A ver, imagínense la escena: sábado a la mañana, del mes de noviembre, en plena peatonal céntrica, gente que va y que viene entrando y saliendo de los negocios.
El Profe y yo, luego de
un plácido desayuno en nuestra confitería preferida, caminando en busca de esa lencería donde él vio que yo vi un conjunto de corpiño y bombacha que me gustó.Hasta que encontramos el local.
–Mirá, Loli... ahí está. ¿Era acá? –dijo, señalando el negocio.
–Sí, papi. Era acá.
–¿Era ese el conjunto que te gustaba?
–Sí... ése.
Me había gustado a primera vista. Corpiño push-up y coulotte, en blanco con motivos en rosa y la cara de una simpática vaquita.
Al profe también le había gustado, estoy segura. Trataba de imaginarme su cara cuando me lo viera puesto.
–Dale, vamos... –dijo, tomándome de la mano.
Entramos al local, esquivando maniquíes ataviados.
–Buenassss... –dijo, y fue suficiente para que se acercara la vendedora, sonriendo de oreja a oreja.
–¿Sí? –preguntó, solícita–. ¿Qué necesitás? –dirigiéndose a mí.
–¿Vio el conjunto de la vaquita que está en vidriera? –la interrumpió.
–Sí, claro... ¡Ejem! A ver... ¡Ejem! ¿Qué talle? –preguntó ella, tratando de recobrar la compostura.
–Como para mí –dijo el Profe, con absoluta seriedad–. Tenga en cuenta que tengo las caderas un poco anchas, así que el coulotte tiene que ser un talle más grande...
–Ejjjj... Ejjj... –la vendedora, sin saber qué decirle.
–Jajajaj –yo, dándome vuelta para que no me viera reír.
–Bueno, bueno, muchacha... si no hay como para mí, a ver si me encuentra uno como para ella –dijo, señalándome, tan campante, sin reírse y con modales exquisitos.
(Eso es lo que me causa más gracia. Es capaz de hacer algo así y mantener la presencia).
–Je je... –la vendedora–. Vos tenés un... –y un minuto después me entregó la cajita con el conjuntito. –Pasá por el probador cinco...
(...)
–¡Paaaaaaapi! –yo, desde el interior del probador, descalza y vestida sólo con el conjunto de la vaquita, llamándolo para que viniera a ver si me quedaba bien.
–¿Qué pasa, mi niña?
–Vení a ver si te gusta... –le dije, tapada con la cortina, asomando la cara.
Y él que enfila derecho hacia donde estoy yo.
–¡Señor! ¡Señor! –la voz de la vendedora a sus espaldas.
–¿Me habla a mí? –preguntó el Profe, señalándose con el dedo índice.
–¡Sí! ¡A usted! ¿No vio el cartel? –la vendedora, con cara de pocos amigos.
–¿Qué cartel? –preguntó él, con ese tonito de niño inocente que hace que me den ganas de besarlo.
–¡Ese! –dijo, señalando un letrero que decía: “Prohibido acercarse a los probadores”.
Entonces el Profe se acercó al cartel y, con toda parsimonia, abrió el estuche de los anteojos que llevaba en la mano, se quitó los que llevaba puestos, se puso los que habían estado en el estuche, guardó en el estuche los que se había sacado y miró el cartel.
–¡Oh! Sepa usted disculparme, muchachita –le dijo–. Es que no lo vi porque no llevaba mis anteojos de leer.
–Ejjj Ejjjj... –la vendedora.
–¡Jajajaj! –Yo, adentro del probador, imaginándome la cara de la pobre chica.
(...)
–¡Papi! –le dije, cuando salíamos del negocio–. ¿Cómo hacés algo así?
–¿Algo como qué, Loli? –aunque a veces parece serio, yo aprendí a darme cuenta que se ríe con esos ojitos mansos que tiene.
–¡Estás loquito, Papi!
–Nuuu –me contestó, rodeándome la cintura con su brazo, enfrentándose a mí y estampándome un beso en plena peatonal–. Zoy tdaviezo.
Cuando El Profe hace cosas como ésta, me dan ganas de comérmelo con papitas, batatitas, morrones y una manzana en la boca.
Lolita
PD: Cuando conocí a sus tres hijas, entendí porqué el Profe es tan desenfadado.