–Bueno... a ver... las partes... Señora –dijo, dirigiéndose a la mamá de Loli–. ¿Usted está objetando y pidiendo la tenencia de su hija? –preguntó, haciendo gala de un desconocimiento absoluto de la causa.
Tenía en la mano un papelito que miraba una y otra vez, como alumno que se está “macheteando” en un examen.
–¡NO! –exclamó la Señora de Valores Morales.
Claro que no. ¡Qué va!
La tenencia implica una considerable cantidad de deberes y obligaciones, entre ellas las alimentarias, que significan erogaciones de dinero. Y la madre de Loli puede ser psicótica, pero eso no implica ser idiota.
–¿Entonces?
Entonces empezó una discusión bizantina que la Señora Jueza se limitó a presenciar sin decir ni una palabra.
Como era de esperarse, Terminator llevaba la voz cantante, tan insustancial y falta de fundamento, lógica y propósito como la de su cliente. Pero es que el caso no era hacer justicia, sino “aleccionar”, como pretendía su clienta.
–Lo que mi clienta pretende, Señora Jueza –intervino, presta, Terminator–, es que el padre de la menor...
La Señora Jueza consultó el papelito.
–... tenga más control sobre su hija. ¡Imagínese!
–Mjm... –dijo la Señora Jueza, mirando al papá de Loli y a su abogado y a la mamá de Loli y a Terminator.
–¡Una niña que tiene una relación con un viejo! –exclamó Terminator, como si estuviera interpretando el protagónico de Caballería Rusticana, con toda la carga de dramatismo de la pieza de Mascagni.
–A ver... ¿cómo es eso?
Y es en este punto, estimados lectores, en el cual nos preguntamos: ¿leyó la Señora Jueza el expediente? ¿Se interiorizó acerca de la situación y de la posición de las partes? ¿O es que la Señora Jueza necesitaba del machete que le habían preparado para no pasar vergüenza? ¿Por qué, sin tener idea de qué iba la cosa, rechazó el testimonio de Lolita como se lo anticiparon al abogado del padre?
–Tenemos pruebas, Señora Jueza, que el padre de la menor (¡Y dale con “la menor”) no sólo que no se opone, sino que favorece, como cómplice, la relación anormal entre la menor y un-vie-jo-de-cin-cuen-ta-y-ocho-años –silabeó, para darle más énfasis a su acusación, como si en vez de patrocinante de un particular, fuera miembro de la fiscalía.
–¡Pero qué barbaridaddddddddd! –exclamó la Señora Jueza–. ¿Una relación con un hombre de cincuenta y ocho añossss? –dijo, llevándose la mano a las mejillas, como una buena señora gorda que se asoma por la ventana y chusmea con la vecina acerca de lo ligera de cascos que es la hija de la cuñada de la vecina del otro lado.
Claro que la Señora Jueza, pese a su disgusto, ni siquiera dirigió la vista hacia el papá de Loli y su abogado.
–¡Sí! ¡Tenemos pruebas de cómo ese hombre ha corrompido a mi hija! –dijo la madre de Loli, con ese tono melodramático y falaz que le sale como si lo hubiese aprendido a interpretar en el Actor´s Studio, con Lee Strasberg.
–Vea usted, Su Señoría –dijo Terminator, recibiendo con una mano un fajo de copias fotográficas que le entregaba la mamá de Lolita, y ofreciéndoselas a la Señora Jueza con la otra.
Entonces empezó a mostrarle fotos en las cuales el papá de Loli y yo aparecemos sonrientes, en el momento en el cual le entrego –el día que Loli votó por primera vez–, unas películas en DVD que me había pedido que le consiguiera en Buenos Aires, porque en Córdoba era imposible. Otra en la cual estoy al lado de la parrilla, esa mañana del 28 de junio. Una tercera en la que estamos almorzando un pantagruélico asado, compartiendo el pan y el vino en amigable compañía.
–Ajá... –dijo la Señora Jueza, echando una ojeada a la primer foto.
–¡Y mire ésta! –dijo, mostrándole la foto del puente que estaba cargada en la computadora de Loli como “Nuestra noche romántica”.

–Vea, vea, admiten que tuvieron una noche romántica... en ese puente, ¡en el Parque Sarmiento! ¡En esta ciudad!
–¡Oh! –exclamó la jueza, cuya mano fue de la mejilla al escote, donde desplegó sus dedos en abanico, en ese gesto tan característico de las “señoras gordas”.
–¡Y vea esta! ¡Estaban en Villa General Belgrano los dos, en una posada!

Dijo Terminator, mostrándole una foto del pequeño centro comercial de Villa General Belgrano, donde pasamos unos gélidos días de este invierno. ¡Vaya prueba!
–¡Admiten haber estado en una habitación juntos! –rugió Terminator, como si estuviese imbuida del espíritu de Saint-Just en el momento de hacer la acusación contra Danton, para mandarlo a la guillotina.
Como un malabarista, Terminator empezó a mostrarle en rápida sucesión, una serie de fotos que hasta ese momento sólo eran propiedad de Loli y mías, y que sólo estaban en su computadora, y en la mía.
Y acá quiero hacer un paréntesis, para hacerme algunas preguntas:
¿Cómo hizo la madre de Loli para enterarse que existían esas fotografías?
¿Cómo hizo para tenerlas en su poder, en copias fotográficas de 10 x 15 centímetros, si se suponía que sólo estaban en mi computadora y la de Loli?
¿Se encargó de buscar lo que para ella constituía el “corpus delictii” mientras Loli y su papá estaban de viaje por Europa?
Todas preguntas simples que, como decía el viejo Marco Aurelio, remiten a lo esencial.
Porque en medio de tamaño despliplume, la gente tiende a perderse y a olvidar qué es lo esencial, para regodearse en lo accesorio.
–¡Es-un-ho-rror-se-ñora! –enfatizó la Señora Jueza.
Y todos quedaron pendientes de su dictamen.
Porque los jueces no deben emitir opiniones. “El juez habla por sus sentencias”, dice un viejo adagio jurídico... que hoy parece haber entrado en desuetudo.
Terminator y su clienta, babeaban de gusto, anticipando la estocada final, la que haría revolcar por el suelo y el escarnio al papá de Loli y, con suerte, me llevaría tras las rejas.
Claro que... no estaba todo dicho.
La pregunta que queda sin respuesta es: ¿cómo hizo la madre de Lolita, que no tuvo acceso a la casa, para conseguir esas fotos? ¿Las hurtó? Y si las hurtó, ¿cómo hizo? Y si es un hurto, ¿no es un delito? Pero si no podía entrar a la casa, ¿cómo las consiguió? ¿Tuvo un cómplice? Y en el caso de haberlo tenido... ¿quién fue?
(Continuará)
El Profesor
(Continuará)
El Profesor