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miércoles, 1 de diciembre de 2010

Diario de Lolita: Hoy, hace tres años


Viajé de vuelta hasta mi casa con la mente concentrada solo en él. Ausente del mundo real, estaba flotando en ese espacio donde confluyen la imaginación, los sueños, las fantasías, y los deseos.
Me sentía bien aunque para evitarme problemas, de momento debía disimularlo lo mejor posible.
Después de que transcurrió el almuerzo sin la más leve sospecha o dificultad, al haber terminado, me marché con el pretexto de ir a lo de una compañera a hacer un trabajo escolar y diciendo que volvería bien entrada la tarde. Quería que esta vez, el tiempo que pasara a su lado me rindiera mejor.
Al poco tiempo, ya estaba de nuevo tocando la puerta de la habitación, con la ansiedad de sentirlo cerquita mío.
Cuando entré, la habitación estaba en penumbras. Una tenue luz entraba a través de las cortinas cerradas. Estaba muy fresca, en contraposición al calor agobiante que hacía afuera. Ahí estaba mi amor, esperándome.
Me miró y me pidió con ternura que me acostara a su lado en la cama y así, de a poquito, empezamos a conocernos. Nunca nadie me había besado, pero tampoco había imaginado siquiera que nadie podía besarme tanto en tan poco tiempo.
Esa tarde me mostró cómo era capaz de manifestar todo su cariño, toda su sensualidad y su atracción por mí, pero respetando mis temores, mi miedo al dolor, mi falta de experiencia y de conocimiento de cómo era una verdadera relación entre un hombre y una mujer.
Cuando hicimos una pausa en nuestros cariños y arrumacos, caímos en la cuenta que habían pasado tres horas. El tiempo parecía volar a su lado.
Aproveché la pausa y busqué un bocadito de chocolate que había comprado y se lo di en la boca, mientras yo lo comía con él... me miró con una sonrisa, mientras yo, sentada arriba, lo acariciaba. Me dijo: “Frutillita... sos un sueño. Debo de haberme portado muy bien en la vida para que en este momento me regalara a alguien como vos...”. Todo el tiempo me decía cosas tiernas mientras no cesaba de acariciarme y de besarme. Decía: “Cushita, mi amor, mi Lolita... mi nenita traviesa, mi bebé...”
Había algo que me gustaba especialmente de él: tenía mucho cabello y tan suavecito... se había cumplido uno de mis deseos: siempre había soñado acariciar el pelo de un hombre mientras le besaba los labios.
No podía dejar de tocar la parte de atrás de su cabeza, en donde el cabello se le desordenaba y donde era especialmente excitante...
Charlamos un ratito, en un clima de completa dulzura y luego, lentamente, me preparé para irme, pero con la emoción y la perspectiva de pasar toda esa noche juntos, hasta la mañana siguiente, aunque fuese a costa de una mentira.
Cuando salí a la calle, llovía. Ni cuenta me había dado. Estar con él me hacía abstraerme de todo.
Llegué a casa y me acosté hasta que se hizo de noche y fue momento de vestirme para salir con él. Me preparé especialmente bonita. Era la primera vez que iba a salir con un hombre y la ocasión, además de su persona, merecía un atuendo muy especial. Elegí unos jeans, una musculosa con brillitos, sandalias y el cabello pelo y planchado. Sabía que yo le gustaba, pero sentía que debía seducirlo y enamorarlo a cada momento.

