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domingo, 5 de septiembre de 2010

Loli y el Profe: Intermedio


A todos nuestros lectores les comunicamos que hasta el martes no publicaremos un nuevo capítulo de nuestra historia.
Con Lolita estamos juntos en Buenos Aires y nos dedicamos a otros menesteres. Sabrán comprender.
Les dejamos un saludito de ambos,

Loli y El Profe

sábado, 6 de marzo de 2010

No Damar... 2

(O Tribulaciones Hoteleras Tercera Parte)

Gustavo (a) El Bobeca Mayor
A Gustavo –de ahora en adelante El Bobeca Mayor–, lo conocimos esa misma mañana. El Bobeca Mayor era el sobrino de Felicitas y Eduviges (a quien les presentaré en el próximo post) y supuesto padre de Matías –de ahora en más El Bobeca Menor, porque a simple vista parecía ser portador de la impronta del ADN defectuoso–, a quien también conoceríamos en breve, para nuestro disgusto.
Y digo “para nuestro disgusto”, porque desde el cartel de la puerta –que advertía al pasajero que debería enfrentarse a todos los padecimientos del purgatorio y del infierno de Dante si se le ocurría llevarse una toalla–, todo en el Damar, era un disgusto. ¡Qué digo un disgusto! Era un tormento, un castigo, una pesadilla.
–¡Uhhh, papi! –dijo Loli, abriendo el “ropero”. Sí: ro-pe-ro. Porque no era un placard. Era lo más parecido a un ropero de los antiguos, pero más cochambroso.


Creo que la cama, a pesar de la mediocre reproducción de un cuadro con marco de pésimo gusto y origen incierto que tenía sobre el cabezal, era lo único más o menos decente en la habitación.
–¡Paaaaaa..! –gritó Lolita, que se había ido a revisar el cuarto de baño.
–¿Qué pasa, Loli? ¿Por qué gritás así?
Se asomó en el marco de la puerta y me dijo, moviendo el dedito índice de la mano derecha en forma de ganchito.
–Vení y mirá.
A diferencia de César en las Galias, fui, vi, y me vencieron.
En ese momento me dieron ganas de ir a la recepción, pedir que me devolvieran el dinero y, si Felicitas se negaba, perpetrar lo que desde ese momento se conocería como “La Masacre del Damar”.
Paso a detallar:
a) Puerta del baño chirriante, despintada, con la madera podrida por la humedad en su parte baja.
b) Ducha con una de esas “regaderas” antiguas, bastante herrumbada.
c) Inodoro estratégicamente ubicado como para no estar cómodo (después descubriríamos que cada vez que uno oprimía el botón del depósito, se inundaba medio baño).
d) Carencia absoluta de ese ingenioso e higiénico sanitario conocido como “bidé”.
e) Lavatorio con amenaza de derrumbe en cualquier momento, en condiciones desastrosas. Si no me creen, vean:



(Se ve que en algún momento, tal como parecía, debió haberse caído y la solución fue pegarlo con "La Gotita", como si se tratara de un puzzle).
¡Un horror!
Habituados como estábamos con Loli a ir a hoteles decentes y a algunos excepcionales –téngase en cuenta que el último recuerdo de alojamiento era el Berna, de Villa General Belgrano, con todas sus comodidades–, se imaginarán cómo nos sentíamos.
–¿Y ahora qué hacemos, Papi? –preguntó Loli.
–¿Nos vamos a otro hotel?
–No creo que la señora esté dispuesta a devolverte el dinero. ¿Vos sí?
–No, no creo. Pero se lo saco a mordiscones...
–No, Gordi, tranquilo. Perá... A ver... Veamos –pasado el primer momento de desconcierto, Loli es una experta en analizar los diferentes pro y contras de las situaciones–. Las sábanas están limpias. La cama parece sólida –dijo, dio un saltito y se sentó sobre la cama que no se despatarró... (Lolita no, la cama).
–Ajá.
–El baño es un desastre, sí... Pero parece limpio.
–Mjm...
Se levantó de la cama y caminó hasta el ropero.
–Mmmm... No creo que haya polillas o cucarachas, Pa.
–Bueno, esa sí que es una buena noticia, Loli –dije, apelando a mi mejor sentido del humor, mientras sentía que mi tensión sanguínea pasaba de normal a Extra Large.
–Y de última, mi vida... Nosotros, por lo general con la camita nos arreglamos, ¿eh? –dijo, con ese gesto travieso que le hace más brillantes los ojitos.
–Mjm...
–Y además mami organizó actividades recreativas de todo tipo, así que acá adentro no vamos a estar más que para dormir y para...
–Mhhh-hh.
–Vení, Gordi –dijo, sentándose de nuevo en la cama, golpeteando con su manito sobre el colchón, indicándome el lugar donde ubicarme a su lado, y sacándose las ojotas con los piecitos, y haciendo un mohín que preanuncia momentos inolvidables.
–Es que, Loli...
–Dale, vení que mami todavía no te hizo ningún mimo. Olvidate del baño... Mirá, la cama huele a “shuaveshito”...
(...)
Casi dos horas más tarde, nos dio hambre. Como suele suceder después de las efusividades del encuentro. De manera que nos levantamos y me ofrecí voluntario para probar la ducha primero.
Para nuestra tranquilidad, no se me cayó en la cabeza. Aunque había que esperar un rato que el agua saliera caliente, una vez que uno conseguía graduar la temperatura, el chorro era copioso y aunque el agua llegaba casi hasta la puerta, no conseguía pasar el marco, con lo cual no había riesgo que se inundara toda la habitación.
Una vez duchados, cambiados y perfumados, decidimos salir corriendo para El Ruedo, a fin de reponer calorías.
Cuando llegamos a la recepción, estaba El Bobeca Mayor en el mismo lugar en el que lo habíamos dejado y en similar posición, frente al monitor de la Commodore.
Loli no tuvo tiempo a decir nada, porque antes de depositar la llave en el mostrador, le espeté:
–Buenos días, buen hombre...
(...)
Ni me miró. Como si no le estuviera hablando a él o como si se tratase de un muñeco de tamaño similar, símil ser humano.
–Señor...
–¿Ah..? ¿Eh..? ¿Ah..? –balbuceó y me miró–. ¿Sí?
–Mire usted –le dije, casi canturreando y tratando de no levantar ni medio decibel mi voz–. Hemos notado, para nuestro desasosiego, que la habitación tiene algunas deficiencias...
–¿Eh..? ¿Ah..? –obtuve, por toda respuesta.
–Sí, como le digo. Por ejemplo, el inodoro del baño, pierde.
–Ah...
–Y la pileta está rota... –le expliqué, con mi mejor tono conciliador, que conservo desde mis épocas de ejercicio de la docencia.
–¿Pierde? –preguntó.
–No... Perder, no pierde. Pero se ve que algún día se cayó y...
–Habitación... –miró la chapa, pesada como una losa de cementerio a la que estaba atada la llave, quizás para que a nadie se le ocurriera robársela–. Mjhhhh... –hizo una pausa, y hasta nos pareció escuchar el ruido a engranajes oxidados que provenía del interior de aquella caja de resonancia defectuosa o hueca. –¡Ah, sí! ¡Pero la arreglamos!
(Claro que la arreglaron, tarúpido, pero es una porquería. Podrían haber comprado una nueva), pensé.
–Ajá... Sí, es cierto. El carpintero hizo un buen trabajo –dije.
Y El Bobeca Mayor, por supuesto, no comprendió el sarcasmo. Se ve que tenía quemada la lamparita, las pilas Eveready de repuesto se le habían agotado y no producían neurotransmisores suficientes como para conseguir la sinapsis química cerebral que hace de puente entre dos neuronas.
Y además, a su equipo cerebral, le faltaban por lo menos diez de los once jugadores más el aguatero.
–Sí, la arregló bien a la pileta –dijo, tan suelto de cuerpo.
Lolita se tapó la boca con la mano, como cada vez que le cuesta reprimir una carcajada.
–Pero además, buen hombre –proseguí–, ¿sabe usted una cosa?
–No... ¿qué?
–El-cuar-to-de-ba-ño-no-tie-ne-bi-dé –expresé, silabeándole la frase como a un párvulo corto de entendederas.
–¡Ah! ¿No tiene? –dijo, como despertándose del aletargamiento cerebral en el que parecía estar sumido desde el día que llegó a este mundo, y se ve que se acordó–. No, no tiene...
–¿Cómo que no tiene?
–No, no tiene.
–Pero... ¿no le parece que debería tener uno?
–No, es cierto, no tiene –insistió en su argumento tautológico, como si el hecho que el baño de una habitación de hotel no tuviera bidé (o bidet, se puede escribir de las dos maneras) fuera lo más normal del mundo.
Y me lo dijo así, lo más campante, para después esbozar algo parecido a una sonrisa de primate.
¡Ay, Dios! Recuerdo que hacía calor afuera, calor ahí adentro y yo, por dentro estaba que hervía y que mis ojos no podían dejar de mirarle la yugular para calcular el lugar preciso donde pegarle el golpe con el canto de la mano y dejarlo seco en el acto, teniendo la certeza que nadie lo iba a extrañar, ni siquiera sus tías.
Loli, en extremo perspicaz, advirtió mi estado de ánimo. Se acercó y dijo, apoyando su mano en mi cintura y metiendo un dedito entre el cinto y la bermuda.
–Mi vida... ¿Por qué no vamos, que tenemos hambre, eh? –y dio un tironcito, como para alejarme del mostrador.
Y aunque el Mister Hyde que todos llevamos adentro quería matar, y matar con premeditación y alevosía, el Doctor Jekyll le ganó por mano y, tironeado amorosamente y con suavidad por Loli, salimos al exterior.
–¿Vos escuchaste lo que dijo? –le pregunté, sin perder del todo las ganas de volver y estrangularlo.
–Sip...
–Que no hay bidé.
–Sipi...
–Y lo dijo así como así... como si tal cosa.
–Ajap.
–Pero...
–Dale, Gordi. No te hagas mala sangre... Mirá qué lindo día... dale, vamos a El Ruedo, que me hace ruido la pancita.

