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domingo, 7 de junio de 2009

Sucursal del cielo

Fue allí donde besé sus labios infinidad de veces y sentí mi cuerpo encendido por la pasión y mi alma iluminada al experimentar la magia del amor.
Ahí, en ese cálido lugar donde viví la alegría de la cotidianeidad, del compartir constante, del construir puentes entre nosotros para elevarnos y hacer más sólido el vínculo.


En ese lecho donde me despertaba, después de habernos dormido abrazados luego de haber disfrutado un hermoso día lleno de sonrisas, de diversión y momentos apasionados.
Ese espacio en el cual me regaló sus gestos más románticos: prepararme la cena que más me gustaba, esperarme con el toallón cuando salía de bañarme o abrazarme mientras mirábamos una película.
Allí mismo fue donde por primera vez descubrí el talento que tenía para bailar temas lentos abrazado a mi cuerpo y para mover las caderas al ritmo del merengue o la salsa.
En ese lugar me reí en un día más de lo que lo había hecho en toda mi vida, tuve la oportunidad de ser novia, amante, esposa y –de alguna manera– mamá a la vez, de servirlo y mimarlo las veinticuatro horas del día.
Donde viví esos momentos y descubrí que sentía mi cuerpo rebosante de chispitas de vida y energía, que el aire era más puro y que el sol de la felicidad inundaba todos los rincones.
Allí pude ver cómo era en su espacio cotidiano, cómo vivía el día a día, donde me percaté del desorden que tiene en su escritorio y la pulcritud con que guarda su ropa.
En esa casa lo acaricié una y mil veces con la mirada mientras lo ayudaba en la cocina, donde había malabarismos con las cacerolas en su intento de complacerme con un rico plato.
Desde la ventana pude contemplar el paisaje de ciudad que sus ojos miraban todos los días y de su mano pude recorrer y conocer los lugares que frecuentaba a diario.
En ese sitio fue donde aprendí que existen los milagros muy cerca nuestro, que el amor no tiene límites para crecer y expandirse y donde tuve la extraña pero hermosa sensación de que el dar y recibir tanta sustancia amorosa y recién salida del corazón, parecía suspender la muerte, el dolor y la tristeza.
Allí fue donde hasta el detalle más insignificante cobraba sentido, donde cada hora era un recuerdo que se iba atesorando allí donde no se olvida más y que, cuando se recuerda, se revive.
Ahí, en ese lugar, fui inmensamente feliz.

Nunca pensé que el cielo pudiera tener sucursales en la tierra.

Lolita

Foto: © Charles Tribbey

sábado, 2 de mayo de 2009

Llegó la hora

–Loli... ¿tenés todo guardado?
–Shi...
–Bueno, en ese caso me voy a cambiar...
–Shi...
–Loli...
–¿Shi?
–Dejá de matarte con Arjona.
–Shi, papi (¡Snif)
–¿Por qué las lagrimitas, mi niña?
–Porque... porque..
–¿Qué, mi amor?
–¡Porque tuvo gusto a poco!
–Sí, Loli, es cierto. Vení, mi amorcito, que te doy un abrazo.

El Profesor

–Bebi...
–¿Si?
–No la estamos sobrellevando tan mal ¿no?
–No, Papi (¡Snif, Snif..!) no, aparte del hecho de que somatizmos y nos refriamos los dos juntos...
–Bueno, Bebi... intentemos que no sea tan malo... tené la esperanza que ya nos vamos a volver a ver prontito, ¿Si?
–Shi...
(...)
–Papi...
–¿Mmm?
–¿Podés dejar los cigarillos, mi amor? ¡Ya vas por el cuarto! ¿Qué te pasa?
–Es que... Snif... Ya falta una hora... Shi... los dejo... ¿Me das un abrazo?

Lolita

Inevitablemente, estemos adonde estemos, sea el día que sea, cuando llega la hora, Lolita y yo sentimos que nos duele el cuerpo ante el hecho que, por otro período de tiempo, tenemos que estar lejos uno del otro.
Dentro de una hora y algo, nos vamos a dar un fuerte abrazo, Loli se va a subir al micro y yo voy a hacerle señas con la mano hasta que el micro se marche de la terminal.
Ella va a tratar de conciliar el sueño comiéndose el chocolate que le compré y yo voy a ponerme la remera que le di para que usara para dormir mientras estuvo en mi casa.
Ella va a pensar en estos días y yo, en mi cama me voy a abrazar a la almohada para tratar de retener su olorcito y el calor de su cuerpo junto al mío.
Pero los dos, ella en el micro y yo en mi cama, vamos a anhelar otro jueves como el de hace dos días, cuando llegó y la estaba esperando. O también otro día como tantos, cuando yo llego a la terminal de Córdoba y lo primero que hago es buscarla, porque sé que me está esperando apoyada en el barandal.
Porque mañana, la vida nos va a regalar muchos más momentos como los que pasamos.
Llegó la hora, sí. Pero vamos a sostener la esperanza de vernos dentro de poco y por eso, ella se queda conmigo y yo me voy con ella.
Juntos.
Y ahora, después de publicar este post, nos vamos para la terminal de Retiro.
¡Gracias a todos por leernos y por la calidez y el cariño de sus comentarios!

