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miércoles, 9 de marzo de 2011

El antes y el después

Lugar: Restaurante Alfonsina (a media cuadra de la calle principal, recomendable cien por ciento a quien visite la ciudad).
Localidad: Capilla del Monte.
Provincia: Córdoba.
Día: 6 de marzo 2011
Hora: 13:10
Plato: Trucha a la salsa de Azafrán con guarnición de arroz especiado y bouquet de flores.
Momento: Antes de que Loli le hincara el diente.

Lugar: El mismo de ut supra.
Hora: 13:30
Plato: Lo que quedó de la cabeza de la trucha a la salsa de Azafrán con guarnición de arroz especiado.
Momento: Después que Loli terminara de hincarle el diente.
La verdad no me explico cómo hace esta criaturita de Dios, con esa estatura que tiene, para zamparse la trucha –servida en semejante platazo extra-gourmet–, y ponerla entre pecho y espalda en veinte minutos. Quelque chose de merveilleux à voir!

El Profesor
PD: Eso sí, las flores las dejó, porque dijo que podían caerle pesadas... :)

jueves, 4 de noviembre de 2010

Diario de Lolita: El encuentro



–Hola, Loli –me dijo.
–Hola, Profe –le contesté, antes de ir hacia él y dejarme envolver pos ese primer fuerte abrazo.

No podré en mi vida olvidar ese día. El primer día de diciembre. Mi primer cita, a los dieciséis años. Cuando menos lo esperaba. Mi cita a ciegas con el ser que durante meses había sido la causa de mi desvelo, de mi desatino, de mi transformación.
Es sabido que esta sociedad le da mucha importancia al poder. Yo creo que ningún poder es tan importante como el “poder amar” y puedo afirmar que desde que lo vi y lo sentí por vez primera, empecé a sentirme poderosa.
Me guié por sus referencias de cómo estaba vestido para encontrarlo en la terminal, ya que, aunque lo conocía por fotografías, quería estar segura de que era él.
Caminé por las plataformas, mirando entre las personas sentadas en los bancos y en un momento lo vi. Lo vi de atrás y supe, por lo que me había dicho, que era él.
Llevaba un pantalón de vestir clarito, zapatos color ciruela, con cinturón y porta-llavero haciendo juego (desde ese día, ese porta llavero me da vuelta, me transformó en fetichista) un pulóver verde y un libro en la mano. Me acerqué despacito y antes de arrojarme sobre él y fundirnos en un abrazo, me observó de arriba abajo con una sonrisa. Sí, me había vestido especialmente bonita para ese primer encuentro: sandalias blancas, pollera larga del mismo color y una musculosa. Llevaba además el cabello suelto.
–¡Loli! –me dijo, y me besó en la mejilla.
Yo lo besé a él y dejé que me envolviera por esos brazos fuertes, cálidos y contenedores. Ese día me hice adicta a su abrazo.
De la terminal nos fuimos caminando unas pocas cuadras hasta el hotel. Lo tomé de la mano. Por mi cuerpo corrían escalofríos de emoción, de deseo, de alegría de haberlo conocido y tenerlo a mi lado.
–¿Y? ¿Te parezco tan lindo como imaginabas? –me preguntó, mirándome a los ojos–. ¿No te parece que soy medio viejito?
Le sonreí y pensé que no parecía para nada viejito y que estaba para comérselo, y que me estaba dando hambre.
–No –le contesté–. Es más, sos mucho más hermoso de lo que había imaginado...
Y de pronto ahí estábamos, entrando al hotel.
¿Pueden imaginarse cómo me latía y el corazón cómo me temblaban las piernas?


