LOS SUEÑOS Y LAS FANTASÍAS ADOLESCENTES SE HACEN REALIDAD CUANDO MENOS LO ESPERAMOS
miércoles, 1 de diciembre de 2010
Diario de Lolita: Hoy, hace tres años
martes, 26 de octubre de 2010
Diario de Lolita: El día antes
29 de noviembre 2007 - 14:59 horas
ESTE MENSAJE SE ENVIÓ CUANDO ESTABAS DESCONECTADO:
Lolita: Hola mi vida... No me mandaste correíto... ¿No compraste los pasajes aún?29 de noviembre 2007 – 18:17 horas
De: El Profesor
Para: Lolita
Asunto: Re: Mensaje
Enviado por: gmail.com
Loli, mi Bebé:
Salgo mañana a las 23:45 de Retiro en General Urquiza.29 de noviembre 2007 – 21:43 horas
Llega a las 8:45 aproximadamente a Córdoba.
Plataformas 19 a 29.
Si es muy temprano para vos, no te hagas problemas, que yo me quedo en ese sector esperándote hasta que llegues, ¿sí, mi chiquita?
El domingo, compré el de las 19:45, pero si puedo, cuando llego a Córdoba lo cambio por uno que sale a las 21 pero es coche cama y llega antes que el servicio semi-cama que saqué yo.
Les mandé un correo a los del hotel para que me confirmen la reserva pero no me contestaron. Se los reiteré y tampoco me contestaron. Espero que la hayan hecho. Por las dudas, voy a llamar por teléfono para estar seguro.
Muchos besitos, cushita.
Tu Profesor
De: 54351313xxxx@mms.personal.com.arSólo faltaba un día para poder tenerlo frente a mí y abrazarlo y besarlo como lo había soñado y fantaseado y pensado tantas, tantas veces.
Para: Usuario
Claro que te voy a esperar mi vida. Si yo no llegué, vos esperame sentadito, y no te muevas, ¿Shi, mi amor?
¡Yyyyuuuupiiiiii!
Lolita
jueves, 7 de octubre de 2010
Diario de Lolita: Urdiendo planes
martes, 7 de septiembre de 2010
Diario de El Profesor: Mi primera vez

“Princesita:
Te envío lo que te prometí.
Con la inteligencia que tenés, cuando lo hayas leído, vas a poder comprender porqué soy como soy, y a quién se lo debo.
Vas a conocer cómo era yo cuando tenía apenas un año menos que vos y cómo, una mujer, me enseñó el camino de la libertad en esto que tanto miedo te da.”
Hoy, al releer los correos que intercambiamos, me di cuenta que Loli me había contestado a las cuatro de la madrugada del día siguiente, y me pregunto cómo habrá hecho para estar escribiendo a esa hora, quizás mientras el padre dormía.
Su respuesta decía:
“Profe, mi amor:
Creo que no tengo palabras para describir la emoción que me causó tu historia de amor. Ahora lo comprendo, y admiro y le agradezco a Letizia que te haya enseñado a ser como sos. Tuviste mucha suerte de vivir una experiencia así.
Con tu historia me dejaste pensando... Se me fue un poco la idea de 'pecado' ¿sabés? Sí, es cierto, aunque no lo creas... quiero decir que ahora me parece más importante que nunca que vengas.
Ayer, después que cerré la ventanita del chat, fui al baño, me miré la bombacha y estaba… ¡RE MOJADA!!! Sí, tenía un montón de algo parecido a un gel transparente... así que quedate tranquilo, parece que soy normal.
Me conecto a las siete y media. Te voy a esperar, mi cielo.
Te quiero con todo el corazón.
Beshitos.
Tu Loli
PD: ¿Sabés? Así como vos tuviste la fortuna de tener a Letizia, yo tengo la suerte de haberte encontrado a vos. No sabés lo contenta y agradecida que estoy. Sos un ser humano maravilloso, inteligente, dulce, tierno..."
Creo que fue en ese momento, al leer esas palabras, que tomé conciencia que Lolita había llegado a mi vida para quedarse cuando menos lo esperaba y que era yo quien le había abierto la puerta.
Recuerdo haber pensado, después de leer una y otra vez aquellas líneas: “¿Y ahora qué vas a hacer…?
jueves, 26 de noviembre de 2009
Ese primer beso
En la carta de hoy Loli, con esa sensibilidad que tiene para escribir, mencionaba nuestro primer encuentro hace dos años. La primera vez que nos vimos.
