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martes, 14 de septiembre de 2010

Diario de Lolita: Somos novios


Después de un breve tiempo, con El Profe nos hablábamos casi todos los días y en esas conversaciones pasábamos de temas tan serios como mis cuestiones familiares, personales y de relación con mis compañeros a temas más excitantes. En una de esas conversaciones fuimos pasando de una cosa a otra hasta que él me describió cómo me poseería el día que me tuviera a solas y en sus brazos. No me dijo que iba a hacerlo –que quede en claro–, sino cómo lo haría si fuera posible.
Recuerdo que en ese momento a mí ya no sólo me revoloteaban mariposas en la pancita. Me latía muy fuerte el corazón y sentía que tenía la cabeza llena de algodón. Creo que si hubiera estado parada, se me hubieran aflojado las piernas y me hubiera caído sentada.
En la escuela mi actitud había cambiado por completo. Me sentía otra persona. Había empezado a sonreír. No sé si los demás, ocupados en sus cuestiones, lo notaban, pero desde el día en que comenzó a tratarme como mujer y a jugar con mis deseos, mi autoestima empezó a subir y a subir hasta tocar el cielo. Creo que irradiaba felicidad, y la única que se dio cuenta de mi cambio fue una compañera que, además, era amiga. Como se imaginarán, yo no era considerada la “chica popularidad”, así que no podía hablar abiertamente como mis compañeras cuando contaban sus peripecias amorosas. Yo, en cambio, no podía contar que para mí era maravilloso pensar que un hombre como él me deseaba. Pero era tan placentero estar en clase estudiando y por momentos dejar volar mi mente y recordar el chat del día anterior donde me decía cómo haría para sacarme prenda por prenda una vez que estuviéramos a solas...
Por primera vez en tantos años en el colegio, me abstraía de lo que estaba diciendo la profesora, para dejarme llevar por mis fantasías adolescentes.
Una noche cuando mi papá no estaba y como era ya costumbre, lo llamé:
–¿Hola? –dijo su voz, al otro lado de los setecientos cincuenta kilómetros de distancia que nos separaban.
–Hola mi amor...
–Hola Princesita...
–¿Te diste cuenta de algo?
–¿De qué?
–Te dije que llamaría a las nueve... ¡Y no aguanté hasta las nueve!
–Sí, sí, ya me estoy dando cuenta... pero no tenés que ser tan impaciente...
–¡Bueno, ufa...! ¿No querés que te llame?
–¡Ay, Cushita! ¿Qué pretendés de mí? ¡Me ponés la vida de cabeza!
–¿Por qué?
–Porque con vos hago cosas que me había acostumbrado a no hacer más...
–Decime algo lindo. Contame qué me vas a hacer.
–¿Que te voy a hacer cuándo? ¿Esta noche?
–Sí.
–Bueno, cuando estés por irte a dormir... ¿Con qué dormís? ¿Con pijama?
–Sí, y grueso porque hace mucho frío.
–Bueno, entonces, cuando estés por irte a dormir, te voy a sacar la ropa, te voy a poner el pijama, te voy a acostar en la cama y para que no sientas tanto frio te voy a dar besos por todas partes...
–¿A dónde?
–En los labios, en las orejitas, en el cuello, en la pancita, en los deditos de los pies, en las piernas...
–¡Ay, sí! ¡Eso me gusta!
–... después te voy a tapar y voy a apagar la luz.
Me encantaba que me dijera esas cosas. Nunca nadie me había mimado tanto y menos aún estando a semejante distancia.
A fines de agosto, un día me animé, en una conversación por chat, a proponerle noviazgo, ya que quería que la relación tuviera algún nombre, además porque me gustaba pensar: “Estoy de novia con el hombre más maravilloso del mundo”
No fue fácil convencerlo, claro. Pero luego de que me dijera que sí, escribí en mi cuaderno-diario:

"Querido diario:
Hoy le propuse al Profe si quería ser mi novio y aceptó.
Estoy más contenta que en toda mi vida. Estoy muy orgullosa. Es mi primer novio."