Cuando llegó el momento, le pedí a mi papá que me dejara en la puerta del shopping. La versión oficial era que iba a encontrarme con unas compañeras para salir a bailar, y luego me iba a quedar a dormir en la casa de una de ellas, hasta el día siguiente. Me creyó y se avino a llevarme con el auto, aunque estaba un poco intranquilo por el hecho de que era la primera vez que yo hiciera algo así, pasando una noche fuera de casa.
Bajé del auto a la hora acordada y esperé a que mi papá se alejara. Ni bien esto sucedió, y vi el auto perderse entre el tráfico de la avenida, El Profe se me acercó, sonriendo, con una sonrisa que dejaba ver todos sus dientecitos blancos y la bondad que había en su corazón de cincuenta y siete años. Estaba vestido muy prolijito y olía a un perfume francés muy rico que, desde ese momento, para mí es su perfume. Pensé en ese momento que se trataba de un hombre muy elegante, fino y caballero. Y esta primera impresión no falló. Efectivamente, siempre fue así conmigo en estos tres años.
Caminamos por las galerías del shopping un ratito y cada vez que él se acercaba a mi oído para comentarme algo, me decía “mi amor” y yo estaba que me desmayaba de deseo, con ese perfume... En un momento tuve que pedirle: “No me digas así, que ahora, acá, no puedo besarte”.
Caminamos unas cuadras, en esa noche cálida y estrellada, con las calles repletas de parejas, de gente que estaba dispuesta a disfrutar de una hermosa velada, como la que nosotros íbamos a tener en las próximas horas. Llegamos al restaurante, entramos y yo miré para todos lados, en busca de alguien que pudiera conocerme. Gracias a Dios, no conocía a nadie. Era la primera vez que iba a cenar a un lugar tan bonito. Era un lugar para comer a diente libre. Se podía elegir lo que uno deseara comer por un precio fijo.
Me tomó de la cintura hasta que llegamos a la mesa y una vez allí corrió la silla para que me sentara. Luego, sin yo haberlo esperado, me dio una bolsa que dentro contenía un regalo. Lo miré con un gesto, mezcla de alegría y asombro y me dispuse a abrir el regalo. Me encontré con un perfume francés muy rico, que yo le había comentado que me gustaba. ¡Y él me lo había regalado! Fue el primero de todos los perfumes que me compró. Se lo agradecí con una sonrisa y una caricia en su mano. Hubiera querido besarlo pero había demasiada gente... A pesar de esos condicionamientos, a sentirme observada me sentía emocionada de estar con un hombre así, al que ya sentía como mi pareja.
Cuando trajeron la bebida, él mismo me sirvió en la copa y brindamos. No puedo describir lo que sentía en ese momento. El cielo era nada en comparación a estar allí con él.
Conversamos bastante y después de un rato, nos levantamos a buscar la comida. Cada uno se sirvió lo que le gustaba. De vuelta en la mesa, me hizo probar de su plato, haciéndome probar con su tenedor algunos bocados.
En un determinado momento se puso a contarme varias cosas de su vida y algunas experiencias que me dejaban asombrada y no podía evitar sentir una profunda admiración por él y una alegría indescriptible por el hecho de sentir, de saber que desde ese momento ese hombre mayor que me trataba con tanta delicadeza y cortesía, como a una princesa, era mi hombre.

Lolita

PD: Les pedimos disculpas a todos nuestros lectores por no haber escrito en todo este tiempo pero yo recién ayer terminé con dos finales y me estoy ocupando de encontrar la casa y el Profe está trabajando contra reloj para poder hacer la mudanza antes de Nochebuena. Pero claro, hoy es un día especial, porque es el día de nuestro tercer aniversario.





martes, 26 de octubre de 2010

Diario de Lolita: El día antes


29 de noviembre 2007 - 14:59 horas
ESTE MENSAJE SE ENVIÓ CUANDO ESTABAS DESCONECTADO:
Lolita: Hola mi vida... No me mandaste correíto... ¿No compraste los pasajes aún?
29 de noviembre 2007 – 18:17 horas
De: El Profesor
Para: Lolita
Asunto: Re: Mensaje
Enviado por: gmail.com

 
Loli, mi Bebé:
Salgo mañana a las 23:45 de Retiro en General Urquiza.
Llega a las 8:45 aproximadamente a Córdoba.
Plataformas 19 a 29.
Si es muy temprano para vos, no te hagas problemas, que yo me quedo en ese sector esperándote hasta que llegues, ¿sí, mi chiquita?
El domingo, compré el de las 19:45, pero si puedo, cuando llego a Córdoba lo cambio por uno que sale a las 21 pero es coche cama y llega antes que el servicio semi-cama que saqué yo.

Les mandé un correo a los del hotel para que me confirmen la reserva pero no me contestaron. Se los reiteré y tampoco me contestaron. Espero que la hayan hecho. Por las dudas, voy a llamar por teléfono para estar seguro.
 

Muchos besitos, cushita.

Tu Profesor
29 de noviembre 2007 – 21:43 horas
De: 54351313xxxx@mms.personal.com.ar
Para: Usuario


Claro que te voy a esperar mi vida. Si yo no llegué, vos esperame sentadito, y no te muevas, ¿Shi, mi amor?
Sólo faltaba un día para poder tenerlo frente a mí y abrazarlo y besarlo como lo había soñado y fantaseado y pensado tantas, tantas veces.
¡Yyyyuuuupiiiiii!


