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jueves, 11 de noviembre de 2010

Diario de El Profesor: Cosas de grandes


“¿Y ahora qué vas a hacer con esta chiquita? ¿Eh, eh?”
Esa era la pregunta que me martilleaba la cabeza desde que salimos de la Terminal de ómnibus, mientras caminábamos tomados de la mano, cuando me registraba en el hotel y mientras subíamos a la habitación, acompañados por uno de los muchachos de la recepción.
“Tenés cincuenta y siete años... ¿qué hacés acá?”, me preguntaba el enano que parecía haber tomado mi cabeza por asalto, mientras yo me desdoblaba y le sonreía a Loli, que me miraba con esos ojitos que le brillaban de felicidad y me sonreía con picardía.
Si Lolita estaba emocionada, a mí el corazón me latía desbocado y no me avergüenza admitir que sentía un ligero temblor en las piernas... y no era por haber descansado poco en el viaje.
Cuando cerré la puerta con llave, Loli no me dio tiempo ni a soltar la valija. Se pegó a mi cuerpo y me abrazó muy fuerte.
–Sentate acá, en la puntita de la cama, Papi –me dijo.
Apoyé la valija en el suelo, ella se sentó sobre mis muslos me rodeo con sus brazos y me miró a los ojos, me acarició el cabello con sus deditos finos y largos y acercó su boca a la mía ofreciéndola para ese primer beso, para la primera vez que esos labios adolescentes se entregaban a mi boca.
Entonces sucedió lo inesperado. Cuando la besé y en ese lenguaje sin palabras la iba guiando en los primeros pasos de la pasión, reviví aquellos primeros besos que di y me dieron, los de mi propia adolescencia.
No sé cuánto tiempo pasamos así, conociéndonos con los labios, pero creo que fue uno de los besos más prolongados de mi vida.
Cuando la tendí en la cama y empecé a acariciarle el cuerpo, la voz dentro de mi cabeza dijo: “Cuidado... tratala con mucha delicadeza y ternura... despacio” y cuando deslicé los dedos por sus muslos, sentí que se ponía tensa. Tenía un poco de miedo, claro.
–Tranquila... no tengas miedo... No te va a pasar nada malo ni feo... –le dije, sin dejar de acariciarla y dándole besos en los labios.
–¿Qué... qué vamos a hacer? –me preguntó, con la mirada encendida por la pasión que ya la había ganado.
–Vamos a ver cómo puedo enseñarte a hacer cosas de grandes, pero de a poquito y con mucho cuidado, bonita... No tengas miedo, vamos, relajate, dale –le dije, sin dejar de acariciarle la tersa piel de la pancita.
Sentí que se aflojaba, confiando en lo que le decía, entregándose.
Loli escribió: “El contacto de su piel con la mía me aceleraba el corazón y me hacía disfrutar de ese tremendo bienestar que prodigan las caricias”, y en ese momento yo me imaginaba que lo estaba sintiendo, pero ella no sabía que a mí me pasaba lo mismo y que, además, era consciente de la responsabilidad que sentía por lo que estaba haciendo.
–¡Qué preciosa sos, Loli! –le dije, contemplando la hermosura de ese cuerpito adolescente–. Mirarte es contemplar la imagen más perfecta de la belleza.
Le estaba diciendo la verdad. Tenía esa hermosura fresca de la adolescencia, y mirarla me estremecía. Tenerla ahí, en mis brazos, era como estar soñando, casi irreal.
¿Cuánto tiempo estuvimos en aquella habitación mirándonos, besándonos y acariciándonos? Varias horas. En un momento me dijo, casi con desconsuelo, que se tenía que ir para que el papá no sospechara.
–Sí, chiquita. Vamos...
–Pero en un ratito vuelvo, ¿sabés? –dijo, y volvió a besarme–. No te vayas a ir, ¿eh?
–No, no me voy a ir –le contesté, rodeándola con mis brazos y acariciándole el cuerpo con toda la suavidad que soy capaz de desplegar.
Después bajé con ella, salimos a la calle y paré un taxi.
–Pero, me voy en colectivo... –me dijo.
–No, no, no. Sé una buena niña y volvé a tu casa lo más rápido que puedas, ¿sí? –le respondí, entregándole el dinero para que pagara el taxi.
–En un ratito estoy de vuelta, Papi –dijo, sacando la cabeza por la ventanilla y besándome en los labios por última vez, antes que el auto arrancara.
Me quedé mirando cómo se alejaba el taxi y estuve parado en esa esquina, porque me costaba reaccionar, serenarme, dejar que se aquietaran todas las emociones y las sensaciones que parecían no querer irse de mí
Fumé un cigarrillo y cuando me tranquilicé fui a buscar algún lugar, no muy lejos, donde comer algo para volver rápido al hotel, a esperar que regresara.



El Profesor

domingo, 29 de agosto de 2010

Diario de Lolita: Querido diario...


Nunca se me había ocurrido siquiera que la vida me cruzaría con alguien tan maravilloso y a la vez tan lejano.
Nuestra afinidad por la lectura, la escritura y nuestra insaciable sed de conocimientos hicieron para que el se sintiera atraído por mí y yo por él, pero al principio fue una atracción meramente intelectual, despojada de sentimiento amoroso y ni qué decir que ni atisbo tenía de sexualidad y erotismo. Pero de una forma u otra, empezamos a gustarnos mutuamente por la forma de escribir que cada uno tenía, por el modo de expresarse por los correos o por chat, en los que ambos usábamos y respetábamos mayúsculas, comas, puntos signos y todas las reglas de puntuación. ¿Extraño, eh? Sí, porque hoy en día en el ciberespacio cada cual “escribe como quiere”, y yo deploro eso.
El intercambio de correos fue en un principio referido a todo lo referido a la edición, pero luego se fueron combinando con algunas confesiones personales de mi parte y consejos (aunque El Profe dice que a él no le gusta dar consejos, dice que las suyas son apenas sugerencias), recomendaciones y algunos recuerdos privados de la suya.
Me dijo que tenía 57 años. Yo tenía 16 en ese entonces. Ahora me doy cuenta: era una locura si pretendíamos llegar a una relación de amor, pero yo debo reconocer que me enamoré de su persona, de su ternura, de su inteligencia y de su deliciosa forma de ser, desde el primer día.
Por esa época llevaba un diario que escribía casi todos los días. Antes, anotaba cosas referentes a mi vida, a mi familia, a mis experiencias en el colegio... pero nunca antes había escrito la palabra “amor” en el sentido más estricto. Pero desde que lo conocí, no hacía más que escribir acerca de él.
El 3 de agosto, a pocos días de nuestro primer correo, anoté:

“Querido diario:
Me he hecho muy amiga del Profesor. Él tiene 57 años. Es el amigo más grande que he tenido hasta ahora, y el mejor.
Todos los días nos mandamos mails, pero anteayer me invitó a crearme una cuenta para poder chatear y van dos días seguidos que nos comunicamos de ese modo.
Me dice cosas muy lindas, me alienta mucho. Me alimenta la autoestima, se preocupa por mí, se interesa, y eso me gusta... es lo que yo siempre deseé que alguien hiciera conmigo.
Pienso mucho en él... no sé si estoy enamorada. Es extraño que quiera a un hombre que me lleva 41 años de diferencia... pero él me dice cosas bonitas... me llama “chiquitina”, “muchachita sorprendente” y cuando se despide me manda “un besito con bufanda, guantes y sobretodo, porque hace mucho frío”.
Hoy le dije –no, no le dije, le confesé– que lo quería.
¿Qué me pasa que no me había enamorado hasta hoy y ahora que siento algo en el corazón es por un hombre de 57 años? ¿Seré yo una adulta en un cuerpo pequeño como siempre creí?
Lo vi en una foto chiquita y él también me conoce por foto. Es lindo.
Además sé que es muy inteligente y eso me fascina”.

Era realmente así: me pasaba el tiempo pensando en él y preguntándome si él pensaría en mí como mujer, si le había parecido linda, si tendría algún día deseos de conocerme...
No alcanzó a pasar un día que ya escribí en mi diario otra vez, poniendo en palabras lo que me pasaba por el corazón. Era algo maravilloso, que nunca había experimentado. Era una sensación de locura, de mareo, de perdición, de arrebatos de pasión...
“Querido diario:
Definitivamente El Profesor me ha robado el corazón. No lo conozco y no he tratado en persona con él, pero me enamora las cosas que me dice. Nunca había sabido que podía haber tanta dulzura reunida en una sola persona. Me da mucha ternura y alegría hablar con él”.
A partir de ese momento me sentí atrapada y cautivada por ese hombre mayor, cuya experiencia me asombraba y que tenía una personalidad tan seductora que me llevaba a fantasear por primera vez, día y noche, con entregarme a sus caricias y encantos.
¿Qué me pasaba?
¿Era posible que estuviera enamorándome?

Lolita

sábado, 10 de abril de 2010

Hermosa sensación

Nunca antes me había sentido así, mi amor…
Desde hace casi tres años experimento una sensación hermosa… y todo te lo debo a vos.
A tu lado me siento protegida. A tu lado me siento segura.
Sé que puedo estar totalmente tranquila y confiada de que nada malo va a pasarme cuando estoy entre tus brazos o agarrada fuertemente de tu mano.

Sos el que me brinda seguridad y contención, el que aplaca mis miedos y el que disipa mis dudas y confusiones.
Gracias por ser el hombre que piensa todo el tiempo en mí, el que se desvive por mi alegría y el que se preocupa por mi bienestar.
Gracias por ser el que puede sentir lo que yo siento, el que interpreta mis estados de ánimo sin necesidad de palabras ni explicaciones y el que tiene la capacidad de comprender todo cuanto me pasa.
No existe alguien como vos. Sos único, sos exclusivo, sos especial…

Sos el que desparrama luz por todos mis rincones y el que me alegra el día con sus dulces palabras.
Por eso te amo tanto, por eso te extraño demasiado cuando no estás, por eso sigo apostando a este amor mágico y maravilloso…

Te amo con todo mi corazón.


Lolita

viernes, 12 de febrero de 2010

Lo mejor de tu vida...

–Papi...
–¿Qué te sucede, Loli? ¿Por qué esa carita..?
–Me siento mal... me duele la cabeza, debe ser el calor...
–No, Loli. No es el calor, vos sabés de qué se trata.
–No sé
(...)
–Bueno... shi... a lo mejor shé
–Sí, Loli. Sabés. Quizás te cuesta reconocerlo, pero lo sabés. Todos sabemos los que nos pasa, aunque nos cueste ponerlo en palabras.
–Mjm...
(...)
–Papi...
–¿Mhhh-hh?
–¿Por qué es tan difícil todo?
–Ah... Era eso...
–Mjm... Pero ¿por qué es tan difícil todo, Papi? Contestame...
–Porque el amor cuesta, Princesita. Y es justo que cueste...
–¡Ufa, sí! ¡Ya me lo dijiste! ¡Me lo sé de memoria! Y no me sirve de consuelo al hecho que cada vez más siento que quiero verte, pero parece todo más complicado.
–¿Te parece? ¿Más complicado que antes?
–Bueno... no... no es más complicado que antes, y tal vez porque ahora no es tan complicado, es que te extraño tanto.
–Pero si todavía no hace ni una semana que estuve allá, Loli. Fuimos a Pekos, pasamos unos días muy lindos, festejamos el cumple en tu casa, dormí en tu camita, me dí una ducha en tu baño... Todo eso, hace dos años, no eran más que sueños.
–Sí, pero ahora no sé cuándo vamos a volver a vernos...
–Puede ser que no lo sepas y yo tampoco, pero así son las cosas, Princesita. Mirá, cuando todo es fácil, cuando no hay que hacer un esfuerzo de generosidad de espíritu, cuando tenemos todo... ¿cómo sabemos que es amor lo que sentimos, Loli? Si tenemos todo ¿no será comodidad? ¿No será que nos confundimos con una ilusión? El amor cuesta, Loli... Y por cada momento de intensidad profundo, tenemos que pagar con monedas que pesan mucho, chiquita mía. Tenemos que extrañar, sentir la ausencia, creer que el mundo se nos viene abajo...
–¿Y eso es amor, Papi?
–Sí, mi vida. Es como la virtud, ¿ves? Si no cuesta trabajo, no es virtud, es un regalo.
–Ah...
–Mirá: cuando leo los comentarios que nos dejan quienes nos leen me da la sensación que creen que para nosotros todo es fácil. Creo que el hecho que contemos lo mejor de nuestra relación, los fascina a tal punto que creen que para nosotros todo es sencillo. No sé si se imaginan que nos separan muchos kilómetros y que cada viaje tuyo y cada viaje mío nos cuesta, y mucho, y que todavía la vida no hizo lo necesario para que podamos estar juntos todos los días. ¿No te parece?
–Sí, Papi, a lo mejor es así.
–Pero también puede ser que quienes nos leen y nos dejan sus palabras de aliento saben o suponen que nada es tan fácil ni ideal. Que el amor cuesta, y cuesta mucho.
–Sí, Gordi. Lo que digas va a ser correcto, pero la realidad es otra. Pasa que me duele la distancia.
–Loli, a mí también me duele la distancia y yo...
–Sí, sí, ya sé... vos me lo dijiste antes de que te conociera. Me avisaste que iba a ser así y en ese momento yo no pensaba en la realidad. Y, la verdad, no me sirve de consuelo.
–Es parte del aprendizaje de la vida, mi pequeña. Sólo cuando la idea se te haga carne y puedas afrontar las dificultades y comprender y ser paciente, esos escollos que nos pone la vida no van a parecer tan insalvables, Loli.
–¿Siempre es así, Papi?
–Sí, mi amor. Y como te dije antes, para vivir el amor con plenitud, tenemos que dejar de lado el intelecto y sólo escuchar al corazón. Porque, después de toda esta larga vida mía si hay algo que aprendí es que la vida sin amor, no tiene sentido. Que el corazón tiene razones que la razón no comprende. Que llegar al final de este largo viaje que es la existencia sin haber amado, es como no haber vivido. Que el amor se pone a prueba en los momentos difíciles, cuando lo único que tenemos por delante es la incertidumbre. ¿Ves por qué te repito hasta el hartazgo que el amor cuesta y es justo que cueste?
–(...)
–Papi...
–Mhhh-hh
–¿Entonces nada es fácil en esta vida?
–No, Princesita. Nada es fácil. Algunas cosas son más fáciles que otras, es cierto. Pero nada es fácil.
–(...)
–Papi...
–¿Qué mi cielo?
–¿Podés abrazarme fuerte, fuerte?
–Sí, claro... ¡Vení para acá!
–Papi...