Pero como cuando las circunstancias se confabulan, parecen ser peores que los opositores en el Senado llevándole la contra a la señora K, ¿a qué no imaginan que pudo haber pasado ese mediodía?
El Ruedo, estaba cerrado porque la municipalidad de La Docta estaba haciendo un arreglo en la calle.
¡Me cacho en la Ley de Murphy!

El Profesor
PD: ¿Ustedes creen que esto fue todo? No nononono, estimados bloggers amigos. Los sinsabores y aflicciones que tuvimos que padecer en ese lugar, estaban muy pero muy lejos de haberse terminado. Si quieren enterarse, to be continued.

Fotos: by Lolita


jueves, 4 de marzo de 2010

No Damar... 1

(O Tribulaciones Hoteleras Segunda Parte)

Felicitas.
No sé por qué se me cruzó por la cabeza que la señora que nos miró con cara de pocos amigos desde el mostrador donde preparaban el café, debía llamarse Felicitas.
Ese recibimiento no resultaba para nada halagüeño, si hay que decirlo, aunque con Loli ya estamos acostumbrados a que a veces nos miran raro cuando caen en la cuenta que la cama matrimonial de la habitación no va a ser ocupada por una pareja de edad similar.
Para ser justos, hay que decir que pasada esa primera mirada de guardiacárcel de pabellón de presos peligrosos, Felicitas se esforzó en mostrarnos su mejor sonrisa cuando se acercó para registrarnos en el venerable –y vetusto– establecimiento hotelero.
–Ya le preparan la habitación –dijo–. Se está yendo el pasajero anterior.
Era razonable. Habíamos llegado algo temprano para el check-in (como se le dice ahora), de manera que no podíamos decir nada, aunque en otro hotel la habitación, por lo general, ya nos está esperando.
–¿Va a pagar ahora? –me preguntó Felicitas, derecho viejo, haciendo gala de su fina cortesía. Se me antojó que su concepción de “cortesía” se debía asemejar a la que debió haber tenido el ayudante de campo de Atila.
–Sí, claro –le dije, y empecé a contar el dinero.
–A ver... –me dijo, casi arrancándomelo de la mano, y se puso a contar, billete por billete, como un usurero contando las ganancias producto de su rapacería.
Cuando lo hubo contado dos veces, y con la habilidad de un prestidigitador, hizo desaparecer los billetes en algún lugar indefinido del delantal que llevaba puesto o debajo de él. Acto seguido, abrió un libraco de registro de pasajeros que parecía el libro mayor de una empresa del siglo XIX, mientras murmuraba: “La lapicera... siempre me roban la lapicera...”
Admito que tuve la tentación de ofrecerle la mía, pero cruzamos una mirada con Loli –que se mantenía a prudencial distancia, observando y en silencio–, y reprimí el impulso.
–¡Acá está! –exclamó la venerable señora, echando una mirada de soslayo hacia el sector del comedor-salón de uso común-sala de TV-recepción–. Dígame su nombre...
Se lo di, así como mis otros datos. ¿Cómo negarme?
–Y la señorita... –dije, dispuesto a darle los datos de Loli.
–No es necesario –me cortó en seco. Vaya uno a saber porqué.
En ese momento, aparecieron dos personas que ocuparon sus lugares en las mesas del “salón comedor” y Felicitas nos dejó esperando y fue a ocupar su lugar en el mostrador lateral, donde humeaba una antiquísima máquina de café y una mujer vestida con delantal trajinaba en sus labores. Después supimos que la mencionada señora se llamaba Nelly, y era la polivalente ayudante de cocina, confidente, mucama y lavandera del establecimiento.
A la media hora de estar de plantón, cuando Felicitas pasó a mi lado, intenté preguntarle qué pasaba con nuestra habitación, pero me ganó de mano...
–Ya están preparando su pieza –ese “pieza”, sonó feo, a inquilinato–, es que el pasajero se está yendo... –volvió a informarme de la situación “en tránsito” del pasajero saliente.
En ese momento entró un hombretón que resultó ser Gustavo.
Gustavo, según nuestras especulaciones, debía ser el hijo de Felicitas. Pues no. No era el hijo, era el sobrino. Con la almohada todavía pegada a la cara, que acentuaba sus facciones casi caballunas y un semblante que no preanunciaba una inteligencia descollante.
Gustavo, sin saludar, se ubicó del otro lado del mostrador y encendió el monitor de la computadora que traqueteó, como si se tratara de una de aquellas primeras Commodore o AT del período Jurásico de la historia de la computación.
En ese momento comprendí porqué nunca me habían respondido el correo electrónico que envié para hacer la reserva.
Como sea, seguimos esperando. A eso de las once menos cuarto, cuando amagué hablarle a Felicitas que pasó a mi lado, volvió a ganarme de mano:
–Ya están arreglando la habitación... Lo que pasa que el pasajero no se va, ¿vio?
“¿El pasajero no se va? ¿El pasajero no se va ¡Pero sacalo de los fondillos del pantalón!”, pensé.
–Claro, claro... –dije, con ganas de entrar yo mismo y desalojar al pasajero en tránsito.
Creo que fue en ese momento apareció una mujer, proveniente del catacúmbico pasillo que conducía a las habitaciones, que empezó a desgranar un quejumbroso sonsonete atiplado –como si estuviese implorando una plegaria–, del cual lo único que se escuchaba era:
“... cámbiemela... ¿No hay otra?”
Serían algo así como las once y algunos minutos de la mañana, el pasajero que parecía haberse atrincherado en la habitación, se dignó dejarla. Unos veinte minutos después, Felicitas nos informó con tono solemne que Nelly –la empleada polivalente–, nos guiaría hasta nuestra habitación.
Como se imaginarán, Nelly ni se dignó amagar tomar el equipaje para llevarlo. Ni yo se lo hubiese permitido, aclaro, por temor a que se extraviara.
La seguimos por el pasillo, que parecía servir como depósito anexo para los objetos más disímiles y todos muy viejos, hasta que se paró frente a una puerta y la abrió.
Habíamos llegado a la habitación, por fin.
Entramos.


