–Gordi, ¿no te gustaría hacer un poco de gimnasia? –me preguntó un día.
–Loli, hasta los veintisiete años hice tanta gimnasia como la que vas a hacer vos en toda tu vida –le contesté–. Además, ¿no estoy viejito para eso?
–¡Nahhh, gordi! ¿Qué viejito ni viejito? –dijo, acompañando un gesto con una sonrisa traviesa que hacía alusión a cierto tipo de gimnasia asociada a las efusividades del encuentro... y las posteriores.
Pasó el tiempo, algo así como un año y un día, pasando delante de un moderno gimnasio lleno de aparatos, volvió a la carga:
–Gordi, mirá. Un gimnasio... –dijo, como al descuido.
–Mhhh-hhh.
–¿No te parece que necesitarías moverte un poquito?
–Mjm.
–Te pasás demasiado tiempo sentado, mi amor –argumentó.
Es cierto, me paso demasiado tiempo sentado trabajando, porque no puedo desarrollar mi labor con una PC colgada del cuello mientras hago jogging en un parque.
Algunos meses más tarde, mientras caminábamos por un hermoso bosque de una localidad serrana, deslizó, como quien no quiere la cosa.
–¿Sabés que además de alimentarse bien, no fumar, descansar y hacer lo que a uno le gusta, a cierta edad uno debe cuidarse del sedentarismo?
–Loli, Loli...
–Bueno, Gordi, es que quiero que te cuides y que dejes el cigarrillo y no te enfermes.
–Pero Loli, no tengo colesterol malo, mi colesterol bueno está en niveles óptimos, mis triglicéridos son normales, no padezco de hipertensión, no tengo úrea, después de la operación mi sistema respiratorio funciona bien, no consumo ni azúcar ni sal hace más de quince años... y sabés que estoy luchando contra el cigarrillo. Ufa.
–-Está bien, Gordi, pero...
–¿Pero?
–Nada, nada –dijo, y pasó a otro tema.
Pero, ¿creen que lo olvidó?
–¡Gordi! ¡Mirá lo que tenés frente a tu casa! –dijo una mañana de sábado, cuando salíamos al Súper, me agarró de la mano, cruzamos la calle y me arrastró hasta el enorme gym que está estratégicamente ubicado a menos de veinte metros de mi casa, en la vereda de enfrente.
Y se mandó.
Me hizo entrar primero, observó el lugar y, ni corta ni perezosa, se arrimó al mostrador donde se puso a conversar animadamente con la recepcionista.
Para ese momento, yo ya había empezado mi trámite de divorcio del cigarrillo, y creí que no eso sería suficiente para conformarla.
¡Qué conformarla ni qué ocho cuartos!
–Gordi, creo que tenés que empezar a hacer gimnasia. Te va a hacer bien, en serio –dijo, al salir, con un folleto y varios papeles en la mano.
–Loli, Loli, la gimnasia me cansó, me hartó, me saturó. Desde los trece a los veintisiete años haciendo tanta gimnasia que a vos te dejaría seca en el acto. ¡No quiero! ¡Basta de gimnasia!
–Bueno, Gordi –dijo.
No fue lo último que dijo, claro. La última palabra, ustedes sabrán quién la tiene.
ELLA.
–¡Muy bieeeeeeeeeen, Gordi! –se alborozó, el día que le di la noticia que había pagado la inscripción y el abono mensual.
De manera que hoy, mientras escribo este post, estoy ya con el equipo deportivo puesto, listo para ir a mi tercera sesión de gimnasia.

Cinta, abdominales, pectorales, brazos, gemelos, bíceps, tríceps, abdominales, piernas, aparatos y bicicleta, para finalizar con elongación, una hora y media por día, como un señorito inglés bien obediente.
El primer día, todo fenómeno.
–¿No te duele nada? –me preguntó, por teléfono, cuando le conté.
–Nahhh –dije, haciéndome el superado.
–Ya te va a doler... –me advirtió.
¡Ufa! ¡Sí! Ayer, cuando salí, me sentía perfecto pero hoy tengo un dolor de gemelos que ni les cuento (me dolían hasta las pestañas).
Bueno… Y ahora dejo de escribir y publico, porque se me hace tarde y me espera un incremento de minutos en cinta... para empezar (¡Oh, Dios!) Veré cómo me arrastro los veinte metros hasta el gym.
El Profesor