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domingo, 27 de junio de 2010

Querer es poder

Dicen que un hombre débil tiene dudas antes de tomar una decisión y que el hombre fuerte, las tiene después.
Es cierto lo de las dudas, doy fe.
Todos aquellos lectores que nos siguen desde el principio o los que hayan tenido el aguante de leerse todos los post, sabrán que el tema del cigarrillo fue, entre Loli y yo, un punto de conflicto desde el principio.
–¿Otro más, Papi? –era una pregunta habitual de Lolita, cuando yo quería fumar dos cigarrillos en vez de uno, después de la cena, que invariablemente iba seguida de un puchero.
Una noche, saliendo de nuestro restaurante favorito de Córdoba, casi nos estropeamos la noche por el cigarrillo. ¡Qué pavada!
–¿Vos querés dejar el cigarrillo? –me preguntó una noche.
–Sí, pero no es fácil dejarlo, Loli –le dije
–Querer es poder –me contestó ella.
–Eso lo ves así ahora, Loli –dije–. Ya la vida se va a encargar de enseñarte que eso no siempre es posible.
Recuerdo que cuando enfrenté la operación, hace poco más de un año, el cirujano me dijo que tendría que dejar de fumar. Bastó que me lo dijera, para que me resultara imposible, aunque digo en mi descargo, que hice un esfuerzo importante los veinte primeros días.
Antes de eso, había hecho un intento serio con unos comprimidos alemanes que me costaron un ojo de la cara y, lejos de conseguir que dejara de fumar, me produjeron una seria irritación gástrica.
Una de las tantas veces que Loli me preguntó por teléfono si estaba fumando mucho, le dije que estaba buscando la manera de dejar de fumar, pero que no estaba ni en pastillas ni en la Iglesia Metodista, ni en los chicles de nicotina o en los parches.
–Mjm –murmuró, con esa expresión tan suya que implica, reflexionar acerca de lo que se dice–. Yo creo que no vas a dejar de fumar nunca, Gordi...
–“Nunca” es demasiado tiempo, Princesita –le contesté.
Como sea, los que leyeron “Lo nuestro terminó”, se enteraron que el 27 de abril de 2010 a la madrugada, fumé el que espero que sea el último cigarrillo de mi vida. Es decir, que llevo sesenta días sin fumar.
Y digo que “espero”, porque no quiero cantar victoria antes de tiempo. No es fácil divorciarse del cigarrillo. En estos sesenta días he pasado momentos de depresión, de ansiedad extrema, de todo lo que produce el síndrome de abstinencia de tabaco.
He estado tentado con ir a comprar –en especial los días que los paso solo–, y cada vez que se ha presentado un problema cotidiano –en estos últimos días, por la Ley de Murphy se han presentado una considerable cantidad–, he tenido que apelar a toda mi fuerza de voluntad para no ir a comprar, aunque sea, un atado de M 10.
Me ha tocado estar por lo menos en una fiesta y en varias reuniones en las que la mayoría de los presentes fumaba, y por lo menos en un caso en especial, fumaban como murciélagos y he resistido, aunque el cigarrillo estaba ahí, en el cenicero, al alcance de la mano.



Más de uno ha amagado con irse a fumar a otro lado y he contestado que no, que fume si quiere, que tengo que acostumbrarme a que no me afecte ni me tiente.
Me sé –para los que me vengan con la cantinela del fumador pasivo– toda la teoría acerca de lo que fuma uno y lo que fuma el otro, y la motivación es que no quiero ser uno de esos resentidos que, porque dejó de fumar, le rompe las petunias al prójimo y, peor aún, anda tratando de dogmatizar.
Creo que cada cual es responsable de su vida, que los seres humanos, complejos, duales y contradictorios como somos, cargamos con la paradoja del doble mensaje “sobrevive como sea-destrúyete a ti mismo”, y que con suerte podemos vencer la pulsión de Thanatos, y elegir a Eros, para honrar la vida.
“Querer es poder”, me había dicho Loli aquella vez.
Es difícil, lo admito. Muy difícil. Pero en momentos en que escribo este post, ya estoy camino al día 61... y contando.
Y no me olvido que soy y seré un adicto al tabaco y no tengo que descuidarme ni un momento, porque el riesgo de caer otra vez, está siempre ahí.
–Sos un hombre muy valiente, Papi. ¡Sos mi héroe! –me dijo Lolita, cuando llegué al día cuarenta y seis, y estaba pasando un momento muy angustiante. –Reconozco que no me imaginé que ibas a poder lograrlo.
“Querer es poder”, me dijo Loli, y en alguna medida es así, si tenemos como incentivo, la más fuerte motivación del ser humano, la que lo puede todo, la que lo consigue todo: el amor. De modo que, aunque uno hace las cosas por sí y después por los demás (porque nadie puede darle a los demás lo que no tiene para sí), debo agradecerle a Lolita el haber sido ese incentivo. El deseo de estar saludable, respirar bien y, a mi edad, no tener problemas de circulación que estropeen el momento de las efusividades, fue más fuerte que mitigar durante algunos minutos la ansiedad, echando humo hacia afuera y, lo que es peor, quemándome por dentro. ¡Gracias, Loli!
Dicen que dijo Buda, que el secreto de la salud mental y corporal está en no lamentarse por el pasado, preocuparse por el futuro ni adelantarse a los problemas, sino vivir sabia y seriamente el ahora.

