Cuando bajamos del ascensor, la vi. Estaba parada del lado de adentro de la recepción del hotel. En la cara, una mueca extraña que era como esa mezcla de amargura rancia y disfrute malsano de los perversos, cuando están a punto de salirse con la suya y hacer un estropicio de esos que salen en la tapa de los diarios.
Tomé a Lolis de un brazo y la puse detrás de mí. Si tenía que ocurrir algo, que fuera conmigo, no con ella.
Acá debo hacer un paréntesis y explicar algo: yo comprendo que para una madre, ver a su hija con un hombre mayor, muy mayor, es un golpe duro. Puedo entender que una madre puede sufrir por eso, porque espera que su hija tenga una vida normal –si hay que llamarla de alguna forma–, viviendo sus etapas a su debido tiempo y con la que, se supone, es su compañía “natural”, es decir, con chicos de la propia edad.
Puedo, si me esfuerzo, hasta llegar a ponerme bastante cerca (es imposible ponerse en el lugar del otro) del lugar de madre que imagina
–aunque no lo sepa y tampoco sea así–, que un tipo grande se está aprovechando de su hija y entonces reaccione de manera espontánea y con violencia, creyendo que está defendiendo a su hija de un mal que, dada su corta edad, no tiene ni idea que pueden estar haciéndole.
Pero no es el caso de la madre de Lolita. Ése es el sutil detalle.
La madre de Lolita –y no fue desde que yo aparecí en escena–, se dedicó a estropearle de manera sistemática la vida a su hija (en realidad se la estropeó a toda la familia), con el convencimiento delirante propio de esas personas que se escudan en el fanatismo religioso para justificar cualquier barrabasada que le haga a sus semejantes.
Si esa noche hubiera sido la primera noticia que tenía de mi persona, bueno, vaya y pase. Es sensato que reaccionara así. Pero no es el caso.
Ella sabía –porque Loli, en su ingenuidad y creyendo que la madre la iba a comprender–, no sólo le había contado quien era yo, sino lo que sentía por mí. Le había hablado de mí, de la relación y hasta le había mostrado fotos, porque la madre se lo había pedido. De hecho, ya me conocía desde la noche de la fiesta de graduación.
–¡Ay! Pero ese hombre es más para mí que para vos –le había dicho, el día que Lolita le mostró la foto mía que lleva en su celular. Ella me contó que en ese momento, sintió que lo decía con envidia. Y Lolita es joven, pero eso no quiere decir que no sea perceptiva y que sea tonta. Además, conoce lo suficiente a su madre como para interpretar lo que dice y cómo lo dice.
El mes anterior –como Lolita lo mencionó en una respuesta a los comentarios–, la madre había hecho todo lo posible por estropearle la fiesta de fin de curso, haciendo que toda la familia en pleno me tratara con extrema grosería cuando los fui a saludar a la mesa del salón de fiestas, después de haberle prometido a ella que iban a recibirme y pese a que yo tomé la decisión de no cenar con ellos –como a Loli le hubiera gustado–, para no correr el menor riesgo de hacerlos sentir incómodos.
Lo que quiero significar es esto: es comprensible que toda una familia vea mal, piense y sienta que no es lo mejor para su hija que su primera relación se trate de una pareja tan “despareja”, y se oponga con tenacidad.
Pero lo que ni es comprensible y menos aún justificable, es hacerla ilusionar con promesas de actitudes de comprensión que, después, resultan ser lo contrario a lo prometido y, peor aún, llevadas a cabo con premeditación y alevosía.
Como decía, entonces, puse a Lolita detrás de mí y, sabiendo que iba a tener que ser muy duro, me acerqué resueltamente a esa mujer resentida, cruel, mesiánica e hipócrita con paso firme y sin vacilar.
–Del lado de afuera, señora –fue lo único que le dije, haciendo un gesto despectivo con mi mano, lo admito. Uno de esos gestos arrogantes con los que se espanta a los indeseables. ¿Lo hice adrede? Sí, claro. Con total conciencia de que la altivez era la única forma de tratar a una mujer tan... peligrosa.
Peligrosa, sí. Tal como lo escribo, y no me refiero a que se trata de alguien que sea capaz de ejercer violencia (aunque debo decir que me equivoqué al evaluarla), sino ese tipo de seres que se esconden debajo de una fachada de respetabilidad, de falsa piedad y de bondad, pero son capaces de clavarte un puñal por la espalda y retorcértelo para que te duela y, además, disfrutar del momento.
De un demonio escondid

o detrás de la máscara de una virgen. Esa es la imagen que se me aparece cuando recuerdo ese rostro y no sé por qué lo asocio con la cara de un inquisidor, convencido de que Dios le dio el poder de llevar al potro de tormentos o a la hoguera a otro ser humano para hacerlo expiar sus culpas. Claro que por lo general son tan arteros y malévolos, como cobardes. Son los que atacan por la espalda. Los que deslizan la palabra insidiosa. Los que siembran la desconfianza y cargan de culpa a sus semejantes o hacen algo siempre que tengan un auditorio al que confundir, para poder argumentar después que ellos no hicieron nada, que no son los agresores sino las víctimas.
