Mostrando entradas con la etiqueta Amor adolescente. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Amor adolescente. Mostrar todas las entradas

jueves, 4 de noviembre de 2010

Diario de Lolita: El encuentro



–Hola, Loli –me dijo.
–Hola, Profe –le contesté, antes de ir hacia él y dejarme envolver pos ese primer fuerte abrazo.

No podré en mi vida olvidar ese día. El primer día de diciembre. Mi primer cita, a los dieciséis años. Cuando menos lo esperaba. Mi cita a ciegas con el ser que durante meses había sido la causa de mi desvelo, de mi desatino, de mi transformación.
Es sabido que esta sociedad le da mucha importancia al poder. Yo creo que ningún poder es tan importante como el “poder amar” y puedo afirmar que desde que lo vi y lo sentí por vez primera, empecé a sentirme poderosa.
Me guié por sus referencias de cómo estaba vestido para encontrarlo en la terminal, ya que, aunque lo conocía por fotografías, quería estar segura de que era él.
Caminé por las plataformas, mirando entre las personas sentadas en los bancos y en un momento lo vi. Lo vi de atrás y supe, por lo que me había dicho, que era él.
Llevaba un pantalón de vestir clarito, zapatos color ciruela, con cinturón y porta-llavero haciendo juego (desde ese día, ese porta llavero me da vuelta, me transformó en fetichista) un pulóver verde y un libro en la mano. Me acerqué despacito y antes de arrojarme sobre él y fundirnos en un abrazo, me observó de arriba abajo con una sonrisa. Sí, me había vestido especialmente bonita para ese primer encuentro: sandalias blancas, pollera larga del mismo color y una musculosa. Llevaba además el cabello suelto.
–¡Loli! –me dijo, y me besó en la mejilla.
Yo lo besé a él y dejé que me envolviera por esos brazos fuertes, cálidos y contenedores. Ese día me hice adicta a su abrazo.
De la terminal nos fuimos caminando unas pocas cuadras hasta el hotel. Lo tomé de la mano. Por mi cuerpo corrían escalofríos de emoción, de deseo, de alegría de haberlo conocido y tenerlo a mi lado.
–¿Y? ¿Te parezco tan lindo como imaginabas? –me preguntó, mirándome a los ojos–. ¿No te parece que soy medio viejito?
Le sonreí y pensé que no parecía para nada viejito y que estaba para comérselo, y que me estaba dando hambre.
–No –le contesté–. Es más, sos mucho más hermoso de lo que había imaginado...
Y de pronto ahí estábamos, entrando al hotel.
¿Pueden imaginarse cómo me latía y el corazón cómo me temblaban las piernas?


