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domingo, 5 de septiembre de 2010

Loli y el Profe: Intermedio


A todos nuestros lectores les comunicamos que hasta el martes no publicaremos un nuevo capítulo de nuestra historia.
Con Lolita estamos juntos en Buenos Aires y nos dedicamos a otros menesteres. Sabrán comprender.
Les dejamos un saludito de ambos,

Loli y El Profe

jueves, 4 de marzo de 2010

No Damar... 1

(O Tribulaciones Hoteleras Segunda Parte)

Felicitas.
No sé por qué se me cruzó por la cabeza que la señora que nos miró con cara de pocos amigos desde el mostrador donde preparaban el café, debía llamarse Felicitas.
Ese recibimiento no resultaba para nada halagüeño, si hay que decirlo, aunque con Loli ya estamos acostumbrados a que a veces nos miran raro cuando caen en la cuenta que la cama matrimonial de la habitación no va a ser ocupada por una pareja de edad similar.
Para ser justos, hay que decir que pasada esa primera mirada de guardiacárcel de pabellón de presos peligrosos, Felicitas se esforzó en mostrarnos su mejor sonrisa cuando se acercó para registrarnos en el venerable –y vetusto– establecimiento hotelero.
–Ya le preparan la habitación –dijo–. Se está yendo el pasajero anterior.
Era razonable. Habíamos llegado algo temprano para el check-in (como se le dice ahora), de manera que no podíamos decir nada, aunque en otro hotel la habitación, por lo general, ya nos está esperando.
–¿Va a pagar ahora? –me preguntó Felicitas, derecho viejo, haciendo gala de su fina cortesía. Se me antojó que su concepción de “cortesía” se debía asemejar a la que debió haber tenido el ayudante de campo de Atila.
–Sí, claro –le dije, y empecé a contar el dinero.
–A ver... –me dijo, casi arrancándomelo de la mano, y se puso a contar, billete por billete, como un usurero contando las ganancias producto de su rapacería.
Cuando lo hubo contado dos veces, y con la habilidad de un prestidigitador, hizo desaparecer los billetes en algún lugar indefinido del delantal que llevaba puesto o debajo de él. Acto seguido, abrió un libraco de registro de pasajeros que parecía el libro mayor de una empresa del siglo XIX, mientras murmuraba: “La lapicera... siempre me roban la lapicera...”
Admito que tuve la tentación de ofrecerle la mía, pero cruzamos una mirada con Loli –que se mantenía a prudencial distancia, observando y en silencio–, y reprimí el impulso.
–¡Acá está! –exclamó la venerable señora, echando una mirada de soslayo hacia el sector del comedor-salón de uso común-sala de TV-recepción–. Dígame su nombre...
Se lo di, así como mis otros datos. ¿Cómo negarme?
–Y la señorita... –dije, dispuesto a darle los datos de Loli.
–No es necesario –me cortó en seco. Vaya uno a saber porqué.
En ese momento, aparecieron dos personas que ocuparon sus lugares en las mesas del “salón comedor” y Felicitas nos dejó esperando y fue a ocupar su lugar en el mostrador lateral, donde humeaba una antiquísima máquina de café y una mujer vestida con delantal trajinaba en sus labores. Después supimos que la mencionada señora se llamaba Nelly, y era la polivalente ayudante de cocina, confidente, mucama y lavandera del establecimiento.
A la media hora de estar de plantón, cuando Felicitas pasó a mi lado, intenté preguntarle qué pasaba con nuestra habitación, pero me ganó de mano...
–Ya están preparando su pieza –ese “pieza”, sonó feo, a inquilinato–, es que el pasajero se está yendo... –volvió a informarme de la situación “en tránsito” del pasajero saliente.
En ese momento entró un hombretón que resultó ser Gustavo.
Gustavo, según nuestras especulaciones, debía ser el hijo de Felicitas. Pues no. No era el hijo, era el sobrino. Con la almohada todavía pegada a la cara, que acentuaba sus facciones casi caballunas y un semblante que no preanunciaba una inteligencia descollante.
Gustavo, sin saludar, se ubicó del otro lado del mostrador y encendió el monitor de la computadora que traqueteó, como si se tratara de una de aquellas primeras Commodore o AT del período Jurásico de la historia de la computación.
En ese momento comprendí porqué nunca me habían respondido el correo electrónico que envié para hacer la reserva.
Como sea, seguimos esperando. A eso de las once menos cuarto, cuando amagué hablarle a Felicitas que pasó a mi lado, volvió a ganarme de mano:
–Ya están arreglando la habitación... Lo que pasa que el pasajero no se va, ¿vio?
“¿El pasajero no se va? ¿El pasajero no se va ¡Pero sacalo de los fondillos del pantalón!”, pensé.
–Claro, claro... –dije, con ganas de entrar yo mismo y desalojar al pasajero en tránsito.
Creo que fue en ese momento apareció una mujer, proveniente del catacúmbico pasillo que conducía a las habitaciones, que empezó a desgranar un quejumbroso sonsonete atiplado –como si estuviese implorando una plegaria–, del cual lo único que se escuchaba era:
“... cámbiemela... ¿No hay otra?”
Serían algo así como las once y algunos minutos de la mañana, el pasajero que parecía haberse atrincherado en la habitación, se dignó dejarla. Unos veinte minutos después, Felicitas nos informó con tono solemne que Nelly –la empleada polivalente–, nos guiaría hasta nuestra habitación.
Como se imaginarán, Nelly ni se dignó amagar tomar el equipaje para llevarlo. Ni yo se lo hubiese permitido, aclaro, por temor a que se extraviara.
La seguimos por el pasillo, que parecía servir como depósito anexo para los objetos más disímiles y todos muy viejos, hasta que se paró frente a una puerta y la abrió.
Habíamos llegado a la habitación, por fin.
Entramos.


