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miércoles, 29 de diciembre de 2010

Comenzando...

Después de una ausencia que espero ustedes sepan comprender–debido a mis exámenes finales, el trabajo y la mudanza del Profe–, vuelvo para contar cómo he vivido estos días tan felices y tan llenos de magia desde que mi Gordi hizo su llegada a Córdoba hace ya casi una semana.
En un miércoles como hoy, hace siete días, él ya iba de viaje por la ruta en un camión de mudanza junto a todas sus pertenencias y a tres muchachos camioneros que lo ayudaron en todas las tareas de carga y descarga de cosas. (En su momento ya contará sus aventuras en esas 16 horas que pasó arriba de ese enorme rodado). Mientras, yo acá, en mi casa, esperaba ansiosa su llegada y pasé la noche casi sin dormir, pensando cómo se sentiría, cómo sería el momento de vernos, abrazarnos, imaginando nuestra vida juntos a partir de ese día…
No puedo describir la emoción que sentí cuando lo vi. Se lo veía cansado después de un largo viaje, pero la sonrisa le iluminaba todo el rostro. Estaba satisfecho de haber llegado bien, haber dejado todas sus cosas en la nueva casa y estar ahora junto a mí, abrazándome fuerte y contándome todo lo vivido.
Estos días han sido maravillosos. Si bien hemos trabajado duro para acomodar su casa, ordenar todo en su lugar, limpiar y desempolvar, también nos hemos divertido, hemos compartido muchos momentos juntos y nos empezamos a acostumbrar a esto de estar tan cerquita y de saber que ya no vamos a separarnos.
¡Desde que llegó, le dije tantas veces lo orgullosa que estaba de él!
A mí todavía me resulta increíble que mi Profe, a su edad, deje su casa, el lugar donde nació y vivió tantos años, su familia… y afrontado temores e inseguridades, se viniera a vivir hasta donde yo estoy, en una provincia nueva, distinta, y dispuesto a comenzar una vida nueva en mi compañía, lleno de ilusiones y proyectos para llevar a cabo en este nuevo año que está a punto de comenzar. La verdad lo admiro. No son muchos los hombres que están dispuestos a jugarse todo–literalmente- por el amor de una mujercita. En estos gestos es cuando me demuestra cuánto me ama. Me lo demuestra con actos. Me lo dice también, pero con sus acciones me lo confirma.
Ahora él ya está en su nueva casita, cenando quizás para luego irse a dormir y descansar hasta mañana, que le espera un nuevo amanecer en este lugar que tan bien lo recibió desde el primer día.

Los sueños, para aquellos que tienen el valor y la imaginación para soñarlos en grande y saben afrontar sus miedos, se cumplen. Mi Profe es la prueba. No crean que no estaba asustado. Le preocupaban tantas cosas…! Pero yo supe calmarlo, darle tranquilidad y hacerlo sentir seguro de que todo iba a salir bien.
Les deseamos a todos un muy feliz comienzo de año 2011. Seguramente será un hermoso y productivo año para todos. Muchas bendiciones para todos nuestros queridos amigos y lectores.


Lolita





miércoles, 1 de diciembre de 2010

Diario de Lolita: Hoy, hace tres años


Viajé de vuelta hasta mi casa con la mente concentrada solo en él. Ausente del mundo real, estaba flotando en ese espacio donde confluyen la imaginación, los sueños, las fantasías, y los deseos.
Me sentía bien aunque para evitarme problemas, de momento debía disimularlo lo mejor posible.
Después de que transcurrió el almuerzo sin la más leve sospecha o dificultad, al haber terminado, me marché con el pretexto de ir a lo de una compañera a hacer un trabajo escolar y diciendo que volvería bien entrada la tarde. Quería que esta vez, el tiempo que pasara a su lado me rindiera mejor.
Al poco tiempo, ya estaba de nuevo tocando la puerta de la habitación, con la ansiedad de sentirlo cerquita mío.
Cuando entré, la habitación estaba en penumbras. Una tenue luz entraba a través de las cortinas cerradas. Estaba muy fresca, en contraposición al calor agobiante que hacía afuera. Ahí estaba mi amor, esperándome.
Me miró y me pidió con ternura que me acostara a su lado en la cama y así, de a poquito, empezamos a conocernos. Nunca nadie me había besado, pero tampoco había imaginado siquiera que nadie podía besarme tanto en tan poco tiempo.
Esa tarde me mostró cómo era capaz de manifestar todo su cariño, toda su sensualidad y su atracción por mí, pero respetando mis temores, mi miedo al dolor, mi falta de experiencia y de conocimiento de cómo era una verdadera relación entre un hombre y una mujer.
Cuando hicimos una pausa en nuestros cariños y arrumacos, caímos en la cuenta que habían pasado tres horas. El tiempo parecía volar a su lado.
Aproveché la pausa y busqué un bocadito de chocolate que había comprado y se lo di en la boca, mientras yo lo comía con él... me miró con una sonrisa, mientras yo, sentada arriba, lo acariciaba. Me dijo: “Frutillita... sos un sueño. Debo de haberme portado muy bien en la vida para que en este momento me regalara a alguien como vos...”. Todo el tiempo me decía cosas tiernas mientras no cesaba de acariciarme y de besarme. Decía: “Cushita, mi amor, mi Lolita... mi nenita traviesa, mi bebé...”
Había algo que me gustaba especialmente de él: tenía mucho cabello y tan suavecito... se había cumplido uno de mis deseos: siempre había soñado acariciar el pelo de un hombre mientras le besaba los labios.
No podía dejar de tocar la parte de atrás de su cabeza, en donde el cabello se le desordenaba y donde era especialmente excitante...
Charlamos un ratito, en un clima de completa dulzura y luego, lentamente, me preparé para irme, pero con la emoción y la perspectiva de pasar toda esa noche juntos, hasta la mañana siguiente, aunque fuese a costa de una mentira.
Cuando salí a la calle, llovía. Ni cuenta me había dado. Estar con él me hacía abstraerme de todo.
Llegué a casa y me acosté hasta que se hizo de noche y fue momento de vestirme para salir con él. Me preparé especialmente bonita. Era la primera vez que iba a salir con un hombre y la ocasión, además de su persona, merecía un atuendo muy especial. Elegí unos jeans, una musculosa con brillitos, sandalias y el cabello pelo y planchado. Sabía que yo le gustaba, pero sentía que debía seducirlo y enamorarlo a cada momento.

