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sábado, 8 de mayo de 2010

Lo nuestro terminó

–Pero... ¿me estás hablando en serio?
–Sí.
–¿En serio-en serio?
–Sí, lo siento.
–¿Y por qué tomaste esa decisión?
–Porque lo nuestro terminó, se acabó...
–¿Así? ¿De golpe?
–No, no fue de golpe. Hace rato que lo vengo pensando.
–Pero vos no me dijiste nada...
–Había señales, y vos sabés que las había.
–Yo no las vi.
–Pues lo siento. Yo creo que sí las viste, pero no quisiste darles importancia.
–¿Sólo eso se te ocurre decirme?
–Sí. Lo siento.
–¡Qué vas a sentir!
–No, en serio. Lo siento. No tenés idea lo duro que resulta para mí tomar esta decisión.
–¡No me mientas!
–No te miento.
–Pero... pero... ¿después de todos estos años?
–Insisto, no me fue fácil tomar esta decisión.
–Con todo lo que te di...
–Es cierto, y yo lo acepté. Y yo también te di lo mio. Esto no se trata de ver quién le dio más a quién.
–Te serví de consuelo cuando estabas triste.
–Ajá.
–Cuando estabas ansioso, te devolví el sosiego y calma cuando estabas nervioso.
–Sí, es cierto.
–Te di fuerzas cuando tuviste miedo.
–Lo recuerdo... ¿cómo olvidarlo?
–También te di placer.
–Mucho. No lo niego.
–En todo este tiempo estuve cada mañana con vos, en el desayuno.
–Mhh-hh...
–Y en la cena. ¿Te acordás?
–Sí.
–Me decías que no había mayor placer para vos que quedarte haciendo sobremesa conmigo, después de la cena.
–Y no te mentía.
–Te gustaba ver cine conmigo...
–Sí.
–Y en esos momentos de pasión, después...
–Bien que los recuerdo. Cada uno de ellos.
–Me decías que ni siquiera podías trabajar sin mí...
–No te engañaba. En ese momento, no podía.
–¿Y entonces? ¿Qué pasó? ¿Cambiaste de idea? ¿Te olvidaste de todo eso?
–Esas cosas que suelen suceder en la vida. Uno repiensa lo que está haciendo y se da cuenta que tiene que cambiar el rumbo.
–Ajá, ¿y?
–Y fuera lo que fuese que uno decide, por lo general no siempre es grato para todos. No se puede quedar bien con Dios y con el Diablo.
–Y vos tomaste esa decisión...
–¿Es una pregunta?
–No.
–Entonces, te guste o no te guste sí, la tomé. Me costó mucho, creeme, pero tuve que hacerlo. Es mejor para mí, lo mire de donde lo mire. Creo que es lo mejor para todos.
–¿Para todos? ¿Quiénes son todos? ¿Y yo? ¿Pensaste en mí?
–Aunque no lo creas, sí.
–¡Qué vas a pensar en mí! ¡Son todos son iguales!
–Te cueste o no creerlo, pensé y pienso en vos más de lo que te imaginás. Y sé que me va a costar mucho olvidarte.
–Sí, claro. Me va a costar mucho olvidarte, no sabes cuánto me cuesta hacer eso, bla, bla, bla... Y, decime...
–¿Qué querés que te diga?
–Pero prometé que vas a contestar la verdad, por más dura que sea...
–Prometido.
–Es... es... ¿Me dejás por una mujer, verdad?
–Mhh-hhh...
–Prometiste decirme la verdad.
–Bueno, sí. También por una mujer. Pero...
–¡Ningún “pero”! ¿Cómo también? ¡Es por eso! ¡No me mientas!
–No, mirá. No es tan así. En principio, es para no hacerme más daño yo. Porque para poder estar con esa mujer, tengo que estar bien yo.
–Pero... pero... ¿qué daño te hice?
–Mucho.
–Yo no te veo mal, si querés que te lo diga.
–Pues ahora, después de este tiempo, me hacés mal. Y no pienso discutir el punto.
–Y ¿me preguntaste si yo tenía problemas con la otra? ¿No pensaste que podríamos estar los tres?
–¿De qué hablás?
–Que yo no tengo problemas en compartirte.
–Ella sí.
–¡Claro! ¡Lo de siempre!
–Por favor... no lo hagas peor de lo que ya es.
–Entonces... entonces quiere decir que...
–Sí, eso.
–Que lo nuestro se acabó...
–Sí, se acabó.
–¿Y cuándo tomaste esa decisión, si se puede saber?
–Hoy, ahora.
–Ah... Me parece que te apresuraste un poco en comunicármelo y dejarme...
–¿Por qué?
–¿Y si lo de ustedes no dura? ¿Te lo preguntaste?
–Veré qué hago.
–¿Y si ella no es fiel como fui yo?
–La vida es riesgo. Nada es seguro, deberías saberlo. Decido tomar el riesgo.
–Pero, a ver... ¿ella te lo impuso?
–No, para nada. Sólo me lo pidió.
–¿Cómo te lo pidió? ¿No te habló mal de mí?
–No, para nada.
–¿Y entonces?
–¿Entonces qué?
–Si no te lo exigió, ¿por qué me dejás?
–Ya te lo dije, en primer lugar, por mí. No quiero sentirme mal. Y hago eso por amor, para poder sentirme bien... con ella.
–Ah...
–Lo lamento, en serio. No lo tomes a mal, pero hasta acá llegamos.
–Sí, sí, claro. Me usaste, estuve con vos en cada momento feliz y triste de tu vida y ahora me dejás por otra...
–Si querés pensar eso... entonces, ¿qué puedo hacer?
–Nada, nada, no hagas nada. Pero acordate, ya vas a volver. Todos SIEMPRE vuelven...
–¿Sabés una cosa?
–¿Qué?
–SIEMPRE es demasiado tiempo... Me conformo con decir: “hoy no vuelvo” ahora. Y mañana. Y pasado...
–Bueno... terminemos esto de una vez, me quema por dentro tu actitud.