Lolita




jueves, 7 de octubre de 2010

Diario de Lolita: Urdiendo planes


Lolita dice: Anoche... No me podía dormir...
El Profesor dice: ¿Por qué, Loli?
Lolita dice: Pensé y deseé mucho estar durmiendo con vos y poder estirar la mano debajo de las sábanas y tocar tu cuerpito desnudo y hacerte muchas caricias... Y luego acercarme a tu boca y deleitarme besándote y sintiendo ese gustito dulce de tus labios...
El Profesor dice: ¡Oh!
Lolita dice: ¿Sabés?
El Profesor dice: ¿Qué?
Lolita dice: Estoy decidida a arriesgarme con mi plan para poder pasar la noche con vos. La semana que viene quizás empiece a decirle a mi maestra que la semana próxima tengo que pedirle un favor muy importante. Espero que no se niegue…
El Profesor dice: Loli, por favor, no te metas en problemas…
Lolita dice: Yo la conozco. Pero si no, ¿En quién?
El Profesor dice: Vos la conocés, pero ¿por qué hacer eso con ella?
Lolita dice: Es el único lugar donde alguna vez fui a dormir
El Profesor dice: No sé si una persona adulta va a hacer esto, Loli
Lolita dice: Yo tampoco lo sé. Pero si no lo intento me voy a quedar con la duda. Además no le voy a decir que es para estar con vos
El Profesor dice: ¿Y qué le vas a decir?
Lolita dice: Le voy a decir que le voy a contar después, si todo sale bien. Que es algo muy importante.
El Profesor dice: ¿Y le vas a contar que estuviste durmiendo con un hombre de 57 años?
Lolita dice: No, le puedo decir que estuve con un amigo de Buenos Aires, que fuimos a bailar toda la noche... un amigo de veintitrés años. No tengo porqué contarle mi vida privada.
El Profesor dice: Creo que si vas a pedirle ayuda, lo menos que va a hacer esta mujer es pedirte que le expliques qué vas a hacer, porque ella va a tener responsabilidad ante tu padre...
Lolita dice: No sé... Quizás. Vos dejame que pruebe y después te cuento. A ver, decime…
El Profesor dice: ¿Qué, Loli?
Lolita dice: ¿No querés pasar toda la noche conmigo? ¿No querés amanecer con mis beshitos? ¿No querés que te toque y que nos quedemos hablando hasta tarde?
El Profesor dice: Mirá, como querer, quiero. Pero creo que no debés hacerlo y correr un riesgo tan grande. Las consecuencias pueden ser graves.
Lolita dice: Creo que puedo manejarlo. Vos dejame a mí. Si veo que corro riesgos, que mi maestra no quiere o cualquier cosa... lo dejamos para cuando me escape a tu casa ¿Si?
El Profesor dice: Loli... mirá, dulzura... Si vos cambiás tus hábitos de golpe, tu padre ¿crees que no se va a dar cuenta? (...) ¿Cuándo quéeee?
Lolita dice: ¿Querés que vaya?
Lolita dice: Eso es MUCHÍSIMO más riesgoso.
El Profesor dice: Lo sé. Y te digo lo mismo. Como querer, quiero. Pero no debés hacerlo.
Lolita dice: ¡Pero yo quiero dormir con vos!!!!
El Profesor dice: Pues vas a tener que aguantarte las ganas hasta los dieciocho años.
Lolita dice: No, mi amor, yo no aguanto.
El Profesor dice: Sí, Princesita. Tiene que ser así.
Lolita dice: Voy a hacer todo lo posible por conseguirlo. Ya vas a ver.
El Profesor dice: Si te digo que que vas a tener que aprender a tener paciencia, vas a tener que aprender a tener paciencia.
Lolita dice: Vos dejame que pruebe la complicidad y la amistad de mi maestra y después hablamos.
El Profesor dice: Pero Loli…
Lolita dice: Papi... ¿Vos no querés que yo duerma con vos?


Lolita





martes, 7 de septiembre de 2010

Diario de El Profesor: Mi primera vez


A las diez y media de la noche del 16 de agosto de ese sorprendente año de 2007, le envié a Loli el archivo de los recuerdos que tengo de mi primera vez, que había escrito en un blog que hace mucho no actualizo, con esta carta:


“Princesita:
Te envío lo que te prometí.
Con la inteligencia que tenés, cuando lo hayas leído, vas a poder comprender porqué soy como soy, y a quién se lo debo.
Vas a conocer cómo era yo cuando tenía apenas un año menos que vos y cómo, una mujer, me enseñó el camino de la libertad en esto que tanto miedo te da.”


