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jueves, 16 de septiembre de 2010

Diario de El Profesor: Mensaje de primavera


Como dijo Lolita, después de un tiempo empezamos a comunicarnos todos los días. Igual que ella, yo también esperaba esos momentos del día en que aparecía en la pantallita del chat aunque en esa época estaba mucho más ocupado que ella. Recuerdo que recibía un mensaje que decía “Papi, conectate” y allá iba, a abrir el chat para conversar de nuestros temas que, para el día de la primavera, tenían muy poco que ver con la edición de su libro –en la que estaba trabajando–, y mucho que ver con temas más... ¿personales?
De la amistad al enamoramiento pasó tanto tiempo como del romanticismo a los temas más “candentes”.
Loli de sexo sabía muy poco, tenía muchos miedos y le habían insertado el driver de la culpa y el discurso ése de que el sexo es sucio, malo, dañino, contraproducente y peligroso antes del matrimonio.
Pero como la naturaleza no entiende de razones, era inevitable que día tras día fuera ganando confianza y tomándole el gustito a eso de que yo le contestara preguntas que tenían que ver con lo que hacen un hombre y una mujer cuando ese angelito con alitas que arroja flechitas de pasión, empieza a hacer de las suyas, en especial en ese momento, cuando ya se anunciaba la primavera.
Recuerdo, también, que fui muy cuidadoso al principio, para que lo que le explicaba no tuviera un efecto contraproducente. Y no porque fantaseara con masticarme un bomboncito, ya que había decidido no viajar pese a sus pedidos, sus exigencias y sus ruegos, cosa que no le cayó para nada bien y la decepcionó y prefiero no acordarme lo que pasó por causa de mi negativa.
Porque –debo aclararlo–, si ustedes que leen creen que en estos tres años todo fueron mieles y en la relación no hubieron sus ups & downs, están muy equivocados. Loli puede ser muy persuasiva y encantadora, pero si algo que ella ansía mucho no sale como ella quiere... ahí te quiero ver. Y no es una crítica a su persona, sino un reconocimiento de la realidad. Al fin y al cabo a veces yo tampoco soy San Profesor. Todos tenemos nuestras cosas.
Ya era habitual que me enviara mensajitos traviesos, algunos muy muy muy pícaros, antes de irse a la cama, y la noche del 20 de setiembre me envió como ocho seguidos y yo se los contesté. ¿Hubo sensualidad en mis respuestas? Sí, la hubo, aunque desprovista de malicia y, en comparación con los que nos empezamos a enviar después –y ahora–, eran caricias más tiernas que voluptuosas.
Yo debía estar muy cansado esa noche del 20 de septiembre (la verdad, no lo recuerdo), a juzgar por el tenor de la cartita que me encontré a la mañana siguiente cuando abrí el correo.
Decía así:

Fecha: 21 de septiembre de 2007 02:17
Asunto: MENSAJE IMPORTANTE-SUPER
SUPER IMPORTANTE
Enviado por: gmail.com

Papito:

Sí, me llevé los mensajitos a la cama y cada vez que los leía sentía el nido de palomitas en la panza. Lo leía y me imaginaba lo que decían... y casi me vuelvo loca sintiendo tus manos, tus labios, tu piel rozándome... Imaginé que te tenía acostado en mi cama, conmigo, te llené de besos y caricias, hicimos el amor, nos abrazamos, nos tocamos, hicimos de todo, y me sentí tan bien... y eso que es sólo imaginación. Pensá cuando todo esto sea realidad. ¡¡Creo que me voy a desmayar de amor apenas te vea!!
¿Así que papi tiene sueñito? Bueno, piense que su Princesita viene despacito mientras duerme y lo cubre de besos, se queda a su lado y luego se mete en la cama y comienza a tocarlo por debajo de las sábanas...
Te mando un beshote. Te amo. Te adoro.

Loli
P/D: Sí, efectivamente
estoy esperando para "regalarte" mi sexo y hacer el amor con vos. (Pero, por supuesto no es lo único que me importa).

¿Ehhhhhh? ¡TOIIIINNNNG!

El Profesor

miércoles, 7 de abril de 2010

Oscar Francisco

Hay veces que reflexiono acerca de nuestra relación, con Loli, y cómo cada uno, a su manera, hace algo por el otro que redunda en beneficio común para ambos. Y es que no está escrito que la sabiduría del corazón sea privilegio de quien ha vivido muchos años y que los jóvenes no la tienen.
En este intercambio, mediante el cual Loli ha aprendido de mí y yo, de ella, si hay algo que debo agradecerle es haber despertado ese niño mío que tenía dormido hace tanto tiempo, porque estaba aburrido de aguantar el realismo –cinismo en algunas ocasiones–, que lo va ganando a uno a medida que pasan los años.
Loli ha conseguido despertar a ese niño juguetón que alguna vez fui, a fuerza de magia e ilusiones.
Ya he contado que Loli y yo –alejados o juntos–, jugamos, y jugamos mucho (algunos de los juegos no puedo contarlos aquí, ejem, ejem, por razones que imaginarán).
Como con Oscar Francisco Velasco Aguilera.
¿Qué quién es Oscar Francisco Velasco Aguilera?
El ratón que habla. El que Loli rescató de ese cubículo de plexiglás con dos monedas de un peso... aunque después se gastó como cinco en tratar de rescatar a la enamorada del ratón, que le era infiel
Oscar Francisco, además, es originario de México –para beneplácito de nuestros amigos de ese país tan querido–, y habla como tal, intercalando expresiones como “¡Oralé!” cuando algo lo sorprende; “esa chava”, al referirse a Loli o a cualquier mujer; “cuate” al dirigirse a mí; “¡Aguassss!”, cuando está muy apurado, y hasta de vez en cuando un “¡Chin!”, en ciertas ocasiones, cuando usa un lenguaje poco apropiado.
Todo esto lo supimos al regresar de Villa Carlos Paz, cuando llegamos a la casa de Loli, que fue cuando Oscar Francisco se reveló como un ratón por demás locuaz, diciendo cosas tales como:
–¡OYE! ¡PERO QUÉ BUENA ESTÁ LA CASA DE LA CHAVA!
–¿Te gusta?
–¡POS CLARO QUE ME GUSTA! ¿QUÉ PENSABAS? IMAGÍNATE... PASAR DE ESTAR DENTRO DE UN CUBO DE PLÁSTICO REFORZADO A ESTAR CON ESTOS PRIMORESSSS... –dijo, arrastrando la “s” y en clara alusión a algunos peluches que Loli conserva en su habitación.
–¡Ah! Mirá vos... ¿Te gusta la compañía que vas a tener?
–POS MIRA, CUATE... DAISY ES DEMASIADO GRANDOTA, PERO MINNIE... POS QUE ESA CHAVA ME HACE OJITOS...
Loli tiene una imaginación sorprendente para crear diálogos ocurrentes y divertidos, y estuvimos jugando con Oscar Francisco –que hasta ese momento no nos había dicho su nombre–, durante un buen rato.
Cuando estábamos terminando de cenar, el papá de Loli preguntó qué pasaba que nos reíamos y de quién era esa voz. Entonces Loli se levantó de la mesa, salió pitando para la habitación y volvió con el ratón, que empezó a hablar al papá:
–OYE, ¿ASÍ QUE TÚ ERES EL PAPI DE LA CHAVA ÉSTA QUE ME RESCATÓ DE MI ENCIERRO?
El padre de Loli se prendió en el juego y comenzó a hablar con el ratón, riéndose, tan divertido como nosotros. Y a tal punto que le imitaba el acento y fue él quien averiguó su nombre y su lugar de origen. Porque Oscar Francisco Velasco Aguilera, según se lo comentó a padre de Loli, es oriundo del estado de Guadalajara.
Cuando nos fuimos a la habitación para descansar ese sábado a la noche, Loli vino a hacerme unos mimos a la cama y trajo al ratón, que empezó a hacerme cosquillas y a saltarme encima.
–¡Uh, quiero dormir! –lo regañé, entre carcajada y carcajada mía y de Lolita.
–POS YO QUIERO DORMIR CONTIGO, CUATE. ¿QUÉ NO TE DAS CUENTA QUE NO PUEDO IR A LA CAMA DE LA CHAVA? –me contestó.
–¿Y por qué no dormís entre todos los muñecos?
–ES QUE... VEN –me dijo, haciéndome señas con una de sus manitos, y acercándose a mi oído–. VERÁS, ES QUE MINNIE ESTÁ DE MALAS Y NO QUIERE QUE DUERMA CERCA DE ELLA Y BSBSSSS BSSSS BSSSS
–¡Jajaj! Bueno, está bien... Pero me vas a dejar dormir, ¿eh?
–POS CLARO... YA VES LA FLOJERA QUE TENGO A ESTA HORA...
–Bueno, entonces, a dormir –le dije.


Así fue que esa noche estuve abrazado a Oscar Francisco y Loli, que no se pierde una, aprovechó para sacarme esta foto cuando yo –y creo que el ratón también–, dormíamos apaciblemente. Por razones de fuerza mayor que serán de público y notorio –como dicen los abogados–, la he recortado un poco. Pero verán que se nota mi brazo y una manga de la centenaria remera gris con el logotipo de Las Grutas – Patagonia –Argentina, que uso para dormir y que a Loli le causa mucha gracia.
Esas son las cosas que me provocan la ternura que siento por Lolita. En especial haber despertado a mi niño, que con ella sale a jugar como hace tanto, tanto tiempo no lo hacía.
Y no sólo el mío, porque a la noche siguiente, cuando el padre de Loli ya tenía el auto preparado para salir hacia la terminal de ómnibus dijo algo que no comprendimos, pero iba riéndose, como si él también hubiera hecho una travesura.
Y la había hecho, claro.
Cuando subimos al coche ahí estaba, sentado sobre el freno de mano, entre el asiento del conductor y el acompañante, nuestro nuevo amigo, el ratón Oscar Francisco Velasco Aguilera, que formó parte de la comitiva de despedida.
Empecé con una reflexión y no puedo terminar sin otra: cada vez con más ilusión imagino cómo debe ser vivir con Loli todos y cada uno de nuestros días.
Creo que va siendo hora que empiece a planificar una movida, porque al fin y al cabo el aire de Córdoba, me resulta mucho más gratificante que el de Buenos Aires. ¿Ustedes qué piensan?
Un saludito nuestro y de Oscar Francisco, que cuando hablo con Loli, le pide que lo ponga al teléfono y me suelta un:
–¡ORALÉ, CUATE! ¿CUÁNDO TE VIENES PARA AQUÍ, EH? ¡MIRA QUE LA CHAVA TE EXTRAÑA!

El Profesor

Foto by Lolita

viernes, 12 de marzo de 2010

Guarda come dondolo

Después de mucho tiempo, con El Profe, decidimos volver a ese lugar que recuerdo de manera muy especial, porque fue el primer restaurante al que fui con él, la noche de nuestra primera cena.
Pero antes de cenar, esa tarde del último febrero habíamos ido al cine a ver “Nine”, una comedia musical que el Gordi encontró bastante parecida en algunas cosas a “All that Jazz”, de Bob Fosse, película que prometió que veríamos en el próximo viaje a Buenos Aires.
Creo que ya expliqué que después del cine, solemos comentar la película tomándonos un cafecito –esa noche lo reemplazábamos por la cena en “Las Tinajas”–, y como yo no conocía a esa actriz mayor, se lo pregunté.
–¿Quién esa Sophia Loren, Papi?