Al día siguiente, hablamos por teléfono largo rato y entre otras cosas le dije:
–Quería hacerte una pregunta...
–A ver...
–¿Por qué ayer aceptaste ser mi novio si me dijiste que no estabas enamorado de mí?
–Y... ¿la verdad? Porque vos me lo preguntaste, Cushita...
–Pero yo no quería que lo aceptaras así. Yo quiero que te ilusione, como a mí. Que seas mi novio en serio.
–Mirá, mi vida, yo no estoy en edad para ser novio... –empezó a explicarme.
–¿Cómo? ¿Entonces lo hiciste nada más que para conformarme, para alimentar mis ilusiones?
–No, no pienses eso. Yo no quiero alimentar ninguna ilusión tuya, es más, ya te lo dije...
–¡Pero vos también estás ilusionado! ¿O no?
–Bueno... sí, pero no tanto como vos.
–Pero ¿no sos mi novio? ¡Yo sí quiero que lo seas!
–No sé... es cierto que yo no estoy enamorado porque no te he mirado ni te he tocado... y el noviazgo supone otra cosa... y nosotros, así tan alejados, y la diferencia de edad... es difícil.
–Entonces ¿qué sos mío?
–Y, digamos que soy un hombre al que no conocés en persona, pero que te mueve cosas adentro, que te hace sentir sentimientos y sensaciones especiales por primera vez en tu vida.
–No me gusta eso. Y quiero que seas mi novio. ¡Ya escribí en mi diario íntimo que eras mi novio!
–¿Y eso qué tiene que ver?
–Hacé de cuenta que estás enamorado y que sos mi novio.
–Bueno, bueno, hago de cuenta... pero no te contradigas, porque por un lado decís que quiera, y por el otro, que imagine y “haga de cuenta”.
–Sí, hacé de cuenta. ¡Pero tratá de sentirlo! ¡Sentí qué estás enamorado!
Empezó a reírse a carcajadas –sé que puedo conseguir que se ría mucho con mis ocurrencias–, como muchas veces y me contestó:
–¡Ay, Cushita! ¡Sos un caso serio, bomboncito! ¡Sos una tentación!
–Y eso no es todo...
–Ah, ¿no? ¿Qué más hay?
–Que yo me quiero casar con vos.
Primero se quedó en silencio –hoy sé todo lo que le pasó por la cabeza cuando escuchó eso–, pero un momento después volvió a reír y seguimos conversando bastante antes de cortar.

Me daba cuenta que mi corazón empezaba empezaba a crecer una pasión tan, pero tan grande como nunca sospeché que podía sentir, y que siguió creciendo cada día más. Si dos meses antes me hubieran dicho que yo iba a sentirme así, me hubiera reído en la cara de quien me lo decía.
Pero ahora lo estaba viviendo.
Como si fuera un novio adolescente, le mandaba cartas –cartas escritas en papel y mandadas por correo postal–, con corazones, con fotos mías, con un entretejido de palabras que le confesaban mi amor desesperado, mis deseos y mis ansias de conocerlo cuanto antes. Aunque para este encuentro, condicionada por los temores normales de la “primera vez” en intimidad con un hombre, yo había puesto unas cuantas condiciones.
¿Las aceptaría?

Lolita

viernes, 3 de septiembre de 2010

Diario de Lolita: Magia y Fantasía


Como ya lo conté, él apareció en mi vida bajo la forma de editor en un frío mes de julio. Fríos eran los días, frío era el aire que respiraba y que me rodeaba –no me gusta el frío y lo sufro mucho–, pero en mi corazón yo empezaba a sentir un agradable calorcito, el que siente quien experimenta el amor por primera vez. Un amor extraño, reprobable según la opinión de la mayoría de la gente, que se prestaba a las críticas, o como quiera llamarse, pero amor al fin.
De charlas dedicadas exclusivamente a mi actividad de escribir y acerca del libro y al suyo de editor, de a poco y casi sin darnos cuenta, pasamos a las conversaciones más personales, que a veces llegaban a durar mucho tiempo. Uno de los tantos diálogos y uno de los primeros que tuvimos de ese tipo, fue éste:

–¿Me querés? –Le pregunté.
–Sí, corazoncito, sos una mujercita querible.
–Yo también te quiero.
–¿Eso es lo que hace que pienses todo el tiempo en mí?
–¿Cómo sabés que pienso en vos?
–¿No te lo he dicho? ¡Soy mago!
–¿Y vos pensás en mí?
–Sí, pienso en vos.
–¿Es cierto o lo decís porque yo te confesé que pensaba en vos?
–Si hay algo que tenés que saber de mí, es que yo siempre hablo en serio, incluso cuando hago bromas es en serio.
–Ah...
–Es más: te digo que por alguna extraña razón que aún no llego a comprender, pienso demasiado en vos...
Pocos días después, escribí en mi diario:

"Querido diario:
Este fin de semana fue el más raro en mis dieciséis años de vida.
Casi no pude concentrarme más que en El Profesor. Ayer domingo chateamos dos veces.
Él esta enamorado de mí. Lo supongo. Dijo que me deseaba... incluso hablamos un poquito de sexo. En un momento me propuso que jugáramos a la magia y acepté. ¡Empezó a adivinar todo! Me escribió: '¿Te viniste corriendo de la misa para llegar a tiempo a hablar conmigo, no? ¿Y ayer no te pudiste dormir pensando en el chat y en mí, verdad?' Tal cual. ¡Todo eso era cierto!
Me confesó que sentía por mí una 'atracción' y yo le pregunté qué clase de atracción, a lo que respondió: 'La única atracción que sienten un hombre y una mujer, Loli'.
Ayer me llamaba 'corazoncito' y nos tratábamos como si nos conociéramos de toda la vida.
Y lo más asombroso es lo del día del cumpleaños… ¡Cumplimos exactamente el mismo día! ¡Vaya coincidencia!
Aproveché y le pregunté si estaba enamorado de mí y me contestó: 'No sé si enamorado porque aún no te he mirado a los ojos, no he escuchado tu voz, no te he tocado...'
Hoy, por el tema del sexo creo, he sentido un nudo en el estómago. Me preocupa y me asusta el tema".
Fueron muchos los días que estuve prendida y prendada de sus palabras frente a la pantalla del ordenador durante horas, que para mí nunca alcanzaban para satisfacer mi ansia de sentirlo cerca, de saber qué sentía por mí, de leer una y otra vez las frases cariñosas –y que empezó a condimentar con erotismo–, que él tenía para mí.
A pesar de la fantasía que tenía en mi mente, durante nuestras primeras charlas en las que se planteó el tema del sexo, de la intimidad entre nosotros, mi primera reacción fue de temor. Mi creencia de entonces era que el sexo era algo sucio, doloroso, que era pecado y no era bueno hacerlo hasta después del matrimonio. Me causaba temor mi “primera vez”. El sólo hecho de pensar estar desnuda frente a un hombre, me aterraba.
Estos deseos y ansias contradictorias de, por un lado desear tenerlo y hacerme mujer con él, de seguir leyendo cómo me haría el amor y de fantasear a todas horas y, por el otro, el desear seguir siendo una niña, me produjeron en los días subsiguientes una especie de nudo pesado en el estómago, que hasta me quitó el apetito. Pero, por fortuna, con el correr de los días el nudo fue deshaciéndose.
La vida me había dado una sorpresa: nunca creí llegar a querer tanto a un hombre cuando apenas un mes atrás no quería ni escuchar hablar de ellos.

Lolita

domingo, 4 de abril de 2010

Chatitas

Cuando en una tarde
de otoño
te calzás las chatitas
en esos piecitos tuyos
curiosos,
juguetones,
traviesos,
osados
y atrevidos,
es como si el tiempo
no hubiera pasado.
Porque vuelvo a sentir
aquellas tiernas
y perturbadoras
emociones
de mis días
de la adolescencia.


El Profesor

Foto by Lolita


domingo, 28 de febrero de 2010

Luna enigmática, Luna llena

Loli: creo haberte mencionado que en noches como ésta, en las cuales la luna aparece, enigmática, como una moneda de plata brillando y recortándose en el fondo sombrío del cielo, hay que ser en extremo cuidadoso.


Misteriosa, indescifrable, clandestina, extraña, inescrutable y profética. Así se muestra, en noches como ésta, la Luna llena.
Recuerdo haberte dicho que los antiguos creían que la luna llena es mágica y tiene la potestad de incitarnos a la insensatez.
La luna llena, aseguraban los augures, apremia los instintos, estimula los sentidos, provoca las más alocadas fantasías e instiga al desenfreno. Y hasta nos invita –como una bíblica tentación–, a dejarnos llevar por la lujuria. Quizás, porque desde el origen de los tiempos, le asignaron categoría y condiciones de mujer.
Pero hay que ser cauteloso y prudente, en noches como ésta, enigmáticas y de luna llena.
Se puede salir muy lastimado.
Quizás ahora comprendas cabalmente de qué te hablaba

