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sábado, 26 de marzo de 2011

Delayed

El miércoles, cuando salí del trabajo, estaba más que contenta porque empezaba mi fin de semana largo; pero no sólo por eso, sino también porque con el Profe íbamos a tener juntos nuestro primer viaje a la ciudad de Buenos Aires para asistir esa noche al cumpleaños de un amigo muy especial para él.
Llegué a casa, terminé de preparar rápidamente la valija y al ratito me pasó a buscar en un taxi para dirigirnos al aeropuerto. ¡Estaba tan contenta! ¡Nuestro primer viaje en avión! Habíamos tenido que elegir ese medio para poder llegar rápidamente ya que debido a mis obligaciones y al horario de la fiesta, no era posible hacerlo en micro. El santo del Profe, la mañana del martes había ido hasta el centro, con todo el calorón, a pagar los pasajes que había reservado en Andes Líneas Aéreas por teléfono y a sacar los de vuelta en el servicio cama-suite de Urquiza.
Llegamos a las cuatro de la tarde y fuimos hasta el mostrador de la aerolínea Andes para retirar nuestras tarjetas de embarque.
Hicimos el trámite y cuando nos estábamos por retirar, la chica nos advirtió:
–El vuelo está un poco retrasado… todavía no ha salido de Salta. (Andes es una empresa salteña)
–¡Uy, no!
–Bueno, Gordi, espero que no sea mucho el retraso. Si querés hacemos tiempo y vamos a tomar un cafecito.

Y así lo hicimos. Sabíamos que no íbamos a salir en el vuelo 891, de las 16:40 como estaba planeado, pero de todas maneras estábamos con tiempo, ya que la fiesta empezaba a las nueve de la noche.
Al ratito pasamos para el salón de embarque y nos sentamos a esperar.
Cada tanto mirábamos ansiosos la pantalla donde se anunciaban los vuelos y donde el nuestro aparecía siempre con el cartelito de letras rojas de DELAYED, forma de decir que el vuelo está demorado y nunca se sabe cuánto va a tardarse en arribar.
Una hora después estábamos muy ansiosos y sacábamos cálculos de cómo llegaríamos con los tiempos. Dos horas después de la hora señalada de partida, nos empezamos a preocupar seriamente.
–¡Encima acá no hay a quién quejarse ni preguntar! –Masculló el Profe, que a esta altura de los acontecimientos estaba empezando a juntar presión como una Marmicoc de las de antes.
Y era cierto: en la sala éramos muchos pasajeros pero ningún responsable de las aerolíneas.
De pronto le dije:
–Mi amor… ¿Y esa chica con cartelito colgante del cuello? ¿No será alguien de acá?
Se levantó rápido y fue hasta donde ella estaba. Resultó ser de Andes. De lejos veían que hablaban, que el Profe le planteaba cosas, se quejaba y que la chica respondía. De pronto veo que, preocupado y agarrándose la cabeza, volvía hacia donde yo estaba sentada.
–Está previsto que salga a las once de la noche, Loli.
–¿QUÉEEE? ¬Pero… pero…. ¡Recién son las siete y media! ¿Qué vamos a hacer hasta esa hora? ¿Y te imaginás la hora a la que vamos a llegar a la fiesta?
Nos quedamos muy preocupados los dos no sólo por la paciencia que íbamos a tener que juntar en las próximas horas, sino por lo tarde que íbamos a llegar a un evento tan importante para él.
Unos minutos después, vio pasar a una responsable del aeropuerto y se paró a hacer la queja y a charlar para ver que podíamos hacer. La señora nos dio una posible solución: salir, ir al mostrador de Andes e intentar que nos cambiaran el vuelo. Quizás tenían convenio con otra aerolínea y nos era posible viajar antes.
Eso hicimos. Pero no dio resultado. El responsable, a pesar de que le explicamos la situación y la urgencia que teníamos por llegar a Buenos Aires, nos manifestó que no podía hacer tal cosa porque el vuelo no estaba cancelado, sino simplemente retrasado debido a fallas técnicas.
–Compren otro pasaje. –Nos dijo muy suelto.
–No podemos, confiábamos en que esto no iba a pasar. No vamos a comprar otro pasaje así porque si… ¿Usted que se cree?
–Bueno, miren, la verdad es que no podemos hacer nada…
–No nos deja muy tranquilos el que el avión tenga fallas técnicas. ¿Qué garantía tenemos de que no va a tener fallas técnicas cuando llegue acá?
El chico se encogió de hombros. Lo único que conseguimos es que nos diera un vale para comer algo en el bar ya que no íbamos a cenar y hacía un par de horas que teníamos el estómago vacío.
El tiempo parecía no pasar más. A la noche finalmente nos sentamos en unos sillones y abrazados nos pusimos a conversar y a esperar que llegara el momento de partir. Reflexionábamos que quizás esto tenía que suceder y que si nos pasaba a nosotros alguna razón había.