Y cuando cerramos la puerta, nos encontramos con esto...


El Profesor
PD: Prometo seguir con el relato mañana y pido disculpas por no haber podido publicarlo antes.


sábado, 12 de diciembre de 2009

Parecido no es lo mismo

–¿Te acordás de esa mañana, Papi?
–Sí, Loli. ¿Cómo olvidarla?
–También llovía... estaba gris, como hoy.
–Me acuerdo que estábamos tan tristes que hasta el cielo lloraba.
–Nos fuimos a tomar el desayuno a la confitería de la estación de servicio.
–Ajá. Quizás, la próxima vez que vaya, deberíamos ir a tomar el desayuno ahí. Como El Ruedo, es parte de nuestros recuerdo, ¿te parece?
–Mjm... Y yo... yo...
–¿Vos qué, Princesita?
–Yo... yo tenía miedo de que nos separaran. De que no íbamos a vernos más. Pero vos me tranquilizaste. ¿Te acordás?
–¿Cómo no recordar esa mañana, mi cielo? Si hasta las noticias nos ayudaron... Encontré una historia en el diario, y te la mostré.
–Sí.
–Y te mencioné por primera vez la ley de mayoría de edad y te prometí que, como mucho en un año, todo lo que estábamos pasando iba a ser no más que un recuerdo.
–Shi... Y me compraste las barritas de cereal y el yogur.
–Para que pudieras dejar de llorar, mi amor. Para que te entretuvieras tomando el desayuno. No se puede tomar el desayuno y llorar al mismo tiempo.
–Yo tenía miedo...
–Yo también. Pero lo dejamos correr, lo superamos y, ¿viste? Le teníamos miedo a algo que no iba a suceder. Es una de las cosas –como vos decís–, por las que nos angustiamos sin saber si van a ocurrirnos o no.

Esta conversación –según la recuerdo–, la mantuvimos con Loli este mismo día de diciembre del año pasado.
Ese día, todo era incierto para nosotros. Todo parecía estar en contra y confabularse para nuestra desgracia. Era un día gris, lluvioso, muy fresco en comparación con el calorón cordobés del día anterior.
Lolita había estado hasta la madrugada, sosteniendo sus principios ante las abogadas de la Secretaría de la Mujer y la Familia.
Yo, me pasé la noche esperándola en el hotel, con un nudo marinero en el estómago, sin saber qué podía hacer, después de enfrentarme con la madre la noche anterior.
A las tres de la madrugada sonó el teléfono.
Era Loli, que me llamaba para decirme que estaba en su casa, que me quedara tranquilo, y que a la mañana siguiente iba a venir.



Quedamos en encontrarnos en el café de la estación de servicio donde pasamos, mientras tomábamos el desayuno, después de casi un día sin probar bocado, una de las peores mañanas de nuestra vida.
Qué distinto que es hoy.
Con Lolita aprendí que no hay que prometerle algo que uno no sabe si puede cumplir. Ese día, el de una mañana como hoy, me arriesgué y le prometí que al cabo de un año no iba a tener que sufrir creyendo que la justicia nos iba a separar. Que fuera paciente, que si ese día no podíamos viajar juntos, al cabo de un año iba a ser sólo un recuerdo.

–Fue un día igual que hoy, Papi –me dijo Loli por teléfono esta mañana.
–No, igual no. Parecido.
–Bueno, es lo mismo.
–No, Loli, mi cielo. Parecido, no es lo mismo.
–¿Sabés, gordi?
–¿Qué, Princesita?
–Te amo. Sos lo mejor que me pasó en la vida.
–Y yo te amo a vos, corazoncito. Vos también sos lo mejor que me pasó en la vida.

El Profesor


sábado, 29 de agosto de 2009

Promesa

–Pero... (¡Snif! ¡Snif!) ¿No nos vamos a ver nunca más? –Loli tenía los ojos enrojecidos de tanto llorar, después de aquella noche de pesadilla, la de la entrega de su diploma con honores.
–Nunca es demasiado tiempo, Loli –le dije, secándole una lágrima que se escapaba por el costado de uno de sus ojitos–. Tranquila...
–Pero es que esas abogadas me dijeron...
–Tranquila, Loli. No te desesperes. Esperá –dije, haciendo un hueco con mis manos para envolver las suyas–. Aprendé a esperar, mi vida. Mirá... ¿viste que hay un refrán que dice: “No hay mal que por bien no venga”?
–Shi (¡Snif! ¡Snif!)
–Bueno… Ahora nos toca pasar este momento amargo y duro. Mañana, ¿quién sabe?
–Pero Papi... ¡Snif! Es que me dijeron que hasta los veintiún años...
–A ver, Frutillita. Escuchá esto que te voy a decir, ¿sí?
–Sí... ¡Snif!
–Pero para escucharme, tenés que dejar de llorar, mi cielo.
–Shi... no shoro más...
–A ver... ¿Viste que ahora la mayoría de edad se tiene a los veintiún años?
–Mhhh... shi... es lo que me dijeron las abogadas.
–Ajá. Ahora, ¿vos sabés que desde el 2005 hay un proyecto de ley para que la mayoría de edad sea a los dieciocho?
–¿Mjm? No, no sabía... ¿en serio?
–Sí, claro.
–¿Y cuándo sale esa ley, Papi? ¿Pronto?
–Mirá, creo que de este año, no pasa...
–¿Y cómo sabés?
–Por varias cosas, pero en especial, porque ahora el tratamiento de las leyes, desde que se sancionó la nueva Constitución, no es como antes.
–¿Y cómo era antes?
–¡Uh, una lata! Antes una ley iba y venía de una cámara a otra, y si no había acuerdo, podía extenderse de manera interminable.
–¿Y ahora?
–Ahora hay cierto tiempo –para explicártelo fácil–. Y después de ese tiempo, la ley tiene que ser sancionada si una de las cámaras aprueba el proyecto por unanimidad...
–¿Y eso ya pasó?
–No del todo... pero en la Cámara de Senadores, hace unos años, se aprobó, pero en la Cámara de Diputados no. Y en diciembre de este año, volvió a tratarlo. Así que este año, se vence el plazo...
–¿Y vos cómo sabés todo eso, Papi?
–Porque leo los diarios y me interesan las leyes del país en el cual vivo... Decime, en el colegio, ¿no tuviste una materia que se llamara Derecho Constitucional?
–Nop...
–¿Y nadie les enseñó esto? ¿Nadie les habló de la Constitución?
–Nop... Pero, Papi... ¿Y cuándo se reúne la cámara que aprobó el proyecto otra vez?
–En marzo, Loli. Cuando comience el nuevo período legislativo.
–¿Y vos creés que la van a aprobar?
–Ajá...
–¿En serioooo?
–Sipis, corazoncito –acaricié la dulce carita de Loli. Sus ojitos habían vuelto a tener el brillo habitual.


