Fragmento de conversación por chat del 2 de marzo.
★Çhêrrÿ: Holisss
Yo: Ji, ji
19:13 Acá estoy, vos que querías ser mi amiga...
¿Así que andás buscando profe?
★Çhêrrÿ: jajja
siii o alguno que se digne a cogerme bien
y tener cerebro
pero es mucho pedir
Yo: Mmmmmm
Siiii
19:14 No... quizás lo encuentres...
★Çhêrrÿ: asi q sentite mu afortunada
Yo: Pero mi profe no tiene amigos... y menos como él
19:15 ★Çhêrrÿ: lastima...
19:17 y contame
que haces de tu vida
Así comenzó todo. Con una conversación por chat, entre Loli y su interlocutora cuyo nickname está ahí, a la vista. Puesto que, en tren de decir la verdad, saquémonos todos las caretas.
Conversaciones como éstas, empezaron a ser más frecuentes y Lolita, con la inexperiencia de sus años, aceptó sin darse cuenta de la seducción histérica que se escondía detrás.
Y eso todo lo que voy a decir para que quien esto lea, entienda la secuencia de los hechos, no para buscar disculparme o exonerarme porque, en realidad, la responsabilidad de lo que sucedió a continuación, es mía.
Y no hablo de culpas. Los seres humanos somos especialistas en “echarnos la culpa”. La culpa se ex-culpa con facilidad. La responsabilidad, pesa mucho más.
Por eso es que no la rehuyo, no trato de esquivarla, ni minimizarla.
Responsabilidad es ese cargo u obligación moral que resulta para uno del posible yerro en cosa o asunto determinado. Es la calidad de “responsable”, e implica la obligación moral de responder ante sí mismo, ante un ser querido, ante la sociedad o ante Dios (si es que tiene convicción de trascendencia), de los propios actos o actitudes. Por eso, precisamente, es que la responsabilidad es el principal fundamento de la libertad.
Decía, haciendo alusión a Lolita, que a diferencia de ella yo no soy un adolescente que vivió sus pocos años de existencia encapsulado en sus estudios, fantaseando con una imagen ideal del amor. Soy un hombre que ha vivido mucho tiempo, que he tenido experiencia y no puedo decir “yo no sabía”. Nadie puede alegar en su defensa, como dice el principio del derecho, su propia torpeza.
Posiblemente me haya tomado por sorpresa, es cierto, pero a partir de la primera vez que me crucé con Marianita Ninfa, Çhêrrÿ ßlø§§øm GirL o como se llame, y una vez que llegamos a las veinte líneas de chat, ya no puedo decir que yo no sabía lo que hacía.
Me dejé llevar por la sensualidad. Permití que me arrastraran las fantasías. Me entregué al juego del hombre que sabe que una pendeja lo está seduciendo, y pese a que conoce el límite en el cual debe detenerse, lo cruza por esa capacidad de autodestrucción perversa que cargamos los seres humanos como una paradoja o como una maldición.
Bueno, al menos la reconozco en mí, en ese momento y en esas circunstancias, de modo que nadie se cuelgue el sayo que no está hecho para su medida.
Siguiendo con la historia, desde ese 18 de marzo, hasta el chat del 14 de abril (los he releído todos), jugué el juego de la seducción y estuve dispuesto a jugarlo hasta el final. Dicho con todas las letras, al punto de aceptar –como decía que quería–, que viniera a mi casa.
Hoy, debo agradecer el hecho que la actitud histérica de la mencionada jovencita, que primero ofrecía y después se rehusaba y encontraba cada vez una nueva excusa, haya impedido cualquier encuentro.
Pero, insisto, no estoy escribiendo esto para encontrar excusas sino para admitir públicamente –creo que Lolita se lo merece–, que aunque sea con la intencionalidad del acto, le fui infiel.
No voy a entrar en detalles escabrosos. Baste decir que fue por chat, mirando una camarita que no tenía que mirar, escribiendo cosas que no tenía que escribir, dejándome llevar por sensaciones que bien me podría haberme ahorrado porque, con la perspectiva que da el paso del tiempo, me doy cuenta que ni siquiera me dejaron satisfacción de ningún tipo.
