A propósito de la intolerancia, recuerdo en mi adolescencia y mi juventud, haber sido intolerante. Especialmente con “los viejos”, a excepción de mi abuelo. Aunque, si soy muy honesto, y aunque yo quería a rabiar a mi abuelo, había cosas que él hacía y que como yo no comprendía, juzgaba.
No es producto del azar que Mao Tse Tung (Maozedong) hiciera la Revolución Cultural con los adolescentes, cuando le fallaron todos los planes que justificaban un totalitarismo muy parecido al de los emperadores, pero en nombre del pueblo.
En más de un par de décadas de terapia, aprendí que uno no tolera lo que ve en los demás, porque lo reconoce en uno mismo. Eso se llama: “espejo”, y va de sentido común.
Bueno, también son intolerantes los envidiosos, porque ellos no tienen ni pueden tener lo que tiene otro. Entonces, de sólo verlo, se encrespan.
Creo que, con el paso de los años, y aunque admito ser un poco cascarrabias, me he vuelto algo más tolerante. Ocurre que los pendejos y los envidiosos suelen confundir –puesto que ellos se creen los dueños de la verdad–, “firmeza” con “intolerancia”. Quizás porque se han creído (por no saber qué es la Constitución Nacional) que sólo tienen derechos, pero no han escuchado hablar de las obligaciones. Porque se creen los dueños de la verdad y los patrones de las reglas.
Y, atención, que en esta categoría también entran mis hijos y otros parientes cercanos (algunos muy cercanos), que tienen lo que llamo “el dedo acusador fácil”.
Porque, a decir verdad, no es justo que le cargue las tintas a la madre, a las hermanas y al novio –yo lo llamo afectuosamente “Cara de Galleta”– de la hermana mayor de Lolita, ya que de mi lado también “algo huele a podrido en Dinamarca”, como decía el tío Willy.
Es cierto que yo no estoy en las mismas condiciones de Loli, y ni bien me vienen con un planteo estrambótico, fuera de lugar o que me huele a desencaminado, los dejo hablar, los dejo hablar... hasta que empiezo a hablar yo. Y entonces, como dice “el Tío”, todo el mundo hace “boca callada y culo en tierra”.
También es cierto que, cuando la conocieron a Loli, no le hicieron perradas porque, de sólo haber considerado la idea, sabían de antemano qué les esperaba y a qué tenían que atenerse.
Lo que no quita que todos se crean en el derecho de dar sus opiniones y pareceres. Hablo de cosas tales como:
“¡Ayyyyy! ¡Pero, papáaaaaaaa! ¡Es una nena! ¿Qué te pasa? ¿Te volviste un viejo verde?” –mi hija menor.
“Y... viste cómo es mi suegro. No se le puede decir nada porque te manda a cagar... pero no sé qué le pasa... a sus años, con una pendeja... A mí me da un poco de asquito... Por ella, ¿viste?” –mi adorable nuerita, doble cara-doble culo, que te la manda a guardar por la espalda y a traición, como una que yo sé.
“Tu hermano... no tiene cura. ¡Miralo! ¡Una nena! ¿Y qué va a hacer? ¿Piensa casarse? ¿Tener un hijo? Yo no sé porqué no se ocupa de los nietos, mejor...” –la esposa de mi hermano (no es mi cuñada, que quede claro, le retiré el título hace mucho tiempo).
“Le pegó fuerte el viejazo, a papá...” –mi hijo mayor, que por cierto no es el Arcángel Gabriel.
“Papá... todos te lo decimos con buenas intenciones, no queremos que sufras...” –mi hija mayor, siempre tan samaritana, ella.
“¡Ay! Cuando se lo conté a Ceci, me dijo que le daba asco...” –mi hija del medio, haciendo alusión a una amiga a quien, vale recordarlo, la llevaba de vacaciones junto con todos mis hijos y a la que yo llamaba “Pato criollo”, porque daba un paso, y la cagaba.
“Viejo, viejo... ¿qué te pasa? ¿No hay ninguna mina de tu edad con la que te lleves bien?” –mi hijo menor, el muñeco de la familia. Tan sensato él, a la hora de mirar a los demás.
“(...)” –mi hermano, mi querido hermano, de quien fui hermano, maestro, amigo y padre sustituto. Ni mus. Al menos, y como se está acercando a mi edad, algo aprendió: a hacer como los tres monos sabios y, en especial, a mantener la boca cerrada, como hice yo durante todo el tiempo que lleva de casado con su mujer. Al fin y al cabo, su matrimonio, no es cosa nostra, sino de ellos.
“¡Tíooo! ¡Sos un chabón limado!” –mis sobrinos, dos joyitas, los nenes.
Ahora, me pregunto: ¿Cómo hago para explicarles lo que siento, si no escuchan lo que digo de tan encerrados que están en sus certezas y en el convencimiento de que ellos tienen “la precisa”?