–¿Mhhh-hh?
–Sos un gran novio… ¿Sabés?
–¿Ahá? Y... ¿por qué soy un gran novio?
–Porque sos un gran novio. Porque sí. Porque lo digo yo. Porque siento que lo mejor de tu vida me lo he llevado yo... Lo mejor de tu vida lo he disfrutado yo...


El Profesor

Foto: Massimiliano Uccelleti

jueves, 7 de enero de 2010

Mi Maja

–Loli... ¿te acordás cuando fuiste al Prado?
–Sí, mi amor.
(...)
–Mmmm... ¡Mi vida!
–¿Te acordás de la sala de Goya?
–Mmmm... sí, me acuerdo... ¡Uhhh..!
(...)
–¡Mhhhh! ¡Ohhh! ¡Papi!
–¿Te acordás de la Maja?
–¡Mmmm..! ¿Cuál? ¿La vestida o... Mhhh... la desnuda? ¡Ohhh!
(...)
–¡Uyyy..! Mmmm... ¿Cuál, mi vida? ¿Cuál?
¡Ay, mi cielo!
Añadir imagen
–La Maja D
esnuda...
–Mmmm... Síii... ¡Mhhh! ¡Sí, sí, sí!
–¿Sabés?
(...)
–Mmm... ¿q-qué? ¡Ayyy!
–Vos sos mi maja...
–¡Mhhh! ¡Ay, mi amor!
–Pero como yo no soy Goya, y no sé pintar...
–No... ¡Mmm..! ¡Uyyy!
–Entonces...
–Mmmm... ¡Ahh!
–... te voy
–Mmmhhh... ¿Me vás..? ¡Ohhh!
(...)
–¡Mhhh! ¿Me vas a qué, mi cielo? ¡Mhhh..! ¿A qué?
–Entonces, te voy a escribir...

El Profesor
Imagen: La maja desnuda, Francisco de Goya, óleo sobre lienzo, Museo del Prado.

martes, 15 de diciembre de 2009

Definición


Tu contorno,
un periplo
salpicado de contrastes,
desde la línea
de tu hombro,
a la blanda curva
de tu seno,
hasta el suave declive
de tu espalda.


Nueve líneas son suficientes para definirla.
Como la metáfora encerrada en un poema.
Así de fascinante es Lolita.

El Profesor

Foto: David Remacle

martes, 1 de diciembre de 2009

Feliz Aniversario, Loli

Estábamos saliendo de la terminal de ómnibus y nos detuvimos esperando que el semáforo diera paso a los peatones. En ese momento levantó su carita y me miró, con una sonrisa que se dibujaba en sus labios y le brillaba en los ojos y que yo veía por primera vez en persona.
–¿Sabés qué? –dijo.
–¿Qué, Cushita?
–Sos mucho más lindo de lo que yo creí.
Es cierto. No me esperaba ese comentario.
–¿En serio, te parece? –le pregunté.
–Claro. En las fotos ya parecías lindo –dijo–, pero en la realidad sos hermoso.
Pasaron dos años desde que Lolita y yo mantuvimos ese diálogo en una soleada mañana de un sábado que auguraba ser caluroso en la ciudad de Córdoba.
Era un primer día de diciembre como éste (aproximadamente a la misma hora en que estoy escribiendo) y yo, como si estuviera viviendo un sueño, había viajado durante toda la noche y estaba al lado de esa jovencita adolescente que parecía más chiquita de lo que era.
No sé si alguna vez se lo dije, pero yo también sentí ansiedad y nerviosismo y ese revoltijo de emociones y sensaciones que se apropiaron de mí esa primera vez que tuve frente a mí a Lolita. En esa mañana de un primer día de diciembre como hoy, el cuerpo del hombre mayor era sólo la apariencia, porque el que estaba ahí, viviendo esos momentos inolvidables era el adolescente que fui. Lolita, perceptiva como es, lo descubrió detrás del aspecto.
Ese día soleado que no voy a olvidar, el adolescente convenció al hombre que no se había equivocado cuando tomó la decisión de viajar para conocer a esa chiquita sorprendente de quien, casi sin darse cuenta y como suele suceder con los sentimientos, empezaba a enamorarse.
No fue fácil, hoy lo confieso, convencer al hombre maduro de volver a percibir ese desconcierto que provocan las sensaciones y los sentimientos. Cuando se ha vivido muchos años, la realidad pesa mucho más que las ilusiones y la mente suele hacerle zancadillas al corazón diciéndole que no se puede, que no se debe, que es imposible, que no va a durar, que es una locura, que cuarenta y un años de diferencia son demasiados y que el precio de la insensatez es demasiado costoso.
Quizás sea cierto.
Pero no es menos cierto que cada instante de cada uno de los días que han transcurrido desde ese primero de diciembre de hace dos años, bien lo valen. Por lo menos para mí.
Tal vez haya sido la “química” que menciona Lolita, la que encendió la mecha de la pasión, esa calurosa mañana de hace dos años. Quizás, el hecho de haber nacido el mismo día además de ser una curiosa coincidencia, tenga que ver con la consustanciación de dos almas gemelas que se unieron alguna vez, en otro lugar y tiempo, para no separarse más. No lo sé.
Dijo una vez Edith Piaf que para una mujer el mejor y más inolvidable recuerdo, es el del primer beso. Ese primer día de diciembre, hace dos años, Lolita me hizo el inapreciable regalo que es ese primer beso de mujer. El beso que se da con los labios y con el que se entrega el corazón.
Gracias por ese primer beso y por dejar que te acariciara el corazón, Lolita. Gracias por tocar el mío con la varita mágica de tus ilusiones, transformadas en caricias, mimos y palabras.
¿Qué palabras se usan para agradecer dos años de vida? ¿Cómo se expresa lo que se siente cuando se recibe ese inesperado regalo con el cual a uno se le devuelven las ilusiones que creía perdidas para siempre?
Por hacerme ese regalo, Princesita, vaya este texto de homenaje y reconocimiento a tu persona y a estos dos años que compartimos viviendo cada minuto estando lejos o cerca físicamente, pero juntos en el corazón, unidos por nuestros sentimientos.
Quiero que tengas por seguro, querida mía, que sea lo que fuere que la vida nos tenga reservado, ya estás en mi corazón como yo en el tuyo.
El corazón de un hombre es el lugar en el cual el amor perdura, resguardado e inalterable, para siempre.
En especial, si es el definitivo. El último de su vida.