–Una actriz italiana, Loli –me dijo y me explicó que había ganado el Oscar a la mejor actriz con “La ciociara”, de Luchino Visconti, uno de los tres principales representantes del neorrealismo italiano, un movimiento cinematográfico surgido en Italia durante la posguerra de la Segunda Guerra Mundial y que se había casado con otro director de cine, Carlo Ponti, bastante mayor que ella.
Y como El Profe de una cosa pasa a la otra y tiene una capacidad de asociación muy rápida, del neorrealismo italiano pasó al siguiente género, la commedia all’italiana, porque me dijo que el protagonista de “Nine” le recordaba a Vittorio Gassman, que junto con Jean-Louis Trintignant, habían tenido los papeles principales de “Il Sorpasso”, otra película italiana de 1962 considerada de culto, si es que me acuerdo bien del orden en que me explicó las cosas.


El caso es que estábamos llegando al restaurante, cuando se puso a tararear una tonada de twist muy pegadiza que, me explicó, era el tema principal de la película y, desenfadado como es, hasta hizo un pasito de baile en la calle, moviendo los brazos como si estuviera bailando al ritmo de la canción, que canturreaba así:
♪♫ Guarda come dondolo,
guarda come dondolo con il twist,
con le gambe ad angolo,
con le gambe ad angolo ballo il twist.
♫♪
–¡Gordi! ¡Dejá de bailar en la calle –le dije, en voz baja para que no escucharan los transeúntes.
Pero el seguía canturreando:
♪♫ Sarà perché io dondolo,
saranno gli occhi tuoi che brillano,
ma vedo mille mille mille lucciole
venirmi incontro insieme, insieme a te!
♫♪
–¿Ves, Loli? El twist estaba de moda cuando yo tenía... Mhh-hhh unos trece años...
Y estaba a punto de pasar a explicarme cómo The Beatles también habían interpretado twist en su disco “Twist and Shout”, cuando llegamos a la puerta de "Las Tinajas".




Una señorita uniformada, del lado de adentro, nos abrió la puerta y nos saludó muy cortésmente.
–¿Adónde nos acomodamos? –le preguntó El Profe.
–Ahora, el señor lo acompaña –respondió la joven, sonriente.
–Yeah! –le contestó El Profe, y acto seguido adoptó la misma posición de bailar twist, y le canturreó:
♪♫ Guarda come dondolo,
guarda come dondolo con il twist...
♫♪
¡Ay, Dios! Deberían haber visto la cara de la pobre chica, una mezcla de sorpresa, temor y desconcierto.
–Vamos, vamos... sonría, que la noche es linda y la vida nos sonríe –dijo El Profe, para tranquilizarla.
A esa altura, yo tenía ganas de esconderme detrás de las columnas o debajo de las mesas, porque algo me decía que todo el restaurante, que es enorme, nos estaba mirando.
Pero no... sólo la señorita de la puerta y el mozo que nos acompañó a la mesa –que sonreía, aunque trataba de parecer solemne–, se habían percatado de la payasada.
Durante la cena, exquisita y sobre la base de frutos de mar para mí (Je Je) y algunos “cárnidos” (como le dice a la carne a la parrilla) y ensaladas para él, seguimos conversando de esto y de aquello.
Cuando llego el momento de ir a buscar el postre, por alguna razón hablamos del Lemon Pie, y él lo asoció con el merengue y se puso canturrear una canción, tanto o más pegadiza que la anterior. Me explicó que era una canción que formaba parte de un espectáculo de Les Luthiers que lo divertían mucho.
Lo que no imaginé fue que, después de pagar y cuando nos íbamos, seguía estando la señorita de la puerta y El Profe, que estaba de excelente humor, empezó canturrear y a hacer unos pasitos de Merengue, que le salen muy bien... ¡pero no delante de todo el restaurante!
♪♫ Ya llega el fin de semana,
ya es la hora de gozar.
El negro ya se preparael negro quiere bailar...
♫♪
La joven de la puerta o no tenía el menor sentido del humor o creía que debía mantenerse seria y circunspecta.
–¡Vamos! –le dijo El Profe–. ¿Nunca bailó merengue?
¡Y consiguió que la chica esbozara una sonrisa!
Tengo que reconocer que al principio estas cosas que hace mi Gordi, me daban un poco de vergüenza, pero es tan espontáneo y desenfadado y me gusta tanto verlo así de feliz que ahora, me divierten.
Durante todo el trayecto de regreso a ese hotel espantoso, siguió canturreando y haciendo pasitos de Merengue.
–Para ver las cosas del lado del humor –dijo.
Y es cierto, si no hubiéramos tenido sentido del humor, Felicitas, Eduviges y el resto, nos hubieran estropeado la estadía.
¡Cómo me divierte El Profe!

Lolita

PD: En este momento, el Profe y yo estamos juntos, pero todavía no se mandó ninguna de las suyas (Je).

domingo, 21 de febrero de 2010

Entre pecho y espalda

Esa mañana del seis de febrero, empezó de la manera en que suele despertarme Loli:

“–Papiiiiii!!!! ¡Levantate que hoy es día de excursión!
–Ñam, ñam… mmmhmm… ¿Qué hora es?
–¡Las siete y media! ¡No hay que perder ni un minuto! ¡Mirá qué hermoso sol hay afuera! ¡Hay que aprovechar el día!
–¡Ay, Dios! ¿No me dejás dormir un ratito más?”

Como era de esperar, no me dejó, porque cuando se trata de actividades recreativas, Lolita se muestra tan predispuesta a alterar los horarios, como los K a admitir que la inflación está transformándose en un problema serio.
De manera que una media hora después caminábamos por el lóbrego pasillo del hotel que desembocaba en la recepción-salón-comedor-sala-de-estar-de-uso-común-TV-con-cable, para tomar nuestro primer desayuno, y anoticiarnos que Eduviges (una de las dueñas), era más malhumorada que Felicitas (la otra dueña) y que el desayuno, haciendo juego con el resto del edificio de hospedaje, no era malo. Era peor.
Pero eso será motivo de otra entrada, de modo que pasemos a la primicia.
Como contó Lolita, ella llevaba la mochila con todo lo necesario para nuestra excursión en la mano y estaba a punto de colgársela en la espalda cuando la agarré yo.
–Yo llevo la mochilita, Loli.
–Pero Papi... ¿Vos con la mochilita? ¿Desde cuando?
–Loli, Loli... ¿tenés idea de cuántas mochilas cargué entre los trece y los dieciocho años? Dale, ayudame a colgármela.
Así las cosas, como ella contó en un post anterior, diez pasos después ambos dirigimos nuestra vista al mismo tiempo hacia la vidriera de una sandwichería, desde la cual unos tentadores emparedados de pan de miga blanco y negro parecían estar llamándonos.
–Bebi... ¿Qué vamos a almorzar, hoy? –le pregunté, conociendo de antemano la respuesta.
De manera que dos segundos después estábamos dentro del local en el que tuvimos que esperar unos diez minutos (y si no lo fueron lo parecieron), hasta que apareciera alguien para atendernos.
En realidad, había alguien. A un costado, en algo que parecía ser una cabina de teléfono, un señor estaba enfrascado en una conversación con su interlocutor del otro lado de la línea, pero nunca nos enteramos si era el paspáu del dueño o un transeúnte como nosotros que sencillamente había entrado a hacer una llamada de teléfono.
Por fin –yo estaba considerando seriamente la posibilidad de llenar la mochila con diferentes productos y hacen “ring-raje”–, cuando apareció una señorita.
–Buenassssss... Zzz...zzzz...zzz (silbidito mencionado por Lolita).
–¿Qué necesitan? –preguntó la señorita.
(Dos pasajes a Cancún, en un crucero de lujo en primera clase, con uso irrestricto de todas las instalaciones del buque, con todo pago, incluidas las diferentes boutiques y el free-shop y las visitas, comidas y otras actividades recreativas en cada puerto en que se detenga), pensé.
–Mhh-hhh... Unos sánguches –dije.
Y nos enfrascamos –la señorita y yo–, en una amable charla gastronómica acerca de la esencia salada –por definición– de la bondiola, y su variante “serrana”, a la que se le agregan condimentos como el pimentón, propios del jamón serrano (de ahí su nombre), que la mencionada despachante parecía desconocer.
Pero como el ojo es más rápido que la palabra –y una de las características de nosotros, los seres humanos, es que podemos hacer varias cosas a la vez (al menos Loli y yo podemos)–, mientras departía con la señorita y Lolita miraba para otro lado, como si no me conociera o fuera un pariente muy lejano, había advertido la presencia de varias bandejas atiborradas de confituras de distinto tipo.
Y aunque admito que no soy muy afecto a los dulces – a excepción, quizás, de las medialunas y la pastafrola–, por el rabillo del ojo advertí la presencia de una de esas tartas de hojaldre con manzana que me hacen acordar al strudel que hacía mi mamá.
De manera que –mitad por nostálgica reminiscencia y mitad porque el desayuno del establecimiento hotelero había sido más bien mezquino–, es que estiré una mano y tomé, sin más, una de aquellas estupendas masas, me dirigí hacia el mostrador con la confitura en la mano y antes que la señorita pudiera decir “¡Agua, va!”, le pegué un tarascón.
Loli, como suele suceder en esos casos, concentra su atención en cualquier objeto o situación que le permita pasar desapercibida, buscando desesperadamente la palanca.
¿Cómo qué palanca?
La palanca para que se la trague la tierra, claro.
Bien, para no desperdigarnos en el relato, y mientras Lolita pensaba “Ay, Dios, ¿ahora qué locura va a hacer?”, le dije a la señorita, con la boca bastante llena de hojaldre y manzana:
–Mhhh.... foy a shefar eshta... ¿E a fuedo shefar fueshta entde fesho y eshfalda? ¡Ñam! ¡Crunch! –dije.
Loli se tapó la boca, pero le resultó imposible contener la carcajada. Creo que le causó gracia eso de “Entre pecho y espalda”.
La vendedora me miró y, ante el hecho consumado de que ya media tarta de manzana había desaparecido en mis fauces, respondió con un tímido:
–Y... sí...
¿Qué iba a contestar la pobre dependienta? Creo que lo único que rogaba es que, al momento de pagar, yo le reconociera la tarta de manzana que estaba degustando con tanto placer.
Como estaba en un día en que mi generosidad de espíritu sale de paseo, en el momento de pagar –y mientras seguía mascando mi exquisita tarta, cuidando que ningún trozo de manzana pegajosa aterrizara sobre mi inmaculada remera celeste–, incluí en la cuenta el valor de la confitura y con un gentil saludo por mi parte y un lacónico “Chau”, de Loli, nos fuimos.



Hete aquí la prueba contundente de que no sólo estaba zampándome la tarta de hojaldre, sino que la mochilita estaba colgada de mis hombros, al mejor estilo pendejeril (y no tanto, porque ¡he visto a cada boludón cargando mochilita!), en el momento de salir del local.