Hoy, al releer los correos que intercambiamos, me di cuenta que Loli me había contestado a las cuatro de la madrugada del día siguiente, y me pregunto cómo habrá hecho para estar escribiendo a esa hora, quizás mientras el padre dormía.
Su respuesta decía:

“Profe, mi amor:
Creo que no tengo palabras para describir la emoción que me causó tu historia de amor. Ahora lo comprendo, y admiro y le agradezco a Letizia que te haya enseñado a ser como sos. Tuviste mucha suerte de vivir una experiencia así.
Con tu historia me dejaste pensando... Se me fue un poco la idea de 'pecado' ¿sabés? Sí, es cierto, aunque no lo creas... quiero decir que ahora me parece más importante que nunca que vengas.
Ayer, después que cerré la ventanita del chat, fui al baño, me miré la bombacha y estaba… ¡RE MOJADA!!! Sí, tenía un montón de algo parecido a un gel transparente... así que quedate tranquilo, parece que soy normal.
Me conecto a las siete y media. Te voy a esperar, mi cielo.
Te quiero con todo el corazón.
Beshitos.

Tu Loli
PD: ¿Sabés? Así como vos tuviste la fortuna de tener a Letizia, yo tengo la suerte de haberte encontrado a vos. No sabés lo contenta y agradecida que estoy. Sos un ser humano maravilloso, inteligente, dulce, tierno..."


Creo que fue en ese momento, al leer esas palabras, que tomé conciencia que Lolita había llegado a mi vida para quedarse cuando menos lo esperaba y que era yo quien le había abierto la puerta.
Recuerdo haber pensado, después de leer una y otra vez aquellas líneas: “¿Y ahora qué vas a hacer…?


El Profesor

jueves, 26 de noviembre de 2009

Ese primer beso

Esta mañana, como muchas otras en estos dos años, al abrir mi correo electrónico, me esperaba una carta de Lolita. Ambos seguimos sorprendiéndonos mutuamente con una carta –para nosotros no son correos electrónicos, sino cartas–, escrita antes de irnos a dormir, para que el otro la encuentre por la mañana.
En la carta de hoy Loli, con esa sensibilidad que tiene para escribir, mencionaba nuestro primer encuentro hace dos años. La primera vez que nos vimos.
Esa mención me llevó a evocar el momento y, de pronto, me sorprendí recordando que en este mismo 26 de noviembre de hace dos años atrás, ya tenía en mi poder el pasaje de micro para cuatro días después, porque había decidido conocer personalmente a esa jovencita sorprendente que la vida me había cruzado en el camino en el otoño de mi vida, cuando ya creía que era incapaz de volver a enamorarme y vivía mis días dedicado a mi trabajo. Vivía –o discurría, que no es lo mismo–, como se supone que debe vivir un hombre que ha dejado mucho tiempo atrás esas ilusiones de la adolescencia y la juventud que hacen latir muy fuerte el corazón, que nos llevan a pensar en todo momento en la persona amada, nos colman de expectativas y que –en un solo e indescriptible instante de plenitud–, nos desbordan el alma y los sentidos con esa felicidad pura e inocente, como la de los niños. Un breve destello tan resplandeciente, que es como si de repente, Dios nos invitara a jugar con Él a las escondidas en una apacible noche de verano.
Me acordé de esa noche, cuando le mandé el último mensaje de texto desde mi computadora, diciéndole que ya salía para la terminal de Retiro y ella me contestó que iba a estar esperándome y me deseó un buen viaje.
Aún hoy, después de dos años, vuelvo a revivir las emociones que me embargaban cuando el micro de General Urquiza cerró sus puertas y partió rumbo a Córdoba y cómo me quedé largo tiempo, ya en plena ruta, mirando por la ventanilla hasta que me venció el cansancio y empecé a dormitar por momentos, de forma entrecortada, sin poder evitar preguntarme cómo sería el momento del encuentro, qué debía hacer, cómo sería en persona esa adolescente con la que nos escribíamos y nos mandábamos mensajes de texto a diario y nos hablábamos por teléfono a escondidas, cada vez que su papá no estaba. Esa jovencita a la que nunca había visto, pero que creía conocer y, de alguna manera indescifrable, quería con ternura y con pasión.
Recuerdo que me despertó el primer rayo de sol de la mañana y ya no pude volver a dormirme. Que supe que lo que parecía una fantasía era la realidad cuando el ómnibus cruzó el arco de entrada de la ciudad de Córdoba y que esa primera vez, sobrecogido por la ansiedad, me levanté del asiento cuando aún no habíamos llegado a la Terminal, para ser el primero en bajar. Desde ese día, ser el primero en bajar y saludar a Loli desde la ventanilla, se ha transformado en un rito para nosotros.
Sé que hasta el último día de mi vida voy a volver a verla en el andén, con su hermosa sonrisa, corriendo hacia mí con su blusita, su pollerita blanca y sus ojotas y voy a sentir ese primer abrazo que nos dimos. Ese primer contacto fugaz de nuestros cuerpos, el no saber muy bien qué hacer en ese momento, rodeados de gente como estábamos, viviendo como en un sueño esa indescriptible realidad.
Si me preguntaran hoy qué sentí en ese momento, debo admitir que fue una maraña de emociones y sensaciones que daba por olvidadas, que decidieron salir todas juntas y en tropel de ese lugar impreciso de mi memoria, en el cual habían quedado guardadas como dulces recuerdos, como esas cartas de amor de la adolescencia que un día se encuentran en una caja que creíamos perdida hacía mucho tiempo.
A veces a la noche, antes de dormirme, también evoco el momento inolvidable del primer beso.


