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martes, 7 de septiembre de 2010

Diario de El Profesor: Mi primera vez


A las diez y media de la noche del 16 de agosto de ese sorprendente año de 2007, le envié a Loli el archivo de los recuerdos que tengo de mi primera vez, que había escrito en un blog que hace mucho no actualizo, con esta carta:


“Princesita:
Te envío lo que te prometí.
Con la inteligencia que tenés, cuando lo hayas leído, vas a poder comprender porqué soy como soy, y a quién se lo debo.
Vas a conocer cómo era yo cuando tenía apenas un año menos que vos y cómo, una mujer, me enseñó el camino de la libertad en esto que tanto miedo te da.”


Hoy, al releer los correos que intercambiamos, me di cuenta que Loli me había contestado a las cuatro de la madrugada del día siguiente, y me pregunto cómo habrá hecho para estar escribiendo a esa hora, quizás mientras el padre dormía.
Su respuesta decía:

“Profe, mi amor:
Creo que no tengo palabras para describir la emoción que me causó tu historia de amor. Ahora lo comprendo, y admiro y le agradezco a Letizia que te haya enseñado a ser como sos. Tuviste mucha suerte de vivir una experiencia así.
Con tu historia me dejaste pensando... Se me fue un poco la idea de 'pecado' ¿sabés? Sí, es cierto, aunque no lo creas... quiero decir que ahora me parece más importante que nunca que vengas.
Ayer, después que cerré la ventanita del chat, fui al baño, me miré la bombacha y estaba… ¡RE MOJADA!!! Sí, tenía un montón de algo parecido a un gel transparente... así que quedate tranquilo, parece que soy normal.
Me conecto a las siete y media. Te voy a esperar, mi cielo.
Te quiero con todo el corazón.
Beshitos.

Tu Loli
PD: ¿Sabés? Así como vos tuviste la fortuna de tener a Letizia, yo tengo la suerte de haberte encontrado a vos. No sabés lo contenta y agradecida que estoy. Sos un ser humano maravilloso, inteligente, dulce, tierno..."


Creo que fue en ese momento, al leer esas palabras, que tomé conciencia que Lolita había llegado a mi vida para quedarse cuando menos lo esperaba y que era yo quien le había abierto la puerta.
Recuerdo haber pensado, después de leer una y otra vez aquellas líneas: “¿Y ahora qué vas a hacer…?


El Profesor

domingo, 29 de agosto de 2010

Diario de Lolita: Querido diario...


Nunca se me había ocurrido siquiera que la vida me cruzaría con alguien tan maravilloso y a la vez tan lejano.
Nuestra afinidad por la lectura, la escritura y nuestra insaciable sed de conocimientos hicieron para que el se sintiera atraído por mí y yo por él, pero al principio fue una atracción meramente intelectual, despojada de sentimiento amoroso y ni qué decir que ni atisbo tenía de sexualidad y erotismo. Pero de una forma u otra, empezamos a gustarnos mutuamente por la forma de escribir que cada uno tenía, por el modo de expresarse por los correos o por chat, en los que ambos usábamos y respetábamos mayúsculas, comas, puntos signos y todas las reglas de puntuación. ¿Extraño, eh? Sí, porque hoy en día en el ciberespacio cada cual “escribe como quiere”, y yo deploro eso.
El intercambio de correos fue en un principio referido a todo lo referido a la edición, pero luego se fueron combinando con algunas confesiones personales de mi parte y consejos (aunque El Profe dice que a él no le gusta dar consejos, dice que las suyas son apenas sugerencias), recomendaciones y algunos recuerdos privados de la suya.
Me dijo que tenía 57 años. Yo tenía 16 en ese entonces. Ahora me doy cuenta: era una locura si pretendíamos llegar a una relación de amor, pero yo debo reconocer que me enamoré de su persona, de su ternura, de su inteligencia y de su deliciosa forma de ser, desde el primer día.
Por esa época llevaba un diario que escribía casi todos los días. Antes, anotaba cosas referentes a mi vida, a mi familia, a mis experiencias en el colegio... pero nunca antes había escrito la palabra “amor” en el sentido más estricto. Pero desde que lo conocí, no hacía más que escribir acerca de él.
El 3 de agosto, a pocos días de nuestro primer correo, anoté:

“Querido diario:
Me he hecho muy amiga del Profesor. Él tiene 57 años. Es el amigo más grande que he tenido hasta ahora, y el mejor.
Todos los días nos mandamos mails, pero anteayer me invitó a crearme una cuenta para poder chatear y van dos días seguidos que nos comunicamos de ese modo.
Me dice cosas muy lindas, me alienta mucho. Me alimenta la autoestima, se preocupa por mí, se interesa, y eso me gusta... es lo que yo siempre deseé que alguien hiciera conmigo.
Pienso mucho en él... no sé si estoy enamorada. Es extraño que quiera a un hombre que me lleva 41 años de diferencia... pero él me dice cosas bonitas... me llama “chiquitina”, “muchachita sorprendente” y cuando se despide me manda “un besito con bufanda, guantes y sobretodo, porque hace mucho frío”.
Hoy le dije –no, no le dije, le confesé– que lo quería.
¿Qué me pasa que no me había enamorado hasta hoy y ahora que siento algo en el corazón es por un hombre de 57 años? ¿Seré yo una adulta en un cuerpo pequeño como siempre creí?
Lo vi en una foto chiquita y él también me conoce por foto. Es lindo.
Además sé que es muy inteligente y eso me fascina”.

Era realmente así: me pasaba el tiempo pensando en él y preguntándome si él pensaría en mí como mujer, si le había parecido linda, si tendría algún día deseos de conocerme...
No alcanzó a pasar un día que ya escribí en mi diario otra vez, poniendo en palabras lo que me pasaba por el corazón. Era algo maravilloso, que nunca había experimentado. Era una sensación de locura, de mareo, de perdición, de arrebatos de pasión...
“Querido diario:
Definitivamente El Profesor me ha robado el corazón. No lo conozco y no he tratado en persona con él, pero me enamora las cosas que me dice. Nunca había sabido que podía haber tanta dulzura reunida en una sola persona. Me da mucha ternura y alegría hablar con él”.
A partir de ese momento me sentí atrapada y cautivada por ese hombre mayor, cuya experiencia me asombraba y que tenía una personalidad tan seductora que me llevaba a fantasear por primera vez, día y noche, con entregarme a sus caricias y encantos.
¿Qué me pasaba?
¿Era posible que estuviera enamorándome?

Lolita

viernes, 13 de agosto de 2010

Can Street

¡A la pipeta! ¡Qué frío! La Sudestada se vino con todo en este invierno que empezó tempranito y, tal como pinta, parece que no tiene muchas ganas de irse.
El frío me hizo acordar acordar a un día cuando caminábamos por las calles de Córdoba con Loli y de pronto va y me dice:
–¿Viste que los perros también hay clases sociales?
–¿Eh?
–Sí, mirá ese, por ejemplo –dijo, señalándome uno.
–Ese debe ser de raza can street.
–¡Jajaj, Gordi! ¿Qué?
–Can street, Loli, Perro de la calle, de esos que no tienen adónde vivir y que andan buscando que alguien les de algo de comer.
–A lo mejor sí tiene adónde vivir, pero la familia es humilde.
–Es cierto.
–¿Sabés? El otro día empecé a pensar que como las personas, hay perros pobres, pobres, que no tienen adónde dormir y se tiran en cualquier lado.
–Esos serían los “sin techo" entre los perros, ¿no?
–Eso. Tal vez los perros que están por debajo del nivel de indigencia. Después hay los que viven en algún lado, pero los dueños son pobres, o no tienen trabajo.
–A esos los podríamos llamar los perros desocupados, o indigentes.
–Sí, por ejemplo –dijo, entusiasmada, porque le gusta que la escuche en sus reflexiones y acompañe sus razonamientos–. Y también están los que tienen casa, en una familia de clase media.
–¿Media alta o media baja?
–¡Jajaj, Gordi! Bueno, ahí podríamos establecer la categoría perro de clase media y las subcategorías “media-alta”, “media-media” y “media-baja”.
–Loli... La clase media como se la llamaba cuando yo era chico, es una franja en extinción. Ahora, sin no estás en el nivel ABC1, como dicen los publicitarios, no existís.
–Mjm...
–Nos quedan los de clase alta.
–Seh... esos son como la perra que tenía Susana Giménez.
–No, Loli. "Jazmín" era de la clase opulenta, de esos que cada vez hay menos, los muy ricos, los que lo tienen todo, mientras cada vez hay más muy pobres, que no tienen nada.
–Ajá, sí, es cierto –dijo, y seguimos estableciendo una teoría acerca de la manera en que las diferencias sociales también se trasladan a los chuchos.
¿Ustedes se preguntarán qué tiene que ver, eh? Viene a cuento esta anécdota por algo que me dijo Loli en uno de esos momentos en los que me siento cansado, me da la sensación que las fuerzas flaquean y veo el horizonte todo negro.
–¿Sabés qué vi hoy en la parada del colectivo, Gordi? –me preguntó hace unos días.
–¿Qué?
–
Un perrito… con un pullovercito.



–Ah, sí, hay muchos. No es nada raro, Loli. Hasta hay boutiques para perros.
–No, no... Este no era de esos. ¿Te acordás de las categorías sociales de los perros de la que hablamos?
–Claro.
–Bueno, este era uno de esos perritos “homeless”, los que ni siquiera tienen adónde vivir. Y me enteré que una señora, que le da de comer porque el perrito duerme en la puerta de su casa, agarró un suéter viejo de uno de los hijos, lo arregló y se lo puso al perro.
–No jodas, ¿en serio?
–Sí, claro. ¿Sabés que hay mucha gente así? Que les da de comer o les hacen un abrigo para el invierno.
–La verdad no, Loli, ni me lo imaginaba.
–¿Ves? Si Dios cuida a los perritos y hace que alguien les de comida y agua y hasta les ponga un abrigo en el invierno, ¿cómo se va a olvidar de vos, Papi?

Cuando volví de la calle, en esta tarde gélida en la que cae aguanieve y entré a mi casa, estaba tan calentita y acogedora que me acordé de lo que me había dicho Loli, y agradecí tenerla, y tener la comida de todos los días y todas las cosas que por alguna razón tendemos a creer que tenemos porque sí, porque así tiene que ser, porque es un derecho adquirido. Esas pequeñas cosas a las que no les prestamos mucha atención y que sólo aprendemos a valorar en serio cuando las perdemos. No pude evitar pensar, tampoco, en esa sensatez de Loli, con la que a menudo me deja boquiabierto...
Y ahora cuelgo el post y me voy a cenar y a dar gracias por tener lo que me gano y por todas las oportunidades que la vida me sigue dando.

El Profesor

martes, 27 de julio de 2010

Puntos de Vista

–¿Enfrentar la vida? A ver cómo te lo explico: es una cuestión de puntos de vista, Loli, mirá:


“Hay dos tipos de hombre en este mundo, Charlie: los que le hacen frente a las dificultades y a las vicisitudes de la vida y los que se rajan, los rajones. Rajarse, parece más fácil.”