Esa mención me llevó a evocar el momento y, de pronto, me sorprendí recordando que en este mismo 26 de noviembre de hace dos años atrás, ya tenía en mi poder el pasaje de micro para cuatro días después, porque había decidido conocer personalmente a esa jovencita sorprendente que la vida me había cruzado en el camino en el otoño de mi vida, cuando ya creía que era incapaz de volver a enamorarme y vivía mis días dedicado a mi trabajo. Vivía –o discurría, que no es lo mismo–, como se supone que debe vivir un hombre que ha dejado mucho tiempo atrás esas ilusiones de la adolescencia y la juventud que hacen latir muy fuerte el corazón, que nos llevan a pensar en todo momento en la persona amada, nos colman de expectativas y que –en un solo e indescriptible instante de plenitud–, nos desbordan el alma y los sentidos con esa felicidad pura e inocente, como la de los niños. Un breve destello tan resplandeciente, que es como si de repente, Dios nos invitara a jugar con Él a las escondidas en una apacible noche de verano.
Me acordé de esa noche, cuando le mandé el último mensaje de texto desde mi computadora, diciéndole que ya salía para la terminal de Retiro y ella me contestó que iba a estar esperándome y me deseó un buen viaje.
Aún hoy, después de dos años, vuelvo a revivir las emociones que me embargaban cuando el micro de General Urquiza cerró sus puertas y partió rumbo a Córdoba y cómo me quedé largo tiempo, ya en plena ruta, mirando por la ventanilla hasta que me venció el cansancio y empecé a dormitar por momentos, de forma entrecortada, sin poder evitar preguntarme cómo sería el momento del encuentro, qué debía hacer, cómo sería en persona esa adolescente con la que nos escribíamos y nos mandábamos mensajes de texto a diario y nos hablábamos por teléfono a escondidas, cada vez que su papá no estaba. Esa jovencita a la que nunca había visto, pero que creía conocer y, de alguna manera indescifrable, quería con ternura y con pasión.
Recuerdo que me despertó el primer rayo de sol de la mañana y ya no pude volver a dormirme. Que supe que lo que parecía una fantasía era la realidad cuando el ómnibus cruzó el arco de entrada de la ciudad de Córdoba y que esa primera vez, sobrecogido por la ansiedad, me levanté del asiento cuando aún no habíamos llegado a la Terminal, para ser el primero en bajar. Desde ese día, ser el primero en bajar y saludar a Loli desde la ventanilla, se ha transformado en un rito para nosotros.
Sé que hasta el último día de mi vida voy a volver a verla en el andén, con su hermosa sonrisa, corriendo hacia mí con su blusita, su pollerita blanca y sus ojotas y voy a sentir ese primer abrazo que nos dimos. Ese primer contacto fugaz de nuestros cuerpos, el no saber muy bien qué hacer en ese momento, rodeados de gente como estábamos, viviendo como en un sueño esa indescriptible realidad.
Si me preguntaran hoy qué sentí en ese momento, debo admitir que fue una maraña de emociones y sensaciones que daba por olvidadas, que decidieron salir todas juntas y en tropel de ese lugar impreciso de mi memoria, en el cual habían quedado guardadas como dulces recuerdos, como esas cartas de amor de la adolescencia que un día se encuentran en una caja que creíamos perdida hacía mucho tiempo.
A veces a la noche, antes de dormirme, también evoco el momento inolvidable del primer beso.
Cuando estuvimos a solas en la habitación, después del nerviosismo y la incertidumbre de entrar juntos al hotel, Lolita se sentó en mi falda, me rodeó el cuello con los brazos y me acarició el cabello con una mano y entonces, por primera vez, sin decirnos una palabra, con nuestro corazón latiendo más rápido y mirándonos a los ojos, sus labios y los míos se rozaron y se reconocieron por primera vez... y se gustaron. Vaya si se gustaron.
Para Lolita fue el primer beso en la boca de un hombre. Ése que se recordará durante toda la vida, el que le marcó un antes y un después en su vida.
Quizás ella crea que para mí, a mi edad y después de haber vivido tanto, no debe haber sido tan significativo.
Nada más lejos.
Esa primera vez que besé a Loli en los labios me hizo volver a sentir lo que alguna vez me dejó tan conmocionado que me parecía estar flotando entre nubes, como le pasó a ella.
Ese primer beso en la boca, para mí, representó volver a sentirme vivo.
El Profesor
Foto: Massimiliano Uccelleti
viernes, 29 de mayo de 2009
Una buena razón
–¿Qué, Papi?
–Tengo que decirte algo...
–Sí, ¿qué es?
–Estamos acá... este primer día que nos conocimos, esta primera noche, la primera vez que cenamos juntos, ¿no?