TE AMO, LOLI.
¡FELIZ ANIVERSARIO!

El Profesor


sábado, 4 de julio de 2009

El regreso


Y llegó el momento de subir al ómnibus y regresar, después de pasar una maravillosa semana compartida. Cuando el micro salió de la terminal, me quedé mirando por la ventanilla, abstraído en los recuerdos de estos siete días que pasamos juntos.
Esta vez no tuvimos que padecer el momento de armar el equipaje, con el consiguiente “bajón-mal” de otras veces, ni la despedida en la rampa, saludando con la mano hasta que el ómnibus se pierde de vista.
Quizás se deba a que esta vez el reencuentro fue igual que otras veces
–con Loli esperando apoyada en la baranda hasta verme parado en la puerta, para bajar el primero–, y al mismo tiempo distinto.
Después de transcurridos dos meses desde el viaje que hiciera ella y de haber vivido a la distancia circunstancias no muy gratas, quizás necesitábamos darnos una revancha de momentos de esos que se guardan en la memoria por la intensa felicidad que nos deparan, cuando dos seres que se aman se divierten a lo pavote.
O tal vez se trate de que cuando hablamos hoy, ya separados por la distancia, nos sorprendió comprobar que, una vez más, ambos tuvimos la sensación –o el presentimiento–, de que cada viaje nos acerca un poquito más y que quizás no esté tan lejano el día en que, cuando lleguemos a la terminal, sea para viajar juntos y no para despedirnos.
A lo mejor no fue una simple sensación compartida y sólo falte un puñado de horas para que, como escribió Lolita: “Mañana nos reencontraremos, nos abrazaremos fuerte por el tiempo de ausencia y estaremos juntos para aprovechar al máximo cada día, para divertirnos, para pasear de la mano y para disfrutar los instantes que la vida nos regala para estar el uno con el otro, como siempre desearíamos estar”.
Ése anhelo compartido y todos los momentos de intensa dicha que disfrutamos, deben haber sido los que lograron que, esta vez, el momento del regreso no fuera la tristeza de dejar atrás lo que vivimos, sino la alegría del anhelo de lo que estamos por vivir.

El Profesor

PD: Gracias a todos por sus deseos y por seguir estando aquí durante estos días de nuestra ausencia.

domingo, 19 de abril de 2009

Amarse...

Para mí es sentir que me late más fuerte el corazón de sólo recordar la sensación que me produce tenerlo a mi lado. La emoción que me provoca besarlo en los labios y sacarle la ropa para hacerle el amor... esa sensación maravillosa que, después de estos dos años, para mí sigue siendo la misma.
Cuando pienso en él es tan hermoso lo que siento: cómo me gusta arrastrarlo a la habitación el primer día que nos vemos, y el apuro que siento por hacerle el amor. Y también por la noche... después de haber pasado varias horas sin hacerlo.
Es inevitable, estoy enamorada de ese hombre que me da vuelta las ideas, me genera los sentimientos más lindos y me despierta el amor, me aviva la pasión, y me provoca al desenfreno. Todo junto.

Cuando estoy con él, me transformo, me vuelvo loca, me estremezco de sólo sentir una caricia de su mano en mi mejilla o que me tome de la cintura en la calle. Porque tenemos piel y una comunicación que va más allá de las palabras. Es la conexión física de nuestro cuerpo. El diálogo emocional de nuestro corazón. La comunicación de nuestro intelecto... y el indescriptible enlace de nuestras almas que consigue esa maravilla de presentir, saber sin saber, qué es lo que piensa o siente el otro.
Para mí amarse significa estar atenta para evitar cualquier forma de hacerse daño. Saber reconocer los errores, y modificar las actitudes para que no haya una “próxima vez”. Hablar de todos los temas sin vergüenzas, contarle mis secretos y confiarle hasta las cosas más difíciles de hablar con cualquier otra persona. Pedirle su opinión, escuchar sus sugerencias, darle las mías.
Sentir ternura, alegrarnos juntos por pequeñas cosas que tiempo atrás eran insignificantes, contar los días que faltan para vernos, sentirnos cerca aún sin estarlo.
Evocar su imagen, irme a dormir y, antes de cerrar los ojos, mirar esa foto suya al lado de mi cama y decirle: “Hasta mañana, mi vida... que descanses”, y en el momento en que me hundo en el sueño, sentir sus besos en mi piel.
Y también, guardar los envoltorios de las barritas de cereal, del último regalito que me compró y el ticket del lugar donde acabamos de cenar juntos para pegarlo en el álbum de los recuerdos compartidos.

