jueves, 15 de julio de 2010

Los chicos crecen

Es curioso. Como padre que soy de cinco hijos que algún día fueron niños, debería estar habituado a la idea de que el tiempo pasa y los chicos crecen.
Sin embargo estos casi tres años desde que conocí a Loli, por alguna razón –quizás se trata de la relatividad del tiempo–, pasaron tan, pero tan rápido que con ella, me pasó algo extraño. Recién este 7 de febrero cuando cumplimos años caí en la cuenta que yo había llegado a un punto trascendental en mi vida: estaba cumpliendo sesenta años. Sí, esa edad, tiene una repercusión especial y constituye un momento significativo en esa finita sucesión de instantes que es la existencia del ser humano.
Para la idiosincrasia china y en su concepción –para quienes no lo sepan–, cuando un hombre llega a esa edad además de cumplir un año (porque deben multiplicarse los cinco elementos por los doce animales del horóscopo chino, y entonces se vuelve a repetir, por ejemplo, el Búfalo de Tierra), si ha vivido y aprendido, será considerado un hombre sabio y muy respetado en la sociedad. Dicho sea de paso, no conozco a ningún chino que haya cumplido dos años. Quizás alguno haya llegado a esa meta, pero no me consta.
Recuerdo, decía, que ese siete de febrero a la noche, cuando soplamos las diecinueve velitas de Loli y las sesenta mías, se me cruzó por la cabeza una idea fugaz pero que me impactó con la fuerza de una locomotora entrando a toda velocidad en mi cabeza: “¡Sesenta años! ¡Qué rápido pasaron!”
En ese momento miré a Lolita y agradecí a la vida por estar ahí, en ese lugar, festejando ese cumpleaños tan especial con ella, después de poco más de dos años de habernos visto por primera vez. Admito que ni en mis más disparatadas fantasías imaginé que cuando llegara a los sesenta años, los festejaría junto a una hermosa joven que el mismo día cumpliría diecinueve, y con la que estaríamos vinculados por el más sublime sentimiento que puede nacer en el corazón del ser humano: el amor.
En un pantallazo me pasaron las imágenes de todo lo que habíamos vivido desde la mañana en que me llegó ese primer correo electrónico en el cual Loli se presentaba y pedía información acerca de cómo hacer para publicar su libro de reflexiones y creo que recién en ese momento comencé a considerar la idea –los Búfalos somos así, nos lleva tiempo asimilar las cosas de la vida– de que Loli ya no era aquella adolescente que había salido muy temprano de su casa ese primer día de diciembre de 2007, inventando una excusa, para esperarme en la terminal de ómnibus. Que esa emocionada jovencita que había terminado su anteúltimo año de secundaria y que había esperado con tanto anhelo durante cinco meses para verme, estaba transitando el último tramo de esa primer etapa de la vida, y que en poco tiempo el sendero se iba a transformar en esa autopista de varios carriles que es la vida adulta.
Tal vez el hecho de que estemos lejos y nos veamos sólo algunos días cada mes, contribuyó a que la imagen de Loli haya quedado inalterable, como cristalizada en esos dieciséis años que eran los que tenía cuando la conocí y compartí con ella ese último año de colegio enviándole mensajes de texto traviesos para debajo del pupitre, yendo a buscarla a la salida de clases y también del banco en el cual hizo su pasantía; asistiendo a su fiesta de egresados y estando ahí, en las gradas de ese anfiteatro de la facultad donde hoy estudia, el día que recibió su diploma de honor y que terminó como terminó por esas cosas que tenemos los seres humanos que muchas veces hacemos daño con las mejores intenciones.
Quizás el vivir estos momentos y otras circunstancias que se sucedieron en estos casi tres años, dejaron cristalizada en mi memoria la imagen de la Loli adolescente y aniñada que se hizo cargo con sus actos y su férrea decisión, de transitar los primeros pasos del amor con un hombre que podría haber sido su padre.
Es cierto que Lolita comenzó a cursar su carrera universitaria hace un año. Pero el anterior fue tan vertiginoso y sucedieron tantas cosas –la primera operación de mi vida, el viaje de Loli y su papá a Europa, el juicio que terminó en nada–, que no terminé de caer en cuenta que la Princesita había empezado una nueva etapa de su vida.
Fue entonces, luego de volver a festejar juntos nuestro cumpleaños que empecé a darme por enterado que las cosas habían cambiado.
Así caí en la cuenta que Loli ya cursa su segundo año de facultad y cada cuatro meses más o menos va tachando materias en su plan de estudios. Ya no regresa del colegio al mediodía o después del contraturno de gimnasia. Ahora entra a clases al mediodía y va a hacer gym en un gimnasio de su barrio –cuando no tiene mucho que estudiar– a su regreso, cuando comienza a caer la tarde. No repasa más apenas un ratito en el escritorio de su habitación para el examen o la clase del día siguiente, ahora, en el mismo escritorio se enfrasca durante horas con sus libracos y apuntes y aprovecha hasta el tiempo libre entre clase y clase para zamparse un sándwich a las apuradas y después busca un lugar en la biblioteca de la UNC para adelantar lectura y que no la tomen por sorpresa los parciales y para no tener que sentir que “¡Estoy en el horno!”.

Pero la cabal concepción de que el tiempo ha transcurrido la tuve este lunes pasado cuando fui a buscarla a la salida de su trabajo en la primera mañana gélida de invierno que trajo la ola de frío que llegó el domingo. Sí, leyeron bien, escribí: SU TRABAJO.
Porque el 5 de julio, Loli empezó el primer día de trabajo de su vida, contratada part-time, para desempeñarse en la administración de una fábrica metalúrgica, de manera que tiene que despertarse todos los días a las seis y media de la mañana para entrar puntualmente a las ocho, ya que tiene que viajar algo más de media hora.


Ese soleado y frío mediodía del lunes 11 de julio a la una de la tarde, fui a buscarla a la salida del trabajo, cumpliendo una vez más con el rito de estar presente en cada uno de los momentos y lugares importantes para ella y mientras esperaba, esa idea que había estado dando vueltas por mi cabeza, se materializó, se hizo patente: Loli trabaja. Y estudia, tiene una actividad diaria muy intensa. Ya no pasa tiempo frente a la computadora, y no me llama tanto por teléfono. Como se lo dije alguna vez, está empezando a darse cuenta que las cosas no son como uno creyó y que el privilegio de ser grande consiste en hacerse cargo de sus obligaciones, que empiezan a ser muchas.
Ahora Lolita a las diez de la noche ya está durmiendo y apenas si tiene tiempo para poner en orden su cuarto y ya, en el segundo día de trabajo, le tocó experimentar qué se siente cuando uno va a trabajar y resulta que los choferes de la empresa de ómnibus que toma habitualmente, decidieron hacer un paro sorpresivo.
Ya no se viste como una adolescente ni sale a cara lavada. Usa botas de tacón, suéters y pantalones de mujer y se pasa un buen rato frente al espejo maquillándose antes de salir.
Parado ahí, en la vereda de enfrente de la empresa, miré durante largo rato la zona –cercana al lugar donde la calle se transforma en ruta–, y por un instante sentí inquietud al pensar que en invierno, cuando viaja hacia su trabajo aún es de noche y la zona no es segura y... Y nada.
No puedo, ni debo hacer nada porque no es justo ni sano obstaculizar el crecimiento de nuestros seres queridos y menos aún con el argumento de “te retengo porque te quiero”.
Los chicos crecen y es ley de vida que tengan que abandonar el nido y buscar forjar su propio futuro. Y aunque queda claro que yo no soy el papá de Loli, me di cuenta que de alguna manera, a veces me comportaba como tal. Y no hablo del hecho que Loli, aún hoy, siga llamándome “Papi”, muy de vez en cuando y cada vez menos. Estoy diciendo que en algún momento, inconscientemente, también tuve la pretensión de cuidarla al punto de no dejarla crecer, impidiéndole aprender de qué va la vida.
Hace unos días, cuando aún no la habían llamado del trabajo y estaba dando los últimos parciales de esta primera mitad del año, Loli me escribió una carta el día 24 –ese día se cumplía un mes más desde cruzamos el primer correo electrónico–, de la cual quiero transcribir este fragmento:
Recuerdo la emoción que sentía de leer tus palabras... recuerdo cómo soñaba con vos en mi cama y me imaginaba besándote y acariciándote la piel...
También me acuerdo quién era yo en esa época, cuáles eran mis carencias, cuáles eran mis sueños y cuáles mis temores.
Y hoy, dos años y once meses después, me siento una mujercita realizada, desarrollada y plena. Y todo gracias a vos. Todo te lo debo a vos. Vos, siendo hombre, me hiciste mujer. ¡Qué maravilla! ¿No? Jamás voy a olvidarme de esto. Es algo que van a saber hasta mis nietos”.
Y aunque no creo que todo me lo deba a mí, y que yo no la hice mujer porque ella nació con esa condición, de alguna manera sí, estuve a su lado en este trayecto del camino de la vida y le enseñé cuando necesitaba saber; la apuntalé cuando le flaqueaban las fuerzas; la ayudé en lo que pude, cuando me lo pidió y la tomé muy fuerte de la mano, acompañándola en el tránsito de esos primeros pasos de niña a mujer, los que marcan el comienzo del amor adulto y le entregué con cuidado y sin retaceos toda la pasión, el amor y el cariño que me fue posible y que ella, a su manera y por esa retroalimentación tan especial que provocan los sentimientos cuando son genuinos, me ayudó a su vez a desplegar.
Los chicos crecen.
Loli creció.
Y en ese frío mediodía soleado mientras la esperaba a la salida de su trabajo, no pude evitar sentir el desasosiego que sobreviene al pensar que cuando crecen y por su bien, hay que saber y estar dispuesto y preparado para soltarles la mano, cuando llegue el momento...