La sala se fue vaciando. Todos los demás pasajeros ya habían abordado sus aviones. Hasta el bar y el free shop cerraron sus puertas, dejándonos cautivos dentro de la sala.
El mismo jovencito que nos había escuchado la queja, se acercó a las once y media de la noche para decirnos que el avión estaría aterrizando listo para embarcar a las doce y diez. ¡Una hora más de lo previsto!
El cansancio, el sueño y la desilusión se apoderaron de mí. El Profe ahora estaba tranquilo y paciente. A pesar de todo lo que nos sucedía, apelamos al sentido del humor junto a los otros seis pasajeros que quedaban esperando ese maldito vuelo que nunca llegaba.

Esa fue nuestra primera experiencia de vuelo. Parecía como que todo estaba mal, pero como suele suceder, detrás de una cosa que aparenta ser adversa, por lo general, la vida nos oculta una sorpresa…

Lolita
PD: En el próximo post relataremos lo que ocurrió después.

 


lunes, 7 de febrero de 2011

Sueño de una noche de verano

Hace algunos días –el 20 de enero–, fue el segundo aniversario de este blog, este espacio que juntos creamos para contar nuestra historia y que compartimos con ustedes desde entonces.
Desde ese día de enero de 2009 ha pasado el tiempo y han sucedido tantas cosas que a veces, cuando las evocamos, algunas se desvanecen y se confunden con esos anhelos que empezamos a soñar desde esa primera vez que nos vimos en la terminal de ómnibus de Córdoba.
Hemos pasado momentos difíciles, duros, tristes y amargos, porque así es la vida y si sólo se quiere compartir el lado agradable de las cosas, como dice Loli: “No se vale”.
Pero hemos pasado momentos tan, pero tan intensos, gratos y felices que ni ella ni yo vamos a poder olvidarlos jamás porque seguirán repitiéndose, una y otra vez, cuando cerramos los ojos antes de dormir para gratificarnos la memoria y acariciarnos el alma
Loli ha crecido. Ya no es aquella adolescente de colegio secundario que se cautivó y se enamoró de la imagen ideal del hombre que editó su libro y que volvía corriendo de la escuela para conectarse al chat o me avisaba cuándo podíamos hablar por teléfono tranquilos. Hoy está en camino de ser una espléndida mujer, aunque por esas cosas que tiene la cotidianeidad y esas palabras cariñosas que nos resistimos a dejar de lado, yo siga llamándola “Loli”.
El tiempo también ha pasado para mí, y son tantas las vivencias de estos tres años y un par de meses, que cuando me quedo a solas con mis recuerdos, todavía me parece estar mirando una película que discurre como en cámara lenta hasta julio de 2007 y cobra vertiginosidad después, a partir de ese frío día de julio, el del beso con bufanda. El día que la vida me devolvió los sueños que en parte había perdido y en parte había dejado olvidados en el fondo de un cajón.
Hay días en los que nos preguntamos qué va a ser de nosotros mañana, o pasado, o el año que viene. Porque si hay algo que tenemos en claro es que el tiempo pasa y no se lo puede detener. Es en esos momentos, cuando nos sentimos tentados a mirar del otro lado del telón de la vida, cuando tomamos conciencia de que lo único que nos mantiene unidos son los sentimientos compartidos que hemos comprometido desde el primer día.
Porque después de vivir todos estos años he comprobado que hay por lo menos una gran verdad en la que podemos creer en esta existencia que, como escribió el bardo, está hecha en base a sueños: lo único cierto con lo que contamos para seguir adelante, día tras día, es con los sentimientos. La mente suele jugarle malas pasadas hasta al más inteligente y el cuerpo puede impulsarnos a hacer disparates pero el corazón... el corazón no nos miente.
En este trayecto de vida compartida, con Loli hemos anhelado desde el principio festejar juntos nuestro cumpleaños que –curioso, pero cierto–, es el mismo día.
No fue posible en ese primer cumpleaños de 2008.
Al año siguiente, unos días antes del 7 de febrero, Loli me escribió, delirante de tan contenta, avisándome que iba a viajar con su papá para que pudiéramos pasarlo juntos.
En 2010, pude viajar y otra vez, soplamos las velitas de la torta al mismo tiempo y nos deseamos, el uno al otro, lo mejor y pedimos nuestros deseos y brindamos el uno con el otro y el uno por el otro.
Y ahora, hoy, que festejamos un nuevo cumpleaños –el cuarto desde que nos conocimos–, cuando Loli ha dejado los "diez y..." y yo he llegado a los "sesenta y...", estamos tan cerca... que parece un sueño.



