–Papi…
–¿Qué, Princesita?
–¿Sabés cuál es una de las cosas que más me gustan de vos?
–¿Cuál, mi vida?
–Que sos tan divertido, gracioso, ocurrente, ingenioso… siempre tenés preparada la frasecita vivaracha, que jugás con doble sentido, que te salen un chistecito, una sutileza o la ironía en el momento justo... El juego de palabras y la rima que hace que lo que decís resulte sumamente divertido. Además sabés reírte de vos mismo ¡y hasta ridiculizarte en extremo! (Para los que no lo hayan leído, recomiendo el post “Un tropezón no es caída”, publicado el 9 de marzo) Pero no sólo eso: además sos un poquito desvergonzado, con esa creatividad atrevida en algunas de tus expresiones y... ¡también tenés momentos en que no te da vergüenza hacer payasadas!
El Profe sonrió y me acarició la cara.
–¡A veces hasta parecés un chico!
–¿Sabés qué pasa, Loli? Tal vez soy así porque aún tengo vivo a mi niño interior, ese chico que alguna vez fui, ése que todos traemos en nuestro ser desde que nacemos. Es ese niño al que le gusta jugar, reírse, encontrar el lado gracioso de las cosas y disfrutar de los momentos simples.
–¿Y si todos lo traen, por qué hay tanta gente amargada? ¿Por qué hay personas con escaso, bah, casi nulo, sentido del humor? ¿Por qué la gente despliega toda esa soberbia? ¿Por qué hay tanta culpa, maldad y malas intenciones sueltas caminando por ahí? ¡Eso no es propio de los niños! –Le pregunté.
–Quizás porque se olvidaron que el niño permanece dentro de uno, pero con el tiempo se olvidaron de escucharlo y consentirlo. También puede ser porque cuando fueron chicos, los adultos de su entorno se encargaron de dañárselo. ¿Entendés?
–Sí, Papi... ¡Pero eso es muy triste! A veces creo que la gran mayoría de la gente se ha olvidado de sonreír y de estar alegre. Parece que son muy pocos los que se divierten como lo hacemos nosotros.
–Y, la verdad que sí, Loli.
–¿A vos nunca te dañaron tu niño interior, Papi?
–Muchas veces
, Princesita. A todos nos dañan alguna vez, pero eso no me impidió salir adelante y curarlo, ayudarlo a que sanara sus heridas. Así es como conseguí conservar este buen humor, esta frescura y esta espontaneidad que a vos tanto te gusta y te divierte.
–Shi...
–Y ¿sabés qué?
–¿Qué?
–Si bien siempre fui así, desde que apareciste vos en mi existencia, este niñito interior ha cobrado más fuerzas y se ha sentido más feliz que nunca antes en su vida.
Lo miré con una sonrisa y una lagrimita de emoción se me escapó de un ojo y rodó por mi mejilla. Después, me acerqué más a él y lo abracé bien fuerte.
¡Qué lindas y tiernas son las personas que llevan vivo su niño interior!
–¿Qué, Princesita?
–¿Sabés cuál es una de las cosas que más me gustan de vos?
–¿Cuál, mi vida?
–Que sos tan divertido, gracioso, ocurrente, ingenioso… siempre tenés preparada la frasecita vivaracha, que jugás con doble sentido, que te salen un chistecito, una sutileza o la ironía en el momento justo... El juego de palabras y la rima que hace que lo que decís resulte sumamente divertido. Además sabés reírte de vos mismo ¡y hasta ridiculizarte en extremo! (Para los que no lo hayan leído, recomiendo el post “Un tropezón no es caída”, publicado el 9 de marzo) Pero no sólo eso: además sos un poquito desvergonzado, con esa creatividad atrevida en algunas de tus expresiones y... ¡también tenés momentos en que no te da vergüenza hacer payasadas!
El Profe sonrió y me acarició la cara.
–¡A veces hasta parecés un chico!
–¿Sabés qué pasa, Loli? Tal vez soy así porque aún tengo vivo a mi niño interior, ese chico que alguna vez fui, ése que todos traemos en nuestro ser desde que nacemos. Es ese niño al que le gusta jugar, reírse, encontrar el lado gracioso de las cosas y disfrutar de los momentos simples.
–¿Y si todos lo traen, por qué hay tanta gente amargada? ¿Por qué hay personas con escaso, bah, casi nulo, sentido del humor? ¿Por qué la gente despliega toda esa soberbia? ¿Por qué hay tanta culpa, maldad y malas intenciones sueltas caminando por ahí? ¡Eso no es propio de los niños! –Le pregunté.
–Quizás porque se olvidaron que el niño permanece dentro de uno, pero con el tiempo se olvidaron de escucharlo y consentirlo. También puede ser porque cuando fueron chicos, los adultos de su entorno se encargaron de dañárselo. ¿Entendés?
–Sí, Papi... ¡Pero eso es muy triste! A veces creo que la gran mayoría de la gente se ha olvidado de sonreír y de estar alegre. Parece que son muy pocos los que se divierten como lo hacemos nosotros.
–Y, la verdad que sí, Loli.
–¿A vos nunca te dañaron tu niño interior, Papi?
–Muchas veces
, Princesita. A todos nos dañan alguna vez, pero eso no me impidió salir adelante y curarlo, ayudarlo a que sanara sus heridas. Así es como conseguí conservar este buen humor, esta frescura y esta espontaneidad que a vos tanto te gusta y te divierte.–Shi...
–Y ¿sabés qué?
–¿Qué?
–Si bien siempre fui así, desde que apareciste vos en mi existencia, este niñito interior ha cobrado más fuerzas y se ha sentido más feliz que nunca antes en su vida.
Lo miré con una sonrisa y una lagrimita de emoción se me escapó de un ojo y rodó por mi mejilla. Después, me acerqué más a él y lo abracé bien fuerte.
¡Qué lindas y tiernas son las personas que llevan vivo su niño interior!
Lolita