Lolita


lunes, 1 de noviembre de 2010

Diario de El Profesor: El viaje


Desde que tengo memoria, Córdoba estuvo en mi vida.
Recuerdo que ese 30 de noviembre de 2007 llegué a la terminal de Retiro con tiempo para abordar el micro de General Urquiza, una empresa que conocía desde hace mucho tiempo –desde que se llamaba ABLO y General Urquiza–, y que fue la compañía en la que viajé por primera vez en ómnibus a Córdoba, cuando aún no existía la actual terminal de ómnibus, y los micros de larga distancia paraban en la anterior, que aún hoy existe, en la zona del mercado.
Ese primer viaje fue con mi abuelo, a los cinco años, para pasar unos días en la casa de su hijo mayor, mi tío, en Villa Carlos Paz cuando no era más que un pueblito y no la ciudad que es actualmente. La misma Villa Carlos Paz en la que pasamos unos días de descanso en marzo de este año con Lolita.
Cuando tenía seis años, en enero siguiente –y durante los seis posteriores– empecé a viajar con los “campamenteros” de la Acción Católica a una zona que se llamaba San Clemente, y de la que salíamos a múltiples excursiones. En el primer campamento me acuerdo haber aceptado bajar la Quebrada de los Condoritos, una hazaña (o una locura propia de la inconsciencia de la niñez), ya que no era fácil bajar los cientos de metros, la mayor parte del trayecto de culo.
Más tarde mis padres tuvieron un chalet en Villa Carlos Paz y hasta que comencé el secundario, era casi obligado pasar el mes de febrero de vacaciones en esa casa de la última calle que había en ese momento, en la falda del Cerro de la Cruz.
Muchos años después, mi madre enfermó y le recomendaron vivir en un lugar con aire puro y tranquilidad, y entonces compramos el pequeño campo en Cerro Blanco –a unos quince quilómetros de Tanti, en plena sierra, cerca de Los Gigantes–, en el cual ella vivió la mayor parte de sus últimos años.
¿Cuántas veces había visto la actual terminal desde la ventanilla del micro o me había bajado para hacer un trasbordo? ¿Cuántos viajes había hecho a Córdoba en esos cincuenta y siete años de vida? ¿Cuántas idas y vueltas llevando a mis hijos para que pasaran las vacaciones con su abuela y cuántos fines de semana, en verano o invierno, para ir a compartir unos días con mi madre en ese lugar tan hermoso en el cual vivía?
Córdoba estuvo en mi vida desde el principio, y en eso pensaba mientras esperaba abordar el micro que ese 30 de noviembre de 2007 tenía que tomar para viajar a conocer a Lolita.
¿Había algún sino en mi destino que me habían llevado una y otra vez a Córdoba? ¿La vida me había ido preparando para lo que iba a pasar y que ni en sueños había imaginado?
Recuerdo haber sacado el pasaje en los asientos de abajo, que son pocos y me resultan más cómodos, y cuando llegó el momento de subir ni siquiera tuve que despachar equipaje porque sólo llevaba mi maletín de viaje, que me había acompañado durante tanto tiempo.
Me acomodé en la butaca y miré cómo el micro iba saliendo de la ciudad, sin poder dejar de preguntarme qué estaba haciendo, aunque ya no podía volverme atrás. La ansiedad me impidió dormir durante un buen rato –pese a que por lo general no tengo problemas para dormir en los viajes–, hasta que el cansancio me venció y me abandoné a un sueño entrecortado, mezclado con la ensoñación que producen las emociones, hasta que creo haber caído en el sueño profundo cuando ya estaba por amanecer.
Una de las cosas que solían sucederme en los viajes a Córdoba es que, como por arte de magia, me despertaba cuando el micro estaba en las cercanías de esas torres de piedra del arco de entrada a la ciudad y esa mañana del 1º de diciembre no fue la excepción. Cuando abrí los ojos, ahí estaba, dándome la bienvenida, franqueándome el paso a la ciudad, el arco de entrada.
Aunque no suelo usar el baño del micro, ese primer día me encerré a lavarme los dientes, mojarme un poco la cara para despejarme y ponerme presentable. Cuando salí del baño, el micro estaba pasando por el costado del Hospital San Roque. Estábamos por llegar a la terminal.
El corazón empezó a latirme más fuerte. No pude aguantar quedarme sentado y fui acercándome a la puerta justo en el momento en el cual el micro entraba en la terminal. Me puse primero para bajar y miré hacia el paredón lateral buscando a Loli.
El ómnibus estacionó y bajé ni bien se abrió la puerta, buscando entre la gente y recordando que Loli me había dicho “Si yo no llegué, vos esperame sentadito, y no te muevas…”
Busqué un lugar no muy lejos de la plataforma en la que había estacionado el micro y me senté a esperar. No tuve que aguardar mucho porque poco después la vi, buscándome entre la gente, caminando hacia mí, en esa calurosa mañana del primer día de diciembre, con su pollerita blanca, una remera musculosa y sandalias.
Entonces me levanté del asiento, con el portafolios a mis pies y la miré en el mismo momento en que descubrió mi presencia.
Fue tanta, tanta la emoción que me embargó que lo único que pude hacer fue abrir los brazos para recibirla.