–Ajá.
–Bueno... Ya me viste. Querías conocerme, y acá estoy.
–Mjm...
–Podés verme. Ya no es una idealización como con las cartas o los mensajes o el chat.
–Ajá.
–Me ves tal cual soy. Con mis cincuenta y siete años. Y vos, Princesita, sos tan joven...
–¿Qué querés decir, Papi? No te entiendo.
–A ver... ¿podés imaginarme dentro de diez años?
–Más o menos... A lo mejor sí...
–Vos vas a ser una hermosa mujer de veintiséis y yo voy a ser un señor de sesenta y siete... un...
–¿Viejito?
–Bueno, sí. La verdad, voy a ser un viejito de sesenta y siete.
–Ah... ¿Y entonces?
–Bueno, ahora te pido que hagas un esfuerzo y te imagines dentro de veinte años. Vos vas a ser una hermosísima mujer de treinta y seis años y yo... Yo voy a tener...
–Mjm... Bueno, setenta y siete... ¿Y?
–¿Y qué va a pasar entonces, Loli?
–¿Qué va a pasar con vos?
–No, Frutillita. Con vos... ¿qué va a pasar con vos? ¿Te imaginás dentro de veinte años, en el mejor de los casos, cuidando a un viejo?
–Ah, en el mejor de los casos... ¿Y cuál sería el peor de los casos?
–Que puedo no estar. Que puedo haber...
(...)
–¿Qué podés haber qué, Papi?
–Que por ley de la vida, para esa época puede ser que ya no esté acá... Que...
–¿Qué te hayas muerto, querés decir?
(...)
–Sí. Que me haya muerto...
(...)
–Papi... Mirá... a ver. Vos leíste mucho más que yo y viste muchas más pelis que yo, ¿cierto?
–Bueno, sí... Sólo por diferencia de edad...
–Dejá la diferencia de edad a un costado por un momento, por favor. Decime: ¿vos viste y leíste “La Tregua”?
–Sí, hace mucho... pero mucho... faltaban casi veinte años para que vos nacieras cuando leí el libro y un poco menos cuando vi la película, ¿por qué lo preguntás?
–¿Quién era más viejito, él o ella?
–Él, claro.
–¿Y quién se muere primero? ¿Él o ella?
–Ella...
–¿No decís que este es un mundo tan incierto que la única certeza que tenemos es que nos vamos a morir, pero no tenemos la certeza de cuándo... porque si la tuviésemos nos moriríamos de angustia?
–Sí... Te lo dije.
–Y entonces, Papi... ¿cómo sabés que te vas a morir antes vos?
(...)
–La verdad, no lo sé, Loli. Muy perspicaz de tu parte.
–No pensemos en eso ahora, Papi... Me estás haciendo tan, pero tan feliz esta noche... ¿Para qué hablar de algo tan triste ahora?
–Es cierto... Lo siento, Princesita.
–Mirá qué rica comida, tu vinito... este lugar al que no había venido nunca... Este momento con el que tanto soñé... ¿Para qué estropear este momento pensando en lo que puede pasar o no? ¿No te parece?
–Sí, me parece.
arre de la mano dentro de veinte años para caminar y me encargue de cuidarte de la misma forma como hoy vos me cuidaste a mí? Como me venís cuidando desde hace tantos meses y desde tan lejos, sin haberme visto...–Nada. No tiene nada de malo... sólo que voy a ser...
–Shhhh... No digas eso.
–Bueno...
–¿No te parece que si la vida nos juntó y nos cruzó en el camino de ambos es por algo? ¿No te parece que quizás es una buena razón el simple hecho de estar juntos acá, hoy, esta noche?
–Sí, Loli. Me parece una muy buena razón...
–¿Sabés? Por más que pase el tiempo y suceda lo que suceda, te prometo que voy a seguir siendo tu Lolita... y vos vas a seguir siendo mi Profesor.
Ese primer viaje que no puedo olvidar, cuando Lolita me dijo que yo era más lindo, dulce y tierno de lo que ella esperaba y yo le dije que ella era mucho, pero mucho más inteligente, bonita, dulce, tierna y sensual de lo que yo había podido imaginar.
Así fue nuestra primera cena. Y de ese modo, con esa muy buena razón expresada desde el sentido común de Lolita, me animé a empezar nuestra historia en el mundo real.
El Profesor
viernes, 17 de abril de 2009
Antes del amor
–Mhhh-hhh
–Me hace cosquillitas...
–Mhhh
–¡Pero es muy lindo!
–Ahá.
–Qué suave, papi...
–¿Te gusta, Princesita?