Cuando estuvimos a solas en la habitación, después del nerviosismo y la incertidumbre de entrar juntos al hotel, Lolita se sentó en mi falda, me rodeó el cuello con los brazos y me acarició el cabello con una mano y entonces, por primera vez, sin decirnos una palabra, con nuestro corazón latiendo más rápido y mirándonos a los ojos, sus labios y los míos se rozaron y se reconocieron por primera vez... y se gustaron. Vaya si se gustaron.
Para Lolita fue el primer beso en la boca de un hombre. Ése que se recordará durante toda la vida, el que le marcó un antes y un después en su vida.
Quizás ella crea que para mí, a mi edad y después de haber vivido tanto, no debe haber sido tan significativo.
Nada más lejos.
Esa primera vez que besé a Loli en los labios me hizo volver a sentir lo que alguna vez me dejó tan conmocionado que me parecía estar flotando entre nubes, como le pasó a ella.
Ese primer beso en la boca, para mí, representó volver a sentirme vivo.


El Profesor
Foto: Massimiliano Uccelleti

viernes, 29 de mayo de 2009

Una buena razón

–Loli...
–¿Qué, Papi?
–Tengo que decirte algo...
–Sí, ¿qué es?
–Estamos acá... este primer día que nos conocimos, esta primera noche, la primera vez que cenamos juntos, ¿no?
–Ajá.
–Bueno... Ya me viste. Querías conocerme, y acá estoy.
–Mjm...
–Podés verme. Ya no es una idealización como con las cartas o los mensajes o el chat.
–Ajá.
–Me ves tal cual soy. Con mis cincuenta y siete años. Y vos, Princesita, sos tan joven...
–¿Qué querés decir, Papi? No te entiendo.
–A ver... ¿podés imaginarme dentro de diez años?
–Más o menos... A lo mejor sí...
–Vos vas a ser una hermosa mujer de veintiséis y yo voy a ser un señor de sesenta y siete... un...
–¿Viejito?
–Bueno, sí. La verdad, voy a ser un viejito de sesenta y siete.
–Ah... ¿Y entonces?
–Bueno, ahora te pido que hagas un esfuerzo y te imagines dentro de veinte años. Vos vas a ser una hermosísima mujer de treinta y seis años y yo... Yo voy a tener...
–Mjm... Bueno, setenta y siete... ¿Y?
–¿Y qué va a pasar entonces, Loli?
–¿Qué va a pasar con vos?
–No, Frutillita. Con vos... ¿qué va a pasar con vos? ¿Te imaginás dentro de veinte años, en el mejor de los casos, cuidando a un viejo?
–Ah, en el mejor de los casos... ¿Y cuál sería el peor de los casos?
–Que puedo no estar. Que puedo haber...
(...)
–¿Qué podés haber qué, Papi?
–Que por ley de la vida, para esa época puede ser que ya no esté acá... Que...
–¿Qué te hayas muerto, querés decir?
(...)
–Sí. Que me haya muerto...
(...)
–Papi... Mirá... a ver. Vos leíste mucho más que yo y viste muchas más pelis que yo, ¿cierto?
–Bueno, sí... Sólo por diferencia de edad...
–Dejá la diferencia de edad a un costado por un momento, por favor. Decime: ¿vos viste y leíste “La Tregua”?
–Sí, hace mucho... pero mucho... faltaban casi veinte años para que vos nacieras cuando leí el libro y un poco menos cuando vi la película, ¿por qué lo preguntás?
–¿Quién era más viejito, él o ella?
–Él, claro.
–¿Y quién se muere primero? ¿Él o ella?
–Ella...
–¿No decís que este es un mundo tan incierto que la única certeza que tenemos es que nos vamos a morir, pero no tenemos la certeza de cuándo... porque si la tuviésemos nos moriríamos de angustia?
–Sí... Te lo dije.