Y puesto que la tarta de manzana tenía considerables dimensiones, he aquí la prueba irrefutable que, como contó Loli, no sólo iba caminando lo más campante por el Boulevard Illia con mi mochilita al hombro, sino que seguí zampándome la tarta camino de la terminal sin el menor atisbo de vergüenza, donde abordaríamos uno de esos encantadores mini-buses (PhonoBus, para ser más precisos) rumbo a los pagos de Tanti, donde nos esperaba Pekos y un hermoso día de esparcimiento y pileta.
Porque pese a lo que ha comentado nuestro seguidor Adrián, aquí –y no sólo en Córdoba, sino también en Buenos Aires... y si el pueblo es chico, peor aún–, no es común ver a un señor mayor, con aspecto juvenil, llevando de la cintura a una joven de aspecto aniñado, con mochilita, bermudas, remerita veraniega, y dando buena cuenta de una tarta de manzana en pleno centro de la ciudad.
¡Bueh! ¿Qué remedio? Como le dije a Lolita cuando me hizo notar que la gente me observaba con cierto atisbo de sorpresa:
–Loli... Mfff.. ¡Crunch! La tarta de manzana... ¡Crunch! ¿Me la pagan los que miran?
–Ji ji ji... No, Papi.
–¿Me asisten en la enfermedad... ¡Mfff! ¡Ñam! ¡Ñam!
–Jajaj... No.
–Si necesito consuelo espiritual, ¿me lo dan? ¡Ñam!
¡Mffftshshh! ¡Mffftshshh! (chupeteándome los dedos).
–Mjm... No que yo sepa.
–¿Entonces? Qué me importa lo que piensen o crean o digan, ¿eh? –le respondí, esgrimiendo un argumento del tipo retórico, pero irrebatible.

El Profesor
PD: Por razones que espero resulten entendibles, y para mantener la imagen ideal que pueden haberse hecho de nosotros (y en especial de mi persona), he recortado la foto original dejando sólo la evidencia de la mochila y la mencionada tarta de hojaldre y manzana. Lo siento por los curiosos que se mueren por saber cómo somos en la realidad.
Fotos by Lolita


martes, 29 de septiembre de 2009

¡Miaau! ¡Miauuu!

¡Ringgggg! ¡Rinnnngggg!

–¿Aló?
–¡Miaaaaaaau! ¡Miauuuuuu!
–¡Loli! ¡Jajajaj! ¡Loli!
–Jaajajaj... ¡Papi!
–¿Qué, pasa mi gatita?
–¡No sabés lo que pasó! Jajajaj Jajajaja
–Si parás de reírte y me contás, a lo mejor me entero, Loli... Jajaj
–¡Es que... Es que..! Jajajaja
–Dale, Loli... contame y dejá de reírte, que me contagiás.
–¿Viste que te dije que iba a venir mi mamá a buscar algo de ese cuartito que tiene?
–Mhhh-hh. Sí.
–Bueno, pues vino. Y entró –mi papá estaba hablando por teléfono–, y de pronto escuché: “¡Pe..! ¡Pero! ¿Qué heeeee hehto?” Jajaja

Para hacerla corta, porque si tengo que describir toda la llamada este post va a ser una gran carcajada, al padre y la madre de Loli “no los une el amor, sino el espanto”. Además de la repulsión, el asco, la animadversión, la antipatía, la tirria y el más franco aborrecimiento por... los gatos.
Y ocurre que en un barrio, como en el que vive Loli, suele haber gatos. De todos los colores, pelajes y razas. Pero en especial, los gatos callejeros.
Los mininos, por alguna razón han elegido para aquerenciarse, la casa de Lolita. Ya una tuvo lugar otro episodio bastante jocoso, cuando se metió un gato y quedó atrapado entre la persiana de una ventana y la reja, y el padre hacía lo posible por ahuyentarlo, consiguiendo que el gato se quedara más, sólo por miedo al palazo
Ayer, cuando Loli fue a ver qué le pasaba a su mamá, se encontró con que en esa habitación (que permanece cerrada con llave) algo olía como los mil demonios.
–¿Qué he hezoooo? –gritaba la madre de Lolita, señalando, horrorizada, un montículo de aspecto repulsivo, como si estuviese mostrando un vómito de Belcebú. Eso, dicho sea de paso, se parecía mucho a ciertos deshechos corporales.
–Parece caca de gato –contestó Loli, después de un rápido reconocimiento visual del montículo.
–¿Cómo ha entrado acá UN GATO? ¿A quién le han dejado la llave cuando no estaban?
–Pero si acá no entra nadie... Y menos a esta habitación de la que sólo vos tenés la llave.
–¿Y cómo hizo para entrar?
–Nu shé. A lo mejor es un gato con conocimientos de cerrajería
–ocurrente, la Princesita.
En eso apareció el papá de Loli y su iracunda ex esposa empezó a increparlo acerca de la falta de seguridad y cuidado respecto de quién entraba en la casa, y se armó la batahola.
–¡Limpiá! ¡Vos tenés que limpiar eso! –le ordenaba la madre al padre.
Loli hizo mutis por el foro, dejándolos dirimir sus diferencias y coincidencias acerca de los gatos y volvió a su habitación a estudiar.
En eso estaba cuando de pronto:
–¡Agggghhhhhh! ¡Ay, Dios mío! ¡Nooooo! –otro grito de la madre.
Loli, alarmada, salió de su habitación.
–¿Y ahora qué pasa? ¿Por qué gritás así?
–Porque... porque... ¡Porque hay un gato rabioso acá!

A Lolita le bastó dar una rápida mirada al interior de la habitación para verlo. El gato, acorralado, desplegaba toda su agresividad y su mala onda.
–¡Le hubieras visto la cara, Papi! ¡Ay! ¡Jajajajaj!
–Pero Loli... pará... ¿Qué hacía el gato?
–El gato estaba acorralado y hacía ¡Miaaauuu! ¡Fssssss! ¡Fhhhhsss! Y, encogido y con el pelo erizado, abría la boca y sacaba las uñas... Jajajaja...

–¿Y por qué no lo sacaron, Princesita?
–¡Porque nadie se atrevía! Jajajaj
–¿Y cómo lo van a sacar, Loli?
–¿Sacarlo? ¡Si se fue solo! Jajajaja –y siguió riéndose.
(...)
–Papi...
–¿Qué, mi vida?
–¿Te gustó que te haya hecho “Miauuu”? Jajajaj
–¡Ay, Lolita! ¡Sos tremenda!

Por cierto, hoy me contó que el gato era de una vecina, y que se le había escapado una semana atrás y ya lo daba por perdido.
De modo que volvió el gato a la casa de su dueña y la paz, el orden y la tranquilidad, al hogar de Loli, una vez que su mamá se hubo marchado, cerrando con doble vuelta de llave la llave del cuartito.

El Profesor

miércoles, 16 de septiembre de 2009

Fotos de viaje

–¡Loli! ¿Qué es esa foto que me enviaste?
–Jijiji (risita traviesa del otro lado de la línea).
–¡Ay, Loli! ¡Vos y tus ocurrencias!
–Es que me gustó mucho esa comida, Papi. Entonces le saqué una foto... ¿Qué esperabas?
–Más fotos tuyas, mi amor... de cada lugar.
–¿Por ejemplo?
–Mmm... Por ejemplo, en Cadaqués.
–¿Haciendo topless como las turistas que vi?
–No mi cielo, tampoco... –¿Qué dijo? ¿Qué es eso de topless?
(...)
–¿Papi? ¿Pichoncito mío? ¿Qué pasha?
–¿Te-sa-cas-te-fo-tos-ha-cien-do topless?
–Jijiji (más risitas traviesas)
–Dale, contestame, dale...
–¡Pero no, Papi! ¿Cómo voy a hacer eso si no estás vos? A propósito... Si vamos a esa playa que me dijiste en verano y estás vos ¿sí puedo andar sin la parte de arriba de la mashita?
–¡Loli!
–Jajaj... ¡Te ponés celoso! Dale, Papi, expresate, dale... –dijo, llevando a la práctica su teoría de que tenemos que expresar de todo lo que nos ocurre, como pilar fundamental para la armonía de la pareja.
–Mjm... Pero un piquitín así...
–¡Pero shi tu Princesita te quiere a vos, mi Reyecito! ¡Te como! ¡Te mastico todo!




Para los que no hayan estado en España –el lugar más apropiado para comer pescado y frutos de mar–, a ese plato que ven ahí se lo conoce como “fideos negros” y está hecho con fideos tallarines, mejillones y una salsa de calamares en su tinta. Para aquellos a quienes les gustan todos los bichitos del mar, es un plato exquisito.
Recuerdo, en este momento, el primer día que Lolita probó la paella, conmigo, en el restaurante “La Perla” de la ciudad de Córdoba –lugar al que solemos ir a cenar–, y descubrió que los mariscos le gustan casi tanto como las barritas de cereal en el desayuno.
Imagino que en este momento estará zampándose alguna baguette de esas que se compran en París, que traen de todo entre pan y pan, y se las lleva uno a la casa para la cena.
Aunque en este momento que cargo el post, a esta hora, debe estar durmiendo a pierna suelta luego de la visita a les Champs Elysées, L´Arc du Triumphe y los demás lugares que tenían previstos para el paseo de hoy, que iba a ser un día "intenso", tal como lo definió por teléfono.
Dulces sueños, Lolita, mi amor.
A bientôt, ma petite!

El Profesor

jueves, 10 de septiembre de 2009

La Moreneta

Hace un rato, a las ocho de la noche sonó el teléfono.
Antes de contestar, tal vez porque estamos tan consustanciados que la presiento, yo sabía que era Loli.
–¿Holaaaa?
–¡Paaaaaapiiiiii!
–¡Loli, mi vida! ¿Qué hacés despierta a esta hora?
–Shhh, Papi... una travesura. Acá todos están durmiendo, pero sho, sho quería shamarte, ¿zaméz? –me contestó, con ese tono dulce de voz que tiene, y hablando bajito.
–Bueno, mi vida, gracias. ¡Qué linda sorpresa! ¿Qué tal tu día?
–Lindo, mi pichoncito, aunque me agota y... y...
–¿Y qué?
–¡Acá todos hablan en catalán, Papi! ¡Y no les entiendo nada!
–Bueno, pero eso es lo de menos. A ver, contame, ¿fueron a pasear a algún lugar lindo?
–Shi, Papi. Primero fuimos a la casa de unos amigos del primo de mi papá y después él y la esposa nos llevaron en su coche al monasterio de Montserrat.
–¿Fuiste a ver a “La Moreneta”, Princesita?
–Shi... a la Virgen Negra, mi amor. ¿Te cuento?
(...)
Se dice que fue encontrada por unos pastores de ovejas cerca de Montserrat, que descubrieron la imagen de madera en una cueva, guiados por un misterioso resplandor y por el sonido de lo que ellos identificaron como cantos angelicales. Cuando se enteró el obispo, dio orden de llevarla a la catedral en una procesión que nunca llegó a su destino, puesto que la estatua parecía pesar cada vez más y era difícil cargarla.
Dicen que por eso la dejaron en una ermita cercana, y ahí estuvo hasta que en ese mismo lugar se construyó el actual monasterio benedictino. Como si la Virgen hubiera elegido el lugar donde queria quedarse.
La Virgen de Montserrat es de talla románica y ese color oscuro se atribuye al humo de la gran cantidad de velas y lámparas que por siglos y siglos se han encendido ante la imagen, día y noche. De ahí que la llamen, cariñosamente, La Moreneta.
La Virgen está sentada, mide noventa y cinco centímetros y tiene una corona sobre su cabeza. Sentado en su regazo, el Niño Jesús también tiene una corona. La Virgen tiene en su mano derecha una esfera, mientras que la Jesús está levantada, en señal de bendición.
La imagen está situada en la parte alta de un nicho, detrás del altar mayor y a sus espaldas se levanta una capilla o Camarín de la Virgen, al que se puede acceder subiendo una colosal escalera de mármol, decorada con entalladuras y mosaicos.
Está considerada la Patrona de Catalunya y a las doce de cada día, el coro de Montserrat le canta el Salve y el Virolay, cuya letra compuso el poeta catalán Mossen Jacinto Verdaguer:

Rosa de abril
Morena de la serra,
De Montserrat estel
Illumineu la catalana terra
Guieunos cap al cel.