–Creo que en marzo, la Cámara de Senadores la va a aprobar por unanimidad...
–¿Y los diputados?
–No van a tener más remedio que debatir y aprobarla...
–¿Y eso va a ser pronto?
–Pronto... pronto... bueno, durante el año. Creo que antes de fin de año, va a estar sancionada la nueva ley de mayoría de edad.
–¿Y por qué se cambia?
–Para ponerse a tono con el resto del mundo, Loli. Chile, Uruguay y la mayor parte de los países, concuerdan en que a los dieciocho años, si se es hábil para votar, para ir a la guerra, para tomar alcohol, para trabajar y para hacer el amor, se tiene que corresponder con el derecho de sacar una tarjeta de crédito, comprar una casa, viajar dentro y fuera del país y hasta casarse.
–¿En serio, Papi?
–En serio, Loli. ¿Por qué habría de decirte algo que no es?
–Porque hoy estoy triste...
–Tranquila... Este día amargo va a pasar. Vas a ver cómo, en menos de un año, las cosas van a cambiar totalmente...
–¿Sí, Papi? ¿Me lo prometés?
–Creo que puedo prometerlo, sí.


Esa conversación la tuvimos en la cafetería de la estación de servicio donde nos encontramos esa lluviosa mañana de diciembre de 2008, después de la noche de pesadilla que la madre de Loli le había hecho pasar en un momento tan especial de su vida.
En marzo, como se lo había anticipado, la Cámara de Senadores aprobó el proyecto de ley por unanimidad.
Esta mañana, nueve meses y veintisiete días después de aquella mañana lluviosa y triste, cuando Lolita y yo compartimos el desayuno en la cafetería de la estación de servicio, cuando abrí el correo electrónico, el primer mensaje era de Loli.
“¡Mirá Paaaaaaaa!!! –decía, y en la línea de abajo, pegaba este link.
Aunque ayer habíamos tenido un anticipo, hoy la Cámara de Diputados –a excepción de algunas modificaciones–, también había aprobado el proyecto. En pocas semanas, todos los jóvenes de 18 años, van a ser mayores de edad, aunque haya legisladores, hombres de leyes y hasta psicólogos que pongan en duda la “madurez” de un joven de esa edad, porque aducen que es recargarlos de responsabilidades.
Ante esto, no puedo menos que recordar la época en que yo tenía diez o doce años y, para los chicos de nuestra edad, un joven de dieciocho, era un hombre. Y no puedo menos que preguntarme qué hemos hecho, las personas de nuestra generación, para que ahora haya semejantes palurdos cercanos a la cuarentena que todavía vivan con “papá y mamá”.
Y reflexiono: si los jóvenes de dieciocho –no todos, porque hay cantidad de excepciones, Lolita entre ellas–, no son “maduros” como para enfrentar la vida... ¿no somos nosotros, los que los trajimos al mundo, los responsables?
Hoy hablamos con Loli por teléfono acerca de esto.
–¿Entonces puedo viajar para pasar unos días juntos cuando quiera?
–Sí, Loli.
–¿Y podemos planear unas vacaciones juntos en... Brasil, por ejemplo?
–Claro, mi vida. Podemos.
(...)
–Papi –dijo Lolita.
–¿Qué, mi vida?
–Gracias por cumplir tu promesa, ¿sabés? Yo no me olvido de ese día cuando con esa promesa, me ayudaste a superar el miedo. Gracias por darme ánimos. Gracias por renovarme la esperanza ese día, mi Pichoncito. Gracias por mantenerme la ilusión.
–Gracias a vos, Loli.
–¿Gracias? ¿Por qué?
–Por estos dos años en los que vos mantuviste mis ilusiones, Princesita.

(...)
–Pa...
–¿Qué, Loli?
–Esto de la ley... ¿quiere decir que ya no voy a ser una Lolita?
–Mhhh...
–Contestame, Papi. No me digas "Mhhh..."
–Para mí, aunque sé que vas a crecer y madurar, en un rinconcito de mi corazón vas a seguir siendo Lolita, mi amor.

