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domingo, 10 de abril de 2011

¡Y uno, y dos!

–¿Hoy vas, Gordi?
–Sí, ¿te parece encontrarnos a las seis y media?
–A las siete, mejor, porque seis y media estoy llegando de la facu. Así tengo tiempo de dejar las cosas y cambiarme, ¿si?
–Está bien. A las siete nos vemos ahí entonces.
Esta conversación la repetimos a menudo para ponernos de acuerdo en la hora a la que asistimos juntos a ese lugar en el que el Profe y yo tenemos cita obligada la mayor parte de los días de la semana.
¿Se preguntarán qué lugar?
Nada más ni nada menos que... ¡EL GIMNASIO!
Así es. Desde que el Profe llegó a la ciudad de Córdoba, no dejé de insistirle en lo lindo que sería poder ir los dos al mismo gimnasio para hacer ejercicio juntos y compartir una actividad recreativa más.
Yo hace tiempo que voy y tengo constancia ya que es algo que me agrada mucho hacer. Pero el Profe… bueno, el Profe necesitaba ese (digamos) "empujoncito inicial" para largarse. Él no estaba acostumbrado a la actividad física y siempre dijo que detestaba los gimnasios, sin embargo, empezó cuando todavía vivía en Buenos Aires y ahora que tomó (¿o le impuse?) la sana costumbre, es un pibe más yendo al gym. Se calza sus zapatillas de deporte, la remerita blanca que le regalé, sus shorts y va con todas las pilas al salón de aparatos.


Como asistimos en el mismo horario, yo lo espío (Ji, ji, ji). Me da una mezcla de orgullo y ternura verlo caminar en la cinta, pedalear sin descanso en las bicis fijas, trabajar sus abdominales tirado en una colchoneta en el suelo mientras se concentra en la respiración y cuenta: uno, dos, tres… cincuentay formar sus bíceps y tríceps con mancuernas cada vez más pesadas.
Pero ahí no termina todo: para colmo, le ha tocado un entrenador que lo trata muy bien, con afecto, pero... todos los días le da ejercicios más complicados, le incorpora nuevas series y lo hace sentar en lo que el Profe llama “esas sillas de tortura” para trabajar distintos músculos. ¡Pobre, mi dulce amor!
A pesar de esto, él no decae y se toma con mucho entusiasmo esta actividad: cada día está más fuerte. Sí, pone el bracito en ángulo y me muestra la dureza de sus músculos (¡Un tierno!) y todo lo hace porque dice que quiere estar sano y vivir muchos años a mi lado.
Tiene que amarme mucho para hacer todo este tipo de cosas, ¿no les parece?


Lolita.

miércoles, 4 de agosto de 2010

¡Y unoooo, y doooos..!

Una de las características de Lolita es que cuando algo se le mete entre ceja y ceja, es tan incapaz de abandonar el intento y conseguir lo que quiere, como imposible que un sabueso deje de seguir a su presa una vez que la ha detectado.
–Gordi, ¿no te gustaría hacer un poco de gimnasia? –me preguntó un día.
–Loli, hasta los veintisiete años hice tanta gimnasia como la que vas a hacer vos en toda tu vida –le contesté–. Además, ¿no estoy viejito para eso?
–¡Nahhh, gordi! ¿Qué viejito ni viejito? –dijo, acompañando un gesto con una sonrisa traviesa que hacía alusión a cierto tipo de gimnasia asociada a las efusividades del encuentro... y las posteriores.
Pasó el tiempo, algo así como un año y un día, pasando delante de un moderno gimnasio lleno de aparatos, volvió a la carga:
–Gordi, mirá. Un gimnasio... –dijo, como al descuido.
–Mhhh-hhh.
–¿No te parece que necesitarías moverte un poquito?
–Mjm.
–Te pasás demasiado tiempo sentado, mi amor –argumentó.
Es cierto, me paso demasiado tiempo sentado trabajando, porque no puedo desarrollar mi labor con una PC colgada del cuello mientras hago jogging en un parque.
Algunos meses más tarde, mientras caminábamos por un hermoso bosque de una localidad serrana, deslizó, como quien no quiere la cosa.
–¿Sabés que además de alimentarse bien, no fumar, descansar y hacer lo que a uno le gusta, a cierta edad uno debe cuidarse del sedentarismo?
–Loli, Loli...
–Bueno, Gordi, es que quiero que te cuides y que dejes el cigarrillo y no te enfermes.
–Pero Loli, no tengo colesterol malo, mi colesterol bueno está en niveles óptimos, mis triglicéridos son normales, no padezco de hipertensión, no tengo úrea, después de la operación mi sistema respiratorio funciona bien, no consumo ni azúcar ni sal hace más de quince años... y sabés que estoy luchando contra el cigarrillo. Ufa.
–-Está bien, Gordi, pero...
–¿Pero?
–Nada, nada –dijo, y pasó a otro tema.
Pero, ¿creen que lo olvidó?
–¡Gordi! ¡Mirá lo que tenés frente a tu casa! –dijo una mañana de sábado, cuando salíamos al Súper, me agarró de la mano, cruzamos la calle y me arrastró hasta el enorme gym que está estratégicamente ubicado a menos de veinte metros de mi casa, en la vereda de enfrente.
Y se mandó.
Me hizo entrar primero, observó el lugar y, ni corta ni perezosa, se arrimó al mostrador donde se puso a conversar animadamente con la recepcionista.
Para ese momento, yo ya había empezado mi trámite de divorcio del cigarrillo, y creí que no eso sería suficiente para conformarla.
¡Qué conformarla ni qué ocho cuartos!
–Gordi, creo que tenés que empezar a hacer gimnasia. Te va a hacer bien, en serio –dijo, al salir, con un folleto y varios papeles en la mano.
–Loli, Loli, la gimnasia me cansó, me hartó, me saturó. Desde los trece a los veintisiete años haciendo tanta gimnasia que a vos te dejaría seca en el acto. ¡No quiero! ¡Basta de gimnasia!
–Bueno, Gordi –dijo.
No fue lo último que dijo, claro. La última palabra, ustedes sabrán quién la tiene.
ELLA.
–¡Muy bieeeeeeeeeen, Gordi! –se alborozó, el día que le di la noticia que había pagado la inscripción y el abono mensual.
De manera que hoy, mientras escribo este post, estoy ya con el equipo deportivo puesto, listo para ir a mi tercera sesión de gimnasia.



Cinta, abdominales, pectorales, brazos, gemelos, bíceps, tríceps, abdominales, piernas, aparatos y bicicleta, para finalizar con elongación, una hora y media por día, como un señorito inglés bien obediente.
El primer día, todo fenómeno.
–¿No te duele nada? –me preguntó, por teléfono, cuando le conté.
–Nahhh –dije, haciéndome el superado.
–Ya te va a doler... –me advirtió.
¡Ufa! ¡Sí! Ayer, cuando salí, me sentía perfecto pero hoy tengo un dolor de gemelos que ni les cuento (me dolían hasta las pestañas).
Bueno… Y ahora dejo de escribir y publico, porque se me hace tarde y me espera un incremento de minutos en cinta... para empezar (¡Oh, Dios!) Veré cómo me arrastro los veinte metros hasta el gym.

El Profesor