El Profesor
 

viernes, 26 de febrero de 2010

No Damar...

(O Tribulaciones Hoteleras Primera Parte)

–Gordi… ¡Mirá lo que encontré! –me escribió Loli en el chat, y me mandó un vínculo.
Estábamos planificando, ella desde su casa y yo desde la mía, el viaje de febrero, para celebrar juntos nuestro cumpleaños.
“Hotel Damar lo invita a disfrutar plenamente de su estadía en Córdoba. Ubicado en el céntrico barrio de Nueva Córdoba, una atractiva zona donde se fusiona la riqueza histórica con el desarrollo contemporáneo, nuestro hotel le ofrece todo lo indispensable para que usted se sienta verdaderamente a gusto: calidez y un grato ambiente familiar” –decía el texto del inicio.
–¿Cambiamos de hotel? –le pregunté. Para nosotros, el Gran Hotel Victoria –sobre la peatonal 25 de Mayo–, es algo así como nuestra segunda casa. Hace mucho que somos pasajeros habituales y fuimos testigos –y nos aguantamos– todas las refacciones propias de la remodelación.
Además, para nosotros tiene una especial significación porque allí pasamos el último día de diciembre de 2008 y los primeros días del 2009, en el viaje en el cual pasamos nuestro primer fin y principio de año juntos cenando en su casa.
–Es que, Gordi… como son sólo cuatro días, podemos invertir la diferencia de precios en diversas actividades recreativas –argumentó.
Era una buena idea. Después de los viajes de octubre, noviembre, diciembre y enero, nuestra capacidad económico-financiera no era de opulencia, no estaba tan próspera como en otras oportunidades, bah.
Y es que la mudanza, los viajes y la merma de trabajo momentánea que se produce en el mes de las fiestas de fin de año, se estaba haciendo sentir.
De manera que le eché una ojeada a los precios del Hotel Damar, y la verdad que Lolita estaba en lo cierto. En cuatro días nos ahorrábamos una considerable cantidad de dinero.
Por otro lado, en la página web se asegura que “La mencionada ubicación de privilegio y la excelente atención de nuestro personal predispuesto a asesorarlo en su itinerario, se conjugan con 40 años de experiencia en el rubro, para garantizarle una agradable estadía al mejor precio de plaza”.
“Ajá –pensé–. Debe ser como era el Gran Hotel Victoria cuando empezamos a ir, un hotel tradicional que está remodelándose”.
–Ya llamé, Gordi, y hay capacidad y no hay problemas con la reserva
–dijo Loli.
De manera que tomamos la decisión y envié un correo electrónico para hacer la reserva.
Cuando leí que el “Hotel Damar es una gran oportunidad para conocer esta querida ciudad y sus pintorescos alrededores”, me sonó a argumento de promoción algo perimido, o de marketing de servicios pasado de moda, pero bueno, el Victoria también apelaba a textos de ese tipo antes de las refacciones.
Debo reconocer que el slogan (que también aparece pintado en las paredes de la entrada del edificio)
“Desde toda Argentina. Las cuatro estaciones”, me desconcertó y por alguna razón me produjo una automática asociación con la obra de Vivaldi.
En la página web hay un banner con una imagen de las sierras y resulta que el hotel está en medio de la ciudad, lugar desde el cual no se ven las sierras ni con catalejo. Pero bueno, se sabe que no todos los que se dedican a armar sitios web tienen sentido común y criterio comercial.