Lt Cnl Frank W Slade (Al Pacino)
Scent of a Woman (Perfume de mujer)




“Cuando llega la hora de la verdad, en realidad sólo existen dos tipos de hombres en el mundo –dijo Andy, protegiendo una cerilla con ambas manos ahuecadas y encendiendo un cigarrillo–. Supongamos, Red, que hubiera una casa llena de pinturas y esculturas extrañas y de bellos objetos antiguos. Y supongamos que el propietario de la casa se entera de que un huracán espantoso avanzaba precisamente en aquella dirección. Uno de los dos tipos de hombres a que me refiero, sencillamente espera que suceda lo mejor. El huracán puede cambiar de curso, se dice a sí mismo. Ningún huracán bien pensante se atrevería jamás a destruir todos esos Rembrandt, mis dos caballos de Degas, mis Grant Wood y mis Benton. Además, Dios no se lo permitiría. Y si de todos modos ocurriera lo peor, están asegurados. Ése es un tipo de hombre. El otro supone que el huracán arrasará la casa sin más. Si el centro meteorológico anuncia que el huracán ha cambiado de curso, este individuo cree que volverá a cambiar para arrasar la casa. Este segundo tipo de individuo no sabe que no existe mal alguno en esperar lo mejor, siempre que estés preparado para lo peor.”

Andy Dufresne (Tim Robbins)
"Rita Hayworth and the Shawshank redemption"


–¿Comprendés ahora de qué hablo, Loli?
–Sí, Gordi. Comprendo.

El Profesor


lunes, 15 de marzo de 2010

No Damar... 3

(O Tribulaciones Hoteleras Tercera Parte)


Eduviges.
A Eduviges, la conocimos esa noche y con Loli estuvimos de acuerdo que debía ser la hermana mayor –y más solterona– de Felicitas. Volvíamos del cine y de cenar en “Las Tinajas”, ya bastante tarde y cuando golpeamos la puerta para que nos abrieran, la vimos.
Estaba sentada frente a la pantalla de televisor de uso comunitario, abstraída en la contemplación de las noticias chorreantes de sangre de Crónica TV, y cuando giró la cabeza para mirar hacia la puerta, me hizo recordar a la sonrisa siniestra de Jack Nicholson antes de empezar a planificar la muerte de su mujer y su hijo en “El Resplandor”, por haberlo molestado mientras estaba ensimismado en sus diabólicos planes con los muertos del hotel.
Cuando nos entregó las llaves, nos miró con cara de pocos amigos, y no recuerdo haber escuchado una respuesta a nuestro solícito saludo de “Buenas noches”, antes de volver a ocupar su lugar frente a la pantalla del televisor.
Para no aburrir –creo que nuestras tribulaciones en el Damar dan para un libro–, procedo a resumir en apretada síntesis, cómo resultaron ser los servicios que se ofrecían en la página del hotel:
a) Habitaciones con baño privado. Es cierto y aunque no nos consta, las habitaciones tienen baño privado. Claro, nadie habló de las condiciones en que se encuentra tanto el baño como los sanitarios que le dan carácter de tal. Para muestra, a nosotros nos bastó con ver el nuestro.
b) Sábanas y toallas de algodón. Creo que es lo único cierto de toda la oferta hotelera. Las sábanas y fundas de almohadas no sólo que eran de algodón –y estampadas–, sino que además, parecían estar limpias. Las toallas y los toallones, blancos, también eran de algodón, pero su uso estaba condicionado por la amenaza escrita en el lado de adentro de la puerta, por la cual se comunicaba al pasajero, que ¡Guay de aquél que osara llevarse de recuerdo o perder una de ellas!
c) Servicio de limpieza. Mhh-hh. ¿Qué decir? Bueno, sí, parecía que estaba todo limpio en ese cuarto. Claro que hay que mencionar que a la hora de dejar el jabón que debe estar presente en cualquier baño de hotel Nelly –la empleada “multiuso”–, parecía ser bastante agarrada. Amarreta, bah.
d) Ventilador. Sí, había un ventilador de techo que funcionaba, aunque la rotación de las paletas inspiraba temor, ya que por el ruido y la oscilación, daba la impresión de que en cualquier momento iba desprenderse del techo para decapitar limpiamente a quien estuviera en ese momento en la habitación. A excepción de un día en extremo caluroso –cuando EPEC decidió hacer su corte no programado, razón por la cual el ventilador de techo dejó de funcionar y prefiero no recordar el calor que hacía ahí adentro–, en ningún momento dejé de poner a Loli a mis espaldas y agachar la cabeza por las dudas cuando giraba la perilla para ponerlo en marcha.
e) Desayuno. Oh... sí, el desayuno. Mucho no podemos –ni Loli ni yo–, abrir juicio alguno acerca del desayuno puesto que sólo tomamos el del primer día, y dejaba mucho que desear, de manera que preferimos tomar esa importante primer comida del día en alguno de los dos lugares que conocíamos en los alrededores y que nos traen gratos recuerdos.
Lo único que puedo decir con propiedad es que, por la actitud con la que lo servían, a uno no le daban muchas ganas de sentarse a desayunar en la “sala de uso común”, con el agravante de verse uno obligado a apurar el café y masticar los “criollitos”, sin poder evitar ser espectador de la sangrienta programación de Crónica TV y su interminable encadenamiento de homicidios, accidentes fatales y calamidades de todo tipo.
f) Sala de uso común. Sí. Uso común de propietarios y pasajeros, porque en ese espacio reducido se aglutinaba la conserjería, la recepción, el comedor, la sala de espera y el receptáculo para el aparato de TV que, dicho sea de paso, parecía ser de uso exclusivo de Eduviges y ocasionalmente de algún pasajero que aceptara compartir las calamidades noticiosas de Crónica.
g) TV con cable. Como lo mencionara en f), parece que el único aparato de todo el hotel era para uso exclusivo de Eduviges por la noche y de Felicitas durante el día. ¡Y cuidadito que alguien pidiera ver algún programa que no fuera Crónica TV!
h) Servicio de despertador. Ah, bueno. Aquí es donde entramos de lleno en un tema azaroso en lo que a servicios de hostelería concierne.
Que yo recuerde, el servicio de despertador de cualquier establecimiento hotelero consiste en una llamada telefónica realizada más o menos puntualmente desde la conserjería, a condición que uno haya dejado dicho, la noche anterior, a qué hora necesita abrir los ojitos por la mañana.
Pues bien, en el Damar, el servicio despertador no tenía nada que ver con este tipo de práctica generalizada, aunque debo mencionar que la mencionada prestación era brindada exclusiva y directamente por sus dueñas, por lo menos a nosotros, que teníamos la ventana de la habitación justo enfrente de la ventana de la cocina-cafetería-bar, feudo privado de Felicitas, Eduviges y Nelly.
Con Loli lo descubrimos a la mañana siguiente de nuestra llegada cuando yo, que admito ser algo remolón para despertarme y que tengo el sueño bastante pesado, empecé a escuchar algo parecido a un cotilleo de feria, proferido en voz lo suficientemente alta como para perturbar el sueño de un enfermo al que se le ha administrado anestesia general.
–¡Esto no puede ser! ¡No-pue-de-ser! –dijo, con un alto grado de indignación, la voz que luego identificaría como la de Eduviges.
–¿A vos te parece? ¿Te parece, ehhhh? – replicó otra voz femenina, que un instante después reconocería como la de Felicitas–. ¿Pero qué más quieren por lo que pagan, ehhhh? –agregó, levantando en ciento veinte decibeles el tono.
En ese momento pegué un salto y me incorporé. A mi lado Loli, con los ojitos chinitos de sueño, me miró espantada, se acomodó boca abajo y se tapó la cabeza con la almohada.
Esa pregunta de Felicitas provocó una airada respuesta irreproducible por parte de Eduviges que, en cierto momento de su discurso, aprovechó para darle pie a Nelly a dar su opinión y reforzar al mismo tiempo su parecer, cuando dijo: “¿Noooociertoooo Neeeelly?”
Claro que le parecía cierto a Nelly, quien apoyó sin duda alguna y enfáticamente a su patrona.
Resulta imposible reproducir –y recordar–, todo lo que escuchamos mientras con Loli nos aseábamos con rapidez y nos vestíamos con celeridad para salir lo más pronto posible de la habitación. Pero en síntesis, el tema de las tres mujeres –en algún momento recuerdo haberlas asociado con las Erinias, esas perras rabiosas de la mitología griega–, constituía una retahíla de quejas y más quejas contra los presuntuosos y exigentes pasajeros que a juicio de ellas, pretendían tener el servicio del hotel Montecarlo de Mónaco a cambio de los miserables “Cienpesos¿tedascuenta?cienpesos” (así, todo junto como una letanía y con el tono exasperado de quien se siente vulnerado en su dignidad), que pagaban por el hospedaje.
No sé si alguno de los lectores se ha sobresaltado –como me pasa a mí–, cuando suena la campanilla del teléfono por la mañana. Pero sí sé que más de una vez, luego de la conmoción inicial, volví a recluirme en el sueño durante quince o veinte minutos más, lo que demuestra sin duda alguna que el servicio de despertador de cualquier hotel puede considerarse ineficiente si se lo compara con el Damar.
Ese fue la primera y última vez que tomamos el desayuno incluido en la tarifa, y no sólo por la calidad y cantidad de lo que servían, ya que después que Nelly me fulminara con la mirada cuando me atreví a pedirle con total impunidad, un vaso pequeño de leche fría para tomar mi aspirina de la mañana y después de presenciar, entre atónitos y espantados, cómo Eduviges echaba a un eventual pasajero que tuvo la osadía de pedir ver las habitaciones antes de registrarse y pagar, nos quedaron muy pocas ganas de repetir la experiencia.
También, a la noche siguiente, conocimos a Matías, El Bobeca Menor, digno hijo de su padre, pero en versión corregida y aumentada, que nos respondió con un gruñido de jugador de rugby neocelandés nativo, cuando lo saludamos al entrar.
De los otros servicios adicionales, no puedo hablar con propiedad, puesto que ni se nos ocurrió usar el teléfono para hacer una llamada local y no necesitábamos enviar fax a nadie y para nada, ni recurrir al servicio de lavandería. Menos aún atrevernos a usar el servicio de “Bar las 24 horas” del Damar, para no despertar las iras de los propietarios del establecimiento. Y como ni tengo ni conduzco automóviles, ignoro si existían las publicitadas cocheras, a disposición de los pasajeros que pudieran necesitarlas.
De lo que no me cabe duda alguna es que de todos los lugares en los que nos hemos alejado, el establecimiento propiedad de Felicitas y Eduviges, regenteado en parte por su sagaz sobrino, quedará en nuestro recuerdo por ser el lugar en el cual menos tiempo hemos pasado.
Anteayer, regresábamos de Carlos Paz y cuando el minibús pasó por la puerta de ese lugar de pesadilla, con Loli cruzamos una mirada de entendimiento y reprimimos como pudimos una palabrota de esas que llevan a las madres a amenazar con lavarle la boca al nene con el cepillo de cerda.
Esta fue, queridos amigos, la peor experiencia que hemos tenido con Lolita en materia de alojamiento en los tres años que llevamos encontrándonos en La Docta.
¿Quién nos habrá mandado a caer en semejante lugar, ehhh?
Y colorín, colorado, esta historia se ha acabado porque, no da para más o, mejor dicho, No Damar...