Cuando llegó el momento, le pedí a mi papá que me dejara en la puerta del shopping. La versión oficial era que iba a encontrarme con unas compañeras para salir a bailar, y luego me iba a quedar a dormir en la casa de una de ellas, hasta el día siguiente. Me creyó y se avino a llevarme con el auto, aunque estaba un poco intranquilo por el hecho de que era la primera vez que yo hiciera algo así, pasando una noche fuera de casa.
Bajé del auto a la hora acordada y esperé a que mi papá se alejara. Ni bien esto sucedió, y vi el auto perderse entre el tráfico de la avenida, El Profe se me acercó, sonriendo, con una sonrisa que dejaba ver todos sus dientecitos blancos y la bondad que había en su corazón de cincuenta y siete años. Estaba vestido muy prolijito y olía a un perfume francés muy rico que, desde ese momento, para mí es su perfume. Pensé en ese momento que se trataba de un hombre muy elegante, fino y caballero. Y esta primera impresión no falló. Efectivamente, siempre fue así conmigo en estos tres años.
Caminamos por las galerías del shopping un ratito y cada vez que él se acercaba a mi oído para comentarme algo, me decía “mi amor” y yo estaba que me desmayaba de deseo, con ese perfume... En un momento tuve que pedirle: “No me digas así, que ahora, acá, no puedo besarte”.
Caminamos unas cuadras, en esa noche cálida y estrellada, con las calles repletas de parejas, de gente que estaba dispuesta a disfrutar de una hermosa velada, como la que nosotros íbamos a tener en las próximas horas. Llegamos al restaurante, entramos y yo miré para todos lados, en busca de alguien que pudiera conocerme. Gracias a Dios, no conocía a nadie. Era la primera vez que iba a cenar a un lugar tan bonito. Era un lugar para comer a diente libre. Se podía elegir lo que uno deseara comer por un precio fijo.
Me tomó de la cintura hasta que llegamos a la mesa y una vez allí corrió la silla para que me sentara. Luego, sin yo haberlo esperado, me dio una bolsa que dentro contenía un regalo. Lo miré con un gesto, mezcla de alegría y asombro y me dispuse a abrir el regalo. Me encontré con un perfume francés muy rico, que yo le había comentado que me gustaba. ¡Y él me lo había regalado! Fue el primero de todos los perfumes que me compró. Se lo agradecí con una sonrisa y una caricia en su mano. Hubiera querido besarlo pero había demasiada gente... A pesar de esos condicionamientos, a sentirme observada me sentía emocionada de estar con un hombre así, al que ya sentía como mi pareja.
Cuando trajeron la bebida, él mismo me sirvió en la copa y brindamos. No puedo describir lo que sentía en ese momento. El cielo era nada en comparación a estar allí con él.
Conversamos bastante y después de un rato, nos levantamos a buscar la comida. Cada uno se sirvió lo que le gustaba. De vuelta en la mesa, me hizo probar de su plato, haciéndome probar con su tenedor algunos bocados.
En un determinado momento se puso a contarme varias cosas de su vida y algunas experiencias que me dejaban asombrada y no podía evitar sentir una profunda admiración por él y una alegría indescriptible por el hecho de sentir, de saber que desde ese momento ese hombre mayor que me trataba con tanta delicadeza y cortesía, como a una princesa, era mi hombre.

Lolita

PD: Les pedimos disculpas a todos nuestros lectores por no haber escrito en todo este tiempo pero yo recién ayer terminé con dos finales y me estoy ocupando de encontrar la casa y el Profe está trabajando contra reloj para poder hacer la mudanza antes de Nochebuena. Pero claro, hoy es un día especial, porque es el día de nuestro tercer aniversario.





jueves, 4 de noviembre de 2010

Diario de Lolita: El encuentro



–Hola, Loli –me dijo.
–Hola, Profe –le contesté, antes de ir hacia él y dejarme envolver pos ese primer fuerte abrazo.

No podré en mi vida olvidar ese día. El primer día de diciembre. Mi primer cita, a los dieciséis años. Cuando menos lo esperaba. Mi cita a ciegas con el ser que durante meses había sido la causa de mi desvelo, de mi desatino, de mi transformación.
Es sabido que esta sociedad le da mucha importancia al poder. Yo creo que ningún poder es tan importante como el “poder amar” y puedo afirmar que desde que lo vi y lo sentí por vez primera, empecé a sentirme poderosa.
Me guié por sus referencias de cómo estaba vestido para encontrarlo en la terminal, ya que, aunque lo conocía por fotografías, quería estar segura de que era él.
Caminé por las plataformas, mirando entre las personas sentadas en los bancos y en un momento lo vi. Lo vi de atrás y supe, por lo que me había dicho, que era él.
Llevaba un pantalón de vestir clarito, zapatos color ciruela, con cinturón y porta-llavero haciendo juego (desde ese día, ese porta llavero me da vuelta, me transformó en fetichista) un pulóver verde y un libro en la mano. Me acerqué despacito y antes de arrojarme sobre él y fundirnos en un abrazo, me observó de arriba abajo con una sonrisa. Sí, me había vestido especialmente bonita para ese primer encuentro: sandalias blancas, pollera larga del mismo color y una musculosa. Llevaba además el cabello suelto.
–¡Loli! –me dijo, y me besó en la mejilla.
Yo lo besé a él y dejé que me envolviera por esos brazos fuertes, cálidos y contenedores. Ese día me hice adicta a su abrazo.
De la terminal nos fuimos caminando unas pocas cuadras hasta el hotel. Lo tomé de la mano. Por mi cuerpo corrían escalofríos de emoción, de deseo, de alegría de haberlo conocido y tenerlo a mi lado.
–¿Y? ¿Te parezco tan lindo como imaginabas? –me preguntó, mirándome a los ojos–. ¿No te parece que soy medio viejito?
Le sonreí y pensé que no parecía para nada viejito y que estaba para comérselo, y que me estaba dando hambre.
–No –le contesté–. Es más, sos mucho más hermoso de lo que había imaginado...
Y de pronto ahí estábamos, entrando al hotel.
¿Pueden imaginarse cómo me latía y el corazón cómo me temblaban las piernas?