–Y a mí, por dentro y por fuera la tuya. Tenés razón... terminemos esto de una vez –dije esa madrugada, cuando apagué el que espero haya sido el último cigarrillo que fumé en mi vida.
(...)
¡Riing! ¡Riiing!
–¿Papi?
–¡Hola, Loli!
–¿Trece días ya?
–Ajá. Trece días.
–¿Y no “jumaste” nada, nada? ¿Ni uno solo?
–Nop. No “jumé” nada, corazoncito.
–¿Ni una pitada?
–Nah... Una pitada, es lo mismo que un cigarrillo.
–Gordi...
–Sí, mi amor, decime...
–Yo me acuerdo cuando me dijiste que el día que hicieras esto, lo ibas a hacer por amor a mí.
–Claro, Princesita. Si no me cuido la salud... ¿cómo voy a poder hacerte feliz?
–Papi, admiro tu fuerza de voluntad. Sos un hombre muy valiente, ¿sabés? ¡Sos mi héroe!
–Jajaj... ¡Dale, Loli!
–No, en serio, Papi. ¡Sos Mi Campeón!

Mañana, será el día 14. Y escribí "espero" porque no tengo que descuidarme. Sé que el riesgo de tropezar y caer, es grande. Pero, me digo: ¿el amor no es suficiente razón para dejar el cigarrillo, que daña tanto la salud?