Lolita & El Profesor

lunes, 27 de abril de 2009

Dulce recuerdo

–Papá…
–¿Sí?
–Esta noche necesito que me lleves al shopping. Nos vamos unas amigas...
–Bueno. ¿Y tengo que ir a buscarte después?
–Esteeee… No, en realidad no, porque después de ahí nos vamos a bailar.
–¿Vas a ir a bailar?
–Psee...
–¿Tengo que ir a buscarte a la madrugada?
–Mmm... no. Vengo directamente mañana a la mañana.
–¿Cómo? ¿A qué hora termina el boliche?
–Y... a la mañana.
–¿Tantas horas? Pero hija, vos nunca saliste tanto tiempo.
–Por eso mismo. Quiero empezar a aprovecharlo.
–¿No es demasiado? –dijo, y esa mirada se leía la sospecha.
–¡Ay, papá! Antes, porque no salía. Ahora, porque salgo. ¿Puedo divertirme en paz con mis compañeras por una vez?
–Sí, sí... Me gusta que salgas. A propósito... ¿quiénes van?
–Y... las chicas.
–¿Podés darme el teléfono de alguna? Digo, por las dudas... Por cualquier cosa...
–Sí, claro. Estee... a ver, sí… anotá.
Le di dos números telefónicos falsos, rogándole a Dios y a todos los santos que jamás fuera a llamar y descubrir mi mentira. No hay caso, a quienes la naturaleza no les da instinto de madre, le da perspicacia de padre.
Esa noche, a la hora prevista, me dejó en la puerta del shopping.
–Bueno, cuidate, ¿eh? –me recomendó, y otra vez esa mirada inquisitiva.
–Sí, sí –dije–. Vos, tranquilo.
–¿Adónde están tus compañeras? –preguntó, sacando la cabeza por la ventanilla del conductor.
–Y, deben estar adentro. Voy a buscarlas, pero no te quedes esperando, vos andá nomás. Chau.
Subí las escalinatas del centro comercial y me di vuelta con disimulo, para corroborar que el auto blanco ya había desaparecido entre el tráfico de la avenida.
Después me fui derecho hasta donde él debía estar esperándome.
Lo reconocí a la distancia. Su presencia, su figura, su porte y esa poderosa atracción que me provoca eran inconfundibles.
Nunca voy a poder olvidar esa noche. Nuestra primera noche, la primera salida romántica. ¡Estaba tan emocionada de salir con un hombre..!
Me había “producido” especialmente para la ocasión. Quería gustarle, quería que el se sintiera atraído por mí de la misma forma que yo por él.
Tengo en mi mente grabada la imagen de ese momento.
Mientras yo apuraba el paso para llegar, sentía que él me miraba desde donde estaba sentado en la mesa de afuera de ese café, cercano a una de las puertas del shopping.
Ahí estaba, con su pantalón clarito, camisa con botoncitos en el cuello y ese suéter a rombos que le queda tan lindo. Por supuesto, llevaba el llaverito en el cinto... ¡que me vuelve locaaaa!
(¿Alguien podrá explicarme qué atractivo fetichista puede tener un llavero de cinto?).
Mientras me acercaba, no me sacaba los ojos de encima, regalándome esa mirada tan tierna que me reserva solamente a mí.
–Hola, mi amor… –dije, con el nerviosismo propio de una mujercita desbordante de amor y pasión, emocionada por encontrarse con su hombre.
Se acercó y me besó en la comisura de los labios. Percibí el olor del perfume que tanto me gusta.
No sé si fue el conjunto que vestía, el llaverito o el perfume (o todo junto), pero se me aceleraron los latidos del corazón y, como por arte de magia, apareció la cosquillita ente las piernas. Entiéndase que la cosquillita, venía con compañía porque también sentí que empezaba a mojarme.
–Hola, Bebi.