Lolita

Foto: © Agris Robs

martes, 14 de abril de 2009

Ensimismados

Con El Profesor, nos llevamos de maravilla. Cuando pasamos varios días juntos –de esos que para mí ya son inolvidables–, no dejamos de conversar acerca de los temas que más nos interesan, de reírnos de las mismas bromas y disfrutar de todo aquello que nos gusta, como habrán leído en nuestras peripecias mini-vacacionales.
Ya que lo preguntaron en un comentario, podría decir que tenemos una comunicación inusual y muy fluida. Es extraño, dado la diferencia de edad, pero es así. ¿Será porque somos tan iguales y, al mismo tiempo tan distintos? ¿O es que como nacimos el mismo día, en realidad resulta que terminamos siendo almas gemelas?
No lo sé. Lo que sí puedo asegurarles, que aunque no tengo experiencia con chicos ni con otros hombres, estar con El Profesor es estupendo, maravilloso, fascinante... Es como estar al lado de una caja de sorpresas, con un mago muy hábil que siempre tiene un truco nuevo con el que nos sorprende.
Este nivel de intimidad, de entendimiento y hasta de compañerismo y complicidad es para nosotros la regla.
Pero como toda regla tiene su excepción, para nosotros también hay un momento que rompe la regla. Es un solo acontecimiento en nuestra vida en común, que hace que la comunicación no se corte, pero se interrumpa y que la buena onda se diluya: el bajón-mal del último día.
Ahora, cuando lo escribo, me causa gracia evocar la imagen, pero debo confesar que vivirlo es bastante duro.
El bajón nos acomete momentos antes de que finalice el último día que pasamos juntos. Para ser más precisa, cuando llega el momento que tenemos que guardar las cosas en las valijas para irnos del hotel en el que estuvimos pasando esos días fabulosos.
El cuadro –en este momento que lo cuento, casi gracioso– resulta bastante patético, porque ocurre por lo general en el horario más depresivo del día (para más padecimiento, por lo general los domingos): cuando la tarde se tiñe de rojo y el sol empieza a esconderse detrás de los edificios más altos.
¡Fatal el momento del bajón-mal!
Es cuando solemos deambular por la habitación como dos entes que se mueven como zombis, buscando nuestras cosas, intentando poner orden afuera –porque adentro nuestro todo es un caos–, y empacar todos nuestros objetos personales.
En esos momentos estamos tan ensimismados en nuestros pensamientos y hundidos en nuestra propia tristeza que es la única vez que nos cuesta dirigirnos la palabra.
El Profe, muy callado (raro en él), por lo general vagabundea totalmente desnudo, a excepción de esas medias finas (que yo siempre pienso que son de mujer) azules o verde inglés, según el atuendo, y sus mocasines de cuero, a los que acaba de sacar lustre con la franela que siempre viaja entre sus cosas.
Es gracioso verlo (admito que a mí me da cosita): va de acá para allá, con lentitud y parsimonia, como si le costara coordinar todo aquello que en otro momento hace con rapidez y eficiencia pasmosa. Pasa del baño a la habitación, a veces más de una vez, con esa esponjita rosa en la mano, intentando poner en orden las ideas y decidir adónde la va a guardar para no correr riesgo de que moje el resto de las prendas, porque por lo general acabamos de usarla para bañarnos. (¡Es un tierno, El Profe con su esponjita rosa exfoliante! ¡Me-lo-como!)
Yo, por mi parte, y para no ser menos, la única prenda que llevo encima es mi bombachita rosa –a veces me pregunto por qué la reservo siempre para el final–, y en el silencio casi sepulcral que se instala entre nosotros, voy de acá para allá, sin rumbo fijo y lo único que se escucha es el tap-tap de mis piecitos descalzos sobre el mosaico del baño o el parquet de la habitación.
Como en esa situación me es imposible decidir nada, meto las cosas a presión en mi valija haciendo un esfuerzo para que entre todo lo que el Profe acomodó sobre la cama o la mesita y que yo me encargo de desordenar y mezclar: mi revista Seventeen debajo de su carterita de productos de higiene y medicamentos; mi gomita del pelo y mi peine junto a su billetera y la cajita de cigarrillos casi vacía. Esa es la única oportunidad en que ni se me cruza por la cabeza empezar a fastidiarlo con que no fume. Creo que si yo fumara, durante el lapso de tiempo que dura la agonía de preparar todo para marcharnos, me fumaría un atado entero.
Para más desconcierto, por todos lados hay botellitas vacías de agua Ser saborizada, papeles, envoltorios de caramelos, mi cámara de fotos, el programa del cine, los tickets del restaurante donde cenamos y almorzamos, monedas desparramadas, un plano de la ciudad y el último perfume francés que me compró. Él siempre sabe (no sé cómo hace) cuándo se está por terminar el anterior y entonces me lleva al shopping y me hace probar las fragancias, hasta que termina decidiendo cuál le va mejor a mi piel. Ya estoy haciendo una colección con frasquitos vacíos y mi hermana más chica se muere de envidia cuando los ve y yo pienso “¿Viste nena? Ese es el privilegio de amar a un hombre”, pero no se lo digo.
Entro al baño por cuarta o quinta vez buscando mi cepillo de dientes y como no lo encuentro y hace ya casi diez minutos que estoy tratando de localizarlo, por primera vez le dirijo la palabra, cabizbaja y sin mirarlo:
–¿Mi cepillo de dientes?
–¿Mhhh-hh?
Lo descubro –una vez más–, pasando el secador al piso del baño para que la señora que limpia lo encuentre en buen estado, porque opina que los pasajeros de los hoteles son desconsiderados. Y si no está juntando el bollo de los pelos que pierdo cada vez que me baño y me peino, es porque ya los juntó y los envolvió con prolijidad con papel higiénico, y los dejó en el cesto de la basura.
–¿Mi cepillo de dientes? ¿Lo viste?
–¡Mhhh! Creo que lo puse junto al mío –me responde, sin levantar la cabeza–. Buscalo en el neceser de viaje de mis cosas... –y sigue con lo que está haciendo.
Tan ensimismados estamos en nuestra propia pálida, en nuestros respectivos bajones-mal, que ni siquiera nos damos cuenta de lo que hacemos.
Por lo general yo termino antes, y entonces, vestidita y peinadita, me siento en la cama sin abrir la boca y me quedo mirándolo.