El Profesor
PD: Las imágenes son elocuentes. Los repetidos links (ojo que son dos direcciones web diferentes, ¿eh?) son para que después ningún lector desprevenido tenga derecho al pataleo. Nosotros, le avisamos y el que avisa, no es traidor. Je.

miércoles, 24 de febrero de 2010

Sala de profesores

¡Uh! ¡El viejo no llegó todavía! Lo estamos esperando... (SMS recibido el 16 de febrero de 2010 19:47)
Tranquila, Princesita… Ya va a llegar. (SMS enviado el 16 de febrero de 2010 19:49)
(…)
¡Todavía no vino! Con los otros chicos ya no sabemos que hacer... (SMS recibido el 16 de febrero de 2010 20:26)
¿No hay nadie a quien preguntarle? ¿En la secretaría? ¿En la sala de profesores? (SMS enviado el 16 de febrero de 2010 20:29)
(…)
¡Es un atorrante! ¡No sabés lo que hizo! Cuando llegue a casa te cuento… (SMS recibido el 16 de febrero de 2010 20:41)
Sí, mi amor… Tranquila. Avisame cuando llegás (SMS enviado el 16 de febrero de 2010 20:44)

Ese martes 16 de febrero, Loli tenía que dar el último examen. Ya había aprobado el escrito (aunque aún no lo sabía) y sólo le faltaba el oral. El atorrante de marras del mensaje no es otro que el profesor que, cuando terminaron de rendir el escrito, les ofreció y les dio a los alumnos su número de celular para que, durante el fin de semana, pudieran preguntarle cómo les había ido, porque en base al resultado, tenían que presentarse o no ese día.
Durante el fin de semana, Lolita se gastó los dedos llamando y nadie contestaba la llamada. Ante situaciones como éstas, no puede con su ansiedad, y es comprensible.
Hice lo posible por serenarla porque sé qué se siente en situaciones similares, así que le expliqué que a lo mejor el tipo no había terminado de corregir, pero que seguramente el martes 16, iban a estar los resultados en la cartelera, que en la UNC se llama “box”.
El profesor los había citado para las siete de la tarde. Como habrán leído, a las nueve menos cuarto de la noche, Loli estaba volviendo para la casa en un taxi, hecha una furia.
¿Qué había pasado? El tipo no aparecía por ningún lado y en la cartelera, la nota no estaba. Loli tomó la iniciativa y se fue hasta la sala de profesores para ver si estaba ahí, y la encontró así de vacía.



Por fin, a las ocho y media, hartos de buscarlo por todo el edificio, sin saber qué hacer y con el temor de perder la fecha de examen, apareció uno de los compañeros que dijo tener otro número de teléfono del tipo. Lolita no vaciló ni un instante y lo llamó.
–¿Profesor? –dijo.
–¿Sí? –contestó la voz, del otro lado del teléfono.
–Estamos acá, esperándolo...
–¿Cómo esperándome?
–Y sí... Estuvimos esperando para conocer las notas y dar el final...
–Bueno –contestó tan campante y desfachatado, el tipo–, yo estuve ahí y no los ví.
–¿Adónde estuvo? Lo buscamos por todos lados y...
–En la facultad, tomando examen –dijo, con total desparpajo.Y siguió arguyendo que había estado tomando examen a un alumno en la sala de profesores.
¡No quieran saber cómo se puso Lolita!
Era ostensible que el señor-docente-atorrante no había estado ahí, quizás ni siquiera había ido a la facultad, y no tenía la decencia ni era capaz de admitirlo.
Preguntado que fue por los alumnos acerca de para qué les había dado un celular que nunca comunicaba para saber cómo les había ido, les contestó que se había equivocado de número y les había dado el del aparato anterior.
Resultado: los citó para el día siguiente sin siquiera exponer en la cartelera el resultado de los exámenes escritos.
–Vos aprobaste –le dijo a Loli–. Presentate el jueves 18 a las cinco de la tarde, que te tomo el oral.
Era ostensible que el señor-docente-atorrante no había estado ahí y que recién llegaba.
Preguntado que fue por los alumnos acerca de para qué les había dado el número de celular que nunca comunicaba, les contestó que se había equivocado de número y les había dado el del aparato anterior.
Y así fue. El jueves, vuelta a la facultad, a las cinco de la tarde y, ¿a qué no se imaginan qué hizo el mentado docente? ¡Sí! ¡Claro! ¡Llegó tarde otra vez!
(…)
El viejo chanta vino tarde... Pero ¡aprobé con 7, mi vida! ¡Por finnn! (SMS recibido el 18 de febrero de 2010 19:18)
¡Qué bueno, princesita! ¿Viste que todo iba a terminar bien? (SMS enviado el 18 de febrero de 2010 19:25)

(Conversación telefónica mantenida el 18 de febrero de 2010 a las 21:30 horas)
–¿Sabés, gordi? A veces no entiendo cómo la gente puede ser tan irresponsable, desgraciada, mentirosa y fastidiosa. Peor aún cuando además ostenta un título universitario...
–Loli, Loli… Un título universitario no es garantía de honestidad, seriedad, veracidad, responsabilidad y don de gentes.
–Mjm…
–Yo que vos, Princesita, me iría preparando para enfrentarme a muchos tipos como ése en la carrera. Lamentablemente, hay más de los que debería. Y pensar que se autotitulan “Profesores”, así, con mayúsculas. Por eso, por la importancia que se dan y que creen que tienen, es que se permiten este tipo de arbitrariedades y de falta de respeto hacia los alumnos.
–¿Y ¿cómo llegaron a ser profesores?
–¿Qué decirte? ¿Como llegan los políticos al poder? Y vos ya ves los resultados.
–¿Y no se puede hacer nada?
–Mirá… lo que yo te sugiero es que anheles lo mejor y te prepares para lo peor. De manera que si sucede esto último, no te toma desprevenida. Y si sucede lo mejor, te va a sorprender y te vas a alegrar mucho.
–Papi..
–¿Mhhh-hh?
–Gracias por ser como sos conmigo, mi amor. Sos el mejor regalo que la vida me ha hecho.
–Loli, yo…
–Shhh… dejame que te lo diga: sos el que me da paz y me tranquiliza en los peores momentos, el que me consuela, el que me sostiene para que no me caiga, el que me impulsa. ¡Gracias, Papi!
–Mi chiquita…
–Además, ¿sabés? Sos el que me hace latir fuerte el ♥ ¡Ji ji ji!


El Profesor

viernes, 12 de febrero de 2010

Lo mejor de tu vida...

–Papi...
–¿Qué te sucede, Loli? ¿Por qué esa carita..?
–Me siento mal... me duele la cabeza, debe ser el calor...
–No, Loli. No es el calor, vos sabés de qué se trata.
–No sé
(...)
–Bueno... shi... a lo mejor shé
–Sí, Loli. Sabés. Quizás te cuesta reconocerlo, pero lo sabés. Todos sabemos los que nos pasa, aunque nos cueste ponerlo en palabras.
–Mjm...
(...)
–Papi...
–¿Mhhh-hh?
–¿Por qué es tan difícil todo?
–Ah... Era eso...
–Mjm... Pero ¿por qué es tan difícil todo, Papi? Contestame...
–Porque el amor cuesta, Princesita. Y es justo que cueste...
–¡Ufa, sí! ¡Ya me lo dijiste! ¡Me lo sé de memoria! Y no me sirve de consuelo al hecho que cada vez más siento que quiero verte, pero parece todo más complicado.
–¿Te parece? ¿Más complicado que antes?
–Bueno... no... no es más complicado que antes, y tal vez porque ahora no es tan complicado, es que te extraño tanto.
–Pero si todavía no hace ni una semana que estuve allá, Loli. Fuimos a Pekos, pasamos unos días muy lindos, festejamos el cumple en tu casa, dormí en tu camita, me dí una ducha en tu baño... Todo eso, hace dos años, no eran más que sueños.
–Sí, pero ahora no sé cuándo vamos a volver a vernos...
–Puede ser que no lo sepas y yo tampoco, pero así son las cosas, Princesita. Mirá, cuando todo es fácil, cuando no hay que hacer un esfuerzo de generosidad de espíritu, cuando tenemos todo... ¿cómo sabemos que es amor lo que sentimos, Loli? Si tenemos todo ¿no será comodidad? ¿No será que nos confundimos con una ilusión? El amor cuesta, Loli... Y por cada momento de intensidad profundo, tenemos que pagar con monedas que pesan mucho, chiquita mía. Tenemos que extrañar, sentir la ausencia, creer que el mundo se nos viene abajo...
–¿Y eso es amor, Papi?
–Sí, mi vida. Es como la virtud, ¿ves? Si no cuesta trabajo, no es virtud, es un regalo.
–Ah...
–Mirá: cuando leo los comentarios que nos dejan quienes nos leen me da la sensación que creen que para nosotros todo es fácil. Creo que el hecho que contemos lo mejor de nuestra relación, los fascina a tal punto que creen que para nosotros todo es sencillo. No sé si se imaginan que nos separan muchos kilómetros y que cada viaje tuyo y cada viaje mío nos cuesta, y mucho, y que todavía la vida no hizo lo necesario para que podamos estar juntos todos los días. ¿No te parece?
–Sí, Papi, a lo mejor es así.
–Pero también puede ser que quienes nos leen y nos dejan sus palabras de aliento saben o suponen que nada es tan fácil ni ideal. Que el amor cuesta, y cuesta mucho.
–Sí, Gordi. Lo que digas va a ser correcto, pero la realidad es otra. Pasa que me duele la distancia.
–Loli, a mí también me duele la distancia y yo...
–Sí, sí, ya sé... vos me lo dijiste antes de que te conociera. Me avisaste que iba a ser así y en ese momento yo no pensaba en la realidad. Y, la verdad, no me sirve de consuelo.
–Es parte del aprendizaje de la vida, mi pequeña. Sólo cuando la idea se te haga carne y puedas afrontar las dificultades y comprender y ser paciente, esos escollos que nos pone la vida no van a parecer tan insalvables, Loli.
–¿Siempre es así, Papi?
–Sí, mi amor. Y como te dije antes, para vivir el amor con plenitud, tenemos que dejar de lado el intelecto y sólo escuchar al corazón. Porque, después de toda esta larga vida mía si hay algo que aprendí es que la vida sin amor, no tiene sentido. Que el corazón tiene razones que la razón no comprende. Que llegar al final de este largo viaje que es la existencia sin haber amado, es como no haber vivido. Que el amor se pone a prueba en los momentos difíciles, cuando lo único que tenemos por delante es la incertidumbre. ¿Ves por qué te repito hasta el hartazgo que el amor cuesta y es justo que cueste?
–(...)
–Papi...
–Mhhh-hh
–¿Entonces nada es fácil en esta vida?
–No, Princesita. Nada es fácil. Algunas cosas son más fáciles que otras, es cierto. Pero nada es fácil.
–(...)
–Papi...
–¿Qué mi cielo?
–¿Podés abrazarme fuerte, fuerte?
–Sí, claro... ¡Vení para acá!
–Papi...




–¿Mhhh-hh?
–Sos un gran novio… ¿Sabés?
–¿Ahá? Y... ¿por qué soy un gran novio?
–Porque sos un gran novio. Porque sí. Porque lo digo yo. Porque siento que lo mejor de tu vida me lo he llevado yo... Lo mejor de tu vida lo he disfrutado yo...