–Papi… ¡Mi vida!
–¿Qué, mi amorcito?
–Mirá, me puse linda para vos. Me puse aritos, pantalones nuevos y botas de cuero... ¿te gusta?
–Y te maquillaste –dijo, besándome la nariz (lo había advertido)–. Estás hermosa, mi amor.
–Vos también. Me pone muy loca verte vestido así, ¿sabías?. Esa ropa te queda muy bien. Sos tan... tan... ¡tan varonil!
Se rió y me abrazó de la cintura.
–Bueno… ¿Querés que vayamos a cenar?
–Bueno, adonde vos digas.
–Hay un restaurante muy bonito a dos cuadras, ¿te parece?
–Sí, papi.
Nos tomamos de la mano y fuimos hasta ese lugar. Pasamos una velada maravillosa.
Me sorprendió que me tratara como a una reina: me abrió la puerta para entrar, me corrió la silla para que tomara asiento y depositó frente a mí, sobre la mesa, una bolsa de la perfumería del shopping.
Cuando abrí el paquete, descubrí la sorpresa: era el perfume que le había mencionado, un día antes, que me hubiera gustado tener y él no sólo se había acordado de la conversación, sino del perfume. Me sentí la mujer más halagada de todo el mundo.
Durante la cena, me dio de comer algunos bocados de la entrada con su tenedor, por primera vez me sirvió la gaseosa y siguió haciéndolo cada vez que veía mi copa vacía.
Mientras esperábamos que nos trajeran el pedido, me tomó la mano y me la besó por sobre la mesa y me pareció no sólo dulce, sino lo más natural.
Yo, una adolescente aniñada, sentada frente a ese hombre canoso, en el restaurante lleno, recibiendo todas esas atenciones y gentilezas que ni siquiera había imaginado en mis más alocadas y románticas fantasías.
Yo estaba fascinada. Sentía que amaba con toda mi alma a ese hombre que tenía frente a mí. Sentía que lo deseaba, que me hacía feliz, que anhelaba pasar toda la vida a su lado... Y que era la mujer más dichosa sobre la faz de la tierra.
A medida que transcurría la noche, sentía que mi cabecita se disparaba con fantasías. La música de fondo, su presencia, el perfume que me embriagaba, la noche, el ambiente, el bienestar que sentía, sus palabras dulces... Todo me incitaba a desearlo.
–Bueno, papi… ¿vamos? –le dije, cuando terminamos de comer y él dio el último sorbo a su copa de vino.
–Sí, Princesita, pago la cuenta y vamos.
Una vez fuera, le hice una seña para que se acercara y le susurré al oído:
–Cuando lleguemos al hotel tengo que decirte algo importante.
–¿Qué?
–No, no, cuando lleguemos te lo digo.
Durante el viaje en taxi hasta el hotel estuvimos acariciándonos y mimándonos sin que el chofer se diera cuenta y cuando entramos en la habitación en penumbras, cerró la puerta, me rodeó con sus brazos y me preguntó:
–¿Y? ¿Qué era lo que querías decirme?
Antes de contestarle, le indiqué que se sentara en la cama, me senté sobre sus rodillas y acercándome a escasos centímetros de su boca, le confesé:
–Mi amor... Estabas tan lindo que te deseaba todo y tenía ganas de que llegara este momento para tenerte acá, todo par mí.
Sin darle tiempo a que dijera ni una palabra, le di un beso en los labios y comencé a acariciarle el cabello y ese cuerpo sólido y firme que tiene.
La noche terminó de la mejor manera.
Como yo lo había imaginado, desde que lo encontré sentadito esperándome.
Y para hacer más dulce el recuerdo de esa noche, mi papá –esa vez–, ni siquiera sospechó que no había estado en un boliche con mis compañeras.