Lolita


jueves, 7 de octubre de 2010

Diario de Lolita: Urdiendo planes


Lolita dice: Anoche... No me podía dormir...
El Profesor dice: ¿Por qué, Loli?
Lolita dice: Pensé y deseé mucho estar durmiendo con vos y poder estirar la mano debajo de las sábanas y tocar tu cuerpito desnudo y hacerte muchas caricias... Y luego acercarme a tu boca y deleitarme besándote y sintiendo ese gustito dulce de tus labios...
El Profesor dice: ¡Oh!
Lolita dice: ¿Sabés?
El Profesor dice: ¿Qué?
Lolita dice: Estoy decidida a arriesgarme con mi plan para poder pasar la noche con vos. La semana que viene quizás empiece a decirle a mi maestra que la semana próxima tengo que pedirle un favor muy importante. Espero que no se niegue…
El Profesor dice: Loli, por favor, no te metas en problemas…
Lolita dice: Yo la conozco. Pero si no, ¿En quién?
El Profesor dice: Vos la conocés, pero ¿por qué hacer eso con ella?
Lolita dice: Es el único lugar donde alguna vez fui a dormir
El Profesor dice: No sé si una persona adulta va a hacer esto, Loli
Lolita dice: Yo tampoco lo sé. Pero si no lo intento me voy a quedar con la duda. Además no le voy a decir que es para estar con vos
El Profesor dice: ¿Y qué le vas a decir?
Lolita dice: Le voy a decir que le voy a contar después, si todo sale bien. Que es algo muy importante.
El Profesor dice: ¿Y le vas a contar que estuviste durmiendo con un hombre de 57 años?
Lolita dice: No, le puedo decir que estuve con un amigo de Buenos Aires, que fuimos a bailar toda la noche... un amigo de veintitrés años. No tengo porqué contarle mi vida privada.
El Profesor dice: Creo que si vas a pedirle ayuda, lo menos que va a hacer esta mujer es pedirte que le expliques qué vas a hacer, porque ella va a tener responsabilidad ante tu padre...
Lolita dice: No sé... Quizás. Vos dejame que pruebe y después te cuento. A ver, decime…
El Profesor dice: ¿Qué, Loli?
Lolita dice: ¿No querés pasar toda la noche conmigo? ¿No querés amanecer con mis beshitos? ¿No querés que te toque y que nos quedemos hablando hasta tarde?
El Profesor dice: Mirá, como querer, quiero. Pero creo que no debés hacerlo y correr un riesgo tan grande. Las consecuencias pueden ser graves.
Lolita dice: Creo que puedo manejarlo. Vos dejame a mí. Si veo que corro riesgos, que mi maestra no quiere o cualquier cosa... lo dejamos para cuando me escape a tu casa ¿Si?
El Profesor dice: Loli... mirá, dulzura... Si vos cambiás tus hábitos de golpe, tu padre ¿crees que no se va a dar cuenta? (...) ¿Cuándo quéeee?
Lolita dice: ¿Querés que vaya?
Lolita dice: Eso es MUCHÍSIMO más riesgoso.
El Profesor dice: Lo sé. Y te digo lo mismo. Como querer, quiero. Pero no debés hacerlo.
Lolita dice: ¡Pero yo quiero dormir con vos!!!!
El Profesor dice: Pues vas a tener que aguantarte las ganas hasta los dieciocho años.
Lolita dice: No, mi amor, yo no aguanto.
El Profesor dice: Sí, Princesita. Tiene que ser así.
Lolita dice: Voy a hacer todo lo posible por conseguirlo. Ya vas a ver.
El Profesor dice: Si te digo que que vas a tener que aprender a tener paciencia, vas a tener que aprender a tener paciencia.
Lolita dice: Vos dejame que pruebe la complicidad y la amistad de mi maestra y después hablamos.
El Profesor dice: Pero Loli…
Lolita dice: Papi... ¿Vos no querés que yo duerma con vos?


Lolita





sábado, 25 de septiembre de 2010

Diario de Lolita: La fuerza del amor

El tiempo pasaba. Nuestro amor crecía. Mi pasión se desbordaba. Mi corazón se aceleraba y me emocionaba con sólo escuchar su voz en el teléfono... En nuestras románticas conversaciones yo había pasado de decirle que lo quería a manifestarle que lo amaba con toda mi alma y como a nadie en el mundo, y recuerdo que él me contestaba: “No podés amarme, si todavía no me conocés, Frutillita”. Pero mi corazón no me engañaba. Ya había empezado a amarlo sin siquiera haberlo visto.

Nuestras charlas telefónicas duraban horas, durante las que nos contábamos tantas cosas. Se había convertido en mi confidente. Sentía que con él podía hablar de todo, sin excepción. Mi amorcito se había ganado mi confianza. En él había encontrado a un amigo verdadero, a un papá comprensivo y cariñoso, a un hombre ideal para pareja que, lamentablemente, yo no encontraba entre los adolescentes de mi edad. El Profe había entrado en mi vida y, desde ese preciso instante, aparecía en todas las ensoñaciones que me asaltaban dormida y despierta. Me pasaba horas imaginando la vida al lado suyo, el poder irme a vivir con él, el ser su mujercita para siempre...