El Profesor

Foto: Massimiliano Uccelleti

viernes, 1 de enero de 2010

Luna llena

–Gordi... ¿Viste? Hay luna llena.
–Ajá. El año va a comenzar con esa luna, Loli. Y con lluvia.
–¡Ufa! ¿Cómo sabés?
–Por el halo que tiene alrededor, Princesita.
–¿No te parece romántica?



–Sí. Cuando un hombre y una mujer se aman, la luna llena parece romántica, es cierto.
–¿Parece?
–Mhh-hh. Algunos pueblos creían que esa luna provoca insomnio temporal y hasta demencia, Loli. Otros creían que era cuando aparecían los licántropos, los hombres-lobo...
–¡Mmmm! ¿Como cuando te digo que parecés un lobo?
–Algo así, chiquita. Es una luna misteriosa, la luna llena.
–¿Misteriosa?
–Sí, enigmática. ¿Sabés? La usaron para la tapa de un librito que me regalaste, “Querer es poder”. Y me llama la atención lo que escribiste en la dedicatoria. ¿Te acordás?: “Que estas profundas reflexiones de vida te ayuden y te sirvan de guía en los momentos difíciles. Con todo cariño... tu princesita que te ama, 20/3/09”.
–Shi...
–¿Sabés? En todo el libro encontré enseñanzas, y posiblemente la que más me hizo reflexionar es un párrafo que tiene que ver con nuestra relación, Loli.
–¿Cuál, Papi?
–Unos párrafos... A ver si te acordás:

“Cada día que comienza es una nueva oportunidad; cada día que comienza es MI oportunidad para ser feliz si no lo soy, pero para eso debo estar dispuesto a cambiar, a dar YO el primer paso, a cambiar aquellas cosas que me atrofian. El momento es AHORA, el tiempo es éste. EL PRESENTE ES LO QUE CUENTA, porque es el único momento en que pasaré el resto de mi vida, ni en el pasado ni en el futuro. SÓLO EN EL PRESENTE SERÉ FELIZ. Pero para ello, debo movilizarme, buscar nuevas alternativas, nuevos rumbos si es necesario y trabajar y actuar por el bien común, sabiendo que si hago feliz en mi andar a quien me acompaña por el camino, YO también voy a ser feliz.
”Debo dar el primer paso, sin esperar nada a cambio, sin prisa pero sin pausa, buscando en los pequeños detalles, sin olvidar mi objetivo principal, porque todo, por mínimo que parezca, es importante.
”Atendiendo las necesidades del otro cuando acude a mí, eso también me dará felicidad, porque si soy solícito con el otro, así me responderá la vida a mí también.
”El egoísmo, en la vida, me lleva a la nada.
”La vida es un eterno andar, por lo tanto no te quedes de brazos cruzados, esperando que vengan por ti. La felicidad llega cuando tú vas en busca de ella”.*

–¿Te acordás de esos párrafos?
–Sí, Papi.
–¿Ves? Vos a veces me decís que aprendiste muchas cosas de mí. Pero yo también aprendí muchas, muchas cosas de vos.
–Shi...
–Por ejemplo, a vivir hoy, en el presente. A dar gracias por tenerte acá, hoy. Por la Navidad que pasamos juntos, y por cada momento de este presente nuestro.
–Shi, mi amor. La luna estuvo ahí casi toda la semana, ¿viste?
–Ajá. Y, como te dije, el año va a empezar con luna llena...
–Me gusta ver la luna llena acá, hoy, con vos. Es muy romántico...
–Sí, mi vida.
–¿Sabés que te amo?
–Sí, Princesita.
–Y siempre te voy a amar, Papi.
–(...)
–¿Qué pasa gordi? ¿Por qué te quedaste callado? ¿En qué pensás?
–Mhh-hh...
–Dale, decime. ¿Qué pensás?
–Pienso que hoy sé y siento que me amás, Loli... Y disfruto de este momento, porque me parece que “siempre” es demasiado tiempo.


El Profesor

* Perfetti, Fernando, compilador. “Querer es poder”, Editorial Santa María, Buenos Aires, 2008.

domingo, 20 de diciembre de 2009

Momento de decir adiós...

–¿Por qué te gusta tanto esta canción, Papi?
–Porque parece escrita para nosotros, Loli.
–Pero si es una despedida... Mirá cómo se llama.
–No todo es lo que parece, Loli. ¿La escuchaste bien?
–Me gusta, aunque parece triste, y no sé por qué. Es que no comprendo lo que dicen, no entiendo el italiano.
–Bueno, entonces vamos a ver si podemos traducirla, ¿te parece?
–Sí, Pa... ¿a ver?

Quando sono sola
sogno all’orizzonte
e mancan le parole.
Si lo so che non c’è luce in
una stanza quando manca il sole.
Se non ci sei tu, con me, con me.


Cuando me inunda la soledad y tristeza
sueño despierta con el más allá
y se me hace un nudo la garganta.
Me doy cuenta que en realidad no hay luz
en un aposento al que no le pega el sol,
si no estás aquí, conmigo, junto a mí.


Su, le finestre
mostra a tutti il mio cuore
che hai accesso.
Chiudi, dentro me
la luce che,
hai incontrato per strada.


En las húmedas ventanas del alma
muestro a todo el mundo mi corazón
al que solamente tú tienes el acceso.
Pero por fin se acerca, dentro de mí,
la luz de esperanza que siempre
he estado aguardando en el camino.


Time to say goodbye
Paesi che non ho mai
veduto e vissuto con te,
adesso sì li vivrò.
Con te partirò,
su navi per mari
che, io lo so,
no, no, non esistono più,
it’s time to say goodbye.


Ha llegado el momento de partir,
de ir a conocer países que nunca
he visto y compartido contigo,
ya por fin se me hará conocerlos.
A tu lado me reuniré y partiremos
en navíos cruzando los anchos mares,
los cuales sé bien, ya no, no...
no representarán ningún obstáculo.
Es el momento de decir adiós.


Quando sei lontana
sogno all’orizzonte
e mancan le parole,
e io si lo so
che sei con me, con me,
tu mia luna tu sei qui con me,
mio sole tu sei qui con me,
con me, con me, con me.


Cuando más te echo de menos
pienso en ti a través del horizonte
y no queda más que inundar este vacío.
Aunque sé bien que en el fondo
estás aquí conmigo, acompañándome.
Tú mi luna, estás aquí a mi lado.
Mi sol, estás aquí presente...
conmigo, junto a mí, aquí amor.


Time to say goodbye
Paesi che non ho mai
veduto e vissuto con te,
adesso sì li vivrò.
Con te partirò
su navi per mari
che, io lo so,
no, no, non esistono più


Pero ya es tiempo de dejar todo atrás,
de recobrar los momentos perdidos
que no hemos compartido juntos
por fin pronto los reviviremos.
Contigo me marcharé lejos
surcando las grandes inmensidades
las cuales de seguro, ya...
ya dejarán de ser un gran carga.


con te io li rivivrò.
Con te partirò
su navi per mari
che, io lo so,
no, no, non esistono più,
con te io li rivivrò.
Con te partirò

Io con te.


Recobraremos el tiempo perdido.
Juntos empezaremos otra vez
a construir nuevos y grandes
proyectos, que sé muy bien que
ya no, no.. no existen más hoy.
Pero junto a ti los levantaremos,
contigo emprenderé la marcha.

Ahí estaré contigo...


–¡Snif!
–¿Qué pasa, Loli?
–Era verdad, Papi... No era una canción de despedida... es una canción de esperanza, de deseo... Es despedirse de otra vida para empezar una nueva, con todas las ilusiones...
–¿Ves por qué me gusta tanto, Princesita?

El Profesor

Título: “Reconstruyendo Sueños Perdidos”
Subtítulo: “Momento De Decir Adiós”
Interpretación personal, no es traducción literal,
basada en el posible significado de la canción
“Time To Say Goodbye” (Original)
Letra original en italiano escrita por:
Lucio Quarantotto
Interpretación escrita por: Antonio Ayora


viernes, 2 de octubre de 2009

Chispitas

–Papi...
–¿Qué te sucede, Loli? ¿Por qué esa carita..?
–Me siento mal... siento una cosa en la pancita...
–¿Sabés de qué se trata?
–No...
(...)
–Bueno... shi... nu shé
–Sí, Loli. Sabés. A lo mejor te cuesta reconocerlo, pero lo sabés. Todos sabemos los que nos pasa, aunque nos cueste ponerlo en palabras.
–Mjm...
(...)
–Papi...
–¿Mhhh-hh?
–¿Por qué es tan difícil todo?
–Ah... Parece que sabíamos qué nos pasaba, ¿eh?
–Mjm... Pero ¿por qué es tan difícil todo, Papi? Contestame...
–Porque el amor cuesta, Princesita. Y es justo que cueste...
–¡Ufa, sí! ¡Ya me lo dijiste! ¡Me lo sé de memoria!
–Puede ser que lo sepas, pero tenés que aprender a vivirlo. A que deje de ser un conjunto de palabras, un mero postulado intelectual. Tenés que aprender a sentirlo, a vivenciarlo, a hacerlo parte de tus principios de vida.
–¿Y eso es amor, Papi?
–Sí, cuando la idea se te hizo carne y el concepto es parte de tu vida, empezás a conocer el amor, Loli.

Cuando comprendas que el amor es pasión, es obsesión, es sentirte feliz hasta el delirio. El día que hagas parte de tu ser que el vivir si te falta la persona a la que amás, no es vivir, el día que sientas que perdés la cabeza y que estás enamorada con locura de alguien que te ama de igual manera, ese día vas a comprobar qué es el amor.
Pero para eso, tenés que dejar de lado el intelecto y sólo escuchar al corazón. Porque, después de toda esta larga vida mía si hay algo que aprendí es que la vida sin amor, no tiene sentido. Que llegar al final de este largo viaje que es la existencia sin haber amado, es como no haber vivido.
Que el amor se pone a prueba en los momentos difíciles, cuando lo único que tenemos por delante es la incertidumbre.
¿Ves por qué te repito hasta el hartazgo que el amor cuesta?
Y es justo que cueste.
Porque si nos fuera dado así nomás, como bien heredado: ¿cómo podríamos discernir qué es amor y qué no lo es?
Sé que con el paso de los años, tiendo a repetir algunas cosas, Loli. Las más importantes. Esas pocas perlas de sabiduría que he adquirido viviendo y equivocándome.
Pero en este punto del camino, y pese a que este es un mundo incierto puedo asegurarte que tienes que intentar, por lo que más quieras, vivir el amor tal como te lo describo. No hay otra forma.
(...)
–Papi... ¿aunque cueste, vale la pena amar como me lo explicaste?
–Sí, Loli... a ver... ¿cómo te lo explico?
–Nu shé...