Lolita

PD: Lamentablemente, no tenemos una foto de esa noche. Si la hubiésemos tenido, creo que bien hubiera valido la pena publicarla.

jueves, 23 de abril de 2009

Abstraída

Mensaje de SMS: “Te mando muchos besitos traviesos, por abajo del banco de la facu, de esos que entran por la botamanga del pantalón y se deslizan por el borde de la bombachita y te hacen cosquillitas que te erizan toda la piel, como cuando te los doy en las orejitas o en el cuellito. Que pases un buen día provechoso, Loli. Papi.”

–¡Ay, papiiii!
–¿Qué, Princesita?
–¡Ayyyy! No me hagas eso... Nonono-noo
–¿Por qué, mi vida?
–Mirá... Mirá cómo se me pone la piel...



–¡Ay, Loli! Te erizaste toda...
–Shi... she me pone la piel de gashina...
–Entonces te doy más besitos en las orejitas y el cueshito...
–Nuuu papiiii... Nuuu... ( ...)

( ... )

–Che... ¿Qué dijo la profesora de la oferta y la demanda?
–¿Eh..? ¿Eh..?
–¿No escuchaste?
–No, no... ¿Qué dijo?
–Mirá que era importante. Yo no llegué a copiar porque habla muy rápido, la vieja ésta.
–¿Dijo que estaba en los apuntes?
–No, en el libro. ¿Lo tenés?
–Sí, lo compré. Después lo estudio, cuando llegue a mi casa.
–¿En qué pensabas?
–En nada, ¿por qué?
–Porque es raro en vos. Siempre estás atenta. ¿Te pasa algo?
–No, para nada. Estaba abstraída en otra cosa...

Lolita

Foto: © Claudio Rossi

jueves, 2 de abril de 2009

Confidencias de recreo

–(…) Y ya no sé que hacer. Me tiene harta. Siempre tiene una excusa: o los amigos, o la academia para entrar a la facu, o el dentista para que le vea los brackets... ¡El muy huevón! Ya no es como antes. No me llama casi nunca, se niega a presentarme a sus padres, cuando viene a mi casa sólo lo hace acompañado de alguno de sus amigotes y el otro día, como si fuera poco, me largó a modo de ironía, que amaba más al auto nuevo que le compró el padre que a mí –a mi compañera y amiga se la notaba desolada mientras me relataba las desventuras con su nuevo novio de apenas seis semanas–. ¿Vos que opinás? (Apenas seis semanas, ¿pueden creerlo?)
–La verdad, me parece lamentable –dije–. Y pensar que las tienen todas a favor: viven cerca, tienen la misma edad, tienen tiempo, no tienen que trabajar... podrían compartir juntos tantas cosas...
–Sí, claro.
–En cambio yo, con él, todo lo contrario... Estamos lejos, nos llevamos cuarenta y un años de diferencia... tenemos a todos en contra.
–Y el pelotudo prefiere salir con los amigos el sábado a la noche. ¡Lo odddddio!
–Aunque... –agregué con brillo de alegría en los ojos, y como si no la estuviera escuchando–, por fortuna mi dulce está siempre para mí, no sale con amigos, me llama al menos una vez al día, no tuvo problemas en conocer a mis padres (no en las mejores circunstancias, debo admitirlo, pero los conoció), se preocupa por lo que me pasa y me manda mensajitos todas las noches, antes de que me duerma y algunos mientras estamos en clase.
–¿Mensajitos? ¿Mensajitos de texto?
–Ahá. Como éste. Mirá, lee –saqué el celular del bolsillo, lo activé y le mostré el que acaba de recibir antes del recreo:

“Mi amor, mi dulce princesita, sueño de mi corazón. ¿Sabés qué? Te extraño tanto que a veces me duele el cuerpo de no tenerte... me duele mucho tu ausencia. Te amo, mi vida, te amo hasta la línea del horizonte (como vos decís).
Ahora, como sé que estás en el cole, te mando besitos traviesos para que te pongas debajo de la pollerita y dentro de la remerita así te hacen cosquillitas. Besitos, mi adorable Lolita” Papi.


–¡Ay, qué amor! –dijo mi compañera–. ¡Tenés una suerte, vos..! ¡Te envidio! Creo que voy a tener que empezar a considerar a los cincuentones... Ja, ja.
“Difícil que el chancho chifle”, pensé. Es un dicho de mi Profe. Pero me cuidé muy bien de decirlo en voz alta. A mi compañera, no le daba el phisique du rol, ni ahí.

Lolita
Foto: Lolita

viernes, 13 de marzo de 2009

Besito con bufanda

Era una fría (pero muy, muy fría) tarde del mes de julio. Tal vez se acuerden de esa tarde extremadamente fría de hace casi dos años. Estaba sentada frente a mi computadora con una taza de café caliente que bebía de a sorbos mientras revisaba mi correo electrónico.
Hacía poco había conocido a un hombre mucho mayor que yo, al que, de pronto, y casi sin darme cuenta, empecé a contarle mis cosas y él algunas de las suyas, aunque me leía más de lo que escribía. Me gustaba porque mostraba interés por mí y al mismo tiempo me alentaba, me decía cosas cariñosas y estaba siempre dispuesto a leer mis mensajes o dedicarme un tiempo para chatear.
Confieso que su manera de ser me atraía, su inteligencia me deslumbraba y me pasaba todo el tiempo pensando en él, a pesar de que no lo conocía en persona.
Pero ese día, al ver que entre mis mensajes nuevos tenía un correo con su nombre, me embriagó una emoción inexplicable. Me apuré a leerlo y sin duda, la frase que gestó en mi corazón la semillita del amor y ese revoloteo de mariposas en la pancita fue:



“Un besito con bufanda y gorrito,
porque hace mucho frío…”

Si antes dudaba si me estaba enamorando de este hombre cuarenta años mayor, ahora ya no me quedaba ninguna duda: ese corazón tan tierno ya se había adueñado del mío.
Había comenzado a amarlo y todas mis fantasías adolescentes giraban en torno a él.
Ese día de invierno, descubrí quién era yo...