El Profesor

viernes, 25 de septiembre de 2009

Con vos aprendí

–¿Sabés, Papi? Yo desde que te conocí te empecé a amar. Quizás fui la única mujer que se apasionó con vos sin conocerte y te empezó a tener tanto afecto a la distancia durante los seis primeros meses de no vernos las caras. Y siento que te entregué todo. Que di lo mejor de mí.
–Es cierto, Loli.
–Te di mi inocencia, mi ternura, mi virginidad. Me entregué por completo. Porque tenía muchas ilusiones, expectativas y sueños. Vos fuiste y sos mi primer amor, Papi. Vos tuviste muchas experiencias de amor antes, se supone que debería resultar más sencillo. En cambio para mí todo era nuevo...
–El primer amor, Loli, es así. Es la entrega sin reticencias, sin armaduras, vulnerable. Es como el amor de un chiquito, ¿ves?
–Pero por lo visto lo hice bastante bien. Porque creo que te hice un poquito feliz en todo este tiempo.
–¿Un poquito? ¿En serio creés que me hiciste sólo “un poquito” feliz? ¡Loli! Vos me diste más felicidad en dos años de la que yo pueda recordar en toda mi vida.
–¿Y vos? ¿Cómo te enamoraste vos? Porque siempre tengo que decirte que te expreses. Dale, contame. Dale...
–Yo me enamoré despacito, Loli. Y es que a mi edad, después de toda una vida, me había acostumbrado a vivir con reservas, protegido con una coraza. Cuando se ha vivido todo el tiempo que viví yo, la cabeza muchas veces nos juega malas pasadas y nos hace pensar en cosas que ocurrieron y no tienen porqué volver a suceder y a cuidarnos que no nos hagan daño, y así nos vamos olvidando que hay que escuchar al corazón, que nunca nos miente.
–Papi... Y vos, ahora, ¿lo escuchás?
–Con vos aprendí, Loli, a escuchar más al corazón que a la mente. Con vos aprendí a “expresarme” y me di cuenta que si uno siente que ama, le pasan cosas extrañas, como cuando era adolescente. Con vos aprendí que se puede amar, pese al miedo que a veces nos provoca el entregarnos sin restricciones. Que vale la pena correr el riesgo, porque de lo contrario lo más probable es que llegue el día en que uno no pueda evitar pensar “¿Y si lo hubiera hecho?” Y eso debe ser muy pero muy triste, mi chiquita.
–Papi...
–¿Qué, Loli?
–Todos nos equivocamos, ¿sabés? Yo también con vos aprendí, y era como me decías: quizás las cosas feas y tristes que uno pasa en la vida, no son tan graves.
–Claro, Loli. Somos humanos, al fin y al cabo.
–Entonces, si yo te ayudo a curarte el corazoncito, como yo a veces no puedo dejar de tener miedo como vos y no sé cómo hacer, ¿podrías ayudarme a no sentirlo?
–Si la vida nos da la oportunidad, mi cielo, claro que te voy ayudar cada vez que te pase. ¿Te acordás del miedo que pasaste en diciembre?
–Sí, me acuerdo...
–¿Viste que hoy, ahora, no es tan grave?
–Ajá.
–En ese momento te lo dije, pero no podías comprenderlo, Loli. Ahora, después que pasó el tiempo, lo entendés y al entender, el miedo se va. Bueno, así te voy a ayudar. Como ese día. Todos los días. Vamos a ver si podemos hacer en breve ese sueño que ambos tenemos y todos los días voy a estar con vos, para ayudarte a vencer los miedos. Así, de esa manera, si yo te ayudo a vos con tus miedos y vos a mí con los míos, vamos a poder vivir una linda vida, querida mía.

–¿Y me vas a abrazar fuerte cuando sienta miedo?
–Muy fuerte, claro.
–¿Y me vas a hacer mimos? Porque los mimos son importantes para el corazón, ¿sabías?

–Te voy a hacer tantos, pero tantos mimos que te vas a empalagar, Loli.
–Gordi... ¿sabés una cosa?
–¿Qué, Loli?
–Te amo.
–Y yo te amo a vos, bichito.
–Con vos aprendí a amar, Papi.
–Y yo con vos aprendí que el amor existe, es real y es posible.
–Shi...
–Loli...
–¿Quép?
–¡Feliz mes aniversario, mi amor! ¿Te diste cuenta? Regresaste como un regalo, en el día 24, una fecha que es un símbolo para nosotros. Volviste, como un maravilloso obsequio de la vida.
–¡Feliz día, gordi! ¡Te acordaste! ¡Cuánto me alegra que recuerdes ese día!

(...)
–Papi...
–¿Mhhh-hh?
–¿Sabés que sos un amor, hermosho?

–¡Ay, Loli!

Después de haber vivido todos estos años en este mundo donde nada es seguro, con Loli aprendí que lo único seguro que tenemos en esa vida es el amor, cuando nos es dado el privilegio de ser amados.

