–Papá…
–¿Sí?
–Esta noche necesito que me lleves al shopping. Nos vamos unas amigas...
–Bueno. ¿Y tengo que ir a buscarte después?
–Esteeee… No, en realidad no, porque después de ahí nos vamos a bailar.
–¿Vas a ir a bailar?
–Psee...
–¿Tengo que ir a buscarte a la madrugada?
–Mmm... no. Vengo directamente mañana a la mañana.
–¿Cómo? ¿A qué hora termina el boliche?
–Y... a la mañana.
–¿Tantas horas? Pero hija, vos nunca saliste tanto tiempo.
–Por eso mismo. Quiero empezar a aprovecharlo.
–¿No es demasiado? –dijo, y esa mirada se leía la sospecha.
–¡Ay, papá! Antes, porque no salía. Ahora, porque salgo. ¿Puedo divertirme en paz con mis compañeras por una vez?
–Sí, sí... Me gusta que salgas. A propósito... ¿quiénes van?
–Y... las chicas.
–¿Podés darme el teléfono de alguna? Digo, por las dudas... Por cualquier cosa...
–Sí, claro. Estee... a ver, sí… anotá.
Le di dos números telefónicos falsos, rogándole a Dios y a todos los santos que jamás fuera a llamar y descubrir mi mentira. No hay caso, a quienes la naturaleza no les da instinto de madre, le da perspicacia de padre.
Esa noche, a la hora prevista, me dejó en la puerta del shopping.
–Bueno, cuidate, ¿eh? –me recomendó, y otra vez esa mirada inquisitiva.
–Sí, sí –dije–. Vos, tranquilo.
–¿Adónde están tus compañeras? –preguntó, sacando la cabeza por la ventanilla del conductor.
–Y, deben estar adentro. Voy a buscarlas, pero no te quedes esperando, vos andá nomás. Chau.
Subí las escalinatas del centro comercial y me di vuelta con disimulo, para corroborar que el auto blanco ya había desaparecido entre el tráfico de la avenida.
Después me fui derecho hasta donde él debía estar esperándome.
Lo reconocí a la distancia. Su presencia, su figura, su porte y esa poderosa atracción que me provoca eran inconfundibles.
Nunca voy a poder olvidar esa noche. Nuestra primera noche, la primera salida romántica. ¡Estaba tan emocionada de salir con un hombre..!
Me había “producido” especialmente para la ocasión. Quería gustarle, quería que el se sintiera atraído por mí de la misma forma que yo por él.
Tengo en mi mente grabada la imagen de ese momento.
Mientras yo apuraba el paso para llegar, sentía que él me miraba desde donde estaba sentado en la mesa de afuera de ese café, cercano a una de las puertas del shopping.
Ahí estaba, con su pantalón clarito, camisa con botoncitos en el cuello y ese suéter a rombos que le queda tan lindo. Por supuesto, llevaba el llaverito en el cinto... ¡que me vuelve locaaaa!
(¿Alguien podrá explicarme qué atractivo fetichista puede tener un llavero de cinto?).
Mientras me acercaba, no me sacaba los ojos de encima, regalándome esa mirada tan tierna que me reserva solamente a mí.
–Hola, mi amor… –dije, con el nerviosismo propio de una mujercita desbordante de amor y pasión, emocionada por encontrarse con su hombre.
Se acercó y me besó en la comisura de los labios. Percibí el olor del perfume que tanto me gusta.
No sé si fue el conjunto que vestía, el llaverito o el perfume (o todo junto), pero se me aceleraron los latidos del corazón y, como por arte de magia, apareció la cosquillita ente las piernas. Entiéndase que la cosquillita, venía con compañía porque también sentí que empezaba a mojarme.
–Hola, Bebi.
–Papi… ¡Mi vida!
–¿Qué, mi amorcito?
–Mirá, me puse linda para vos. Me puse aritos, pantalones nuevos y botas de cuero... ¿te gusta?
–Y te maquillaste –dijo, besándome la nariz (lo había advertido)–. Estás hermosa, mi amor.
–Vos también. Me pone muy loca verte vestido así, ¿sabías?. Esa ropa te queda muy bien. Sos tan... tan... ¡tan varonil!
Se rió y me abrazó de la cintura.
–Bueno… ¿Querés que vayamos a cenar?
–Bueno, adonde vos digas.
–Hay un restaurante muy bonito a dos cuadras, ¿te parece?
–Sí, papi.
Nos tomamos de la mano y fuimos hasta ese lugar. Pasamos una velada maravillosa.
Me sorprendió que me tratara como a una reina: me abrió la puerta para entrar, me corrió la silla para que tomara asiento y depositó frente a mí, sobre la mesa, una bolsa de la perfumería del shopping.
Cuando abrí el paquete, descubrí la sorpresa: era el perfume que le había mencionado, un día antes, que me hubiera gustado tener y él no sólo se había acordado de la conversación, sino del perfume. Me sentí la mujer más halagada de todo el mundo.
Durante la cena, me dio de comer algunos bocados de la entrada con su tenedor, por primera vez me sirvió la gaseosa y siguió haciéndolo cada vez que veía mi copa vacía.
Mientras esperábamos que nos trajeran el pedido, me tomó la mano y me la besó por sobre la mesa y me pareció no sólo dulce, sino lo más natural.
Yo, una adolescente aniñada, sentada frente a ese hombre canoso, en el restaurante lleno, recibiendo todas esas atenciones y gentilezas que ni siquiera había imaginado en mis más alocadas y románticas fantasías.
Yo estaba fascinada. Sentía que amaba con toda mi alma a ese hombre que tenía frente a mí. Sentía que lo deseaba, que me hacía feliz, que anhelaba pasar toda la vida a su lado... Y que era la mujer más dichosa sobre la faz de la tierra.
A medida que transcurría la noche, sentía que mi cabecita se disparaba con fantasías. La música de fondo, su presencia, el perfume que me embriagaba, la noche, el ambiente, el bienestar que sentía, sus palabras dulces... Todo me incitaba a desearlo.
–Bueno, papi… ¿vamos? –le dije, cuando terminamos de comer y él dio el último sorbo a su copa de vino.
–Sí, Princesita, pago la cuenta y vamos.
Una vez fuera, le hice una seña para que se acercara y le susurré al oído:
–Cuando lleguemos al hotel tengo que decirte algo importante.
–¿Qué?
–No, no, cuando lleguemos te lo digo.
Durante el viaje en taxi hasta el hotel estuvimos acariciándonos y mimándonos sin que el chofer se diera cuenta y cuando entramos en la habitación en penumbras, cerró la puerta, me rodeó con sus brazos y me preguntó:
–¿Y? ¿Qué era lo que querías decirme?
Antes de contestarle, le indiqué que se sentara en la cama, me senté sobre sus rodillas y acercándome a escasos centímetros de su boca, le confesé:
–Mi amor... Estabas tan lindo que te deseaba todo y tenía ganas de que llegara este momento para tenerte acá, todo par mí.
Sin darle tiempo a que dijera ni una palabra, le di un beso en los labios y comencé a acariciarle el cabello y ese cuerpo sólido y firme que tiene.
La noche terminó de la mejor manera.
Como yo lo había imaginado, desde que lo encontré sentadito esperándome.
Y para hacer más dulce el recuerdo de esa noche, mi papá –esa vez–, ni siquiera sospechó que no había estado en un boliche con mis compañeras.
Lolita
PD: Lamentablemente, no tenemos una foto de esa noche. Si la hubiésemos tenido, creo que bien hubiera valido la pena publicarla.