denuncia anónima de cierto “Ángel” en un canal de televisión amarillista tuvimos casi veinte mil visitas en dos días? ¿Pueden ser tan chusmas las Honorables Señoras de Principios Morales?
c) Curioso... Siendo tan honorables y solidarias ¿ninguna de ellas se identificó con nombre, apellido, número de teléfono, domicilio y número de documento, como debería hacer cualquier ciudadano que presente una denuncia? ¿O es que la madre de Lolita, en la exaltación que le producía esa inesperada ayuda solidaria, se olvidó de tomar nota?
d) Pero lo más extraño de esta situación, es que esos miles de mujeres parecen haber sido tocadas por el mismo fenómeno parapsicológico de precognición. ¿Por qué? Muy simple: porque si cualquiera de los lectores supiera que la madre de Lolita se llama Zutana de Tal, y que vive en Córdoba ciudad, –en un barrio cuyo nombre es el del general manco que combatió en Vilcapugio y Ayohuma y que durante las guerras civiles argentinas derrotó al riojano Quiroga en La Tablada y Oncativo–, lo primero que haría es ir a la guía de teléfono a buscar ese número que empieza con 0351 451 XXXX.
Pero entonces, estimados lectores de este blog, se llevaría una sorpresa: el número de la señora Zutana de Tal, y su dirección, no figuran en guía. ¿Por qué? Quizás porque la patología de esta Abnegada Madre incluye, entre otros síntomas que son casi de manual, la paranoia. Sí, la mamá de Lolita, si no lo es, se comporta como una esquizofrénica paranoide con delirio de persecución. De manera que quizás eligió la opción del “Número Privado”, que no figura en guía. Quizás no, y fue producto de la "casualidad" que su número no figura en la guía (debo aclarar que descreo de las casualidades).
Alguien podría argumentar que, en ese caso, la llamaron a su teléfono celular. Y hete aquí que otra vez nos preguntamos, ¿y cómo hicieron para conseguirlo?
Conclusión: estamos ante el caso más sorprendente de precognición multitudinaria o de comunicación boca-a-boca de miles de mujeres solidarias que, comprendiendo el sufrimiento de una Madre y Argentina, cuya hija le salió descarriada desde el vamos y tuvo la mala suerte de cruzarse en el camino de un pervertido –ese vengo a ser
yo–, fueron haciéndose la pasadita del número de teléfono y se pusieron a mover los deditos en el teclado a velocidad subsónica, para contarle que... ¡teníamos un blog!
Fin del inciso.

–Pero eso que me cuentan es muy grave... –susurró la Señora Jueza, sibilante como una cobra africana a punto de atacar.
–Por eso es que queremos aportar en la causa... –empezó a decir Terminator, pero Su Señoría la paró en seco.
–No, no, no... Esto no corresponde a un Tribunal de Familia, es mucho más grave. Esto tiene que denunciarse en un juzgado en lo criminal... Aquí tiene que intervenir el fuero Penal.
–¡Eso mismo era lo que pensábamos nosotras! –acotó, exultante, Terminator, que ya me imaginaba tras las rejas.
–¡Sí, hay que denunciarlo y que lo arresten! –intervino la madre de Lolita, que parece que mira demasiadas series policiales.
–Y... por cierto... la menor... ¿cuántos años tiene? –preguntó la Señora Jueza, después de echar una ojeada tras otra al papelito que tenía como “ayuda memoria” en el cual no debía aparecer el dato.
–Dieciocho años, Su Señoría –dijo el abogado del padre de Lolita.
–¡Ah, claro, claro! ¡Sí! Como se los acabo de decir: tienen que recurrir a la justicia Penal y hacer la denuncia allí.
–Pero... en este acto... en la causa... –balbuceó Terminator, que empezaba a darse cuenta que la Señora Jueza no iba por el camino que esperaba y que parecía que se estaba abriendo de piernas como la mejor.
–El Juzgado A Mi Cargo –¿por qué será que cuando uno escucha hablar a una Magistrado, se imagina que siempre pronuncia con capitulares?–, no encuentra razón alguna para continuar con estos actuados –sentenció, de un plumazo.
–Pero... pero... pe... –la madre de Lolita miró a Terminator. Ambas miraron a la Señora Jueza, quien dirigó su vista hacia el padre de Lolita y su abogado, rehuyéndoles la mirada.
–Creo que usted estará de acuerdo conmigo, ¿verdad, doctor?
–¿En no judicializar esta homologación con su correspondiente Incidente de Tenencia?
–Ajá...
–Totalmente de acuerdo, Su Señoría.
La verdad es que nadie me contó qué cara pusieron Terminator y su Abnegada Clienta, Madre y Argentina. Pero me imagino que no debe haber sido grata de contemplar.
La Señora Jueza, su principal aliada, madre como ellas –quizás abuela ya–, mujer de leyes y de Principios Morales, estaba haciendo lo mismo que aquel prefecto romano, enviado como procurador a la provincia de Judea por Tiberio César, y que pasó a la historia por el cuestionable privilegio de haber sido quien tuvo que dar a elegir condenar al ladrón y criminal Barrabás, o a Jesús El Nazareno.