–Con una metáfora, Princesita. Mirá: el amor son las chispitas de luz que nos iluminan el camino, las estrellas en el cielo oscuro de la noche, que guían al marino para llegar a buen puerto. Porque esas estrellitas de felicidad tan intensa son las que nos ayudan a sobrellevar el infortunio, los dolores y los obstáculos que nos cruzamos durante nuestro paso por este mundo, mi chiquita. ¿Ves?
–Sí, veo.
–¿Sabés por qué te explico todo esto, Loli?
–¿Por qué?
–Porque te conozco y puedo predercirte esto, mi niña: vos no fuiste hecha ni viniste a este mundo para sentarte debajo del árbol de la vida, para mirar cómo pasa. Porque vos naciste para participar del banquete que es la existencia del ser humano, y no para comerte las sobras.
–Papi...
–¿Mhhh-hh?
–Mirá el cielo.
–Mhhh-hhh.
–Está todo salpicado de estrellitas. De chispitas. ¿Todas esas son de felicidad?
–Sí, Loli. Están ahí para que vayamos a buscarlas.
(...)
–Papi...
–¿Qué, mi pequeña?
–Sha me siento mejor, ¿sabés?
–Vení, bonita. Acurrucate acá, en mis brazos y dejá que te llene de besos, Loli.

El Profesor

viernes, 25 de septiembre de 2009

Con vos aprendí

–¿Sabés, Papi? Yo desde que te conocí te empecé a amar. Quizás fui la única mujer que se apasionó con vos sin conocerte y te empezó a tener tanto afecto a la distancia durante los seis primeros meses de no vernos las caras. Y siento que te entregué todo. Que di lo mejor de mí.
–Es cierto, Loli.
–Te di mi inocencia, mi ternura, mi virginidad. Me entregué por completo. Porque tenía muchas ilusiones, expectativas y sueños. Vos fuiste y sos mi primer amor, Papi. Vos tuviste muchas experiencias de amor antes, se supone que debería resultar más sencillo. En cambio para mí todo era nuevo...
–El primer amor, Loli, es así. Es la entrega sin reticencias, sin armaduras, vulnerable. Es como el amor de un chiquito, ¿ves?
–Pero por lo visto lo hice bastante bien. Porque creo que te hice un poquito feliz en todo este tiempo.
–¿Un poquito? ¿En serio creés que me hiciste sólo “un poquito” feliz? ¡Loli! Vos me diste más felicidad en dos años de la que yo pueda recordar en toda mi vida.
–¿Y vos? ¿Cómo te enamoraste vos? Porque siempre tengo que decirte que te expreses. Dale, contame. Dale...
–Yo me enamoré despacito, Loli. Y es que a mi edad, después de toda una vida, me había acostumbrado a vivir con reservas, protegido con una coraza. Cuando se ha vivido todo el tiempo que viví yo, la cabeza muchas veces nos juega malas pasadas y nos hace pensar en cosas que ocurrieron y no tienen porqué volver a suceder y a cuidarnos que no nos hagan daño, y así nos vamos olvidando que hay que escuchar al corazón, que nunca nos miente.
–Papi... Y vos, ahora, ¿lo escuchás?
–Con vos aprendí, Loli, a escuchar más al corazón que a la mente. Con vos aprendí a “expresarme” y me di cuenta que si uno siente que ama, le pasan cosas extrañas, como cuando era adolescente. Con vos aprendí que se puede amar, pese al miedo que a veces nos provoca el entregarnos sin restricciones. Que vale la pena correr el riesgo, porque de lo contrario lo más probable es que llegue el día en que uno no pueda evitar pensar “¿Y si lo hubiera hecho?” Y eso debe ser muy pero muy triste, mi chiquita.
–Papi...
–¿Qué, Loli?
–Todos nos equivocamos, ¿sabés? Yo también con vos aprendí, y era como me decías: quizás las cosas feas y tristes que uno pasa en la vida, no son tan graves.
–Claro, Loli. Somos humanos, al fin y al cabo.
–Entonces, si yo te ayudo a curarte el corazoncito, como yo a veces no puedo dejar de tener miedo como vos y no sé cómo hacer, ¿podrías ayudarme a no sentirlo?
–Si la vida nos da la oportunidad, mi cielo, claro que te voy ayudar cada vez que te pase. ¿Te acordás del miedo que pasaste en diciembre?
–Sí, me acuerdo...
–¿Viste que hoy, ahora, no es tan grave?
–Ajá.
–En ese momento te lo dije, pero no podías comprenderlo, Loli. Ahora, después que pasó el tiempo, lo entendés y al entender, el miedo se va. Bueno, así te voy a ayudar. Como ese día. Todos los días. Vamos a ver si podemos hacer en breve ese sueño que ambos tenemos y todos los días voy a estar con vos, para ayudarte a vencer los miedos. Así, de esa manera, si yo te ayudo a vos con tus miedos y vos a mí con los míos, vamos a poder vivir una linda vida, querida mía.

–¿Y me vas a abrazar fuerte cuando sienta miedo?
–Muy fuerte, claro.
–¿Y me vas a hacer mimos? Porque los mimos son importantes para el corazón, ¿sabías?

–Te voy a hacer tantos, pero tantos mimos que te vas a empalagar, Loli.
–Gordi... ¿sabés una cosa?
–¿Qué, Loli?
–Te amo.
–Y yo te amo a vos, bichito.
–Con vos aprendí a amar, Papi.
–Y yo con vos aprendí que el amor existe, es real y es posible.
–Shi...
–Loli...
–¿Quép?
–¡Feliz mes aniversario, mi amor! ¿Te diste cuenta? Regresaste como un regalo, en el día 24, una fecha que es un símbolo para nosotros. Volviste, como un maravilloso obsequio de la vida.
–¡Feliz día, gordi! ¡Te acordaste! ¡Cuánto me alegra que recuerdes ese día!

(...)
–Papi...
–¿Mhhh-hh?
–¿Sabés que sos un amor, hermosho?

–¡Ay, Loli!

Después de haber vivido todos estos años en este mundo donde nada es seguro, con Loli aprendí que lo único seguro que tenemos en esa vida es el amor, cuando nos es dado el privilegio de ser amados.

El Profesor


Foto: Thomas W. Cheney

jueves, 17 de septiembre de 2009

Matemos al mensajero


Hoy, a las oce y veintiún minutos de la mañana, recibí el siguiente comentario, que publiqué y contesté en el acto, porque estaba conectado:


Acabo de encontrar en l historial de mi hija de 14 años este blog de
porqueria.no sabia que existia tal malandraje.degenerados ,ya les va atocar con
sus propios hijos,corruptores de menores!!!!!!!!



Por supuesto, era un Anónimo.
A ver, empecemos por el principio.
Quien haya sido que escribió esto –papito o mamita–, parece tener alguno de estos problemas:
a) No sabe leer;
b) Sabe leer, pero tiene un serio problema de lecto-comprensión de textos;
c) No leyó e hizo una inferencia por el nombre del blog;
d) Es alguien que conoce nuestro blog y tiene ganas de joder.
Quizás hubiera sido más fácil no publicar el mensaje y ya, a olvidarme del tema. Pero es que no puedo. ¿Por qué no puedo? Porque me indigna. ¿Por qué me indigna? Porque dejó el comentario en uno de los post menos indicados para dejar ese comentario.
Gracias, Loli es uno de los post con más sentimientos genuinos que he escrito en los últimos tiempos, reproduciendo un fragmento de una carta muy profunda y sentida de Lolita, escrita por correo electrónico desde Catalunya, en un momento muy especial y ante un problema serio, del cual yo no quería hablar para que nada le estropeara el viaje.
¿Coincidencia?
Descreo de las coincidencias.
De manera que infiero que es alguien que conoce nuestro blog y tiene ganas de joder. Más aún: de eso, no me cabe duda.
Ahora bien, si resultare cierto que fue una mamá o un papá indignado porque le revisó la computadora a su hija y en el historial encontró que había entrado a nuestro blog y nos leyó, y en el supuesto que la jovencita en cuestión tiene catorce años, me pregunto: ¿qué tenemos que ver nosotros? ¿Cómo podemos controlar que su nenita no entre a nuestro espacio?
Señora, Señor o quien demonios fuere: en principio, en el blog está bien claro (hasta con una fotito) que no son textos recomendados para menores de edad. De hecho, nuestro rincón más zafado, lo hemos restringido sólo a invitados que, previamente, tienen que pedirnos autorización.
En segundo lugar, ¿no será que usted no se ocupa de su nena excepto para revisarle la computadora cuando no está? ¿No será que no se ocupó, en su momento, de enseñarle de qué va la vida? ¿No será que como en su casa el amor es algo que usted no puede comprar con su tarjeta de crédito gold, entonces la nena tiene que ir a aprenderlo a otro lado?
No pretendo que usted, Anónimo, se lea todo el blog. Pero si dejó el comentario en ese post –justamente en ese post–, por algo lo hizo. Y, para abrir un juicio algo debió haber leído. Y si leyó, se habrá dado cuenta que este no es un blog de pornografía, sino más bien, una historia de amor.
¿No será, Anónimo, que como usted no conoce el amor si no lo paga con su tarjeta gold, hace espejo, le da envidia y monta en cólera?
No abro juicio acerca de su hijita –porque no conozco la situación–, ni cómo está pasando la adolescencia, pero yo que usted, en vez de matar al mensajero, empezaría por ocuparme del contenido mensaje y las consecuencias futuras..
Y el mensaje que le da su hija de 14 años, es bien claro: si a los catorce años lee este blog que no es de sexo sino de amor, es porque está tratando de aprender de qué se trata, ya que en su casa no se lo enseñaron. Por el contrario, los chicos aprenden a mentir y a esconder, porque los adultos se lo enseñamos.
Verdad universal, si la hay.
Claro que si lo hizo de puro envidioso/a que es usted, le digo que puede tener una o diez tarjetas gold, un piso en Las Cañitas, un Mercedes Benz, el placard rebosante de ropa y zapatos de marca y un catálogo completo de perfumes franceses, un plasma que ocupe toda la pared y un sauna con jacuzzi en el baño. Pero lo que nunca va a conseguir es que alguien lo/la quiera por lo que es y no por lo que tiene.
Por lo demás, tal como están las “nenitas” de catorce y quince años en estos tiempos, y por las cosas que hacen y que son de conocimiento público, mejor ocúpese de enseñarle –y no con palabras, sino con ejemplos–, cómo se hace para ser una persona íntegra en esta vida y no andar sermoneando al prójimo acerca de la moralidad con la bragueta abierta o la bombacha baja.
¿Consideró, aunque sea por un instante, que quizás el problema no seamos nosotros sino usted, que esconde su perversión detrás de una máscara de respetabilidad?
Aprendí, en esta vida, que los que más declaman "decencia y buenas costumbres", por lo general son los más corruptos. De hecho, está dando muestra de ello al revisarle la computadora a escondidas, y no en su presencia, que es como debería hacerlo. Porque sépalo: la privacidad de una persona no empieza a respetarse con la mayoría de edad. Empieza desde el momento mismo en que nace.
Pero claro... ¿cómo va a comprender esto?
Usted no puede.
Y, lo que es peor, además y creyendo que es tonta, debe mostrarse ante los ojos de su hija como lo que es: un canalla y cobarde que se esconde en el anonimato para fastidiarle la vida a sus semejantes mientras habla de los valores del ser humano hasta aturdir a todo el mundo, con tal de no escuchar la voz de su conciencia.
Porque no nos engañemos: si hace esto acá, también lo hace en todos los actos de su vida.