(...)
–Y, amor mío... ¿Sabés qué hice?
–No, querida. A ver, ¿qué hiciste?
–Fui y compré una vela y la encendí y la puse donde van las velas encendidas, y recé una oración y le pedí por vos y por mí y por nosotros, para que nos guiara. Para que nos ayudara para poder estar juntos pronto, para poder compartir nuestra vida y poder honrar este amor que nos une desde nos conocimos, Papi.
–Loli...
–¿Qué, mi vida?
–Me hacés emocionar...
–¿No, Papi! ¡Nada de pucheritos, mi amor! Al contrario, tenés que sentirte feliz. ¿Sabés por qué?
–A ver, Loli, decime...
–Porque sho le pedí que bsss bsss bssss... Y ella me dijo que bsss bssss bssss... Y también el Niño Jesús me explicó que bssss bssss bsss

Hace tiempo que visité el santuario y conozco la historia y la leyenda de la Virgen de Montserrat.
Lo que Lolita le pidió a la Virgen, queda como un secreto entre ella y yo, porque en ese pedido, están todos nuestros anhelos y esperanzas.

El Profesor

viernes, 4 de septiembre de 2009

Hasta las manos

Hace unos días una amiga nuestra muy querida, hablando de nuestra relación con Lolita, me dijo: “Amigo... estás hasta las manos”.
Estaba en lo cierto.
Hoy en cierto momento, mientras trabajaba, recordé que hace un mes un día como éste, estaba terminando a las corridas la mayor parte de mis asuntos laborales pendientes, para llegar a la noche tranquilo para preparar el equipaje y salir para la terminal de micros con tiempo, porque viajaba a Córdoba a encontrarme con Lolita. Íbamos a pasar unos días juntos en uno de los mejores lugares en los que hemos estado hasta ahora. Como por arte de magia lo habíamos decidido ambos una par de noches antes, cuando por causas ajenas a nuestra voluntad, se nos estropearon los planes que habíamos hecho para esa ocasión.
El último mensaje que me envió Loli ese 4 de agosto a la mañana, decía:

¡Hola mi amorcito!
¿Podés creerlo? ¡Sólo 24 horas para estar juntos! ¡Qué emoción! ¡Qué ganas de abrazarte y besarte!
¡Te amo!
Un besote virtual hasta mañana que pueda darte los apasionados...

Tu bella princesita.

Hoy, cuando aún no ha transcurrido un mes desde el momento que la besé al despedirme en la puerta de su casa, antes de subir al remise que me llevo a la terminal, siento que la extraño tanto que hasta me duele el cuerpo.
Sí, sí, ya sé que la única diferencia entre Madrid o Barcelona y Córdoba, es una considerable cantidad de kilómetros y un Océano de por medio. Sé que en este mes, hubiésemos estado lejos de todos modos.
Pero será que extraño el correo de la mañana, la mágica hora de las seis de la tarde, cuando volvía de la facultad, y se conectaba para saludarme y contarme cómo había sido su día o la llamada telefónica de la noche.
Extraño sus palabras en la ventanita y su voz en el teléfono. Su risa y sus mohines. Esa potestad que tiene de hacerme reír con sus monerías, de enternecerme con su dulzura y de excitarme con sus travesuras.



Y no es que ahora no tenga noticias de ella. Todos los días –y a veces hasta dos o tres veces–, me manda un mensaje de texto desde el celular de su papá, se conecta desde un cyber o me llama por teléfono.
Sé que veinte días se pasan muy rápido y que cuando caiga en la cuenta, Lolita estará de regreso y viajando hacia aquí, para pasar unos días juntos. Sé, y me alegra, que esté disfrutando de su viaje. También sé, porque me lo dice cada vez que nos comunicamos, que ella me extraña tanto como yo a ella y que la distancia consiguió fortalecer nuestro vínculo.
Así y todo, no puedo evitar extrañarla.
Quizás, porque como dijo esa amiga nuestra tan querida: “estoy hasta las manos”. Como no lo había estado desde los lejanos tiempos de la adolescencia. Como no me imaginaba que podía llegar a estar nunca más en mi vida, y menos a mi edad.
Cuando pienso en esta relación nuestra que ya lleva dos años pese a las dificultaes, contra viento y marea, con oposiciones, problemas y el gran escollo que es la distancia, no puedo dejar de preguntarme cómo es que llegué, en el otoño de mi vida, a enamorarme de Lolita.
Entonces, la única respuesta que tengo a mano es recordar aquello que alguna vez le dijo Picasso a su hijo, haciendo alusión a Genevieve Laporte: “El hombre no deja de amar porque envejece. Envejece porque deja de amar”.
Genevieve, “La chica de los miércoles”, era una adolescente de diecisiete años cuando conoció a Pablo Picasso, que tenía setenta.

El Profesor

jueves, 3 de septiembre de 2009

Medias de Lolita

Acabábamos de encontrarnos en la estación terminal de ómnibus, en el último viaje de agosto.
Como siempre, luego de los abrazos, los besos y las sonrisas, nos tomamos de la mano y nos dirigimos a la cafetería en la que acostumbramos tomar el desayuno.
Nos sentamos, dejamos nuestros bolsos en una silla junto a nosotros, y nos quedamos esperando a que nos atendieran.
Hicimos nuestro pedido al mozo que se nos acercó, y mientras aguardábamos que llegara el pedido, el Profe sacó mis barritas de cereal (las trae en el bolso de mano), y después me dijo:
–Loli… te traje un regalito.
–¡Uy, Papi! ¿Qué es? ¿Qué me trajiste? –me entusiasman las sorpresas que me prepara.
Buscó en su valija, sacó un paquete envuelto en papel de regalo y me lo entregó.
Lo miré con una sonrisa y él me devolvió un gesto picarón. Cuando hace ese gesto con los ojitos y los labios es porque ha hecho alguna de las suyas. Y por lo general, es una travesura.
–Mmm... a ver qué será... –dije.
Rompí el envoltorio de colores y me encontré con algo suave… y rayado.
–¡Papi! ¡Medias de Lolita en serio!
–Para que te las pongas con esas chatitas negras... Son largas... podés usarlas con una minifalda. Te van a quedar hermosas, mi vida.
–¡Gracias, Papi! –le dije.
Me di cuenta que la gente de las mesas cercanas nos miraban con curiosidad, ya que yo había desplegado el par de medias largas arriba de la mesa y no dejaba de mirarlas y de mirarlo a él, sonriendo.
–¿Qué me merezco, Loli? –preguntó.
–Te merecés un beso enorme... ¡Así de grande! –contesté.
Me incorporé, fui hasta su silla, lo abracé del cuello y le di unos cuantos besos bien fuerte.
Cuando volví a mi lugar, la gente nos observaba con extrañeza. No era de lo más común que un padre le regalara a su hija unas medias rayadas en blanco y negro y que por eso la niña lo besara tanto.
En ese momento llegó el mozo con nuestros cafés y medialunas. Tuve que correr todo de la mesa para que pudiera apoyar la bandeja.
–Cuando las use con las chatitas, mi amor, me voy a sacar una foto y te la voy a mandar...
–Por favor –me dijo, mirándome a los ojos.
–Pero en estos días las voy a usar... supongo que querrás jugar con ellas y conmigo, ¿eh? –le pregunté, llevándome el dedito índice a la boca. Ese gesto de nenita traviesa que lo divierte y lo excita.
–Claro, Bebi, por algo las traje... es una fantasía que tenemos pendiente de realizar...
–¡Sos tremendo papi!
Sonrió y me sirvió el edulcorante, como suele hacer. Después, nos concentramos en el desayuno, porque ambos lo necesitábamos. Necesitábamos toda nuestra energía para después.



Así me quedan las medias “bucaneras” de Lolita. Las otras fotos, también con las medias, son exclusivas para nosotros dos.