–Shi... Me gusta... Me gusta mucho...
Los besé otra vez. Y otra. Y otra más.
A medida que fue pasando el tiempo, fui entendiendo un poco más lo que decía aquel amigo mío: “Para aprender a evaluar a las mujeres, hacé como con los pura sangre: si tienen manos y pies en armonía con el resto, son para tener en cuenta”.
Viene a cuento este poema de Mario Benedetti:
Pies hermosos
La mujer que tiene pies hermosos
nunca podrá ser fea
mansa suele subirle la belleza
por tobillos y pantorrillas y muslos
demorarse en el pubis
que siempre ha estado más allá de todo canon
rodear el ombligo como a uno de esos timbres
que si se les presiona, tocan “Para Elisa”.
Reinvindicar los lúbricos pezones a la espera
entreabrir los labios sin pronunciar saliva
y dejarse querer por los ojos espejo.
La mujer que tiene los pies hermosos
sabe vagabundear por la tristeza.
Mucho ant
es de iniciarla en el amor, dediqué buena parte de aquella primera vez que estuvimos a solas, a acariciarle y besarle los pies.Delicados, con dedos parejitos y uñas cortadas con prolijidad, los pies de Lolita merecen ser homenajeados, como en el poema.
Desde ese primer día que dejó que la desnudara, entregándose sin reparos, me dediqué a adorar sus hermosos pies. Aún hoy, lo sigo haciendo.
Y es que una mujer, con los pies, lo puede casi todo, si da con el hombre indicado.
El Profesor
Foto: by Lolita & El Profesor, febrero 2009.
viernes, 3 de abril de 2009
Almas gemelas
–¿Puedo hacerte una pregunta, Loli? –dijo mi compañera de colegio, mientras esperábamos que llegara la profesora de Derecho, que se había retrasado.–Sí, claro. Dale.
–¿Cómo hacen, El Profe y vos, para sostener esa relación con tanta diferencia de edad?
–Ah. Bueno, no siempre es fácil. Pero creo que... –en ese momento sentí que tenía que explicarle tantas cosas que, de sólo pensarlas, me cansaron. Opté por cortar por lo sano y hacerle la síntesis al asunto:
–¿Sabés? Compartimos todo.
–¿Cómo todo?
–Sí, todo. De hecho, con cuarenta y un años de diferencia, compartimos el día de cumpleaños.
Mi compañera se me quedó mirando, estupefacta.
–¿Ehhhh? ¿Nacieron el mismo día?
–Mjm... Sí, el mismo día. Él cuarenta y un años antes que yo.
–¡Ay, Diosssss! ¡ALMAS GEMELAS! –gritó mi amiga llevándose las manos a la cara, como si estuviera presenciando un milagro en vivo y en directo.
Lolita
Foto: © Bancodeimagenes.com
domingo, 1 de marzo de 2009
Argumentos
Pensá: ¿No me ves feliz? ¿No notás que estoy toda llena de vida? ¿No percibís el brillo de alegría que tengo en los ojitos?
No me mires así, por favor.

Yo no hice nada malo. Amar no es nada malo y yo lo amo y estoy enamorada. ¿Es un delito estar enamorada?
Me trata bien, es un buen hombre. Me cuida. Es dulce, me dice cosas tiernas y me las dice de corazón.
Tiene el alma impregnada de cariño y dulzura y no tiene ni esto de malas intenciones, te lo juro.
Es todo un caballero conmigo, me ayudó mucho a superar cosas, me trata con delicadeza dondequiera que esté y ¡hasta le pidió a su hija que le enseñe a hacer una trenza para poder peinar mi cabello largo!
Me ayuda a ser mejor y tiene la humildad de escuchar cuando es necesario que lo corrija en algo. Admite que, pese a su edad, se puede equivocar. Eso es de hombres bien hombres ¿lo sabías?
Me ama, me hace sentir bien y está dispuesto a hacer cualquier cosa por mí. Lo sé, porque se lo leo en los ojos. Los ojos no mienten, ¿sabías?
No lo desprecies, por favor, es el amor de mi vida, mi primer amor... Acordate de cuando vos...
Tené un poquito de sensibilidad, considerá mis sentimientos alguna vez.
Por favor, mamá, por favor...
¡Uhhh, nooo! ¿Otra vez con ese sermón mesiánico? ¿Otra vez esa rigidez de ideas y ese egoísmo tan propio de vos? ¿Otra vez con tus rencores viejos?
Está bien mamá.
Así no se puede.
No voy a negociar nada, y menos con vos.
Yo me quedo con mi amor.
Vos, quedate con tu dolor, tu resentimiento y tu existencia ficticia.