Lolita


lunes, 1 de noviembre de 2010

Diario de El Profesor: El viaje


Desde que tengo memoria, Córdoba estuvo en mi vida.
Recuerdo que ese 30 de noviembre de 2007 llegué a la terminal de Retiro con tiempo para abordar el micro de General Urquiza, una empresa que conocía desde hace mucho tiempo –desde que se llamaba ABLO y General Urquiza–, y que fue la compañía en la que viajé por primera vez en ómnibus a Córdoba, cuando aún no existía la actual terminal de ómnibus, y los micros de larga distancia paraban en la anterior, que aún hoy existe, en la zona del mercado.
Ese primer viaje fue con mi abuelo, a los cinco años, para pasar unos días en la casa de su hijo mayor, mi tío, en Villa Carlos Paz cuando no era más que un pueblito y no la ciudad que es actualmente. La misma Villa Carlos Paz en la que pasamos unos días de descanso en marzo de este año con Lolita.
Cuando tenía seis años, en enero siguiente –y durante los seis posteriores– empecé a viajar con los “campamenteros” de la Acción Católica a una zona que se llamaba San Clemente, y de la que salíamos a múltiples excursiones. En el primer campamento me acuerdo haber aceptado bajar la Quebrada de los Condoritos, una hazaña (o una locura propia de la inconsciencia de la niñez), ya que no era fácil bajar los cientos de metros, la mayor parte del trayecto de culo.
Más tarde mis padres tuvieron un chalet en Villa Carlos Paz y hasta que comencé el secundario, era casi obligado pasar el mes de febrero de vacaciones en esa casa de la última calle que había en ese momento, en la falda del Cerro de la Cruz.
Muchos años después, mi madre enfermó y le recomendaron vivir en un lugar con aire puro y tranquilidad, y entonces compramos el pequeño campo en Cerro Blanco –a unos quince quilómetros de Tanti, en plena sierra, cerca de Los Gigantes–, en el cual ella vivió la mayor parte de sus últimos años.
¿Cuántas veces había visto la actual terminal desde la ventanilla del micro o me había bajado para hacer un trasbordo? ¿Cuántos viajes había hecho a Córdoba en esos cincuenta y siete años de vida? ¿Cuántas idas y vueltas llevando a mis hijos para que pasaran las vacaciones con su abuela y cuántos fines de semana, en verano o invierno, para ir a compartir unos días con mi madre en ese lugar tan hermoso en el cual vivía?
Córdoba estuvo en mi vida desde el principio, y en eso pensaba mientras esperaba abordar el micro que ese 30 de noviembre de 2007 tenía que tomar para viajar a conocer a Lolita.
¿Había algún sino en mi destino que me habían llevado una y otra vez a Córdoba? ¿La vida me había ido preparando para lo que iba a pasar y que ni en sueños había imaginado?
Recuerdo haber sacado el pasaje en los asientos de abajo, que son pocos y me resultan más cómodos, y cuando llegó el momento de subir ni siquiera tuve que despachar equipaje porque sólo llevaba mi maletín de viaje, que me había acompañado durante tanto tiempo.
Me acomodé en la butaca y miré cómo el micro iba saliendo de la ciudad, sin poder dejar de preguntarme qué estaba haciendo, aunque ya no podía volverme atrás. La ansiedad me impidió dormir durante un buen rato –pese a que por lo general no tengo problemas para dormir en los viajes–, hasta que el cansancio me venció y me abandoné a un sueño entrecortado, mezclado con la ensoñación que producen las emociones, hasta que creo haber caído en el sueño profundo cuando ya estaba por amanecer.
Una de las cosas que solían sucederme en los viajes a Córdoba es que, como por arte de magia, me despertaba cuando el micro estaba en las cercanías de esas torres de piedra del arco de entrada a la ciudad y esa mañana del 1º de diciembre no fue la excepción. Cuando abrí los ojos, ahí estaba, dándome la bienvenida, franqueándome el paso a la ciudad, el arco de entrada.
Aunque no suelo usar el baño del micro, ese primer día me encerré a lavarme los dientes, mojarme un poco la cara para despejarme y ponerme presentable. Cuando salí del baño, el micro estaba pasando por el costado del Hospital San Roque. Estábamos por llegar a la terminal.
El corazón empezó a latirme más fuerte. No pude aguantar quedarme sentado y fui acercándome a la puerta justo en el momento en el cual el micro entraba en la terminal. Me puse primero para bajar y miré hacia el paredón lateral buscando a Loli.
El ómnibus estacionó y bajé ni bien se abrió la puerta, buscando entre la gente y recordando que Loli me había dicho “Si yo no llegué, vos esperame sentadito, y no te muevas…”
Busqué un lugar no muy lejos de la plataforma en la que había estacionado el micro y me senté a esperar. No tuve que aguardar mucho porque poco después la vi, buscándome entre la gente, caminando hacia mí, en esa calurosa mañana del primer día de diciembre, con su pollerita blanca, una remera musculosa y sandalias.
Entonces me levanté del asiento, con el portafolios a mis pies y la miré en el mismo momento en que descubrió mi presencia.
Fue tanta, tanta la emoción que me embargó que lo único que pude hacer fue abrir los brazos para recibirla.

–Hola, Loli –le dije.
–Hola, Profe –me contestó, antes del fuerte abrazo.

Hoy es 1º de noviembre y falta sólo un mes para que se cumplan tres años de ese día, cuando Lolita y yo, nos vimos, nos abrazamos y nos besamos por primera vez.

 

El Profesor



 

martes, 26 de octubre de 2010

Diario de Lolita: El día antes


29 de noviembre 2007 - 14:59 horas
ESTE MENSAJE SE ENVIÓ CUANDO ESTABAS DESCONECTADO:
Lolita: Hola mi vida... No me mandaste correíto... ¿No compraste los pasajes aún?
29 de noviembre 2007 – 18:17 horas
De: El Profesor
Para: Lolita
Asunto: Re: Mensaje
Enviado por: gmail.com

 
Loli, mi Bebé:
Salgo mañana a las 23:45 de Retiro en General Urquiza.
Llega a las 8:45 aproximadamente a Córdoba.
Plataformas 19 a 29.
Si es muy temprano para vos, no te hagas problemas, que yo me quedo en ese sector esperándote hasta que llegues, ¿sí, mi chiquita?
El domingo, compré el de las 19:45, pero si puedo, cuando llego a Córdoba lo cambio por uno que sale a las 21 pero es coche cama y llega antes que el servicio semi-cama que saqué yo.

Les mandé un correo a los del hotel para que me confirmen la reserva pero no me contestaron. Se los reiteré y tampoco me contestaron. Espero que la hayan hecho. Por las dudas, voy a llamar por teléfono para estar seguro.
 

Muchos besitos, cushita.

Tu Profesor
29 de noviembre 2007 – 21:43 horas
De: 54351313xxxx@mms.personal.com.ar
Para: Usuario


Claro que te voy a esperar mi vida. Si yo no llegué, vos esperame sentadito, y no te muevas, ¿Shi, mi amor?
Sólo faltaba un día para poder tenerlo frente a mí y abrazarlo y besarlo como lo había soñado y fantaseado y pensado tantas, tantas veces.
¡Yyyyuuuupiiiiii!


Lolita




domingo, 3 de octubre de 2010

Diario de El Profesor: ¿Sincronicidad?