El Profesor


sábado, 19 de septiembre de 2009

Castillo encantado

–¡Hola, Papiiii! –dijo la voz de Lolita en el teléfono.
–¡Loli! ¡Qué lindo es escuchar tu voz!
–¿Viste? Te llamo los sábados a la mañana, como vos, Pichoncito mío.
–Gracias, Loli. Me hace muy feliz hablar con vos, que estás tan lejos...
–¿A que no sabés adónde estoy? –me preguntó, con ese tonito pícaro tan propio de ella cuando está por hacer alguna travesura o algo que la divierte mucho.
–En París, Loli...
–Sí, pero ¿en qué lugar de París?
–¿Les Champs Éllysées?
–Nah... Ahí fuimos el jueves.
–¿Versalilles?
–Nuuu... Ahí estuvimos ayer, y almorzamos unas viandas que nos compramos en un súper chino. ¿Sabías que acá también hay súper chinos?
–Lo puedo imaginar, porque están en todo el mundo. Pero decime, ¿a dónde estás vos ahora?
–¡En EURODISNEY, Papi!
–¡Uy! ¡Tu sueño, Loli!
–Shi... y fui a un montón de juegos y escuchá... –su voz quedó tapada por una musiquita–. La música de las princesitas... Jijiji... Y también fui al Castillo Encantado
–¿Te gusta?
–¡Uf! ¡Me encanta! Y, ¿a que no sabés?
–¿Qué, mi cielo?
–¡Mi papá fue al Tazón!
Y siguió contándome, entusiasmada, todo lo que estaba viendo en Eurodisney y lo feliz que la hacía haber podido conocerlo.
–¿Ves, Loli? Vos que decís que yo me conozco todo, ahí nunca estuve.
–Pero si los parques de diversiones te gustan, Pichoncito de mami. ¿Te acordás cuando te llevé a la rastra al del Parque Sarmiento?
–Sí, pero la última vez que estuve en París, todavía no existía.
–Entonces, Papi, tenemos que empezar a ahorrar para que yo te pueda traer y llevarte de la manito a los juegos, ¿sí?
–Mhhh-hhh.
–Ningún “Mhhh-hh”. Tu Princesita te va a traer al castillo encantado. ¡Y vas a ver cómo nos vamos a divertir!
–Decime, Loli... ¿compraste una tarjeta nueva?
–¡Uy, no! ¡Me olvidé de contarte!
–¿La compró tu papá y te la regaló?
–No, Papi. Resulta que el otro día fui a un baño y de repente miré para el suelo y ahí estaba... nuevita, flamante y con el sobrecito de celofán puesto... Debe haber sido de alguna chica inglesa, porque no entendí un pito lo que me decía la grabación...
–¿Cómo que no? Si vos estudiaste inglés en el colegio, Loli.
–Shi... por eso lo único que entendí es que tenía más de una hora para hablarte, mi amor. Y mañana, a levantarse tempranito que te vuelvo a llamar, como vos hacés conmigo los domingos, ¿eh?
En París, Loli debe estar durmiendo. Le deseo que haya pasado un estupendo día en el parque de la fantasía. Y hoy vuelvo a acostarme temprano, porque mañana, con esto de la diferencia horaria, tengo que madrugar para escuchar su voz en el teléfono.
Así es Lolita.

