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viernes, 23 de abril de 2010

Diccionario de Loli y El Profe

Este post lo había escrito en el 2009, cuando todo era distinto. Estuve revisando, entre otros que escribí, y éste aún tiene vigencia, porque todavía con El Profe, seguimos usando algunos códigos que son nuestros.
Todas las parejas tienen sus códigos y maneras especiales de expresarse, que sólo entienden ambos miembros. Estos son algunos de los términos en clave que usamos más a menudo el Profe y yo.

Amiguito: (Ji ji ji) apéndice muscular preferido, para ciertos momentos de pasión exacerbada.
Bajón-mal: Forma de llamar a la tristeza, angustia o melancolía
–inspirado en “La Tana Ferro”, luego de ver juntos la película–, que nos provoca tener que separarnos y que, por lo general, se pone de manifiesto un par de días después que cada uno está en su casa.
Boliche El Pinchazo: Establecimiento gastronómico de dudosa reputación, ubicado a pocos pasos del Hotel Everest de Córdoba, en el cual no recomendamos ingerir ningún tipo de comida. Por extensión, llámase así a todo bar, restaurante al paso o boliche ubicado en barrios, lugares sórdidos o estaciones de tren.
Bolichón La Puñalada: Sucucho de actividad gastronómica, bautizado así por El Profesor por su aspecto lóbrego, sórdido y de dudosa reputación, ubicado en la calle más deprimente de la ciudad y donde los hombres pierden horas mirando fútbol mientras comen milanesa con papas fritas a las cinco de la tarde. No es recomendado para personas nostálgicas o melancólicas, en especial los domingos de invierno al atardecer.
Calienta-braguetas: Efecto que produce una Lolita como yo en ciertos señores mayores.
Cara de galleta: Descripción básicamente comparativa de las facciones y expresión del rostro de cierta persona que nos abstenemos de nombrar.
Cara de vaca: Actitud gestual que se manifiesta en la inexpresividad de las facciones del rostro de gran cantidad de habitantes que utilizan como medio de transporte las líneas de subterráneo de la ciudad de Buenos Aires, en especial en las horas de la tarde, cuando regresan de sus respectivos trabajos.
Colapsar-mal: Efecto indeseado provocado en progenitores, hijos, parientes, amigos, vecinos y conocidos (en especial entre los primeros) al enterarse que “la nena” se enamoró de un señor mayor.
Colorau como pavo e chacra: Dicho de origen campestre que hace alusión al aspecto rosáceo subido de tono que adopta el semblante de algunas personas, en situaciones especiales. También aplicado a señores con problemas de hipertensión.
Con gusto a poco: Expresión que utilizamos con El Profesor luego de la ingesta de cualquier sólido y/o líquido que nos ha gustado mucho y nos ha resultado insuficiente.
Cushita: Término en extremo cariñoso y dulce que significa “Cosita” y con el cual el Profe me nombra habitualmente, y que empezó a usar cuando aún no nos conocíamos, al principio de la relación y que me provocó una oleada de ternura como nunca antes había sentido.
Decadente-mal: Aspecto de ciertas personas que tienden a usar prendas de vestir que el profesor nunca se pondría.
Difícil que el chancho chifle: Proverbio de origen campestre que El Profesor utiliza para mostrar descreimiento acerca de algún tema o imposibilidad de llevar algo a cabo.
Frío importante: Expresión acuñada por El Profesor la primera noche de julio de 2009 en la localidad de Villa General Belgrano, cuando salimos de la posada con intenciones de cenar en “Tío Rico”, al comprobar la baja temperatura reinante en el ambiente. Aplícase por extensión también al calor, la lluvia o cualquier otro fenómeno climático o sensitivo (por ejemplo: “Sueño importante”, “Hambre importante”, etcétera).
LJ: “Lo Juimo”: Variante en plural de MJ (ver siguiente), que comenzamos a utilizar cuando, el último día, teníamos que dejar la habitación de hotel –o en casa de uno de los dos–, con el consabido “bajón-mal” (Ver el significado ut supra).
MJ: “Me Jui”, despedida antes de cerrar la sesión de chat habitual, parodiando la peculiar forma de expresarse del habitante medio de la sierra cordobesa.
Mister Jeringa: Término bimembre con el que hacemos referencia a esas personas latosas de sexo masculino de las que uno quiere alejarse o mantener a prudencial distancia, porque son más molestos que una jeringa en el traste.
Pedo místico: Estado de estupidez crónica –por lo general agravado con exacerbación de argumentos religiosos o dogmáticos–, que vuelve insoportable a quien lo padece.
Pedorro: Calificación aplicada a todo producto o servicio de baja calidad y aspecto engañoso. Término al parecer de origen impreciso que se ha generalizado, usado en su mayor parte por personas ingeniosas para decir o escribir y, en especial, por adolescentes porteños.
Pintó: Expresión común entre los adolescentes utilizada por primera vez por mí cuando dije: “Pintó choripán”, al comprobar que lo que El Profe me había avisado era cierto: no podía pasarme por alto la cola en el restaurante del Parque Sarmiento, por lo que teníamos que dirigirnos de manera urgente a la parrilla al paso “El Rey del Choripán”, acuciados por el hambre.