¡Su Señoría se estaba lavando las manos como dicen que hizo Poncio Pilatos!

Y acá cabe hacer el último paréntesis para preguntarnos lo siguiente: la ley dice que cualquier ciudadano que presencie un hecho delictivo, no sólo tiene el derecho sino el deber de denunciarlo a la justicia y, si estuviere en riesgo la vida de una o más personas, incluido personal policial, la ley lo faculta a obrar como “auxiliar de la justicia” (Sí, Terminator, sí. Y si nunca se lo enseñaron, vaya y agarre los libros, que no muerden), incluyendo esta figura, el uso de la fuerza. La justicia, una vez que toma conocimiento del hecho delictivo, acciona de oficio. Es decir: hace su trabajo.
Ahora bien: si la Señora Jueza, Magistrado del Poder Judicial de la Nación, con toda la potestad que le otorga su cargo y ante el hecho de tomar conocimiento de un delito como es el de “corrupción, perversión, etcétera, etcétera”, no hizo nada, ¿será que no conoce las atribuciones de su cargo?
¿No será que, más allá de su inclinación por el cotilleo, Su Señoría sabía que la pretensión de Terminator y la madre de Lolita no tiene ningún sustento jurídico?
Porque, de no ser así (tome nota, Terminator, y vaya a cursar Procesal Penal de nuevo que por lo que parece no aprendió nada), la Señora Jueza podría haber cerrado esos actuados, y haber dado curso de oficio, a la justicia en lo Penal.
Pero no, se lavó las manitos como Don Pilato.
Fin del paréntesis.

–Bueno, bueno... puesto que este Juzgado cierra estos actuados, yo les recomiendo al papá y a la mamá de la joven que busquen un punto de encuentro y consulten a un psicólogo –agregó Su Señoría–. Quizás podrían usar el de la señora Licenciada que ya atiende a su hija.
–Pero, Su Señoría, nosotras... la prueba... –Terminator intentó un nuevo y débil amague de seguirla y seguirla.
–Y ahora, si me disculpan, tengo otra audiencia que me está esperando... Sabrán comprender, ¿eh? –dijo, para cortarla de una
vez–. Doctor, doctora... –saludó a los abogados y luego le tendió la mano al padre de Lolita y luego a la madre–. Les deseo mucha suerte...
Y se fue, y los dejó a todos de una pieza.
¿No es un ejemplo de prudencia, sensatez, paciencia, criterio y conocimiento el de algunos magistrados de los tribunales del Menor y la Familia?
Así terminó esta historia que había empezado casi un año antes, la noche de pesadilla del 11 de diciembre, cuando la madre de Lolita, que quiere tanto a su hija, en su afán de protegerla, intentó encerrarla en un instituto para menores, para que le sirviera de lección y que aprendiera que hay cosas que las nenas buenas no hacen.
¿No es un modelo de mujer argentina, de madre abnegada, de persona de bien, de ser humano digno y guiado por los más puros deseos hacia la hija a quien ella le dio la vida?
Claro que, si ustedes creen que esta historia de furia bellicae termina acá, están muy equivocados.
Luego que tome un respiro, continuamos con el próximo episodio.