Luego de una interminable espera que padecí día tras día, por fin puso fecha para viajar y cumpliría con su promesa. Recuerdo que los días anteriores, estaba muy nerviosa por saber que por fin lo conocería. Estas ansias hacían que lo llamara todo el tiempo para decirle una y otra vez cuánto lo amaba y las ganas que tenía de estar a su lado. Quería que me repitiera una y otra vez qué me haría cuando estuviéramos a solas y de qué forma me amaría, para poder así dar rienda suelta a mi imaginación, a ese erotismo adolescente que me había despertado y que con tanto cuidado y ternura me había enseñado a reconocer y aceptar.

Para poder hacer realidad mi sueño de estar con él, necesitaba un plan perfecto para inventar en mi casa y poder estar así la mayor cantidad de horas disfrutando a su lado.

Necesitaba disimular mi excitación y la ansiedad que me asaltaba de estar por vez primera a solas y a merced de un hombre que me generaba imágenes deliciosas en el cerebro, sensaciones excitantes en el cuerpo y me despertaba las emociones más intensas que jamás había anhelado experimentar. Y ese no era un problema menor, porque mi papá ya había descubierto que entre El Profe y yo pasaba algo que, como es lógico suponer, lo inquietaba, lo desequilibraba y lo asustaba al punto del colapso nervioso.

Por momentos, tanto El Profe como yo, sentíamos que nuestro romance era muy difícil, que teníamos el mundo en contra, que se nos hacía imposible... Pero al recordar nuestros mejores momentos, la arrebatada emoción que nos embargaba de estar el uno con el otro, nos daba fuerzas y seguíamos luchando para seguir adelante juntos.

Fue durante esos meses que aprendí que esa fuerza tan poderosa que es el amor engrandece, une, alegra, restaña, libera, fortalece, embriaga, consume, obsesiona y hasta trasciende los límites del bien y del mal. El amor se salta todas las barreras de la sensatez y, a los empujones, nos lleva a cometer cualquier desatino. De esos que trastocan y modifican, de un día para el otro, el rumbo de nuestra existencia

Nosotros estábamos a punto de cometer uno, y de los grandes.