Lolita dice: Mi amor…
El Profesor dice: ¿Qué, Cushita?
Lolita dice: Quiero irme a vivir con vos.
El Profesor dice: No. No podés ni debés, aunque te parezca que quieras. Es lógico que te pase, pero es una ilusión, ¿sabés?
Lolita dice: Me hace falta
El Profesor dice: Loli, no podés. Además, viviste dieciséis años sin mí y…
Lolita dice: Pero ahora quiero vivir lo que me queda con vos.
El Profesor dice: No, no... Es una sensación. Tenés mucho por vivir…
Lolita dice: Por eso, con vos.
El Profesor dice: Pero yo no tengo tanta vida por delante, Princesita.
Lolita dice: No digas eso, mi amor. Ojalá vivas muchos años más para que me esperes a que crezca un poquito más así me caso con vos.
El Profesor dice: ¡Tenés tanto que hacer y vivir, Princesita!
Lolita dice: Lo sé. Papi... hermoso... dulce....
El Profesor dice: A ver: ¿Pensaste en que tal vez Dios sólo me mandó para que te haga despertar de ese mal sueño en el que estabas?
Lolita dice: Lo pensé, pero que Dios no te separe de mí ahora, eso sería un tanto perverso de su parte. Justo cuando te estoy amando tanto...
El Profesor dice: Dios no es perverso, Cushi. Sabe lo que hace mejor que nosotros, los seres humanos.
Lolita dice: Si, lo sé. Pero hasta ahora Dios no dijo que no puedo estar con vos. Hasta ahora dice que puedo
El Profesor dice: Pero dentro de unos años, Loli, quizás no pienses lo mismo. Mirá, ahora lo que te pasa es que…
Lolita dice: ¿¿¿PERO VAS A VENIIIIIIIRRRRRRRRR???
El Profesor dice: ¡Y dale…!
Lolita dice: Sí, dale. Yo quiero que vengas.
El Profesor dice: Sí, corazoncito, sí. Voy a ir.
Lolita dice: Te quiero.
El Profesor dice: Y yo a vos, princesita.
Lolita dice: ¿Me podrías llamar una vez que mi papá se vuelva a ir, a las diez?
El Profesor dice: Sipi :)
Lolita dice: Supongo que compraste tarjeta…
El Profesor dice: Sipi :)
Lolita dice: Yo te mando mensajito a tu correo que diga "Llamame", cuando él se haya ido.
El Profesor dice: Bueno... Y ahora andá cerrando porque ya son las y veinte. Puede venir en cualquier momento y no quiero que tengas un problema más.
Lolita dice: Sí, y vos andá a comer algo, que no comés en todo el día. Imaginá que estoy con vos, ¿Shi? :)
El Profesor dice: Sipi :) Besito, Loli
Lolita dice: ¡Ay, mi vida! ¡¡¡Te voy a besar tanto!!!

Ahora, cuando releo estos diálogos después de tres años, trato de recordar qué sentía en ese momento, qué me pasaba que no podía resistirme a su pedido y decirle de una vez por todas: “Bueno, Loli, mirá, en realidad no me esperes porque no voy a viajar. No está bien que un hombre de mi edad tenga una relación con una adolescente como vos y, de tenerla, no va a perdurar. Así que mejor nos ahorramos una pila enorme de problemas terminando acá”.
¿Lo pensaba? Claro que lo pensaba.
Pero claro, escuché decir por ahí que el corazón tiene razones que la razón no entiende.
Hace poco tiempo, la última vez que nos vimos, Loli me sorprendió con una de sus singulares tarjetas, de esas que elige con especial dedicación y esmero, de las que vienen a cuento.
La tarjeta tiene por título TÚ ERES MI MUNDO, TÚ ERES MI AMOR y cuando uno la abre, se encuentra con el siguiente texto:


“¿Qué hubiera pasado si no te hubiera conocido? ¿Qué estaría yo haciendo? ¿Cómo sería mi vida?
“A menudo pienso en todo esto y siempre llego a lo mismo: sin ti sería infeliz, y tendría una vida triste.
“Sé que nos conocimos por un motivo escrito en nuestros destinos: amarnos. Nuestras vidas estaban destinadas a unirse para que nuestros mundos se hicieran uno solo, lleno de felicidad.
“Doy gracias por el rumbo que tomaron nuestras vidas, al unirse para siempre
“Tú eres mi mundo, tú eres mi amor… Te amo”.

Cuando recuerdo cómo transcurrieron las cosas y leo esa tarjeta ahora, me resulta imposible admitir que nuestra historia no tenga un propósito, que sea sólo producto del azar cibernético. Y aunque a veces repito hasta el cansancio que en la vida no hay ni hubiera ni hubiese, que las cosas son como son, no puedo evitar reflexionar acerca de ese texto.
A medida que uno crece y según pasan los años, parece ser un atributo el adquirir una considerable dosis de cínico escepticismo que crece a medida que se van perdiendo los sueños y las ilusiones de la juventud. Por mi formación y por la época que me tocó vivir, admito que descreía del destino y que desde muy joven me dejé seducir por ese conjunto de doctrinas filosóficas que constituyen el voluntarismo, y creí a pie juntillas que la voluntad –esa potencia espiritual del hombre frente a la razón–, es superior al entendimiento porque su esencia es la libertad.
Pero hoy, leyendo ese significativo conjunto de palabras y evocando lo sucedido en estos tres años, me inclino más por creer que quizás sí haya un designio, una intencionalidad que no conocemos. Que el encadenamiento de los sucesos tal vez sea producto del mandato de una voluntad superior que no alcanzamos a comprender que se manifiesta mediante la sincronicidad –¡Gracias, Jung! ¿Qué sería de mi cordura sin vos?–, y que ya ha tomado una decisión respecto de nuestra existencia. La que nos lleva por un camino que ni siquiera sospechábamos que estaba ahí, vaya uno a saber desde cuándo, esperando que empezáramos a recorrerlo.


El Profesor

 

domingo, 5 de septiembre de 2010

Loli y el Profe: Intermedio


A todos nuestros lectores les comunicamos que hasta el martes no publicaremos un nuevo capítulo de nuestra historia.
Con Lolita estamos juntos en Buenos Aires y nos dedicamos a otros menesteres. Sabrán comprender.
Les dejamos un saludito de ambos,