El Profesor



miércoles, 28 de octubre de 2009

Terminator

Después de leer los comentarios que dejaron nuestros lectores en los post de los últimos días debo decir en principio, y para que quede bien en claro, que Loli ya no es una adolescente y con el voto ha adquirido varios derechos que son principios constitucionales, reglamentados por las leyes de la Nación. En breve, con la sanción de la nueva ley, será mayor de edad en todo sentido y con todos los derechos y deberes que ello implica.
Ella lo sabe, su papá lo sabe, cualquier persona que tenga un mínimo de sentido común lo sabe y yo lo sé.
Quienes parecen no saberlo y se empecinan en hacerla aparecer como una pobre niña confundida, enferma, insegura, con baja autoestima, por momentos introvertida y un segundo después irascible, pervertida y, fundamentalmente, bajo la influencia nefasta de las malas compañías, son su madre, su hermana mayor y, ahora una nueva integrante de este elenco: Terminator, la abogada de la madre.
Debo aclarar que cuando hago mención de las “malas compañías”, me estoy refiriendo a mí de manera exclusiva. Yo, El Profesor, soy al mismo tiempo el abanderado, los escoltas y todos los que desfilan en el bando de las malas compañías.
Yo, “ese viejo” –así me llaman estas respetables señoras de buena familia–, en opinión de ellas, me he dedicado a corromperla sistemáticamente, para conseguir fines inconfesables que, según los últimos acontecimientos, tenían que ver con el proxenetismo informático.
“¿Qué dice Profe? ¿Enloqueció?”, quizás se estarán preguntando algunos de quienes nos leen, ¿me equivoco?
Pues no tanto, ya que parece haber una nueva tipificación delictiva, un híbrido que une la actividad del proxeneta (o chulo o rufián) con la informática, que es el medio a través del cual el corruptor –esto es, mi persona–, practicaría esta detestable actividad, mostrándole a todos los miembros de la comunidad blogger, fotos ho-rri-bles de Lolita en prácticas sexuales aborrecibles entre las que, según las aseveraciones de la madre de Loli y su abogada, también debería incluirse la pedofilia, el sadomasoquismo, el vampirismo (¿¿??) y el satanismo.
¡A la pelotita! ¿Nada más? ¿No quieren que también me declare culpable de haber sido el verdadero magnicida de JFK?
Como sea, y aunque parezca disparatado, la madre de Lolita y su letrada patrocinante, al regreso del viaje por Europa, cargaron sus armas para disparar con munición gruesa y se hicieron presentes en la audiencia de conciliación que había sido fijada para el pasado 7 de octubre.
Algo empezó a oler mal en Dinamarca cuando el abogado del padre de Lolita le comunicó que la jueza del tribunal de familia no quería recibir su testimonio, pese a ser la víctima o la inculpada (según de qué lado se vea y en qué momento).
De manera que allá fue el papá solo, a enfrentarse con La Abnegada y Doliente Madre y su abogada, lo más parecido a Terminator, pero en versión mujer y más o menos tan desencaminada mental como su cliente, al punto de que cuando habla, imbuida de ese mesianismo propio de los que se creen dueños de La Verdad, parece que echa fuego por los ojos.