–Hola, Loli –le dije.
–Hola, Profe –me contestó, antes del fuerte abrazo.

Hoy es 1º de noviembre y falta sólo un mes para que se cumplan tres años de ese día, cuando Lolita y yo, nos vimos, nos abrazamos y nos besamos por primera vez.

 

El Profesor



 

miércoles, 25 de agosto de 2010

Diario de Lolita: El día después


Para el Profesor y para mí este blog fue uno de nuestros primeros sueños y se transformó en el primer proyecto de vida conjunto que pudimos concretar desde aquellos días de 2008, cuando nos encontrábamos a escondidas y el futuro parecía tan incierto.
Hoy, después de un largo año de escribir aquí, tenemos otro sueño: contar en un libro nuestra historia. Por eso, leyendo comentarios de quienes nos siguieron durante todo este tiempo y nos alentaron, vamos a hacerlo. Y de la misma forma que los sueños se vuelven realidad sólo si uno hace lo necesario para materializarlos, los libros se hacen escribiendo. Quién sabe... a lo mejor este es el principio.
Ayer fue 24 que para muchos de ustedes será sólo un número y para nosotros es un símbolo, porque fue un día 24 de hace tres años y un mes cuando la vida decidió cruzarnos los caminos, al Profe y a mí. Por eso decidimos que hoy, EL DÍA DESPUÉS, era el día indicado para empezar a contar nuestra historia de vida.
Nos pusimos de acuerdo en hacerlo así: un post mío, relatando lo que pensaba y sentía en cada momento del relato y a continuación un post del Profe, contando qué le pasaba a él.
Dicen que en esta vida el precio que tenemos que pagar por crecer y conocer el amor, es perder la inocencia. Si así fuera, yo lo pagué y lo volvería a pagar, sólo por volver a sentir lo mismo que con aquella primera caricia.
A veces recuerdo que mi vida era tan diferente a este vértigo en que se transformaron ahora mis días, que por momentos me da la sensación de ser otra persona que está mirando adentro de mí. Porque ni siquiera podía imaginarme qué era capaz de hacer y hasta dónde era capaz de llegar para estar sólo una hora con ese hombre que llegó a mí en el momento menos esperado, pero cuando más necesitaba alimentar mis sueños y fantasías adolescentes, que habían quedado truncadas durante más de tres años, desde el inicio de mi pubertad.
¿Quién dijo que el amor debe llegar de una manera determinada, a una edad prefijada y con la persona ideal? Conozco a varios que piensan así y obran en consecuencia y aprendí a darme cuenta que todos están unidos por un denominador común: ninguno de ellos puede decir con propiedad que amó de verdad en toda su vida.
¿Cómo lo sé? Porque lo viví desde ese primer día de invierno cuando recibí ese primer “beso con bufanda” que el Profe me mandó escrito como saludo en una de las primeras cartas –para nosotros los correos electrónicos siguen siendo cartas–, que cruzamos en ese mes de agosto de 2007.
La historia que voy a contar a continuación es, no lo duden, una historia de amor, de amor apasionado y desinteresado, entorpecido por dificultades de todo tipo y obstruido por incontables obstáculos. Debo reconocer que aunque yo no me daba cuenta, debo reconocer que como me decía el Profe, era de esperar que así sucediera, ya que si una característica tuvo nuestro amor es que desde el principio fue poco o nada convencional.
Nunca imaginé cuánto era capaz de amar mi corazón, ni me había preguntado hasta dónde era capaz de entregarme... Nunca, lo juro, hasta que lo conocí a él.
Cuando hablo de él me refiero al Profe, ese hombre tan especial, que apareció en mi vida cuando menos lo esperaba pero –ahora me doy cuenta–, en el momento que más lo necesitaba.
Llegó para transformarse en el dueño de mi joven corazón. Para cambiar mi vida, iluminar mi existencia y desterrar mis temores y mis culpas. Para enseñarme a poner ternura en cada instante, para hacer de mí una adolescente enamorada y una amante chiquitita, perdida en esa nube de sueños que le dieron un sentido inesperado a cada uno de mis días. Para convertir a la niña que nada sabía de amor, en la mujer que soy.
Lo conocí a través Internet y sus infinitas posibilidades, cuando buscaba una editorial que publicara mi primer libro...