Loli y El Profe

viernes, 27 de agosto de 2010

Diario de El Profesor: Profecía


Recuerdo ese día frío y todavía hoy conservo el mensaje que decía: “Consulta: Buenas... mire, yo he escrito un libro, tengo 16 años, el libro está bueno, trata de superación personal y autoayuda, pero me gustaría que alguien se encargara de leerlo para que me haga una crítica y recién pueda publicarlo”.
Habituado como estaba, a tratar con autores que son personas adultas, de pronto aparecía esta adolescente con un libro por lo que, además de sorprenderme, me pareció maravilloso ya que, no es común, convengamos, encontrarse con una jovencita de dieciséis años que se dedique a escribir de manera más o menos profesional y salga a buscar una editorial que publique su obra.
De modo que le contesté y a la otra mañana, recibí otro correo con su respuesta la mía. Me llamó la atención el hecho que tenía un lenguaje suelto y fresco, pero que usaba las palabras con precisión, sin faltas de ortografía, con mayúsculas, minúsculas y puntuación impecable y, además, hacía gala de una fina cortesía al escribir. Ese día empecé a descubrir a Lolita, a conocer esa tenacidad que pone de manifiesto cuando algo se le monta entre ceja y ceja, a aprender que es capaz de insistir en algo una y otra vez –como Juan y el Preguntón–, y tantas como sea necesario hasta que logra asir y comprender el concepto, porque de ahí en más empezó a preguntarme cómo era eso de editar el libro y "porqué esto" y "porqué lo otro"... y así continuó hasta darse por satisfecha. Hasta ese momento, para mí, la situación aunque inusual, era tan protocolar como con cualquier otro autor adulto.
Si algo no se me cruzó por la cabeza en esos primeros días fue que en ese momento mi vida iba a dar un vuelco trascendental y que empezaba esta historia que ya lleva, desde ese momento más de tres años.
Mi último matrimonio había derrapado por la abrupta cuesta del fracaso a tal velocidad que cuando quise darme cuenta, me sorprendió el hecho de que me había quedado solo. He de ser sincero: más de una vez convoqué a los demonios de la soledad, harto de peleas y momentos displacenteros y los muy condenados parecen haberme escuchado, porque cuando la soledad llegó, vino en tropel y toda de golpe, ya que mis hijos empezaron a irse de casa, a vivir sus vidas y ahí sí que conocí el verdadero significado del "estar solo".
Recuerdo haber tocado el tema en mis sesiones de terapia y haber aceptado que tenía que aprender a estar solo porque no sabía. Si bien lo había estado por momentos, en realidad desde mi casamiento, en los difíciles y turbulentos ’70, me lo había pasado rodeado de gente.
No quiero dar la lata con mi historia pre-Lolita, de modo que menciono que en ese 24 de julio de 2007, había terminado yo hacía poco tiempo una atormentada relación –complicada y embrollada desde el principio–, con una mujer bastante desquiciada y manipuladora, del tipo engañadora, de las que revelan su verdadera personalidad una vez que ya te tuvieron todo descalzo en su cama. De las culpógenas que tratan de echarle la culpa a los demás para no hacerse cargo de la propia responsabilidad y cuya estrategia más eficaz consiste en victimizarse para tocar la compasión del otro y una vez que consiguió lo que quería, ¡Zas!, te la da por el coco y empiezan los interminables pases de factura.
Harto de escenas de celos infundadas, de discusiones estériles y de decenas de llamadas telefónicas cotidianas que me distraían de mi trabajo, un día dije “¡Basta!”. Claro que la señora no se dio por enterada y siguió insistiendo día tras día, usando toda la batería de recursos: el reproche, el perdón, la lástima, la seducción, la histeria, el “refriegue facial” (mostrar cuántos admiradores supuestos o reales tenía), la falsa devoción, el declamar la amistad y el cariño que no sentía, y esas frases grandilocuentes del tipo “cambiaste mi vida”, “te entregué mi corazón”, acompañadas de un sinfin de escenas propias de culebrones centroamericanos.
Debo admitir, para ser justo, que en algún momento me ayudó (y se lo agradecí), del mismo modo que yo la ayudé a ella aunque no supo ni siquiera apreciar los esfuerzos que hice para que pudiera conservar la imagen de mujer-mamá ante sus propios hijos, que se sospechaban que yo era más que un amigo y que algo olía a podrido en Dinamarca.
Ese frío 24 de julio –el año que nevó en Buenos Aires–, a mis cincuenta y siete años estaba yo dedicado a trabajar como director literario y a cargo de una tutoría de posgrado y me había jurado y perjurado que no quería más despelotes con mujeres. ¡Basta-basta-basta! ¡Se acabó!
Leyendo un post titulado “La otra cara de la moneda”, en el blog de Lady Baires, encontré la mejor definición de tantos hombres de mi generación –y de por lo menos dos siguientes–: “... los hombres que no buscan nada... ". En ese invierno de hace tres años, yo era uno de esos hombres que no sólo no buscaba sino que tampoco esperaba nada más de la vida.
Y aquí viene a cuento un recuerdo que tengo de la adolescencia: fue en una de las excepcionales ocasiones en las que se me ocurrió pasar a buscar por su trabajo a mi padre –con el que me llevaba bastante mal–, de regreso un viernes a la tarde para disfrutar del sacrosanto franco del cadete, y poder volver juntos a casa.
Esa tarde justo lo encontré cuando estaba por salir para ir a atender a una de sus pacientes, una señora mayor, una de esas viejitas paquetas de la familia de estirpe, y me preguntó si quería acompañarlo, que no le llevaría mucho tiempo y después podríamos regresar juntos.
La venerable anciana (cuyos datos me reservo porque el apellido es muy conocido), tenía ya más de ochenta años, aunque mantenía ese porte y esa actitud de los que han vivido en la opulencia y han aprovechado las enseñanzas de la vida y nos recibió con suma cortesía. En cierto momento en que nos quedamos a solas ella y yo mientras la mucama acompañaba a mi padre a la cocina del petit hotel en el cual vivía, la viejita me miró a los ojos. Aún hoy, recuerdo esa mirada intensa. Esos ojos azules que eran mansos pero en los que destellaba una aguda inteligencia y algo indefinible, algo más que en ese momento en que conversábamos de temas triviales como los estudios o el clima –piénsese que por esos días era yo un adolescente de la misma edad de Loli– no supe discernir qué era. Con el tiempo me di cuenta que los ojos de esa mujer ya anciana parecían hurgar dentro de mí... o por lo menos así recuerdo haberlo sentido.
De pronto alargó sus dos manos sarmentosas de uñas prolijas y manicuradas hacia mí.
–¿Me das la mano derecha? –dijo.
Me sorprendió, sí, pero no me negué y se la extendí.
–Ahora la otra –dijo, después de mirar un instante la palma extendida.
Le extendí la mano izquierda abierta, con la palma hacia arriba, la tomó entre las suyas y empezó a observar primero y luego a recorrer con su índice ciertas líneas cuyo significado yo desconocía.
–¡Qué vida vas a tener, hijo! –dijo después de mirar unos minutos, dando un respingo, como de impotencia por tener la potestad de ver, pero la imposibilidad de hacer nada para modificar lo que ve.
–Vas a ser amado por las mujeres, aunque sólo algunas pocas van a aprender a amarte bien.
Imagino que yo debía estar mirándola con la incredulidad dibujada en mi cara, pero a ella pareció no importarle.
–Y vos vas a quererlas, pero durante toda tu larga vida vas a estar buscando ese amor que te ponga la existencia de cabeza, que te sacuda, que te estremezca, que te tenga todo el día pensando en la persona amada y que te despierte todas las contradicciones con las que tenemos que cargar en esta vida, por el sólo hecho de ser humanos e imperfectos.
–Mhh-hh.
–Pero vas a tener que ser muy, muy paciente si querés encontrarlo.
–¿Por qué?
–Porque va a tardar en llegar. Va a tardar mucho. Cuando aprendas a amar en serio, cuando hayas conseguido paciencia y prudencia y a la vez conserves esta energía y este entusiasmo de la juventud que tenés ahora, pero que no dejás que cualquiera descubra.
En ese momento lo que me decía esa anciana no debió haberme gustado del todo, porque había dado en el clavo, revelando uno de los aspectos más reservados y secretos de mi persona. No sé si lo sentí o si hoy creo que lo sentí, pero era como ella decía. Admito, mea culpa, que en mi matrimonio y después, si bien quise a las mujeres que pasaron por mi vida, a algunas más y a otras menos, no me entregué del todo. Siempre reservé un lugarcito para preservar a aquel niño sensible y cariñoso que fui una vez, que estaba lastimado, para que no lo dañaran más.
Me pidió que cerrara la mano y miró el puño, del costado del dedo meñique y, sin soltarme la sostuvo con una de las suyas y me dio unas suaves palmadas con la otra, meneando la cabeza.
–Entre cinco y... siete... –dijo y otra vez me escudriñó con esos ojos vivaces.
–¿Cinco y siete qué?
–Hijos. Los hijos que vas a tener.
No sé si pensé "Esta viejecita está más loca que un plumero", pero me acuerdo que me dijo muchas cosas más que me quedaron grabadas en la memoria y, hasta el día de hoy, la mayoría se transformaron en realidad, como si aquella anciana hubiera sido una pitonisa que pudiera ver el futuro.
Porque hasta la fecha, soy padre de cinco hijos y sé que no hay ninguno que pueda aparecer de sorpresa, de manera que, si la maestra de primero inferior no me engañó, quizás estén faltando dos en la cuenta.
Claro que mucho de lo que la viejita paqueta dijo en aquella tarde de viernes lo he olvidado, porque la mente parece ensañarse con los recuerdos de la adolescencia, quizás porque es una de las épocas más difíciles que tenemos que transitar los seres humanos.
Pero hay algo de aquella PROFECÍA que resultó tan cierto como que el Sol siempre sale por el Este o que lo único verdadero en este mundo no es producto de nuestro intelecto, sino del corazón.
El amor tardó en llegar. Hoy, puedo asegurarlo.
Llegó, después de muchas vicisitudes, desengaños, alejamientos dolores y duelos, y también de alegrías y momentos inolvidables. Llegó de la mano de esa chiquita sorprendente que hace tres años y un mes escribió un correo electrónico buscando un editor para su libro.
Llegó, a mis cincuenta y siete años, de la mano de Loli...