El Profesor


Foto: Thomas W. Cheney

viernes, 4 de septiembre de 2009

Hasta las manos

Hace unos días una amiga nuestra muy querida, hablando de nuestra relación con Lolita, me dijo: “Amigo... estás hasta las manos”.
Estaba en lo cierto.
Hoy en cierto momento, mientras trabajaba, recordé que hace un mes un día como éste, estaba terminando a las corridas la mayor parte de mis asuntos laborales pendientes, para llegar a la noche tranquilo para preparar el equipaje y salir para la terminal de micros con tiempo, porque viajaba a Córdoba a encontrarme con Lolita. Íbamos a pasar unos días juntos en uno de los mejores lugares en los que hemos estado hasta ahora. Como por arte de magia lo habíamos decidido ambos una par de noches antes, cuando por causas ajenas a nuestra voluntad, se nos estropearon los planes que habíamos hecho para esa ocasión.
El último mensaje que me envió Loli ese 4 de agosto a la mañana, decía:

¡Hola mi amorcito!
¿Podés creerlo? ¡Sólo 24 horas para estar juntos! ¡Qué emoción! ¡Qué ganas de abrazarte y besarte!
¡Te amo!
Un besote virtual hasta mañana que pueda darte los apasionados...

Tu bella princesita.

Hoy, cuando aún no ha transcurrido un mes desde el momento que la besé al despedirme en la puerta de su casa, antes de subir al remise que me llevo a la terminal, siento que la extraño tanto que hasta me duele el cuerpo.
Sí, sí, ya sé que la única diferencia entre Madrid o Barcelona y Córdoba, es una considerable cantidad de kilómetros y un Océano de por medio. Sé que en este mes, hubiésemos estado lejos de todos modos.
Pero será que extraño el correo de la mañana, la mágica hora de las seis de la tarde, cuando volvía de la facultad, y se conectaba para saludarme y contarme cómo había sido su día o la llamada telefónica de la noche.
Extraño sus palabras en la ventanita y su voz en el teléfono. Su risa y sus mohines. Esa potestad que tiene de hacerme reír con sus monerías, de enternecerme con su dulzura y de excitarme con sus travesuras.



Y no es que ahora no tenga noticias de ella. Todos los días –y a veces hasta dos o tres veces–, me manda un mensaje de texto desde el celular de su papá, se conecta desde un cyber o me llama por teléfono.
Sé que veinte días se pasan muy rápido y que cuando caiga en la cuenta, Lolita estará de regreso y viajando hacia aquí, para pasar unos días juntos. Sé, y me alegra, que esté disfrutando de su viaje. También sé, porque me lo dice cada vez que nos comunicamos, que ella me extraña tanto como yo a ella y que la distancia consiguió fortalecer nuestro vínculo.
Así y todo, no puedo evitar extrañarla.
Quizás, porque como dijo esa amiga nuestra tan querida: “estoy hasta las manos”. Como no lo había estado desde los lejanos tiempos de la adolescencia. Como no me imaginaba que podía llegar a estar nunca más en mi vida, y menos a mi edad.
Cuando pienso en esta relación nuestra que ya lleva dos años pese a las dificultaes, contra viento y marea, con oposiciones, problemas y el gran escollo que es la distancia, no puedo dejar de preguntarme cómo es que llegué, en el otoño de mi vida, a enamorarme de Lolita.
Entonces, la única respuesta que tengo a mano es recordar aquello que alguna vez le dijo Picasso a su hijo, haciendo alusión a Genevieve Laporte: “El hombre no deja de amar porque envejece. Envejece porque deja de amar”.
Genevieve, “La chica de los miércoles”, era una adolescente de diecisiete años cuando conoció a Pablo Picasso, que tenía setenta.

El Profesor

domingo, 7 de junio de 2009

Sucursal del cielo

Fue allí donde besé sus labios infinidad de veces y sentí mi cuerpo encendido por la pasión y mi alma iluminada al experimentar la magia del amor.
Ahí, en ese cálido lugar donde viví la alegría de la cotidianeidad, del compartir constante, del construir puentes entre nosotros para elevarnos y hacer más sólido el vínculo.


