
Desde aquel primer chat con Loli, siguieron otros y también varias conversaciones telefónicas –los unos y las otra a escondidas del padre– y más chats y más conversaciones. Yo cada vez estaba más pendiente de cada vez que aparecía y cada días salía a comprar más tarjetas telefónicas Teletel, de las cuales conservo una considerable cantidad que, le prometí, un día van a servir para empapelar una habitación entera. Durante ese mes busqué la forma de hacerle entender, sin lastimarla, que más allá de las coincidencias y las sensaciones, lo que le ocurría conmigo era que estaba fascinada intelectualmente, pero que no tenía que confundir eso con amor. Yo tenía en claro que deber, poder y querer son tres categorías que en raras ocasiones confluyen en la vida de una persona, pero también me daba cuenta que cada día pensaba más en esa chiquita sorprendente que –para ser honesto–, me había cautivado, aunque me negaba a admitirlo.
Ese primer mes agoté las palabras habladas y escritas explicándole que su enamoramiento era ideal, que una relación entre nosotros dos era apenas un poco menos que imposible, que tenía que vivir sus etapas como el resto de sus compañeras, que lo más adecuado era encontrar un chico de su edad, porque seguro que había alguno que le iba a gustar, que el futuro conmigo era incierto, que lo que le ocurría es que había empezado a sentir las cosas que ya tendría que haber sentido antes y que por eso creía estar enamorada y que bla bla bla...
Loli decía a todo que sí y, acto seguido, sacaba de la galera un razonamiento que me dejaba sin palabras. Ahora recuerdo aquellos días y creo que me pasé todo un mes argumentando.
A veces, durante esas conversaciones, Loli se enfurruñaba. Después me pedía disculpas y volvía a la carga.
El primer día de septiembre de 2007, yo había llegado a la conclusión que lo que menos necesitaba a mi edad era tener una relación con una adolescente de dieciséis años. Y que conste que no pensaba exclusivamente en mí. Creo que al tomar esa decisión, pensaba más en lo que pudiera pasarle a ella. Ese día decidí que, por más que me lo pidiera, no iba a viajar a Córdoba, de ninguna manera. No, no y no.
Ese fue el día que me mandó el primer mensaje de texto desde su celular a mi computadora:
Ese primer mes agoté las palabras habladas y escritas explicándole que su enamoramiento era ideal, que una relación entre nosotros dos era apenas un poco menos que imposible, que tenía que vivir sus etapas como el resto de sus compañeras, que lo más adecuado era encontrar un chico de su edad, porque seguro que había alguno que le iba a gustar, que el futuro conmigo era incierto, que lo que le ocurría es que había empezado a sentir las cosas que ya tendría que haber sentido antes y que por eso creía estar enamorada y que bla bla bla...
Loli decía a todo que sí y, acto seguido, sacaba de la galera un razonamiento que me dejaba sin palabras. Ahora recuerdo aquellos días y creo que me pasé todo un mes argumentando.
A veces, durante esas conversaciones, Loli se enfurruñaba. Después me pedía disculpas y volvía a la carga.
El primer día de septiembre de 2007, yo había llegado a la conclusión que lo que menos necesitaba a mi edad era tener una relación con una adolescente de dieciséis años. Y que conste que no pensaba exclusivamente en mí. Creo que al tomar esa decisión, pensaba más en lo que pudiera pasarle a ella. Ese día decidí que, por más que me lo pidiera, no iba a viajar a Córdoba, de ninguna manera. No, no y no.
Ese fue el día que me mandó el primer mensaje de texto desde su celular a mi computadora:
De: 54351313XXXX@mms.personal.com.ar:
Hola mi amor, estoy probando mandarte mensaje desde el celu. Conectate.
Te quiero
Se las había ingeniado –pese a que no uso esos aparatejos, ya que detesto los teléfonos celulares–, para mandarme mensajes de texto a toda hora y desde cualquier lugar. En mi archivo de correo electrónico conservo los más de dos mil que me envió en estos tres años.
¿Qué se imaginan que hice? ¿Creen que me negué? ¡Qué va! Me conecté y volvimos a hablar hasta que llegó la hora en que estaba por regresar el papá, y volví a explicarle, una vez más, porqué no era posible una relación entre nosotros.
Lolita volvió a decir que sí, que comprendía, que yo tenía razón, que lo nuestro no iba a funcionar, que me quedara tranquilo que no se enojaba porque yo no quisiera ir a conocerla, y que así era la vida, qué remedio.
A la otra mañana, cuando abrí mi correo, me encontré con esta carta:
¿Qué se imaginan que hice? ¿Creen que me negué? ¡Qué va! Me conecté y volvimos a hablar hasta que llegó la hora en que estaba por regresar el papá, y volví a explicarle, una vez más, porqué no era posible una relación entre nosotros.
Lolita volvió a decir que sí, que comprendía, que yo tenía razón, que lo nuestro no iba a funcionar, que me quedara tranquilo que no se enojaba porque yo no quisiera ir a conocerla, y que así era la vida, qué remedio.
A la otra mañana, cuando abrí mi correo, me encontré con esta carta:
Fecha: 2 de septiembre de 2007 10:52
Asunto: BUENOS DÍAS, PAPI
enviado por: gmail.com
Papi:
Sos el hombre más dulce que conocí en mi vida. Sin duda que me quiero casar con vos. Te amo mucho.
Apenas leas este mensaje, conectate, cosita tierna.
Beshitos para vos también.
Tu Cushita.
¡CUACK!
El Profesor
El Profesor