Lolita



jueves, 23 de septiembre de 2010

Diario de El Profesor: Vacilaciones

Cuántas veces estuve a punto de comprar los pasajes, y cuántas otras desistí. Entre el veinte y el veintidós de ese septiembre de 2007, Loli me mandó dieciséis mensajes de texto, siete chats y cuatro correos.
Yo ya había decidido que no iba a viajar, y se lo había dicho. La escuché llorar y la imaginé haciendo pucheros y sé le dolió, que se sintió mal, porque estaba ilusionada y ansiosa. Loli se ponía y se pone muy ansiosa cuando anhela algo.
Hoy todavía trato de recordar qué me llevaba a negarme a emprender ese viaje, qué me hacía dudar tanto en el momento de tomar una decisión. Digamos que no soy el tipo de hombre propenso a las vacilaciones, más bien todo lo contrario. Pero con Loli, cuando llegaba el momento de pensar en viajar a conocerla, ¡zapate! Se me venía encima toda la estantería.
Quizás otro hubiera abordado un micro sin dudarlo, dada la perspectiva de encontrarse con un bomboncito como era esa chiquitina sorprendente, pero yo soy yo y, para bien o para mal, no podía dejar de lado la responsabilidad que significaba para mi dar un paso más allá del que ya había dado en chats, cartas y conversaciones telefónicas y del que, más de una vez me arrepentí, sumido en la culpa y el arrepentimiento por haber llegado tan lejos.
Por otro lado la personalidad de Lolita ejercía sobre mí el mismo efecto que un gigantesco imán ubicado delante de una montaña de virutas. Desde ese día que me había preguntado si creía en las almas gemelas, me resultaba un ejercicio estéril dejar de pensar en ella. La imaginaba, la anhelaba y, debo admitirlo, también la deseaba. Acto seguido volvían a la carga los remordimientos por desearla y me sentía un desubicado, un viejo perverso que fantaseaba con una nenita.
Tal vez haya quien piense que le temía a las consecuencias personales que, en lo legal, podía acarrearme el sólo hecho de encontrarme a solas con ella, pero conozco la ley y admito que sabía que en ese sentido era muy difícil que pudiera meterme en problemas. En ningún momento especulé con eso, pese a que sabía que Loli –por desoír mis sugerencias de ser cuidadosa, en especial cuando conversábamos en el chat–, ya le había dado a su papá una considerable cantidad de razones como para estar alerta. Yo había tenido un cruce de palabras con él, un día que me llamó por sorpresa “para conocer aunque sea por teléfono al hombre que le estaba editando el libro a su hija” y, según lo que pude vislumbrar, para darme una señal que, de alguna manera, se había dado cuenta que entre Loli y yo había algo más que una inocente y aséptica relación profesional.
Mis vacilaciones tenían que ver con algo más serio, más profundo. Tenían que ver con el ser consciente de que la diferencia de edad era tan grande que las posibilidades de poder entablar un vínculo que excediera la amistad eran ínfimas. No pensaba sólo en el presente –y eso es lo extraño–, sino que no podía dejar de imaginar el después. ¿Qué futuro podía tener nuestra relación? ¿Qué podía ofrecerle? ¿Ser su novio, como me había pedido? ¿Durante cuánto tiempo? ¿Y si la relación seguía adelante, qué expectativas de continuidad podía darle?
Recuerdo que un día, hablando del futuro, le dije que imaginara qué iba a pasar en cinco años, cuando ella tuviera veintiuno. A continuación le dije que pensara en diez años, cuando ella tuviera veintiséis y yo sesenta y siete. ¿Cuánto tiempo de vida tenía yo por delante para darle? Traté de que razonara que mi vida estaba del otro lado de la montaña –usé esa alegoría–, y que mientras ella seguía subiendo hacia la cima, yo estaba en el sendero descendente y que lo que se veía desde donde yo estaba no era un panorama grato, por llamarlo de alguna manera.
–¿Qué querés decirme, Cushito? –me preguntó–. ¿Qué te vas a morir?
Hice una larga pausa antes de contestarle, quizás porque en ese momento sentí mi finitud de una forma más palpable, más real.
–¿Papi? ¿Seguís ahí?
–Sí, Loli, sigo acá.
–¿Por qué no me contestás?
–Porque no es fácil, mi chiquita, decirte que sí. Que me voy a morir.
–Yo también –dijo.
–Sí, pero mucho, mucho tiempo después que yo –contesté.
–¿Y cómo sabés?
–¿Cómo sé qué?
–Que te vas a morir antes que yo.
–Bueno, mirá, digamos que las probabilidades de sobrevida..
–empecé a decir, pero Loli me interrumpió.
–Papi… Vos me dijiste que leíste “La Tregua” y que viste la película cuando faltaban como veinte años para que yo naciera, ¿te acordás?
–Sí, me acuerdo.
–Yo también la leí y en el libro... –entonces fue ella la que hizo una pausa–, ¿quién se muere primero?
Como podrán imaginar, ese razonamiento era tan sólido, tan realista, que no supe qué contestarle. Me dejó sin palabras.
Para escribir este capítulo de nuestra historia, estuve leyendo los mensajes, los chats y las cartas de esa época –Loli y yo no los llamamos “correos” o “e-mails”– y desde la distancia, con otra perspectiva, habiendo salido de esa vorágine de sensaciones que me producía Loli, creo entender que lo que me llevaba a vacilar era la intención de cuidarla, de preservarla, de hacer todo lo posible para evitar que sufriera mientras –vaya paradoja–, la sumía en la incertidumbre, le alimentaba la ansiedad y le estaba provocando un dolor tan desmesurado, que resulta imposible describirlo con palabras.
Porque yo era para Loli su primer amor. Ese que despierta las maripositas en la panza, los sueños estando despierto y esas fantasías inevitables que suelen tomarnos por asalto la mente cuando nos quedamos a solas con nuestros pensamientos a la noche en la cama.
Pero Loli no era menos para mí. Eran los sueños no realizados, la concreción de lo anhelado durante toda una vida, un soplo renovador en mi existencia, la posibilidad del amor que había decidido ya no volver a encontrar.
La pensaba, la anhelaba, soñaba con ella. Me quedaba largas horas mirando el parque desde el amplio ventanal que tenía a mis espaldas y miraba una y otra vez esas fotos chiquitas que le había enseñado a enviar.
Lolita era la esperanza.
Releyendo lo que le escribí en esos días cercanos a la primavera de 2007, encontré esta carta con la que, imagino, trataba de consolarla por no estar ese 21 de septiembre en Córdoba, después de haberle alimentado la ilusión:



Mensaje desde el corazón para mi nenita traviesa:
 
¿Sabés? Más allá de los juegos y fantasías, mi pequeña princesita hermosa, siento por vos una gran ternura y a veces no sé cómo hacer para cuidarte.
La forma en que tuve que responderle a tu papá hoy no me hace bien, Cushita. A veces siento que ya estoy demasiado cansado para estas cosas. Y, sin embargo, no puedo dejar de pensar en vos... más allá de cualquier consideración de hombre-mujer.
Como vos escribiste, hasta que Dios diga cuándo tiene que terminar, sabé que aunque esté tan lejos y no te haya visto, de alguna manera muy extraña que no me había ocurrido antes, te quiero, dulce Frutillita.
Que tengas un buen descanso y un mejor despertar.
Cada día, vale la pena de ser vivido con sus alegrías y sus penas; con sus dones y sus vicisitudes.
Me digo, una y otra vez, que debe haber alguna razón que no conozco, que hizo que la vida me llevara hasta tu persona y a vos hasta la mía.

Tuyo,

 
Papi

Ahora, mientras escribo y antes de publicar esta nueva entrega, tomo conciencia que mañana es 24. Un nuevo 24, como aquel otro, cuando nuestras circunstancias se encontraron, a destiempo, y no por casualidad.
Desde ese día han pasado tres años y dos meses.
Y con todo lo bueno y lo no tan bueno, con alegrías y dolores, obstáculos, dificultades, ausencias y encuentros, extrañándonos cuando estamos separados y disfrutando como el primer día cuando estamos juntos, seguimos transitando tomados de la mano el trecho de camino que la vida nos ha otorgado.

El Profesor



domingo, 19 de septiembre de 2010

Diario de Lolita: Dispuesta a todo


En varias ocasiones él me dijo que haría esos setecientos cincuenta kilómetros que nos separaban para estar conmigo unos días, pero una cosa u otra se interponía en las fechas tentativas que fijábamos y mi corazón se partía en pedacitos ante la perspectiva de tener que seguir esperando. No vino el 21 de septiembre, a pesar de las muchas ilusiones que me había hecho. Cuando sufría esos desánimos se me arruinaba el día y sólo deseaba que me pisara un camión. ¡Es que yo tenía tantas ganas de conocerlo! Una vez escribí en mi diario:

“Querido diario:
Ayer estaba por escribirte pero no tenía fuerza de voluntad, estaba destrozada, como si me hubieran serruchado a la mitad.
Resulta que venía planeando todo desde el sábado pasado porque él me había dicho que vendría este fin de semana. Contaba los días que faltaban.
En mitad de la semana, me decía que venía, y ya al día siguiente que no sabía... que dudaba...
¿Cómo es posible que dude tanto? ¿Por qué no se decide de una vez?
Me dijo que si no venía no era por falta de dinero o por exceso de trabajo, sino por algo más profundo, más complicado. Me decía que él era responsable, que no quería hacerme daño, que pensaba en todas las consecuencias que esto podría tener para mí y para él... que podía yo encariñarme y después sufrir su ausencia... que lo pensaría y al día siguiente me comunicaría su decisión.
Me cansan un poco todas estas reflexiones ¿Acaso no entiende que lo amo y necesito tenerlo conmigo para abrazarlo cuanto antes?
Resultó ser que el jueves por mensaje de texto me partió el corazón. No venía “por ahora” porque –dijo– “me quería bien”.
¡Es tan injusta la vida...! Lloré porque me sentía herida, desilusionada e impotente, porque sentía que perdía al hombre que amaba....”