Debo ser honesto: no se es infiel por llegar al extremo de darse un revolcón con una mujer a la que no se ama. Se puede ser infiel con el pensamiento y con la intención. Bien que lo sé.
¿Por qué lo hice? Quizás, como me dijo Lolita, porque soy un seductor compulsivo y no me doy cuenta o porque a mis cincuenta y nueve años la tentación de ser un “banana” es muy grande y en realidad hago un papel patético.
Hoy, que puedo pensarlo, no encuentro la respuesta. Esa respuesta que no le debo a nadie, ni siquiera a Loli, sino a mí mismo. La que me lleva a escribir esto. Quizás no sea más que el buscar restablecer la verdad. Porque, si existe una definición de verdad es: "la verdad es consecuencia". Consecuencia entre lo que se siente, se piensa, se dice y se hace.
Un día, al principio de nuestra relación, le expliqué a la Princesita que el amor era como una escalera: que en el primer peldaño, está la confianza. Que cuando uno confía en sí mismo, puede confiar en los demás.
Que en el segundo escalón, está el respeto, porque cuando uno es confiable a los ojos de uno mismo, y puede depositar su confianza en los demás, se gana su propio respeto y, por ende, puede respetar a los demás.
Porque el respeto no se compra, ni se alquila, ni se recibe de prestado, ni se impone, ni hay plan de cuotas, leasing o licitación que nos lo brinden. No podemos recibirlo de regalo, ni pueden prestárnoslo. O se respeta uno, o no se respeta. O se gana uno el respeto de los demás, o no se lo gana.
Así, sintiéndose confiado de sí mismo y confiando en los demás; respetándose a uno mismo y respetando a los demás, uno es libre de tomar sus propias decisiones.
Y sólo aquel que se siente en libertad de tomar sus propias decisiones, con el fundamento que da la responsabilidad, puede aceptar que sus semejantes tomen sus propias decisiones también en libertad, aunque creamos que no nos convienen o nos duelan.
Esta escalerita, le expliqué en ese momento a Lolita, es la que conduce al amor, que está en el escalón siguiente. Si no se han subido esos peldaños antes, no se puede llegar a amar.
No puede decir con propiedad que ama quien no confía en sí mismo y en los demás; quien no se respeta y no respeta a los demás y quien no se siente libre de tomar sus propias decisiones y condiciona a los demás –manipulándolos o a la fuerza–, para el ejercicio de su libertad.
Hoy, ahora que escribo estas palabras, no me veo confiable a mis propios ojos, no siento respeto por mí mismo y vacilo antes de tomar cualquier decisión, porque no me siento libre. Apenas si puedo decidir hacer esto, escribir.
Decirle a Lolita entonces que la amo, sería mentirle y –lo que es peor aún–, mentirme a mí mismo. No amamos a aquel a quien, por acción o por omisión, le hacemos daño.
Quizás alguno de los que lea esto se pregunte qué necesidad tenía de escribir esto y publicarlo. Quizás se imaginen que lo estoy haciendo condicionado por el deseo de Lolita, para conformarla, presionado por ella para humillarme públicamente.
Se equivocan.
Lo hago porque tengo que desandar el camino.
Tomo esta decisión en libertad, para poder volver a sentir respeto por mi persona, y para poder volver a verme confiable.
Me equivoqué muy feo, metí la pata, me mandé un cagadón de magnitud planetaria, como quieran llamarlo. Así somos los seres humanos y, quien se sienta tan sin mácula como para ser capaz de tirar la primera piedra, que lo haga.
Sé que en una relación, cuando se ha perdido la confianza, es casi imposible recuperarla. Y cuando digo “casi”, estoy poniendo lo más optimista de mi persona.
En realidad creo que la confianza, por más que uno haga, el otro no se la concede jamás porque hay algo activo en nosotros que es la memoria, que durante el resto de nuestra existencia nos va a atormentar haciéndonos vacilar, pegándonos muy duro en nuestras inseguridades –que es donde más nos duele–, y clavándonos un puñal en el narcisismo, para que no volvamos a dar ese voto de confianza inicial, inocente, limpio y puro de la primera vez.