El Profesor


domingo, 27 de junio de 2010

Querer es poder

Dicen que un hombre débil tiene dudas antes de tomar una decisión y que el hombre fuerte, las tiene después.
Es cierto lo de las dudas, doy fe.
Todos aquellos lectores que nos siguen desde el principio o los que hayan tenido el aguante de leerse todos los post, sabrán que el tema del cigarrillo fue, entre Loli y yo, un punto de conflicto desde el principio.
–¿Otro más, Papi? –era una pregunta habitual de Lolita, cuando yo quería fumar dos cigarrillos en vez de uno, después de la cena, que invariablemente iba seguida de un puchero.
Una noche, saliendo de nuestro restaurante favorito de Córdoba, casi nos estropeamos la noche por el cigarrillo. ¡Qué pavada!
–¿Vos querés dejar el cigarrillo? –me preguntó una noche.
–Sí, pero no es fácil dejarlo, Loli –le dije
Querer es poder –me contestó ella.
–Eso lo ves así ahora, Loli –dije–. Ya la vida se va a encargar de enseñarte que eso no siempre es posible.
Recuerdo que cuando enfrenté la operación, hace poco más de un año, el cirujano me dijo que tendría que dejar de fumar. Bastó que me lo dijera, para que me resultara imposible, aunque digo en mi descargo, que hice un esfuerzo importante los veinte primeros días.
Antes de eso, había hecho un intento serio con unos comprimidos alemanes que me costaron un ojo de la cara y, lejos de conseguir que dejara de fumar, me produjeron una seria irritación gástrica.
Una de las tantas veces que Loli me preguntó por teléfono si estaba fumando mucho, le dije que estaba buscando la manera de dejar de fumar, pero que no estaba ni en pastillas ni en la Iglesia Metodista, ni en los chicles de nicotina o en los parches.
–Mjm –murmuró, con esa expresión tan suya que implica, reflexionar acerca de lo que se dice–. Yo creo que no vas a dejar de fumar nunca, Gordi...
–“Nunca” es demasiado tiempo, Princesita –le contesté.
Como sea, los que leyeron “Lo nuestro terminó”, se enteraron que el 27 de abril de 2010 a la madrugada, fumé el que espero que sea el último cigarrillo de mi vida. Es decir, que llevo sesenta días sin fumar.
Y digo que “espero”, porque no quiero cantar victoria antes de tiempo. No es fácil divorciarse del cigarrillo. En estos sesenta días he pasado momentos de depresión, de ansiedad extrema, de todo lo que produce el síndrome de abstinencia de tabaco.
He estado tentado con ir a comprar –en especial los días que los paso solo–, y cada vez que se ha presentado un problema cotidiano –en estos últimos días, por la Ley de Murphy se han presentado una considerable cantidad–, he tenido que apelar a toda mi fuerza de voluntad para no ir a comprar, aunque sea, un atado de M 10.
Me ha tocado estar por lo menos en una fiesta y en varias reuniones en las que la mayoría de los presentes fumaba, y por lo menos en un caso en especial, fumaban como murciélagos y he resistido, aunque el cigarrillo estaba ahí, en el cenicero, al alcance de la mano.



Más de uno ha amagado con irse a fumar a otro lado y he contestado que no, que fume si quiere, que tengo que acostumbrarme a que no me afecte ni me tiente.
Me sé –para los que me vengan con la cantinela del fumador pasivo– toda la teoría acerca de lo que fuma uno y lo que fuma el otro, y la motivación es que no quiero ser uno de esos resentidos que, porque dejó de fumar, le rompe las petunias al prójimo y, peor aún, anda tratando de dogmatizar.
Creo que cada cual es responsable de su vida, que los seres humanos, complejos, duales y contradictorios como somos, cargamos con la paradoja del doble mensaje “sobrevive como sea-destrúyete a ti mismo”, y que con suerte podemos vencer la pulsión de Thanatos, y elegir a Eros, para honrar la vida.
“Querer es poder”, me había dicho Loli aquella vez.
Es difícil, lo admito. Muy difícil. Pero en momentos en que escribo este post, ya estoy camino al día 61... y contando.
Y no me olvido que soy y seré un adicto al tabaco y no tengo que descuidarme ni un momento, porque el riesgo de caer otra vez, está siempre ahí.
–Sos un hombre muy valiente, Papi. ¡Sos mi héroe! –me dijo Lolita, cuando llegué al día cuarenta y seis, y estaba pasando un momento muy angustiante. –Reconozco que no me imaginé que ibas a poder lograrlo.
“Querer es poder”, me dijo Loli, y en alguna medida es así, si tenemos como incentivo, la más fuerte motivación del ser humano, la que lo puede todo, la que lo consigue todo: el amor. De modo que, aunque uno hace las cosas por sí y después por los demás (porque nadie puede darle a los demás lo que no tiene para sí), debo agradecerle a Lolita el haber sido ese incentivo. El deseo de estar saludable, respirar bien y, a mi edad, no tener problemas de circulación que estropeen el momento de las efusividades, fue más fuerte que mitigar durante algunos minutos la ansiedad, echando humo hacia afuera y, lo que es peor, quemándome por dentro. ¡Gracias, Loli!
Dicen que dijo Buda, que el secreto de la salud mental y corporal está en no lamentarse por el pasado, preocuparse por el futuro ni adelantarse a los problemas, sino vivir sabia y seriamente el ahora.

El Profesor

viernes, 25 de junio de 2010

Caleidoscopio

Paseaba por una feria de artesanías y me acerqué a un puesto que me llamó la atención, donde un señor exhibía caleidoscopios de diversas formas y tamaños. Tomé uno y me puse a mirar a través del tubo las formaciones de colores que provocaban los espejos.