El Profesor

domingo, 5 de julio de 2009

Primer voto

El domingo 28 fue uno de esos días memorables que no se olvidan: por primera vez ejercí mi deber y mi derecho de ciudadana, de elegir a sus representantes y, lo mejor de todo, es que fui a votar acompañada por el Profe.
Esa mañana, luego de darnos un baño caliente, ver las noticias del momento y tomarnos un rico desayuno, nos fuimos en el colectivo que nos dejaba más cerca, hasta el colegio que me había sido asignado para votar y que queda a pocas cuadras de mi casa.
Como yo, él estaba muy emocionado de poder acompañarme en ese momento tan importante y significativo de mi vida.
Entramos al establecimiento, dimos una mirada al lugar hasta ubicar la mesa donde debíamos formar fila y nos dispusimos a esperar a que me llegara el turno, mientras el Profe me explicaba cómo debía emitirse el voto. Detrás de nosotros, una mujer joven no paraba de hablar por su teléfono celular, haciéndonos partícipes de su conversación acerca de temas personales, privados y hasta íntimos con su interlocutora que, por lo que pudimos deducir, podía ser la hermana, la prima o una amiga. Tengo que aclarar que el Profe tiene una peculiar aversión por los teléfonos celulares y, en especial, por las personas que hablan y ventilan sus asuntos delante de todos, como si estuvieran a solas en el living de su casa.
La fila correspondiente a la mesa donde yo debía votar era la más larga de todas y, quizás porque el único hombre era él, cada dos por tres se nos acercaba una mujer para preguntarle adónde estaba la mesa número tal, o si esa cola era la de los apellidos que comenzaban con las letras que iban de la P a la V. El colmo fue una señora mayor que le preguntó si esa era la cola de la letra Z, haciendo gala de un desconocimiento total acerca de la forma en que se vota, como si nunca antes lo hubiera hecho pese a su edad.
El Profe me miró primero a mí y después a la señora y en sus ojitos pude leer con claridad que estaba por mandarse una de las de las suyas.
–Señora, se vota por número de mesa –le dijo.
–¿Pero ésta cola es de la letra Z? –insistió la mujer, como si tuviera serios problemas de comprensión.
–Mhh-hh... A ver cómo se lo explico... –contestó él–. Tiene que consultar el padrón, señora.
–Mjm... ¿Y adónde están los padrones? –la señora no se daba por vencida.
–¿Ve aquel pasillo?
–Mjm...
–Bueno, si sigue por allá, va a encontrar los padrones en la pared... –le dijo el Profe, señalándole un pasillo–. Ahí va a poder encontrar la mesa en la que le toca votar.
La señora, sin darle las gracias, se marchó hacia donde él le había dicho.
–Papi...
–¿Mhhh-hh?
–¿Cómo sabés que los padrones están ahí?
–La verdad, no tengo ni idea, Loli.
–¿Qué? ¿No están ahí?
–No sé.
–¿Y por qué la mandaste ahí?
–Para sacármela de encima, Loli. Me fastidia que todas las señoras me vean cara de portero y me pregunten a mí.
–Jajaj... –no pude evitar soltar la carcajada–. ¿Y adónde la mandaste? Jajaj
–Ni la menor idea, Princesita –me contestó, con esa sonrisa traviesa que yo le conozco.
Creo que por la emoción de acompañarme a votar por primera vez, la joven que seguía contándole su vida privada en voz alta por celular a quien sea que fuere que la escuchaba, todas las mujeres que lo tomaron por el portero, y la cola, que iba medio lenta, terminaron por ponerlo un poco ansioso. Y cuando al Profe le da la ansiedad-mal, le dan ganas de fumar –debo reconocer que está haciendo un esfuerzo considerable para dejar el cigarrillo–, por lo que me dijo:
–Loli…
–¿Qué, mi vida?
–¿Vos tenés chicles?
–Mmmm… no. ¿Por qué?
–Preguntaba, nomás.
–¿Y vos desde cuándo comés chicles, papi?
–No mastico chicles, Loli. Pero es que como estoy muy emocionado por este momento, me dan ganas de fumarme un cigarrillo... –dijo, y antes que yo pudiera empezar a regañarlo, agregó: –Y no creo que quieras dármelos.
–Mi vida, ya te fumaste el de la mañana, y sabés que no quiero que fumes porque te hace mal a la salud –le dije, apretando las manos sobre mi bolsito-cartera, donde yo los tenía guardados después de confiscárselos.
–Bueno, por eso, entonces prefiero un chicle.
Pensé en salir a comprarlos afuera, pero en un costado del patio del colegio estaba abierto el kiosco del colegio.
–A ver, esperá, allá hay un kiosquito. Voy a ver si tienen. Vos, quedate acá en la fila, ¿sí?
–Sipi.
El kiosco tenía golosinas, así que regresé un minuto después con una cajita de chicles sin azúcar de esos que promocionan que ayudan a fortalecer y blanquear los dientes. Le di dos cuadraditos a él y yo me comí el resto, porque me encantan.
No pasaron ni diez minutos, cuando en determinado momento lo miré y vi que estaba metiéndose el dedo en la boca, como si estuviera hurgando en su interior. Parecía un chico, que con la boca abierta y el dedo índice rascando, intentaba quitarse algo pegado en el paladar.
–¡Papiiiiii!
–¿Mmmhhh-hh?
–¿Qué hacés?
–Mmhh... –me dijo, sin sacarse el dedo de la boca y sin importarle la gente que lo miraba–. ¿E dah uenta pohé unca omo shijle? –qué gracioso cómo hablaba.
–¡Uy, papi! ¡Me hubieras dicho que te pasaba esto!
–Mhhh-hh... ji...
–Bueno, ahora disimulá un poco para que no te mire tanto la gente...
–le estaba diciendo cuando se sacó el dedo de la boca con el chicle masticado.
–Shá stá... –me dijo, sonriente y empezó a mirar para todos lados.
–¡Pappppiiii!
–¿Qué pasa, Loli? –me preguntó, sin dejar de amasar el chicle entre los dedos, haciendo una bolita
–¿Qué hacés con el chicle?
–Estoy buscando un cesto de desperdicios para no tirarlo en el piso, mi vida, pero no veo ninguno –dijo–. Me fastidia pisar chicles masticados, así que no le voy a hacerle a otro lo que a mí no me gusta.
Así es él. Esa forma de ser y de razonar, es la que me cautiva.
Como una media hora después, me llegó el turno. Entregué mi documento, lo verificaron, me dieron el sobre y entré en el cuarto oscuro. Cuando salí, con una sonrisa de oreja a oreja, lo busqué con la mirada, emocionada. Se había acercado a la mesa y me sonreía. Me firmaron y sellaron el DNI, saludé a los miembros de la mesa y me fui hacia donde él estaba esperando, con mi bolsito-cartera colgado de su hombro.
Lo tomé de la mano y le dije:
–¡Qué feliz me siento, Papi! ¡Cómo me gusta que hayas estado conmigo este día!
Me sonrío, se inclinó hacia mí y me besó en la mejilla.
–¿Ya encontraste adónde tirar el chicle? –le pregunté, cuando salíamos.
–Shi... Ahí –me contestó, señalándome un cesto de basura.
–Bueno, ahora vamos a mi casa, así podés limpiarte esos dientes pegoteados...
–Mhh-hh...
–Además ya es casi la una, y mi papá debe de estar esperándonos con el asadito...
–Sí, Loli. Tu primera votación y este hermoso día, merece el asadito que preparó tu papá.
Salimos del colegio hacia mi casa, y me acuerdo haber pensado que si hace dos años alguien me hubiera dicho que el día de depositar mi primer voto iba a ser así, le hubiera preguntado con qué se había emborrachado.
¡En fin! Sorpresas que nos da la vida.

Lolita

martes, 2 de junio de 2009

Suavecito


La primera vez fue quitándome las prendas suavecito, hasta dejarme desnuda. Sin prisas se detuvo el tiempo necesario para adorar cada rincón y cada pliegue de mi cuerpo y del mismo modo, con esa calma que propicia el amor y el disfrute, besar mis labios.
Suavecito, de manera lenta, sin brusquedades, fue introduciéndose en mi vida, llenando todos mis espacios, ocupando todo mi corazón de adolescente y repartiendo luz y alegría en todos los rincones de mi ser donde antes sólo había oscuridad.
Con paciencia y suavecito, me ayudó a superar mis temores, mis desilusiones, a fortalecer la confianza, a conocerme más a mí misma.
Yo también, suavecito, fui intentando cicatrizar con mis mimos esas heridas que le dejó sin sanar su vida pasada.
Con mi delicadeza le fui enseñando a abrir su corazón a un nuevo amor, a expresar los sentimientos que se guardaba, a decir las cosas en el momento justo.
Con ternura le ayudé a calmarse cuando estaba enojado, a sonreír cuando estaba triste, a ver salir el sol en los días nublados.
Con infinita suavidad secó las lágrimas que empañaban mi mirada, me dijo las cosas más dulces que mis oídos escucharon y cuando más las necesitaba, me sosegó en mis momentos de rabia y me abrazó con fuerzas cada vez que me hizo falta.
Con paciencia fuimos aprendiendo a conocernos en profundidad, a aceptarnos con nuestras más hermosas virtudes y nuestros peores defectos, a comprender ciertas actitudes y reacciones del otro en ciertos momentos; a conocer nuestras motivaciones y a respetar nuestros tiempos.
Poco a poco fuimos cimentando nuestro amor con sólida confianza, sostenido por la comunicación, aprendiendo que, aunque duela, a las emociones hay que expresarlas para que el otro encuentre el modo de ayudar a paliarlas.
El amor es un proceso que se construye, se reconstruye y se fortalece todos los días.
La suavidad en el amor, la dulzura en los gestos y la ternura en las palabras son más que necesarios cuando dos personas, un hombre y una mujer, se deciden a compartir su vida y se dan cuenta que eso que sienten por el otro es nada más ni nada menos que amor.