Bueh, en realidad es más parecida a Schwarzenegger, cuadrada, pero no tan musculosa, sino más bien entradita en carnes (gorda, que le dicen), bastante guaranga y, a fuer de lo que ocurriría después, en apariencia bien ignorante no sólo de las leyes de la Nación, sino también en temas básicos como lo es, por ejemplo, la forma de expresarse en forma escrita en lengua castellana.
Tuve oportunidad de leer el escrito que presentó en su momento, y la Terminator de pelo rubio (me juego a que no es natural, sino teñido), por ejemplo, parece ignorar que las comas deben disponerse a continuación de una palabra, dejando un espacio y a continuación la palabra siguiente.
Debo decir que esto me llamó la atención ya en el segundo renglón del escrito y me dije: “Bueh, será un error de tipeo”
¡Las petunias!
Todo el escrito está así. De modo que debo suponer que esta leguleya, que se hace llamar doctora sin serlo (no creo que haya cursado su doctorado), no tiene idea de cómo se dispone un texto. Y resalto lo de las comas, porque es lo más burdo de todo el escrito. Del resto, mejor no hablemos. Llevaría dos post enteros hacer un análisis pormenorizado de la forma en que escribe.
Y tiene importancia este detalle, vaya si la tiene. Y no sólo por aquello que “como eres, escribes” o “haces lo que eres”. Lo que no comprendo cómo un profesor de la facultad pudo aprobarle exámenes escritos a alguien que no tiene la menor idea de las reglas gramaticales, ortográficas, de acentuación, de uso de signos y de puntuación, toda vez que en la práctica del derecho, un punto o una coma mal puestos en el texto, por ejemplo, pueden hacer decir a alguien que está haciendo su declaración indagatoria, lo que no quiso decir, y le puede costar muy caro. Un punto fuera de lugar, puede dar lugar a anular un testimonio.
Bueno, dejando de lado estos detalles (pese a la relevancia que tiene) hete aquí que se encontraban, en el pasillo de la entrada del juzgado, el papá de Lolita y su abogado, cuando se hizo presente la mamá de Lolita –con su actitud gestual corporal habitual, algo encorvada y apretando su cartera junto al pecho, como si cualquier persona que pasara a su lado tuviera intenciones de robársela, o como escondiendo las miserias y dolores de su corazón detrás del cuero–, acompañada de Terminator, su letrada leguleya.
Después de los cruces de saludos de rigor, todo más tirante que tiento de apero y tan incómodo como saludar a los deudos en velorio equivocado, se dispusieron a esperar que pasara la media hora de tolerancia, y apareciera Su Señoría, La Jueza.
Pero no. La jueza no apareció. Mejor dicho, sí apareció, pero al rato, como dos horas y media después.
Señoras y señores, parientes, amigos y vecinos y honorables lectores de nuestro humilde blog, la Señora Jueza se dignó atender a los litigantes después de tenerlos juntando orín e incomodidad durante todo ese tiempo.
¿Qué pasó entonces?
¡Cha Cha Cha Channnn!
Lea el próximo capítulo de esta historia mañana, sintonizando este mismo canal.


El Profesor
PD: A Usted, señora, Madre y Argentina, Usted que es La Dueña De La Verdad y la Defensora de la Moral y las Buenas Costumbres. Usted, que cree ser el ejemplo De Todas Las Madres. Usted que se desgarra las vestiduras y se empeña en "aleccionar". A usted, que tiene el alma tan negra y es capaz de las vilezas más ruines con tal de salirse con la suya... le sugiero que no lea, porque no le va a gustar y a lo mejor después de leer, hasta se siente mal, ¿eh? Después no diga que no le avisé. El que avisa no es traidor, dicen por ahí.