Él se ocupa de la revisión final del equipaje y de dejar todo en orden. Le gusta que la cama quede tendida y la habitación con apariencia presentable.
Todavía desnudo, con medias y mocasines y con un gesto lamentable, lo veo forcejear con el porta-trajes (su valija, que tiene las huellas de miles de kilómetros recorridos) echándose encima casi con ferocidad, haciendo presión con todo el cuerpo para que termine de cerrar. Cuando lo miro, alucino con la idea de que si el porta-trajes respirara, en ese momento muere estrangulado.
Después se peina un poco, se pone el vaquero (sí, sí, con los zapatos puestos... cosa que nunca voy a entender), el cinto con el llavero que no usó durante todo el tiempo que estuvimos juntos y la remerita color celeste o rosa o azul que dejó para usar en el viaje de vuelta.
Acá es donde me toca decir que me ocurre algo extraño cuando lo veo con ese llavero que hace juego con el cinturón y los zapatos, del que cuelgan las llaves de su casa y que está a la altura del bolsillo derecho: aunque a ustedes les parezca muy loco, ese llavero ahí –menos en ese último día–, me excita. Sí. Como lo leen. Me excita y no sé con qué lo asocio para que me produzca tal reacción, pero así es. Quizás, porque se trata de un objeto tan propio de él, tan masculino... no sé.
Bueno, volviendo a la tarde de nuestro Via Crucis personal y privado, cuando termina de vestirse me mira, haciendo un esfuerzo infructuoso por poner su mejor cara e intenta dibujar una sonrisa que no le sale. Sé que en ese momento está tan triste como yo aunque trate de disimularlo.
–Bueno… ¿ya estamos? –pregunta.
–Creo que sí. Lo mío está listo –le contesto, sin decirle que es obvio que está todo listo porque no hay nada más que ordenar ni limpiar ni guardar.
Da una última vuelta por la habitación abriendo las puertas del placard y los cajones para asegurarse que olvidamos nada. En tres oportunidades, como si lo hiciera a propósito, se lastimó el antebrazo con un saliente filoso de un placard, y eso que es un hombre cuidadoso. El último, le hizo una lastimadura bastante seria. Por eso ahora, cuando llegamos el primer día al hotel donde nos vamos a alojar, lo primero que verifico es que no haya nada con lo que pueda hacerse un tajo en el brazo el día del bajón.
–Bueno… llegó la hora, Loli –dice al fin–. L.J.*
Con pesadez, como si tuviésemos que transitar otra vez ese Via Crucis emocional, cargamos las maletas y el resto de las cosas y salimos.
El Profesor cierra con llave la habitación y caminamos por el pasillo
–más bien diría que nos arrastramos como condenados a muerte–, con una angustia tal que creo que si no nos deprime del todo, es porque somos lo suficientemente fuertes.
Y si no nos mata, es porque nos fortalece.

Lolita

* L.J. = “Lo Juimo”, expresión que parodia “Nos fuimos”, en la forma de hablar de cierta gente de campo.

viernes, 10 de abril de 2009

Noche de pesadilla III

El teléfono celular sin crédito.
¿Habrá sido a consecuencia que Lolita se olvidó de avisarme que no tenía más crédito? O es que, de todos modos, iba a suceder lo que tenía que suceder?
Creo que, a esta altura de las circunstancias, el teléfono es sólo un símbolo de esa noche.
Como la cámara digital, que dejó de funcionar por tener las pilas agotadas, justo cuando tenía que sacarle fotos a Lolis, que bajaba hacia el escenario junto con sus compañeros, para entregar la banda argentina al próximo abanderado. ¡Y no le pude sacar ni una foto!