El Profesor

domingo, 7 de febrero de 2010

Un día especial

Para todos los que se preguntan por nuestra súbita desaparición de este espacio, quiero dejarlos tranquilos de que estamos bien, sólo que… estamos juntos. Y cuando estamos juntos rara vez nos sentamos frente a una computadora a revisar correos, escribir post o trabajar. Cuando estamos juntos nos dedicamos a disfrutar cada momento compartido y a divertirnos a más no poder.
Para alegría de ambos, el Profe, después de un largo tiempo de no viajar para estos lados –durante los últimos meses estuve viajando yo–, llegó a Córdoba el pasado viernes para pasar un fin de semana especial.
Y el día más importante de esta semana especial, es éste.
¿Por qué justo hoy, domingo 7 de febrero?


¡Porque hoy es nuestro cumpleaños!
¡Los dos festejamos el mismo día nuestro aniversario de nacimiento!
Hoy nos dedicamos a vivir al máximo: estuvimos en lugares de Córdoba que tanto extrañábamos y que ya los sentíamos tan nuestros por toda la historia que compartimos en ellos. También paseamos por el Shopping y disfrutamos de una buena peli en el cine.
Ahora estamos los dos en mi casa, preparándonos para tener una linda noche, comer un rico asadito bajo las estrellas preparado por mi papá y más tarde soplar las velitas de una torta veraniega (torta helada) al tiempo que pedimos nuestros tres deseos, esos que llevamos en el corazón y que con tanto anhelo deseamos que se hagan realidad.
Dentro de unos días les contaremos con más detalle las aventuras que vivimos en estos días…

Lolita & El Profesor

jueves, 26 de noviembre de 2009

Ese primer beso

Esta mañana, como muchas otras en estos dos años, al abrir mi correo electrónico, me esperaba una carta de Lolita. Ambos seguimos sorprendiéndonos mutuamente con una carta –para nosotros no son correos electrónicos, sino cartas–, escrita antes de irnos a dormir, para que el otro la encuentre por la mañana.
En la carta de hoy Loli, con esa sensibilidad que tiene para escribir, mencionaba nuestro primer encuentro hace dos años. La primera vez que nos vimos.
Esa mención me llevó a evocar el momento y, de pronto, me sorprendí recordando que en este mismo 26 de noviembre de hace dos años atrás, ya tenía en mi poder el pasaje de micro para cuatro días después, porque había decidido conocer personalmente a esa jovencita sorprendente que la vida me había cruzado en el camino en el otoño de mi vida, cuando ya creía que era incapaz de volver a enamorarme y vivía mis días dedicado a mi trabajo. Vivía –o discurría, que no es lo mismo–, como se supone que debe vivir un hombre que ha dejado mucho tiempo atrás esas ilusiones de la adolescencia y la juventud que hacen latir muy fuerte el corazón, que nos llevan a pensar en todo momento en la persona amada, nos colman de expectativas y que –en un solo e indescriptible instante de plenitud–, nos desbordan el alma y los sentidos con esa felicidad pura e inocente, como la de los niños. Un breve destello tan resplandeciente, que es como si de repente, Dios nos invitara a jugar con Él a las escondidas en una apacible noche de verano.
Me acordé de esa noche, cuando le mandé el último mensaje de texto desde mi computadora, diciéndole que ya salía para la terminal de Retiro y ella me contestó que iba a estar esperándome y me deseó un buen viaje.
Aún hoy, después de dos años, vuelvo a revivir las emociones que me embargaban cuando el micro de General Urquiza cerró sus puertas y partió rumbo a Córdoba y cómo me quedé largo tiempo, ya en plena ruta, mirando por la ventanilla hasta que me venció el cansancio y empecé a dormitar por momentos, de forma entrecortada, sin poder evitar preguntarme cómo sería el momento del encuentro, qué debía hacer, cómo sería en persona esa adolescente con la que nos escribíamos y nos mandábamos mensajes de texto a diario y nos hablábamos por teléfono a escondidas, cada vez que su papá no estaba. Esa jovencita a la que nunca había visto, pero que creía conocer y, de alguna manera indescifrable, quería con ternura y con pasión.
Recuerdo que me despertó el primer rayo de sol de la mañana y ya no pude volver a dormirme. Que supe que lo que parecía una fantasía era la realidad cuando el ómnibus cruzó el arco de entrada de la ciudad de Córdoba y que esa primera vez, sobrecogido por la ansiedad, me levanté del asiento cuando aún no habíamos llegado a la Terminal, para ser el primero en bajar. Desde ese día, ser el primero en bajar y saludar a Loli desde la ventanilla, se ha transformado en un rito para nosotros.
Sé que hasta el último día de mi vida voy a volver a verla en el andén, con su hermosa sonrisa, corriendo hacia mí con su blusita, su pollerita blanca y sus ojotas y voy a sentir ese primer abrazo que nos dimos. Ese primer contacto fugaz de nuestros cuerpos, el no saber muy bien qué hacer en ese momento, rodeados de gente como estábamos, viviendo como en un sueño esa indescriptible realidad.
Si me preguntaran hoy qué sentí en ese momento, debo admitir que fue una maraña de emociones y sensaciones que daba por olvidadas, que decidieron salir todas juntas y en tropel de ese lugar impreciso de mi memoria, en el cual habían quedado guardadas como dulces recuerdos, como esas cartas de amor de la adolescencia que un día se encuentran en una caja que creíamos perdida hacía mucho tiempo.
A veces a la noche, antes de dormirme, también evoco el momento inolvidable del primer beso.