Lolita

Foto: © José Manchado

martes, 19 de mayo de 2009

Nunca es tarde...

El jueves 30 de abril, cuando llegué a Buenos Aires, y luego de todas las efusividades propias del primer día, fuimos a cumplir uno de nuestros ritos: el cine.


Como el Profe me delegó el cargo seguir los estrenos de cine, le sugerí “Nunca es tarde para amar” (Wolke Neun), un excelente filme alemán –no nos limitamos a lo estadounidense–, que muestra la sexualidad durante la vejez entre una mujer de sesenta y cinco años que se enamora de un hombre de 76, dirigido por Andreas Dresen y está interpretado por Ursula Werner y Horst Westphal en los papeles principales.
Es una película “fuerte” o “realista”, como quieran llamarla, pero ése es tema para el post que escribirá el Profe.
Lo que yo quiero contar es lo que pasó cuando fuimos al cine, esa tarde que lo tuve de acá para allá mirando vidrieras, hasta que encontré lo que me gustaba en el negocio donde se hizo pasar por abuelo (Jejej).
Habíamos almorzado y nos fuimos para el cine en la avenida Cabildo, el Arteplex Belgrano (me contó el profesor que ese “complejo de salas” había sido un cine muy importante en otra época), y llegamos justo –como suele suceder–, para el inicio de la función.
Nos acercamos a la boletería, donde dos chicas jóvenes estaban conversando. Una de ellas entró en el recinto de la boletería y el profe le dijo:
–Dos para... la de los viejitos que se enamoran...
–"Nunca es tarde..." –le contestó la chica de la boletería.
–¡Esssaaa! Sí, esa.
La chica movió los dedos en algún teclado y una de sus manos puso un ticket sobre el mostrador.
–Son treinta y seis pesos –dijo, con una sonrisa que hasta a mí me pareció cautivante.
–¿Qué-que-queeq? ¿Cómo? –preguntó El Profe.
–¿Cuaáaanto, Papi? –le pregunté yo, en voz baja a él.
–¡Ay, Dios! ¿Qué rompimos? –dijo el Profe.
–Jejejej... –la chica de la boletería, con su sonrisa imperturbable.
El Profe sacó la billetera, buscó el dinero, le pagó, y en ese momento le vi los ojitos. Yo aprendí a reconocer, en su mirada, cuándo se está por mandar una de las suyas.
–Debe ser que hace mucho que no vengo al cine... –comentó. La chica con cara de nada, sonrisa Colgate, tomó el dinero y le dio el vuelto como si nada. Imperturbable, ella.
–Está por empezar... la sala arriba, por las escaleras.
–Paaaapppiii... ¿Treinta y seis pesos? ¡Pero si en Córdoba cuesta diez pesos, o trece cuando son estrenos especiales! –le iba diciendo mientras subíamos tres tramos de una escalera que parecía interminable.
–Y bueno, Loli, qué remedio. Estamos en Cabildo... Y éste, que yo me acuerde, era el más barato de los cines de Belgrano... –me contestó, como si no pasara nada. Pero yo sé que alguna se guardaba–. Eso sí, te rompen el traste, pero ¿viste con qué sonrisa? ¿Será soltera o casada, la chica?
–¿Y qué diferencia le hace el estado civil?
–Cuando nos vayamos, haceme acordar que se lo pregunte –me dijo.
Por fin terminamos de subir escaleras y llegamos a la puerta de la sala. En teoría, si “está por empezar”, deberíamos haber podido entrar. Pero no.
En ese momento se presentó otra señorita –la que ahora recibe los tickets, que antes se llamaban acomodadores/as–, muy mona ella, y también con sonrisa de comercial de pasta dentífrica, nos dijo:
–Falta un ratito, porque la película está atrasada...
–(...)
El Profe hizo un silencio significativo y la miró serio. Mala señal. Siempre se pone así cuando está por mandarse una de las suyas, por algo que no le gusta. Y esta no era la excepción.
–¡Ahhh! ¡Claro! ¿Se atrasó la película?
–Mjm –la señorita de la sonrisa Colgate II.
–Debe ser porque como los protagonistas son viejitos, va más lenta, ¿no te parece, Loli? –dijo, mirándome.
–Mjjjjfaaajjaaa –yo, tapándome la boca, para no soltarle la carcajada en la cara.
–Jejejej –la acomodadora-ticketera del cine, que no sabía si era un chiste o una ironía.
Como a los quince minutos, cuando los “viejitos” terminaron la película, pudimos entrar. Poca gente. Una pareja mayor, una señora sola, El Profe y yo y, por último, Teté y María Pía (¿madre e hija? ¿Tía y sobrina?) que el Profe catalogó, en el acto, como madre e hija, y de las que va a hablar él, en un próximo post, acerca de... bueno, ya les va a contar.
Tal como me lo anunció, cuando terminó la película –muy buena, dicho sea de paso, aunque tristona–, una vez que bajamos todos los escalones que antes habíamos subido, y antes de salir a la calle, el Profe se fue directo a la boletería.
–¿Le puedo hacer una pregunta? –le dijo a la señorita Colgate I, que había retomado la charla con su amiga o compañera.
–¿Sí?
–¿Usted es casada o soltera?
–Soltera... –contestó la chica, sorprendida–. ¿Por qué?
–Por nada, por nada...
Y no había dado más de dos pasos, cuando me dijo:
–¿Ves, Loli? Te lo dije, te roban a mano armada, pero por lo menos mandan a una chica linda, soltera y que te sonríe. Te rompen el culo, pero eso sí, con una sonrisa...
–Bueno, papi... Ya está... ya fue.
–Ajá, nunca es tarde... –comentó él, como al pasar.
Cierto. Porque eso no fue todo. Después de caminarnos todas las cuadras que ya conté, mirando vidrieras, al Profe se le ocurrió invitarme a tomar un helado –ese día hacía calorcito a la tarde–, en Persicco.
Para los que no conozcan esa heladería, es una muy paqueta (es cierto que los helados son muy ricos, eso hay que decirlo), que está en la plaza que llaman “La Redonda”.
Yo me acordaba, de la vez anterior, que los helados y el café ahí, baratos, lo que se dice baratos, no eran. Más bien, eran ¡carísimos! Lo que en el mejor Grido de Córdoba, cuesta tres pesos, ahí cuesta doce.
–Pero no, Papi... dejá, te van a romper el culo otra vez con el precio
–le dije.
–Nunca es tarde, Loli –me contestó él, sonriendo–. ¿Ves? Nunca es tarde...
Me tomó de la mano y entramos a Persicco, porque él sabe que me fascina el helado, y quiere darme todos los gustos.
Y sí, nos rompieron el traste otra vez...