En ese lecho donde me despertaba, después de habernos dormido abrazados luego de haber disfrutado un hermoso día lleno de sonrisas, de diversión y momentos apasionados.
Ese espacio en el cual me regaló sus gestos más románticos: prepararme la cena que más me gustaba, esperarme con el toallón cuando salía de bañarme o abrazarme mientras mirábamos una película.
Allí mismo fue donde por primera vez descubrí el talento que tenía para bailar temas lentos abrazado a mi cuerpo y para mover las caderas al ritmo del merengue o la salsa.
En ese lugar me reí en un día más de lo que lo había hecho en toda mi vida, tuve la oportunidad de ser novia, amante, esposa y –de alguna manera– mamá a la vez, de servirlo y mimarlo las veinticuatro horas del día.
Donde viví esos momentos y descubrí que sentía mi cuerpo rebosante de chispitas de vida y energía, que el aire era más puro y que el sol de la felicidad inundaba todos los rincones.
Allí pude ver cómo era en su espacio cotidiano, cómo vivía el día a día, donde me percaté del desorden que tiene en su escritorio y la pulcritud con que guarda su ropa.
En esa casa lo acaricié una y mil veces con la mirada mientras lo ayudaba en la cocina, donde había malabarismos con las cacerolas en su intento de complacerme con un rico plato.
Desde la ventana pude contemplar el paisaje de ciudad que sus ojos miraban todos los días y de su mano pude recorrer y conocer los lugares que frecuentaba a diario.
En ese sitio fue donde aprendí que existen los milagros muy cerca nuestro, que el amor no tiene límites para crecer y expandirse y donde tuve la extraña pero hermosa sensación de que el dar y recibir tanta sustancia amorosa y recién salida del corazón, parecía suspender la muerte, el dolor y la tristeza.
Allí fue donde hasta el detalle más insignificante cobraba sentido, donde cada hora era un recuerdo que se iba atesorando allí donde no se olvida más y que, cuando se recuerda, se revive.
Ahí, en ese lugar, fui inmensamente feliz.

Nunca pensé que el cielo pudiera tener sucursales en la tierra.

Lolita

Foto: © Charles Tribbey

viernes, 17 de abril de 2009

Antes del amor

–¡Ay, papi! ¿Qué me hacés?
–Mhhh-hhh
–Me hace cosquillitas...
–Mhhh
–¡Pero es muy lindo!
–Ahá.
–Qué suave, papi...
–¿Te gusta, Princesita?
–Shi... Me gusta... Me gusta mucho...
Los besé otra vez. Y otra. Y otra más.
A medida que fue pasando el tiempo, fui entendiendo un poco más lo que decía aquel amigo mío: “Para aprender a evaluar a las mujeres, hacé como con los pura sangre: si tienen manos y pies en armonía con el resto, son para tener en cuenta”.
Viene a cuento este poema de Mario Benedetti:


Pies hermosos

La mujer que tiene pies hermosos
nunca podrá ser fea
mansa suele subirle la belleza
por tobillos y pantorrillas y muslos
demorarse en el pubis
que siempre ha estado más allá de todo canon
rodear el ombligo como a uno de esos timbres
que si se les presiona, tocan “Para Elisa”.
Reinvindicar los lúbricos pezones a la espera
entreabrir los labios sin pronunciar saliva
y dejarse querer por los ojos espejo.
La mujer que tiene los pies hermosos
sabe vagabundear por la tristeza.

Mucho antes de iniciarla en el amor, dediqué buena parte de aquella primera vez que estuvimos a solas, a acariciarle y besarle los pies.
Delicados, con dedos parejitos y uñas cortadas con prolijidad, los pies de Lolita merecen ser homenajeados, como en el poema.
Desde ese primer día que dejó que la desnudara, entregándose sin reparos, me dediqué a adorar sus hermosos pies. Aún hoy, lo sigo haciendo.
Y es que una mujer, con los pies, lo puede casi todo, si da con el hombre indicado.

El Profesor

Foto: by Lolita & El Profesor, febrero 2009.

sábado, 14 de marzo de 2009

SMS

Yo: Antes de irme a dormir temprano, como me dijiste que hiciera, para que descanse, quiero decirte que no sé qué razones pudo haber tenido la vida para hacerme este regalo tan maravilloso: vos, Lolita. Y cuando la vida te hace un regalo, mejor lo tomas tal como te lo hace y te dispones a disfrutarlo. Te amo, mi hermosa y dulce niña. Te anhelo en cada momento de mi día. Ojalá la vida sea tan pero generosa, que me permita disfrutar de su regalo hasta el último instante, Princesita.


El Profesor

Enviado: 23:58:01
Recibido: 23:58:02







domingo, 1 de marzo de 2009

Argumentos

Por favor, comprendeme un poquito aunque sea...
Pensá: ¿No me ves feliz? ¿No notás que estoy toda llena de vida? ¿No percibís el brillo de alegría que tengo en los ojitos?
No me mires así, por favor.



