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martes, 7 de septiembre de 2010

Diario de El Profesor: Mi primera vez


A las diez y media de la noche del 16 de agosto de ese sorprendente año de 2007, le envié a Loli el archivo de los recuerdos que tengo de mi primera vez, que había escrito en un blog que hace mucho no actualizo, con esta carta:


“Princesita:
Te envío lo que te prometí.
Con la inteligencia que tenés, cuando lo hayas leído, vas a poder comprender porqué soy como soy, y a quién se lo debo.
Vas a conocer cómo era yo cuando tenía apenas un año menos que vos y cómo, una mujer, me enseñó el camino de la libertad en esto que tanto miedo te da.”


Hoy, al releer los correos que intercambiamos, me di cuenta que Loli me había contestado a las cuatro de la madrugada del día siguiente, y me pregunto cómo habrá hecho para estar escribiendo a esa hora, quizás mientras el padre dormía.
Su respuesta decía:

“Profe, mi amor:
Creo que no tengo palabras para describir la emoción que me causó tu historia de amor. Ahora lo comprendo, y admiro y le agradezco a Letizia que te haya enseñado a ser como sos. Tuviste mucha suerte de vivir una experiencia así.
Con tu historia me dejaste pensando... Se me fue un poco la idea de 'pecado' ¿sabés? Sí, es cierto, aunque no lo creas... quiero decir que ahora me parece más importante que nunca que vengas.
Ayer, después que cerré la ventanita del chat, fui al baño, me miré la bombacha y estaba… ¡RE MOJADA!!! Sí, tenía un montón de algo parecido a un gel transparente... así que quedate tranquilo, parece que soy normal.
Me conecto a las siete y media. Te voy a esperar, mi cielo.
Te quiero con todo el corazón.
Beshitos.

Tu Loli
PD: ¿Sabés? Así como vos tuviste la fortuna de tener a Letizia, yo tengo la suerte de haberte encontrado a vos. No sabés lo contenta y agradecida que estoy. Sos un ser humano maravilloso, inteligente, dulce, tierno..."


Creo que fue en ese momento, al leer esas palabras, que tomé conciencia que Lolita había llegado a mi vida para quedarse cuando menos lo esperaba y que era yo quien le había abierto la puerta.
Recuerdo haber pensado, después de leer una y otra vez aquellas líneas: “¿Y ahora qué vas a hacer…?


El Profesor

sábado, 4 de julio de 2009

El regreso


Y llegó el momento de subir al ómnibus y regresar, después de pasar una maravillosa semana compartida. Cuando el micro salió de la terminal, me quedé mirando por la ventanilla, abstraído en los recuerdos de estos siete días que pasamos juntos.
Esta vez no tuvimos que padecer el momento de armar el equipaje, con el consiguiente “bajón-mal” de otras veces, ni la despedida en la rampa, saludando con la mano hasta que el ómnibus se pierde de vista.
Quizás se deba a que esta vez el reencuentro fue igual que otras veces
–con Loli esperando apoyada en la baranda hasta verme parado en la puerta, para bajar el primero–, y al mismo tiempo distinto.
Después de transcurridos dos meses desde el viaje que hiciera ella y de haber vivido a la distancia circunstancias no muy gratas, quizás necesitábamos darnos una revancha de momentos de esos que se guardan en la memoria por la intensa felicidad que nos deparan, cuando dos seres que se aman se divierten a lo pavote.
O tal vez se trate de que cuando hablamos hoy, ya separados por la distancia, nos sorprendió comprobar que, una vez más, ambos tuvimos la sensación –o el presentimiento–, de que cada viaje nos acerca un poquito más y que quizás no esté tan lejano el día en que, cuando lleguemos a la terminal, sea para viajar juntos y no para despedirnos.
A lo mejor no fue una simple sensación compartida y sólo falte un puñado de horas para que, como escribió Lolita: “Mañana nos reencontraremos, nos abrazaremos fuerte por el tiempo de ausencia y estaremos juntos para aprovechar al máximo cada día, para divertirnos, para pasear de la mano y para disfrutar los instantes que la vida nos regala para estar el uno con el otro, como siempre desearíamos estar”.
Ése anhelo compartido y todos los momentos de intensa dicha que disfrutamos, deben haber sido los que lograron que, esta vez, el momento del regreso no fuera la tristeza de dejar atrás lo que vivimos, sino la alegría del anhelo de lo que estamos por vivir.