Lolita

Foto: Escena de la película “Nunca es tarde para amar”.

sábado, 9 de mayo de 2009

Hoy me toca a mí

Hoy me toca escribir a mí.
Si bien dejé un comentario extenso en la entrada anterior, considero que mis sentimientos y pensamientos merecían un lugar un poco más destacado. No porque me sienta más o menos importante, sino porque este es un asunto de pareja en el que, tanto el Profesor como yo, estamos involucrados de igual manera. Porque ambos sufrimos.
Él por arrepentimiento. Yo por desilusión.
Si bien fue él quien se equivocó, quien engañó la confianza que durante meses había depositado en su persona y quien defraudó todo el amor que por él llegué a sentir, yo también soy protagonista y responsable de esta triste historia cuyo final aún no puedo terminar de decidir.
Así como El Profe, en el post anterior tuvo la humildad, la dignidad y la valentía de escribir lo que escribió, exponiéndose a los comentarios negativos, a las críticas y hasta a los insultos de algunos anónimos, ahora debo yo contar la parte de la verdad que me corresponde.
Porque así como él traicionó mi confianza y me decepcionó, yo también cometí un acto de traición hacia su persona.
Uno de los días que pasé en la casa del Profe, mientras él dormía plácidamente, yo me escabullí en su computadora, revisé sus archivos en busca de algo sospechoso que pudiera dar fundamento a mis dudas y como no encontré nada, no conforme con eso, abrí uno de los cajones de su escritorio, donde él una vez me había confiado que tenía guardada la clave de su correo y me apropié de dicha contraseña. La guardé en lugar seguro para poder revisar su intimidad virtual una vez hubiera regresado a mi casa.
Hablando con mi analista sobre esto, ella, con toda sensatez y agudeza de pensamiento, me hizo ver que quizás él, en su inconsciente necesitaba que yo descubriera todo aquello que él tan celosamente había ocultado. Quizás sea así, quizás, no.
El hecho es que, con ese importante dato en mis manos, tres días después de habernos despedido en la terminal de Retiro, accedí a su cuenta y encontré los interminables chats con Cherry en los que quedaba al descubierto su infidelidad hacia mi amor. En las líneas de conversación descubrí que existía la contradicción entre lo que él me decía y me manifestaba y las intenciones que tenía con aquella jovencita apenas unos años mayor que yo.
A medida que leía aquello, mis ojos comenzaron a llenarse de lágrimas ante tanta desilusión. No podía creer lo que leía. Se me nublaba la vista y me sangraba el corazón de tanto dolor. Sentía decepción del hombre que días atrás me había tratado como a su Princesita, del que no había cesado ni un instante de besar mis labios y acariciar mi rostro y mi cuerpo.
No cabía en mi mente que mi dulce amor que me llevaba de la mano cuando salíamos a pasear, el que con orgullo me presentaba a sus conocidos y el que me mimaba de todas las formas posibles, fuera el mismo que le hacía propuestas indecentes a mis espaldas a Cherry.
Reconozco que fui cobarde al no reconocer en un primer momento que yo había violado su privacidad y haberle hecho creer, cuando furioso quiso saber las razones de mis reclamos, que había sido Marianita quien me había enviado todas y cada uno de las conversaciones.
Aprovecho esta oportunidad para, públicamente pedirle disculpas por esto. Ella tuvo gran parte de la responsabilidad en lo acontecido, en el juego de la seducción, pero creo que no se merecía que El Profe cargara en ella toda la bronca.

¿Qué siento en este momento?
El mismo dolor que el primer día que supe todo. La misma desilusión. El deseo de que esto nunca hubiera ocurrido.
¿Qué pasará de ahora en adelante? Tampoco estoy segura. Reconozco que El Profe hizo lo que hace un hombre, se humilló al punto de confesarse responsable delante de todos y eso tiene mucho valor para mí. No cualquiera es capaz de un acto semejante. Valoro su acción con respeto profundo, a pesar de que aún siento el sabor amargo de la traición y del engaño.
No es nada fácil estar en este lugar. Y no es menos fácil tener que tomar una decisión.
Con el Profe hemos vivido tantas cosas, hemos reído, llorado y sufrido juntos. Hemos superado miles de obstáculos en pos de nuestro amor. Hemos luchado contra mi madre, contra los prejuicios, contra los que levantaban el dedo sin saber... Tenemos demasiados recuerdos bonitos como para olvidarlos de un momento a otro, sin más. Y lo más significativo: tenemos una conexión espiritual, física y emocional demasiado fuerte, que trasciende los límites del tiempo y el espacio. Existe entre nosotros una gran pasión que se hace visible en nuestra manera de comunicarnos, de acariciarnos, de tratarnos, de mimarnos... Sin embargo, no puedo dejar de interrogarme cómo es posible que teniendo todo esto fue capaz de dejarse llevar por una sensación, por un momento de calentura, arriesgándose a perderme, a olvidar los proyectos que juntos habíamos realizado y los muchos otros que nos faltaban por concretar. No puedo creer que un hombre en extremo inteligente y sensato no fuera capaz de medir las consecuencias de sus actos.

Él ya me pidió disculpas. Ya reconoció que se equivocó. Con toda sinceridad me confesó lo mal que se siente en estos momentos después de lo que hizo... Con paciencia escuché sus palabras y con el corazón consideré la posibilidad de perdonar y dar una nueva oportunidad o al menos no separarnos del todo. Pero cuesta. Hablamos acerca de esto. Ambos estamos confundidos y deseamos volver el tiempo atrás. Pero nos es imposible. Ahora hay que mirar para adelante. Hay que resolver qué haremos con nuestras vidas, ya sea que sigamos juntos o separados nuestro camino en la vida.
Deseo en este espacio agradecer todos los comentarios que dejaron y las opiniones y consejos que me aportaron. Les aseguro que todo me fue útil. Cada una de sus palabras me ayudará en el momento de decidir qué hacer con esta historia, con este amor, mi primer amor, el que me hizo sentir las emociones más fuertes y los sentimientos más lindos.

Lolita

martes, 31 de marzo de 2009

Vive con paciencia

–Papi… dale, levantate. Dale, dale...
–Mhhhh...
–Dale, vamos a comprar los recuerditos que vimos en ese lugar...
–¿Mhhh? ¿Ahora, Bebi?
–Sí, y después, nos podemos sentar en el barcito de la esquina a tomar un café y leer el diario...
–¿El diario? Mhhh-mm...
–Sí, papi... a vos te gusta leer el diario conmigo, dale, dale...
–Loli, estoy cansado... Peor, estoy muerto. Dejame yacer acá un ratito más en mi sepultura entre las sábanas...
–¿Taz muerto, en zerio?
–Sí, mirá como estoy... Aggghhh –cuando El Profe hace caras, es para matarse de risa.
–¿De qué estás cansado, mi amor?
–¿De qué estoy cansado? ¿De qué estoy cansado? ¿En serio me lo preguntás?
–Zi... ¿De qué?