Potranquita: Lolita a merced de su profesor, a solas y entre las sábanas (Ji ji ji).
Romper el culo en seco: Expresión utilizada por El Profesor al comprobar la mala costumbre de ciertos comercios –del ramo que fuere, en especial heladerías de Buenos Aires–, de arrancarle a uno la cabeza con los precios. ¡No sean malpensados!
Somatizar-mal: Poner de manifiesto alguna angustia existencial o malestar emocional con una repentina descompensación gástrica que se manifiesta en el baño.
Trescientos mil grados: Temperatura que parece adquirir el interior de una empanada recién salida del horno o el sartén, en especial si es de las que –además–, chorrean juguito sobre la remera recién estrenada del Profe.

Lolita
Foto: El Rey del Choripán, Parque Sarmiento, Córdoba City

martes, 29 de diciembre de 2009

Paseo de la Costa

El sábado a la madrugada, luego de una agradable cena íntima post festejos de Nochebuena y Navidad, estábamos con Lolita dispuestos a descansar de tanto ajetreo, cuando de repente... ¡Zas!
La casa a oscuras.
–¡Uyyy! ¿Qué pasó? –gritó Loli, desde el dormitorio.
Salí a tientas del baño, tratando de no llevarme nada por delante, y ella ya estaba ahí, buscando las velas en el cajón.
–Se cortó la luz, Loli...
–¡Ufa! ¡Como en mi casa!
–Ya va a volver, mi vida. No te inquietes. Vamos a dormir...
De manera que sin turbo o ventilador de techo, en una noche pegajosa y de mucho calor, nos fuimos a la cama creyendo que era un corte programado para ahorrar energía en este verano tan agobiante, con tanto aire acondicionado encendido día y noche.
Macanas.
A la mañana, cuando nos despertamos, seguíamos sin luz y con la heladera llena de comida perecedera.
Ni siquiera pudimos hacernos el cafecito express al que Loli me tiene acostumbrado con su regalo maxi-sorpresa de Navidad.
A las once de la mañana, seguíamos sin luz.
Y a las doce.
A la una de la tarde, Loli decidió tomar cartas en el asunto, eligió para el almuerzo lo que podía ser más perecedero y rezando para que la empresa de electricidad tomara cartas en el asunto, comimos, después de hacer el reclamo y enterarnos que un desconocido alcoholizado al volante se había llevado por delante una caja de distribución, que dejó a más de la mitad del barrio a oscuras.
A las dos de la tarde, sofocados por el calor que apretaba y la humedad que empezaba a subir en vaharadas, el que tomó una decisión fui yo.
–No vamos a quedarnos acá, Loli –le dije.
–¿Y adónde vamos?
–Al río, mi amor.
–¿Ehhh?
–Sí, al río. A un lugar que conozco que está en Vicente López, en la costa del río.
–¿Llevamos la mallita? –preguntó Loli, cargando su bolsito de salir más rápido que un bombero.
–No, no. Ahí no puede bañarse uno como en los ríos de Córdoba. Pero vas a ver qué lindo es el lugar...
–¿Llevamos los toallones de playa nuevos?
–No, Loli... creo que no es necesario.
–¿Te parece?
–No hay arena, corazoncito.
Y salimos rumbo al Paseo de la Costa, que empieza más o menos a la altura de la calle Pacheco de Melo, en Vicente López, aguantándonos el calorón bonaerense (tan sofocante como el cordobés) de las tres de la tarde.
Un rato después, llegamos, casi deshidratados por el calor y calcinados por el sol a ese lugar que yo recordaba haber pasado gratos momentos y en el cual los árboles no sólo habían crecido sino que se habían multiplicado.
–¿A qué juegan esos señores? –preguntó Lolita, señalando a un grupo de hombres de la tercera edad reunidos alrededor de un espacio rectangular.
–Al tejo, Loli...
–¿Y cómo se juega?
–Vení que te muestro...
Nos sentamos en un banco rústico, junto a la canchita que en el verano de 2001 era sólo de tierra apisonada y que ahora tenía arena y estaba encajonada con troncos y empecé a explicarle a que el juego del tejo era más que un juego, un rito, casi una ceremonia.