Lolita

domingo, 5 de julio de 2009

Primer voto

El domingo 28 fue uno de esos días memorables que no se olvidan: por primera vez ejercí mi deber y mi derecho de ciudadana, de elegir a sus representantes y, lo mejor de todo, es que fui a votar acompañada por el Profe.
Esa mañana, luego de darnos un baño caliente, ver las noticias del momento y tomarnos un rico desayuno, nos fuimos en el colectivo que nos dejaba más cerca, hasta el colegio que me había sido asignado para votar y que queda a pocas cuadras de mi casa.
Como yo, él estaba muy emocionado de poder acompañarme en ese momento tan importante y significativo de mi vida.
Entramos al establecimiento, dimos una mirada al lugar hasta ubicar la mesa donde debíamos formar fila y nos dispusimos a esperar a que me llegara el turno, mientras el Profe me explicaba cómo debía emitirse el voto. Detrás de nosotros, una mujer joven no paraba de hablar por su teléfono celular, haciéndonos partícipes de su conversación acerca de temas personales, privados y hasta íntimos con su interlocutora que, por lo que pudimos deducir, podía ser la hermana, la prima o una amiga. Tengo que aclarar que el Profe tiene una peculiar aversión por los teléfonos celulares y, en especial, por las personas que hablan y ventilan sus asuntos delante de todos, como si estuvieran a solas en el living de su casa.
La fila correspondiente a la mesa donde yo debía votar era la más larga de todas y, quizás porque el único hombre era él, cada dos por tres se nos acercaba una mujer para preguntarle adónde estaba la mesa número tal, o si esa cola era la de los apellidos que comenzaban con las letras que iban de la P a la V. El colmo fue una señora mayor que le preguntó si esa era la cola de la letra Z, haciendo gala de un desconocimiento total acerca de la forma en que se vota, como si nunca antes lo hubiera hecho pese a su edad.
El Profe me miró primero a mí y después a la señora y en sus ojitos pude leer con claridad que estaba por mandarse una de las de las suyas.
–Señora, se vota por número de mesa –le dijo.
–¿Pero ésta cola es de la letra Z? –insistió la mujer, como si tuviera serios problemas de comprensión.
–Mhh-hh... A ver cómo se lo explico... –contestó él–. Tiene que consultar el padrón, señora.
–Mjm... ¿Y adónde están los padrones? –la señora no se daba por vencida.
–¿Ve aquel pasillo?
–Mjm...
–Bueno, si sigue por allá, va a encontrar los padrones en la pared... –le dijo el Profe, señalándole un pasillo–. Ahí va a poder encontrar la mesa en la que le toca votar.
La señora, sin darle las gracias, se marchó hacia donde él le había dicho.
–Papi...
–¿Mhhh-hh?
–¿Cómo sabés que los padrones están ahí?
–La verdad, no tengo ni idea, Loli.
–¿Qué? ¿No están ahí?
–No sé.
–¿Y por qué la mandaste ahí?
–Para sacármela de encima, Loli. Me fastidia que todas las señoras me vean cara de portero y me pregunten a mí.
–Jajaj... –no pude evitar soltar la carcajada–. ¿Y adónde la mandaste? Jajaj
–Ni la menor idea, Princesita –me contestó, con esa sonrisa traviesa que yo le conozco.
Creo que por la emoción de acompañarme a votar por primera vez, la joven que seguía contándole su vida privada en voz alta por celular a quien sea que fuere que la escuchaba, todas las mujeres que lo tomaron por el portero, y la cola, que iba medio lenta, terminaron por ponerlo un poco ansioso. Y cuando al Profe le da la ansiedad-mal, le dan ganas de fumar –debo reconocer que está haciendo un esfuerzo considerable para dejar el cigarrillo–, por lo que me dijo:
–Loli…
–¿Qué, mi vida?
–¿Vos tenés chicles?
–Mmmm… no. ¿Por qué?
–Preguntaba, nomás.
–¿Y vos desde cuándo comés chicles, papi?
–No mastico chicles, Loli. Pero es que como estoy muy emocionado por este momento, me dan ganas de fumarme un cigarrillo... –dijo, y antes que yo pudiera empezar a regañarlo, agregó: –Y no creo que quieras dármelos.
–Mi vida, ya te fumaste el de la mañana, y sabés que no quiero que fumes porque te hace mal a la salud –le dije, apretando las manos sobre mi bolsito-cartera, donde yo los tenía guardados después de confiscárselos.
–Bueno, por eso, entonces prefiero un chicle.
Pensé en salir a comprarlos afuera, pero en un costado del patio del colegio estaba abierto el kiosco del colegio.
–A ver, esperá, allá hay un kiosquito. Voy a ver si tienen. Vos, quedate acá en la fila, ¿sí?
–Sipi.
El kiosco tenía golosinas, así que regresé un minuto después con una cajita de chicles sin azúcar de esos que promocionan que ayudan a fortalecer y blanquear los dientes. Le di dos cuadraditos a él y yo me comí el resto, porque me encantan.
No pasaron ni diez minutos, cuando en determinado momento lo miré y vi que estaba metiéndose el dedo en la boca, como si estuviera hurgando en su interior. Parecía un chico, que con la boca abierta y el dedo índice rascando, intentaba quitarse algo pegado en el paladar.
–¡Papiiiiii!
–¿Mmmhhh-hh?
–¿Qué hacés?
–Mmhh... –me dijo, sin sacarse el dedo de la boca y sin importarle la gente que lo miraba–. ¿E dah uenta pohé unca omo shijle? –qué gracioso cómo hablaba.
–¡Uy, papi! ¡Me hubieras dicho que te pasaba esto!
–Mhhh-hh... ji...
–Bueno, ahora disimulá un poco para que no te mire tanto la gente...
–le estaba diciendo cuando se sacó el dedo de la boca con el chicle masticado.
–Shá stá... –me dijo, sonriente y empezó a mirar para todos lados.
–¡Pappppiiii!
–¿Qué pasa, Loli? –me preguntó, sin dejar de amasar el chicle entre los dedos, haciendo una bolita
–¿Qué hacés con el chicle?
–Estoy buscando un cesto de desperdicios para no tirarlo en el piso, mi vida, pero no veo ninguno –dijo–. Me fastidia pisar chicles masticados, así que no le voy a hacerle a otro lo que a mí no me gusta.
Así es él. Esa forma de ser y de razonar, es la que me cautiva.
Como una media hora después, me llegó el turno. Entregué mi documento, lo verificaron, me dieron el sobre y entré en el cuarto oscuro. Cuando salí, con una sonrisa de oreja a oreja, lo busqué con la mirada, emocionada. Se había acercado a la mesa y me sonreía. Me firmaron y sellaron el DNI, saludé a los miembros de la mesa y me fui hacia donde él estaba esperando, con mi bolsito-cartera colgado de su hombro.
Lo tomé de la mano y le dije:
–¡Qué feliz me siento, Papi! ¡Cómo me gusta que hayas estado conmigo este día!
Me sonrío, se inclinó hacia mí y me besó en la mejilla.
–¿Ya encontraste adónde tirar el chicle? –le pregunté, cuando salíamos.
–Shi... Ahí –me contestó, señalándome un cesto de basura.
–Bueno, ahora vamos a mi casa, así podés limpiarte esos dientes pegoteados...
–Mhh-hh...
–Además ya es casi la una, y mi papá debe de estar esperándonos con el asadito...
–Sí, Loli. Tu primera votación y este hermoso día, merece el asadito que preparó tu papá.
Salimos del colegio hacia mi casa, y me acuerdo haber pensado que si hace dos años alguien me hubiera dicho que el día de depositar mi primer voto iba a ser así, le hubiera preguntado con qué se había emborrachado.
¡En fin! Sorpresas que nos da la vida.

Lolita

miércoles, 24 de junio de 2009

Tiene tanto...

Tiene los ojos oscuros pero llenos de chispitas de amor cuando me mira y se acerca a mis labios para besarme.
Tiene ese andar lento, torpe y perezoso cuando recién se levanta y no recuerda ni en qué mundo vive hasta una hora después del desarraigo de las sábanas calentitas.
Tiene la valentía de enfrentar a los prejuiciosos, a los que de una u otra forma pueden hacerme daño, de rebelarse contra la injusticia y la maldad.
Tiene la grandeza de amarme a pesar de mis defectos.
Tiene el entusiasmo siempre presente para soñar junto a mí con días más felices los dos juntos y noches en las que ya no tengamos que extrañarnos ni sufrir la ausencia.
Tiene la capacidad de hacerme sonreír con sólo ponerse frente a mí y de provocar mis carcajadas con sus bromas más ocurrentes.
Tiene la picardía del doble sentido, del chistecito zafado en el momento justo, de la mirada que sabe que me derrite…
Tiene el alma de niño, esa disposición permanente a seguirme los jueguitos, a envolverme y seducirme con su lado más sensual y tierno.
Tiene el empuje y las ganas para llevar adelante un nuevo proyecto, para acoplarse a mis ideas más geniales y divertidas… para planificar y ejecutar los planes.
Tiene la sinceridad de expresarme que le pasa por dentro y una gran lentitud para reflexionar acerca de lo que hizo mal o de alguna macanita que se mandó.
Tiene la humildad de decirme que me necesita y que cada noche besa mi foto antes de acostarse para soñar conmigo.
Tiene la posibilidad de desplegar frente a mí sus defectos, sus dudas y malestares porque sabe que estoy siempre ahí para comprenderlo, calmarlo y darle sosiego.
Tiene el caradurismo de fingir ser “el abuelo” y a la vez besar mis labios de manera intempestiva y sorpresiva en la vía pública.
Tiene la inteligencia para recordar miles de cosas, para creas otras tantas y para enseñarme a mí acerca de las cosas que aún ignoro.
Tiene la actitud traviesa de hablarme fuerte en la calle para que la gente nos mire, de hacer chistes que los menos dotados nunca llegan a entender y de comunicarse conmigo con códigos verbales y no verbales que sólo nosotros entendemos.

¡Tiene tantas cosas… tantas virtudes, tanta hermosura interior!
Y por supuesto… también tiene mi corazón.


Lolita

viernes, 1 de mayo de 2009

¿Efectivo o con tarjeta?

Ayer, entre una cosa y otra, no pudimos dedicarnos a escribir ningún post y sólo nos dimos una vueltita para agradecer los comentarios. Me imagino que podrán comprender que existe una considerable cantidad de actividades que nos mantuvieron lejos del teclado. Entre ellas, ir al cine. “Loca por las compras” –la anterior película que vimos juntos, el último día de nuestras mini-vacaciones–, no es el tipo de filmes que solemos elegir. A tal punto nos resultó intrascendente, que ambos nos dormimos una buena parte de la función.
Pero el tema de la película en sí, queda para otro momento.
El tema es que cuando salimos del cine le pedí que me acompañara a mirar vidrieras (vine dispuesta a comprarme algo para el invierno), y nos caminamos como diez cuadras de negocio tras negocio sin que yo encontrara nada que me hiciera “¡Plin!”. Resignada a no poder comprar ni siquiera un jean para la temporada invernal.
En dos o tres vidrieras el Profe –ya un poco cansado después de haberse levantado a las cinco de la mañana para esperarme en la terminal–, me hizo la misma pregunta:
–Pero Lolis... ¿Qué es lo que estás buscando?
–Algo que me haga “¡Plin!”.
–Ah, claro. “Plin”.Añadir imagen
–Sep...
Y seguimos caminando en la soleada y fresca tarde del último día de abril hasta que el Profe, de pronto, se detuvo frente al local.

En la vidriera de la ropa de mujer, estaba esperándome y, cuando lo ví, sentí que me llamaba, y me decía que estaba ahí, aguardando que yo llegara.
–¿Ves, Papi? –le dije, tomándolo de la mano, y señalando la vidriera–. Ese suéter, esa camisa... ese otro suéter... todos me hacen “¡Plin!”
El profe miró el escaparate y después a mí. Sonrió, con esa mirada mansa y tierna que tiene.
–Loli... ¿A vos te gusta esta ropa?
–Shi... –dije, sin mirarlo, con la vista fija en todos los “Plin” que había en la vidriera–. ¿Por qué?
–Porque de esta casa el suéter de rombitos que a vos te gusta.
–Ah... será por eso que me gusta.
–Vení, dale –dijo, abrió la puerta y entramos.
–Buenas tardes –el Profe saludó al encargado del local, que le sonrió.
–¿Cómo está, señor? ¿Cómo fue la camisa? –le contestó el muchacho, como si tuviera la capacidad de recordar a cada uno de sus clientes y lo último que compraron.
–Estupenda...
–¿Y qué anda buscando hoy? ¿Camisas? ¿Los cardigan?
–No, no. Hoy nada para mí, sino para mi... nieta –le contestó el Profe y me guiñó un ojo.
–Ah... tenemos...
–No, m´ hijo, déjela... ella ya sabe lo que quiere...
–Ah, su nieta es como usted, cuando entran, ya saben lo que buscan.
–Ahá... Sabe lo que quiere. Mostrale al señor, mi vida –me dijo, y brillaban sus ojitos pícaros.
En síntesis, terminé eligiendo el modelo de cachemira con guarda, cuello alto y cierre y otro escote en V con rombos, aunque en colores pastel.
–¿Y, mi niña?
–Me gustan los dos abu... –le contesté, siguiéndole el tren.
–Entonces ¿los envuelvo los dos? –dijo el encargado, más rápido que un avestruz corriendo.
–No, abu... dejá, me llevo uno.
–Vamos... cómpreselos. Seguro que es una alumna aplicada –argumentó el joven ávido de ventas, y después, dirigiéndose a mí, sugirió: –Decile que le prometés sacarte buenas notas este año... –sugirió el joven.
–Mi niña ya tiene las mejores notas, muchacho –le contestó el Profe, ufano.
–Entonces prometele que vas a hacer algo especial –insistió el muchacho, que a toda costa quería que yo me llevara las dos prendas.
–Usted no tiene idea de las cosas especiales que es capaz de hacerle al abuelo esta niña –le contestó el Profe.
–Ah, claro, jaja. ¿Efectivo o con tarjeta?