A veces pienso en contarles las cosas que vivimos con Lolita, cómo nos reímos, cómo nos complacemos con una película o leyendo el diario juntos tomando el desayuno y haciendo las palabras cruzadas. Cómo disfruto de prepararle el baño con espuma y que ella me enjabone la espalda con la esponjita rosa bajo la ducha.
Me resulta difícil explicarles que si le compro los perfumes, al mismo tiempo le enseño cómo se huelen las esencias, es para que aprenda a diferenciarlas, porque algún día yo no voy a estar y va a tener que elegirlas sola. Pero mientras esté con ella, ¿qué tiene de malo que la agasaje y le transmita mis conocimientos de perfumes franceses?
No es producto del azar que Mao Tse Tung (Maozedong) hiciera la Revolución Cultural con los adolescentes, cuando le fallaron todos los planes que justificaban un totalitarismo muy parecido al de los emperadores, pero en nombre del pueblo.
En más de un par de décadas de terapia, aprendí que uno no tolera lo que ve en los demás, porque lo reconoce en uno mismo. Eso se llama: “espejo”, y va de sentido común.
Bueno, también son intolerantes los envidiosos, porque ellos no tienen ni pueden tener lo que tiene otro. Entonces, de sólo verlo, se encrespan.
Creo que, con el paso de los años, y aunque admito ser un poco cascarrabias, me he vuelto algo más tolerante. Ocurre que los pendejos y los envidiosos suelen confundir –puesto que ellos se creen los dueños de la verdad–, “firmeza” con “intolerancia”. Quizás porque se han creído (por no saber qué es la Constitución Nacional) que sólo tienen derechos, pero no han escuchado hablar de las obligaciones. Porque se creen los dueños de la verdad y los patrones de las reglas.
Y, atención, que en esta categoría también entran mis hijos y otros parientes cercanos (algunos muy cercanos), que tienen lo que llamo “el dedo acusador fácil”.
Porque, a decir verdad, no es justo que le cargue las tintas a la madre, a las hermanas y al novio –yo lo llamo afectuosamente “Cara de Galleta”– de la hermana mayor de Lolita, ya que de mi lado también “algo huele a podrido en Dinamarca”, como decía el tío Willy.
Es cierto que yo no estoy en las mismas condiciones de Loli, y ni bien me vienen con un planteo estrambótico, fuera de lugar o que me huele a desencaminado, los dejo hablar, los dejo hablar... hasta que empiezo a hablar yo. Y entonces, como dice “el Tío”, todo el mundo hace “boca callada y culo en tierra”.
También es cierto que, cuando la conocieron a Loli, no le hicieron perradas porque, de sólo haber considerado la idea, sabían de antemano qué les esperaba y a qué tenían que atenerse.
Lo que no quita que todos se crean en el derecho de dar sus opiniones y pareceres. Hablo de cosas tales como:
“¡Ayyyyy! ¡Pero, papáaaaaaaa! ¡Es una nena! ¿Qué te pasa? ¿Te volviste un viejo verde?” –mi hija menor.
“Y... viste cómo es mi suegro. No se le puede decir nada porque te manda a cagar... pero no sé qué le pasa... a sus años, con una pendeja... A mí me da un poco de asquito... Por ella, ¿viste?” –mi adorable nuerita, doble cara-doble culo, que te la manda a guardar por la espalda y a traición, como una que yo sé.
“Tu hermano... no tiene cura. ¡Miralo! ¡Una nena! ¿Y qué va a hacer? ¿Piensa casarse? ¿Tener un hijo? Yo no sé porqué no se ocupa de los nietos, mejor...” –la esposa de mi hermano (no es mi cuñada, que quede claro, le retiré el título hace mucho tiempo).
“Le pegó fuerte el viejazo, a papá...” –mi hijo mayor, que por cierto no es el Arcángel Gabriel.
“Papá... todos te lo decimos con buenas intenciones, no queremos que sufras...” –mi hija mayor, siempre tan samaritana, ella.
“¡Ay! Cuando se lo conté a Ceci, me dijo que le daba asco...” –mi hija del medio, haciendo alusión a una amiga a quien, vale recordarlo, la llevaba de vacaciones junto con todos mis hijos y a la que yo llamaba “Pato criollo”, porque daba un paso, y la cagaba.
“Viejo, viejo... ¿qué te pasa? ¿No hay ninguna mina de tu edad con la que te lleves bien?” –mi hijo menor, el muñeco de la familia. Tan sensato él, a la hora de mirar a los demás.