Esperando que me respondieran el correo electrónico (que envié a la dirección de la página y a otra, de yahoo.com que figuraba allí) me puse a husmear. Entre otras cosas me informé acerca de que:
El “Damar Hotel está ubicado en Bv. Arturo Illia 518 entre las calles Balcarce y Tránsito Cáceres de Allende, a metros de la Terminal de Ómnibus” hecho que, según sus dueños, lo hace estar “Idealmente localizado”, porque además de estar a tres cuadras de la Estación Terminal de Ómnibus –lo que nos favorece a Loli y a mí, en especial el primer día ni bien arribo–, también está a tres cuadras de: a) El Parque Sarmiento (lugar al que teníamos pensado ir a cenar, hecho que consumamos); y del Museo de Ciencias Naturales, institución que no estaba en la lista de las “actividades recreativas varias” que hace Lolita en cada viaje, ya sea que yo vaya para allá o ella venga a Buenos Aires.
Claro que esa “localización ideal” lo ubica “A 5 cuadras de:
Plaza España”, y a otras tantas del Palacio Ferreyra y del Museo de Bellas Artes Emilio Caraffa, lugares que conocemos pero que no integraban nuestro periplo.
Para mayor abundamiento de los visitantes, también se informa que sólo median 7 cuadras entre el hospedaje y: a) la Iglesia Los Capuchinos (la que ya visitamos); b) el Paseo Buen Pastor (al que solemos ir, pero no en ese viaje); c) el Sanatorio Allende (lugar al que esperábamos no tener que asistir porque no sé si nuestra medicina prepaga lo tiene en la cartilla para casos de urgencia); d) la Manzana Jesuítica (nos conocemos la manzana íntegra y varias iglesias); e) la Plaza San Martín, el Cabildo Histórico (ubicado frente a la mencionada plaza remozada por la municipalidad) y la Catedral, lugares que frecuentamos habitualmente puesto que El Ruedo –uno de nuestros lugares de ingesta de “Carlitos” y lomitos al mediodía–, está ahí nomás, a unos pasos. d) El Patio Olmos, lugar casi obligado de visita, en especial por el cine. De manera tal que las mencionadas proximidades para nosotros, ni fu ni fa.
Los servicios que se ofrecen en el mencionado sitio web incluyen: habitaciones con baño privado, sábanas y toallas de algodón, servicio de limpieza, ventilador, desayuno, servicio de despertador y sala de uso común, TV con cable.

Ya volveremos sobre el particular.
También se ofrecen otros servicios adicionales, entre los cuales están el teléfono, el fax, el servicio de lavandería, el servicio de Bar las 24 horas y las cocheras, para aquellos pasajeros que conduzcan automóviles.
Pues bien y para no hacer muy larga esta primera parte, como no me contestaban el correo electrónico llamé desde Buenos Aires y el buen hombre que me atendió me aseguró que no había problemas con la reserva y que a nuestra llegada iba a estar esperándonos la habitación.
Cuando el micro estaba por entrar a la terminal, la vi a Loli, buscándome. De manera que ahí estaba yo, como cada vez, parado el primero junto a la puerta y, como viajaba sólo con una valija de mano, ni bien descendí del micro de “QUEBÚS” nos fuimos caminando en busca de un desayuno y hacer un poco de tiempo para que se hiciera la hora de ingreso.