Al principio, apenas miré, había una formación de colores rojizos y brillantes. Al girarlo una vez, cambiaba a tonos verdosos y azulados y luego, cuando volví a rotarlo para buscar otras figuras y combinaciones de colores, me encontré con formaciones violetas y negras.
Lo curioso de este aparatito es que las figuras que se forman nunca son iguales. Siempre varían, para mostrar unas formas y unos colores distintos.
De pronto, se me ocurrió pensar que el amor también es así: colorido, cambiante, deslumbrante, sorprendente y siempre hermoso.
El amor tiene sus etapas y sus facetas. El amor a través de tiempo nos muestra sus distintas caras y nos pone a prueba en las diferentes situaciones.
El amor tiene sus momentos de maravilla, de gozo, de alegría, de sueños, de pasión… tiene sus momentos de dudas, de reflexión, de duras decisiones y de pensamientos profundos, pero también, al igual que los tonos oscuros del caleidoscopio, tiene sus momentos difíciles, de crisis, de problemas, de dolor, de tristeza… el amor se pone a prueba en estos momentos. Sólo si el vínculo es lo suficientemente fuerte, esto se supera y al poco tiempo se ven nuevamente los colores claros y brillantes.
Al igual que el caleidoscopio, el amor va cambiando con el paso del tiempo y las situaciones que se viven en pareja, difícilmente vuelven a repetirse de la misma manera. Cada momento vivido de a dos es único.
El Profe y yo nos hemos enfrentado muchas veces a momentos cruciales, dolorosos y tristes y sin embargo siempre hemos sabido superarlos porque confiábamos en que pronto nos encontraríamos nuevamente disfrutando de las cosas hermosas que nos regala el amor. Si hay algo que nos caracteriza es la comprensión, el compañerismo y el consuelo que somos capaces de dar a quien se encuentra en situación complicada. Sabemos lo importante que es para el otro sentirse apoyado y acompañado por esa persona que tanto ama.
Hoy, por medio de este post reflexivo y un tanto metafórico, quiero agradecerle a él por las veces que me consoló, por las veces que estuvo, por las veces que luchó… porque a pesar de algunas dificultades siempre se mantuvo fuerte y se quedó a mi lado para acompañarme.
Sé que el también siente la misma gratitud hacia mí por las veces que supe hacer de mamá y consolar ese corazón triste.
Por eso hoy, un día después de haber cumplido un aniversario de dos años y once meses de habernos conocido, creo que es un día ideal para celebrar esa fortaleza que siempre hemos tenido y que nos permitió llegar hasta acá y poder decirle a todos: “¡El amor es lo más lindo que existe, el amor tiene sus facetas, pero cuando realmente es amor, todo se supera!”

Lolita.


lunes, 21 de junio de 2010

La vida es una ruleta...