–Y entonces, Papi... ¿cómo sabés que te vas a morir antes vos?
(...)
–La verdad, no lo sé, Loli. Muy perspicaz de tu parte.
–No pensemos en eso ahora, Papi... Me estás haciendo tan, pero tan feliz esta noche... ¿Para qué hablar de algo tan triste ahora?
–Es cierto... Lo siento, Princesita.
–Mirá qué rica comida, tu vinito... este lugar al que no había venido nunca... Este momento con el que tanto soñé... ¿Para qué estropear este momento pensando en lo que puede pasar o no? ¿No te parece?
–Sí, me parece.

–¿Y qué va a tener de malo que te agarre de la mano dentro de veinte años para caminar y me encargue de cuidarte de la misma forma como hoy vos me cuidaste a mí? Como me venís cuidando desde hace tantos meses y desde tan lejos, sin haberme visto...
–Nada. No tiene nada de malo... sólo que voy a ser...
–Shhhh... No digas eso.
–Bueno...
–¿No te parece que si la vida nos juntó y nos cruzó en el camino de ambos es por algo? ¿No te parece que quizás es una buena razón el simple hecho de estar juntos acá, hoy, esta noche?
–Sí, Loli. Me parece una muy buena razón...
–¿Sabés? Por más que pase el tiempo y suceda lo que suceda, te prometo que voy a seguir siendo tu Lolita... y vos vas a seguir siendo mi Profesor.

Este diálogo, más o menos como lo reproduzco, y así de salpicado con silencios, lo tuvimos con Loli en el restaurante “diente libre” (como lo llaman en la ciudad de Córdoba) Las Tinajas, cenando juntos el primer día de diciembre de 2007. La primera vez que estuvimos frente a frente y pudimos mirarnos, conocernos, tocamos. El día que pudimos darnos ese primer beso y abrazarnos, sabiendo que eso que estaba ocurriendo entre las cuatro paredes de la habitación del hotel, era la realidad que tanto habíamos anhelado ella y yo.
Ese primer viaje que no puedo olvidar, cuando Lolita me dijo que yo era más lindo, dulce y tierno de lo que ella esperaba y yo le dije que ella era mucho, pero mucho más inteligente, bonita, dulce, tierna y sensual de lo que yo había podido imaginar.
Así fue nuestra primera cena. Y de ese modo, con esa muy buena razón expresada desde el sentido común de Lolita, me animé a empezar nuestra historia en el mundo real.

El Profesor

viernes, 17 de abril de 2009

Antes del amor

–¡Ay, papi! ¿Qué me hacés?
–Mhhh-hhh
–Me hace cosquillitas...
–Mhhh
–¡Pero es muy lindo!
–Ahá.
–Qué suave, papi...
–¿Te gusta, Princesita?
–Shi... Me gusta... Me gusta mucho...
Los besé otra vez. Y otra. Y otra más.
A medida que fue pasando el tiempo, fui entendiendo un poco más lo que decía aquel amigo mío: “Para aprender a evaluar a las mujeres, hacé como con los pura sangre: si tienen manos y pies en armonía con el resto, son para tener en cuenta”.
Viene a cuento este poema de Mario Benedetti:


Pies hermosos

La mujer que tiene pies hermosos
nunca podrá ser fea
mansa suele subirle la belleza
por tobillos y pantorrillas y muslos
demorarse en el pubis
que siempre ha estado más allá de todo canon
rodear el ombligo como a uno de esos timbres
que si se les presiona, tocan “Para Elisa”.
Reinvindicar los lúbricos pezones a la espera
entreabrir los labios sin pronunciar saliva
y dejarse querer por los ojos espejo.
La mujer que tiene los pies hermosos
sabe vagabundear por la tristeza.