El Profesor

jueves, 3 de septiembre de 2009

Medias de Lolita

Acabábamos de encontrarnos en la estación terminal de ómnibus, en el último viaje de agosto.
Como siempre, luego de los abrazos, los besos y las sonrisas, nos tomamos de la mano y nos dirigimos a la cafetería en la que acostumbramos tomar el desayuno.
Nos sentamos, dejamos nuestros bolsos en una silla junto a nosotros, y nos quedamos esperando a que nos atendieran.
Hicimos nuestro pedido al mozo que se nos acercó, y mientras aguardábamos que llegara el pedido, el Profe sacó mis barritas de cereal (las trae en el bolso de mano), y después me dijo:
–Loli… te traje un regalito.
–¡Uy, Papi! ¿Qué es? ¿Qué me trajiste? –me entusiasman las sorpresas que me prepara.
Buscó en su valija, sacó un paquete envuelto en papel de regalo y me lo entregó.
Lo miré con una sonrisa y él me devolvió un gesto picarón. Cuando hace ese gesto con los ojitos y los labios es porque ha hecho alguna de las suyas. Y por lo general, es una travesura.
–Mmm... a ver qué será... –dije.
Rompí el envoltorio de colores y me encontré con algo suave… y rayado.
–¡Papi! ¡Medias de Lolita en serio!
–Para que te las pongas con esas chatitas negras... Son largas... podés usarlas con una minifalda. Te van a quedar hermosas, mi vida.
–¡Gracias, Papi! –le dije.
Me di cuenta que la gente de las mesas cercanas nos miraban con curiosidad, ya que yo había desplegado el par de medias largas arriba de la mesa y no dejaba de mirarlas y de mirarlo a él, sonriendo.
–¿Qué me merezco, Loli? –preguntó.
–Te merecés un beso enorme... ¡Así de grande! –contesté.
Me incorporé, fui hasta su silla, lo abracé del cuello y le di unos cuantos besos bien fuerte.
Cuando volví a mi lugar, la gente nos observaba con extrañeza. No era de lo más común que un padre le regalara a su hija unas medias rayadas en blanco y negro y que por eso la niña lo besara tanto.
En ese momento llegó el mozo con nuestros cafés y medialunas. Tuve que correr todo de la mesa para que pudiera apoyar la bandeja.
–Cuando las use con las chatitas, mi amor, me voy a sacar una foto y te la voy a mandar...
–Por favor –me dijo, mirándome a los ojos.
–Pero en estos días las voy a usar... supongo que querrás jugar con ellas y conmigo, ¿eh? –le pregunté, llevándome el dedito índice a la boca. Ese gesto de nenita traviesa que lo divierte y lo excita.
–Claro, Bebi, por algo las traje... es una fantasía que tenemos pendiente de realizar...
–¡Sos tremendo papi!
Sonrió y me sirvió el edulcorante, como suele hacer. Después, nos concentramos en el desayuno, porque ambos lo necesitábamos. Necesitábamos toda nuestra energía para después.



Así me quedan las medias “bucaneras” de Lolita. Las otras fotos, también con las medias, son exclusivas para nosotros dos.