Suele suceder que, por la diferencia de edad, hay veces que yo no tengo en cuenta que existen un montón de cosas que conozco y sé y que tomo como cotidianas y que Loli aún no ha descubierto, porque no vivió tanto, porque no tuvo tiempo, porque no se le ocurrió, porque nadie se lo enseñó o porque ni se imagina que pueden existir. No sé si me explico.
En marzo, cuando estuvimos en Carlos Paz y mientras nos estábamos preparando para salir a cenar usando el 2 x 1 en Il Gatto, se me cruzó una idea.
–Loli, ¿querés conocer el casino?
–¿En serio, Gordi? ¡Qué bueno!
–Bueno, dale, vamos entonces –le dije.
No fuimos al viejo local del centro, el que está a metros de la peatonal, sino al nuevo, frente al lago.
Antes de entrar, consideré que iba a ser útil explicarle que al Casino –a menos que uno sea un jugador compulsivo–, la mejor manera de ir es sabiendo que la casa tiene todas las de ganar.
–Pero hay gente que gana –dijo–. ¿O no?
–Sí, Loli, claro que ganan. Pero son más los que pierden. ¿O creés que los casinos de todo el mundo pertenecen al grupo de negocios Venga Que Le Regalamos Dinero? –le contesté.
–Mjm... ¿Hay que pagar entrada, Gordi?
–No. Por eso te propongo algo: vamos a disponer de... digamos cien pesos, ¿te parece?
–¿Cien pesos?
–Ajá. Hagamos de cuenta que esos cien pesos es el costo de entrar al casino. Es decir que entramos, nos damos una vuelta, lo conocemos y nos vamos.
–¿Y no vamos a jugar?
–Sí, claro. Jugamos esos cien pesos, puesto que no cobran entrada. Es decir, ya no los tenemos. Nos damos el gusto de conocer el casino ya que hoy la cena nos va a salir la mitad, y esos cien pesos ya no los tenemos.
–Pero, Gor... ¿Y si ganamos? ¡Las vacaciones nos salen gratis!
–¿Ves, Loli? Esa es la primera lección que me gustaría que aprendas y no solo para ir al casino, sino para toda tu vida: en casos como este no se trata de ganar o perder, sino de divertirse o no divertirse. Conocer algo nuevo, pasar un momento de adrenalina alocadita, pero sabiendo de antemano que el casino –como la vida–, lleva las de ganar. De manera que no hay que esperar ganarle ni hacer cálculos de las cosas que vas a poder hacer con el dinero que no tenés. ¿Sí?
–¡Ufa! Bueno –dijo, haciendo uno de sus mohínes.
Entramos al mencionado Bingo de Carlos Paz y fuimos a las máquinas tragamonedas.
–Loli, andá averiguando cómo es esto, mientras cambio dinero por fichas –le dije, y la dejé al lado de las filas y filas de máquinas que –confieso–, aún hoy no sé usar, no termino de comprender cómo funcionan y a las que no me interesa dejarles el dinero que tanto trabajo me cuesta ganar.
Cuando llegué, la encontré sentada en una máquina, leyendo las instrucciones de filas, columnas y cantidad de jugadas y mirando de soslayo a una señora que, al lado de ella, ponía fichas y más fichas en tres máquinas al mismo tiempo a velocidad inconcebible.
–Gordi, ¿cómo es esto?
–No lo sé, Princesita… A ver, llamemos a esa joven, que es la que te cambia dinero por fichas.
La joven del casino se acercó, le di algunos billetes que tenía para sumar a los que había dispuesto Loli de su billetera, y le explicó –yo sigo sin entender el funcionamiento, debe ser que soy algo lelo para eso–, cómo jugar, qué botones apretar, cómo se cuentan los puntos y qué hacer si la máquina te tira un montón de monedas.
Era de esperarse que, cinco minutos más tarde, la máquina se había tragado las fichas de Lolita, que puso una de sus inconfundibles caras de frustración.
–¡Me las comió todas, Papi!
–Ajá…
–¿Ajá?
–Te lo avisé…
–Pero mirá ese señor el tacho de fichas que tiene... Yo lo vi cuando la máquina le tiró todas esas fichas... ¿Por qué el pudo ganar y yo no?
–Por la segunda lección, Loli: cuando más dinero jugás, más chances tenés de ganar... o de perderlo todo, es lo único en lo que hay igualdad de posibilidades.
–¿Depende de la máquina?
–No, Loli. Depende de vos. Depende de cuánto dinero estés dispuesta a arriesgar y a dar por perdido, y también de la habilidad que tengas con las máquinas y, claro, del cincuenta por ciento de posibilidades que el azar te regale.
–Mjm…
–Dale, no hagas pucheros. Tomá, te regalo diez pesos más en fichas –le dije, y mientras ella los cambiaba y se paraba delante de otros jugadores para observarlos y aprender cómo hacían, pedí una gaseosa, que nos cobraron como si nos hubiésemos tomado un cajón en vez de una botella.
Antes del último sorbo de la gaseosa, la máquina le había hecho Pito Catalán a Loli, y adiós diez pesos.
–Bueno, ya está, Gordi... Perdí –dijo, tristona.
–¿Te divertiste mientras jugabas?
–Y... sí, pero nos gastamos como veinte pesos así como así.
–Ajá. Y acá llegamos a la tercera lección: si cuando entraste, ya sabías que el dinero lo habías perdido, no hay que lamentarse. Pagaste para divertirte un rato, más o menos tiempo, de manera que a llorar a la iglesia...
–... ¡Que está cerrada! –dijimos los dos al mismo tiempo, y nos reímos, porque habíamos notado que a cierta hora, la iglesia de Carlos Paz, como las de Córdoba, cerraban sus puertas.
–¿Y ahora qué hacemos, Gor?
–Ahora vamos a ver esas mesas y te voy a enseñar qué es el Black Jack y el Punto y Banca.
Nos dimos una vuelta por las mesas, y Loli abrió los ojos como platos al ver con qué facilidad el croupier se iba quedando con las fichas de tres de los jugadores de una mesa, la mayoría de las que iban a parar a la banca y, de vez en cuando, una buena parte iba a parar a manos de uno de los jugadores, que permanecía sentado, ajeno a todo lo que sucedía en el mundo y sus alrededores.
–¿Acá se juega con fichas como esas que compraste, Papi?
–Sí, ¿querés probar suerte?
–No, no, mejor no. Acá pierden mucho... –me contestó y señaló hacia las mesas de ruleta–. ¿Vamos allá?
–Dale…
Y allá fuimos.
Tomé la mitad de las fichas que me habían dado en la caja, le expliqué que cuando se llega a la mesa se piden fichas de color, que se llaman así porque te dan unas de un color que te identifican, cuánto es la jugada mínima y cómo se apuesta.
Le enseñé qué es jugar a color, qué un pleno, medio pleno, calle, Primera, segunda y tercera docena, en fin, todo lo que hay que saber frente al paño verde con numeritos. Que no se puede poner una ficha cuando el croupier dice “No va masssss…”, y que no se deben tocar las fichas ajenas.
Loli no se decidía a jugar, hasta que por fin se lo pensó y me miró. Le brillaban los ojitos:
–¿Y si jugamos a “nuestros números”, Papi? –dijo, haciendo referencia a unos números que son significativos porque se corresponden con números de días, meses o años, que tienen que ver con fechas de nuestra vida o nuestra historia.
–Si querés, dale...
–¿Vos no jugás?
–Después –le dije, jugueteando con mis fichas entre las manos, reservándolas para el momento que podía llegar o no. Ya se vería.
Loli apostó, a plenos. Como si se tratara de una alegoría de su edad, cuando uno se quiere comer la vida en dos mordiscos.
Como era de esperarse, salió cualquier número menos aquellos a los cuales le había apostado.
Tres tiradas de bola más y Loli se había quedado sin fichas.
–¡Ufa! Esto no me está gustando nada, Gordi –dijo.
–Acordate de las tres lecciones anteriores –le contesté.
–¿Y vos no vas a jugar?
–No creo.
–¿Y para qué tenés las fichas, entonces?
–Las guardo para vos, Princesita. Pero primero quiero que mires a ese señor de camisa, a ese –le dije, señalándole con la vista a un hombre delgado, de aspecto anodino, que desparramaba fichas por todo el paño, poniéndolas en lugares determinados y hasta lo último, casi cuando el croupier estaba por decir “No va masssssss”, seguía poniendo fichas.
–Negro el doooooocceeeeee –dijo el croupier, cuando la rueda dejó de girar.
–¡Uy, Gor! ¡Mirá todas las que tenía en el doce!
Era cierto, el tipo había coronado el doce, y había puesto una considerable cantidad de fichas en el pleno, de manera que el rastrillo empezó a llevarse todas las otras fichas del paño y dejó las del doce y las de las cuatro esquinas.
El pagador empezó a contar fichas grandes, rectangulares, y se las entregó.
–¡Uh! ¡Ganó un montón! –me susurró Loli.
–Ajá... Pero, como en la vida, no te fijaste en todas las otras, las que perdió. Ganó en esa, sí. Y es probable que haya ganado más de lo que haya perdido pero ¿ves? La casa tiene 36 números (si contamos el cero) a su favor y el jugador, sólo uno.
–Ah... Y, digo yo –Lolita se llevó un dedito a la boca, como cuando medita algo seriamente–, ¿no se puede jugar a algo donde haya menos posibilidades en contra?
–Sí, Loli, claro. Se puede jugar a docenas, donde tenés tres posibilidades o a color, donde tenés dos posibilidades.
–¡Ah! ¿Y por qué no hay muchos que juegen así? ¿Por qué no jugamos nosotros así?
–Porque hete aquí, la cuarta lección, Loli: cuantas más posibilidades haya a favor del jugador, más tiene que arriesgar. Porque no creo que a todos estos buenos señores dueños de las empresas de juego, se les haya pasado por alto que a mayor cantidad de chances, mayor posibilidad de ganar. Por lo tanto, si querés jugar con más chances de ganar, tenés que arriesgar más. ¿Ves? Como en la vida.
Se ve que a Loli le estaba interesando la cosa porque ella, que suele tener hormiguitas en la cola, se quedó mirando la actitud de ese hombre que, a primera vista de quien lo observara durante algunos minutos, se comportaba como un jugador compulsivo.
Durante un rato, tuvo una racha de suerte importante, el señor. El azar le mostró su mejor cara durante unos quince minutos y recibió considerables pilas de fichas rectangulares, que cambió por otras, también rectangulares y de más valor, que se guardó en el bolsillo superior de la camisa.
En cierto momento, se me ocurrió algo y le dije a Loli:
–¿Ves, Princesita? Si yo estuviera en lugar de ese hombre, en este momento pondría en juego toda mi fuerza de voluntad, y me retiraría.
Loli me miró como si el que estuviera hablándole fuera E.T.
–¡Pero, mi vida! ¡Si va ganando!
–Precisamente por eso. ¿Cuánto creés que tiene en los bolsillos? ¿Diez mil, quince mil pesos? Quizás más. Entonces, aunque no sé con cuánto dinero empezó a jugar, imagino que debe haber sido bastante menos. Ya le ganó a la casa. ¿Para qué más? ¿No es suficiente? Este es el momento en que uno debería darse cuenta que, como en la vida, no hay que desafiar a la suerte.
Le erré por una tirada más. Aunque en la última, no fue tanto lo que ganó. El rastrillito se llevó más fichas de las que le acercó. En ese momento, debería haberse ido.
Dicho y hecho.
A partir de ese momento, la suerte le fue adversa. Si ponía en la primera y la tercera docena, salía la segunda. En un momento había llenado de fichas todo el paño, menos el cero.
Salió el cero.
El hombre empezó a sacar fichas de las grandes, y a pedir cambio. Y volvió a perder.
Otra más, y otra, y otra.
–Miralo con detenimiento, Loli –le dije al oído–. ¿Tiene el mismo semblante que antes, cuando ganaba?
–No, Gor... Está... está...
–Contrariado, Princesita. Está contrariado con la suerte, porque no sale como quizás él creía que iba a pasar durante toda la noche. Está perdiendo la calma, y no está pensando. Fijate, acaba de sacar otra ficha de las grandes, pero todavía tiene bastantes –expliqué, casi en un murmullo–, de manera que si pudiera pensar con claridad, tal vez está a tiempo de retirarse, aún ganando. No tanto, quizás, pero ganando.
–¿Y por qué no se va?
–Porque cree que puede tener revancha, porque se dice que es una mala racha, como antes tuvo una buena... Pero aunque eso puede ser cierto, si sigue sin pensar lo que hace, no creo que sea posible que se recupere.
Quinta lección: cuando uno recibe un regalo inesperado en su existencia, hay que aceptar y agradecer lo que recibió de manera inesperada. Pero cuando llega el momento de perder –y de eso no se salva nadie–, hay que poder ser humilde y agradecer lo que se tiene y no pretender ganarle a ese peso pesado que es la vida y, menos aún, ser ingrato y olvidarse que, por día, por lo menos recibimos un regalo inapreciable: estar vivos y que todo lo demás, tiene un precio. Porque la vida es un toma y daca.
Que cuando somos chicos o adolescentes, y hasta que tenemos que empezar a ganarnos nuestro techo y nuestro sustento, todo parece fácil, porque hay otro que, si tenemos suerte y nacimos en un hogar que puede hacerlo, nos lo está dando.
–Ahí volvió a pedir cambio, Gordi –dijo Loli, que había tomado conciencia de lo que ocurría con el hombre que ya, fuera de sí, estaba dispuesto a perderlo todo con tal de ganarle a la casa.
–Y va a seguir, Cushita. Ya es incapaz de reflexionar, de decirse “Hasta acá llego, no puedo jugarme todo lo que gané hoy en el trabajo”, por ejemplo.
Cuando con Loli nos fuimos de esa mesa, el hombre no tenía más fichas ni cuadradas, ni nada.
Íbamos para la salida cuando le dije:
–Loli... Tomá, son para vos –y le di las fichas que había guardado.
–¿Las jugamos juntos, Gordi? –me preguntó.
–Dale.
Me agarró de la mano, nos fuimos a una mesa, deliberamos un instante acerca de cómo apostar los veinticinco pesos que nos quedaban y apostamos.
Con la primera bola, acertamos un medio pleno, que cubrió lo que habíamos perdido en las otras apuestas.
Pero en la segunda, el rastrillito se llevó todas nuestras fichas, pero no nos fuimos frustrados.
–¿Puedo enseñarte una última lección, sin que te resulte latoso Loli?
–Sí, Gordi, claro.
–Se me ocurre que las fichas redondas, son como las ilusiones, los anhelos, los deseos y nuestros sueños. Las apuestas, son nuestros actos. De nosotros depende, Princesita, que el rastrillito se nos lleve todas las fichas dejándonos sin nada... Para enseñarnos que uno por lo general no sabe lo que tiene, hasta que lo pierde. Porque, ¿ves? La vida es una ruleta, como dice una canción muy pegadiza que escuché una vez...