El Profesor

sábado, 22 de agosto de 2009

Para variar

–Papi…
–¿Qué, mi amor?
–Tengo hambre… Mirá, ya son casi las doce y media…–Le comenté mirando mi relojito.
–A mí también me está picando un poco el estómago… ¿Dónde vamos?
–¿A “Tío Rico”?
–¿Te parece? Fuimos todos los días a comer ahí.
–Bueno, entonces podemos variar. Mirá, acá en la guía turística encontré un lugar que se llama “La terraza” y también es autoservicio… Pinta bueno.
–Entonces vamos ahí.
Guiándonos por el mapa, atravesamos el pueblo para llegar a ese sitio que tan lindo se promocionaba en el folleto de restaurantes.
Por fuera no era espectacular. Nos acercamos a espiar por las ventanas de la puerta y nos dimos cuenta que la comida estaba caliente y humeante en sus bandejas, pero que en el interior, en las mesas, no había nadie.

Intercambiamos una mirada de sospecha, pero estábamos cansados de caminar y ya no había posibilidades de volver, así que el Profe me dijo:
–Y bueno, Loli… ¿Qué le vamos a hacer? Entremos a probar.
Empujé la puerta y entramos. Era un lugar bastante mal cuidado. Nos acercamos al mostrador y se nos presentó una sonriente y amable jovencita que nos dijo que podíamos servirnos lo que quisiéramos y que la comida se pesaba por kilo. Nos indicó de donde sacar las gaseosas y nos ofreció la vajilla para llevar a nuestra mesa.
Buscamos una mesa bastante apartada y fuimos en busca de nuestras bebidas y comida.
Lo bueno del lugar era que de fondo musical se escuchaba una hermosa canción de Arjona. Por lo demás, y para ser sincera, el lugar era deplorable: olor a humedad en el ambiente, las paredes chorreadas, los manteles manchados…
Recorrimos las bandejas de comida y ambos nos sentimos atraídos hacia una que tenía en su interior unos canelones con salsa roja. Nos servimos y volvimos a nuestra mesa.
Corté con el cuchillo un trocito de canelón y me lo llevé a la boca.
–¡Aggggg!¡Papi! ¡Esto está frío!
–Pero si le sale humo, mi amor…
–¡Está helado, ya vas a ver! Lo voy a calentar en el microondas.
Cuando volví con mi plato bien caliente, luego de dos escasos segundos en el aparato, el Profe me miró con un puchero y me dijo:
–Bebi…
–Si, papi, ya sé. ¿Viste que te lo avisé?
–¡Está frío!
–Dame que te lo caliento…
Una vez que los dos estuvimos sentados y comiendo, traté de ser optimista:
–Bueno, el lugar será un desastre, pero al fin y al cabo, y con recalentada de por medio, la comida no es mala.
–No…
El Profe estaba muy callado.
–Y bueno, también sacaron la música de Arjona, pero al menos no pusieron cuarteto…
–Mmhm
–Aunque… es cierto: estamos muy solos acá. ¿Por qué será? ¿Porque es muy temprano o porque hoy es domingo?
–Por el lugar, Loli.
–Y vos ponete a pensar… ¿Cómo harán con toda esa comida si es que no tienen clientes? ¿La usarán para el día siguiente? ¿La guardarán y ahora estaremos comiendo algo de anteayer?
Mi Papi me miró con una cara de angustia considerable.
Apenas terminamos de comer, por fin se decidió a hablar:
–¿Qué te parece si huimos de este lugar deprimente cuanto antes?
Estábamos pensando lo mismo.

