
En varias ocasiones él me dijo que haría esos setecientos cincuenta kilómetros que nos separaban para estar conmigo unos días, pero una cosa u otra se interponía en las fechas tentativas que fijábamos y mi corazón se partía en pedacitos ante la perspectiva de tener que seguir esperando. No vino el 21 de septiembre, a pesar de las muchas ilusiones que me había hecho. Cuando sufría esos desánimos se me arruinaba el día y sólo deseaba que me pisara un camión. ¡Es que yo tenía tantas ganas de conocerlo! Una vez escribí en mi diario:
“Querido diario:
Ayer estaba por escribirte pero no tenía fuerza de voluntad, estaba destrozada, como si me hubieran serruchado a la mitad.
Resulta que venía planeando todo desde el sábado pasado porque él me había dicho que vendría este fin de semana. Contaba los días que faltaban.
En mitad de la semana, me decía que venía, y ya al día siguiente que no sabía... que dudaba...
¿Cómo es posible que dude tanto? ¿Por qué no se decide de una vez?
Me dijo que si no venía no era por falta de dinero o por exceso de trabajo, sino por algo más profundo, más complicado. Me decía que él era responsable, que no quería hacerme daño, que pensaba en todas las consecuencias que esto podría tener para mí y para él... que podía yo encariñarme y después sufrir su ausencia... que lo pensaría y al día siguiente me comunicaría su decisión.
Me cansan un poco todas estas reflexiones ¿Acaso no entiende que lo amo y necesito tenerlo conmigo para abrazarlo cuanto antes?
Resultó ser que el jueves por mensaje de texto me partió el corazón. No venía “por ahora” porque –dijo– “me quería bien”.
¡Es tan injusta la vida...! Lloré porque me sentía herida, desilusionada e impotente, porque sentía que perdía al hombre que amaba....”
Miles de lágrimas derramé desde que lo conocí. El ya me había preparado diciéndome que lo nuestro sería sumamente difícil por todos los obstáculos que se interponían en nuestro camino para amarnos libremente, pero mis sentimientos apasionados, mi piel y mis labios que ardían de deseos de tocarlo, no entendían razones. Sentía que lo necesitaba, que tenía que satisfacer todos mis deseos que él había alimentado durante tantos meses.
A pesar de mis temores con respecto al sexo, a pesar del problema que este hombre me estaba trayendo en mi hogar –mi papá ya había descubierto mi secreto–, estaba dispuesta a todo, iba a inventarme cientos de mentiras con tal de poder gozar de su presencia tan solo unas horas, con tal de tenerlo conmigo el tiempo suficiente para cumplir con mi sueño de percibir el sabor de sus labios en ese primer beso en la boca que reservaba para él.
Lolita