♫ ♪ La vida es una ruleta y nadie sabe dónde acaba, no ayuda ♪ ♫
♪♫ nacer en cuna de oro o en un pajar, si el camino cambia ♫♪

–¿Y, Loli, qué te pareció conocer el casino?
–Me gustó, Gordi. Gracias por traerme por primera vez.
–¿Te fastidió perder, eh?
–Mjm... ¡Ufa, sí!
–Dale... Si convinimos, cuando entramos, que ya lo teníamos perdido. A ver, saque esa trompita, ¿sí?
–Mjm… shi.
–Bueno es hora de...
–¡Hora de ir a cenar! –dijimos, al mismo tiempo, y empezamos a caminar rapidito hacia el centro, donde nos esperaba Il Gatto y sus famosas pastas originarias de Córdoba.

El Profesor

sábado, 12 de junio de 2010

"Carancho"

Esa mañana de sábado amaneció fría, ventosa y nada propicia para salir. Más bien, el clima sugería que nos quedáramos en casa acurrucaditos en la cama, mirando un DVD, y preparando un rico almuerzo. Pero la verdad es que con el Profe teníamos ganas de salir. Salir a un lugar cubierto, claro, pero darnos una escapadita al cine a ver una película de muy buena crítica: “Carancho”.
Tanto a él como a mí, nos gusta mucho el cine argentino. ¡Es tan nuestro! Nos empezó a gustar desde esa primera película argentina que compartimos juntos y que tanto nos hizo reír: “Un novio para mi mujer” y luego, por supuesto, “El secreto de sus ojos”, ganadora de un Óscar.
Eran ya las once y pico cuando estuvimos listos, bien abrigaditos, y dispuestos a salir al gélido aire exterior. Pero antes, empezamos a pensar y preveer las necesidades que podían presentarse cuando saliéramos del cine y las agujas del reloj marcaran las dos de la tarde.
–No creo que aguantemos hasta llegar acá, Papi. Además… ¿Quién va a tener ganas de cocinar a esa hora? ¡Mejor nos quedemos en el Shopping!
–Claro, Bebi.
–¡Mirá! ¡Acá, en este pasaje de subte hay un 2X1 para Burger King! ¿Te parece que aprovechemos?
–¿Y por qué no?
No sé si lo habíamos comentado en algún otro post, pero yo tengo un talento especial para aprovechar ofertas, descuentos y 2X1, así que teniendo esa oportunidad, decidimos que no estaba como para malgastarla.
Llegamos al Shopping, luego de un denso viaje en colectivo en donde tuvimos que observar toda clase de cosas y aguantarnos otras tantas de gente con muy poco sentido de la urbanidad.
Pero bueno, por fin estuvimos en la fila del cine (2X1 en la mano, también para esta ocasión) esperando que llegara nuestro turno y lo que escuchamos de la pareja que estaba detrás de nosotros nos causó mucha gracia. Era una pareja joven y ella, con una gran curiosidad, le preguntó a él:
–Mi amor… ¿Qué significa “introspección”? Porque el otro día escuché…
Y él, dándose aires de sabio e ilustrado, aunque balbuceando un poco le respondió muy serio:
–Es... ¡ejem..! Bueno, es algo "como para adentro", ¿viste?
¡Ja! El Profe me miró conteniendo la risa y ya en la sala, a punto de comenzar la película, me comentó:
–¡A la miércoles! ¡Qué clara la tenía el tipo! ¡Me encantó la explicación!
Dejamos de reírnos cuando comenzó la película.
El film resultó ser muy bueno. Ambos salimos muy conformes y comentando lo excelente del final y de muchas de las escenas. Quedamos impresionados de tan buena producción.
Enfilamos hacia Burger King y mientras él encargaba la comida, yo busqué una mesa vacía y me senté a esperarlo. Regresó a los pocos minutos con dos hamburguesas de queso, dos vasos Coca- Cola Light y dos paquetes de papitas fritas. Tanto él como yo hacía mucho que no teníamos un almuerzo de ese tipo. Por lo general somos de no consumir comida chatarra, más sanos para la alimentación, pero eso no impidió que disfrutáramos la excepción.


Mientras le daba un mordiscón a mi hamburguesa, y miraba como él disfrutaba de sus papitas, le comenté:
–¿Sabés qué, Gordi?
–¿Mjm?
–Me encanta que seas así.
–¿Así, cómo, mi amor?
–Divertido, ocurrente… ¡Y tan juvenil!
Se rió.
–¿Por qué juvenil?
–Porque te adaptás a todo, te divertís con las pequeñas cosas, compartís mis ideas y te prendés enseguida de lo que sugiero…
–Todo eso lo aprendí con vos, Loli. Cuando estoy con vos, para mí todo es lindo. Disfruto tanto comer un sándwich acá, como sentarnos en un lindo restaurante. Eso es el amor. No importa tanto el cómo ni el dónde, sino el con quién.
¡Me dio tanta ternura!
–Y para mí, vos sos lo más importante. Cuando estoy a tu lado, me da lo mismo cualquier cosa.
–¿Sabés, mi amor? Me pasa lo mismo.

Lolita

miércoles, 2 de junio de 2010

Feria de las provincias

Hoy, hace mucho frío. Ese domingo 16 de mayo, el día siguiente del casamiento de mi hermano al que asistimos con Lolita, también.
Esa mañana nos despertamos tarde y entre el desayuno tardío y una cosa y otra (no pregunten, no se debe ser impertinente) se hicieron como las tres de la tarde de ese domingo que, por la noche, tenía que viajar de regreso.
Ese domingo hacía casi tanto frío como hoy cuando con Loli salimos a dar una vuelta para no tener que pasar por el SDS*, y casi sin darnos cuenta llegamos a la plaza de los artesanos, que estaba atestada de viandantes.
A mí, la verdad, los lugares atestados de gente haciendo nada, me ponen algo fastidioso. Quizás ese domingo, que llevaba más de dos semanas sin probar un cigarrillo, me ponían más fastidioso que de costumbre así que estábamos por irnos, cuando de pronto vimos una serie de tiendas como de feria instaladas en medio de la plaza y unas delgadas columnas de humo que subían hacia el cielo celeste de esa fría pero soleada tarde de otoño.
–Mmmm… ¿Qué hay ahí, Gordi? –preguntó Loli.
–No sé –le contesté–. ¿Querés que vayamos a averiguar?
Le brillaron los ojitos, así que allá fuimos, guiados por un instinto ancestral que tiene que ver con la subsistencia.



Resultó que había por lo menos una carpa por provincia –de ahí el nombre de Feria de las Provincias–, y en la mayoría de ellas estaban preparando comida… ¡y nosotros no habíamos almorzado!
Anduvimos deambulando, mirando los puestos, el escenario que estaban preparando para un recital de música de un conjunto litoraleño y oliendo exquisiteces, observando con detenimiento los carteles que ofrecían locro, humita, empandas, bifecitos santiagueños con verduritas, y nosotros haciendo como que no nos interesaba, que nosotros no éramos de esas personas que se tientan con esas cosas tan pero tan ricas.
En especial, el locro y los tamales.