domingo, 12 de abril de 2009

Noche de pesadilla V

–Y ahora, voy a llamar a la policía –dijo, y comenzó a mover los dedos en el teclado del teléfono celular.
Por lo que ví, alterada como estaba, se equivocó y tuvo que cancelar la llamada y volver a intentarlo. Estaba tan nerviosa que no se daba cuenta que se equivocaba porque tenía la cartera debajo del brazo, en una mano la cámara de fotos y en la otra el celular. Estaba enceguecida.
“Tenés que hacer algo, y tenés que hacerlo ya”, me susurró esa voz calma, fría, desapasionada que me habla en la cabeza en los momentos difíciles.
“¿Y si le tiro la cámara al suelo de un manotón?”, le pregunté a la voz.
“¿Serviría de algo además de que parezca, ante los ojos de todos los curiosos, que intentaste agredirla? No, no. Me parece que no es esa la solución”, me respondió la voz.
Transcurrieron algunos segundos –que a mí me parecieron horas–, durante los cuales evalué todas las posibilidades, hasta que la voz en mi cabeza dijo: “Y si a la cuarta vez de intentarlo consigue llamar a la emergencia policial”.
Quizás quienes lean este relato no crean que en ese momento, al evaluar las posibilidades, no estaba pensando en mí. En lo que podía pasar conmigo si se hacía presente la policía.
No. A decir verdad, pensaba en lo que podía pasar primero con Lolita y luego con ambos. En el sufrimiento que iba a ser para ella verse sometida a un interrogatorio policial y a las consecuencias judiciales para ella, para nosotros y para mí.
Soy una persona con estudios y, además, conozco la ley y la Constitución, por más que alguien de quienes leen, sonría con ironía. Sé que a cada derecho se contrapone una obligación, que es lo único que nos da autoridad para protestar ante los abusos de cualquier tipo de autoridad.
En ese momento me acordé de la figura del estupro, que no era nuestro caso. A lo sumo, podía tratarse de una contravención, con consecuencias para el hotel, por haber aceptado que una menor de edad –por dos meses y veintiséis días, pero menor al fin–, compartiera la habitación con un hombre que no hubiera acreditado ningún tipo de parentezco con ella. Tampoco era justo que el hotel tuviera que pasar por una situación semejante.
Todo esto, como lo mencioné, lo pensé en pocos segundos y la decisión la tomó la voz en mi cabeza que me sugirió:
“Tenés que distraerla... sacarla de quicio para que se olvide de llamar a la policía”. Nada más acertado. Pero, ¿cómo hacerlo sin que todos los testigos de la vereda se dieran cuenta?
“Todos están mirándolos a ustedes, eh? ¿Se le ocurrirá a alguno mirarles los pies”, volvió a preguntar la voz, y ya supe qué hacer.
Le miré los pies, calzados con esas sandalias de modelo antiguo que se venden en las zapaterías para señoras de entrada edad y enfundados en esas patéticas medias de nylon hechas para abuelas que usan sandalias, y avancé tres pasos hacia ella, aprovechando que estaba concentrada en volver a marcar el número de la emergencia policial.
Y la pisé.