Yo no hice nada malo. Amar no es nada malo y yo lo amo y estoy enamorada. ¿Es un delito estar enamorada?
Me trata bien, es un buen hombre. Me cuida. Es dulce, me dice cosas tiernas y me las dice de corazón.
Tiene el alma impregnada de cariño y dulzura y no tiene ni esto de malas intenciones, te lo juro.
Es todo un caballero conmigo, me ayudó mucho a superar cosas, me trata con delicadeza dondequiera que esté y ¡hasta le pidió a su hija que le enseñe a hacer una trenza para poder peinar mi cabello largo!
Me ayuda a ser mejor y tiene la humildad de escuchar cuando es necesario que lo corrija en algo. Admite que, pese a su edad, se puede equivocar. Eso es de hombres bien hombres ¿lo sabías?
Me ama, me hace sentir bien y está dispuesto a hacer cualquier cosa por mí. Lo sé, porque se lo leo en los ojos. Los ojos no mienten, ¿sabías?
No lo desprecies, por favor, es el amor de mi vida, mi primer amor... Acordate de cuando vos...
Tené un poquito de sensibilidad, considerá mis sentimientos alguna vez.
Por favor, mamá, por favor...

¡Uhhh, nooo! ¿Otra vez con ese sermón mesiánico? ¿Otra vez esa rigidez de ideas y ese egoísmo tan propio de vos? ¿Otra vez con tus rencores viejos?
Está bien mamá.
Así no se puede.
No voy a negociar nada, y menos con vos.
Yo me quedo con mi amor.
Vos, quedate con tu dolor, tu resentimiento y tu existencia ficticia.

Lolita

Foto: © Hansen Tsang

sábado, 21 de febrero de 2009

Un gran hombre

Sí, puedo afirmarlo.
Estoy segura de esto.
Las Lolitas podemos darnos cuenta si el señor al que amamos es un Gran Hombre.
Mi Profe lo es.
¿Cómo lo descubrí?
Muy sencillo: un Gran Hombre es el que se preocupa por mí, su mujercita, y procura hacer todo para verme feliz, es aquél que no me critica, no se burla, no me ofende y no pretende cambiarme ni me imagina diferente a como soy.
Un Gran Hombre no es el más fuerte ni el que tiene más dinero, sino aquel que tiene generosidad en el alma y bondad en el corazón, el que es transparente, que no oculta sus verdaderos sentimientos y sabe admirarme por mi grandeza interior.

Un Gran Hombre es el que camina con la frente en alto, sin sin bajar la mirada, si verguenzas ni temores. Es el que no me miente nunca y sabe llorar su dolor en mis brazos.
Es el hombre que me ama por quién soy y por lo que somos cuando estamos juntos, el que se regocija con mis triunfos y alegrías y que no soporta verme sufrir bajo ninguna circunstancia. El que me defiende de los que quieren dañarme. El me corre hacia atrás, y pone su cuerpo por delante, como si fuera un escudo para protegerme del dolor.
Un Gran Hombre es el que nunca me hizo llorar de manera intencional, el que me hace sonreír y agradecer lo lejos que hemos llegado y lo mucho que logramos juntos, pese a todo y a todos.
Es el que jamás se cansa de besar mis labios y decirme lo hermosa que me veo con la ropita que llevo puesta.
Un Gran Hombre es aquél capaz de convertirme en una Gran mujer, en una Lolita feliz. Es el que sé que se quedará conmigo sin importar lo que pase, que me acompañará hasta el final y que estará a mi lado para vivir juntos el paso de los años.

Lolita

(PD: Y también el que me deja ponerme sus camisas para andar por la casa...)