Loli


sábado, 24 de julio de 2010

Bifurcación

Esa trama de tiempos que se aproximan, se bifurcan, se cortan
o que secularmente se ignoran, abarca todas las posibilidades.

«El jardín de senderos que se bifurcan»,
JORGE LUIS BORGES (1899–1986)



Que el camino salga a tu encuentro.
Que el viento siempre esté detrás de ti y la lluvia caiga suave sobre tus campos.
Y hasta que nos volvamos a encontrar, que Dios te sostenga suavemente en la palma de su mano.
Que vivas por el tiempo que tú quieras, y que siempre quieras vivir plenamente.
Recuerda siempre olvidar las cosas que te entristecieron, pero nunca olvides recordar aquellas que te alegraron.
Recuerda siempre olvidar a los amigos que resultaron falsos, pero nunca olvides recordar a aquellos que te permanecieron fieles.
Recuerda siempre olvidar los problemas que ya pasaron, pero nunca olvides recordar las bendiciones de cada día.
Que el día más triste de tu futuro no sea peor que el día más feliz de tu pasado.
Que nunca caiga el techo encima de ti y que los amigos reunidos debajo de él, nunca se vayan.
Que siempre tengas palabras cálidas en un anochecer frío, una luna llena en una noche oscura, y que el camino siempre se abra a tu puerta.
Que vivas cien años, con un año extra para arrepentirte.
Que el señor te guarde en su mano, y no apriete mucho su puño.
Que tus vecinos te respeten, los problemas te abandonen, los ángeles te protejan, y el cielo te acoja; y que la fortuna de las colinas celtas te abrace.
Que las bendiciones de San Patricio te contemplen. Que tus bolsillos estén pesados y tu corazón ligero. Que la buena suerte te persiga, y cada día y cada noche tengas muros contra el viento, un techo para la lluvia, bebidas junto al fuego, risas para que te consuelen aquellos a quienes amas, y que se colme tu corazón con todo lo que desees. Que Dios esté contigo y te bendiga, que veas a los hijos de tus hijos, que el infortunio sea breve y te deje rico en bendiciones.
Que no conozcas nada más que la felicidad, desde este día en adelante. Que Dios te conceda muchos años de vida, de seguro. Él sabe que la Tierra no tiene suficientes ángeles.
Que el camino salga a tu encuentro.
Que el viento siempre esté detrás de ti y la lluvia caiga suave sobre tus campos… ¡así sea cada año y para siempre!
ANTIGUA BENDICIÓN CELTA

El Profesor

martes, 9 de marzo de 2010

Simplemente gracias...

Recuerdo ese día como si fuera hoy. Iba yo vestidita como una niña aún, para esperarte en la terminal. Llevaba mi pollerita blanca y esa remerita que dejaba al descubierto mis bracitos un poquito dorados por el sol.
Recuerdo también cómo te brillaron los ojos cuando me viste y cómo te emocionaste cuando te sonreí con la mejor sonrisa –cargada de alegría, entusiasmo, ilusión y mucho amor– que nunca antes le había dedicado a un hombre. Si, tuviste ese privilegio: el de conocerme pequeña y guiarme de la mano hacia la edad adulta, aconsejándome, mostrándome, enseñándome y alentándome a dar esos pasos necesarios para transitar el camino para llegar a donde estoy hoy.


Hoy ya soy toda una mujercita. Y tengo la dicha de haber tenido a un hombre maravilloso a mi lado que me acompañó todo este tiempo y me hizo sentirme cada vez más mujer. ¿Cómo? Con su amor, con sus palabras, con sus gestos.
Mi vida, gracias a vos, pasé de ser una adolescente normal a sentirme realmente una princesita. Me lo hiciste tomar como cierto. Me hiciste sentir en todo este tiempo que era una mujer fuerte, que podía hacer todo lo que me propusiera y que era alguien muy valiosa para el mundo, pero especialmente para vos.
Gracias por eso. Aunque no tengas tu día, aprovecho para decirte hoy mismo lo importante que sos en mi vida y lo mucho que agradezco tu presencia –aunque sea a la distacia– en cada uno de mis días. Gracias por compartir mi risa, por secar mis lágrimas, por sanar mi corazón, por darme esperanzas y por hacer que cada día sea mejor que el anterior.
Ojalá la vida nos regale muchos momentos juntos para vivirlos como hasta ahora.

Te amo con todo mi corazón de mujer.

Lolita.