El Profesor

viernes, 21 de agosto de 2009

Oportunidades

–¡Qué lindo es esto! ¡Qué feliz me siento! –dijo Loli, enlazando sus dos brazos con el mío, y apoyando su cabeza en mi hombro.
Estábamos sentados en una piedra, descansando un poco antes de continuar la caminata –la “Excursión” del post anterior–, mirando el río y los árboles, en ese magnífico día soleado y fresco, en ese lugar privilegiado por la naturaleza y cuidado por el hombre en el cual, único que escuchábamos, era el murmullo del agua corriendo entre las piedras y el gorjeo de los pájaros.
–¡Gracias por hacerme tan feliz, Papi! –dijo, sin soltarme el brazo.
Con la mano libre le acaricié la carita y la miré a los ojos. Loli es muy bonita. Pero en ese lugar, en ese momento, era más hermosa aún.
–No, Loli –le contesté–. No me des las gracias a mí por tu felicidad. Dale las gracias a la vida, que nos dio la oportunidad de poder pasar estos días acá, ahora, antes de que tengamos que estar un largo tiempo sin vernos.
La besé en la cabeza, con mis labios rozando su cabello, y percibí su textura y su olor inconfundible y, como ella, me sentí por un instante exultante en ese estado de pureza, paz y plenitud.
No pude evitar pensar en las oportunidades, que están ahí, esperando por nosotros. Para que vayamos a su encuentro, esforzándonos para encontrar los medios que nos permitan vivir esos momentos de dicha. Porque la buenaventura espera que uno vaya a buscarla y la felicidad sólo nos es dada cuando salimos a su encuentro.
Ese breve lapso de tiempo compartido era ahí, entonces. Como un mensaje de que, en definitiva, lo que cuenta es el presente. Ni el pasado, ni el futuro. Ese instante único e irrepetible.
Quizás podamos volver otra vez a ese lugar. Tal vez volvamos a vivir otras circunstancias similares tanto o más plenas. Pero nunca más en nuestra vida, ni ella, ni yo, ni tampoco los dos juntos, vamos a tener la oportunidad de vivir ése momento preciso. Esa chispita fugaz de la eternidad, colmada de dicha, que nos fue obsequiada en La Cumbrecita.
Creo que este último viaje en el que nos encontramos, habrá marcado un antes y un después en nuestra relación. Siento que en cada momento, la vida nos está obsequiando –a ella, a mí, a los dos–, un regalo inapreciable: nos está dando una nueva oportunidad.
Y se queda esperando para ver si queremos aprovecharla.

El Profesor
Foto: La Cumbrecita, Provincia de Córdoba, agosto de 2009.

martes, 14 de julio de 2009

Relojito

Íbamos caminando de la mano por una transitada calle peatonal del centro de la ciudad. De repente, el Profe se detuvo ante una vidriera y se quedó observando detenidamente algo. Me acerqué y vi que estaba mirando relojitos de mujer, de esos que usan las señoritas elegantes.
–¿Qué mirás, papi?
–¿Te gustan, Loli?
–¡Me encantan!
–Creo que ya es momento de cambiar ese que llevás puesto. Si bien cuando te lo regalé te venía muy bien, creo que ahora debés tener algo más apropiado. Ya sos toda una señorita, mi amor.
Sonreí.
–Vení, entremos.
Entramos al local, donde además de relojes se exhibían también todo tipo de joyas y hasta alianzas de compromiso (Me quedé mirando unos instantes un par pensando –lo confieso– que ya llegaría, seguramente el momento de usarlas).
–¡Buen díaaaaa! –saludó el profe con su acostumbrada sonrisa y buen humor.
–Buenos días –respondió la señora que atendía el local–. ¿Qué los trae por acá? ¿Qué andan buscando?
–Un relojito para la señorita...
–¿Cuál podría ser? –Preguntó amablemente la señora.
–Le muestro –y le señaló en la vidriera tres que nos habían parecido muy bonitos (con el profe tenemos gustos muy similares).
La señora sacó los que le habíamos dicho y los puso sobre el mostrador. Eran todos realmente hermosos.
Me quedé mirando los tres y fui descartando, hasta quedarme con el que más nos gustaba a ambos: de acero, color metal, de agujas y con fondo oscuro.

Me lo probé y como me andaba suelto en la muñeca, un señor se encargó de adecuarlo y ajustarlo para que me fuera justo.
–¿Te lo vas a llevar puesto, pipi?
–No, prefiero estrenarlo esta noche...
Nunca había tenido un reloj tan bonito. Era un orgullo para mí lucir ahora algo tan bello.
Desde que me conoció, mi profe se encargó de transformarme en una señorita muy elegante. Por no mencionar el perfume francés que me regaló el primer día que nos vimos y que yo esperaba hace tiempo de tanto verlo en publicidades: Lolita Lempicka.
Esa noche, cuando fuimos a un evento social al que el Profe había sido invitado por cuestiones de trabajo, estrené mi relojito y la riquísima fragancia del perfume.
Al lado suyo, de blazer y pantalón gris, camisa y corbata y, distinguido como estaba, me sentí la mujercita más afortunada y bella del mundo.

Lolita

domingo, 5 de julio de 2009

Primer voto

El domingo 28 fue uno de esos días memorables que no se olvidan: por primera vez ejercí mi deber y mi derecho de ciudadana, de elegir a sus representantes y, lo mejor de todo, es que fui a votar acompañada por el Profe.
Esa mañana, luego de darnos un baño caliente, ver las noticias del momento y tomarnos un rico desayuno, nos fuimos en el colectivo que nos dejaba más cerca, hasta el colegio que me había sido asignado para votar y que queda a pocas cuadras de mi casa.
Como yo, él estaba muy emocionado de poder acompañarme en ese momento tan importante y significativo de mi vida.
Entramos al establecimiento, dimos una mirada al lugar hasta ubicar la mesa donde debíamos formar fila y nos dispusimos a esperar a que me llegara el turno, mientras el Profe me explicaba cómo debía emitirse el voto. Detrás de nosotros, una mujer joven no paraba de hablar por su teléfono celular, haciéndonos partícipes de su conversación acerca de temas personales, privados y hasta íntimos con su interlocutora que, por lo que pudimos deducir, podía ser la hermana, la prima o una amiga. Tengo que aclarar que el Profe tiene una peculiar aversión por los teléfonos celulares y, en especial, por las personas que hablan y ventilan sus asuntos delante de todos, como si estuvieran a solas en el living de su casa.
La fila correspondiente a la mesa donde yo debía votar era la más larga de todas y, quizás porque el único hombre era él, cada dos por tres se nos acercaba una mujer para preguntarle adónde estaba la mesa número tal, o si esa cola era la de los apellidos que comenzaban con las letras que iban de la P a la V. El colmo fue una señora mayor que le preguntó si esa era la cola de la letra Z, haciendo gala de un desconocimiento total acerca de la forma en que se vota, como si nunca antes lo hubiera hecho pese a su edad.
El Profe me miró primero a mí y después a la señora y en sus ojitos pude leer con claridad que estaba por mandarse una de las de las suyas.
–Señora, se vota por número de mesa –le dijo.
–¿Pero ésta cola es de la letra Z? –insistió la mujer, como si tuviera serios problemas de comprensión.
–Mhh-hh... A ver cómo se lo explico... –contestó él–. Tiene que consultar el padrón, señora.
–Mjm... ¿Y adónde están los padrones? –la señora no se daba por vencida.
–¿Ve aquel pasillo?
–Mjm...
–Bueno, si sigue por allá, va a encontrar los padrones en la pared... –le dijo el Profe, señalándole un pasillo–. Ahí va a poder encontrar la mesa en la que le toca votar.
La señora, sin darle las gracias, se marchó hacia donde él le había dicho.
–Papi...
–¿Mhhh-hh?
–¿Cómo sabés que los padrones están ahí?
–La verdad, no tengo ni idea, Loli.
–¿Qué? ¿No están ahí?
–No sé.
–¿Y por qué la mandaste ahí?
–Para sacármela de encima, Loli. Me fastidia que todas las señoras me vean cara de portero y me pregunten a mí.
–Jajaj... –no pude evitar soltar la carcajada–. ¿Y adónde la mandaste? Jajaj
–Ni la menor idea, Princesita –me contestó, con esa sonrisa traviesa que yo le conozco.
Creo que por la emoción de acompañarme a votar por primera vez, la joven que seguía contándole su vida privada en voz alta por celular a quien sea que fuere que la escuchaba, todas las mujeres que lo tomaron por el portero, y la cola, que iba medio lenta, terminaron por ponerlo un poco ansioso. Y cuando al Profe le da la ansiedad-mal, le dan ganas de fumar –debo reconocer que está haciendo un esfuerzo considerable para dejar el cigarrillo–, por lo que me dijo:
–Loli…
–¿Qué, mi vida?
–¿Vos tenés chicles?
–Mmmm… no. ¿Por qué?
–Preguntaba, nomás.
–¿Y vos desde cuándo comés chicles, papi?
–No mastico chicles, Loli. Pero es que como estoy muy emocionado por este momento, me dan ganas de fumarme un cigarrillo... –dijo, y antes que yo pudiera empezar a regañarlo, agregó: –Y no creo que quieras dármelos.
–Mi vida, ya te fumaste el de la mañana, y sabés que no quiero que fumes porque te hace mal a la salud –le dije, apretando las manos sobre mi bolsito-cartera, donde yo los tenía guardados después de confiscárselos.
–Bueno, por eso, entonces prefiero un chicle.
Pensé en salir a comprarlos afuera, pero en un costado del patio del colegio estaba abierto el kiosco del colegio.
–A ver, esperá, allá hay un kiosquito. Voy a ver si tienen. Vos, quedate acá en la fila, ¿sí?
–Sipi.
El kiosco tenía golosinas, así que regresé un minuto después con una cajita de chicles sin azúcar de esos que promocionan que ayudan a fortalecer y blanquear los dientes. Le di dos cuadraditos a él y yo me comí el resto, porque me encantan.
No pasaron ni diez minutos, cuando en determinado momento lo miré y vi que estaba metiéndose el dedo en la boca, como si estuviera hurgando en su interior. Parecía un chico, que con la boca abierta y el dedo índice rascando, intentaba quitarse algo pegado en el paladar.
–¡Papiiiiii!
–¿Mmmhhh-hh?
–¿Qué hacés?
–Mmhh... –me dijo, sin sacarse el dedo de la boca y sin importarle la gente que lo miraba–. ¿E dah uenta pohé unca omo shijle? –qué gracioso cómo hablaba.
–¡Uy, papi! ¡Me hubieras dicho que te pasaba esto!
–Mhhh-hh... ji...
–Bueno, ahora disimulá un poco para que no te mire tanto la gente...
–le estaba diciendo cuando se sacó el dedo de la boca con el chicle masticado.
–Shá stá... –me dijo, sonriente y empezó a mirar para todos lados.
–¡Pappppiiii!
–¿Qué pasa, Loli? –me preguntó, sin dejar de amasar el chicle entre los dedos, haciendo una bolita
–¿Qué hacés con el chicle?
–Estoy buscando un cesto de desperdicios para no tirarlo en el piso, mi vida, pero no veo ninguno –dijo–. Me fastidia pisar chicles masticados, así que no le voy a hacerle a otro lo que a mí no me gusta.
Así es él. Esa forma de ser y de razonar, es la que me cautiva.
Como una media hora después, me llegó el turno. Entregué mi documento, lo verificaron, me dieron el sobre y entré en el cuarto oscuro. Cuando salí, con una sonrisa de oreja a oreja, lo busqué con la mirada, emocionada. Se había acercado a la mesa y me sonreía. Me firmaron y sellaron el DNI, saludé a los miembros de la mesa y me fui hacia donde él estaba esperando, con mi bolsito-cartera colgado de su hombro.
Lo tomé de la mano y le dije:
–¡Qué feliz me siento, Papi! ¡Cómo me gusta que hayas estado conmigo este día!
Me sonrío, se inclinó hacia mí y me besó en la mejilla.
–¿Ya encontraste adónde tirar el chicle? –le pregunté, cuando salíamos.
–Shi... Ahí –me contestó, señalándome un cesto de basura.
–Bueno, ahora vamos a mi casa, así podés limpiarte esos dientes pegoteados...
–Mhh-hh...
–Además ya es casi la una, y mi papá debe de estar esperándonos con el asadito...
–Sí, Loli. Tu primera votación y este hermoso día, merece el asadito que preparó tu papá.
Salimos del colegio hacia mi casa, y me acuerdo haber pensado que si hace dos años alguien me hubiera dicho que el día de depositar mi primer voto iba a ser así, le hubiera preguntado con qué se había emborrachado.
¡En fin! Sorpresas que nos da la vida.