A las nueve y minutos, del cinco de febrero del año del Señor de 2010, ingresamos por la puerta principal del Hotel Damar, cuya fachada no se condecía con la que habíamos visto y ostentaba la curiosa leyenda-slogan: “Desde toda Argentina. Las cuatro estaciones”, sin sospechar qué nos esperaba.
Se los cuento en el próximo capítulo. Ya tienen un anticipo: sobrevivimos.

El Profesor

jueves, 11 de febrero de 2010

Y si te dijera...

Princesita:

¿Y si te dijera que de todos los cumpleaños de mi vida este, el de mis sesenta años, es el que me dio más felicidad?
¿Y si te dijera que me sentí tan, pero tan bien ahí, en tu casa, en esa hermosa noche sin lluvia que Dios nos regaló para que pudiésemos disfrutar de la cena en el jardín?
¿Y si te dijera que por primera vez, desde aquella vez que cumplí diez años que nunca antes me había sentido tan querido y tan mimado?
En todo esto estuve pensando hoy, querida mía.
¿Sabés? Uno aprende a apreciar el verdadero valor del amor, del cariño, de los mimos y las atenciones cuando las tiene aunque sea por una vez en esta vida.
No sé si podés imaginarte cuánto significó para mí cumplir mis sesenta años con tus diecinueve y con los cincuenta y seis de tu papá.




No sé si tenés una idea de cómo disfruté de tus mimos –por primera vez delante de tu papá, sin tapujos–, del asadito, de la ensalada, de las tortas y las velitas, de tu tarjeta, que leí una y otra vez hoy, ya estando acá.
No sé si podés imaginar cuánto representó para mí poder estar a tu lado un día así, con la magia extra que significa que ambos cumplimos años el mismo día.
¿Será cierto lo de las almas gemelas?
No sé si alcanzás a comprender y medir la felicidad que me produce que te brillen los ojos, que brindes con una copa de ananá con champaña, que soplemos las velitas, que compartamos la bendición que significa una rica comida, una noche estrellada, un jardín que huele a romero, tomillo, lavanda y limones tempranos.
Sé, sí, mirando esas fotos que me mandaste, que fuiste feliz esa noche del siete de febrero de 2010. Te brillaban los ojitos y esa sonrisa llena de dientitos como perlas que me cautiva, estaba más radiante, más plena.
Sé, sí, que por algún extraño designio de la vida nos cruzamos tan a destiempo, como si el cruce mismo fuera un desafío para mostrarle al mundo que el amor no tiene edad. Que a los sentimientos no les interesa el tiempo; que el corazón tiene razones que la razón no entiende.
Antes que termine este día, mi dulce Princesita, quería decirte esto.
Antes que termine este día, Loli, quiero decirte que te amo desde lo mejor de mi corazón.
Antes que este día se vaya, Loli, mi amor, quiero decirte que si Dios y la vida me dan la oportunidad y durante todo el tiempo que me quede, voy a hacer todo lo que esté a mi alcance para que te sientas feliz, plena, segura, mimada, amada, querida, adorada.
Así como adoro tu cuerpo y esos labios dulces que tenés y que yo tengo el privilegio de poder besar.
Te amo, Loli.

El Profesor

PD: Tenía pensado escribir acerca de las tribulaciones que tuvimos que padecer con Loli en un hotel al que nunca habíamos ido antes, pero cambié de idea. Lo que vivimos el día de nuestro cumpleaños, merece ser contado con la carta que le escribí a Loli.
Lo del hotel, puede esperar hasta mañana.