Lolita

lunes, 27 de abril de 2009

Dulce recuerdo

–Papá…
–¿Sí?
–Esta noche necesito que me lleves al shopping. Nos vamos unas amigas...
–Bueno. ¿Y tengo que ir a buscarte después?
–Esteeee… No, en realidad no, porque después de ahí nos vamos a bailar.
–¿Vas a ir a bailar?
–Psee...
–¿Tengo que ir a buscarte a la madrugada?
–Mmm... no. Vengo directamente mañana a la mañana.
–¿Cómo? ¿A qué hora termina el boliche?
–Y... a la mañana.
–¿Tantas horas? Pero hija, vos nunca saliste tanto tiempo.
–Por eso mismo. Quiero empezar a aprovecharlo.
–¿No es demasiado? –dijo, y esa mirada se leía la sospecha.
–¡Ay, papá! Antes, porque no salía. Ahora, porque salgo. ¿Puedo divertirme en paz con mis compañeras por una vez?
–Sí, sí... Me gusta que salgas. A propósito... ¿quiénes van?
–Y... las chicas.
–¿Podés darme el teléfono de alguna? Digo, por las dudas... Por cualquier cosa...
–Sí, claro. Estee... a ver, sí… anotá.
Le di dos números telefónicos falsos, rogándole a Dios y a todos los santos que jamás fuera a llamar y descubrir mi mentira. No hay caso, a quienes la naturaleza no les da instinto de madre, le da perspicacia de padre.
Esa noche, a la hora prevista, me dejó en la puerta del shopping.
–Bueno, cuidate, ¿eh? –me recomendó, y otra vez esa mirada inquisitiva.
–Sí, sí –dije–. Vos, tranquilo.
–¿Adónde están tus compañeras? –preguntó, sacando la cabeza por la ventanilla del conductor.
–Y, deben estar adentro. Voy a buscarlas, pero no te quedes esperando, vos andá nomás. Chau.
Subí las escalinatas del centro comercial y me di vuelta con disimulo, para corroborar que el auto blanco ya había desaparecido entre el tráfico de la avenida.
Después me fui derecho hasta donde él debía estar esperándome.
Lo reconocí a la distancia. Su presencia, su figura, su porte y esa poderosa atracción que me provoca eran inconfundibles.
Nunca voy a poder olvidar esa noche. Nuestra primera noche, la primera salida romántica. ¡Estaba tan emocionada de salir con un hombre..!
Me había “producido” especialmente para la ocasión. Quería gustarle, quería que el se sintiera atraído por mí de la misma forma que yo por él.
Tengo en mi mente grabada la imagen de ese momento.
Mientras yo apuraba el paso para llegar, sentía que él me miraba desde donde estaba sentado en la mesa de afuera de ese café, cercano a una de las puertas del shopping.
Ahí estaba, con su pantalón clarito, camisa con botoncitos en el cuello y ese suéter a rombos que le queda tan lindo. Por supuesto, llevaba el llaverito en el cinto... ¡que me vuelve locaaaa!
(¿Alguien podrá explicarme qué atractivo fetichista puede tener un llavero de cinto?).
Mientras me acercaba, no me sacaba los ojos de encima, regalándome esa mirada tan tierna que me reserva solamente a mí.
–Hola, mi amor… –dije, con el nerviosismo propio de una mujercita desbordante de amor y pasión, emocionada por encontrarse con su hombre.
Se acercó y me besó en la comisura de los labios. Percibí el olor del perfume que tanto me gusta.
No sé si fue el conjunto que vestía, el llaverito o el perfume (o todo junto), pero se me aceleraron los latidos del corazón y, como por arte de magia, apareció la cosquillita ente las piernas. Entiéndase que la cosquillita, venía con compañía porque también sentí que empezaba a mojarme.
–Hola, Bebi.
–Papi… ¡Mi vida!
–¿Qué, mi amorcito?
–Mirá, me puse linda para vos. Me puse aritos, pantalones nuevos y botas de cuero... ¿te gusta?
–Y te maquillaste –dijo, besándome la nariz (lo había advertido)–. Estás hermosa, mi amor.
–Vos también. Me pone muy loca verte vestido así, ¿sabías?. Esa ropa te queda muy bien. Sos tan... tan... ¡tan varonil!
Se rió y me abrazó de la cintura.
–Bueno… ¿Querés que vayamos a cenar?
–Bueno, adonde vos digas.
–Hay un restaurante muy bonito a dos cuadras, ¿te parece?
–Sí, papi.
Nos tomamos de la mano y fuimos hasta ese lugar. Pasamos una velada maravillosa.
Me sorprendió que me tratara como a una reina: me abrió la puerta para entrar, me corrió la silla para que tomara asiento y depositó frente a mí, sobre la mesa, una bolsa de la perfumería del shopping.
Cuando abrí el paquete, descubrí la sorpresa: era el perfume que le había mencionado, un día antes, que me hubiera gustado tener y él no sólo se había acordado de la conversación, sino del perfume. Me sentí la mujer más halagada de todo el mundo.
Durante la cena, me dio de comer algunos bocados de la entrada con su tenedor, por primera vez me sirvió la gaseosa y siguió haciéndolo cada vez que veía mi copa vacía.
Mientras esperábamos que nos trajeran el pedido, me tomó la mano y me la besó por sobre la mesa y me pareció no sólo dulce, sino lo más natural.
Yo, una adolescente aniñada, sentada frente a ese hombre canoso, en el restaurante lleno, recibiendo todas esas atenciones y gentilezas que ni siquiera había imaginado en mis más alocadas y románticas fantasías.
Yo estaba fascinada. Sentía que amaba con toda mi alma a ese hombre que tenía frente a mí. Sentía que lo deseaba, que me hacía feliz, que anhelaba pasar toda la vida a su lado... Y que era la mujer más dichosa sobre la faz de la tierra.
A medida que transcurría la noche, sentía que mi cabecita se disparaba con fantasías. La música de fondo, su presencia, el perfume que me embriagaba, la noche, el ambiente, el bienestar que sentía, sus palabras dulces... Todo me incitaba a desearlo.
–Bueno, papi… ¿vamos? –le dije, cuando terminamos de comer y él dio el último sorbo a su copa de vino.
–Sí, Princesita, pago la cuenta y vamos.
Una vez fuera, le hice una seña para que se acercara y le susurré al oído:
–Cuando lleguemos al hotel tengo que decirte algo importante.
–¿Qué?
–No, no, cuando lleguemos te lo digo.
Durante el viaje en taxi hasta el hotel estuvimos acariciándonos y mimándonos sin que el chofer se diera cuenta y cuando entramos en la habitación en penumbras, cerró la puerta, me rodeó con sus brazos y me preguntó:
–¿Y? ¿Qué era lo que querías decirme?
Antes de contestarle, le indiqué que se sentara en la cama, me senté sobre sus rodillas y acercándome a escasos centímetros de su boca, le confesé:
–Mi amor... Estabas tan lindo que te deseaba todo y tenía ganas de que llegara este momento para tenerte acá, todo par mí.
Sin darle tiempo a que dijera ni una palabra, le di un beso en los labios y comencé a acariciarle el cabello y ese cuerpo sólido y firme que tiene.
La noche terminó de la mejor manera.
Como yo lo había imaginado, desde que lo encontré sentadito esperándome.
Y para hacer más dulce el recuerdo de esa noche, mi papá –esa vez–, ni siquiera sospechó que no había estado en un boliche con mis compañeras.