Cuando estuvimos a solas en la habitación, después del nerviosismo y la incertidumbre de entrar juntos al hotel, Lolita se sentó en mi falda, me rodeó el cuello con los brazos y me acarició el cabello con una mano y entonces, por primera vez, sin decirnos una palabra, con nuestro corazón latiendo más rápido y mirándonos a los ojos, sus labios y los míos se rozaron y se reconocieron por primera vez... y se gustaron. Vaya si se gustaron.
Para Lolita fue el primer beso en la boca de un hombre. Ése que se recordará durante toda la vida, el que le marcó un antes y un después en su vida.
Quizás ella crea que para mí, a mi edad y después de haber vivido tanto, no debe haber sido tan significativo.
Nada más lejos.
Esa primera vez que besé a Loli en los labios me hizo volver a sentir lo que alguna vez me dejó tan conmocionado que me parecía estar flotando entre nubes, como le pasó a ella.
Ese primer beso en la boca, para mí, representó volver a sentirme vivo.


El Profesor
Foto: Massimiliano Uccelleti

martes, 17 de noviembre de 2009

El Encuentro

El sábado a la mañana llegó Loli a Buenos Aires y ya teníamos pensado encontrarnos con Paula, nuestra Madrina de blog, para conocernos en persona.
De manera que después de las efusividades iniciales y mientras nos dedicábamos a zamparnos un pantagruélico almuerzo en el “diente libre” de la zona, que tiene como especialidad pescados, mariscos y frutos de mar –para deleite de Lolita y regocijo mío–, le enviamos unos mensajes de texto a Paula y quedamos en encontrarnos en la esquina de Callao y Córdoba aproximadamente a las seis de la tarde de ese mismo sábado.



La Madrina salió pitando de su casa y justo cuando llegó a la parada se le estaba yendo un micro, razón por la cual se retrasó un poco, pero finalmente llegó y Lolita la reconoció a la distancia y corrió hacia ella para estrecharla en un fuerte abrazo que repitió conmigo, después de casi un año de conocernos de manera virtual.



Entramos los tres a la confitería Petit Córdoba, pedimos unos cafecitos y casi de manera mágica, en esa tarde fresca cuando ya caía el sol, nos pusimos a conversar como si nos conociéramos de toda la vida.
Encontrarnos con Paula no fue un hecho menor. Es la primera blogger que conoció nuestra verdadera identidad por correo electrónico y la única que nos conoce en persona.
Paula –que se comprometió a ser nuestra Madrina en serio, si el futuro nos depara una vida en común–, es uno de esos seres encantadores, cálidos, afectuosos, divertidos y que siempre buscan mirar el lado positivo de las cosas.
Traviesa, ingeniosa y con una perpetua sonrisa –que por momentos se torna picarona–, Paula también es profunda y dueña de una sensibilidad poco usual.
Se nos pasó ese atardecer en la ciudad casi sin darnos cuenta, compartiendo experiencias, historias de nuestras respectivas vidas, recuerdos mutuos y algunos chismes del mundillo de los blogs.
En síntesis, conocer a Paula significó para nosotros un verdadero privilegio y cuando caímos en la cuenta de la hora que era, tuvimos que salir a los piques porque nos estaban esperando para cenar y se nos había hecho muy tarde.
Para quienes no la conozcan, Paulita es tal como se muestra: auténtica, frontal, cálida, cariñosa, comprensiva, abierta de mente y con un corazón lleno de buenos sentimientos.
Madrina: ¡Qué lindo fue encontrarnos y conocerte! ¡Qué buen momento pasamos juntos! Ojalá podamos repetirlo en el futuro.

Lolita & El Profesor

miércoles, 21 de octubre de 2009

Carta abierta

Hoy quise escribir esta carta dirigida a todos nuestros lectores, porque hay momentos en la vida en que se nos hace necesario convalidar que todo aquello que pensamos, que creemos, que imaginamos y soñamos, no está mal. Que va por el buen camino, que es de buena fe y que, lejos de hacer un daño, les sirve a muchos.
Hoy quise escribir esta carta a todos los que nos leen, porque necesitamos saber que no estamos ofendiendo a nadie, que nuestro blog, pese a su título –trasgresor, si se lo quiere ver así–, es un rinconcito donde Lolita y yo desplegamos en palabras nuestros sentimientos más genuinos.
Hoy quiero escribir estas palabras para que todos los que nos leen sepan que con Lolita conocemos e identificamos por lo menos a cuatro seres que, como las Erinias de la mitología griega –esas perras rabiosas de la Hélade–, se empecinan en su maldad, en su soberbia y en su perversión en hacer daño. En calificar de “pornográfico” a este espacio en el cual ambos dejamos escrita nuestra historia –por atípica que sea–, con el anhelo que un día todas estas letras amontonadas se conviertan en un libro que le sirva por lo menos a un ser humano para comprender y quizás aprender un poquito de qué va eso del amor, cuánto cuesta y que es justo que así sea... porque de lo contrario, no sería amor.
Hoy quiero pedirle a nuestros lectores que dejen su opinión honesta, su parecer, lo que piensan y lo que sienten más allá de las caricias de toda cortesía. Porque hay veces que uno se cuestiona si estará haciendo lo correcto. Si no será cierto que la relación entre Lolita y yo es un imposible y que somos parte –sin darnos cuenta–, de la miseria de esta sociedad post industrial, globalizada y posmoderna, en la que parece que uno cree que vale por lo que tiene y aparenta, y no por lo que es.
Hoy quiero que todos los que nos leen sepan que ni Lolita ni yo buscamos encontrarnos. Que Dios o la vida o nuestro karma nos cruzaron los caminos sin que estuviésemos esperándolo y que las cosas fueron como fueron sin buscarlo. Sin premeditación ni especulaciones. Sin dobles intenciones. Con la espontaneidad que sólo se consigue abriéndole el corazón a un semejante sin hacerse preguntas ni buscar respuestas y sin esperar nada a cambio.
Hoy quiero que sepan que el amor que nos une, a Lolita y a mí, es como esta imagen. La de dos manos que se tienden.