Mucho antes de iniciarla en el amor, dediqué buena parte de aquella primera vez que estuvimos a solas, a acariciarle y besarle los pies.
Delicados, con dedos parejitos y uñas cortadas con prolijidad, los pies de Lolita merecen ser homenajeados, como en el poema.
Desde ese primer día que dejó que la desnudara, entregándose sin reparos, me dediqué a adorar sus hermosos pies. Aún hoy, lo sigo haciendo.
Y es que una mujer, con los pies, lo puede casi todo, si da con el hombre indicado.

El Profesor

Foto: by Lolita & El Profesor, febrero 2009.

viernes, 3 de abril de 2009

Almas gemelas

–¿Puedo hacerte una pregunta, Loli? –dijo mi compañera de colegio, mientras esperábamos que llegara la profesora de Derecho, que se había retrasado.
–Sí, claro. Dale.
–¿Cómo hacen, El Profe y vos, para sostener esa relación con tanta diferencia de edad?
–Ah. Bueno, no siempre es fácil. Pero creo que... –en ese momento sentí que tenía que explicarle tantas cosas que, de sólo pensarlas, me cansaron. Opté por cortar por lo sano y hacerle la síntesis al asunto:
–¿Sabés? Compartimos todo.
–¿Cómo todo?
–Sí, todo. De hecho, con cuarenta y un años de diferencia, compartimos el día de cumpleaños.
Mi compañera se me quedó mirando, estupefacta.
–¿Ehhhh? ¿Nacieron el mismo día?
–Mjm... Sí, el mismo día. Él cuarenta y un años antes que yo.
–¡Ay, Diosssss! ¡ALMAS GEMELAS! –gritó mi amiga llevándose las manos a la cara, como si estuviera presenciando un milagro en vivo y en directo.

Lolita

Foto: © Bancodeimagenes.com


domingo, 1 de marzo de 2009

Argumentos

Por favor, comprendeme un poquito aunque sea...
Pensá: ¿No me ves feliz? ¿No notás que estoy toda llena de vida? ¿No percibís el brillo de alegría que tengo en los ojitos?
No me mires así, por favor.



Yo no hice nada malo. Amar no es nada malo y yo lo amo y estoy enamorada. ¿Es un delito estar enamorada?
Me trata bien, es un buen hombre. Me cuida. Es dulce, me dice cosas tiernas y me las dice de corazón.
Tiene el alma impregnada de cariño y dulzura y no tiene ni esto de malas intenciones, te lo juro.
Es todo un caballero conmigo, me ayudó mucho a superar cosas, me trata con delicadeza dondequiera que esté y ¡hasta le pidió a su hija que le enseñe a hacer una trenza para poder peinar mi cabello largo!
Me ayuda a ser mejor y tiene la humildad de escuchar cuando es necesario que lo corrija en algo. Admite que, pese a su edad, se puede equivocar. Eso es de hombres bien hombres ¿lo sabías?
Me ama, me hace sentir bien y está dispuesto a hacer cualquier cosa por mí. Lo sé, porque se lo leo en los ojos. Los ojos no mienten, ¿sabías?
No lo desprecies, por favor, es el amor de mi vida, mi primer amor... Acordate de cuando vos...
Tené un poquito de sensibilidad, considerá mis sentimientos alguna vez.
Por favor, mamá, por favor...

¡Uhhh, nooo! ¿Otra vez con ese sermón mesiánico? ¿Otra vez esa rigidez de ideas y ese egoísmo tan propio de vos? ¿Otra vez con tus rencores viejos?
Está bien mamá.
Así no se puede.
No voy a negociar nada, y menos con vos.
Yo me quedo con mi amor.
Vos, quedate con tu dolor, tu resentimiento y tu existencia ficticia.

Lolita

Foto: © Hansen Tsang

sábado, 28 de febrero de 2009

El Papanicolau y la Colcospo... Copolspo...