El Profesor

PD: Gracias a todos por sus deseos y por seguir estando aquí durante estos días de nuestra ausencia.

sábado, 11 de abril de 2009

Noche de pesadilla IV

Cuando bajamos del ascensor, la vi. Estaba parada del lado de adentro de la recepción del hotel. En la cara, una mueca extraña que era como esa mezcla de amargura rancia y disfrute malsano de los perversos, cuando están a punto de salirse con la suya y hacer un estropicio de esos que salen en la tapa de los diarios.
Tomé a Lolis de un brazo y la puse detrás de mí. Si tenía que ocurrir algo, que fuera conmigo, no con ella.
Acá debo hacer un paréntesis y explicar algo: yo comprendo que para una madre, ver a su hija con un hombre mayor, muy mayor, es un golpe duro. Puedo entender que una madre puede sufrir por eso, porque espera que su hija tenga una vida normal –si hay que llamarla de alguna forma–, viviendo sus etapas a su debido tiempo y con la que, se supone, es su compañía “natural”, es decir, con chicos de la propia edad.
Puedo, si me esfuerzo, hasta llegar a ponerme bastante cerca (es imposible ponerse en el lugar del otro) del lugar de madre que imagina
–aunque no lo sepa y tampoco sea así–, que un tipo grande se está aprovechando de su hija y entonces reaccione de manera espontánea y con violencia, creyendo que está defendiendo a su hija de un mal que, dada su corta edad, no tiene ni idea que pueden estar haciéndole.
Pero no es el caso de la madre de Lolita. Ése es el sutil detalle.
La madre de Lolita –y no fue desde que yo aparecí en escena–, se dedicó a estropearle de manera sistemática la vida a su hija (en realidad se la estropeó a toda la familia), con el convencimiento delirante propio de esas personas que se escudan en el fanatismo religioso para justificar cualquier barrabasada que le haga a sus semejantes.
Si esa noche hubiera sido la primera noticia que tenía de mi persona, bueno, vaya y pase. Es sensato que reaccionara así. Pero no es el caso.
Ella sabía –porque Loli, en su ingenuidad y creyendo que la madre la iba a comprender–, no sólo le había contado quien era yo, sino lo que sentía por mí. Le había hablado de mí, de la relación y hasta le había mostrado fotos, porque la madre se lo había pedido. De hecho, ya me conocía desde la noche de la fiesta de graduación.
–¡Ay! Pero ese hombre es más para mí que para vos –le había dicho, el día que Lolita le mostró la foto mía que lleva en su celular. Ella me contó que en ese momento, sintió que lo decía con envidia. Y Lolita es joven, pero eso no quiere decir que no sea perceptiva y que sea tonta. Además, conoce lo suficiente a su madre como para interpretar lo que dice y cómo lo dice.
El mes anterior –como Lolita lo mencionó en una respuesta a los comentarios–, la madre había hecho todo lo posible por estropearle la fiesta de fin de curso, haciendo que toda la familia en pleno me tratara con extrema grosería cuando los fui a saludar a la mesa del salón de fiestas, después de haberle prometido a ella que iban a recibirme y pese a que yo tomé la decisión de no cenar con ellos –como a Loli le hubiera gustado–, para no correr el menor riesgo de hacerlos sentir incómodos.
Lo que quiero significar es esto: es comprensible que toda una familia vea mal, piense y sienta que no es lo mejor para su hija que su primera relación se trate de una pareja tan “despareja”, y se oponga con tenacidad.
Pero lo que ni es comprensible y menos aún justificable, es hacerla ilusionar con promesas de actitudes de comprensión que, después, resultan ser lo contrario a lo prometido y, peor aún, llevadas a cabo con premeditación y alevosía.
Como decía, entonces, puse a Lolita detrás de mí y, sabiendo que iba a tener que ser muy duro, me acerqué resueltamente a esa mujer resentida, cruel, mesiánica e hipócrita con paso firme y sin vacilar.
–Del lado de afuera, señora –fue lo único que le dije, haciendo un gesto despectivo con mi mano, lo admito. Uno de esos gestos arrogantes con los que se espanta a los indeseables. ¿Lo hice adrede? Sí, claro. Con total conciencia de que la altivez era la única forma de tratar a una mujer tan... peligrosa.
Peligrosa, sí. Tal como lo escribo, y no me refiero a que se trata de alguien que sea capaz de ejercer violencia (aunque debo decir que me equivoqué al evaluarla), sino ese tipo de seres que se esconden debajo de una fachada de respetabilidad, de falsa piedad y de bondad, pero son capaces de clavarte un puñal por la espalda y retorcértelo para que te duela y, además, disfrutar del momento.