Dos manos que se tienden, porque es el símbolo de esta maravillosa aventura que es vivir, la que nos dio la oportunidad de que se encontraran, aunque más no fuere por un corto trecho –¿cómo saberlo?–, para acompañar al otro iluminándole el camino y guiándolo con esas chispitas de luz, que nos permiten ver y nos enseñan no temerle a las sombras del sendero que tenemos que transitar, querámoslo o no, mientras estemos en este mundo.
Hoy necesitamos, Lolita y yo, que nos digan que sólo las mentes enfermas, enrevesadas, egoístas y ruines, pueden encontrar obscenidad donde sólo, tanto ella como yo, estamos dejando en palabras nuestra historia que es, nada más y nada menos, que una historia de amor.
Por eso hoy empeñamos nuestra palabra, Lolita y yo, de no responder ningún comentario y dejar que cada cual exprese lo que le parece... anónimos incluidos.

El Profesor

jueves, 3 de septiembre de 2009

Medias de Lolita

Acabábamos de encontrarnos en la estación terminal de ómnibus, en el último viaje de agosto.
Como siempre, luego de los abrazos, los besos y las sonrisas, nos tomamos de la mano y nos dirigimos a la cafetería en la que acostumbramos tomar el desayuno.
Nos sentamos, dejamos nuestros bolsos en una silla junto a nosotros, y nos quedamos esperando a que nos atendieran.
Hicimos nuestro pedido al mozo que se nos acercó, y mientras aguardábamos que llegara el pedido, el Profe sacó mis barritas de cereal (las trae en el bolso de mano), y después me dijo:
–Loli… te traje un regalito.
–¡Uy, Papi! ¿Qué es? ¿Qué me trajiste? –me entusiasman las sorpresas que me prepara.
Buscó en su valija, sacó un paquete envuelto en papel de regalo y me lo entregó.
Lo miré con una sonrisa y él me devolvió un gesto picarón. Cuando hace ese gesto con los ojitos y los labios es porque ha hecho alguna de las suyas. Y por lo general, es una travesura.
–Mmm... a ver qué será... –dije.
Rompí el envoltorio de colores y me encontré con algo suave… y rayado.
–¡Papi! ¡Medias de Lolita en serio!
–Para que te las pongas con esas chatitas negras... Son largas... podés usarlas con una minifalda. Te van a quedar hermosas, mi vida.
–¡Gracias, Papi! –le dije.
Me di cuenta que la gente de las mesas cercanas nos miraban con curiosidad, ya que yo había desplegado el par de medias largas arriba de la mesa y no dejaba de mirarlas y de mirarlo a él, sonriendo.
–¿Qué me merezco, Loli? –preguntó.
–Te merecés un beso enorme... ¡Así de grande! –contesté.
Me incorporé, fui hasta su silla, lo abracé del cuello y le di unos cuantos besos bien fuerte.
Cuando volví a mi lugar, la gente nos observaba con extrañeza. No era de lo más común que un padre le regalara a su hija unas medias rayadas en blanco y negro y que por eso la niña lo besara tanto.
En ese momento llegó el mozo con nuestros cafés y medialunas. Tuve que correr todo de la mesa para que pudiera apoyar la bandeja.
–Cuando las use con las chatitas, mi amor, me voy a sacar una foto y te la voy a mandar...
–Por favor –me dijo, mirándome a los ojos.
–Pero en estos días las voy a usar... supongo que querrás jugar con ellas y conmigo, ¿eh? –le pregunté, llevándome el dedito índice a la boca. Ese gesto de nenita traviesa que lo divierte y lo excita.
–Claro, Bebi, por algo las traje... es una fantasía que tenemos pendiente de realizar...
–¡Sos tremendo papi!
Sonrió y me sirvió el edulcorante, como suele hacer. Después, nos concentramos en el desayuno, porque ambos lo necesitábamos. Necesitábamos toda nuestra energía para después.



Así me quedan las medias “bucaneras” de Lolita. Las otras fotos, también con las medias, son exclusivas para nosotros dos.

Lolita

martes, 4 de agosto de 2009

Merecido Descanso

–¡Paaaapppiii!!!
–¿Qué, mi Lolis?
–¡Qué contenta estoy! ¡Faltan apenas unas horas para verte de nuevo, mi amor!
–Yo también estoy muy emocionado, mi vida. Después de todo, el tiempo pasó rápido desde la última vez que nos vimos…
–Shi, es cierto. ¡Qué ganas que tengo de abrazarte, cubrirte de besos y disfrutar de esos días de vacaciones con vos!
–Igual yo, Princesita.
–Los dos nos lo merecemos, vos porque trabajaste mucho y yo porque me pasé todo el mes de julio estudiando para las materias… y gracias al esfuerzo y a la constancia, aprobé todo. Creo que es hora de que ambos descansemos y nos divirtamos como cada vez que estamos juntos ¿No te parece?
–Ajaps… Lolis…

–¿Qué?
–¿Llevás la mallita?
–¡Claro! Hace un ratito la acabo de poner en la valija. ¿Vos llevás la tuya, la que te regalé?
–La voy a llevar, pero aún no la puse…
–¡Nos vamos a bañar en una pile de agua calentita!
–¿Y vamos a jugar al tiburón y a la Sirenita?
–¡Ay, Papi! ¡Sos un atorrante! Pero si, vamos a jugar a eso y mucho más…
–Bebi…
–¿Mmm?
–Me voy a hacer el equipaje. En unas horas sale el micro y no quiero andar corriendo a último momento.
–Bueno, mi cielo. Nos vemos mañana. Te voy a estar esperando, como siempre. ¡Esta noche no voy a poder dormir de la emoción!

Lolita