–De caminar catorce cuadras de ida por la avenida –más las del hotel hasta la avenida–, cuesta arriba, hasta el puto hotel-museo, esperando entrar, y con lo que me gustan los museos, todo para llegar allá y que la flaca esa nos quisiera robar a punta de pistola $ 50 en concepto de entrada (¡Cincuenta pesos! ¡Jesús, María y José!, como decía mi abuela), para que algún guía mal aprendido viniera a contarnos la fábula que Hitler estuvo en el Hotel Eden, cuando hasta el más pavote de los historiadores sabe que Hitler nunca salió de Alemania para venir a la Argentina... ¿Cómo se creen acá ese cuento?
–Shi...
–¿Shí qué, Lolis?
–Shí, que ez un hotel-p... (eso). Shí, que me acuerdo que el del taxi cuando fuimos a las Siete Cascadas dijo que ese... Hilder...
–Hitler, Princesita, Hitler.
–Bueno, ése, el del bigotito como Chaplin… el taxista dijo que había estado en el hotel Eden.
–¡Sí! ¡En el Hotel Eden de allá! ¡En el de Baviera!
–Bueno, papi, tranquilo que te agitás y te da la arritmia...
–¡Uh!
–¿Y de eso te cansaste? –El Profe levantó un poco la cabeza y me miró. Por suerte no tenía anteojos, y como sin anteojos no ve bien, no puede mirar mal (Ji Ji Ji).
–Y de las catorce cuadras de vuelta, también.
–Ahhh... ¿Tanto te cansó caminar?
–No, mi bichito de luz, Frutillita, Princesita de mis sueños. También estoy cansado de las catorce cuadras de vuelta, de hacerte el amor dos veces, de entrar al restaurante ése del bigotudo simpático que nos prometió comer cabrito y terminé comiéndome la brochette mía...
–Se llama “espada”...
–No, bichi, se llama brochette...
–Pero viene en un fierro que se parece mucho a una espada...
–Sí, mi amor, espada... y me comí también el vacío de tu “espada corrida” que no quisiste, más las dos raciones de papas fritas y las empanadas y...
–Bueno, Papi. Sho te dije que no comieras tanto...
–Beeeeebi... Beeebiiiiii... –dijo, canturreando.
–Shi... –Mjm... (¿Mejor me callo?)
–Y después ir a tomar el helado y después al cyber y después de vuelta caminando al hotel bajo el rayo del sol... Y después de nadar en la pileta con caldo de gallina... ¿De qué puede estar cansado Papi, eh?
–Nu she...
– Haze zueño por eszte lado de la cama... –me dijo, refregándose los ojitos, ¡me lo como!–. Vos, mi chiquita linda, quizás no comprendés porque parece que tenés tanta energía que parece que tuvieras hormiguitas en esa colita hermosha que me tienta y no parás nunca.
–¿Hormiguitas? –levanté una pierna, hice un arco con mi espalda e incliné la cabeza para mirarme la cola desde esa posición de fakir–. ¡No tengo hormiguitas en mi cola, Papi! ¿Qué decísssssss?
–Mhhh-hhh... Quiero descansarrrr
–Bueno, está bien… te dejo descansar. Shi, mi amor... descanse, mi “viejito aplastáu”.
–¡Per-dón! –reaccionó (Ji Ji Ji).
–Amor mío, sueño de mis sueños, mi hombre adorable, mi amante irreemplazable –(mejor la arreglo, Je)–, shi... descanse, mi cielo.
–Gracias, Cushita...
(…)
–Papi…
–¿Mmmm-hhh?
–¿Entonces te puedo leer una reflexión de ese librito que te regalé?
(...)
–Bueno, dale, está bien. Leéme una reflexión –dijo, y sin bufar. El Profe nunca bufa, conmigo.
No le di tiempo a reaccionar. Me levanté de un salto, manoteé el libro de la mesa y volví a la cama. Me senté como un lama y le acomodé la cabeza en uno de mis muslos.
–Te voy a leer esta que se llama “Vive con paciencia”. ¿O preferís esta otra llamada “Consejos para vivir feliz”?
–¿Mhhh-hmmm? No sé... Mhhh... (Zzzz) El primero... (Zzzzz)
–Bueno… leo: “Vive siempre con la paciencia de saber que las cosas de nuestra vida están hechas para que las disfrutemos, para realmente saborearlas como un don y regalo de la vida misma. No dejes que ninguna situación de hoy perturbe tu espíritu. Lo que hagas de corazón, exclusivamente para favorecer a los demás, perdura siempre en las personas que permanecen contigo en esta vida, y en ti mismo, por sobre todas las cosas. No es una tarea fácil, pero la vida te compensará más de lo que supones...”
“Bla, bla, bla…” (Zzzzz) (leyendo como cinco minutos haciendo pausas, con inflexiones de voz, poniendo énfasis, como me enseñaron en el cole). “Nadie dijo que la vida sería fácil, sólo se nos ha prometido que valdrá la pena vivirla. Los amigos son como los globos, que una vez que los sueltas, puede que no regresen. A veces en nuestras vidas agitadas nos olvidamos realmente de qué es hacer lo correcto, y sólo nos detenemos en lo urgente...”*
(...)
–¡Papi!
–¿Ehhh? ¿Quéeee? ¿Quéee pasa? ¡Vino TU MAMÁ!
–¡No, Papi! ¡Es que no me estás escuchando!
–Sí, mi dulzura. ¿Cómo que no?
–¡Tenés los ojos cerrados y estás roncando!
–No, no, no… Te estoy escuchando y estoy meditando al mismo tiempo acerca de tan hermoso texto, con los parpados reclinados hacia abajo y la mirada haciendo introspección... –cuando quiere argumentar para que lo dejen dormir, El Profe es un maestro.
–Mmmm... Yo sigo creyendo que estabas durmiendo.
–No, Loli, en serio... te estaba escuchando pero con el pensamiento lateral... Dejé en libertad mi inconsciente para escucharte mejor...
–¡Uyyy, noooo! ¡No me hagas cuentos!
–No... (Zzzzz) No, mi amorcito... (Zzzzz) Nozonjuentoz... (Zzzz)
–Mejor te lo leo en algún momento en que no estés horizontal, ¿sabés?
–Mmm… pero… pero sho... sho... (Zzzz)
–Ahora date vuelta, dale. Boca abajo y con la espalda para arriba... ¡Dale, dale! –lo di vuelta en la cama a los empujones.
–¿Ehhhhh? ¿Para queee?
–Prefiero darte besitos acá, en la parte de atrás del cuello... ¡Y sacarte todos esos feos puntos negros que tenés! (Ji ji ji ¡Es mío!)
–¡Uyyyyyy, noooo! ¡Duele! ¡Auchhhhhhh!

Lolita

Foto: by Lolita
Texto: * “Querer es poder”, Texto anónimo seleccionado: Vive con paciencia. Recopilación de Fernando Perfetti © 2008 by Editorial Santa María, págs. 60, 61.