Lolita
Foto: © Hansen Tsang
sábado, 28 de febrero de 2009
El Papanicolau y la Colcospo... Copolspo...
–Bien... un poco cansada de esperar allá afuera... (Estuve más de dos horas esperando ¡Ufa!)
–Y sí... bueno... ¿Qué te trae por acá?
–Me voy a... tengo que hacerme un Papanicolau.
–Ah... ¿Por algo en especial?
–No, simplemente porque ahora ya soy mujercita y mi novio opina que ya tengo que aprender a cuidarme, como parte de mi crecimiento...
–Ah, ¡mirá vos qué chico inteligente!
–No, no es un chico.
–Ah, bueno, qué buen hombre entonces, al recomendarte esto.
–Y... ¿para cuándo podría darme turno..?
–Ahora mismo te lo hago.
–¿Qué? ¿Cómo? ¿Ah
ora, ya?–Si, dale, sacate la ropa en ese bañito de ahí y ponete la bata que está colgada. Después acostate en aquella camilla.
Entré y seguí sus indicaciones. Luego salí, mirándome.
La bata me quedaba como si me hubiera puesto la camiseta de un gigante.
–Me queda un poquito grande... –le comenté.
Sonrió.
–No importa... es sólo para cubrirte.
Me acosté en la camilla un poco tensa y nerviosa (bueno, “un poco” es una forma de decir). Era la primera vez que hacía eso.
–Doctora...
–¿Sí?
–Tengo miedo. Esto no me gusta nada.
–Tranquila, que no duele y es sólo un ratito.
Veía cómo se ponía esos guantes blancos elásticos y abría una bolsita de plástico.
–¿Y ahora qué me va a hacer?
–Mirá: ahora vos vas a abrir las piernitas, te vas a relajar y te vas a poner flojita para que yo pueda ponerte esto... (¡Uyyyyyy, nooo!)
–¿Eso tan grande? (¡Uhhhh! ¡No me entra eso!)
–¿Querés el que se usa con mujeres que ya tuvieron cinco partos? (¿Hay más grandessss?)
–No-no-no-no-no, no, mejor no.
–Éste es el más chico. (¿Cómo será el más grande, Dios mío?)
–¡Ay, noooooooooo! (Me mostró el más grande. ¡Un horror!)
–Dale, a ver... flojita. Respirá profundo y pensá en cosas lindas...
–¡Ay! ¡Ayyyyyy! ¡AAAaayyyyyYYYYY! ¡Ay, ayayayayayay! ¡Sáqueme eso! ¡Duele! (¿No te das cuenta que no puedo pensar en cosas lindas con lo que me estás metiendo?)
–Nooo, tranquila... ya termino... Vamos, flojita, porque si te ponés tensa me cuesta más.
–¡Es que due-LE! ¿Por qué me mintió? ¿Por qué me dijo que no dolía? ¡Ay, ayayayayayayayay!
–Quizás te duele porque contraés los músculos. Vamos, dale. Relajate... además... ¿No dijiste que ya habías tenido relaciones?
–Sí ¡Pero no así! ¡No con un aparato como ése!
–A ver contame cómo te va en el colegio...
–¡Ay! Bien, bien... me va... ¡Ay! ¡Pero ahora no puedo pensar! (¿Cómo puedo pensar en el colegio ahora? ¿Ehhhhhhhhh?)
–Ya termino, ahora tengo que tomar una muestra.
–¿Una muestra?
–Sí, una muestra. Se llama Colposcopía.
–¡Ay, no! Pero... ¡yo no le pedí la Colcoscopía!
Se rió..
–Pero se hace siempre...
–Pero no me gusta... ¿La polcoscopía viene de regalo? ¿Es como un combo? ¿Siempre la hacen así de prepo?
–Sí, es para poder analizar que no tengas bichos raros...
–¡Ay, ay! ¡Ayyysss!
–Ya está... Listo. Tranquila que ya terminamos.
–¡Por fin! ¡Qué tortura! No me gustó. No creo que me haga un Papanicolau nunca más... y menos que menos la Colcoscopía.
–Col-pos-co-pía, mi vida.
–Bueno, eso.
–Los análisis van a estar listos el martes, ¿sabés?
–Si, doctora. Ese día vengo a buscarlos y a ver lo de los bichitos...
Y me fui, ese primer día, con una sensación extraña entre las piernas y sintiendo una molestia adentro... ¡Ufa! ¿Por qué a los hombres no les hacen polcos... cospolpo... ¡Bueno, ESO!
Lolita
Foto: © Rainer M. Guillessen