Lolita

PD: Lamentablemente, no tenemos una foto de esa noche. Si la hubiésemos tenido, creo que bien hubiera valido la pena publicarla.

jueves, 23 de abril de 2009

Abstraída

Mensaje de SMS:Te mando muchos besitos traviesos, por abajo del banco de la facu, de esos que entran por la botamanga del pantalón y se deslizan por el borde de la bombachita y te hacen cosquillitas que te erizan toda la piel, como cuando te los doy en las orejitas o en el cuellito. Que pases un buen día provechoso, Loli. Papi.”

–¡Ay, papiiii!
–¿Qué, Princesita?
–¡Ayyyy! No me hagas eso... Nonono-noo
–¿Por qué, mi vida?
–Mirá... Mirá cómo se me pone la piel...



–¡Ay, Loli! Te erizaste toda...
–Shi... she me pone la piel de gashina...
–Entonces te doy más besitos en las orejitas y el cueshito...
–Nuuu papiiii... Nuuu... ( ...)

( ... )

–Che... ¿Qué dijo la profesora de la oferta y la demanda?
–¿Eh..? ¿Eh..?
–¿No escuchaste?
–No, no... ¿Qué dijo?
–Mirá que era importante. Yo no llegué a copiar porque habla muy rápido, la vieja ésta.
–¿Dijo que estaba en los apuntes?
–No, en el libro. ¿Lo tenés?
–Sí, lo compré. Después lo estudio, cuando llegue a mi casa.
–¿En qué pensabas?
–En nada, ¿por qué?
–Porque es raro en vos. Siempre estás atenta. ¿Te pasa algo?
–No, para nada. Estaba abstraída en otra cosa...

Lolita

Foto: © Claudio Rossi

viernes, 17 de abril de 2009

Antes del amor

–¡Ay, papi! ¿Qué me hacés?
–Mhhh-hhh
–Me hace cosquillitas...
–Mhhh
–¡Pero es muy lindo!
–Ahá.
–Qué suave, papi...
–¿Te gusta, Princesita?
–Shi... Me gusta... Me gusta mucho...
Los besé otra vez. Y otra. Y otra más.
A medida que fue pasando el tiempo, fui entendiendo un poco más lo que decía aquel amigo mío: “Para aprender a evaluar a las mujeres, hacé como con los pura sangre: si tienen manos y pies en armonía con el resto, son para tener en cuenta”.
Viene a cuento este poema de Mario Benedetti:


Pies hermosos

La mujer que tiene pies hermosos
nunca podrá ser fea
mansa suele subirle la belleza
por tobillos y pantorrillas y muslos
demorarse en el pubis
que siempre ha estado más allá de todo canon
rodear el ombligo como a uno de esos timbres
que si se les presiona, tocan “Para Elisa”.
Reinvindicar los lúbricos pezones a la espera
entreabrir los labios sin pronunciar saliva
y dejarse querer por los ojos espejo.
La mujer que tiene los pies hermosos
sabe vagabundear por la tristeza.

Mucho antes de iniciarla en el amor, dediqué buena parte de aquella primera vez que estuvimos a solas, a acariciarle y besarle los pies.
Delicados, con dedos parejitos y uñas cortadas con prolijidad, los pies de Lolita merecen ser homenajeados, como en el poema.
Desde ese primer día que dejó que la desnudara, entregándose sin reparos, me dediqué a adorar sus hermosos pies. Aún hoy, lo sigo haciendo.
Y es que una mujer, con los pies, lo puede casi todo, si da con el hombre indicado.

