Acá, en esta esquina, la del Correo, me bajo todos los días del colectivo de la línea que me trae desde la oficina hasta el centro y de ahí, a cuatro cuadras tomo cualquiera de los de la TAMSE que me dejan en la facultad.
El miércoles es el día que llego a las apuradas, porque entre un colectivo y otro casi no tengo tiempo para llegar a horario a la clase, así que ni siquiera puedo comer algo.
Hoy venía agradeciendo el haber alcanzado un colectivo que llega unos minutos antes al Correo, porque se me estaba haciendo muy tarde, y pensé en descender una parada después para estar más cerca de la siguiente pero, debe ser por la costumbre, terminé bajándome en la de todos los días.
Descendí del colectivo apurada, y empecé a caminar esquivando a todos los pasajeros que bajan de otras líneas en la misma cuadra, a los que caminan como pidiéndole permiso a los pies para moverse y a todos los que suelen estar al vicio en ese estratégico y atestado punto de la ciudad y enfilé hacia el cruce de peatones de las dos avenidas.
Así me había vestido hoy, con un jean celeste, una remerita y sandalias, porque todavía hace mucho calor y cuando uso este pantalón me doy cuenta que me miran y a veces hasta me dicen cosas que no escucho, y hoy era uno de esos días que lo único que quería era subirme al otro colectivo y que llegara pronto a Ciudad Universitaria cuando de pronto… ¡sentí que alguien me pellizcaba la cola!
–¿Pero quién es el…? –dije, y me di vuelta con mi mejor cara de muy pocos amigos para ver quién había sido el atrevido que se creía que estaba en Roma –el Profe me contó que en Roma es bastante común que te pellizquen el traste en la calle–, dispuesta a darle un carterazo o empezar a los gritos ahí, en medio de la multitud y me encontré frente a una cara conocida y sonriente.
La cara del Profe.
–¡Gordi!–grité.
–¡Loli! –dijo, y largó la carcajada, divertido, como cada vez que hace una travesura–. ¡Jajaja!
–¿Qué hacés acá?
–Te estaba esperando…
Había ido al centro para hacer unas cosas de él y averiguar algo que le había pedido para mí, y como sabe a qué hora suelo llegar, me estaba esperando.
–¡Llego tarde a la facu, mi vida! –le dije.
–No te hagas problemas, dale que te acompaño a tomar el colectivo –me dijo y me agarró de la mano. En la mano de él tenía mis chicles preferidos. Empezamos a caminar hacia la parada de TAMSE.
–¡Gracias mi amor! –el Profe siempre me sorprende con sus detallitos.
–¿Comiste algo?
–Naaaa... No tengo tiempo…
–¿No tenés hambre?
–Y sí…
–Vení, vamos al “Sánguche Veloz” –me dijo, haciendo referencia a un quiosco que está en una esquina de General Paz, que tiene unos sándwiches exquisitos, en el cual más de una vez compramos algo para comerlo sentados en uno de los canteros de la peatonal.
–¡Marche un pebete de jamón y queso calentito! Rápido, por favor –le dijo a una de las chicas que atiende y me compró un pebetón de los que sabe que me gusta.
–¿Querés una gaseosa chiquita?
–No, mi vida… dejá –le contesté, y después, mientras iba en el colectivo me arrepentí por no haberle aceptado el ofrecimiento.
Me acompañó hasta la parada mientras yo iba deglutiendo el pebetón y cuando vino el colectivo le di un beso a las apuradas, y subí.
Mientras viajaba y me arrepentía por no haber aceptado la gaseosa, me quedé pensando que el Profe es un hombre sorprendente, imprevisible, atento, cortés y divertido, que todos los días me da una nueva sorpresa.
¿No es un dulce, el Profe?
Lolita
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