Foto: by Lolita

domingo, 7 de febrero de 2010

Un día especial

Para todos los que se preguntan por nuestra súbita desaparición de este espacio, quiero dejarlos tranquilos de que estamos bien, sólo que… estamos juntos. Y cuando estamos juntos rara vez nos sentamos frente a una computadora a revisar correos, escribir post o trabajar. Cuando estamos juntos nos dedicamos a disfrutar cada momento compartido y a divertirnos a más no poder.
Para alegría de ambos, el Profe, después de un largo tiempo de no viajar para estos lados –durante los últimos meses estuve viajando yo–, llegó a Córdoba el pasado viernes para pasar un fin de semana especial.
Y el día más importante de esta semana especial, es éste.
¿Por qué justo hoy, domingo 7 de febrero?


¡Porque hoy es nuestro cumpleaños!
¡Los dos festejamos el mismo día nuestro aniversario de nacimiento!
Hoy nos dedicamos a vivir al máximo: estuvimos en lugares de Córdoba que tanto extrañábamos y que ya los sentíamos tan nuestros por toda la historia que compartimos en ellos. También paseamos por el Shopping y disfrutamos de una buena peli en el cine.
Ahora estamos los dos en mi casa, preparándonos para tener una linda noche, comer un rico asadito bajo las estrellas preparado por mi papá y más tarde soplar las velitas de una torta veraniega (torta helada) al tiempo que pedimos nuestros tres deseos, esos que llevamos en el corazón y que con tanto anhelo deseamos que se hagan realidad.
Dentro de unos días les contaremos con más detalle las aventuras que vivimos en estos días…

Lolita & El Profesor

martes, 21 de abril de 2009

Osito

Me parece que ya conté que una de las cosas que me gustan del Profe, es que tiene muy buen gusto para vestirse. Usa bermuditas en verano y unos pantaloncitos claritos con remeras haciendo juego, y también jeans que le quedan muy bien. Yo le digo que es muy “cheto”, y me mira y se ríe.
La primera vez que vino en invierno, el año pasado, cuando lo vi bajar del micro casi me muero: había viajado con jeans, camisa, un suéter azul con rombos –tiene una colección de pulloveres, todos muy lindos–, y una camperita con cuellito de pana como esas que se usan en el campo.
Como le dije que estaba muy lindo –siempre que puedo le digo que es muy lindo, porque lo acostumbré a los mimos–, me preguntó si me gustaba la campera.
–Te queda hermosha, papi –le dije.
–¿Te gustaría una así para vos, cuando llegue el invierno?
–¡Shiiii! –le contesté, y me colgué de su cuello.
Después me olvidé de la camperita, pero él no.
Así que cuando viajé para pasar juntos nuestro cumpleaños, el día que volvíamos de almorzar y antes de llevarme a conocer el primer hotel alojamiento que conocí, de pronto me me agarró de la mano para cruzar la calle. No sé qué calle era, pero quedaba cerca de su casa.
–Vení, Loli. Quiero hacer algo –me dijo.
–Pero... ¿no íbamos a ir al...?
–Shhh... queda de paso –me interrumpió.
Cruzamos la calle y se detuvo frente a un local muy lindo de ropa de cuero y para el campo: botas, alpargatas y sandalias de carpincho, pañuelos para el cuello, cinturones, carteras, camisas de muy buen gusto y... las camperitas.
–Vamos a comprar tu regalo de cumpleaños –me dijo.
Pero cuando íbamos a entrar, nos dimos cuenta que había un cartelito en la puerta que decía: “Cerrado por vacaciones a partir del...” ¡Justo habían cerrado un día antes! ¡Ufa!
–Bueno, mi cielo, me parece que acabás de hacerte acreedora a dos regalos de cumpleaños –dijo y me dio un besito.
Así que cuando salimos de nuestra primera visita al hotel alojamiento, y como él sabía que me quedaba poco perfume del que me había regalado, entramos a un local y me compró uno nuevo, distinto. Ahora tengo todavía del que me quedaba poco y el nuevo.
Aunque me había quedado sin mi camperita. O al menos eso creía yo.
Porque el día que nos encontramos para nuestras mini-vacaciones, cuando bajó del micro y antes de retirar el equipaje, me pidió que tuviera la bolsa que había traído en el viaje. Adentro –lo vi–, había un paquete envuelto en papel de regalo.
–¿Qué hay adentro de la bolsa, papi? –le pregunté unos minutos después, cuando estábamos sentados en la confitería, esperando que nos trajeran el desayuno, antes de tomar el micro.
–Ah, eso. ¡Me olvidé! –dijo, con esa sonrisa pícara que pone a veces–. Era para vos, Loli.
Me encanta que haga un rito con sorpresa cuando me regala algo, así que abrí el paquete y ahí estaba, mi camperita para el invierno, parecida a la suya, pero de color verde, con cuellito de pana, muy abrigada y que no pesa nada, porque el Profe sabe que no me gusta el invierno y que padezco el frío, pero que no me gusta ponerme abrigos pesados.
Después, cuando llegamos al hotel, me dio otro regalo sorpresa: un suéter de cardigan inglés que había sido de él y que le habían achicado lavándolo con agua caliente, que tiene su perfumito. Reservo el cardigan para cuando haga más frío, para usarlo en casa porque me queda un poquito grande.
Yo le conté que cuando más sufro el frío es a la noche. A veces, en invierno, duermo con medias y un pijamita de pantalón largo y hasta me pongo un suéter, de tan friolenta que soy. Menos cuando duermo con él, porque parece un hornito a la noche.
Así que me prometió que este invierno, para que no pase frío, me iba a regalar un osito de esos como las camisetas de invierno, con patas para mis piecitos y todo cerrado, para que duerma calentita.
–Pero papi... Y... y...
–¿Y qué, mi pequeña?
–Y si quiero hacer pishito... ¿me tengo que sacar todo el osito?
–No, mi vida.
(...)
–Papi...
–¿Mhhh-hhh..?