–Mi amor...
–Mhh-hh...
–Yo, yo...
–Ya sé, tenés sed, Loli. Vamos a comprar algo allá –le dije, como si le adivinara el pensamiento, señalando unos locales que se veían a una cuadra de distancia más o menos.
–No, voy yo. Vos quedate acá sentadito –me contestó, y salió caminando rapidito.
Unos minutos después, mientras yo miraba con atención cómo uno de los contendientes medía con un compás la distancia entre un tejo blanco y otro celeste, Loli volvió con una Coca Light, pero con cara de pocos amigos.
–¿Qué pasa, mi vida?
–Nos embocaron-mal –dijo, destapando la botella, y revoleando los ojos, con ese gesto de desagrado tan de ella.
Me había olvidado de decirle que una de las desventajas del Paseo de la Costa es que todo lo que cuesta tres pesos en cualquier súper, ahí cuesta ocho con cincuenta.
Pero bueno. Un día como ese no era para llorar sobre la leche derramada, así que nos tomamos la Coca y se nos acercó uno de los jugadores, un simpático señor que resultó tener más de setenta años, habitué del lugar, con quien entablamos una amena conversación y que resultó ser uno de los primeros turistas de verano de Villa General Belgrano, cuando todavía no se llamaba así.
–Ahora vengo... –me dijo Loli, mostrando una vez más su inusual percepción para detectar lugares donde venden helados.
Unos minutos después estaba de vuelta con un helado de agua de tres gustos que compartimos observando el desarrollo del juego.
–¿No querés sentarte en el pastito? –me dijo Loli, después de compartir su helado conmigo.
–Me voy a ensuciar las bermudas, corazoncito.



–¿Viste? ¿Qué te dije? Tendríamos que haber traído los toallones de playa... Para sentarnos en el pastito –me contestó, haciendo uno de esos mohines que me provocan tanta ternura.


Nos quedamos un largo rato conversando con el señor jubilado y cuando terminó el partido –ganaron los tejos celestes por quince a cinco–, nos despedimos y nos fuimos a caminar por el paseo, aprovechando la brisa fresca proveniente del río y la caída del sol, agradeciendo para nuestros adentros que este año a nadie se le ocurrió cambiar el horario en verano.
Loli husmeó un poco en la feria de los artesanos –muy poco, porque dadas las festividades navideñas apenas si había uno que otro puesto abierto– y llegamos caminando casi hasta Olivos, deteniéndonos a mirar las carreras de autos a control remoto y a todos los desaprensivos que, pese a los carteles de advertencia, se van a dar un chapuzón en las aguas contaminadas del río.
Cuando llegamos a casa, rogando para encontrarnos con que había vuelto la luz, acalorados y famélicos, nos encontramos con las luces encendidas que no habíamos apagado la noche anterior y el ventilador de techo funcionando.
–Ahora voy a preparar algo de comer... –dijo Loli, entusiasta como es.
–Nada de preparar con este calor, Princesita.
–¿Y qué vamos a comer?
–¿Qué te parece una riquisísima pizza de jamón, palmitos, huevo duro picado, aceitunas negras, mozarella y salsa golf?
–¿En seriooo? –a Loli la pierden los palmitos.
–Pero sí, dulzura –le dije–. Dale, vamos a comprarla.
Y así terminó nuestro domingo, zampándonos esa suculenta pizza, mirando una película en DVD y haciéndonos todos los arrumacos que podemos y que tanto anhelamos cuando estamos separados.
–Mi amor... –me dijo Loli, antes de dejarse caer en el sueño.
–¿Qué, Princesita?
–Qué lindo día pasamos...
–¿Te gustó?
–Mhh-hh... Pero...
–¿Pero qué, mi vida?
–¿No deberíamos haber llevado los toallones de playa para sentarnos en el pastito?
–¡Ay, Loli! ¡Que te como! –le dije, antes de darle no sé cuántos besos.
¿Simple, eh?
A menudo los momentos más plenos, los que nos hacen más felices, son simples, si se disfrutan en compañía.