¿Cuántas veces pasamos delante de la carpa de Tucumán y la de Santiago del Estero?
Todavía hoy nos preguntamos para qué dimos tantas vueltas, para empezar por el final.
Y si no entienden qué es empezar por el final, veré de explicarme: en cierto momento Loli me mostró un puesto en el cual se ofrecían cubanitos rellenos casi de cualquier cosa, en especial de dulce de leche.
–¿Querés uno, mi amorcito? ¿Sí, eh? –me dijo, haciéndome una caricia en la mejilla.
–Mjm…
–Si yo sé que te gustan, Papi… A ver, vamos a comprar unos cubanitos de esos –dijo, y se acercó al puesto y los pidió.
Dos minutos después, estábamos compartiendo el cubanito relleno con dulce de leche, pero mirando con cierto grado de obsesión hacia la carpa de Santiago del Estero, donde un señor estaba revolviendo una olla cuartelera, y en la que unos carteles muy simpáticos anunciaban que ahí se podía degustar un exquisito locro bien calentito, especial para el frío riguroso de ese domingo.
–Loli –le dije–, ¿querés que compremos un locro y unos tamales?
–Mmmm… ¿después del cubanito con dulce de leche, Gor?
–¿Conocés alguna ley, decreto de necesidad y urgencia, reglamento, ordenanza o disposición que lo prohíba? –le pregunté, sabiendo que le divierte ese tipo de respuestas.
–¿La verdad?
–Sí, la verdad.
–No, Papi, no conozco ninguno…
–Bueno, mirá, entonces te propongo algo –dije, y señalé hacia la otra punta de la plaza–. Mientras vos te corrés hasta ese kiosco que hay ahí, para que no nos rompan el traste-mal en estos puestos con el precio de una gaseosa, yo compro una copiosa porción de locro y dos tamales, ¿qué te parece?
–Me parece… me parece… ¡Me parece bárbaro, Gordi! ¡Ya vuelvo! –dijo, y salió, patitas-para-qué-te-quiero hacia el kiosco, mientras yo hacía la cola frente a la carpa en la que me proveyeron de una generosa porción de locro –que pedí sin el condimento al que llamo “Te espero a la salida”–, dos rechonchos tamales bien humeantes y un par de empanadas de carne suaves, sin picante.


Estaba en eso de pagar, cuando Loli regresó con su botellita de Coca-Light, y me ayudó a cargar con la manduca, mientras buscábamos un lugar adónde acomodarnos para zamparnos ese telúrico almuerzo tardío, inesperado e improvisado.
Resultó ser que en el sector de las mesitas de ajedrez bajo los árboles, había una que estaba desocupada y allá nos encaminamos, y una vez dispuestos los alimentos, empezamos a zamparnos lo que habíamos comprado (a saber: tamales, locro, empanadas, locro, más tamales, locro), antes que se enfriara, con las recomendaciones del caso que suele hacerme la Princesita para que no deje rastros de comida en mi remera o en el suéter.
Media hora después, habiéndonos puesto entre pecho y espalda una considerable cantidad de calorías, y antes que comenzara a caer la tarde regresamos para organizar la despedida como debe ser, con una no menos abundante dosis de mimos, caricias, besos y arrumacos que mitigan la fea sensación que nos produce tener que separarnos.
Al domingo siguiente, el del feriado largo, y pese al estado gripal que me atormentaba, me corrí hasta la plaza para ver si podía conseguir un locro igual o parecido, pero ni bien llegué, se largó el diluvio y tuve que resignarme a quedarme a cobijo bajo un techo para no empaparme. El 25, día de la Patria, me sentía tan mal que, pese a que pintaba lindo, no me dieron las fuerzas para ir a comerme el locro patriótico, de manera que desde ese domingo no he vuelto a la Feria de las Provincias.
Será, me digo, porque me resisto a ir solo a lugares a los cuales he ido con Lolita, y en especial, si la hemos pasado bien.
Ahora estamos planeando –si Dios quiere–, zamparnos un locro, pero en nuestro restaurante favorito de Córdoba, para el feriado del Día de la Bandera.

El Profesor
* SDS: Sindrome De Separación

martes, 25 de mayo de 2010

¡Feliz día de la Patria!

–Papi… ¿vos siempre usás una banderita argentina en la camperita y el escudo en la solapa del saco? –me preguntó Loli, un día de hace casi dos años.
–Sí, Princesita. ¿Por qué?
–Porque no conozco a mucha gente que haga lo mismo, que muestre ese patriotismo…
–No sé si es por eso, Loli. Quizás es porque me siento responsable y dichoso de ser argentino. Quizás porque respeto los símbolos de nuestra nación y veo que la anomia social los ha ido dejado cada vez más de lado… Tal vez porque los acontecimientos de nuestra historia y los gobiernos militares que nos impusieron y los mandatarios civiles que no supimos elegir y sus actos –y a los que no supimos exigirles que no se la creyeran y fueran nuestros “mandatarios” y no esa clase que se aprovecha de los privilegios–, llevaron al punto que la ciudadanía confundió el concepto de nación con el de política. Y entonces la Nación dejó de serlo, para transformase en un conglomerado y los ciudadanos olvidamos nuestros derechos y nuestros deberes, y nos transformamos en habitantes, y en ese punto es cuando nos olvidamos de los símbolos que alguna vez nos dieron identidad, ¿ves?
–Ajá.
–Por eso habrás visto que cuando se interpreta el himno nacional, hay gente que habla, mira el celular, no se para firme y tampoco lo canta. Se ha perdido el respeto por los símbolos de la Nación, Loli. Yo creo que, usando esta banderita en mi campera y el escudo nacional de oro en la solapa de mis trajes, hago mi aporte por chiquito que sea, para dar el ejemplo, para que no perdamos nuestra identidad nacional.
–¿Sabés qué, Papi?
–¿Qué, Loli?
–¡Me da ternura ver cómo lucís esa banderita en la camperita!
–¿En serio?
–Claro, en serio.
–¿Te gustaría tener una igual?
–¿En serio? ¡Claro que me gustaría!
Así fue como en uno de los viajes del año pasado, cuando le regalé su camperita cheta para el invierno, en un paquetito chiquito agregué un pin de una banderita argentina esmaltada para que la usara en su ropa.
Hoy, en este Día de la Patria tan especial, porque es el del Bicentenario de la Revolución de Mayo, que dio comienzo a la emancipación americana, Lolita se fue a ver el desfile y a presenciar los actos de este 25 de Mayo, luciendo en su campera ese pin de banderita argentina que le regalé.
Por distintas circunstancias, no pude estar con ella, como hubiera querido. Y aunque habrá otros 25 de Mayo, este del Bicentenario era –todavía lo es–, y lamento mucho no haber podido estar ahí.
Quizás el Bicentenario de la Independencia, podamos pasarlo juntos. Tengo la esperanza que así será. Porque, al fin y al cabo, qué es la esperanza sino la certeza de lo que se espera y la convicción de lo que no se ve, como dice el Antiguo Testamento.
Finalmente, Loli y yo queremos deseamos que todos quienes nos leen se hayan puesto, hoy, su pin con los colores nacionales y ¡que pasen un feliz y muy buen DÍA DE LA PATRIA!

Lolita & El Profesor

domingo, 23 de mayo de 2010

Visita al teatro

La idea se me ocurrió cuando días antes de viajar, empecé a preparar la agenda de actividades para realizar con el Profe.
–Papi…
– ¿Qué, princesita?
–Este, esteee…
–Dale, mi amor… ¿Qué pasa?
–¿A vos te gusta ir al teatro?
–Depende… Si la obra es buena, si, claro.
–Porque a mí se me había ocurrido… resulta que en una revista encontré un 2x1 para una obra de teatro que se llama “El Anatomista”. ¿La escuchaste?
–Si, escuché que tenía muy buenas críticas…
–¿Te gustaría ir, Gordi?
–Si, ¿Por qué no?
–Bueno, mi amor, entonces voy a llamar por teléfono y voy a hacer la reserva.
Así fue como ese mismo día que llegué, luego de los ritos propios del primer día, cuando se hizo la tardecita partimos para el Teatro Regina, ubicado en el centro de la capital.
Salimos con tiempo suficiente para tomar el colectivo (y luego otro) y llegar antes de las ocho de la noche al teatro, ya que hasta esa hora nos reservaban las entradas.
Íbamos sentaditos, y riéndonos de vaya a saber qué, cuando después de una media hora de viaje, en que el colectivo se detuvo a arreglar la máquina de las monedas, se retrasó por el abundante tráfico y finalmente se quedó parado y nos ordenó a todos que nos bajáramos para tomar el siguiente, le comenté a mi Profe:
–Papi… Ya son las 19:25… ¿Cuánto falta?
–¡Uf! Bastante…
–¿Te parece que vamos a llegar?
–Creo que vamos a tener que tomar un taxi, si no, no llegamos. ¡Maldito colectivo!
Cuando el recorrido terminó, nos bajamos y estiramos el brazo para tomarnos un taxi que nos llevara urgente hasta nuestro destino. Ya eran las 19:40.
Subimos y mi Gordi le preguntó al chofer, tratando de mantener el buen humor:
–Dígame, señor conductor… ¿Usted sabe trasladarse rápido de un lugar a otro por la Ciudad de Buenos Aires? Necesitamos estar a las ocho de la noche en la avenida Santa Fe al mil doscientos.
–Y… vamos a hacer lo posible.
Cuando llegamos a la boletería, mi fijé en el relojito y eran las 20:01. ¡Justo!
Compramos nuestras entradas adheridas a la promoción de 2x1 y nos fuimos a dar una vuelta hasta que se hicieran las 21:00, horario en que empezaba la función.