Sé que en este momento todo lo que pude haber hecho por Lolita ha quedado embarrado y sucio por la desilusión. Y sé que limpiarlo, es imposible. No existe detergente ni polvo limpiador alguno que elimine la mancha. Siempre estará ahí, dispuesta a salir en el momento menos pensado, la aureola que persiste como el mal recuerdo.
No ignoro el dolor que le he causado al descubrir –porque Çhêrrÿ ßlø§§øm GirL le envió una cuidadosa selección de chats (no todos, sino los que a ella le convenía)– que, aunque sea escribiendo, le he mentido.
Que he usado palabras que sólo debí haber reservado para ella, actitudes que le eran exclusivas, gestos que no debí haber dispensado a nadie, a no ser ella: Lolita. Me hago una idea –nadie puede decir que sabe qué siente el otro–, del dolor que debe estar sintiendo y aunque en la vida no hay ni “hubiera” ni “hubiese”, daría cualquier cosa por volver el tiempo atrás o tener la potestad de remediar el daño producido.
Aunque en lo más profundo de mí, sé que no es posible.
Y menos aún en las condiciones en que sucedió todo, dos días después de que Lolita haya vuelto a su hogar, después de pasar ese último fin de semana juntos en mi casa.
Muchos han hablado aquí, en los comentarios. Están los que no han creído ni una palabra de lo que aquí se escribía, creyendo a pie juntillas que eran los desvaríos de un viejo verde o las fantasías de una adolescente perturbada. Otros han creído en que tanto Lolita como yo, no sólo éramos personas reales detrás de un nick, sino que escribíamos nuestra historia y vivencias.
Algunos pocos privilegiados, saben y tienen pruebas de que esta historia es real y hoy, ahora, más real que nunca.
Pues bien, esta historia de amor, como en la vida, tiene su lado amargo, su faceta más desagradable, su cara más triste: es ésta.
No ignoro que habrá quien se regocije leyendo lo escrito. A esos les digo que pueden regodearse a gusto, porque encontrarán pocas oportunidades de hacerlo como ésta. Quizás también se harán presentes aquellos que tomarán partido y se embanderarán, y se rasgarán las vestiduras por mi actitud. A esos, mejor que lo piensen y no digan "nunca", "siempre" o "jamás", porque el destino suele ser burlón y a veces pienso que si Dios tiene una distracción, consiste en empezar a reírse a cuenta de los impecables, de los que prometen y están muy seguros que "ellos nunca".
Pero también sé que hay unos pocos que sentirán aunque sea un poquito, de la profunda tristeza que siento yo en este momento. A estos últimos, gracias por tratar de comprender que si quiero seguir conservando ante mí mismo la imagen de hombre, no puedo hacer menos que declarar este mea responsabilitas.
Es la única manera de volver a sentir que soy confiable ante mí mismo. Es el único modo de volver a sentir respeto por mi persona. Es el camino inevitable para volver a sentirme libre.
Por que sólo la verdad expuesta, cruda, descarnada, por dolorosa que sea, nos permite ser libres.
Por alguna razón que debe tener que ver con la necesidad de volver a ponerme en pie después de tamaño tropezón en la vida, he recordado este fragmento del poema “If”, de Rudyard Kipling:
Si puedes encararte con el triunfo y el desastre,
y tratar de la misma manera a esos dos impostores;
Si puedes aguantar que a la verdad por ti expuesta
la veas retorcida por los pícaros para convertirla
en lazo de los tontos, o contemplar que las cosas a que
diste tu vida se han deshecho, y agacharte y construirlas de nuevo,
aunque sea con gastados instrumentos.
Y aunque no soy –a todas luces–, el más indicado para dar consejos, les sugiero ponerse a buen recaudo cuando vean aparecer ese nick, con esa simpática caricatura de una nenita seductora.
Como los escorpiones, que terminan picándose a sí mismos y autodestruyéndose, puede ser letal, créanme. Que no se trata ni de despecho ni de venganza, sino de una infortunada comprobación de un hecho.
El Profesor
PD: Por algún designio que no atino a comprender, se han conservado en su variante original, todos y cada uno de los chats. Ahora los archivo y los guardo, por si las moscas.