El Profesor
Foto tomada por Lolita

martes, 24 de noviembre de 2009

Compartiendo gustos

Con El Profe tenemos la ventaja de que compartimos varios gustos y afinidades, pero quizás una de las que aparece entre los primeros puestos de nuestra lista de preferencias es… los sándwiches de miga. Él dice que considera que todo alimento es susceptible de comerse en medio de dos tajadas de pan. Y cuando dice todo es todo ¿Eh? Yo no soy tan exagerada en ese sentido, pero diré que los fiambres y algún que otro acompañamiento compatible con ellos, metido entre dos rodajas frescas y esponjosas de pan blanco es una tentación muy fuerte.
Bueno, como les decía, los sándwiches de miga están entre nuestras debilidades gastronómicas y siempre buscamos la oportunidad de que se conviertan en nuestro almuerzo o cena (o en ambos) cada vez que yo viajo para verlo.
Antes de que yo llegara, y habiéndose mudado el Profe hacía tan sólo un par de días, lo primero que hizo fue un recorrido de “Reconocimiento de Lugares Estratégicos” por el barrio. ¿Qué lugares estratégicos? Pues por ejemplo: el supermercado con los mejores precios, la heladería de los helados ricos y baratos para llevarme a probarlos a mí, la fábrica de pastas frescas, la casa de comidas para llevar cuando las ganas de cocinar flaquean, el kiosco donde venden barritas de cereal Ser para mi desayuno y por supuesto… una buena fábrica de sándwiches.
Afortunadamente encontró una muy recomendada a tan sólo tres cuadras de su casa y esperó el momento que yo llegara para probar la habilidad manual de la señora que los preparaba.
Así fue como esa misma noche de mi llegada, fuimos juntos a encargar una docena de aquellos mini manjares.
Entramos sonriendo y los dos al mismo tiempo, nos pusimos a mirar la lista donde se exhibían los sabores y precios.
–Mmm… Papi…
–Ya sé Princesita: querés los de palmito y ananá.
–Shi… ¿Cómo sabías? –Le pregunté con sonrisita picarona.
–Porque son tus preferidos, mi amor. Siempre los pedís.
Uno a uno, fuimos diciéndole a la empleada todos los gustos que queríamos y la cantidad de cada uno. Una vez que terminó de apuntar todo, nos dijo:

–Bueno chicos, esto va a estar listo en unos… 15 minutos.
–Bueno, vamos y volvemos en un rato. ¿Hace falta que pague ahora? –Preguntó el Profe.
–No, no, después, cuando los retire.
Así que nos fuimos y al ratito ya estábamos de nuevo ahí, para reclamar nuestro pedido.
La señora terminó de prepararlos, los envolvió en papel, los puso en una bolsa y se los dio al Profe. Él la tomó y con su habitual sonrisa de agradecimiento dijo:
–Bueno, gracias…
Algo faltaba.
La señora me ganó en lo que yo iba a decirle:
–Esteee… Señor… no me pagó.
El Profe, riéndose de su torpeza, sacó su billetera, pagó y se disculpó por haber creído que ya había abonado antes.
Al llegar a casa, pusimos la mesa, nos acomodamos y mientras disfrutábamos de clavarle el diente a aquellos deliciosos sándwich de miga, nos pusimos a ver una película a su elección, que en este caso resultó ser Drácula.
Esto me hizo pensar que era una de dos: o mi Papi ya superó el trauma de la acusación de la que fue víctima hace un par de semanas o… está aprendiendo a aceptarse como es. Je, je.