No le deposité mi pie encima con saña y al punto de dejarle marcas que podían usarse en mi contra y constituir lesiones, aunque admito que no fue porque me faltaran ganas de fracturarle el empeine y, de paso, partirle la nariz de un golpe. Lo único que hice, con los zapatos nuevos que había comprado para la fiesta de graduación de Lolita, fue pisarle apenas el dedo gordo. Un toquecito, nomás.
Fue suficiente.
¡Ay, Dios! ¡Cómo reaccionó!
Se tiró hacia atrás al darse cuenta que estaba a escasos centímetros de ella, se miró el pie, dejó de prestarle atención al teléfono e hizo un acto de prestidigitación porque de pronto la máquina de fotos no estuvo en su mano izquierda, que agarró el teléfono y la derecha fue derecho a mi mejilla, en una parodia de cachetazo –juro que sentí que me pegaba con miedo a las eventuales represalias–, que todos los curiosos que se habían agolpado vieron. Yo diría que me pegó, pero con reservas.
–¿Qué hace señora? ¡Usted es una insana! –exclamé. No iba a dejar pasar la oportunidad de dejarla expuesta.
–¡Eso, doña! ¿Por qué le pega al hombre? –se escuchó la voz de uno de los espectadores.
Tal como me había sugerido la voz, todos parecían estar mirándonos de la cintura para arriba. Todos vieron el cachetazo, pero ninguno vio el pisotón.
Excepto la hermana menor de Loli, que estaba casi a una cuadra de distancia. ¡Mirá vos! Me pregunto a qué punto esta mujer tiene poder de sugestión y de manipulación, que consigue que una adolescente histérica asegure que, estando a casi una cuadra de distancia, tonta como es para casi todos los otros aspectos de la vida (bracketts incluidos), pudo ver cómo yo le pisaba el pie a la madre, cuando los testigos que estaban casi junto a nosotros ni siquiera lo advirtieron.
Como sea, dio resultado.
Por un momento se olvidó del teléfono.
“Ahora es cuando tenés que acorralarla. NO la dejes reaccionar”, dijo la voz en mi cabeza.
–¿Sabe, señora? –le dije, con ese tono persuasivo que me reconozco y que me es muy útil–. Mejor que tenga buenos abogados... porque acaba de ganarse usted la que será su peor pesadilla.
Retrocedió. Estaba asustada. Más que asustada, aterrorizada.
–¡Me voy a llevar a mi hija! –gritó, al borde de la histeria–. El padre está en el coche ahí –señaló con la mano hacia mis espaldas.
–Yo no voy –dijo Lolita.
–¡Me voy a llevar a MI HIJA! –insistió, con la insistencia que parece ser exclusiva de los lunáticos peligrosos y los esquizofrénicos paranoides.
–Sí, Loli... vas a tener que ir con ella –dije.
Lolita me miró, como si la hubiera traicionado. Me dolió, pero junté fuerzas y me acerqué a ella, puse mis manos en la parte alta de sus brazos y mi cara a escasos centímetros de la suya, para que la bruja no escuchara y la miré a los ojos. Los ojos no engañan y Lolita lo sabía.
–Por favor, confiá en mí... Aunque no me gusta y no quiero, si no querés tener complicaciones y no querés traérmelas a mí, tenés que ir con ella –susurré en su oído–. Lo dice la ley.
Ley. Eso es lo que faltaba en esa familia. Un padre que pusiera los límites de la ley, parándole las patas a la lunática que, sin sospecharlo, se había agenciado como esposa.