Lolita

jueves, 12 de marzo de 2009

Resultados

¡Chicas! Llegó el momento de ver los resultados:

De 10 a 8 síntomas
Si reconocés en vos todos estos síntomas, ya está. Lo tuyo es irrevocable, está definido. Naciste con alma de Lolita (como me pasó a mí). Lolita genuina, ¿eh? Pero, atención, mirá que es sólo con los hombres que pasaron la edad dorada. Yo que vos, no gastaría el tiempo en ningún otro. Cuando lo encuentres, el “enamoramiento severo” lo tenés garantizado. Te aviso que el camino que tenés por delante, no es fácil, así que mejor que vayas preparándote para los despiplumes que se te vienen encima cuando se enteren en tu casa que tu “chico” es unos cuantos años mayor que tu papá. Ahora bien, si perseverás, no equivocás el rumbo y seguís pese a todo, quizás la vida te tenga reservadas unas cuantas sorpresas. Sé de lo que hablo, creeme.

De 7 a 4 síntomas
Si estás en esta franja, sos una Lolita, pero el medio te condiciona. Si no lo asumís, te vas a pasar el tiempo con intentos vanos de cambiar a los hombres, sin conseguirlo y pretendiendo que alguno de tu generación tenga actitudes de Señor Mayor. Malo, malo. Porque en algún momento te vas a dar cuenta que lo tuyo iba por el lado de las canas, la experiencia, el cortejo galante y todo aquello que sólo los hombres que pasaron la edad dorada pueden darte. No conocés el “enamoramiento severo”, pero si sos honesta con vos misma, vas a reconocer que de noche, en la camita, te matás con los deditos pensando en ese profe canoso de la facultad, que cada vez que entra a la clase te despierta las mariposas en la pancita. Dale, yo que vos, me juego.

De 3 a 1 síntomas
Para vos, que estás en el segmento, bueno, nada. ¿Qué decirte? Lo único que te pasa con los hombres grandes es que por ahí, te da un rulo momentáneo, una fantasía fugaz, muy parecida a esa de transarte a tu amiga en el boliche porque está de moda ser bisex. Puede que tengas algún affaire con un Señor Mayor, pero sólo para colgarlo como un trofeo entre tus levantes, no más que el “Pato Vica” del boliche, para que te deje entrar. Quizás te llegue a gustar uno de hasta cuarenta años, pero no más de ahí. Vas más para el lado de los pendex y de las relaciones free. En síntesis, te va cualquiera, pero nada que ver con hombres de la edad de tu papá o más.

Un síntoma o ninguno:
Si vos sólo reconocés un síntoma o no te identificás con ninguno, estás frita. De Lolita, sólo el aspecto, aunque tengas catorce años y vivas con un “chupa-chup” en la boca, medias caídas, pollerita tableada, blusa y corbatita de colegio. Lo tuyo, es la “normalidad”, con los chicos de tu generación. No sé si felicitarte o darte mis condolencias. Quizás debutes, como una conocida mía, hablando del resultado del último partido Talleres-Belgrano, mientras el nene trataba de alcanzar lo que, para ella, parecía inalcanzable. Ojalá que no, pero tu primera vez a lo mejor va a quedar en tu memoria como un trámite algo doloroso que había que pasar sí o sí. Claro que no te tomes esto muy en serio, porque se trata de una diferente manera de ver la vida, ¿entendés? No es nada personal, sólo cuestión de gustos.

Y como sobre gustos no hay nada escrito (o hay mucho pero al reverendo cuete), yo... me quedo con El Profesor.