El Profesor

Foto: by Lolita & El Profesor, febrero 2009.

jueves, 26 de marzo de 2009

Atuendo

–Papi...
–Mhhh...
–¿Te dije que me gusta ver cómo te afeitás?
–Sí, mi princesita.
(...)
–Papi...
–¿Mhhh-hh?
–¿Hoy vamos a cenar a ese lugar tan pipí-cucú como decís vos?
–Ahá.
–¿Cuál te gusta más?
–¿Cuál me gusta más de qué, Loli?
–El short blanco o el de jean con la remera “pupera”?
(...)
–Nu shé...


–Entonces me pongo el de jean, con la remera "pupera".

Lolita

Foto: Lolita

jueves, 5 de marzo de 2009

Embajada de Lolitas

La verdad, que entre todas las cosas que imaginé que las Lolitas éramos capaces de hacer, ni se me cruzó por la cabeza que podíamos ser capaces de mejorar la imagen de una nación (¡De toda! ¡Imaginense!) en tiempos de crisis como los que estamos viviendo.
Sin embargo, según esta nota, las Lolitas japonesas (todo un boom en ese país), van a ser las que se encarguen de promover "la confianza" en Japón y conseguir que se comprenda más la cultura japonesa a través de la imagen, en una etapa de la historia de la humanidad como ésta, “en la que la economía nipona se ha visto duramente golpeada por los efectos de la crisis mundial” –según dice el diario.
Por eso Japón ha decidido enviar una “embajada” de Lolitas, representantes de su país en la feria Expo-Japan, que se llevará a cabo en Francia, en el mes de julio.
La misión que deberán llevar a cabo consiste en acercar la cultura pop nipona a los extranjeros, porque parece que cada vez hay más admiradores de Lolitas en todo el mundo.
¡Ja! ¡Nos estamos haciendo populares!
Ahora, digo yo: ¿no sería conveniente formar un grupo de Lolitas embajadoras para mejorar la imagen de la República Argentina en el mundo?
Será cosa de proponérselo a nuestra presidente que, aunque ya dejó atrás esos años, alguna vez algo de Lolis debe haber tenido, ¿no?
Si la iniciativa prospera, soy capaz de ofrecer mis servicios para encabezar la comitiva. (Ji Ji Ji)
¿Ustedes creen que podré?
Ideas que se me cruzan por la cabeza, digo yo.

Lolita


Foto: © José Manchado

viernes, 30 de enero de 2009

Lo que provoca en mí

Cuando siento que su cuerpo se aproxima al mío, me invade una oleada de alegría, nerviosismo y excitación, todo junto y mezclado.
Me acaricia con suavidad, me recorre con manos de seda, se detiene a besar los sitios de mi cuerpecito de niña que él sabe que son más sensibles a sus labios, y puedo sentir cómo me recorre un escalofrío de pies a cabeza.
Se me eriza la piel. Es la respuesta al estímulo de su respiración sobre mi labios.
Busca mi boca para dejarla impregnada de pasión. Mi sangre entra en ebullición, los latidos de mi corazón se aceleran y me parece escuchar cómo retumban en mi cabeza.
Me enloquece, me altera por completo los sentidos, me transforma, me hace perder la razón, la sensatez y la cordura. Me despierta el desenfreno, la desmesura, el desenfado.
Me toca, me palpa, me roza, me enamora, me atrae, me hechiza, me seduce, me percibe, me estrecha, me excita, me ama y yo siento que se me corta la respiración.
No puedo evitar percibir que mis instintos explotan, en mi cabecita atravieso el límite del ensueño. Mi imaginación se dispara, mis sueños se materializan y se hacen realidad.
Él es el maravilloso hombre que me hace sentir que no existe el tiempo, que no hay fronteras para el amor, que en momentos como ése, sólo se trata de experimentar, de sentir y abandonarse al placer.
Es toda mi fantasía hecha realidad, mi anhelo palpable, mi hombre mayor satisfaciendo todos mis deseos, y mi más grande ilusión descansando a mi lado, después del amor.

Lolita

Foto: Victor Ivanovski