Un momento antes que comenzara el acto, apareció el papá de Loli que me miró y me hizo una mueca que quiso parecerse a un saludo. Lo comprendo, estaba al lado de la ex mujer, a la que hasta ese día, como todos, le tenía miedo.
Suele suceder, en las familias disfuncionales (y esto no es un juicio de valor sino un diagnóstico hecho por una profesional en el tema), que todos siguen un juego perverso aunque a veces se quieren salir de él, y no saben porqué lo juegan.
Como sea, en el momento de la entrega de los diplomas, la madre de Lolis bajó hasta la primera fila, haciendo aspaviento, sacándole fotos a su “hijita querida”, y aprovechó para cotillear con algunas de las monjas y las profesoras. Es su método: el secreto. Que ninguno sepa qué le dice a uno y qué al otro. Más viejo que el mundo, su método, aunque es sabido que un día todo sale a la luz. Hoy me pregunto si no fue esa calurosa noche del 11 de diciembre que yo, sin proponérmelo, fui el que lo puse sobre el tapete.
Loli me había dicho que la esperara afuera, que iba a saludar a sus padres y a su hermana menor (la mayor no apareció, como era de esperarse) y a despedirse de ellos, para después ir a cambiarnos y salir a nuestra cena de homenaje.
Si debo ser honesto, me hubiera gustado –aún a costa de tener que pagar yo la cena–, que esa noche Loli cenara no sólo conmigo, sino también con sus padres y sus hermanas. Pero, dada la situación (que hasta ese momento era más bien conflictiva y tirante), ni siquiera me animé a sugerirlo.
Tal como me lo pidió, la esperé a un costado del edificio y de pronto apareció. Venía apurada y la noté algo nerviosa.
–Vamos, Papi... –me dijo.
–Loli...
–Vamos, vamos...
Y fuimos. Caminamos por el parque circundante hasta encontrar un taxi, y me llamó la atención que Lolita se diera vuelta para mirar, como si la estuvieran siguiendo, en varias oportunidades.
–Loli... ¿estás segura que no hay problemas? –le pregunté, una vez que estuvimos dentro del taxi, rumbo al hotel.
–No, no tranquilo...
Entonces, otra vez, ese ramalazo de precognición, de sentir que algo olía a podrido en Dinamarca.
–¿Te pasa algo, Papi? –me preguntó.
–Sí, tengo un mal presentimiento. Espero que sea sólo una sensación
–le dije, y la miré.
–¿Qué? –me preguntó, rehuyendo la mirada.
–A vos también te pasa algo... –dije, y no estaba haciendo una pregunta.
–Sí –me contestó. Siento un poco de...
–¿Qué pasó, Loli? ¿Qué dijo tu mamá cuando le dijiste que ibas a cenar conmigo? –conste que pregunté por la opinión de la madre, porque el padre sabía que íbamos a irnos y si hubiera sido por él, no hubiera pasado nada. Aunque le había sugerido a Loli que de la ceremonia se fueran a la casa y recién ahí se vistiera y se encontrara conmigo. Pero Lolita, cuando se le mete algo entre ceja y ceja, no entiende razones.
–Nada... les dije que me iba... –estaba diciendo, cuando sonó el celular. Y es en este punto, donde cobra trascendencia la falta de crédito.
Era un mensaje de texto de la madre, que le preguntaba adónde se había metido.
(¡Ay, Dios! ¡Loli!)
–¿Qué hago, Papi? –me preguntó, mirando la pantallita.
–Decile la verdad, que vamos a cenar... ¿qué tiene de malo?
–Bueno... –dijo, y comenzó a mover los deditos en ese teclado liliputiense a velocidad sorprendente. Y, cuando lo quiso enviar... ¡Zas!
–¡Uyyy, noooooooooo! –dijo Lolis–. ¡Se me acabó el crédito!
–¡Loli! ¿Vos sabías que no tenías más crédito? ¿Por qué no me dijiste?
–hay veces que me dan ganas de ponerla sobre mis rodillas y darle cachetes en la cola.
–Me olvidé, Papi... ¡Uyyy, noooo! –otro mensaje.
Y otro.
“Está furiosa, la señora”, pensé.
–Adonde encuentre un kiosco, por favor, pare que tenemos que comprar algo... –le dije al taxista.
Pero como suele suceder en esas situaciones, no apareció ningún kiosco, hasta que no llegamos a la esquina del hotel, donde había uno.
Mientras tanto, los mensajes de texto entraban uno tras otro. Y si no fue así, a mí me parecía que entraban uno tras otro, sin intermedios.
Le di el dinero a Lolita para que comprara la tarjeta y le pagué al taxista, mientras ella cargaba los créditos. Justo cuando había terminado y estaba a punto de escribir un mensaje, volvió a sonar el celular.
Pero esta vez, era un llamado.
–Holaaaa –dijo Loli.
(...)
–Sí, acá... me voy a cambiar y me voy a cenar... él me invitó... No, no. Si papá sabía... No...
(...)
–Pero... ¿por qué me hablás así? ¿Qué te pasa?
–Loli, ¿que ocurre..?
–Shhh... No... Yo no dije que me iba a ir con ustedes... Ya me estropeaste la noche de la fiesta de graduación, por favor esta noche no hagas lo mismo... ¡Pero mamá! ¡MAMÁ!
–Loli, ¿qué ocurre? –insistí, y me hizo una seña para que me callara.
La verdad, hoy no me acuerdo con precisión, pero sé que en un momento quise que me diera el teléfono a mí, porque yo ya había hablado en una oportunidad con esa mujer y le había parado las patas. Sabía que a mí no iba a amedrentarme con gritos ni histeriqueos. Pero Loli no me pasó el teléfono. Creo, que me hizo escuchar lo que la loca gritaba del otro lado del teléfono y le dije que le contestara que iba a cenar conmigo y ya. Que no había nada de malo en ello.
–Mirá, hacé lo que quieras. Yo, me voy a cenar con él porque me invitó y no estoy haciendo nada malo...
Y cortó la comunicación.
–Loli... Decime qué pasa –me puse serio. Y cuando me pongo serio, Loli sabe que tiene que empezar a hacer buena letra.
–¡No sabés las cosas que me dijo!
–Pero Loli, si no me explicás no entiendo.
–¿Cómo puede hacer esto en esta noche? ¿No está conforme con haberme estropeado la noche de la fiesta?
–Loli, tranquilizate... dale, vamos al hotel y me contás...
Creo que batimos el record de velocidad en llegar al hotel, y cuando llegamos a la habitación, me senté en el borde de la cama, la atraje hacia mí, la senté sobre mis rodillas y le dije:
–Bueno ahora, contame qué te dijo...
Loli tenía los ojos llenos de lágrimas y cuando le puse la mano en el pecho, el corazón le latía muy fuerte. Estaba asustada.
–Me dijo... me dijo...
–Tranquila, Loli. Tranquilizate, ordená las ideas y contame, ¿sí? Todo tiene solución... dale...
–Bueno, mientras me cambio te cuento –me dijo, un momento después, cuando se serenó.
Se paró y fue hasta el placard donde tenía su ropa colgada en una percha y la sacó.
–¿Viste que me mandó varios mensajes?
–Sí, ¿qué decían?
–Primero me preguntó adónde me había metido... Después me dijo que por qué me había ido, que me estaban esperando en la puerta. Después me escribió que...
Estaba en eso de enumerarme todo lo que la madre le había escrito, y a punto de contarme lo que le había dicho, cuando la interrumpió el “¡Ring ring ring!” del teléfono interno de la habitación.
Le hice una seña de que se quedara donde estaba y atendí yo.
–Dígame –atendí de la forma en que me sale cuando algo me pone de pésimo humor.
–Señor... perdone, pero acá hay una señora... Mengana... que pregunta por usted –sonaba nerviosa, la voz del encargado de la conserjería.
–Ya bajo –dije.
–¿Qué pasa, Papi? –preguntó Lolita, y se puso blanca como una hoja de papel.
–Está tu madre abajo, en la recepción... –contesté.
–¡Uyyy, noooooooo! –dijo ella.
–¡Uy, sí! –le contesté–. Vos quedate acá, que yo bajo.
Me di vuelta para abrir la puerta, cuando Lolita dijo:
–No, Papi. Yo bajo con vos.
–Loli, quedate acá...
–No. Estamos juntos en esto. En las buenas y en las malas... Yo, bajo con vos.
Bajamos juntos, a enfrentar lo que fuera que nos esperaba.

El Profesor

jueves, 9 de abril de 2009

Noche de pesadilla II

Cuando Lolita me tiene a su lado, se relaja y deja un poco de lado las responsabilidades de las que se hace cargo habitualmente. Desde tomar “la pastillita” a horario, hasta comprar la tarjeta para recargar el teléfono celular, o recargar la batería.
Cabe aclarar que no es porque sea despreocupada, sino porque le gusta que la mime, que me ocupe de sus cosas, hasta de las más intrascendentes. Ella necesita –y esto desde el principio de nuestra relación–, sentir que hay alguien que toma el timón del barco por un rato, por decirlo de alguna manera, para que ella pueda ir a tenderse en la cubierta superior a tomar sol, dejando que otro pilotee el buque y lo lleve a buen puerto.
Debo confesar que hago todo lo posible para mimarla como le gusta, de la misma manera que ella se ocupa de mí en algunos momentos difíciles, o no tan difíciles, pero que a mí me resultan pesados de sobrellevar.
Creo que uno de los aspectos más importantes y que más cuidamos en nuestra relación, es el “hoy por mí, mañana por ti”. Al fin y al cabo, algo he aprendido en todos estos años de vida, y lo llevo a la práctica y Lolita aprende rápido.
Pero volvamos a la historia. Quedamos en que salíamos bañados, perfumados y cambiados,para el lugar donde se llevaría a cabo la ceremonia.
Cuando subimos al taxi a unos metros de la entrada del hotel, de pronto me atacó lo que yo llamo una PDCI: una Premonición De Catástrofe Inminente.
Lolita me miró y le cambió el semblante.
–Papi... –dijo, y creo que estaba asustada–. ¿Te pasa algo?
Ahí, en ese momento, cuando debí decirle que sentía ese ramalazo de precognición, de que algo malo iba a pasar, para no estropearle ese momento tan especial, me lo callé.
–No, Loli... nada –dije, tratando de controlarme–. Debe ser el calor.
¡Calor! Sentía la transpiración fría que me pegaba la camisa de hilado suizo al cuerpo. Sabía que su inquietud se debía a que cuando me dan esas premoniciones, me pongo pálido, pero pálido-mal, y no es sólo ella la que se asustó al verme así.
Pero hice un esfuerzo, me recompuse como pude, le acaricié la mano y el muslo y seguimos viaje.
Como les dije, llevaba la cámara digital para sacarle fotos, pero con los arrumacos y las prisas, Loli no había comprado pilas nuevas y yo ni siquiera había pensado que las que tenía estaban a punto de agotarse.
Tampoco imaginaba que se le había agotado el crédito del teléfono celular.
Cuándo y cómo llegamos al aula magna donde iba a tener lugar la ceremonia, se me desdibuja en la memoria. Recuerdo, sí, que cuando bajamos del taxi nos encontramos con un compañero de Lolita. Ella lo saludó y me presentó. También recuerdo haber caminado por un parque hasta el edificio, en cuya entrada ya se agolpaban alumnos, parientes, amigos y vecinos, además de las monjas del instituto. Una de ellas, al ver a Lolita la llamó, le dijo algo y le entregó la banda fondo argentino de ceremonias.
–Vení, Papi –me dijo Loli, y entró conmigo al salón–. Yo voy a estar ahí –señalo hacia una entrada, arriba a la derecha.
–Sí, no te hagas problemas –le dije, pero el que tenía problemas era yo, porque esa sensación de problema inminente no se me iba. Seguía estando desasosegado, con una opresión a la altura del estómago y con esa desagradable sensación de presque vú, de estar seguro de que iba a vivir una situación que conocía.
–¿Adónde te vas a sentar? –me preguntó.