Lolita

lunes, 27 de abril de 2009

Dulce recuerdo

–Papá…
–¿Sí?
–Esta noche necesito que me lleves al shopping. Nos vamos unas amigas...
–Bueno. ¿Y tengo que ir a buscarte después?
–Esteeee… No, en realidad no, porque después de ahí nos vamos a bailar.
–¿Vas a ir a bailar?
–Psee...
–¿Tengo que ir a buscarte a la madrugada?
–Mmm... no. Vengo directamente mañana a la mañana.
–¿Cómo? ¿A qué hora termina el boliche?
–Y... a la mañana.
–¿Tantas horas? Pero hija, vos nunca saliste tanto tiempo.
–Por eso mismo. Quiero empezar a aprovecharlo.
–¿No es demasiado? –dijo, y esa mirada se leía la sospecha.
–¡Ay, papá! Antes, porque no salía. Ahora, porque salgo. ¿Puedo divertirme en paz con mis compañeras por una vez?
–Sí, sí... Me gusta que salgas. A propósito... ¿quiénes van?
–Y... las chicas.
–¿Podés darme el teléfono de alguna? Digo, por las dudas... Por cualquier cosa...
–Sí, claro. Estee... a ver, sí… anotá.
Le di dos números telefónicos falsos, rogándole a Dios y a todos los santos que jamás fuera a llamar y descubrir mi mentira. No hay caso, a quienes la naturaleza no les da instinto de madre, le da perspicacia de padre.
Esa noche, a la hora prevista, me dejó en la puerta del shopping.
–Bueno, cuidate, ¿eh? –me recomendó, y otra vez esa mirada inquisitiva.
–Sí, sí –dije–. Vos, tranquilo.
–¿Adónde están tus compañeras? –preguntó, sacando la cabeza por la ventanilla del conductor.
–Y, deben estar adentro. Voy a buscarlas, pero no te quedes esperando, vos andá nomás. Chau.
Subí las escalinatas del centro comercial y me di vuelta con disimulo, para corroborar que el auto blanco ya había desaparecido entre el tráfico de la avenida.
Después me fui derecho hasta donde él debía estar esperándome.
Lo reconocí a la distancia. Su presencia, su figura, su porte y esa poderosa atracción que me provoca eran inconfundibles.
Nunca voy a poder olvidar esa noche. Nuestra primera noche, la primera salida romántica. ¡Estaba tan emocionada de salir con un hombre..!
Me había “producido” especialmente para la ocasión. Quería gustarle, quería que el se sintiera atraído por mí de la misma forma que yo por él.
Tengo en mi mente grabada la imagen de ese momento.
Mientras yo apuraba el paso para llegar, sentía que él me miraba desde donde estaba sentado en la mesa de afuera de ese café, cercano a una de las puertas del shopping.
Ahí estaba, con su pantalón clarito, camisa con botoncitos en el cuello y ese suéter a rombos que le queda tan lindo. Por supuesto, llevaba el llaverito en el cinto... ¡que me vuelve locaaaa!
(¿Alguien podrá explicarme qué atractivo fetichista puede tener un llavero de cinto?).
Mientras me acercaba, no me sacaba los ojos de encima, regalándome esa mirada tan tierna que me reserva solamente a mí.
–Hola, mi amor… –dije, con el nerviosismo propio de una mujercita desbordante de amor y pasión, emocionada por encontrarse con su hombre.
Se acercó y me besó en la comisura de los labios. Percibí el olor del perfume que tanto me gusta.
No sé si fue el conjunto que vestía, el llaverito o el perfume (o todo junto), pero se me aceleraron los latidos del corazón y, como por arte de magia, apareció la cosquillita ente las piernas. Entiéndase que la cosquillita, venía con compañía porque también sentí que empezaba a mojarme.
–Hola, Bebi.
–Papi… ¡Mi vida!
–¿Qué, mi amorcito?
–Mirá, me puse linda para vos. Me puse aritos, pantalones nuevos y botas de cuero... ¿te gusta?
–Y te maquillaste –dijo, besándome la nariz (lo había advertido)–. Estás hermosa, mi amor.
–Vos también. Me pone muy loca verte vestido así, ¿sabías?. Esa ropa te queda muy bien. Sos tan... tan... ¡tan varonil!
Se rió y me abrazó de la cintura.
–Bueno… ¿Querés que vayamos a cenar?
–Bueno, adonde vos digas.
–Hay un restaurante muy bonito a dos cuadras, ¿te parece?
–Sí, papi.
Nos tomamos de la mano y fuimos hasta ese lugar. Pasamos una velada maravillosa.
Me sorprendió que me tratara como a una reina: me abrió la puerta para entrar, me corrió la silla para que tomara asiento y depositó frente a mí, sobre la mesa, una bolsa de la perfumería del shopping.
Cuando abrí el paquete, descubrí la sorpresa: era el perfume que le había mencionado, un día antes, que me hubiera gustado tener y él no sólo se había acordado de la conversación, sino del perfume. Me sentí la mujer más halagada de todo el mundo.
Durante la cena, me dio de comer algunos bocados de la entrada con su tenedor, por primera vez me sirvió la gaseosa y siguió haciéndolo cada vez que veía mi copa vacía.
Mientras esperábamos que nos trajeran el pedido, me tomó la mano y me la besó por sobre la mesa y me pareció no sólo dulce, sino lo más natural.
Yo, una adolescente aniñada, sentada frente a ese hombre canoso, en el restaurante lleno, recibiendo todas esas atenciones y gentilezas que ni siquiera había imaginado en mis más alocadas y románticas fantasías.
Yo estaba fascinada. Sentía que amaba con toda mi alma a ese hombre que tenía frente a mí. Sentía que lo deseaba, que me hacía feliz, que anhelaba pasar toda la vida a su lado... Y que era la mujer más dichosa sobre la faz de la tierra.
A medida que transcurría la noche, sentía que mi cabecita se disparaba con fantasías. La música de fondo, su presencia, el perfume que me embriagaba, la noche, el ambiente, el bienestar que sentía, sus palabras dulces... Todo me incitaba a desearlo.
–Bueno, papi… ¿vamos? –le dije, cuando terminamos de comer y él dio el último sorbo a su copa de vino.
–Sí, Princesita, pago la cuenta y vamos.
Una vez fuera, le hice una seña para que se acercara y le susurré al oído:
–Cuando lleguemos al hotel tengo que decirte algo importante.
–¿Qué?
–No, no, cuando lleguemos te lo digo.
Durante el viaje en taxi hasta el hotel estuvimos acariciándonos y mimándonos sin que el chofer se diera cuenta y cuando entramos en la habitación en penumbras, cerró la puerta, me rodeó con sus brazos y me preguntó:
–¿Y? ¿Qué era lo que querías decirme?
Antes de contestarle, le indiqué que se sentara en la cama, me senté sobre sus rodillas y acercándome a escasos centímetros de su boca, le confesé:
–Mi amor... Estabas tan lindo que te deseaba todo y tenía ganas de que llegara este momento para tenerte acá, todo par mí.
Sin darle tiempo a que dijera ni una palabra, le di un beso en los labios y comencé a acariciarle el cabello y ese cuerpo sólido y firme que tiene.
La noche terminó de la mejor manera.
Como yo lo había imaginado, desde que lo encontré sentadito esperándome.
Y para hacer más dulce el recuerdo de esa noche, mi papá –esa vez–, ni siquiera sospechó que no había estado en un boliche con mis compañeras.

Lolita

PD: Lamentablemente, no tenemos una foto de esa noche. Si la hubiésemos tenido, creo que bien hubiera valido la pena publicarla.

miércoles, 22 de abril de 2009

Lencería

A ver, imagínense la escena: sábado a la mañana, del mes de noviembre, en plena peatonal céntrica, gente que va y que viene entrando y saliendo de los negocios.
El Profe y yo, luego de un plácido desayuno en nuestra confitería preferida, caminando en busca de esa lencería donde él vio que yo vi un conjunto de corpiño y bombacha que me gustó.

Hasta que encontramos el local.
–Mirá, Loli... ahí está. ¿Era acá? –dijo, señalando el negocio.
–Sí, papi. Era acá.
–¿Era ese el conjunto que te gustaba?
–Sí... ése.
Me había gustado a primera vista. Corpiño push-up y coulotte, en blanco con motivos en rosa y la cara de una simpática vaquita.
Al profe también le había gustado, estoy segura. Trataba de imaginarme su cara cuando me lo viera puesto.
–Dale, vamos... –dijo, tomándome de la mano.
Entramos al local, esquivando maniquíes ataviados.
–Buenassss... –dijo, y fue suficiente para que se acercara la vendedora, sonriendo de oreja a oreja.
–¿Sí? –preguntó, solícita–. ¿Qué necesitás? –dirigiéndose a mí.
–¿Vio el conjunto de la vaquita que está en vidriera? –la interrumpió.
–Sí, claro... ¡Ejem! A ver... ¡Ejem! ¿Qué talle? –preguntó ella, tratando de recobrar la compostura.
–Como para mí –dijo el Profe, con absoluta seriedad–. Tenga en cuenta que tengo las caderas un poco anchas, así que el coulotte tiene que ser un talle más grande...
–Ejjjj... Ejjj... –la vendedora, sin saber qué decirle.
–Jajajaj –yo, dándome vuelta para que no me viera reír.
–Bueno, bueno, muchacha... si no hay como para mí, a ver si me encuentra uno como para ella –dijo, señalándome, tan campante, sin reírse y con modales exquisitos.
(Eso es lo que me causa más gracia. Es capaz de hacer algo así y mantener la presencia).
–Je je... –la vendedora–. Vos tenés un... –y un minuto después me entregó la cajita con el conjuntito. –Pasá por el probador cinco...
(...)
–¡Paaaaaaapi! –yo, desde el interior del probador, descalza y vestida sólo con el conjunto de la vaquita, llamándolo para que viniera a ver si me quedaba bien.
–¿Qué pasa, mi niña?
–Vení a ver si te gusta... –le dije, tapada con la cortina, asomando la cara.
Y él que enfila derecho hacia donde estoy yo.
–¡Señor! ¡Señor! –la voz de la vendedora a sus espaldas.
–¿Me habla a mí? –preguntó el Profe, señalándose con el dedo índice.
–¡Sí! ¡A usted! ¿No vio el cartel? –la vendedora, con cara de pocos amigos.
–¿Qué cartel? –preguntó él, con ese tonito de niño inocente que hace que me den ganas de besarlo.
–¡Ese! –dijo, señalando un letrero que decía: “Prohibido acercarse a los probadores”.
Entonces el Profe se acercó al cartel y, con toda parsimonia, abrió el estuche de los anteojos que llevaba en la mano, se quitó los que llevaba puestos, se puso los que habían estado en el estuche, guardó en el estuche los que se había sacado y miró el cartel.
–¡Oh! Sepa usted disculparme, muchachita –le dijo–. Es que no lo vi porque no llevaba mis anteojos de leer.
–Ejjj Ejjjj... –la vendedora.
–¡Jajajaj! –Yo, adentro del probador, imaginándome la cara de la pobre chica.
(...)
–¡Papi! –le dije, cuando salíamos del negocio–. ¿Cómo hacés algo así?
–¿Algo como qué, Loli? –aunque a veces parece serio, yo aprendí a darme cuenta que se ríe con esos ojitos mansos que tiene.
–¡Estás loquito, Papi!
–Nuuu –me contestó, rodeándome la cintura con su brazo, enfrentándose a mí y estampándome un beso en plena peatonal–. Zoy tdaviezo.
Cuando El Profe hace cosas como ésta, me dan ganas de comérmelo con papitas, batatitas, morrones y una manzana en la boca.