Miles de lágrimas derramé desde que lo conocí. El ya me había preparado diciéndome que lo nuestro sería sumamente difícil por todos los obstáculos que se interponían en nuestro camino para amarnos libremente, pero mis sentimientos apasionados, mi piel y mis labios que ardían de deseos de tocarlo, no entendían razones. Sentía que lo necesitaba, que tenía que satisfacer todos mis deseos que él había alimentado durante tantos meses.
A pesar de mis temores con respecto al sexo, a pesar del problema que este hombre me estaba trayendo en mi hogar –mi papá ya había descubierto mi secreto–, estaba dispuesta a todo, iba a inventarme cientos de mentiras con tal de poder gozar de su presencia tan solo unas horas, con tal de tenerlo conmigo el tiempo suficiente para cumplir con mi sueño de percibir el sabor de sus labios en ese primer beso en la boca que reservaba para él.

Lolita

viernes, 10 de septiembre de 2010

Diario de Lolita: ¡Sorpresa!


Recuerdo esa noche fría, como si hubiera pasado ayer. Estaba en mi casa, ocupada en mis asuntos luego de bañarme y a punto de cenar, cuando sonó mi celular. Era raro eso. Muy pocas veces alguien me llamaba a mi teléfono móvil. Atendí, confundida y extrañada, preguntándome quién podría ser.
Era la voz de un hombre, de eso no cabía duda. Inmediatamente sospeché que podía ser él.
–¿Quién habla?
–Yo, Cushita... –era él, que me hablaba con esa encantadora tonadita porteña que él dice que no tiene, que la tonadita la tenemos los cordobeses.
–Ah... hola... –dije, vacilando, porque mi papá levantó la vista y me miró.
–Decime: ¿está tu papá cerca? –me preguntó, y ya no tuve dudas: era adivino.
–Mmm... más o menos.
–Bueno, tranquila, no te pongas nerviosa...
–Sí –dije, mientras me alejaba del lugar donde estaba mi papá.
–¿Cómo estás?
–Bien, acá ando –estaba tan, tan emocionada que no sabía qué contestarle y me inquietaba que mi papá pudiera escuchar.
–“Bien acá ando” –me imitó–, con esa tonadita cordobesa que tenés...
Se rió, como un chico que estuviera haciendo una travesura. Yo me quedé callada, pero como seguía riendo le pregunté:
–¿De qué te reís?
–De que debes estar helada por el frío y por la sorpresa... ¿no?
–Y, sí...
¡Ay, Diossss! Me estaba hablando ese hombre que me había deslumbrado, cautivado y enamorada y yo no podía hacer otra cosa que contestarle con monosílabos. Me temblaban las manos y me latía más fuerte el corazón. Bah, creo que temblaba toda.
–Bueno, tranquila... Te comprendo, sólo quise darte una sorpresa.

Hablamos poco y, la verdad, no me acuerdo de qué, de tan emocionada que estaba. Después nos despedimos y colgué. Me quedé pensando el resto de la noche en él. El haberse animado y tomar la iniciativa de llamarme significaba, de algún modo, que estaba interesado en mí. Ya en la cama, trataba de acordarme de sus palabras, de su voz, y de su risa... No podía dormirme. Las palomitas en la pancita revoloteaban y me hacían más cosquillitas que nunca. ¡Qué gesto tan hermoso!
En ese momento me di cuenta que él era mi secreto, era mi amor prohibido, mi amante lejano, mi hombre amado sin aún conocerlo... era todo mi mundo. Me había acariciado el corazón y me había revolucionado los sentimientos.
El Profesor había pasado a ser mi tesoro secreto más preciado y me ilusionaba tenerlo.

Lolita