Lolita
Foto: Lolita

viernes, 20 de febrero de 2009

Ojalá pudiera

Ojalá pudiera ser un ángel que cada noche llegue hasta la soledad de su habitación para quedarme junto a su cama, en silencio, contemplando su rostro dormido y sereno, mientras, suevecito, acerco mis labios a los suyos y le susurro que tenga dulces sueños.
Ojalá pudiera ser esa brisa suave que se filtra por la ventana abierta en las mañanas, despeinandole el cabello y rozándole la piel como una caricia.
Ojalá pudiera ser esos rayitos de sol que le hacen abrir los ojos al amanecer, entregándole su calidez y abrazándolo con su tibieza y resplandor.
Ojalá pudiera ser esas frescas gotas de lluvia que le mojan la piel, le refrescan el cuerpo y le empapan el rostro.
Ojalá pudiera convertirme en todo lo que necesita, en todo lo que le hace falta.
Quisiera ser su paz, su calma, su alegría, su refugio seguro, su satisfacción, su risa, su gran ocurrencia, su sentimiento más puro...
Pero si no puedo ser todo esto, me conformo con ser simplemente, su Lolita.
Su gran amor.

Lolita

Foto: © Sergo Kantarchyan


jueves, 19 de febrero de 2009

Imágenes

Lolita esperándome a que llegue, acodada en la baranda de la terminal y corriendo hacia mí, para que cuando baje del micro el primero, colgarse de mi cuello, trepándose con todo el cuerpo, enlazando sus piernas en mi cintura, para besarme delante de la gente, sin importarle que alguien pueda estar mirando.
¿Otra imagen? En ese lugar que hicimos nuestro, leyendo el diario del domingo, masticando una barrita de cereal y dándole sorbitos cortos a su café con leche, esperando a que se enfríe un poco.
O revolviendo anaqueles en una librería de ocasión. Ojeando libros en un café literario. Concentrada en el monitor, moviendo sus dedos largos y finos a velocidad irreal sobre el teclado.
Y sentada en el piso en posición de loto, escuchando historias de mi vida, relatos desconocidos para ella, mirándome con esos ojos que tiene, profundos y curiosos, como los de los niños cuando están aprendiendo a conocer el mundo a través de las palabras.
Lolita riéndose a carcajadas de mis ocurrencias en la mesa de un restaurante o de mis payasadas en la calle. Entregándome un paquete con los regalitos que me hizo con sus propias manos.
Absorta en la pantalla del cine, con sus anteojitos para ver de lejos, fascinada por la trama de la película.

Sentada en el patio del colegio con su uniforme reglamentario durante un acto de fin de curso, dándose vuelta, haciéndose la disimulada y sonriéndome con picardía al descubrirme entre los presentes.
Encantada en el parque de diversiones después de salir de un tren fantasma de trayecto demasiado corto como para subirse a mi falda y esconder su cara entre mi cuello y mi hombro. O enfurruñada porque quise fumar un cigarrillo más después de la cena.
Frente al espejo del baño, con la gomita del pelo entre los labios, recogiéndose el cabello, a contraluz, con su cuerpo de mujer recién estrenado, sus cachetes de la cola parados y firmes, sus muslos pefectos y todo el desprejuicio de una juventud que no sabe de vergüenzas ni reparos.

Lolita durmiendo su sueño sin pesadillas, desnuda y agotada después del amor, con su cabello desparramado en la almohada, los senos erguidos rematados con sus pezones de nena, la cara de costado, las piernas entreabietas y el rostro relajado. Tan bella que de sólo mirarla, se me corta el aliento... y ella sin saber que en ese momento mis dedos rozan una hebra de su pelo para acariciarlo sin despertarla, y mis ojos buscan captar esa imagen instantánea como una foto, para tener aunque sea una oportunidad de evocarla algún día con la memoria y, también, con el sentido del tacto.

Lolita haciendo mohínes. Abriendo la puerta del baño sin golpear. Corriendo de un lado a otro de la habitación para posar frente a la cámara digital que dejará plasmada una foto de su cuerpo desnudo en una pose atrevida. Escondiéndose debajo de la cama o dentro de un placard. Rociándose, antes de salir a cenar, con el perfume francés que acabo de regalarle y estirando un brazo para que huela y le diga cómo le cae a su piel. Sacándose una sandalia para deslizar los deditos del pie en mi entrepierna por debajo de la mesa en una confitería.
Apoyando toda la mano sobre la dureza que abulta mi pantalón en el asiento de un taxi, sin inmutarse por la mirada del conductor en el espejo retrovisor. Abiendo las piernas para dejar que mis manos sientan que está mojada y caliente, en una noche de luna llena en el puente sobre el lago artificial de un parque público, al mismo tiempo que, con el rostro de costado, me besa con sus labios húmedos y su lengua inquieta.
Lolita caminando de una punta a la otra de la habitación, desnuda, hablando por su teléfono móvil, inventando excusas y explicando que en ese preciso momento estaba por encontrarse con sus compañeras para ir a cenar, mientras me guiña un ojo con un gesto de complicidad.
Lolita despidiéndose desde el colectivo, yéndose para su casa cuando cae la tarde de un frío lunes de invierno, después de un fin de semana largo que tuvo gusto a poco, de tan corto que resultó.