Lolita

lunes, 21 de septiembre de 2009

À bientôt, París

Lolita debe estar durmiendo, después de pasar su último día en París. Anoche, antes de irme a dormir, le escribí un correo deseándole que lo pasara lo mejor posible, que hiciera todo lo posible por grabarse en la memoria todo lo que había vivido y conocido: Les Tuileries, el Louvre, Les Champs Elysées, la Place de la Concorde, Les Invalides, Notre Dame y el Sacré Cœur, la Île-de-France, Montmartre, Le Quartier Latin, y todos y cada uno de los puentes sobre el Sena, en especial el de Austerlitz, como ya han leído, por lo que de simbólico tiene para mí.
Le pedí que se llenara las retinas con la ciudad de día y de noche, los cafés con mesas en la vereda, el viaje en un Bateaux Parisiense, las patisseries, Saint Germain y cada uno de los Arrondisements de París.
También le conté de lo mucho que anhelaba poder volver a esa ciudad con ella, que ojalá la vida fuera generosa con nosotros, y que nos permitiera pasear juntos por esas calles que aún hoy, después de tanto tiempo, sigo recordando.
Esta mañana, me contestó:

Gracias por este correo, amor mío.
Que lindo es venir a Internet y encontrarme algo así. Yo también deseo con toda mi alma volver algún día con vos a esta mágica ciudad y caminar de la mano por las calles y puentes; pararme en cada esquina a darte un beso y cenar en lugares románticos. Ojalá la vida nos dé esa oportunidad. Creo que compartimos el mismo sueño, amor.




Así, mientras Loli duerme su última noche parisina, debe verse la Tour Eiffel, que ella y su papá visitaron para ver toda la ciudad desde arriba.
Que haya sido feliz en París, que atesore en su memoria estos días que ha vivido allí y que algún día, nuestro sueño, pueda hacerse realidad.

À bientôt, Paris. Hasta pronto.

El Profesor

sábado, 19 de septiembre de 2009

Castillo encantado

–¡Hola, Papiiii! –dijo la voz de Lolita en el teléfono.
–¡Loli! ¡Qué lindo es escuchar tu voz!
–¿Viste? Te llamo los sábados a la mañana, como vos, Pichoncito mío.
–Gracias, Loli. Me hace muy feliz hablar con vos, que estás tan lejos...
–¿A que no sabés adónde estoy? –me preguntó, con ese tonito pícaro tan propio de ella cuando está por hacer alguna travesura o algo que la divierte mucho.
–En París, Loli...
–Sí, pero ¿en qué lugar de París?
–¿Les Champs Éllysées?
–Nah... Ahí fuimos el jueves.
–¿Versalilles?
–Nuuu... Ahí estuvimos ayer, y almorzamos unas viandas que nos compramos en un súper chino. ¿Sabías que acá también hay súper chinos?
–Lo puedo imaginar, porque están en todo el mundo. Pero decime, ¿a dónde estás vos ahora?
–¡En EURODISNEY, Papi!
–¡Uy! ¡Tu sueño, Loli!
–Shi... y fui a un montón de juegos y escuchá... –su voz quedó tapada por una musiquita–. La música de las princesitas... Jijiji... Y también fui al Castillo Encantado
–¿Te gusta?
–¡Uf! ¡Me encanta! Y, ¿a que no sabés?
–¿Qué, mi cielo?
–¡Mi papá fue al Tazón!
Y siguió contándome, entusiasmada, todo lo que estaba viendo en Eurodisney y lo feliz que la hacía haber podido conocerlo.
–¿Ves, Loli? Vos que decís que yo me conozco todo, ahí nunca estuve.
–Pero si los parques de diversiones te gustan, Pichoncito de mami. ¿Te acordás cuando te llevé a la rastra al del Parque Sarmiento?
–Sí, pero la última vez que estuve en París, todavía no existía.
–Entonces, Papi, tenemos que empezar a ahorrar para que yo te pueda traer y llevarte de la manito a los juegos, ¿sí?
–Mhhh-hhh.
–Ningún “Mhhh-hh”. Tu Princesita te va a traer al castillo encantado. ¡Y vas a ver cómo nos vamos a divertir!
–Decime, Loli... ¿compraste una tarjeta nueva?
–¡Uy, no! ¡Me olvidé de contarte!
–¿La compró tu papá y te la regaló?
–No, Papi. Resulta que el otro día fui a un baño y de repente miré para el suelo y ahí estaba... nuevita, flamante y con el sobrecito de celofán puesto... Debe haber sido de alguna chica inglesa, porque no entendí un pito lo que me decía la grabación...
–¿Cómo que no? Si vos estudiaste inglés en el colegio, Loli.
–Shi... por eso lo único que entendí es que tenía más de una hora para hablarte, mi amor. Y mañana, a levantarse tempranito que te vuelvo a llamar, como vos hacés conmigo los domingos, ¿eh?
En París, Loli debe estar durmiendo. Le deseo que haya pasado un estupendo día en el parque de la fantasía. Y hoy vuelvo a acostarme temprano, porque mañana, con esto de la diferencia horaria, tengo que madrugar para escuchar su voz en el teléfono.
Así es Lolita.

