–¿Sabés, Papi? Yo desde que te conocí te empecé a amar. Quizás fui la única mujer que se apasionó con vos sin conocerte y te empezó a tener tanto afecto a la distancia durante los seis primeros meses de no vernos las caras. Y siento que te entregué todo. Que di lo mejor de mí.–Es cierto, Loli.
–Te di mi inocencia, mi ternura, mi virginidad. Me entregué por completo. Porque tenía muchas ilusiones, expectativas y sueños. Vos fuiste y sos mi primer amor, Papi. Vos tuviste muchas experiencias de amor antes, se supone que debería resultar más sencillo. En cambio para mí todo era nuevo...
–El primer amor, Loli, es así. Es la entrega sin reticencias, sin armaduras, vulnerable. Es como el amor de un chiquito, ¿ves?
–Pero por lo visto lo hice bastante bien. Porque creo que te hice un poquito feliz en todo este tiempo.
–¿Un poquito? ¿En serio creés que me hiciste sólo “un poquito” feliz? ¡Loli! Vos me diste más felicidad en dos años de la que yo pueda recordar en toda mi vida.
–¿Y vos? ¿Cómo te enamoraste vos? Porque siempre tengo que decirte que te expreses. Dale, contame. Dale...
–Yo me enamoré despacito, Loli. Y es que a mi edad, después de toda una vida, me había acostumbrado a vivir con reservas, protegido con una coraza. Cuando se ha vivido todo el tiempo que viví yo, la cabeza muchas veces nos juega malas pasadas y nos hace pensar en cosas que ocurrieron y no tienen porqué volver a suceder y a cuidarnos que no nos hagan daño, y así nos vamos olvidando que hay que escuchar al corazón, que nunca nos miente.
–Papi... Y vos, ahora, ¿lo escuchás?
–Con vos aprendí, Loli, a escuchar más al corazón que a la mente. Con vos aprendí a “expresarme” y me di cuenta que si uno siente que ama, le pasan cosas extrañas, como cuando era adolescente. Con vos aprendí que se puede amar, pese al miedo que a veces nos provoca el entregarnos sin restricciones. Que vale la pena correr el riesgo, porque de lo contrario lo más probable es que llegue el día en que uno no pueda evitar pensar “¿Y si lo hubiera hecho?” Y eso debe ser muy pero muy triste, mi chiquita.
–Papi...
–¿Qué, Loli?
–Todos nos equivocamos, ¿sabés? Yo también con vos aprendí, y era como me decías: quizás las cosas feas y tristes que uno pasa en la vida, no son tan graves.
–Claro, Loli. Somos humanos, al fin y al cabo.
–Entonces, si yo te ayudo a curarte el corazoncito, como yo a veces no puedo dejar de tener miedo como vos y no sé cómo hacer, ¿podrías ayudarme a no sentirlo?
–Si la vida nos da la oportunidad, mi cielo, claro que te voy ayudar cada vez que te pase. ¿Te acordás del miedo que pasaste en diciembre?
–Sí, me acuerdo...
–¿Viste que hoy, ahora, no es tan grave?
–Ajá.
–En ese momento te lo dije, pero no podías comprenderlo, Loli. Ahora, después que pasó el tiempo, lo entendés y al entender, el miedo se va. Bueno, así te voy a ayudar. Como ese día. Todos los días. Vamos a ver si podemos hacer en breve ese sueño que ambos tenemos y todos los días voy a estar con vos, para ayudarte a vencer los miedos. Así, de esa manera, si yo te ayudo a vos con tus miedos y vos a mí con los míos, vamos a poder vivir una linda vida, querida mía.
–¿Y me vas a abrazar fuerte cuando sienta miedo?
–Muy fuerte, claro.
–¿Y me vas a hacer mimos? Porque los mimos son importantes para el corazón, ¿sabías?
–Te voy a hacer tantos, pero tantos mimos que te vas a empalagar, Loli.
–Gordi... ¿sabés una cosa?
–¿Qué, Loli?
–Te amo.
–Y yo te amo a vos, bichito.
–Con vos aprendí a amar, Papi.
–Y yo con vos aprendí que el amor existe, es real y es posible.
–Shi...
–Loli...
–¿Quép?
–¡Feliz mes aniversario, mi amor! ¿Te diste cuenta? Regresaste como un regalo, en el día 24, una fecha que es un símbolo para nosotros. Volviste, como un maravilloso obsequio de la vida.
–¡Feliz día, gordi! ¡Te acordaste! ¡Cuánto me alegra que recuerdes ese día!
(...)
–Papi...
–¿Mhhh-hh?
–¿Sabés que sos un amor, hermosho?
–¡Ay, Loli!
Después de haber vivido todos estos años en este mundo donde nada es seguro, con Loli aprendí que lo único seguro que tenemos en esa vida es el amor, cuando nos es dado el privilegio de ser amados.
El Profesor
Foto: Thomas W. Cheney