Cuando ya estábamos en la cola para entrar y esperando que nos acomodaran en nuestros asientos, mi Gordi se puso a secretearme acerca de una persona que, como nosotros, había venido a disfrutar de la función acompañada de la hija.
–¡Mirá cómo se vistió la gorda!
Era verdad: la señora, por sus dimensiones no debería haberse puesto esa remerita semi transparente, pero yo tenía miedo que nos escuchara.
–¡¡¡Shhhh!!! ¡Ay, Dios, Gordi! ¡Parecés un chico! ¡No me hagás pasar vergüenza!
La señora pasó antes que nosotros y fue acomodada en su lugar.
Cuando nos íbamos acercando, el Profe sugirió:
–Nos toca al lado de la gorda, ya vas a ver.
Me agarró el ataque de risa.
–Naaa… ¡Sería el colmo!
–Ya vas a ver…
El acomodador nos señaló, luego de ver nuestros boletos:
–Por aquí por favor…
¿Dónde fuimos a parar? ¡Al lado de la gorda y su hija, claro!
Así que tuve al Profe cuchicheándome críticas varias acerca de la señora que yo trataba de reprimir porque ya nos estaba mirando con recelo.
Sólo se calló cuando se oscurecieron las luces y la función dio comienzo. Resultó ser un hermoso espectáculo, dramático pero lleno de buen humor.
Cuando salimos ya eran como las 22:30 de la noche, por lo que empezamos a buscar un lugar donde saciar nuestro apetito.
Terminamos sentados en un agradable restaurant de Santa Fe, casi Callao, comiendo un delicioso Calzone de jamón, muzzarela, pimiento, tomate y cebolla, y riéndonos de todo lo vivido durante el día.

Lolita

miércoles, 19 de mayo de 2010

Casamiento

Hace varios días que no posteábamos, porque el viernes pasado, a las seis de la mañana, llegó Loli para pasar juntos tres días –una visita relámpago, debido a sus obligaciones universitarias–, y asistir al casamiento de mi hermano y su mujer.
No-no-no-no… No es que mi hermano no estuviera casado, sino que en su momento él y su mujer contrajeron enlace civil, pero les quedó pendiente la ceremonia religiosa y este año, el del veinticinco aniversario que están juntos, decidieron darse el gusto y llevarla a cabo, como un símbolo de renovación de aquellos primeros votos matrimoniales.
Así que llegó Lolita, con su valija comprimida de tanta ropa que traía, incluidos sus zapatitos de taco alto para la fiesta y dos vestidos, para que yo le dijera cuál me gustaba más y poder elegir cuál iba a usar esa noche.
La ceremonia religiosa se celebraría a las nueve y media de la noche del sábado 15 y luego se continuaba con una recepción para unas cuarenta personas –los más allegados del matrimonio–, que preanunciaba los acostumbrados desórdenes gastronómicos, propios de ese tipo de acontecimientos.
Como es habitual, después de las efusividades mutuas del encuentro, Loli desplegó su Plan General de Operaciones que había preparado para esos tres días y que comentaremos en otros post, y el resto del viernes y el sábado anduvimos de acá para allá hasta que llegó la hora de empezar a prepararnos para el evento.
Loli estaba espléndida con su vestido verde con faja negra, hombros descubiertos, soutien sin breteles, medias de seda de puño ajustable (que me activaron el fetichismo) y zapatitos á la page y a continuación la sesión de peinado (con su nuevo corte rebajado progresivo) y de maquillaje, de manera que cuando yo salí de ducharme, me encontré a la Princesita engalanada como la hermosa mujer en que se ha transformado en estos tres años.
Fuimos de los primeros en comparecer y claro, como suele suceder, empezaron a llegar algunas personas que yo conocía pero a quienes no veía desde hace bastante tiempo y, como era de esperarse, varios metieron la pata hasta el cogote infiriendo el tipo de relación que nos vinculaba con Loli. Sé que es comprensible, de manera que en todo momento tratamos –tanto ella como yo–, de hacer que nadie se sintiera un bobo por suponer mal.
A esa altura de las circunstancias –dato de cierta relevancia, como se verá–, el frío empezaba a hacerse sentir, preanunciándose como “importante”.




Cuando empezó la ceremonia, con Loli caímos en la cuenta que no había ningún fotógrafo profesional contratado (mi hermano siempre tan desbolado cuando se pone nervioso), de modo que tomé la iniciativa y haciendo caso omiso de sus recomendaciones para que no me cayera de bruces en el piso, me llevara por delante los jarrones con flores o –lo que hubiera sido mucho peor–, hiciera caer de su pedestal la imagen de la virgen que da nombre a la capilla, empecé a ir de un lado para otro (mirando muy bien adónde pisaba), y procedí a tomar la mayor parte de las fotos de la ceremonia religiosa, cosa que los novios agradecieron.
Después de saludar en el atrio –y tomar bastante frío–, y dado que la mujer que hace las veces de capellán cerró las puertas de la iglesia más rápido que un bombero, partimos para el lugar de la fiesta, ubicado a unas cuantas cuadras, repartiéndonos en todos los autos disponibles.
Nuevamente con Lolita volvimos a hacernos cargo de la sesión fotográfica de la entrada de los novios, hasta el momento en que nos acomodamos en las mesas preparadas para el evento y los encargados del catering, comenzaron a repartir comida a lo pavote. Porque eso sí, mi hermano en ciertas cosas es un tradicionalista de esos que piensan que ninguna fiesta merece considerarse como tal si no hay cantidades ingentes de comida.
Y nada de bocaditos y sandwiches de miga del tamaño de pañuelos de mujer, no, no. Hablamos de unos exquisitos y considerables sánguches de un apetitoso matambre casero, y/o colita de cuadril a la parrilla servida como fiambre.
A continuación, y como pièce de resistance, un exquisito pan de pizza seguido de focaccia y una amplia variedad de gustos de pizza a la piedra. Una verdadera ordalía de carbohidratos y farináceos.
–Gordi… largá la pizza –me dijo Loli, en cierto momento, cuando yo estaba zampándome la variante Capricciosa pero sin berenjenas y con muchas aceitunas negras, y me hizo una caída de ojos de esas tan encantadoras, tan de ella, que lo dicen todo.
Me quedé sin probar la de espinacas frescas y la de rúcula con huevo duro y no sólo por la sugerencia de Lolita, sino porque ya no podía comer ni una porción de pizza más. ¡Ufa!
A continuación, y para quemar todas las calorías súbitas que proveen los hidratos de carbono, y como se supone que tiene que suceder en todo casamiento que se precie de tal, empezó el baile con cumbia y… cuarteto cordobés.
¡Oh, Dios! ¿Nos pueden imaginar a Loli y a mí sacudiéndonos al ritmo del cuartetazo?
No sé cómo fue que me animé, quizás porque como dijo ella debe ser que la amo muy mucho, como para avenirme a bailar ese tipo de música popular.
A las cuatro de la mañana, luego de haber hecho sociales, consumir una considerable cantidad de Coca-Cola Light, recibir el souvenir que regalaron los novios, esperar a que cortaran la torta y sacarnos la foto con ellos, decidimos que era hora de hacer mutis por el foro y salir a la intemperie, donde nos esperaba el frío importante que se había anunciado a la salida de la iglesia.
Un rato después, entrábamos corriendo en mi casa, buscando el acogedor calorcito interior y la cama, donde terminamos nuestra actividad, haciendo cucharita.
–Gordi… –dijo Loli, pegándose más a mi cuerpo para darse calorcito.
–Mhh-hh…
–La pasé muy bien en el casamiento, ¿sabés?
–¿Sí? Qué bueno, mi dulce, yo también…
(…)
–Papi…
–Mhh-hh
–¿Puedo preguntarte algo?
–¿Mhh-hh?
–Suponé que pueda ser, ¿no? ¿Nosotros también vamos a casarnos así? ¿Vos vas a querer?
–¡Claro que sí, mi vida! Si la vida nos regala vivirlo, vamos a casarnos así. ¿Cómo no voy a querer?
(…)
–Gordi…
–¿Mhh-hh?
–Me gusta hacer cucharita con vos cuando hace frío, ¿sabés?
–¿Por qué cuando hace frío, Loli?
–¡Porque sos un hornito, mi amor! –dijo, pegándose más a mi cuerpo y acomodándose entre mis brazos.
Cómo les cuento que nos despertamos el domingo pasado el mediodía y tomamos el desayuno casi a las dos de la tarde.