Imágenes todas que –suceda lo que pudiere suceder–, han quedado grabadas en mi memoria y allí permanecerán, celosamente guardadas, hasta el fin de mis días.

El Profesor



sábado, 7 de febrero de 2009

Es dificil a veces...

Es difícil despertarse por las mañanas y no tenerlo a mi lado para acariciar su cuerpo, sino a kilómetros de distancia como también tener que reservar en grandes cantidades mis besos para el momento en que lo vea y respirar el aire que no está cargado de su perfume.
Se me hace complicado salir a pasear a esos lugares que con él frecuento, caminar sola por aquellos sitios en los que compartimos bellos e inolvidables momentos o por lugares en los que sentimos al mismo tiempo las emociones más fuertes.



Es difícil no extrañarlo, desearlo y soñarlo en las noches cálidas que invitan al amor, así como saber que el tiempo no se detiene y nosotros aún no podemos estar juntos todos los días para compartir lo cotidiano.
Cuesta reprimir las ganas de tocarlo, acariciarlo, abrazarlo y colgarme de su cuello, como también esas lágrimas rebeldes que se escapan en los momentos de soledad y mayor necesidad de tenerlo conmigo.
Es difícil no recordar sus chistes, sus ocurrencias repentinas, su creatividad aplicada a cada momento, y todo aquello que forma parte de nuestra relación como nuestros códigos y lenguajes de comunicación que sólo nosotros entendemos.
Es complicado aguantar un día entero sin hablarnos –si por algún motivo nos disgustamos–, y no sentirnos cercanos el uno con el otro. Simplemente no podemos vivir sin que todo esté bien entre nosotros.

Es difícil todo esto, si. Pero más difícil aún sería vivir sin haberlo conocido.

Sin vivir la magia de estar juntos, de convivir por unos días, de mirarlo cuando se esmera y me prepara la comida que más me gusta para luego servírmela y verme disfrutar, de que me mime a cada momento y se siente conmigo a tomar un helado aunque se manche un poquito la ropa cuando éste se derrite y de soñar a cada momento un futuro en común con las ansias de que exista y sea verdad que ese duendecito celta de porcelana que un día me regaló, sea el encargado de cumplir todos nuestros deseos...

Lolita

Foto: © by Fabien Peyronnet

miércoles, 4 de febrero de 2009

Hasta el final

Mientras brillen las estrellas en el cielo y
el sol aparezca cada día para dispar la oscuridad,
mientras siga existiendo la vida en este mundo
y el corazón humano sea capaz de amar,
Yo estaré aquí a tu lado, mi amor.




Hasta que alguien le encuentre principio y fin al universo,
o hasta que puedan adentrarse en las profundidades del océano,
hasta que sepan cuántos granos de arena hay en el mar
y descubran el límite del infinito, yo te voy a amar.

Hasta que la tierra abandone su movimiento alrededor del sol
y las estaciones dejen de existir,
hasta que se marchite la belleza reinante en la naturaleza
y los pajaritos ya no reciten sus melodías en las mañanas...
Hasta ese día, mi cielo, yo te voy a amar.

Lolita

Foto: © Cezary Galaj (detalle)

martes, 27 de enero de 2009

Ella es así

Inteligente, regalona, tenaz, mimosa, habilidosa, divertida, sensual, creativa, decidida, aplicada, incansable, cariñosa, animada, expresiva, madrugadora, ardiente, estudiosa, ocurrente, valiente, constante, atrevida, menudita, intuitiva, fantasiosa, ordenada, suave, persuasiva, dulce, imprevisible, incitante, movediza, compradora, antojadiza, tierna, aniñada, original, excitante, pudorosa, inquieta, hacendosa, curiosa, parlanchina, atenta, dispuesta, pícara, auténtica, entusiasta, fresca, reflexiva, emprendedora, audaz, voluptuosa, diplomática, apetecible, osada, cordial, esforzada, risueña, amorosa, imaginativa, sensible, inquisitiva, sorprendente, ansiosa, deslumbrante, sincera, juguetona, complaciente, brillante, exultante, apasionada, femenina, elástica, irresistible, incondicional, pragmática, soñadora, deliciosa, conciliadora, seductora, efervescente, noble, desenvuelta, vital, hermosa, inagotable, preguntona, consecuente, bonita, temperamental, impaciente, contestataria, virginal, demandante, previsora, sagaz, aventurera, prolija, coqueta, afectuosa, optimista, golosa, delicada, diligente, voluntariosa, vehemente, trabajadora, esperanzada ... y muy traviesa.
Ella es... Lolita.

