
Como lo anticipó Lolita en el anterior post, el día que fuimos a ver “Nunca es tarde para amar” (Wolke Neun), cuando por fin pudimos entrar a la sala, los únicos espectadores éramos: nosotros, una señora sola que se ubicó detrás nuestro y un poco más arriba, y una pareja bastante mayor –quizás un matrimonio–, que llamó nuestra atención por la forma de tratarse, estar tomados de la mano sentados y secretear, con esa actitud enternecedora de complicidad de las parejas que compartieron en la vida lo bueno y lo malo, lo lindo y lo feo, disfrutando de los momentos gratos y sin esquivarle el bulto a los difíciles, comprendiéndose y apoyándose.
Y también, unos minutos antes que se apagaran las luces, aparecieron tomadas del brazo y buscando una ubicación, Teté y María Pía.
Bueno... en realidad no sabemos, con Loli, si se llamaban así. Quien les atribuyó esos nombres –repaquetísimos y apropiados para las dos “señoras bien” de Belgrano o Barrio Norte–, fue mi imaginación. Eligieron la fila de asientos anterior a la nuestra y se sentaron, conversando en voz baja de sus cosas, con esa forma tan peculiar de hablar como si tuvieran una papa en la boca.
Por su aspecto, podían ser madre e hija saliendo a compartir el cine, o tía y sobrina, o suegra y nuera. Bueno, suegra y nuera me parece más difícil, pero es posible, ¿por qué no?
Recuerdo que en ese momento pensé “Mmm... me parece que se equivocaron de película, chicas. Se van a llevar una sorpresa...”
¿Por qué pensé eso? Porque que soy observador –de niño debí haber sido insoportable, mirando a la gente a mi alrededor con esa actitud desenfadada propia de la curiosidad–, y a veces “juego” con eso de ponerle nombres a las personas e imaginármelas en la privacidad o tratar de prever las reacciones que tendrán frente a determinados estímulos.
La película que estábamos a punto de ver –por los comentarios de la cartelera–, es en esencia una película de amores y desamores, pero con un componente nada usual: el sexo.
Y no hablo de sexo al estilo de una “porno”, claro. Pero sí con la exhibición de cuerpos desnudos y las escenas en las que los protagonistas deben interpretar un orgasmo. En este caso, peor aún, ya que los cuerpos desnudos no son esculturales y perfectos, sino los de una mujer de sesenta y cinco años (Ursula Werner), con rollitos y con todo aquello que tiende a caer con el transcurso del tiempo en la etapa de la senectud; y el de un hombre de setenta y seis (Horst Westphal), que aparece como lo que es, un anciano, con el aspecto que tiene un hombre de su edad.
El hecho que aparezcan desnudos –reflexiono–, es parte de la trama y según mi criterio estético, está muy lejos de la obscenidad. Sólo un prejuicioso o una mente enferma puede calificar así las escenas de intimidad de esos dos viejitos que se enamoran en el otoño de su vida.
Aunque no me gustan para nada los juicios de valor, sólo alguien que no puede tolerar verse en ese “espejo” que es el filme, puede sentirse molesto o disgustado.
De ahí la diferencia entre la actitud del matrimonio (o pareja, o lo que fuere) que mencioné al principio, y la de Teté y María Pía (o como fuera que se llamaran) que empezaron a removerse, con visible incomodidad, cuando los protagonistas iniciaron el rito de desvestirse.
Ni les cuento el gemido casi doliente que emitieron a dúo Teté y María Pía cuando Úrsula Werner, a caballito de Horst Westphal, actúa un orgasmo creíble y estéticamente bello.
Tampoco sé cómo aguantaron hasta la próxima escena íntima. Dado que no quería perderme ni el argumento, ni las imágenes ni los diálogos, no pude prestarles mucha atención a esas dos mujeres sentadas en la fila anterior a la nuestra, pero creo recordar que María Pía le hablaba al oído a Teté y Teté le contestaba de la misma manera a María Pía.
Me imagino este diálogo, cuchicheado y apenas audible para no molestar:
–¡Pero esta película es un asco, nena!
–Decía que era de amor, mamá... ¿a vos te parece?
–¿Cómo van a mostrar esto en la pantalla?
–Vos sabés cómo son los alemanes, mamá. No les interesa nada de nada... ni la moral, ni la familia.
–¿Será toda la película así?
–No sé...
–¡Ni pienso quedarme acá sentada viendo esta asquerosidad!
No sé si el diálogo fue así, pero la actitud fue consecuente con ese discurso de “moral y buenas costumbres”, porque cuando comenzaba la siguiente escena donde los protagonistas aparecen desnudos, Teté y María Pía –ofendidísimas las dos–, se levantaron y, cuidando de no errarle al escalón (como uno que yo conozco en el cine de Córdoba), se retiraron dando bufidos.
–Estaba seguro que no aguantaban –le susurré a Lolita.
–¿Qué no aguantaban la película? –murmuró ella.
–Mhhh-hhh –contesté–. Después te explico.
Y seguimos mirando esa bella obra cinematográfica, pletórica de humanidad.
Cuando terminó la película, y mientras bajábamos los tres tramos de escalera que antes habíamos subido, le expliqué porqué estaba seguro que no iban a aguantarse hasta el final, Teté y María Pía.
Porque quizás no toleraron verse en ese espejo de la propia vida que a veces es el cine, y en especial cuando la película es profunda y aborda temas de esos “de los que mejor no hablar”. O porque quizás Teté era viuda o separada hace mucho tiempo y ver a una mujer de su edad disfrutando del sexo, le removió cosas en su interior que creía que ya no iba a volver a sentir: recuerdos, sensaciones, vergüenzas... ¡vaya uno a saber!
También puede ser que, dado que ambas tenían el aspecto de ser “señoras de su casa”, con “familias constituidas sobre la base de valores morales”, les resultaba intolerable mirar de frente situaciones en las que, a veces, nos involucra la vida y como madre e hija –si es que lo eran–, les daba vergüenza, porque inferían que a la otra le daba pudor lo que miraban.
Recuerdo que alguna vez tocamos el tema de lo difícil que resulta imaginarnos a nuestros padres teniendo sexo. Quizás en Teté y María Pía (o como se llamaran) encontré una clave para comprender, por ejemplo, la actitud de mis hijos, respecto de mi relación con Lolita.
Y es que la juventud de Loli quizás sea el símbolo y, al mismo tiempo, el detonante en la mente de ellos, que su papá todavía, además de enamorarse, pueda hacer lo que ellos hacen y creen –de manera equivocada–, que los adultos del Jurásico dejamos de hacer hace mucho tiempo. No sé, es mi reflexión. Espero que se haya entendido.
Como sea, mientras caminábamos mirando vidrieras, con Loli nos fuimos haciendo una película propia acerca de Teté y María Pía. Y como cada vez que imaginamos algo, no sólo nos reímos con ganas, sino que tratamos de encontrarle el lado positivo a la cosa, el aprendizaje que nunca termina en esta vida.
La película, claro está, la recomendamos para aquellos a quienes les guste el cine y las historias románticas. Que no es otra cosa: una historia de amor, la eterna tragicomedia de nuestra existencia.
¡Ah! ¡Casi lo olvido! La pareja mayor (o matrimonio) que mencioné al principio, salieron hablando entre ellos, tomados de la mano... como Lolita y yo.
¡Unos tiernos, los viejitos esos!
El Profesor
Foto: Escena de la película.