De un demonio escondido detrás de la máscara de una virgen. Esa es la imagen que se me aparece cuando recuerdo ese rostro y no sé por qué lo asocio con la cara de un inquisidor, convencido de que Dios le dio el poder de llevar al potro de tormentos o a la hoguera a otro ser humano para hacerlo expiar sus culpas. Claro que por lo general son tan arteros y malévolos, como cobardes. Son los que atacan por la espalda. Los que deslizan la palabra insidiosa. Los que siembran la desconfianza y cargan de culpa a sus semejantes o hacen algo siempre que tengan un auditorio al que confundir, para poder argumentar después que ellos no hicieron nada, que no son los agresores sino las víctimas.
Como esta mujer ya había tenido un cruce de palabras telefónico conmigo –al día siguiente del incidente de la fiesta de graduación de Loli–, y había comprobado que yo no era como todos aquellos a quienes podía manipular, me tenía miedo. No me agrada ni me regocija que una persona me tema, prefiero ganarme el respeto de mis semejantes. Pero con alguien así, me tranquiliza saber que me tiene el suficiente miedo como para mantenerse a prudencial distancia de mi persona y, en lo posible, no cruzarse en mi camino.
–Del lado de afuera, señora –le había dicho, y no tuve que repetirlo. Si no me había escuchado, el gesto, sumado a la expresión de mi rostro, fue por demás elocuente, porque manoteó y abrió la puerta de blindex y salió, retrocediendo hacia la vereda sobre sus pasos, sin darme la espalda y ya no tan segura de su poder. Se lo leí en los ojos.
Esa noche de diciembre, pasar del ambiente climatizado del hotel a la calle, era como recibir un halo caliente proveniente del infierno, aunque parezca exagerado. Si recurro a esta imagen, es porque fue la sensación que tuve: de buenas a primeras, haber entrado por la puerta grande en el averno.
–¿Qué pasa, mamá? –preguntó Lolita, asomándose de atrás de mi espalda.
–Vengo a llevarme a mi hija –dijo la mujer, dirigiéndose a mí.
Esa es una de las actitudes que más me enerva. La absoluta falta de respeto que tiene por la persona de su hija. Me habló a mí, como si Lolita no hubiera existido y ella no la hubiera escuchado.
No era la primera vez que lo hacía en mi presencia. Era lo que había intentado hacer por teléfono, cuando le corté el rostro y era lo que estaba acostumbrada a hacer con Lolita.
–¿Ah, sí? –le contesté, con ironía. Alguien como ella, sin idea de lo que es el sentido del humor, recibe la ironía como un cachetazo–. ¿Y por qué?
–Porque usted se la llevó...
–No, mamá. Él no me llevó, yo vine sola. Ya te lo dije.
–Es una menor y usted la está reteniendo... –empezó a argumentar.
–No, mamá. No me está reteniendo nada –insistió Lolita.
Como si no existiera, otra vez ignoraba la opinión, el deseo y las palabras de su hija, como si no se tratara de una persona, sino de un objeto.
–Es una menor y está en un hotel con un desconocido –volvió a la carga y levantando el tono de voz.
–Que yo vea, estamos en la vereda –le respondí, con una sonrisa sarcástica–. Y, que yo sepa, no le soy desconocido, al punto que estábamos por ir a cenar, y muy contenta que estaba su hija por la invitación.
–Es una menor y no sabe... –levantó dos decibeles más el tono de voz, y entonces sucedió lo que era de prever: empezaron a juntarse los curiosos.
–Pero mamá... ¿por qué hacés esto? ¿Por qué? –dijo Lolita, con la voz entrecortada. Me di cuenta que estaba esforzándose por contener el llanto.
–Usted se la llevó del acto y yo lo voy a denunciar por corruptor de menores –siguió, con su discurso mesiánico, ya fuera de sí.
–¡Mamá! ¿Qué decís? –Lolita estaba asustada. Yo lo sabía, pero no podía hacer nada más que interponerme entre ella y esa desquiciada mental que tenía delante.
–¡Y le voy a llevar las pruebas de que usted la tenía en un hotel a la policía! –siseó sus palabras inoculadas de ponzoña, antes de abrir la cartera y sacar una cámara de fotos digital, con la que me apuntó.
–¡Mamá! ¿Y vos decís que me querés? ¿Cómo podés decir que me querés y hacer esto? –en esas preguntas tan simples, tan de sentido común (si me quedaba algún rastro de duda acerca de la personalidad maníaca de esa mujer), encontré la certidumbre.
Me ha pasado en otros momentos difíciles de mi vida, que ante situaciones límite no pierdo la calma y pienso con absoluta frialdad. De modo que, en ese momento, me desplacé un poco hacia el bordillo, muy cerca de la calle, de tal manera que tenía como fondo la vereda de enfrente y no la entrada del hotel. También di dos o tres pasos hacia la mujer, que retrocedió (es loca pero no estúpida), con lo que conseguí alejarme más de la entrada. Y al mismo tiempo corrí a Lolita hacia atrás y del lado de la pared, para que sólo me enfocara a mí.
Si iba a usar las fotos como prueba, iba a aparecer la figura de un hombre solo con el fondo de una calle vacía.
En ese momento, disparó la primera foto.
Y la segunda, y la tercera, y una cuarta. No sé cuántas fotos mías sacó ni qué habrá sido de esas fotos, no me importa. Quizás, como sugirió una lectora, las usa como fetiche. El hecho es que las fotos no me inquietaban.
Lo que sí me alarmó fue lo que dijo a continuación, después de meter otra vez la mano en la cartera y sacar el teléfono celular. En ese momento caí en la cuenta del porqué de esa sonrisa mordaz, esa mueca de payaso siniestro que me regaló en el aula magna cuando se dio vuelta para mirarme.
–Y ahora, voy a llamar a la policía.

