–Sí.
–¿En serio-en serio?
–Sí, lo siento.
–¿Y por qué tomaste esa decisión?
–Porque lo nuestro terminó, se acabó...
–¿Así? ¿De golpe?
–No, no fue de golpe. Hace rato que lo vengo pensando.
–Pero vos no me dijiste nada...
–Había señales, y vos sabés que las había.
–Yo no las vi.
–Pues lo siento. Yo creo que sí las viste, pero no quisiste darles importancia.
–¿Sólo eso se te ocurre decirme?
–Sí. Lo siento.
–¡Qué vas a sentir!
–No, en serio. Lo siento. No tenés idea lo duro que resulta para mí tomar esta decisión.
–¡No me mientas!
–No te miento.
–Pero... pero... ¿después de todos estos años?
–Insisto, no me fue fácil tomar esta decisión.
–Con todo lo que te di...
–Es cierto, y yo lo acepté. Y yo también te di lo mio. Esto no se trata de ver quién le dio más a quién.
–Te serví de consuelo cuando estabas triste.
–Ajá.
–Cuando estabas ansioso, te devolví el sosiego y calma cuando estabas nervioso.
–Sí, es cierto.
–Te di fuerzas cuando tuviste miedo.
–Lo recuerdo... ¿cómo olvidarlo?
–También te di placer.
–Mucho. No lo niego.
–En todo este tiempo estuve cada mañana con vos, en el desayuno.
–Mhh-hh...
–Y en la cena. ¿Te acordás?
–Sí.
–Me decías que no había mayor placer para vos que quedarte haciendo sobremesa conmigo, después de la cena.
–Y no te mentía.
–Te gustaba ver cine conmigo...
–Sí.
–Y en esos momentos de pasión, después...
–Bien que los recuerdo. Cada uno de ellos.
–Me decías que ni siquiera podías trabajar sin mí...
–No te engañaba. En ese momento, no podía.
–¿Y entonces? ¿Qué pasó? ¿Cambiaste de idea? ¿Te olvidaste de todo eso?
–Esas cosas que suelen suceder en la vida. Uno repiensa lo que está haciendo y se da cuenta que tiene que cambiar el rumbo.
–Ajá, ¿y?
–Y fuera lo que fuese que uno decide, por lo general no siempre es grato para todos. No se puede quedar bien con Dios y con el Diablo.
–Y vos tomaste esa decisión...
–¿Es una pregunta?
–No.
–Entonces, te guste o no te guste sí, la tomé. Me costó mucho, creeme, pero tuve que hacerlo. Es mejor para mí, lo mire de donde lo mire. Creo que es lo mejor para todos.
–¿Para todos? ¿Quiénes son todos? ¿Y yo? ¿Pensaste en mí?
–Aunque no lo creas, sí.
–¡Qué vas a pensar en mí! ¡Son todos son iguales!
–Te cueste o no creerlo, pensé y pienso en vos más de lo que te imaginás. Y sé que me va a costar mucho olvidarte.
–Sí, claro. Me va a costar mucho olvidarte, no sabes cuánto me cuesta hacer eso, bla, bla, bla... Y, decime...
–¿Qué querés que te diga?
–Pero prometé que vas a contestar la verdad, por más dura que sea...
–Prometido.
–Es... es... ¿Me dejás por una mujer, verdad?
–Mhh-hhh...
–Prometiste decirme la verdad.
–Bueno, sí. También por una mujer. Pero...
–¡Ningún “pero”! ¿Cómo también? ¡Es por eso! ¡No me mientas!
–No, mirá. No es tan así. En principio, es para no hacerme más daño yo. Porque para poder estar con esa mujer, tengo que estar bien yo.
–Pero... pero... ¿qué daño te hice?
–Mucho.
–Yo no te veo mal, si querés que te lo diga.
–Pues ahora, después de este tiempo, me hacés mal. Y no pienso discutir el punto.
–Y ¿me preguntaste si yo tenía problemas con la otra? ¿No pensaste que podríamos estar los tres?
–¿De qué hablás?
–Que yo no tengo problemas en compartirte.
–Ella sí.
–¡Claro! ¡Lo de siempre!
–Por favor... no lo hagas peor de lo que ya es.
–Entonces... entonces quiere decir que...
–Sí, eso.
–Que lo nuestro se acabó...
–Sí, se acabó.
–¿Y cuándo tomaste esa decisión, si se puede saber?
–Hoy, ahora.
–Ah... Me parece que te apresuraste un poco en comunicármelo y dejarme...
–¿Por qué?
–¿Y si lo de ustedes no dura? ¿Te lo preguntaste?
–Veré qué hago.
–¿Y si ella no es fiel como fui yo?
–La vida es riesgo. Nada es seguro, deberías saberlo. Decido tomar el riesgo.
–Pero, a ver... ¿ella te lo impuso?
–No, para nada. Sólo me lo pidió.
–¿Cómo te lo pidió? ¿No te habló mal de mí?
–No, para nada.
–¿Y entonces?
–¿Entonces qué?
–Si no te lo exigió, ¿por qué me dejás?
–Ya te lo dije, en primer lugar, por mí. No quiero sentirme mal. Y hago eso por amor, para poder sentirme bien... con ella.
–Ah...
–Lo lamento, en serio. No lo tomes a mal, pero hasta acá llegamos.
–Sí, sí, claro. Me usaste, estuve con vos en cada momento feliz y triste de tu vida y ahora me dejás por otra...
–Si querés pensar eso... entonces, ¿qué puedo hacer?
–Nada, nada, no hagas nada. Pero acordate, ya vas a volver. Todos SIEMPRE vuelven...
–¿Sabés una cosa?
–¿Qué?
–SIEMPRE es demasiado tiempo... Me conformo con decir: “hoy no vuelvo” ahora. Y mañana. Y pasado...
–Bueno... terminemos esto de una vez, me quema por dentro tu actitud.
–Y a mí, por dentro y por fuera la tuya. Tenés razón... terminemos esto de una vez –dije esa madrugada, cuando apagué el que espero haya sido el último cigarrillo que fumé en mi vida.(...)
¡Riing! ¡Riiing!
–¿Papi?
–¡Hola, Loli!
–¿Trece días ya?
–Ajá. Trece días.
–¿Y no “jumaste” nada, nada? ¿Ni uno solo?
–Nop. No “jumé” nada, corazoncito.
–¿Ni una pitada?
–Nah... Una pitada, es lo mismo que un cigarrillo.
–Gordi...
–Sí, mi amor, decime...
–Yo me acuerdo cuando me dijiste que el día que hicieras esto, lo ibas a hacer por amor a mí.
–Claro, Princesita. Si no me cuido la salud... ¿cómo voy a poder hacerte feliz?
–Papi, admiro tu fuerza de voluntad. Sos un hombre muy valiente, ¿sabés? ¡Sos mi héroe!
–Jajaj... ¡Dale, Loli!
–No, en serio, Papi. ¡Sos Mi Campeón!
Mañana, será el día 14. Y escribí "espero" porque no tengo que descuidarme. Sé que el riesgo de tropezar y caer, es grande. Pero, me digo: ¿el amor no es suficiente razón para dejar el cigarrillo, que daña tanto la salud?
El Profesor