Lolita
PD: Cuando conocí a sus tres hijas, entendí porqué el Profe es tan desenfadado.

martes, 21 de abril de 2009

Osito

Me parece que ya conté que una de las cosas que me gustan del Profe, es que tiene muy buen gusto para vestirse. Usa bermuditas en verano y unos pantaloncitos claritos con remeras haciendo juego, y también jeans que le quedan muy bien. Yo le digo que es muy “cheto”, y me mira y se ríe.
La primera vez que vino en invierno, el año pasado, cuando lo vi bajar del micro casi me muero: había viajado con jeans, camisa, un suéter azul con rombos –tiene una colección de pulloveres, todos muy lindos–, y una camperita con cuellito de pana como esas que se usan en el campo.
Como le dije que estaba muy lindo –siempre que puedo le digo que es muy lindo, porque lo acostumbré a los mimos–, me preguntó si me gustaba la campera.
–Te queda hermosha, papi –le dije.
–¿Te gustaría una así para vos, cuando llegue el invierno?
–¡Shiiii! –le contesté, y me colgué de su cuello.
Después me olvidé de la camperita, pero él no.
Así que cuando viajé para pasar juntos nuestro cumpleaños, el día que volvíamos de almorzar y antes de llevarme a conocer el primer hotel alojamiento que conocí, de pronto me me agarró de la mano para cruzar la calle. No sé qué calle era, pero quedaba cerca de su casa.
–Vení, Loli. Quiero hacer algo –me dijo.
–Pero... ¿no íbamos a ir al...?
–Shhh... queda de paso –me interrumpió.
Cruzamos la calle y se detuvo frente a un local muy lindo de ropa de cuero y para el campo: botas, alpargatas y sandalias de carpincho, pañuelos para el cuello, cinturones, carteras, camisas de muy buen gusto y... las camperitas.
–Vamos a comprar tu regalo de cumpleaños –me dijo.
Pero cuando íbamos a entrar, nos dimos cuenta que había un cartelito en la puerta que decía: “Cerrado por vacaciones a partir del...” ¡Justo habían cerrado un día antes! ¡Ufa!
–Bueno, mi cielo, me parece que acabás de hacerte acreedora a dos regalos de cumpleaños –dijo y me dio un besito.
Así que cuando salimos de nuestra primera visita al hotel alojamiento, y como él sabía que me quedaba poco perfume del que me había regalado, entramos a un local y me compró uno nuevo, distinto. Ahora tengo todavía del que me quedaba poco y el nuevo.
Aunque me había quedado sin mi camperita. O al menos eso creía yo.
Porque el día que nos encontramos para nuestras mini-vacaciones, cuando bajó del micro y antes de retirar el equipaje, me pidió que tuviera la bolsa que había traído en el viaje. Adentro –lo vi–, había un paquete envuelto en papel de regalo.
–¿Qué hay adentro de la bolsa, papi? –le pregunté unos minutos después, cuando estábamos sentados en la confitería, esperando que nos trajeran el desayuno, antes de tomar el micro.
–Ah, eso. ¡Me olvidé! –dijo, con esa sonrisa pícara que pone a veces–. Era para vos, Loli.
Me encanta que haga un rito con sorpresa cuando me regala algo, así que abrí el paquete y ahí estaba, mi camperita para el invierno, parecida a la suya, pero de color verde, con cuellito de pana, muy abrigada y que no pesa nada, porque el Profe sabe que no me gusta el invierno y que padezco el frío, pero que no me gusta ponerme abrigos pesados.
Después, cuando llegamos al hotel, me dio otro regalo sorpresa: un suéter de cardigan inglés que había sido de él y que le habían achicado lavándolo con agua caliente, que tiene su perfumito. Reservo el cardigan para cuando haga más frío, para usarlo en casa porque me queda un poquito grande.
Yo le conté que cuando más sufro el frío es a la noche. A veces, en invierno, duermo con medias y un pijamita de pantalón largo y hasta me pongo un suéter, de tan friolenta que soy. Menos cuando duermo con él, porque parece un hornito a la noche.
Así que me prometió que este invierno, para que no pase frío, me iba a regalar un osito de esos como las camisetas de invierno, con patas para mis piecitos y todo cerrado, para que duerma calentita.
–Pero papi... Y... y...
–¿Y qué, mi pequeña?
–Y si quiero hacer pishito... ¿me tengo que sacar todo el osito?
–No, mi vida.
(...)
–Papi...
–¿Mhhh-hhh..?


–Y cuando estés vos y a la noche yo quiera jugar o si querés jugar vos... ¿cómo hacemos si el osito es todo cerrado? ¿Tengo que sacármelo?
Me miró, me acarició el cabello, me pasó una mano por la espalda –que me erizó toda–, y me dijo:
–Dejalo por mi cuenta.
Y entonces me prometió que iba a regalarme un osito “con puertita de atrás”, como éste.
Hoy empezó a hacer frío. Estoy segura que el Profe debe estar recorriendo negocios, buscándome el osito con puertita en la cola, para que cuando vaya en el próximo viaje, lo pueda usar y no tenga que sacármelo si nos da ganas de jugar en medio de la noche (Ji ji).

Lolita

martes, 31 de marzo de 2009

Vive con paciencia

–Papi… dale, levantate. Dale, dale...
–Mhhhh...
–Dale, vamos a comprar los recuerditos que vimos en ese lugar...
–¿Mhhh? ¿Ahora, Bebi?
–Sí, y después, nos podemos sentar en el barcito de la esquina a tomar un café y leer el diario...
–¿El diario? Mhhh-mm...
–Sí, papi... a vos te gusta leer el diario conmigo, dale, dale...
–Loli, estoy cansado... Peor, estoy muerto. Dejame yacer acá un ratito más en mi sepultura entre las sábanas...
–¿Taz muerto, en zerio?
–Sí, mirá como estoy... Aggghhh –cuando El Profe hace caras, es para matarse de risa.
–¿De qué estás cansado, mi amor?
–¿De qué estoy cansado? ¿De qué estoy cansado? ¿En serio me lo preguntás?
–Zi... ¿De qué?



–De caminar catorce cuadras de ida por la avenida –más las del hotel hasta la avenida–, cuesta arriba, hasta el puto hotel-museo, esperando entrar, y con lo que me gustan los museos, todo para llegar allá y que la flaca esa nos quisiera robar a punta de pistola $ 50 en concepto de entrada (¡Cincuenta pesos! ¡Jesús, María y José!, como decía mi abuela), para que algún guía mal aprendido viniera a contarnos la fábula que Hitler estuvo en el Hotel Eden, cuando hasta el más pavote de los historiadores sabe que Hitler nunca salió de Alemania para venir a la Argentina... ¿Cómo se creen acá ese cuento?
–Shi...
–¿Shí qué, Lolis?
–Shí, que ez un hotel-p... (eso). Shí, que me acuerdo que el del taxi cuando fuimos a las Siete Cascadas dijo que ese... Hilder...
–Hitler, Princesita, Hitler.
–Bueno, ése, el del bigotito como Chaplin… el taxista dijo que había estado en el hotel Eden.
–¡Sí! ¡En el Hotel Eden de allá! ¡En el de Baviera!
–Bueno, papi, tranquilo que te agitás y te da la arritmia...
–¡Uh!
–¿Y de eso te cansaste? –El Profe levantó un poco la cabeza y me miró. Por suerte no tenía anteojos, y como sin anteojos no ve bien, no puede mirar mal (Ji Ji Ji).
–Y de las catorce cuadras de vuelta, también.
–Ahhh... ¿Tanto te cansó caminar?
–No, mi bichito de luz, Frutillita, Princesita de mis sueños. También estoy cansado de las catorce cuadras de vuelta, de hacerte el amor dos veces, de entrar al restaurante ése del bigotudo simpático que nos prometió comer cabrito y terminé comiéndome la brochette mía...
–Se llama “espada”...
–No, bichi, se llama brochette...
–Pero viene en un fierro que se parece mucho a una espada...
–Sí, mi amor, espada... y me comí también el vacío de tu “espada corrida” que no quisiste, más las dos raciones de papas fritas y las empanadas y...
–Bueno, Papi. Sho te dije que no comieras tanto...
–Beeeeebi... Beeebiiiiii... –dijo, canturreando.
–Shi... –Mjm... (¿Mejor me callo?)
–Y después ir a tomar el helado y después al cyber y después de vuelta caminando al hotel bajo el rayo del sol... Y después de nadar en la pileta con caldo de gallina... ¿De qué puede estar cansado Papi, eh?
–Nu she...
– Haze zueño por eszte lado de la cama... –me dijo, refregándose los ojitos, ¡me lo como!–. Vos, mi chiquita linda, quizás no comprendés porque parece que tenés tanta energía que parece que tuvieras hormiguitas en esa colita hermosha que me tienta y no parás nunca.
–¿Hormiguitas? –levanté una pierna, hice un arco con mi espalda e incliné la cabeza para mirarme la cola desde esa posición de fakir–. ¡No tengo hormiguitas en mi cola, Papi! ¿Qué decísssssss?
–Mhhh-hhh... Quiero descansarrrr
–Bueno, está bien… te dejo descansar. Shi, mi amor... descanse, mi “viejito aplastáu”.
–¡Per-dón! –reaccionó (Ji Ji Ji).
–Amor mío, sueño de mis sueños, mi hombre adorable, mi amante irreemplazable –(mejor la arreglo, Je)–, shi... descanse, mi cielo.
–Gracias, Cushita...
(…)
–Papi…
–¿Mmmm-hhh?
–¿Entonces te puedo leer una reflexión de ese librito que te regalé?
(...)
–Bueno, dale, está bien. Leéme una reflexión –dijo, y sin bufar. El Profe nunca bufa, conmigo.
No le di tiempo a reaccionar. Me levanté de un salto, manoteé el libro de la mesa y volví a la cama. Me senté como un lama y le acomodé la cabeza en uno de mis muslos.
–Te voy a leer esta que se llama “Vive con paciencia”. ¿O preferís esta otra llamada “Consejos para vivir feliz”?
–¿Mhhh-hmmm? No sé... Mhhh... (Zzzz) El primero... (Zzzzz)
–Bueno… leo: “Vive siempre con la paciencia de saber que las cosas de nuestra vida están hechas para que las disfrutemos, para realmente saborearlas como un don y regalo de la vida misma. No dejes que ninguna situación de hoy perturbe tu espíritu. Lo que hagas de corazón, exclusivamente para favorecer a los demás, perdura siempre en las personas que permanecen contigo en esta vida, y en ti mismo, por sobre todas las cosas. No es una tarea fácil, pero la vida te compensará más de lo que supones...”
“Bla, bla, bla…” (Zzzzz) (leyendo como cinco minutos haciendo pausas, con inflexiones de voz, poniendo énfasis, como me enseñaron en el cole). “Nadie dijo que la vida sería fácil, sólo se nos ha prometido que valdrá la pena vivirla. Los amigos son como los globos, que una vez que los sueltas, puede que no regresen. A veces en nuestras vidas agitadas nos olvidamos realmente de qué es hacer lo correcto, y sólo nos detenemos en lo urgente...”*
(...)
–¡Papi!
–¿Ehhh? ¿Quéeee? ¿Quéee pasa? ¡Vino TU MAMÁ!
–¡No, Papi! ¡Es que no me estás escuchando!
–Sí, mi dulzura. ¿Cómo que no?
–¡Tenés los ojos cerrados y estás roncando!
–No, no, no… Te estoy escuchando y estoy meditando al mismo tiempo acerca de tan hermoso texto, con los parpados reclinados hacia abajo y la mirada haciendo introspección... –cuando quiere argumentar para que lo dejen dormir, El Profe es un maestro.
–Mmmm... Yo sigo creyendo que estabas durmiendo.
–No, Loli, en serio... te estaba escuchando pero con el pensamiento lateral... Dejé en libertad mi inconsciente para escucharte mejor...
–¡Uyyy, noooo! ¡No me hagas cuentos!
–No... (Zzzzz) No, mi amorcito... (Zzzzz) Nozonjuentoz... (Zzzz)
–Mejor te lo leo en algún momento en que no estés horizontal, ¿sabés?
–Mmm… pero… pero sho... sho... (Zzzz)
–Ahora date vuelta, dale. Boca abajo y con la espalda para arriba... ¡Dale, dale! –lo di vuelta en la cama a los empujones.
–¿Ehhhhh? ¿Para queee?
–Prefiero darte besitos acá, en la parte de atrás del cuello... ¡Y sacarte todos esos feos puntos negros que tenés! (Ji ji ji ¡Es mío!)
–¡Uyyyyyy, noooo! ¡Duele! ¡Auchhhhhhh!