Y cuando cerramos la puerta, nos encontramos con esto...


El Profesor
PD: Prometo seguir con el relato mañana y pido disculpas por no haber podido publicarlo antes.


sábado, 29 de agosto de 2009

Promesa

–Pero... (¡Snif! ¡Snif!) ¿No nos vamos a ver nunca más? –Loli tenía los ojos enrojecidos de tanto llorar, después de aquella noche de pesadilla, la de la entrega de su diploma con honores.
–Nunca es demasiado tiempo, Loli –le dije, secándole una lágrima que se escapaba por el costado de uno de sus ojitos–. Tranquila...
–Pero es que esas abogadas me dijeron...
–Tranquila, Loli. No te desesperes. Esperá –dije, haciendo un hueco con mis manos para envolver las suyas–. Aprendé a esperar, mi vida. Mirá... ¿viste que hay un refrán que dice: “No hay mal que por bien no venga”?
–Shi (¡Snif! ¡Snif!)
–Bueno… Ahora nos toca pasar este momento amargo y duro. Mañana, ¿quién sabe?
–Pero Papi... ¡Snif! Es que me dijeron que hasta los veintiún años...
–A ver, Frutillita. Escuchá esto que te voy a decir, ¿sí?
–Sí... ¡Snif!
–Pero para escucharme, tenés que dejar de llorar, mi cielo.
–Shi... no shoro más...
–A ver... ¿Viste que ahora la mayoría de edad se tiene a los veintiún años?
–Mhhh... shi... es lo que me dijeron las abogadas.
–Ajá. Ahora, ¿vos sabés que desde el 2005 hay un proyecto de ley para que la mayoría de edad sea a los dieciocho?
–¿Mjm? No, no sabía... ¿en serio?
–Sí, claro.
–¿Y cuándo sale esa ley, Papi? ¿Pronto?
–Mirá, creo que de este año, no pasa...
–¿Y cómo sabés?
–Por varias cosas, pero en especial, porque ahora el tratamiento de las leyes, desde que se sancionó la nueva Constitución, no es como antes.
–¿Y cómo era antes?
–¡Uh, una lata! Antes una ley iba y venía de una cámara a otra, y si no había acuerdo, podía extenderse de manera interminable.
–¿Y ahora?
–Ahora hay cierto tiempo –para explicártelo fácil–. Y después de ese tiempo, la ley tiene que ser sancionada si una de las cámaras aprueba el proyecto por unanimidad...
–¿Y eso ya pasó?
–No del todo... pero en la Cámara de Senadores, hace unos años, se aprobó, pero en la Cámara de Diputados no. Y en diciembre de este año, volvió a tratarlo. Así que este año, se vence el plazo...
–¿Y vos cómo sabés todo eso, Papi?
–Porque leo los diarios y me interesan las leyes del país en el cual vivo... Decime, en el colegio, ¿no tuviste una materia que se llamara Derecho Constitucional?
–Nop...
–¿Y nadie les enseñó esto? ¿Nadie les habló de la Constitución?
–Nop... Pero, Papi... ¿Y cuándo se reúne la cámara que aprobó el proyecto otra vez?
–En marzo, Loli. Cuando comience el nuevo período legislativo.
–¿Y vos creés que la van a aprobar?
–Ajá...
–¿En serioooo?
–Sipis, corazoncito –acaricié la dulce carita de Loli. Sus ojitos habían vuelto a tener el brillo habitual.


–Creo que en marzo, la Cámara de Senadores la va a aprobar por unanimidad...
–¿Y los diputados?
–No van a tener más remedio que debatir y aprobarla...
–¿Y eso va a ser pronto?
–Pronto... pronto... bueno, durante el año. Creo que antes de fin de año, va a estar sancionada la nueva ley de mayoría de edad.
–¿Y por qué se cambia?
–Para ponerse a tono con el resto del mundo, Loli. Chile, Uruguay y la mayor parte de los países, concuerdan en que a los dieciocho años, si se es hábil para votar, para ir a la guerra, para tomar alcohol, para trabajar y para hacer el amor, se tiene que corresponder con el derecho de sacar una tarjeta de crédito, comprar una casa, viajar dentro y fuera del país y hasta casarse.
–¿En serio, Papi?
–En serio, Loli. ¿Por qué habría de decirte algo que no es?
–Porque hoy estoy triste...
–Tranquila... Este día amargo va a pasar. Vas a ver cómo, en menos de un año, las cosas van a cambiar totalmente...
–¿Sí, Papi? ¿Me lo prometés?
–Creo que puedo prometerlo, sí.