Lolita

martes, 2 de junio de 2009

Suavecito


La primera vez fue quitándome las prendas suavecito, hasta dejarme desnuda. Sin prisas se detuvo el tiempo necesario para adorar cada rincón y cada pliegue de mi cuerpo y del mismo modo, con esa calma que propicia el amor y el disfrute, besar mis labios.
Suavecito, de manera lenta, sin brusquedades, fue introduciéndose en mi vida, llenando todos mis espacios, ocupando todo mi corazón de adolescente y repartiendo luz y alegría en todos los rincones de mi ser donde antes sólo había oscuridad.
Con paciencia y suavecito, me ayudó a superar mis temores, mis desilusiones, a fortalecer la confianza, a conocerme más a mí misma.
Yo también, suavecito, fui intentando cicatrizar con mis mimos esas heridas que le dejó sin sanar su vida pasada.
Con mi delicadeza le fui enseñando a abrir su corazón a un nuevo amor, a expresar los sentimientos que se guardaba, a decir las cosas en el momento justo.
Con ternura le ayudé a calmarse cuando estaba enojado, a sonreír cuando estaba triste, a ver salir el sol en los días nublados.
Con infinita suavidad secó las lágrimas que empañaban mi mirada, me dijo las cosas más dulces que mis oídos escucharon y cuando más las necesitaba, me sosegó en mis momentos de rabia y me abrazó con fuerzas cada vez que me hizo falta.
Con paciencia fuimos aprendiendo a conocernos en profundidad, a aceptarnos con nuestras más hermosas virtudes y nuestros peores defectos, a comprender ciertas actitudes y reacciones del otro en ciertos momentos; a conocer nuestras motivaciones y a respetar nuestros tiempos.
Poco a poco fuimos cimentando nuestro amor con sólida confianza, sostenido por la comunicación, aprendiendo que, aunque duela, a las emociones hay que expresarlas para que el otro encuentre el modo de ayudar a paliarlas.
El amor es un proceso que se construye, se reconstruye y se fortalece todos los días.
La suavidad en el amor, la dulzura en los gestos y la ternura en las palabras son más que necesarios cuando dos personas, un hombre y una mujer, se deciden a compartir su vida y se dan cuenta que eso que sienten por el otro es nada más ni nada menos que amor.

Lolita

Foto: © José Manchado

viernes, 22 de mayo de 2009

Teté y María Pía


Como lo anticipó Lolita en el anterior post, el día que fuimos a ver “Nunca es tarde para amar” (Wolke Neun), cuando por fin pudimos entrar a la sala, los únicos espectadores éramos: nosotros, una señora sola que se ubicó detrás nuestro y un poco más arriba, y una pareja bastante mayor –quizás un matrimonio–, que llamó nuestra atención por la forma de tratarse, estar tomados de la mano sentados y secretear, con esa actitud enternecedora de complicidad de las parejas que compartieron en la vida lo bueno y lo malo, lo lindo y lo feo, disfrutando de los momentos gratos y sin esquivarle el bulto a los difíciles, comprendiéndose y apoyándose.
Y también, unos minutos antes que se apagaran las luces, aparecieron tomadas del brazo y buscando una ubicación, Teté y María Pía.
Bueno... en realidad no sabemos, con Loli, si se llamaban así. Quien les atribuyó esos nombres –repaquetísimos y apropiados para las dos “señoras bien” de Belgrano o Barrio Norte–, fue mi imaginación. Eligieron la fila de asientos anterior a la nuestra y se sentaron, conversando en voz baja de sus cosas, con esa forma tan peculiar de hablar como si tuvieran una papa en la boca.
Por su aspecto, podían ser madre e hija saliendo a compartir el cine, o tía y sobrina, o suegra y nuera. Bueno, suegra y nuera me parece más difícil, pero es posible, ¿por qué no?
Recuerdo que en ese momento pensé “Mmm... me parece que se equivocaron de película, chicas. Se van a llevar una sorpresa...”
¿Por qué pensé eso? Porque que soy observador –de niño debí haber sido insoportable, mirando a la gente a mi alrededor con esa actitud desenfadada propia de la curiosidad–, y a veces “juego” con eso de ponerle nombres a las personas e imaginármelas en la privacidad o tratar de prever las reacciones que tendrán frente a determinados estímulos.
La película que estábamos a punto de ver –por los comentarios de la cartelera–, es en esencia una película de amores y desamores, pero con un componente nada usual: el sexo.
Y no hablo de sexo al estilo de una “porno”, claro. Pero sí con la exhibición de cuerpos desnudos y las escenas en las que los protagonistas deben interpretar un orgasmo. En este caso, peor aún, ya que los cuerpos desnudos no son esculturales y perfectos, sino los de una mujer de sesenta y cinco años (Ursula Werner), con rollitos y con todo aquello que tiende a caer con el transcurso del tiempo en la etapa de la senectud; y el de un hombre de setenta y seis (Horst Westphal), que aparece como lo que es, un anciano, con el aspecto que tiene un hombre de su edad.
El hecho que aparezcan desnudos –reflexiono–, es parte de la trama y según mi criterio estético, está muy lejos de la obscenidad. Sólo un prejuicioso o una mente enferma puede calificar así las escenas de intimidad de esos dos viejitos que se enamoran en el otoño de su vida.
Aunque no me gustan para nada los juicios de valor, sólo alguien que no puede tolerar verse en ese “espejo” que es el filme, puede sentirse molesto o disgustado.
De ahí la diferencia entre la actitud del matrimonio (o pareja, o lo que fuere) que mencioné al principio, y la de Teté y María Pía (o como fuera que se llamaran) que empezaron a removerse, con visible incomodidad, cuando los protagonistas iniciaron el rito de desvestirse.
Ni les cuento el gemido casi doliente que emitieron a dúo Teté y María Pía cuando Úrsula Werner, a caballito de Horst Westphal, actúa un orgasmo creíble y estéticamente bello.
Tampoco sé cómo aguantaron hasta la próxima escena íntima. Dado que no quería perderme ni el argumento, ni las imágenes ni los diálogos, no pude prestarles mucha atención a esas dos mujeres sentadas en la fila anterior a la nuestra, pero creo recordar que María Pía le hablaba al oído a Teté y Teté le contestaba de la misma manera a María Pía.
Me imagino este diálogo, cuchicheado y apenas audible para no molestar:

–¡Pero esta película es un asco, nena!
–Decía que era de amor, mamá... ¿a vos te parece?
–¿Cómo van a mostrar esto en la pantalla?
–Vos sabés cómo son los alemanes, mamá. No les interesa nada de nada... ni la moral, ni la familia.
–¿Será toda la película así?
–No sé...
–¡Ni pienso quedarme acá sentada viendo esta asquerosidad!

No sé si el diálogo fue así, pero la actitud fue consecuente con ese discurso de “moral y buenas costumbres”, porque cuando comenzaba la siguiente escena donde los protagonistas aparecen desnudos, Teté y María Pía –ofendidísimas las dos–, se levantaron y, cuidando de no errarle al escalón (como uno que yo conozco en el cine de Córdoba), se retiraron dando bufidos.
–Estaba seguro que no aguantaban –le susurré a Lolita.
–¿Qué no aguantaban la película? –murmuró ella.
–Mhhh-hhh –contesté–. Después te explico.
Y seguimos mirando esa bella obra cinematográfica, pletórica de humanidad.
Cuando terminó la película, y mientras bajábamos los tres tramos de escalera que antes habíamos subido, le expliqué porqué estaba seguro que no iban a aguantarse hasta el final, Teté y María Pía.
Porque quizás no toleraron verse en ese espejo de la propia vida que a veces es el cine, y en especial cuando la película es profunda y aborda temas de esos “de los que mejor no hablar”. O porque quizás Teté era viuda o separada hace mucho tiempo y ver a una mujer de su edad disfrutando del sexo, le removió cosas en su interior que creía que ya no iba a volver a sentir: recuerdos, sensaciones, vergüenzas... ¡vaya uno a saber!
También puede ser que, dado que ambas tenían el aspecto de ser “señoras de su casa”, con “familias constituidas sobre la base de valores morales”, les resultaba intolerable mirar de frente situaciones en las que, a veces, nos involucra la vida y como madre e hija –si es que lo eran–, les daba vergüenza, porque inferían que a la otra le daba pudor lo que miraban.
Recuerdo que alguna vez tocamos el tema de lo difícil que resulta imaginarnos a nuestros padres teniendo sexo. Quizás en Teté y María Pía (o como se llamaran) encontré una clave para comprender, por ejemplo, la actitud de mis hijos, respecto de mi relación con Lolita.
Y es que la juventud de Loli quizás sea el símbolo y, al mismo tiempo, el detonante en la mente de ellos, que su papá todavía, además de enamorarse, pueda hacer lo que ellos hacen y creen –de manera equivocada–, que los adultos del Jurásico dejamos de hacer hace mucho tiempo. No sé, es mi reflexión. Espero que se haya entendido.
Como sea, mientras caminábamos mirando vidrieras, con Loli nos fuimos haciendo una película propia acerca de Teté y María Pía. Y como cada vez que imaginamos algo, no sólo nos reímos con ganas, sino que tratamos de encontrarle el lado positivo a la cosa, el aprendizaje que nunca termina en esta vida.
La película, claro está, la recomendamos para aquellos a quienes les guste el cine y las historias románticas. Que no es otra cosa: una historia de amor, la eterna tragicomedia de nuestra existencia.
¡Ah! ¡Casi lo olvido! La pareja mayor (o matrimonio) que mencioné al principio, salieron hablando entre ellos, tomados de la mano... como Lolita y yo.
¡Unos tiernos, los viejitos esos!