–¡Me la voy A LLEVAR! –gruñó, como un demonio encolerizado, la cara desfigurada por la maldad y como si estuviera refiriéndose a un trofeo, y no a una hija.
¿Nunca vieron de frente el rostro de la perversidad? Los ojos saliéndose de las órbitas, los rasgos deformados, el cabello electrizado, masticando las palabras y creo que hasta con espuma en la boca.

–Vas a tener que ser fuerte, mi vida –agregué–. Y, por favor, decí la verdad. No te preocupes por lo que pueda pasarme a mí. Vos, decí la verdad –le pedí.
En ese momento tuve la certeza, aunque me lo había imaginado, cómo hizo la madre para conseguir la dirección del hotel en el que estábamos: se lo dio el papá de Lolita, que le tenía tanto miedo que era incapaz de intervenir.
“Era”, escribí. Hasta esa noche. Después –quizás por lo que ocurrió–, las cosas cambiaron.
–¡Y a usted lo voy a denunciar por corrupción de menores! –gritó.
–Bueno... adelante... hágalo –la incité, sabiendo dónde tocar para provocar una reacción que se le volvería en contra–. Pero mejor que sepa muy bien lo que hace porque cuando mis abogados la demanden por falsa denuncia, mejor que esté preparada.
–¡Yo no le tengo miedo! –gruñó, como una hiena acorralada, tratando de convencerse que lo que decía era cierto–. ¡ESTE es al único al que le tengo miedo! –dijo, metiendo la mano en el escote de esa blusa de vieja que llevaba y sacando un crucifijo, como una patética parodia de Van Helsing enfrentando a Drácula antes del amanecer.
–Ya lo va a tener... cuando tenga que pagar con su casa, con su sueldo y con sus bienes... ya lo va a tener –le susurré, sabiendo que le estaba metiendo una pelotita en la cabeza que iba a empezar a rebotar y a rebotar y a rebotar... hasta conseguir la reacción en cadena que la llevara a la masa crítica. Sabiendo que le estaba pegando donde más le dolía: en la codicia.
–Andá, Loli... por favor –le dije, apretándole la mano para traspasarle parte de mi fuerza porque, aunque hubiese querido estar en su lugar para que ella no sufriera, no era posible.
–Y usted –le dije a la perversa, mirándola a los ojos–, recuerde: desde hoy, cuando tenga una pesadilla que la despierte en medio de la noche, acuérdese que soy yo...
¡Pum! ¡Justo en el blanco! Sé que la pelotita empezó a rebotar y rebotar hasta explotar. Y a tal punto que hasta el día de hoy sigue repitiendo una y otra vez que no me tiene miedo, tratando de mentalizarse, pero vive aterrorizada. Se lo tiene merecido.
Me quedé mirando cómo se iban caminando por esa calle que no voy a olvidar, en esa noche tórrida de diciembre, hasta que subieron al coche del padre y después entré al hotel y subí a la habitación a esperar.
Recuerdo haber preparado el bolso de Loli, acomodando todas sus cosas como me fue posible.
Después, encendí el televisor y no sé para qué, porque ni siquiera miraba la pantalla. Trataba de imaginar qué estaba sucediendo en aquel momento, qué nuevo padecimiento le tenía preparado a Lolita esa mujer que dice ser su madre, mientras me fumaba un cigarrillo tras otro y sentía la opresión de la angustia en la boca del estómago. Lo que ocurrió y que yo no presencié, pueden leerlo en el relato de Lolita.
Confieso que no imaginé que podía ser tan cruel, tan depravada y perversa, al punto de pretender que la justicia encerrara a su hija en un instituto para menores.
Agotado como estaba por el viaje, el día y los acontecimientos, en algún momento me adormilé. Hasta que me despertó el “¡Ring-ring-ring!” del teléfono, casi a las tres de la madrugada.
–Hola... –dije.
–Hola, Papi... –Lolita.
–¡Mi niña! ¿Adónde estás? ¿Qué pasó?
–Tranquilo, Papi. Estoy en mi casa, con mi papá... el sabe que estoy llamándote... Estoy bien... Mañana a la mañana nos encontramos para tomar el desayuno y te cuento...
–Pero, Loli, ¿en serio estás bien?
–Sí, sí... No te angusties, por favor. Mañana hablamos. Esperame a las ocho en el lugar donde tomamos el desayuno todos los días, ¿sí?
–Sí, Princesita... ¿Seguro que estás bien?
–Sí... mañana hablamos –dijo, y se cortó la comunicación.
Al otro día, mientras tomábamos el desayuno, la primera comida en casi veinticuatro horas, me enteré de todo lo que tuvo que pasar Lolita en aquella noche de pesadilla, y que la madre, ansiosa de venganza, y a las dos de la madrugada, insistió que la llevaran hasta la dependencia policial más cercana, donde levantó un acta por “amenazas” y por haberle pisado un pie. Acta que, como suele suceder en esos casos, fue a parar al “Inspector Al Cesto”, es decir, al tacho de basura, por inconsistente.
Resultado: no pasó nada.
Ni Lolita fue a un Instituto Para Adolescentes Descarriados ni yo tuve que enfrentar un juicio por amenazas, lesiones, corrupción de menores, estupro, violación o cualquier tipo de fantasía sexual que haya pasado por la cabeza de esa mujer.
Porque ese es el punto. Sólo puede ser tan indigno de atribuirle a los demás e imaginar tantas perversiones, quien tiene el alma sucia y la psiquis enferma.
Y las cosas cambiaron.
Comencé este relato –que no me fue fácil ni grato escribir–, haciendo alusión al viejo proverbio chino que nosotros, en Occidente, interpretamos como: “No hay mal que por bien no venga”. Nada más apropiado. Mañana, en la reflexión final, voy a explicar porqué.

El Profesor

Foto: © José Manchado