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sábado, 25 de septiembre de 2010

Diario de Lolita: La fuerza del amor

El tiempo pasaba. Nuestro amor crecía. Mi pasión se desbordaba. Mi corazón se aceleraba y me emocionaba con sólo escuchar su voz en el teléfono... En nuestras románticas conversaciones yo había pasado de decirle que lo quería a manifestarle que lo amaba con toda mi alma y como a nadie en el mundo, y recuerdo que él me contestaba: “No podés amarme, si todavía no me conocés, Frutillita”. Pero mi corazón no me engañaba. Ya había empezado a amarlo sin siquiera haberlo visto.

Nuestras charlas telefónicas duraban horas, durante las que nos contábamos tantas cosas. Se había convertido en mi confidente. Sentía que con él podía hablar de todo, sin excepción. Mi amorcito se había ganado mi confianza. En él había encontrado a un amigo verdadero, a un papá comprensivo y cariñoso, a un hombre ideal para pareja que, lamentablemente, yo no encontraba entre los adolescentes de mi edad. El Profe había entrado en mi vida y, desde ese preciso instante, aparecía en todas las ensoñaciones que me asaltaban dormida y despierta. Me pasaba horas imaginando la vida al lado suyo, el poder irme a vivir con él, el ser su mujercita para siempre...

Luego de una interminable espera que padecí día tras día, por fin puso fecha para viajar y cumpliría con su promesa. Recuerdo que los días anteriores, estaba muy nerviosa por saber que por fin lo conocería. Estas ansias hacían que lo llamara todo el tiempo para decirle una y otra vez cuánto lo amaba y las ganas que tenía de estar a su lado. Quería que me repitiera una y otra vez qué me haría cuando estuviéramos a solas y de qué forma me amaría, para poder así dar rienda suelta a mi imaginación, a ese erotismo adolescente que me había despertado y que con tanto cuidado y ternura me había enseñado a reconocer y aceptar.

Para poder hacer realidad mi sueño de estar con él, necesitaba un plan perfecto para inventar en mi casa y poder estar así la mayor cantidad de horas disfrutando a su lado.

Necesitaba disimular mi excitación y la ansiedad que me asaltaba de estar por vez primera a solas y a merced de un hombre que me generaba imágenes deliciosas en el cerebro, sensaciones excitantes en el cuerpo y me despertaba las emociones más intensas que jamás había anhelado experimentar. Y ese no era un problema menor, porque mi papá ya había descubierto que entre El Profe y yo pasaba algo que, como es lógico suponer, lo inquietaba, lo desequilibraba y lo asustaba al punto del colapso nervioso.

Por momentos, tanto El Profe como yo, sentíamos que nuestro romance era muy difícil, que teníamos el mundo en contra, que se nos hacía imposible... Pero al recordar nuestros mejores momentos, la arrebatada emoción que nos embargaba de estar el uno con el otro, nos daba fuerzas y seguíamos luchando para seguir adelante juntos.

Fue durante esos meses que aprendí que esa fuerza tan poderosa que es el amor engrandece, une, alegra, restaña, libera, fortalece, embriaga, consume, obsesiona y hasta trasciende los límites del bien y del mal. El amor se salta todas las barreras de la sensatez y, a los empujones, nos lleva a cometer cualquier desatino. De esos que trastocan y modifican, de un día para el otro, el rumbo de nuestra existencia

Nosotros estábamos a punto de cometer uno, y de los grandes.



Lolita