Lolita

martes, 14 de abril de 2009

Ensimismados

Con El Profesor, nos llevamos de maravilla. Cuando pasamos varios días juntos –de esos que para mí ya son inolvidables–, no dejamos de conversar acerca de los temas que más nos interesan, de reírnos de las mismas bromas y disfrutar de todo aquello que nos gusta, como habrán leído en nuestras peripecias mini-vacacionales.
Ya que lo preguntaron en un comentario, podría decir que tenemos una comunicación inusual y muy fluida. Es extraño, dado la diferencia de edad, pero es así. ¿Será porque somos tan iguales y, al mismo tiempo tan distintos? ¿O es que como nacimos el mismo día, en realidad resulta que terminamos siendo almas gemelas?
No lo sé. Lo que sí puedo asegurarles, que aunque no tengo experiencia con chicos ni con otros hombres, estar con El Profesor es estupendo, maravilloso, fascinante... Es como estar al lado de una caja de sorpresas, con un mago muy hábil que siempre tiene un truco nuevo con el que nos sorprende.
Este nivel de intimidad, de entendimiento y hasta de compañerismo y complicidad es para nosotros la regla.
Pero como toda regla tiene su excepción, para nosotros también hay un momento que rompe la regla. Es un solo acontecimiento en nuestra vida en común, que hace que la comunicación no se corte, pero se interrumpa y que la buena onda se diluya: el bajón-mal del último día.
Ahora, cuando lo escribo, me causa gracia evocar la imagen, pero debo confesar que vivirlo es bastante duro.
El bajón nos acomete momentos antes de que finalice el último día que pasamos juntos. Para ser más precisa, cuando llega el momento que tenemos que guardar las cosas en las valijas para irnos del hotel en el que estuvimos pasando esos días fabulosos.
El cuadro –en este momento que lo cuento, casi gracioso– resulta bastante patético, porque ocurre por lo general en el horario más depresivo del día (para más padecimiento, por lo general los domingos): cuando la tarde se tiñe de rojo y el sol empieza a esconderse detrás de los edificios más altos.
¡Fatal el momento del bajón-mal!
Es cuando solemos deambular por la habitación como dos entes que se mueven como zombis, buscando nuestras cosas, intentando poner orden afuera –porque adentro nuestro todo es un caos–, y empacar todos nuestros objetos personales.
En esos momentos estamos tan ensimismados en nuestros pensamientos y hundidos en nuestra propia tristeza que es la única vez que nos cuesta dirigirnos la palabra.
El Profe, muy callado (raro en él), por lo general vagabundea totalmente desnudo, a excepción de esas medias finas (que yo siempre pienso que son de mujer) azules o verde inglés, según el atuendo, y sus mocasines de cuero, a los que acaba de sacar lustre con la franela que siempre viaja entre sus cosas.
Es gracioso verlo (admito que a mí me da cosita): va de acá para allá, con lentitud y parsimonia, como si le costara coordinar todo aquello que en otro momento hace con rapidez y eficiencia pasmosa. Pasa del baño a la habitación, a veces más de una vez, con esa esponjita rosa en la mano, intentando poner en orden las ideas y decidir adónde la va a guardar para no correr riesgo de que moje el resto de las prendas, porque por lo general acabamos de usarla para bañarnos. (¡Es un tierno, El Profe con su esponjita rosa exfoliante! ¡Me-lo-como!)
Yo, por mi parte, y para no ser menos, la única prenda que llevo encima es mi bombachita rosa –a veces me pregunto por qué la reservo siempre para el final–, y en el silencio casi sepulcral que se instala entre nosotros, voy de acá para allá, sin rumbo fijo y lo único que se escucha es el tap-tap de mis piecitos descalzos sobre el mosaico del baño o el parquet de la habitación.
Como en esa situación me es imposible decidir nada, meto las cosas a presión en mi valija haciendo un esfuerzo para que entre todo lo que el Profe acomodó sobre la cama o la mesita y que yo me encargo de desordenar y mezclar: mi revista Seventeen debajo de su carterita de productos de higiene y medicamentos; mi gomita del pelo y mi peine junto a su billetera y la cajita de cigarrillos casi vacía. Esa es la única oportunidad en que ni se me cruza por la cabeza empezar a fastidiarlo con que no fume. Creo que si yo fumara, durante el lapso de tiempo que dura la agonía de preparar todo para marcharnos, me fumaría un atado entero.
Para más desconcierto, por todos lados hay botellitas vacías de agua Ser saborizada, papeles, envoltorios de caramelos, mi cámara de fotos, el programa del cine, los tickets del restaurante donde cenamos y almorzamos, monedas desparramadas, un plano de la ciudad y el último perfume francés que me compró. Él siempre sabe (no sé cómo hace) cuándo se está por terminar el anterior y entonces me lleva al shopping y me hace probar las fragancias, hasta que termina decidiendo cuál le va mejor a mi piel. Ya estoy haciendo una colección con frasquitos vacíos y mi hermana más chica se muere de envidia cuando los ve y yo pienso “¿Viste nena? Ese es el privilegio de amar a un hombre”, pero no se lo digo.
Entro al baño por cuarta o quinta vez buscando mi cepillo de dientes y como no lo encuentro y hace ya casi diez minutos que estoy tratando de localizarlo, por primera vez le dirijo la palabra, cabizbaja y sin mirarlo:
–¿Mi cepillo de dientes?
–¿Mhhh-hh?
Lo descubro –una vez más–, pasando el secador al piso del baño para que la señora que limpia lo encuentre en buen estado, porque opina que los pasajeros de los hoteles son desconsiderados. Y si no está juntando el bollo de los pelos que pierdo cada vez que me baño y me peino, es porque ya los juntó y los envolvió con prolijidad con papel higiénico, y los dejó en el cesto de la basura.
–¿Mi cepillo de dientes? ¿Lo viste?
–¡Mhhh! Creo que lo puse junto al mío –me responde, sin levantar la cabeza–. Buscalo en el neceser de viaje de mis cosas... –y sigue con lo que está haciendo.
Tan ensimismados estamos en nuestra propia pálida, en nuestros respectivos bajones-mal, que ni siquiera nos damos cuenta de lo que hacemos.
Por lo general yo termino antes, y entonces, vestidita y peinadita, me siento en la cama sin abrir la boca y me quedo mirándolo.