–Y cuando estés vos y a la noche yo quiera jugar o si querés jugar vos... ¿cómo hacemos si el osito es todo cerrado? ¿Tengo que sacármelo?
Me miró, me acarició el cabello, me pasó una mano por la espalda –que me erizó toda–, y me dijo:
–Dejalo por mi cuenta.
Y entonces me prometió que iba a regalarme un osito “con puertita de atrás”, como éste.
Hoy empezó a hacer frío. Estoy segura que el Profe debe estar recorriendo negocios, buscándome el osito con puertita en la cola, para que cuando vaya en el próximo viaje, lo pueda usar y no tenga que sacármelo si nos da ganas de jugar en medio de la noche (Ji ji).

Lolita

viernes, 3 de abril de 2009

Almas gemelas

–¿Puedo hacerte una pregunta, Loli? –dijo mi compañera de colegio, mientras esperábamos que llegara la profesora de Derecho, que se había retrasado.
–Sí, claro. Dale.
–¿Cómo hacen, El Profe y vos, para sostener esa relación con tanta diferencia de edad?
–Ah. Bueno, no siempre es fácil. Pero creo que... –en ese momento sentí que tenía que explicarle tantas cosas que, de sólo pensarlas, me cansaron. Opté por cortar por lo sano y hacerle la síntesis al asunto:
–¿Sabés? Compartimos todo.
–¿Cómo todo?
–Sí, todo. De hecho, con cuarenta y un años de diferencia, compartimos el día de cumpleaños.
Mi compañera se me quedó mirando, estupefacta.
–¿Ehhhh? ¿Nacieron el mismo día?
–Mjm... Sí, el mismo día. Él cuarenta y un años antes que yo.
–¡Ay, Diosssss! ¡ALMAS GEMELAS! –gritó mi amiga llevándose las manos a la cara, como si estuviera presenciando un milagro en vivo y en directo.

Lolita

Foto: © Bancodeimagenes.com