Esa conversación la tuvimos en la cafetería de la estación de servicio donde nos encontramos esa lluviosa mañana de diciembre de 2008, después de la noche de pesadilla que la madre de Loli le había hecho pasar en un momento tan especial de su vida.
En marzo, como se lo había anticipado, la Cámara de Senadores aprobó el proyecto de ley por unanimidad.
Esta mañana, nueve meses y veintisiete días después de aquella mañana lluviosa y triste, cuando Lolita y yo compartimos el desayuno en la cafetería de la estación de servicio, cuando abrí el correo electrónico, el primer mensaje era de Loli.
“¡Mirá Paaaaaaaa!!! –decía, y en la línea de abajo, pegaba este link.
Aunque ayer habíamos tenido un anticipo, hoy la Cámara de Diputados –a excepción de algunas modificaciones–, también había aprobado el proyecto. En pocas semanas, todos los jóvenes de 18 años, van a ser mayores de edad, aunque haya legisladores, hombres de leyes y hasta psicólogos que pongan en duda la “madurez” de un joven de esa edad, porque aducen que es recargarlos de responsabilidades.
Ante esto, no puedo menos que recordar la época en que yo tenía diez o doce años y, para los chicos de nuestra edad, un joven de dieciocho, era un hombre. Y no puedo menos que preguntarme qué hemos hecho, las personas de nuestra generación, para que ahora haya semejantes palurdos cercanos a la cuarentena que todavía vivan con “papá y mamá”.
Y reflexiono: si los jóvenes de dieciocho –no todos, porque hay cantidad de excepciones, Lolita entre ellas–, no son “maduros” como para enfrentar la vida... ¿no somos nosotros, los que los trajimos al mundo, los responsables?
Hoy hablamos con Loli por teléfono acerca de esto.
–¿Entonces puedo viajar para pasar unos días juntos cuando quiera?
–Sí, Loli.
–¿Y podemos planear unas vacaciones juntos en... Brasil, por ejemplo?
–Claro, mi vida. Podemos.
(...)
–Papi –dijo Lolita.
–¿Qué, mi vida?
–Gracias por cumplir tu promesa, ¿sabés? Yo no me olvido de ese día cuando con esa promesa, me ayudaste a superar el miedo. Gracias por darme ánimos. Gracias por renovarme la esperanza ese día, mi Pichoncito. Gracias por mantenerme la ilusión.
–Gracias a vos, Loli.
–¿Gracias? ¿Por qué?
–Por estos dos años en los que vos mantuviste mis ilusiones, Princesita.

(...)
–Pa...
–¿Qué, Loli?
–Esto de la ley... ¿quiere decir que ya no voy a ser una Lolita?
–Mhhh...
–Contestame, Papi. No me digas "Mhhh..."
–Para mí, aunque sé que vas a crecer y madurar, en un rinconcito de mi corazón vas a seguir siendo Lolita, mi amor.

El Profesor

miércoles, 18 de febrero de 2009

A pesar de los detalles...

Lo amo con toda mi alma, con todo mi corazón de niña enamorada y mis sentimientos de mujer.
Lo amo en todo momento y lugar.
Sé que lo amo a pesar de los detalles...
Siento que lo amo a pesar de que cada vez que comparte mi helado, se manche la remera impecable.
Aunque no sepa cortar con prolijidad (y sin hacer un enchastre) una torta de cumpleaños o se aburra al punto de dormirse en el cine, mirando películas de adolescentes vampiros.
Mis sentimientos no cambiar a pesar de que le cueste trabajo levantarse de la cama, que le guste dormir hasta tarde sin usar despertador, que sus ritos mañaneros lleven casi una hora y que demore demasiado tiempo en el baño (leyendo o "somatizando").
Siento que mi corazón late más rápido cuando pienso en él, a pesar de que no me obedezca cuando le prohibo comer pan o persista con el hábito de fumar un cigarrillo después de cada comida.
Sigo enamorada a pesar de que no me permita peinarlo con raya al medio, se empecine en usar zapatos cerrados en pleno verano y guarde cosas totalmente inútiles en los cajones de su escritorio y a veces le cueste mucho hacer las cosas más simples.
Lo amo a pesar de que me cuesta bastante hacer que comer fruta, convencerlo de que no trabaje tanto y que a veces es tan realista y pragmático, que me enoja.
No puedo dejar de sentir amor por él, pese a que ronque por las noches o que, en un subterráneo atestado, me haga reír a carcajadas con sus comentarios jocosos acerca del enorme trasero de una mujer y la gente lo escuche.


Lolita


Foto: © Massimiliano Uccelletti