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jueves, 23 de septiembre de 2010

Diario de El Profesor: Vacilaciones

Cuántas veces estuve a punto de comprar los pasajes, y cuántas otras desistí. Entre el veinte y el veintidós de ese septiembre de 2007, Loli me mandó dieciséis mensajes de texto, siete chats y cuatro correos.
Yo ya había decidido que no iba a viajar, y se lo había dicho. La escuché llorar y la imaginé haciendo pucheros y sé le dolió, que se sintió mal, porque estaba ilusionada y ansiosa. Loli se ponía y se pone muy ansiosa cuando anhela algo.
Hoy todavía trato de recordar qué me llevaba a negarme a emprender ese viaje, qué me hacía dudar tanto en el momento de tomar una decisión. Digamos que no soy el tipo de hombre propenso a las vacilaciones, más bien todo lo contrario. Pero con Loli, cuando llegaba el momento de pensar en viajar a conocerla, ¡zapate! Se me venía encima toda la estantería.
Quizás otro hubiera abordado un micro sin dudarlo, dada la perspectiva de encontrarse con un bomboncito como era esa chiquitina sorprendente, pero yo soy yo y, para bien o para mal, no podía dejar de lado la responsabilidad que significaba para mi dar un paso más allá del que ya había dado en chats, cartas y conversaciones telefónicas y del que, más de una vez me arrepentí, sumido en la culpa y el arrepentimiento por haber llegado tan lejos.
Por otro lado la personalidad de Lolita ejercía sobre mí el mismo efecto que un gigantesco imán ubicado delante de una montaña de virutas. Desde ese día que me había preguntado si creía en las almas gemelas, me resultaba un ejercicio estéril dejar de pensar en ella. La imaginaba, la anhelaba y, debo admitirlo, también la deseaba. Acto seguido volvían a la carga los remordimientos por desearla y me sentía un desubicado, un viejo perverso que fantaseaba con una nenita.
Tal vez haya quien piense que le temía a las consecuencias personales que, en lo legal, podía acarrearme el sólo hecho de encontrarme a solas con ella, pero conozco la ley y admito que sabía que en ese sentido era muy difícil que pudiera meterme en problemas. En ningún momento especulé con eso, pese a que sabía que Loli –por desoír mis sugerencias de ser cuidadosa, en especial cuando conversábamos en el chat–, ya le había dado a su papá una considerable cantidad de razones como para estar alerta. Yo había tenido un cruce de palabras con él, un día que me llamó por sorpresa “para conocer aunque sea por teléfono al hombre que le estaba editando el libro a su hija” y, según lo que pude vislumbrar, para darme una señal que, de alguna manera, se había dado cuenta que entre Loli y yo había algo más que una inocente y aséptica relación profesional.
Mis vacilaciones tenían que ver con algo más serio, más profundo. Tenían que ver con el ser consciente de que la diferencia de edad era tan grande que las posibilidades de poder entablar un vínculo que excediera la amistad eran ínfimas. No pensaba sólo en el presente –y eso es lo extraño–, sino que no podía dejar de imaginar el después. ¿Qué futuro podía tener nuestra relación? ¿Qué podía ofrecerle? ¿Ser su novio, como me había pedido? ¿Durante cuánto tiempo? ¿Y si la relación seguía adelante, qué expectativas de continuidad podía darle?
Recuerdo que un día, hablando del futuro, le dije que imaginara qué iba a pasar en cinco años, cuando ella tuviera veintiuno. A continuación le dije que pensara en diez años, cuando ella tuviera veintiséis y yo sesenta y siete. ¿Cuánto tiempo de vida tenía yo por delante para darle? Traté de que razonara que mi vida estaba del otro lado de la montaña –usé esa alegoría–, y que mientras ella seguía subiendo hacia la cima, yo estaba en el sendero descendente y que lo que se veía desde donde yo estaba no era un panorama grato, por llamarlo de alguna manera.
–¿Qué querés decirme, Cushito? –me preguntó–. ¿Qué te vas a morir?
Hice una larga pausa antes de contestarle, quizás porque en ese momento sentí mi finitud de una forma más palpable, más real.
–¿Papi? ¿Seguís ahí?
–Sí, Loli, sigo acá.
–¿Por qué no me contestás?
–Porque no es fácil, mi chiquita, decirte que sí. Que me voy a morir.
–Yo también –dijo.
–Sí, pero mucho, mucho tiempo después que yo –contesté.
–¿Y cómo sabés?
–¿Cómo sé qué?
–Que te vas a morir antes que yo.
–Bueno, mirá, digamos que las probabilidades de sobrevida..
–empecé a decir, pero Loli me interrumpió.
–Papi… Vos me dijiste que leíste “La Tregua” y que viste la película cuando faltaban como veinte años para que yo naciera, ¿te acordás?
–Sí, me acuerdo.
–Yo también la leí y en el libro... –entonces fue ella la que hizo una pausa–, ¿quién se muere primero?
Como podrán imaginar, ese razonamiento era tan sólido, tan realista, que no supe qué contestarle. Me dejó sin palabras.
Para escribir este capítulo de nuestra historia, estuve leyendo los mensajes, los chats y las cartas de esa época –Loli y yo no los llamamos “correos” o “e-mails”– y desde la distancia, con otra perspectiva, habiendo salido de esa vorágine de sensaciones que me producía Loli, creo entender que lo que me llevaba a vacilar era la intención de cuidarla, de preservarla, de hacer todo lo posible para evitar que sufriera mientras –vaya paradoja–, la sumía en la incertidumbre, le alimentaba la ansiedad y le estaba provocando un dolor tan desmesurado, que resulta imposible describirlo con palabras.
Porque yo era para Loli su primer amor. Ese que despierta las maripositas en la panza, los sueños estando despierto y esas fantasías inevitables que suelen tomarnos por asalto la mente cuando nos quedamos a solas con nuestros pensamientos a la noche en la cama.
Pero Loli no era menos para mí. Eran los sueños no realizados, la concreción de lo anhelado durante toda una vida, un soplo renovador en mi existencia, la posibilidad del amor que había decidido ya no volver a encontrar.
La pensaba, la anhelaba, soñaba con ella. Me quedaba largas horas mirando el parque desde el amplio ventanal que tenía a mis espaldas y miraba una y otra vez esas fotos chiquitas que le había enseñado a enviar.
Lolita era la esperanza.
Releyendo lo que le escribí en esos días cercanos a la primavera de 2007, encontré esta carta con la que, imagino, trataba de consolarla por no estar ese 21 de septiembre en Córdoba, después de haberle alimentado la ilusión:



Mensaje desde el corazón para mi nenita traviesa:
 
¿Sabés? Más allá de los juegos y fantasías, mi pequeña princesita hermosa, siento por vos una gran ternura y a veces no sé cómo hacer para cuidarte.
La forma en que tuve que responderle a tu papá hoy no me hace bien, Cushita. A veces siento que ya estoy demasiado cansado para estas cosas. Y, sin embargo, no puedo dejar de pensar en vos... más allá de cualquier consideración de hombre-mujer.
Como vos escribiste, hasta que Dios diga cuándo tiene que terminar, sabé que aunque esté tan lejos y no te haya visto, de alguna manera muy extraña que no me había ocurrido antes, te quiero, dulce Frutillita.
Que tengas un buen descanso y un mejor despertar.
Cada día, vale la pena de ser vivido con sus alegrías y sus penas; con sus dones y sus vicisitudes.
Me digo, una y otra vez, que debe haber alguna razón que no conozco, que hizo que la vida me llevara hasta tu persona y a vos hasta la mía.

Tuyo,

 
Papi

Ahora, mientras escribo y antes de publicar esta nueva entrega, tomo conciencia que mañana es 24. Un nuevo 24, como aquel otro, cuando nuestras circunstancias se encontraron, a destiempo, y no por casualidad.
Desde ese día han pasado tres años y dos meses.
Y con todo lo bueno y lo no tan bueno, con alegrías y dolores, obstáculos, dificultades, ausencias y encuentros, extrañándonos cuando estamos separados y disfrutando como el primer día cuando estamos juntos, seguimos transitando tomados de la mano el trecho de camino que la vida nos ha otorgado.

El Profesor



domingo, 19 de septiembre de 2010

Diario de Lolita: Dispuesta a todo


En varias ocasiones él me dijo que haría esos setecientos cincuenta kilómetros que nos separaban para estar conmigo unos días, pero una cosa u otra se interponía en las fechas tentativas que fijábamos y mi corazón se partía en pedacitos ante la perspectiva de tener que seguir esperando. No vino el 21 de septiembre, a pesar de las muchas ilusiones que me había hecho. Cuando sufría esos desánimos se me arruinaba el día y sólo deseaba que me pisara un camión. ¡Es que yo tenía tantas ganas de conocerlo! Una vez escribí en mi diario:

“Querido diario:
Ayer estaba por escribirte pero no tenía fuerza de voluntad, estaba destrozada, como si me hubieran serruchado a la mitad.
Resulta que venía planeando todo desde el sábado pasado porque él me había dicho que vendría este fin de semana. Contaba los días que faltaban.
En mitad de la semana, me decía que venía, y ya al día siguiente que no sabía... que dudaba...
¿Cómo es posible que dude tanto? ¿Por qué no se decide de una vez?
Me dijo que si no venía no era por falta de dinero o por exceso de trabajo, sino por algo más profundo, más complicado. Me decía que él era responsable, que no quería hacerme daño, que pensaba en todas las consecuencias que esto podría tener para mí y para él... que podía yo encariñarme y después sufrir su ausencia... que lo pensaría y al día siguiente me comunicaría su decisión.
Me cansan un poco todas estas reflexiones ¿Acaso no entiende que lo amo y necesito tenerlo conmigo para abrazarlo cuanto antes?
Resultó ser que el jueves por mensaje de texto me partió el corazón. No venía “por ahora” porque –dijo– “me quería bien”.
¡Es tan injusta la vida...! Lloré porque me sentía herida, desilusionada e impotente, porque sentía que perdía al hombre que amaba....”


Miles de lágrimas derramé desde que lo conocí. El ya me había preparado diciéndome que lo nuestro sería sumamente difícil por todos los obstáculos que se interponían en nuestro camino para amarnos libremente, pero mis sentimientos apasionados, mi piel y mis labios que ardían de deseos de tocarlo, no entendían razones. Sentía que lo necesitaba, que tenía que satisfacer todos mis deseos que él había alimentado durante tantos meses.
A pesar de mis temores con respecto al sexo, a pesar del problema que este hombre me estaba trayendo en mi hogar –mi papá ya había descubierto mi secreto–, estaba dispuesta a todo, iba a inventarme cientos de mentiras con tal de poder gozar de su presencia tan solo unas horas, con tal de tenerlo conmigo el tiempo suficiente para cumplir con mi sueño de percibir el sabor de sus labios en ese primer beso en la boca que reservaba para él.

Lolita