Foto: © by Đặng Huy Hùng

viernes, 20 de febrero de 2009

Ojalá pudiera

Ojalá pudiera ser un ángel que cada noche llegue hasta la soledad de su habitación para quedarme junto a su cama, en silencio, contemplando su rostro dormido y sereno, mientras, suevecito, acerco mis labios a los suyos y le susurro que tenga dulces sueños.
Ojalá pudiera ser esa brisa suave que se filtra por la ventana abierta en las mañanas, despeinandole el cabello y rozándole la piel como una caricia.
Ojalá pudiera ser esos rayitos de sol que le hacen abrir los ojos al amanecer, entregándole su calidez y abrazándolo con su tibieza y resplandor.
Ojalá pudiera ser esas frescas gotas de lluvia que le mojan la piel, le refrescan el cuerpo y le empapan el rostro.
Ojalá pudiera convertirme en todo lo que necesita, en todo lo que le hace falta.
Quisiera ser su paz, su calma, su alegría, su refugio seguro, su satisfacción, su risa, su gran ocurrencia, su sentimiento más puro...
Pero si no puedo ser todo esto, me conformo con ser simplemente, su Lolita.
Su gran amor.

Lolita

Foto: © Sergo Kantarchyan


domingo, 15 de febrero de 2009

Poco tiempo

No dejaré de amarlo, mimarlo y cuidarlo porque es poco el tiempo que me darán para peinar su cabello plateado y masajear su espalda cansada.
No dispondré de mucho para correr a sus brazos, tomar su rostro entre mis manos para besarlo ni dormirme acurrucada y hecha un bollito junto a su cuerpo.
Intentaré no desperdiciar ni un sólo día sin sonreír y divertirme porque poco será el tiempo en que disfrutaré de su creatividad para los chistes, sus ganas de jugar “lucha libre” y guerra de almohadas, y de sus payasadas en la calle.
No perderé oportunidad de decirle todo lo que siento y lo que provoca en mí porque poco es el tiempo que se me concede para que le hable al oído, le escriba cartas románticas y lo lleve a pasear de la mano.
No dejaré pasar un día sin acariciarlo porque es muy poco el tiempo que se me da para gozar del amor con el cuerpo, para sentir el acompasado latido de su corazón y experimentar el placer de las caricias más íntimas.
Procuraré su bienestar siempre porque es poco el tiempo que se me otorga para admirar su vitalidad y regocijarme en la vida que aún permanece a mi lado. No contaré con muchas oportunidades para compartir la cena, los paseos al campo y las tardes en el cine.
No reprimiré mis lágrimas cuando esté triste porque no es mucho el tiempo que se me da para que una mano masculina se encargue de secarlas y unas palabras dulces y sabias sepan darme consuelo.
¿Cuánto tiempo puede darme la vida? ¿Veinte años? ¿Treinta? ¡Es muy poco!
Quizás él no pueda ver a mis futuros bebés, si llego a tenerlos, convertirse en hombres y mujeres. Tal vez no le alcance el tiempo para recorrer conmigo todos los rincones del mundo.
Tal vez no verá asomar las canas en mi cabello, ni pueda disfrutar de mis logros alcanzados.
La vida nos cruzó a destiempo y las horas nos juegan en contra.
Por eso hoy lo amo con toda mi juventud, mi vitalidad y mis ganas y le regalo mi frescura adolescente, mi sexualidad desbordante y todo el amor que puede contener mi corazón.
Porque tenemos poco tiempo.

Lolita

sábado, 14 de febrero de 2009

El libro de nuestro amor

Si nuestra historia estuviera plasmada en las páginas de un libro, describiendo con detalles los momentos lindos, las situaciones difíciles, los miedos, las dudas e inseguridades, las tristezas y demás circunstancias que vivimos, seguramente allí podríamos leer nuestros comienzos, las ansias de conocernos, las comunicaciones durante todo el tiempo, mi enamoramiento y el suyo, mi despertar a la sexualidad de la mejor manera, mis intentos de ocultar mi pasión por un hombre tan mayor, mis escapadas de la escuela para estar con él, nuestro primer beso, la primera carta que me escribió, el momento y el lugar en el que me confesó que me amaba, los sitios donde vivimos nuestro amor, los restaurantes y confiterías donde estuvimos, nuestras charlas más profundas, los encuentros apasionados luego de semanas sin vernos, la nostalgia al extrañarnos, las críticas de las familias, las horas que pasamos soñando nuestra vida juntos y las noches excitándonos por teléfono.