El Profesor


Foto: by Lolita

PD: ¡HEMOS LLEGADO A LAS CIENTO CINCUENTA MIL VISITAS!

sábado, 8 de mayo de 2010

Lo nuestro terminó

–Pero... ¿me estás hablando en serio?
–Sí.
–¿En serio-en serio?
–Sí, lo siento.
–¿Y por qué tomaste esa decisión?
–Porque lo nuestro terminó, se acabó...
–¿Así? ¿De golpe?
–No, no fue de golpe. Hace rato que lo vengo pensando.
–Pero vos no me dijiste nada...
–Había señales, y vos sabés que las había.
–Yo no las vi.
–Pues lo siento. Yo creo que sí las viste, pero no quisiste darles importancia.
–¿Sólo eso se te ocurre decirme?
–Sí. Lo siento.
–¡Qué vas a sentir!
–No, en serio. Lo siento. No tenés idea lo duro que resulta para mí tomar esta decisión.
–¡No me mientas!
–No te miento.
–Pero... pero... ¿después de todos estos años?
–Insisto, no me fue fácil tomar esta decisión.
–Con todo lo que te di...
–Es cierto, y yo lo acepté. Y yo también te di lo mio. Esto no se trata de ver quién le dio más a quién.
–Te serví de consuelo cuando estabas triste.
–Ajá.
–Cuando estabas ansioso, te devolví el sosiego y calma cuando estabas nervioso.
–Sí, es cierto.
–Te di fuerzas cuando tuviste miedo.
–Lo recuerdo... ¿cómo olvidarlo?
–También te di placer.
–Mucho. No lo niego.
–En todo este tiempo estuve cada mañana con vos, en el desayuno.
–Mhh-hh...
–Y en la cena. ¿Te acordás?
–Sí.
–Me decías que no había mayor placer para vos que quedarte haciendo sobremesa conmigo, después de la cena.
–Y no te mentía.
–Te gustaba ver cine conmigo...
–Sí.
–Y en esos momentos de pasión, después...
–Bien que los recuerdo. Cada uno de ellos.
–Me decías que ni siquiera podías trabajar sin mí...
–No te engañaba. En ese momento, no podía.
–¿Y entonces? ¿Qué pasó? ¿Cambiaste de idea? ¿Te olvidaste de todo eso?
–Esas cosas que suelen suceder en la vida. Uno repiensa lo que está haciendo y se da cuenta que tiene que cambiar el rumbo.
–Ajá, ¿y?
–Y fuera lo que fuese que uno decide, por lo general no siempre es grato para todos. No se puede quedar bien con Dios y con el Diablo.
–Y vos tomaste esa decisión...
–¿Es una pregunta?
–No.
–Entonces, te guste o no te guste sí, la tomé. Me costó mucho, creeme, pero tuve que hacerlo. Es mejor para mí, lo mire de donde lo mire. Creo que es lo mejor para todos.
–¿Para todos? ¿Quiénes son todos? ¿Y yo? ¿Pensaste en mí?
–Aunque no lo creas, sí.
–¡Qué vas a pensar en mí! ¡Son todos son iguales!
–Te cueste o no creerlo, pensé y pienso en vos más de lo que te imaginás. Y sé que me va a costar mucho olvidarte.
–Sí, claro. Me va a costar mucho olvidarte, no sabes cuánto me cuesta hacer eso, bla, bla, bla... Y, decime...
–¿Qué querés que te diga?
–Pero prometé que vas a contestar la verdad, por más dura que sea...
–Prometido.
–Es... es... ¿Me dejás por una mujer, verdad?
–Mhh-hhh...
–Prometiste decirme la verdad.
–Bueno, sí. También por una mujer. Pero...
–¡Ningún “pero”! ¿Cómo también? ¡Es por eso! ¡No me mientas!
–No, mirá. No es tan así. En principio, es para no hacerme más daño yo. Porque para poder estar con esa mujer, tengo que estar bien yo.
–Pero... pero... ¿qué daño te hice?
–Mucho.
–Yo no te veo mal, si querés que te lo diga.
–Pues ahora, después de este tiempo, me hacés mal. Y no pienso discutir el punto.
–Y ¿me preguntaste si yo tenía problemas con la otra? ¿No pensaste que podríamos estar los tres?
–¿De qué hablás?
–Que yo no tengo problemas en compartirte.
–Ella sí.
–¡Claro! ¡Lo de siempre!
–Por favor... no lo hagas peor de lo que ya es.
–Entonces... entonces quiere decir que...
–Sí, eso.
–Que lo nuestro se acabó...
–Sí, se acabó.
–¿Y cuándo tomaste esa decisión, si se puede saber?
–Hoy, ahora.
–Ah... Me parece que te apresuraste un poco en comunicármelo y dejarme...
–¿Por qué?
–¿Y si lo de ustedes no dura? ¿Te lo preguntaste?
–Veré qué hago.
–¿Y si ella no es fiel como fui yo?
–La vida es riesgo. Nada es seguro, deberías saberlo. Decido tomar el riesgo.
–Pero, a ver... ¿ella te lo impuso?
–No, para nada. Sólo me lo pidió.
–¿Cómo te lo pidió? ¿No te habló mal de mí?
–No, para nada.
–¿Y entonces?
–¿Entonces qué?
–Si no te lo exigió, ¿por qué me dejás?
–Ya te lo dije, en primer lugar, por mí. No quiero sentirme mal. Y hago eso por amor, para poder sentirme bien... con ella.
–Ah...
–Lo lamento, en serio. No lo tomes a mal, pero hasta acá llegamos.
–Sí, sí, claro. Me usaste, estuve con vos en cada momento feliz y triste de tu vida y ahora me dejás por otra...
–Si querés pensar eso... entonces, ¿qué puedo hacer?
–Nada, nada, no hagas nada. Pero acordate, ya vas a volver. Todos SIEMPRE vuelven...
–¿Sabés una cosa?
–¿Qué?
–SIEMPRE es demasiado tiempo... Me conformo con decir: “hoy no vuelvo” ahora. Y mañana. Y pasado...
–Bueno... terminemos esto de una vez, me quema por dentro tu actitud.

–Y a mí, por dentro y por fuera la tuya. Tenés razón... terminemos esto de una vez –dije esa madrugada, cuando apagué el que espero haya sido el último cigarrillo que fumé en mi vida.
(...)
¡Riing! ¡Riiing!
–¿Papi?
–¡Hola, Loli!
–¿Trece días ya?
–Ajá. Trece días.
–¿Y no “jumaste” nada, nada? ¿Ni uno solo?
–Nop. No “jumé” nada, corazoncito.
–¿Ni una pitada?
–Nah... Una pitada, es lo mismo que un cigarrillo.
–Gordi...
–Sí, mi amor, decime...
–Yo me acuerdo cuando me dijiste que el día que hicieras esto, lo ibas a hacer por amor a mí.
–Claro, Princesita. Si no me cuido la salud... ¿cómo voy a poder hacerte feliz?
–Papi, admiro tu fuerza de voluntad. Sos un hombre muy valiente, ¿sabés? ¡Sos mi héroe!
–Jajaj... ¡Dale, Loli!
–No, en serio, Papi. ¡Sos Mi Campeón!

Mañana, será el día 14. Y escribí "espero" porque no tengo que descuidarme. Sé que el riesgo de tropezar y caer, es grande. Pero, me digo: ¿el amor no es suficiente razón para dejar el cigarrillo, que daña tanto la salud?

El Profesor