El Profesor


Foto: © José Manchado

jueves, 9 de abril de 2009

Noche de pesadilla II

Cuando Lolita me tiene a su lado, se relaja y deja un poco de lado las responsabilidades de las que se hace cargo habitualmente. Desde tomar “la pastillita” a horario, hasta comprar la tarjeta para recargar el teléfono celular, o recargar la batería.
Cabe aclarar que no es porque sea despreocupada, sino porque le gusta que la mime, que me ocupe de sus cosas, hasta de las más intrascendentes. Ella necesita –y esto desde el principio de nuestra relación–, sentir que hay alguien que toma el timón del barco por un rato, por decirlo de alguna manera, para que ella pueda ir a tenderse en la cubierta superior a tomar sol, dejando que otro pilotee el buque y lo lleve a buen puerto.
Debo confesar que hago todo lo posible para mimarla como le gusta, de la misma manera que ella se ocupa de mí en algunos momentos difíciles, o no tan difíciles, pero que a mí me resultan pesados de sobrellevar.
Creo que uno de los aspectos más importantes y que más cuidamos en nuestra relación, es el “hoy por mí, mañana por ti”. Al fin y al cabo, algo he aprendido en todos estos años de vida, y lo llevo a la práctica y Lolita aprende rápido.
Pero volvamos a la historia. Quedamos en que salíamos bañados, perfumados y cambiados,para el lugar donde se llevaría a cabo la ceremonia.
Cuando subimos al taxi a unos metros de la entrada del hotel, de pronto me atacó lo que yo llamo una PDCI: una Premonición De Catástrofe Inminente.
Lolita me miró y le cambió el semblante.
–Papi... –dijo, y creo que estaba asustada–. ¿Te pasa algo?
Ahí, en ese momento, cuando debí decirle que sentía ese ramalazo de precognición, de que algo malo iba a pasar, para no estropearle ese momento tan especial, me lo callé.
–No, Loli... nada –dije, tratando de controlarme–. Debe ser el calor.
¡Calor! Sentía la transpiración fría que me pegaba la camisa de hilado suizo al cuerpo. Sabía que su inquietud se debía a que cuando me dan esas premoniciones, me pongo pálido, pero pálido-mal, y no es sólo ella la que se asustó al verme así.
Pero hice un esfuerzo, me recompuse como pude, le acaricié la mano y el muslo y seguimos viaje.
Como les dije, llevaba la cámara digital para sacarle fotos, pero con los arrumacos y las prisas, Loli no había comprado pilas nuevas y yo ni siquiera había pensado que las que tenía estaban a punto de agotarse.
Tampoco imaginaba que se le había agotado el crédito del teléfono celular.
Cuándo y cómo llegamos al aula magna donde iba a tener lugar la ceremonia, se me desdibuja en la memoria. Recuerdo, sí, que cuando bajamos del taxi nos encontramos con un compañero de Lolita. Ella lo saludó y me presentó. También recuerdo haber caminado por un parque hasta el edificio, en cuya entrada ya se agolpaban alumnos, parientes, amigos y vecinos, además de las monjas del instituto. Una de ellas, al ver a Lolita la llamó, le dijo algo y le entregó la banda fondo argentino de ceremonias.
–Vení, Papi –me dijo Loli, y entró conmigo al salón–. Yo voy a estar ahí –señalo hacia una entrada, arriba a la derecha.
–Sí, no te hagas problemas –le dije, pero el que tenía problemas era yo, porque esa sensación de problema inminente no se me iba. Seguía estando desasosegado, con una opresión a la altura del estómago y con esa desagradable sensación de presque vú, de estar seguro de que iba a vivir una situación que conocía.
–¿Adónde te vas a sentar? –me preguntó.