Él se ocupa de la revisión final del equipaje y de dejar todo en orden. Le gusta que la cama quede tendida y la habitación con apariencia presentable.
Todavía desnudo, con medias y mocasines y con un gesto lamentable, lo veo forcejear con el porta-trajes (su valija, que tiene las huellas de miles de kilómetros recorridos) echándose encima casi con ferocidad, haciendo presión con todo el cuerpo para que termine de cerrar. Cuando lo miro, alucino con la idea de que si el porta-trajes respirara, en ese momento muere estrangulado.
Después se peina un poco, se pone el vaquero (sí, sí, con los zapatos puestos... cosa que nunca voy a entender), el cinto con el llavero que no usó durante todo el tiempo que estuvimos juntos y la remerita color celeste o rosa o azul que dejó para usar en el viaje de vuelta.
Acá es donde me toca decir que me ocurre algo extraño cuando lo veo con ese llavero que hace juego con el cinturón y los zapatos, del que cuelgan las llaves de su casa y que está a la altura del bolsillo derecho: aunque a ustedes les parezca muy loco, ese llavero ahí –menos en ese último día–, me excita. Sí. Como lo leen. Me excita y no sé con qué lo asocio para que me produzca tal reacción, pero así es. Quizás, porque se trata de un objeto tan propio de él, tan masculino... no sé.
Bueno, volviendo a la tarde de nuestro Via Crucis personal y privado, cuando termina de vestirse me mira, haciendo un esfuerzo infructuoso por poner su mejor cara e intenta dibujar una sonrisa que no le sale. Sé que en ese momento está tan triste como yo aunque trate de disimularlo.
–Bueno… ¿ya estamos? –pregunta.
–Creo que sí. Lo mío está listo –le contesto, sin decirle que es obvio que está todo listo porque no hay nada más que ordenar ni limpiar ni guardar.
Da una última vuelta por la habitación abriendo las puertas del placard y los cajones para asegurarse que olvidamos nada. En tres oportunidades, como si lo hiciera a propósito, se lastimó el antebrazo con un saliente filoso de un placard, y eso que es un hombre cuidadoso. El último, le hizo una lastimadura bastante seria. Por eso ahora, cuando llegamos el primer día al hotel donde nos vamos a alojar, lo primero que verifico es que no haya nada con lo que pueda hacerse un tajo en el brazo el día del bajón.
–Bueno… llegó la hora, Loli –dice al fin–. L.J.*
Con pesadez, como si tuviésemos que transitar otra vez ese Via Crucis emocional, cargamos las maletas y el resto de las cosas y salimos.
El Profesor cierra con llave la habitación y caminamos por el pasillo
–más bien diría que nos arrastramos como condenados a muerte–, con una angustia tal que creo que si no nos deprime del todo, es porque somos lo suficientemente fuertes.
Y si no nos mata, es porque nos fortalece.

Lolita

* L.J. = “Lo Juimo”, expresión que parodia “Nos fuimos”, en la forma de hablar de cierta gente de campo.