Si seguimos adentrándonos en las páginas, encontraríamos los acercamientos familiares, los momentos importantes en los que estuvo a mi lado, las lágrimas derramadas por el temor a no compartir la vida de todos los días, las discusiones que se solucionaban a los pocos minutos, nuestros proyectos en común, nuestros planes llevados a cabo en complicidad, las horas que pasamos amándonos y los miles de detalles, regalitos y gestos que tuvimos el uno con el otro.
En fin, en ese libro podrímos leer una historia difícil, pero hermosa, apasionada y romántica.
Una historia real de amor, entrega y aprendizajes.
Nuestra historia.
La historia de amor de Lolita y el Profesor.


Lolita

Foto: © by Alan Willis ("The nude studies")

jueves, 29 de enero de 2009

A contraluz

Es una imagen que nunca se va a borrar de mi memoria. Hoy, todavía, cierro los ojos y me parece verla.
Yo estaba tendido de costado, en las sábanas blancas arrugadas, que mostraban las huellas de la reciente pasión desplegada.
Ella se levantó de un salto y fue al baño, encendió la luz y en ese momento la vi, parada frente al espejo de la toilette, atándose el pelo en una cola de caballo.
Su figura se recortaba, de perfil y a contraluz. Los brazos levantados, el cabello cayendo en cascada sobre la espalda, la goma para el pelo entre los dientes y sus manos de dedos largos y finos recogiendo el pelo, uniendo los mechones.
Todavía hoy, después de transcurridos tantos días, me parece ver su silueta a contraluz. Los pechos pequeños, la cintura sinuosa, su grupa erguida, sus muslos plenos, sus piernas torneadas como por un artista, los pies descalzos.
Debió haber intuido que la observaba porque volteó la cabeza de lado y miró hacia la penumbra del cuarto.
–¿Qué ocurre, mi cielo? ¿Por qué me estás mirando? –preguntó, con esa voz grave que sólo aflora cuando se produce la maravillosa transformación de niña en mujer.
Recuerdo que la emoción me embargó al ver tanta belleza, tanta perfección y tanta sensualidad en su cuerpo adolescente y en ese gesto común y cotidiano.
–¿Te pasa algo? –insistió, al ver que no le respondía.
–Sí –le dije–. Eres tan hermosa, mi chiquita, que me cortas la respiración.
Ese fue el día en que me di cuenta que la amaba.

El Profesor

Foto: Sergiusz Mitin

domingo, 25 de enero de 2009

Mi profesor

Fue él quien descubrió toda mi pasión,
quien me mostró la cara más bonita de la vida,
y me privilegió con toda su experiencia.
Olvidó su edad y las diferencias generacionales
y se hizo como un niño para reírse y divertirse a mi lado.
Se entregó a mis brazos, vulnerable, para que yo cumpliera
mi propósito de sanar heridas de años pasados.
Fue quien se atrevió a jugarse por mí,
a creer nuevamente en el amor,
a confiar, a superar el temor a los daños del alma,
a mostrarse tal como era, como es.
Tal como podía ser, cuando se sentía amado.
Tal como quería ser, con una mujercita como yo.

Lolita

miércoles, 21 de enero de 2009

En el mejor momento...

Me encontró cuando mi piel emanaba frescura e inocencia,
cuando mi cuerpo era aún territorio vírgen e inexplorado,
cuando mis horas transcurrían en la escuela.
Cuando mi edad vivía su plena adolescencia,
y mis días de vida no sumaban ni seis mil.

Lo conocí cuando aún no sabía qué era el amor,
cuando mi cuerpo nunca había tenido dueño,
cuando mis labios inexpertos no conocían el sabor
de los más apasionados besos.

Me enamoré de él cuando no acostumbraba
relacionarme con varones.
Cuando el único compañero de cama
era un osito de peluche,
y cuando mis labios pronunciaron por primera
vez éstas palabras: "Sos el amor de mi vida".

Me hizo suya cuando no tenía experiencia
en el encuentro y la fusión de dos cuerpos,
cuando mis ojos y mi mirada de niña
eran ajenos a la desnudez de un hombre
y al placer de las caricias más íntimas.

Me empezó a amar cuando estrenó mis labios,
cuando probó del néctar de mi carne,
cuando vio surgir de mí tanta pasión, tanta ternura.
Me amó aún más cuando comprobó que era su otra mitad,
que era hábil en el arte de amar,
y que mi pequeño corazón ya le pertenecía por completo.

Lolita