–Por ahí arriba... donde terminen las butacas reservadas, bubú –le dije–. ¿Qué te dije?
–¿Qué me dijiste?
–Que no iba a poder sentarme en las primeras filas, porque las butacas iban a estar reservadas para las familias de los alumnos, cabezotas.
–Ah, sí. Bueno, no sabía.
–Dale... andá a juntarte con tus otros compañeros. Yo busco una butaca por allá –señalé hacia las filas más altas–, y me acomodo, ¿eh?
–Sí, Papi –dijo y se dio vuelta.
–Loli –la llamé.
–¿Qué?
–Vení, mi vida –extendí la mano y ella me imitó.
Le hice una caricia.
–Tranquila, que todo va a salir bien, ¿eh?
–Sí, Papi... estoy tranquila –dijo.
Pero yo me di cuenta que no, que no estaba para nada tranquila y que quizás, como yo, veía que se acercaba una tormenta de esas que dan miedo.
Con el aire acondicionado, había dejado de transpirar y la camisa se me había secado. Me acomodé en una de las butacas sin cartelito, casi al medio y me di vuelta para verificar que podía ver a Lolita y a sus compañeros atrás, a mi derecha, preparándose para hacer su entrada con la bandera de ceremonias.
Lolita me había dado un curso acelerado de cómo sacar fotos con una cámara digital, así que me puse a hacer pruebas de enfoque (aunque la cámara tiene auto-enfoque) y de encender, enfocar, apuntar y tomar la foto y luego guardarla en la memoria, mientras el auditorio comenzaba a llenarse de gente que buscaba su lugar y una de las monjitas jugaba con una notebook que reproducía un .pps bastante primordial en su producción, en la pantalla gigante del escenario.
En esas estaba cuando de pronto más que verla, sentí la mirada penetrante fija en mi persona.
No sé cuántos de ustedes habrán visto la película “El Exorcista” y recuerdan el momento en que la cara de Regan fluctúa de la maldad a la inocencia, pero es la imagen más apropiada para describir lo que vi y sentí en ese momento.
Estaba dado vuelta, tratando de enfocar a Lolita y a sus compañeros cuando se me erizaron los pelos de la nuca como si me hubiera rozado la mala suerte o me hubiera hecho una caricia una de esas Erinias –las perras rabiosas de la mitología de la Grecia antigua–, recién llegada de las profundidades del infierno.
A veces, en broma, aseguro que mi madre me hizo un regalo al nacer: la perceptividad. Esa tarde del 11 de diciembre, se los aseguro, tuve la certeza absoluta que en verdad me lo había hecho.
Cuando me di vuelta y miré hacia un costado, la vi.
El rostro descompuesto en una mueca demoníaca. Un gesto perverso deformándole las facciones y, en los ojos, el brillo del que disfruta, por anticipado, de la determinación para hacer todo el mal posible.
Fue un instante apenas. Ese momento que pude captar mejor que si la hubiera retratado. Porque un segundo después, esa mueca de maldad absoluta se transformó en una sonrisa hipócrita, otra mueca de falsa cortesía.
Una hilera más adelante y dos butacas a la izquierda, dada vuelta y mirándome estaba ella. La persona que más daño le hizo a Lolita. La que la llevó a la enfermedad. La que le socavó la autoestima y le alimentó con su pócima malvada, la inseguridad.
Ahí, sentada y mirándome, apenas a dos metros, en la hilera de adelante, estaba la madre de Lolita.
Y recuerdo que cuando reparé en esa mirada lunática propia de los mesiánicos, leí con toda claridad el mensaje con el que se regodeaba, sin darse cuenta que yo me daba cuenta:
“Ni te imaginás la que les tengo preparada...” (y ya van a ver que no era una falsa sensación mía provocada por el rechazo que me produce esa mujer).


Sigo mañana. Créanme que no es fácil para mí evocar ese crepúsculo del 11 de diciembre, y ponerlo en palabras.

El Profesor

PD: ¿Qué tiene que ver en esta historia el celular de Lolita? Mucho. Mañana se van a enterar.