–Por ahí arriba... donde terminen las butacas reservadas, bubú –le dije–. ¿Qué te dije?
–¿Qué me dijiste?
–Que no iba a poder sentarme en las primeras filas, porque las butacas iban a estar reservadas para las familias de los alumnos, cabezotas.
–Ah, sí. Bueno, no sabía.
–Dale... andá a juntarte con tus otros compañeros. Yo busco una butaca por allá –señalé hacia las filas más altas–, y me acomodo, ¿eh?
–Sí, Papi –dijo y se dio vuelta.
–Loli –la llamé.
–¿Qué?
–Vení, mi vida –extendí la mano y ella me imitó.
Le hice una caricia.
–Tranquila, que todo va a salir bien, ¿eh?
–Sí, Papi... estoy tranquila –dijo.
Pero yo me di cuenta que no, que no estaba para nada tranquila y que quizás, como yo, veía que se acercaba una tormenta de esas que dan miedo.
Con el aire acondicionado, había dejado de transpirar y la camisa se me había secado. Me acomodé en una de las butacas sin cartelito, casi al medio y me di vuelta para verificar que podía ver a Lolita y a sus compañeros atrás, a mi derecha, preparándose para hacer su entrada con la bandera de ceremonias.
Lolita me había dado un curso acelerado de cómo sacar fotos con una cámara digital, así que me puse a hacer pruebas de enfoque (aunque la cámara tiene auto-enfoque) y de encender, enfocar, apuntar y tomar la foto y luego guardarla en la memoria, mientras el auditorio comenzaba a llenarse de gente que buscaba su lugar y una de las monjitas jugaba con una notebook que reproducía un .pps bastante primordial en su producción, en la pantalla gigante del escenario.
En esas estaba cuando de pronto más que verla, sentí la mirada penetrante fija en mi persona.
No sé cuántos de ustedes habrán visto la película “El Exorcista” y recuerdan el momento en que la cara de Regan fluctúa de la maldad a la inocencia, pero es la imagen más apropiada para describir lo que vi y sentí en ese momento.
Estaba dado vuelta, tratando de enfocar a Lolita y a sus compañeros cuando se me erizaron los pelos de la nuca como si me hubiera rozado la mala suerte o me hubiera hecho una caricia una de esas Erinias –las perras rabiosas de la mitología de la Grecia antigua–, recién llegada de las profundidades del infierno.
A veces, en broma, aseguro que mi madre me hizo un regalo al nacer: la perceptividad. Esa tarde del 11 de diciembre, se los aseguro, tuve la certeza absoluta que en verdad me lo había hecho.
Cuando me di vuelta y miré hacia un costado, la vi.
El rostro descompuesto en una mueca demoníaca. Un gesto perverso deformándole las facciones y, en los ojos, el brillo del que disfruta, por anticipado, de la determinación para hacer todo el mal posible.
Fue un instante apenas. Ese momento que pude captar mejor que si la hubiera retratado. Porque un segundo después, esa mueca de maldad absoluta se transformó en una sonrisa hipócrita, otra mueca de falsa cortesía.
Una hilera más adelante y dos butacas a la izquierda, dada vuelta y mirándome estaba ella. La persona que más daño le hizo a Lolita. La que la llevó a la enfermedad. La que le socavó la autoestima y le alimentó con su pócima malvada, la inseguridad.
Ahí, sentada y mirándome, apenas a dos metros, en la hilera de adelante, estaba la madre de Lolita.
Y recuerdo que cuando reparé en esa mirada lunática propia de los mesiánicos, leí con toda claridad el mensaje con el que se regodeaba, sin darse cuenta que yo me daba cuenta:
“Ni te imaginás la que les tengo preparada...” (y ya van a ver que no era una falsa sensación mía provocada por el rechazo que me produce esa mujer).


Sigo mañana. Créanme que no es fácil para mí evocar ese crepúsculo del 11 de diciembre, y ponerlo en palabras.

El Profesor

PD: ¿Qué tiene que ver en esta historia el celular de Lolita? Mucho. Mañana se van a enterar.

sábado, 31 de enero de 2009

Preferencias

No hay cosa más dulce que mirarlo cuando se despereza a la mañana entre las sábanas arrugadas y se levanta despeinado, cuando me abraza entre sueños en medio de la noche y se duerme apoyado en mi pecho y a merced de mis caricias...

No hay nada más lindo que caminar de la mano en una noche serena, hacer el amor con la luz de la luna filtrándose por la ventana y quedarnos mirando películas en la cama hasta tarde.

Nada puede compararse al placer de besar su cuello cuando tiene puesto el perfume que más me gusta, a darle de comer con mi tenedor en la boca como a un bebé, a abandonarme a las sensaciones que me generan sus manos recorriendo mi cuerpo...

No hay nada más conmovedor que verlo llorar sin querer, que percibir su tristeza cuando se queda callado y pensativo y sentirlo dañado o herido en el corazón.

No hay nada más excitante que percibir el deseo que siente por mí, la pasión con que besa mis labios, la delicadeza con que me acaricia el cuerpo y la maestría con la que me hace el amor.

No hay nada más sencillo que amar a este hombre mayor, entregarle el corazón y desear que esto dure para siempre.

Lolita