El Profesor


Foto: © Antonio Mazzone

sábado, 24 de enero de 2009

El hombre que no esperaba...

El que ya había pasado más de la mitad de su vida.
El que vivía solo, no se divertía y sólo se dedicaba a trabajar.
El que ya no esperaba nada.
El que nunca se cansaba de aprender y enseñar, de leer e investigar.
El de la curiosidad insaciable.
Ése es el hombre que yo conocí un día.

Jamás sospeché que iba a enamorarme y a amar con todo el corazón, a un hombre de años vividos, de adolescencia perdida en el tiempo, de conocimientos acumulados y de gran experiencia adquirida.

No creí que iba a quedar apasionada con el hombre al que le cuesta abandonar la cama a la mañana, el que no puede empezar su día sin un vaso de leche fría, el que se baña con esponjita rosa, el que no sale sin su atado de cigarrillos y sus pañuelos para la nariz...

No imaginaba que me dormiría por las noches deseando al hombre que a veces se tropieza en el cine, al que le salen ampollas cuando usa zapatos de mala calidad, al que le cuesta subir y bajar de los autos pequeños y el que siempre toma al menos una o dos pastillas por día.

Sin embargo, a mi me gusta porque es libre, espontáneo, auténtico. Sabe reírse de sí mismo, me divierte, es parecido a mí. ¡Es una dulzura de hombre..!
Me gusta porque sabe responder todas mis preguntas, es inteligente, se viste a la moda, es delicado, es sumamente atractivo, es sensible, sincero y compañero.

Es el hombre que no esperaba, que no imaginaba, pero que siempre soñé... y confieso que nunca, nunca, me sentí tan feliz.


Lolita

viernes, 23 de enero de 2009

A mi hombre le gusta...

Sé que le gusta que me ponga pantaloncitos cortos blancos, remeras con brillos y sandalias en los pies.
Sé que le gusta que use polleritas de jean, musculosas de colores y tacos altos.
Se que le gusta mirarme cuando me ato el pelo en una cola de caballo.
Le gusta que tenga el aroma al perfume que me regaló, que coloree mis labios de rojo y que me ponga aritos en la orejas.
Le gusta que use bombachitas de nena, con dibujitos y puntillas de vez en cuando...
Se sonríe cuando cruzo las piernas como mujer o cuando le rozo las rodillas con mi muslo por debajo de la mesa...
Le gusta cuando me pongo mis anteojos para ir al cine o ver televisión.

Le gusta leer conmigo mis revistas de adolescente.
Le gusta que vaya corriendo a abrazarlo cuando llega.
Le gusta que le haga libritos con hojas de colores, escritos con frases, poesías, cartas, dibujos y figuritas.
Le gusta que le haga regalitos usando mis manos y mi habilidad para construirlos.
Le gusta que me saque fotos para él.
Le reconforta que le mande un mensaje en las noches en que está especialmente mimoso...
Sé que le gustan mis abrazos de oso, mis caricias suaves, mis chistes creativos y espontáneos y mis besos húmedos.


Lolita

miércoles, 21 de enero de 2009

En el mejor momento...

Me encontró cuando mi piel emanaba frescura e inocencia,
cuando mi cuerpo era aún territorio vírgen e inexplorado,
cuando mis horas transcurrían en la escuela.
Cuando mi edad vivía su plena adolescencia,
y mis días de vida no sumaban ni seis mil.

Lo conocí cuando aún no sabía qué era el amor,
cuando mi cuerpo nunca había tenido dueño,
cuando mis labios inexpertos no conocían el sabor
de los más apasionados besos.

Me enamoré de él cuando no acostumbraba
relacionarme con varones.
Cuando el único compañero de cama
era un osito de peluche,
y cuando mis labios pronunciaron por primera
vez éstas palabras: "Sos el amor de mi vida".

Me hizo suya cuando no tenía experiencia
en el encuentro y la fusión de dos cuerpos,
cuando mis ojos y mi mirada de niña
eran ajenos a la desnudez de un hombre
y al placer de las caricias más íntimas.

Me empezó a amar cuando estrenó mis labios,
cuando probó del néctar de mi carne,
cuando vio surgir de mí tanta pasión, tanta ternura.
Me amó aún más cuando comprobó que era su otra mitad,
que era hábil en el arte de amar,
y que mi pequeño corazón ya le pertenecía por completo.

Lolita