Como esta mujer ya había tenido un cruce de palabras telefónico conmigo –al día siguiente del incidente de la fiesta de graduación de Loli–, y había comprobado que yo no era como todos aquellos a quienes podía manipular, me tenía miedo. No me agrada ni me regocija que una persona me tema, prefiero ganarme el respeto de mis semejantes. Pero con alguien así, me tranquiliza saber que me tiene el suficiente miedo como para mantenerse a prudencial distancia de mi persona y, en lo posible, no cruzarse en mi camino.
–Del lado de afuera, señora –le había dicho, y no tuve que repetirlo. Si no me había escuchado, el gesto, sumado a la expresión de mi rostro, fue por demás elocuente, porque manoteó y abrió la puerta de blindex y salió, retrocediendo hacia la vereda sobre sus pasos, sin darme la espalda y ya no tan segura de su poder. Se lo leí en los ojos.
Esa noche de diciembre, pasar del ambiente climatizado del hotel a la calle, era como recibir un halo caliente proveniente del infierno, aunque parezca exagerado. Si recurro a esta imagen, es porque fue la sensación que tuve: de buenas a primeras, haber entrado por la puerta grande en el averno.
–¿Qué pasa, mamá? –preguntó Lolita, asomándose de atrás de mi espalda.
–Vengo a llevarme a mi hija –dijo la mujer, dirigiéndose a mí.
Esa es una de las actitudes que más me enerva. La absoluta falta de respeto que tiene por la persona de su hija. Me habló a mí, como si Lolita no hubiera existido y ella no la hubiera escuchado.
No era la primera vez que lo hacía en mi presencia. Era lo que había intentado hacer por teléfono, cuando le corté el rostro y era lo que estaba acostumbrada a hacer con Lolita.
–¿Ah, sí? –le contesté, con ironía. Alguien como ella, sin idea de lo que es el sentido del humor, recibe la ironía como un cachetazo–. ¿Y por qué?
–Porque usted se la llevó...
–No, mamá. Él no me llevó, yo vine sola. Ya te lo dije.
–Es una menor y usted la está reteniendo... –empezó a argumentar.
–No, mamá. No me está reteniendo nada –insistió Lolita.
Como si no existiera, otra vez ignoraba la opinión, el deseo y las palabras de su hija, como si no se tratara de una persona, sino de un objeto.
–Es una menor y está en un hotel con un desconocido –volvió a la carga y levantando el tono de voz.
–Que yo vea, estamos en la vereda –le respondí, con una sonrisa sarcástica–. Y, que yo sepa, no le soy desconocido, al punto que estábamos por ir a cenar, y muy contenta que estaba su hija por la invitación.
–Es una menor y no sabe... –levantó dos decibeles más el tono de voz, y entonces sucedió lo que era de prever: empezaron a juntarse los curiosos.
–Pero mamá... ¿por qué hacés esto? ¿Por qué? –dijo Lolita, con la voz entrecortada. Me di cuenta que estaba esforzándose por contener el llanto.
–Usted se la llevó del acto y yo lo voy a denunciar por corruptor de menores –siguió, con su discurso mesiánico, ya fuera de sí.
–¡Mamá! ¿Qué decís? –Lolita estaba asustada. Yo lo sabía, pero no podía hacer nada más que interponerme entre ella y esa desquiciada mental que tenía delante.
–¡Y le voy a llevar las pruebas de que usted la tenía en un hotel a la policía! –siseó sus palabras inoculadas de ponzoña, antes de abrir la cartera y sacar una cámara de fotos digital, con la que me apuntó.
–¡Mamá! ¿Y vos decís que me querés? ¿Cómo podés decir que me querés y hacer esto? –en esas preguntas tan simples, tan de sentido común (si me quedaba algún rastro de duda acerca de la personalidad maníaca de esa mujer), encontré la certidumbre.
Me ha pasado en otros momentos difíciles de mi vida, que ante situaciones límite no pierdo la calma y pienso con absoluta frialdad. De modo que, en ese momento, me desplacé un poco hacia el bordillo, muy cerca de la calle, de tal manera que tenía como fondo la vereda de enfrente y no la entrada del hotel. También di dos o tres pasos hacia la mujer, que retrocedió (es loca pero no estúpida), con lo que conseguí alejarme más de la entrada. Y al mismo tiempo corrí a Lolita hacia atrás y del lado de la pared, para que sólo me enfocara a mí.
Si iba a usar las fotos como prueba, iba a aparecer la figura de un hombre solo con el fondo de una calle vacía.
En ese momento, disparó la primera foto.
Y la segunda, y la tercera, y una cuarta. No sé cuántas fotos mías sacó ni qué habrá sido de esas fotos, no me importa. Quizás, como sugirió una lectora, las usa como fetiche. El hecho es que las fotos no me inquietaban.
Lo que sí me alarmó fue lo que dijo a continuación, después de meter otra vez la mano en la cartera y sacar el teléfono celular. En ese momento caí en la cuenta del porqué de esa sonrisa mordaz, esa mueca de payaso siniestro que me regaló en el aula magna cuando se dio vuelta para mirarme.
–Y ahora, voy a llamar a la policía.
El Profesor
Foto: © José Manchado