El Profesor

miércoles, 16 de septiembre de 2009

Fotos de viaje

–¡Loli! ¿Qué es esa foto que me enviaste?
–Jijiji (risita traviesa del otro lado de la línea).
–¡Ay, Loli! ¡Vos y tus ocurrencias!
–Es que me gustó mucho esa comida, Papi. Entonces le saqué una foto... ¿Qué esperabas?
–Más fotos tuyas, mi amor... de cada lugar.
–¿Por ejemplo?
–Mmm... Por ejemplo, en Cadaqués.
–¿Haciendo topless como las turistas que vi?
–No mi cielo, tampoco... –¿Qué dijo? ¿Qué es eso de topless?
(...)
–¿Papi? ¿Pichoncito mío? ¿Qué pasha?
–¿Te-sa-cas-te-fo-tos-ha-cien-do topless?
–Jijiji (más risitas traviesas)
–Dale, contestame, dale...
–¡Pero no, Papi! ¿Cómo voy a hacer eso si no estás vos? A propósito... Si vamos a esa playa que me dijiste en verano y estás vos ¿sí puedo andar sin la parte de arriba de la mashita?
–¡Loli!
–Jajaj... ¡Te ponés celoso! Dale, Papi, expresate, dale... –dijo, llevando a la práctica su teoría de que tenemos que expresar de todo lo que nos ocurre, como pilar fundamental para la armonía de la pareja.
–Mjm... Pero un piquitín así...
–¡Pero shi tu Princesita te quiere a vos, mi Reyecito! ¡Te como! ¡Te mastico todo!




Para los que no hayan estado en España –el lugar más apropiado para comer pescado y frutos de mar–, a ese plato que ven ahí se lo conoce como “fideos negros” y está hecho con fideos tallarines, mejillones y una salsa de calamares en su tinta. Para aquellos a quienes les gustan todos los bichitos del mar, es un plato exquisito.
Recuerdo, en este momento, el primer día que Lolita probó la paella, conmigo, en el restaurante “La Perla” de la ciudad de Córdoba –lugar al que solemos ir a cenar–, y descubrió que los mariscos le gustan casi tanto como las barritas de cereal en el desayuno.
Imagino que en este momento estará zampándose alguna baguette de esas que se compran en París, que traen de todo entre pan y pan, y se las lleva uno a la casa para la cena.
Aunque en este momento que cargo el post, a esta hora, debe estar durmiendo a pierna suelta luego de la visita a les Champs Elysées, L´Arc du Triumphe y los demás lugares que tenían previstos para el paseo de hoy, que iba a ser un día "intenso", tal como lo definió por teléfono.
Dulces sueños, Lolita, mi amor.
A bientôt, ma petite!

El Profesor