El Profesor

Foto: Escena de la película.

lunes, 11 de mayo de 2009

Quimera

–Profe...
–¿Sí, Loli?
–¿Puedo preguntarte algo?
–Claro.
–¿Qué es una Quimera?
–Mhhh... a ver cómo te lo explico... Es lo que nos imaginamos que es posible o verdadero, pero no lo es. Por ejemplo, algunos sueños o anhelos que uno tiene, ¿te das cuenta? Y cree que son realidad o se pueden hacer realidad, pero no. Sólo son ilusiones. O se pueden hacer realidad, pero no como uno los imaginó.
–Sí... Pero la Quimera de la que yo quiero saber es otra.
–¡Ah..! Esa es la de la mitología. En griego antiguo se llamaba Khimaira. Era un monstruo terrible con forma de león y cola de serpiente, que arrojaba fuego por la boca. La fiera asolaba los fértiles campos y se comía a las personas y a los animales.
–¿Y qué pasó con ese monstruo?
–Lo mató Belerofonte.
–¿Quién?
–Belerofonte, un héroe griego de quien la esposa de un rey, se enamoró a primera vista e hizo lo imposible por seducirlo, pero como él la rechazó, se ofendió y para vengarse por el desaire lo acusó ante su marido por intentar seducirla a la fuerza.
–¿Y el rey qué hizo?
–Se puso furioso, claro. Le creyó a Estenebea –que así se llamaba su mujer–, pero como no podía matar a Belerofonte por no faltar a las leyes de la hospitalidad que prohibían matar a un huésped, pensó que era mejor que lo matara otro. Así que lo mandó con una carta de recomendación –según se dice–, a su suegro, el padre de Estenebea. La carta, claro, era una recomendación para que lo mataran. Pero el rey Iobates de Licia, ante el cual se presentó Belerofonte, tampoco quiso violar las leyes de hospitalidad pese a lo que le pedía su yerno, así que se le ocurrió algo mejor: le encomendó a Belerofonte una misión imposible de conseguir: matar a la Quimera con la esperanza de que la fiera acabara con él.
–¿Y qué pasó?
–Antes de emprender la misión, Belerofonte consultó a un adivino, quien le aconsejó capturar al caballo con alas, Pegaso, el preferido de las musas. Ayudado por la diosa Atenea, Belerofonte domó al caballo con alas y se fue a enfrentar a la Quimera. Con Pegaso voló alrededor del monstruo, empezó a lanzarle dardos hasta que pudo hundir su lanza entre las fauces y como el aliento de la Quimera era de fuego, fundió el plomo de la punta de la lanza que se le escurrió por la garganta, y la envenenó. Y chau picho, la Quimera.
–¿Así que entonces la Quimera era mala y Belerofonte bueno?
–Esa es la simbología, sí.
–¿Y quiere decir que el bien vence al mal?
–Yo diría que la interpretación es que para que exista un Belerofonte, siempre tiene que existir una Quimera.
–Ah.
–(...)
–Y, Profe...
–¿Sí, Lolis?
–¿Por qué se metió toda esa gente? La reina despechada, el marido celoso, el suegro astuto, las musas, la diosa Atenea...
–Porque así representaban los griegos las situaciones de la vida, Loli. Muy parecido a como es ahora, ¿ves? Siempre te vas a encontrar que, cuando dos tienen un problema, uno tiene que ser el malo-malo-pero-muy malo, y el otro bueno-bueno-pero-muy bueno, y siempre hubo y habrá los que van a dejarse llevar por las apariencias, y echar más leña al fuego para empeorar las cosas y hacer más mal y sólo unos pocos van a poner lo mejor de sí, para aliviarlas y no hacer más daño del que ya hay.
–Profe...
–¿Qué, Loli?
–¿Siempre tiene que ser así?
–¿Así cómo?
–¿Siempre tiene que haber un bueno y un malo?
–Sí, Loli. Parece que siempre tiene que haber un malo para que exista un bueno... Así funciona este mundo.
–Ah...
–¿Qué pasa Loli?
–Es triste...
–Sí, Loli. Es como los sueños que te dije antes, ¿ves? Parecen perfectos mientras son sueños, pero cuando se los materializa en la vida real, ya no son tan perfectos.
–¿Por qué tiene que pasar eso, Profe?
–Porque los seres humanos no somos perfectos, Loli.
–Ah... qué triste.
–Ajá. Muy triste. Pero... ¿qué te pasa? ¿Por qué esas lagrimitas?
–Nu she... (¡Snif!)
–Vení… vení que te abrazo y te las seco, Loli.
(...)
–Profe...
–¿Mhhh-hhh?
–¿Por qué tenés los cristales de los anteojos todos empañados?

El Profesor

miércoles, 29 de abril de 2009

Sostener la esperanza

¡Ring! ¡Ring! ¡RIIINGGG!
–Hola...
–¡Paaaaaaaaapiiiiiiiii!
–¡Lolis! ¿Qué pasa, mi amor? ¿Por qué gritás así?
–¡Me dejó! ¡Me dejóoo! ¡ME DEJÓO!
–Loli, pará... ¿qué pasa?
–Mi papá... ¡me dejó VIA-JAR!
–¿En seriooooo?
–¡Sí, mi amor! ¡Viajo el miércoles a la noche!
–¡Loli! ¡Qué lindo!
–Tenías razón, Papi... Tenía que sostener la esperanza...
–Sí, Loli. Hay que tener esperanza de que todo va a salir de la mejor manera, mi pequeña. Parece ser cierto que todo conspira a favor, cuando hay amor de por medio y hasta lo que parecía un sueño, se convierte en realidad.
–¿Me vas a ir a esperar a la terminal?
–Pero claro, Princesita...
–¿Te vas a poner la camisita de jean, y el pantalón clarito y el suéter a rombos?
–Si vos querés, claro.
–¿Y vas a tener el llavero en el cinto?
–Y sí... ¿A dónde pongo las llaves si no es ahí?
–¿En serio?
– Claro que te voy a estar esperando y como vos quieras, para cuando bajes del micro.
(...)
Y acá estoy, en el coche-cama-ejecutivo, viajando para encontrarme con El Profesor, dentro de unas pocas horas, que va a estar esperándome acá...



... en la terminal de ómnibus, a que llegue después de haber hecho mi primer viaje sola.
Mis dedos se mueven en el teclado, mientras espero que el ómnibus se ponga en marcha:
SMS: "Ya estoy arriba del micro. Aunque pague ejecutivo es cama suite! Esta por arrancar. Espero tener buen viaje. Nos vemos en pocas horas, mi amor".
¡Hoy me siento TAN FELIZ!

Después, mañana, les contamos cómo fue el encuentro, ¿sí?
Un beso para todos,

Lolita

miércoles, 8 de abril de 2009

Noche de pesadilla I

Los chinos tienen una considerable cantidad de proverbios. Imagino que se debe a que son, posiblemente, la más antigua civilización de la historia de la humanidad que haya llegado hasta nuestros días, y esos proverbios son producto de la paciente observación de los fenómenos naturales y del comportamiento del hombre.
Uno de ellos –que viene a cuento–, dice: “Si el caballo del señor Wong se escapó, quizás no es tan malo”. Traducido a la idiosincrasia occidental quiere decir, más o menos: “no hay mal que por bien no venga”.
Parece ser cierto –según lo he comprobado durante mi vida–, que alegrías y tristezas, salud y enfermedad, éxitos y fracasos, vienen por parejas.
Eso es lo que rescato de aquella noche de pesadilla que empezó en esta habitación, que quedó tal cual como la ven cuando con Lolita salimos, un caluroso once de diciembre, a la ceremonia de entrega de diplomas de graduación, después de haber pasado nuestro primer día juntos.
Yo había llegado por la mañana y Loli, como cada vez que nos encontramos, me esperaba en la terminal con su bolsito, donde llevaba su ropa y su uniforme del colegio. El que usaría por última vez esa noche, cuando le entregaran el diploma y llevara, por última vez la banda azul y blanca de abanderada. El más alto honor que se le puede dar a un estudiante, el de portar la bandera nacional de ceremonias.
Lolita, cabe aclararlo, no recibía cualquier diploma. El de ella tenía doble significado, porque era el diploma a la excelencia en sus estudios –durante toda su educación primaria y secundaria–, que le valió ser uno de los más altos promedios de su provincia, razón por la cual le fue entregado un premio en dinero entregado por la gobernación, además de la mención de honor por sus calificaciones.
Lolita fue –y sigue siendo–, una alumna aplicada, dedicada, concienzuda, tenaz, creativa y ávida de conocimiento. De manera que sus padres no sólo que no tuvieron que preocuparse por sus estudios –Lolita se aplicaba sin que se lo exigieran–, sino que deberían haberse sentido dichosos de tener una hija como ella. En especial, su madre.
Claro que, como decía el tío Kant, entre el “debo”, el “puedo” y el “quiero”, a veces hay un abismo.
Como sea, iba diciendo que ese primer día, y hasta que llegó la hora de bañarnos y cambiarnos para ir a la ceremonia, estuvimos en esa habitación de hotel haciéndonos arrumacos de todo tipo y color. Su papá –con quien hasta ese día no nos habíamos entendido como en la actualidad– sabía que íbamos a estar juntos porque yo mismo se lo había anunciado, y estaba al tanto que del hotel nos íbamos directo al salón donde se celebraría la ceremonia y luego, para festejar el evento, Lolita volvería a cambiarse (había traído ropa especial para la ocasión que se cuidó muy bien de mostrarme, con esa vitalidad que la caracteriza, entre arrumaco y arrumaco) para irnos juntos a cenar a un lugar especial. Ése era su deseo. No tenía otra ilusión que la de cenar conmigo en esa última noche de alumna secundaria y yo, por supuesto, estaba dispuesto a complacerla.
Debo pedirle a todos quienes siguen nuestra historia que, en este caso, tengan paciencia porque no voy a contar toda la historia en un solo post. Serán varios, no sé cuantos, y por lo menos por dos razones.
La primera, es para que el post no termine siendo tan extenso que aburra. Y no queremos que se aburran.
La segunda, porque recordar aquella noche no es ni fácil ni grato. Aunque, por eso de que “no hay mal que por bien no venga”, desde esa noche nuestra vida comenzó a tomar otro rumbo y las circunstancias se ordenaron de otra manera.
Lolita les dio un anticipo –visto desde su óptica y sus vivencias–, en su post “Noche de Pesadilla” y por tanto consideré apropiado llamar de la misma forma a esta historia, pero numerando los episodios, para darles algún orden.


Dejo aquí, entonces, en el momento en que la habitación quedó tal como ustedes la ven (todavía hoy me pregunto cuál fue la razón que impulsó a Lolita a tomar una foto de la cama esa noche) y nosotros salimos bañados y perfumados, con toda la vitalidad que da un día dedicado al amor y toda las ilusiones que se despiertan ante un evento semejante, hacia el lugar donde tendría lugar la ceremonia de entrega de diplomas.
Lolita me había entregado la máquina de fotos, porque yo quería fotografiarla con la banda cruzada sobre el pecho y con el uniforme de verano del colegio y –detalle importante, que tendrá su razón de ser más adelante–, habiendo olvidado por las efusividades del primer día, comprar pilas nuevas y una tarjeta para cargar el teléfono celular de Loli.
Paramos un taxi en la puerta del hotel y allá fuimos.
Sin imaginar siquiera qué nos esperaba.

El Profesor

Foto: by Lolita