Lolita

Foto: by Lolita
Texto: * “Querer es poder”, Texto anónimo seleccionado: Vive con paciencia. Recopilación de Fernando Perfetti © 2008 by Editorial Santa María, págs. 60, 61.





miércoles, 25 de febrero de 2009

Va de nuevo...

–Papi...
–¿Mhhh?
–¿Sabés que yo te amo?
–Mhhh...
–¿"Mhhh" es una respuesta?
–Sí.
–¿Sí, qué?
–Que sí.

–¿"Que sí", qué?
–Que sí, mi Lolis. Que yo sé que me amás.
–Ah.

(...)
–Papi...
–¿Mhhh?
–¿Y vos me amás a mí?
–Mhhh-hhh...
–¿Qué es “Mhhh-hhh”?
–Que sí, que te amo.
–Ah...

(...)
–Papi...
–¿Qué, Frutillita?
–Pero… ¿vos me amás como yo te amo a vos?
–No... Yo te amo como yo. Vos me amás como vos. ¿Entendés lo que quiero decir? Somos dos personas diferentes y, por lo tanto, amamos diferente.
–Mjm...

(...)
–Papi...
–¿Qué, mi vida?
–¿Vos me amás como vos igual que yo te amo como yo?
–A ver cómo es eso... ¿con la misma intensidad, querés decir?
–Shi...
–Pues... no sé... Sé que te amo. No tengo el “intensiómetro” para medir si las intensidades son iguales.
–Ah...

(...)
–Pero, Papi...
–Mhhmm...
–Pará un poco y contestame. Mirame.
–¿Te contesto o te miro?
–Mirame y contestame...
–¿Qué querés que te conteste, bebé?
–Si vos me amás a mí con intensidad parecida a la mía... ¿quiere decir que todo lo que hacés es para que me sienta feliz, no?
–Bueno, hago lo que puedo...
–Shi...
–Shi, Lolis... ¡Mñññuiickkk!
(Yo, dándole un beso en el ombliguito.)
–Tonzez... zi quedéz que me zienta feliz... Y zi sho te pido algo... ¿voz lo vaz a hazed pod mí?
(Lolita, acariciándome el cabello, poniendo trompita, muy mimosa y haciendo mohínes.)
–Si puedo...
–Shi, podés...
–¿Y qué es lo que querés que haga para que te sientas feliz, Lolis?
–¡Que me dejes que te saque esos pelos feos de las cejas y los granitos de la espalda!
–¡Uhhhh, nnnnnno!
–Dale, dale, dale... ¿Podqué no? ¡Dale! ¡Porfissss!
–¡Porque duele!
–¿Qué va a doler? ¡No duele! Dale, dale... a ver... ¡Sacá esa manito de ahí! ¡No seas cagueta!
–No, no, en serio, duele cuando... ¡Auch!
(Lolita concentrada en mi entrecejo, con la pinza de depilar, que apareció como por arte de magia, arrancándome dos pelitos que ofendían su sentido de la estética capilar masculina.)
–¡Shhhhts! ¡No te quejes que ya está..!
–Pero Lolis...
(Lolita empujándome para que me ponga de espaldas en la cama.)
–Pero nada... ¡Y no te quejes porque empiezo a gritar que me secuestraste y me estás violando!
–¡Lolis! ¡No! ¡Auuch! ¡Duele!
–¡Shhhhhtts! Calladito la boca. Que si se porta bien y se deja sacar los granitos y los puntos negros, después va a tener su premio...



(Después de media hora de padecimiento...)
–Papi...
–Mhhhmmmmm.... ¡Mhhhhmmmm!
–¡Qué rico que me comés la xxxxxx*...! ¡Más! ¡Ayyyy! ¡Qué lindooooo! ¡Seguí, dale! ¡Seguí assssí! ¡No paresss noparesnoparesnoparesno..! ¡Ayyyy! ¡Asssssíiiii!

(Reproducción más o menos textual de un diálogo de domingo a la tarde de lluvia, después de una ligera siesta y antes de ver una película en DVD en la cama, comiendo sánguches de miga de jamón y queso tostados con agua Ser sabor Citrus. Por lo general, después, siempre nos da hambre y sed.)
Y ahora me vuelvo a la cama, porque se enfrían los tostados.**

El Profesor

* En este blog no se puede escribir este tipo de expresiones, sepan disculpar a Lolita por decirlas y a mí por reproducirlas.

** Post publicado por error en nuestro "rincón guarro" (I´m sorry!)



Foto: by Lolita & El Profesor


martes, 24 de febrero de 2009

¡Es tan, tan tan..!

(¡Uyyyyyyy! ¡Que me lo como todo!)
El Profesor tiene algunas cosas que me causan mucha, pero mucha-mucha, gracia.
Es que él es, por principio, un hombre de muy buen humor y gracioso.
Por ejemplo, su cama: por un lado, tiene detalles que son casi de mujer obsesiva: plancha las sábanas, la funda de la almohada y la de los almohadones y todo huele a perfumito (o a Shuavecito)... pero el colchón, está hundido del lado en el que suele dormir. Por eso, por lo general, me despierto durmiendo arriba de él (No, del colchón, no... arriba de su cuerpo).
¡Y la esponjita! (¡Ayyyyyy, cushitttoooo!) Sí, usa una de esas esponjitas exfoliantes de color rosa (jura que cuando fue a Pharma City a comprarla no había celeste) con la que se baña. Verlo refregarse con la esponjita, me da cosita en el corazón. Con la misma esponjita me baña a mí.
En invierno, o cuando se pone pantalones de vestir, usa esas medias finitas –parecen medias femeninas para pantalones–, azules o verde botella. Ningún otro color. Y como dice que no le creo que son de hombre prometió llevarme al local donde las compra, para que vea que se llaman “medias tubo” y que no son de mujer (En cualquier momento me lleva y obliga a la vendedora que me explique que son medias unisex, yo lo conozco...)
Me divierte ver cómo, cuando se despierta, tiene el pelo canoso todo alborotado y se refriega los ojitos con el dorso de la mano para despertarse. ¡Parece un nene!
Y me derrite ver cómo le brillan los ojos cuando me hago la bebota y me tapo el plumón con una mano, me pongo los deditos de la otra mano en la boca y le digo:
–¡Papi! ¿Qué me estás mirando?
Mi Profe es tan, pero tan gracioso, que es capaz de ponerse a pasar, desnudo, la aspiradora industrial por todo el piso alfombrado, después que hacerme el amor, después que se fueron todas las visitas (Porque dice que detesta pisar miguitas).
Me causa mucha gracia ver el tremendo desorden (despelote, bueh) que tiene en los cajones del escritorio y la montaña de papeles y libros apilados que se acumulan sobre su mesa de trabajo y por todos los rincones del piso al alcance de su mano (Él dice que están en "equilibrio inestable" y que esa es la condición de todos los objetos en este mundo por el doble juego de la ley de inercia y la de acción y reacción).
El día que se me ocurre poner orden y arreglarlos, pone cara de condenado a la horca o de carnero a punto de ser degollado.
–Pero Papi –le digo, suavecito–, hay que ordenar un poco o se cae todo...
–¡Noooo! ¡Si me movés un papel, MEMATÁSSSS! –gime, desesperado, como un agonizante y empieza a manotear todo para que yo no lo corra de lugar.
Me hace reír a carcajadas cuando canta por la calle a voz en cuello o hace unos ridículos pasitos de baile, acompañándolos con los brazos y las manos (como Palito Ortega bailando el twist y cantando “¡Tu tieeeeenes, una sonrisa contagioooooooosa...!”), aunque esté cruzando una avenida con el semáforo en verde para el tránsito vehicular o en medio de una plaza donde todos se dan vuelta para mirarlo.
En la última fiesta que organizamos, apurado como estaba para que se fueran los invitados, empezó a preparar paquetitos para que todos se llevaran, con sanguichitos de miga (había comprado como para cincuenta personas y éramos catorce) y se puso a cortar la torta (habían traído dos tortas gigantes, y él detesta tirar comida), y terminó con los mocasines de gamuza todos decorados con copos blancos de crema, fetas de queso, trocitos de aceitunas y una que otra anchoa.
Si vamos a tomar un helado un día de calor, el de él se derrite más rápido de lo que tarda en comerlo y ¡Zas! ¡Por lo menos una mancha va a la remera o a la bermuda!
Ir a un negocio a comprar ropa con mi Profesor, es para gente osada, desprejuiciada, valiente y habituada a las emociones fuertes.
Yo, me descostillo de risa cuando veo la cara que pone si no hay lo que él quiere (porque o no tienen su talle o porque tienen su talle pero en un color que detesta).
Mejor que a el/la vendedor/a no se le ocurra mostrarle otra prenda que ofenda su criterio estético, porque arruga el ceño, le cambia la cara como a Mister Hyde y la expresión como al Increíble Hulk (es capaz de ponerse verde).
Se lleva las manos al cuello como si se estuviese ahogando con una espina de pescado y de su boca sale una especie de gemido parecido a:
“¡Aagggggg! ¡Aggghhhhh! ¡Gffffffffff!”
Si el/la vendedor/a se sobresalta o lo mira con cara de “¿Y a éste qué le pasa?”, balbucea un “¡No-no-nononono! ¡Gracias, gracias, gracias!” y sale del negocio a velocidad de maratonista en las Olimpíadas.
Y me da mucha ternura el último día que pasamos juntos: por lo general, después de mimarme a rabiar y de comprarme todo lo que me gusta, me muestra la billetera que contiene monedas y algún que otro billetito, y con esa carita de inocente que tiene me pregunta si va a alcanzar para:
a) Dos desayunos completos, con café doble y repetido;
b) Dos entradas al cine;
c) Almuerzo para dos en nuestro restaurante preferido;
d) El taxi para traslados;
e) Mis barritas de cereal (por lo menos dos, una de manzana y otra de durazno)
... y dos gaseosas light para llevar a la habitación... para después.
¿No es un tierno, mi Profesor?

Lolita

Foto: © Francois Benveniste