–Hola chiquita... ¿Cómo estás?
–Bien... un poco cansada de esperar allá afuera... (Estuve más de dos horas esperando ¡Ufa!)
–Y sí... bueno... ¿Qué te trae por acá?
–Me voy a... tengo que hacerme un Papanicolau.
–Ah... ¿Por algo en especial?
–No, simplemente porque ahora ya soy mujercita y mi novio opina que ya tengo que aprender a cuidarme, como parte de mi crecimiento...
–Ah, ¡mirá vos qué chico inteligente!
–No, no es un chico.
–Ah, bueno, qué buen hombre entonces, al recomendarte esto.
–Y... ¿para cuándo podría darme turno..?
–Ahora mismo te lo hago.
–¿Qué? ¿Cómo? ¿Ahora, ya?
–Si, dale, sacate la ropa en ese bañito de ahí y ponete la bata que está colgada. Después acostate en aquella camilla.
Entré y seguí sus indicaciones. Luego salí, mirándome.
La bata me quedaba como si me hubiera puesto la camiseta de un gigante.
–Me queda un poquito grande... –le comenté.
Sonrió.
–No importa... es sólo para cubrirte.
Me acosté en la camilla un poco tensa y nerviosa (bueno, “un poco” es una forma de decir). Era la primera vez que hacía eso.
–Doctora...
–¿Sí?
–Tengo miedo. Esto no me gusta nada.
–Tranquila, que no duele y es sólo un ratito.
Veía cómo se ponía esos guantes blancos elásticos y abría una bolsita de plástico.
–¿Y ahora qué me va a hacer?
–Mirá: ahora vos vas a abrir las piernitas, te vas a relajar y te vas a poner flojita para que yo pueda ponerte esto... (¡Uyyyyyy, nooo!)
–¿Eso tan grande? (¡Uhhhh! ¡No me entra eso!)
–¿Querés el que se usa con mujeres que ya tuvieron cinco partos? (¿Hay más grandessss?)
–No-no-no-no-no, no, mejor no.
–Éste es el más chico. (¿Cómo será el más grande, Dios mío?)
–¡Ay, noooooooooo! (Me mostró el más grande. ¡Un horror!)
–Dale, a ver... flojita. Respirá profundo y pensá en cosas lindas...
–¡Ay! ¡Ayyyyyy! ¡AAAaayyyyyYYYYY! ¡Ay, ayayayayayay! ¡Sáqueme eso! ¡Duele! (¿No te das cuenta que no puedo pensar en cosas lindas con lo que me estás metiendo?)
–Nooo, tranquila... ya termino... Vamos, flojita, porque si te ponés tensa me cuesta más.
–¡Es que due-LE! ¿Por qué me mintió? ¿Por qué me dijo que no dolía? ¡Ay, ayayayayayayayay!
–Quizás te duele porque contraés los músculos. Vamos, dale. Relajate... además... ¿No dijiste que ya habías tenido relaciones?
–Sí ¡Pero no así! ¡No con un aparato como ése!
–A ver contame cómo te va en el colegio...
–¡Ay! Bien, bien... me va... ¡Ay! ¡Pero ahora no puedo pensar! (¿Cómo puedo pensar en el colegio ahora? ¿Ehhhhhhhhh?)
–Ya termino, ahora tengo que tomar una muestra.
–¿Una muestra?
–Sí, una muestra. Se llama Colposcopía.
–¡Ay, no! Pero... ¡yo no le pedí la Colcoscopía!
Se rió..
–Pero se hace siempre...
–Pero no me gusta... ¿La polcoscopía viene de regalo? ¿Es como un combo? ¿Siempre la hacen así de prepo?
–Sí, es para poder analizar que no tengas bichos raros...
–¡Ay, ay! ¡Ayyysss!
–Ya está... Listo. Tranquila que ya terminamos.
–¡Por fin! ¡Qué tortura! No me gustó. No creo que me haga un Papanicolau nunca más... y menos que menos la Colcoscopía.
–Col-pos-co-pía, mi vida.
–Bueno, eso.
–Los análisis van a estar listos el martes, ¿sabés?
–Si, doctora. Ese día vengo a buscarlos y a ver lo de los bichitos...
Y me fui, ese primer día, con una sensación extraña entre las piernas y sintiendo una molestia adentro... ¡Ufa! ¿Por qué a los hombres no les hacen polcos... cospolpo... ¡Bueno, ESO!

Lolita

Foto: © Rainer M. Guillessen