“(...)” –mi hermano, mi querido hermano, de quien fui hermano, maestro, amigo y padre sustituto. Ni mus. Al menos, y como se está acercando a mi edad, algo aprendió: a hacer como los tres monos sabios y, en especial, a mantener la boca cerrada, como hice yo durante todo el tiempo que lleva de casado con su mujer. Al fin y al cabo, su matrimonio, no es cosa nostra, sino de ellos.
“¡Tíooo! ¡Sos un chabón limado!” –mis sobrinos, dos joyitas, los nenes.
Ahora, me pregunto: ¿Cómo hago para explicarles lo que siento, si no escuchan lo que digo de tan encerrados que están en sus certezas y en el convencimiento de que ellos tienen “la precisa”?
A veces pienso en contarles las cosas que vivimos con Lolita, cómo nos reímos, cómo nos complacemos con una película o leyendo el diario juntos tomando el desayuno y haciendo las palabras cruzadas. Cómo disfruto de prepararle el baño con espuma y que ella me enjabone la espalda con la esponjita rosa bajo la ducha.
Me resulta difícil explicarles que si le compro los perfumes, al mismo tiempo le enseño cómo se huelen las esencias, es para que aprenda a diferenciarlas, porque algún día yo no voy a estar y va a tener que elegirlas sola. Pero mientras esté con ella, ¿qué tiene de malo que la agasaje y le transmita mis conocimientos de perfumes franceses?
Creo que ni siquiera van
a poder imaginarse qué me pasa por adentro cuando la miro, sin que lo advierta, apoyada en el ventanal abstraída en sus pensamientos, vestida con una camisa mía, o qué bien me hace y le hace dormirnos abrazados, haciendo “cucharita”, escuchando esas palabras tiernas que tanto le gustan, y despertarnos por la mañana y que me tire de las piernas para que me levante de la cama para preparar el desayuno juntos.Tengo que reconocer que, el día de nuestro cumpleaños –que fue cuando la conocieron–, les debe haber costado dejar de lado los prejuicios, la falsa moral (ninguno de los nombrados se caracteriza por su sensatez y su equilibrio) y la sensación de que su papá-suegro-cuñado-tío o lo que fuere, es un viejo verde.
Me doy cuenta (y por eso les estoy agradecido) que privilegiaron lo que –mal, bien, regular o más o menos– sienten por mí, y se hicieron presentes con la mejor disposición que son capaces de desplegar, dadas las circunstancias.
Ninguno de ellos, cabe mencionarlo, le dijo a Loli que era “una aprovechadora de un viejo” (claro que si se lo hubiera dicho, salía por la ventana en vez de usar la puerta), ni le pegó una cachetada, ni nada por el estilo.
Pero no es menos cierto que, en los inicios de nuestra relación –ahora se van acostumbrando–, las únicas voces que escuché comprensivas
–vaya con la paradoja–, fueron:
a) la del “Tío” (¡Bueh! Tío postizo), hombre un par de décadas mayor que yo, con una vida dura y difícil, que me dijo: “Que digan lo que quieran... ¿Sos feliz? ¿Te sentís bien? Yo te veo diez años más joven, de manera que tengo que creer que, pendeja o no pendeja, te hace bien. ¡Que se metan la lengua en el culo! Tu vida es tuya. Te veo, hace años, sin meterte en la vida de nadie, sin juzgar, sin dar tu opinión a menos que te la pidan, así que... ¡No les des bola!”; y
b) la de mi nieta Belu, que cuando le expliqué quién era la jovencita de la foto que tengo en el escritorio y que me está abrazando, sonriente, me dijo: “¡Qué linda que es, abuelo! ¡Y cómo te quiere!”.
Intolerante.
Sí, Juan.
Por esas cosas que tiene la existencia del ser humano, los únicos tolerantes parecen ser los niños como mi nieta y los viejos, como “El Tío”.
Y algunos amigos de la blogsfera, claro está. Que no es cuestión de generalizar, mezclando la mies con la mala hierba.
El Profesor
PD: A partir de mañana (ahora ya es muy tarde) empezamos a renovarle la cara, a este rincón nuestro. Nada para alarmarse. Sólo vamos a cambiar algunas cosas de lugar, sacar otras y reemplazarlas por nuevas... Como en una casa, ¿ven?
Foto: © Đăng-Huy-Hùng
Por esas cosas que tiene la existencia del ser humano, los únicos tolerantes parecen ser los niños como mi nieta y los viejos, como “El Tío”.
Y algunos amigos de la blogsfera, claro está. Que no es cuestión de generalizar, mezclando la mies con la mala hierba.
El Profesor
PD: A partir de mañana (ahora ya es muy tarde) empezamos a renovarle la cara, a este rincón nuestro. Nada para alarmarse. Sólo vamos a cambiar algunas cosas de lugar, sacar otras y reemplazarlas por nuevas... Como en una casa, ¿ven?
Foto: © Đăng-Huy-Hùng