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viernes, 28 de agosto de 2009

Apariencias

Nos despertamos con los primeros rayos del sol de invierno, entrando por la ventana de la habitación. Seguíamos abrazados, tal como nos habíamos dormido la noche anterior, pero un poco pegoteados por el calor de las frazadas y las colchas. Hoy, ahora que lo recuerdo, creo que me gusta despertarme a su lado un poco bastante pegoteados.
En realidad nos despertó el sonido de la alarma de mi celular programada para las ocho de la mañana.
El Profe pegó un salto cuando se disparó la alarma del celular. Ese día decidí cambiarla y, al día siguiente, la música ya era otra. Más suave y tranquila. Más apropiada para mi “Pichoncito”. Sí. Así lo llamo a veces, y a él le gusta. ¿O es que hay una ley que prohíba mimar al hombre al que se ama, tenga la edad que tenga?
Luego de abrir los ojos, nos quedamos en la cama un buen rato, disfrutando de una buena sesión de mimos mañaneros.
Luego nos vestimos, nos lavamos los dientes, la cara, nos peinamos, nos vestimos y bajamos a desayunar.
Entramos al comedor seguidos por la mirada de todas las personas curiosas que el día anterior nos habían estado mirando en la pileta cuando jugábamos, como si fuésemos algo más que padre e hija. Con el Profe solemos reírnos cuando imaginamos lo que pensarán esas buenas personas de nosotros. Se debían exprimir el cerebro pensando que lazo afectivo o familiar nos une.
Como decía, entramos en el comedor y nos ubicamos en la mesita que tenía un cartelito con nuestro número de habitación.


Como era desayuno del tipo buffet, había que servirse uno mismo. Empezamos con nuestra taza de café fuerte y caliente –con el infaltable vaso de leche fría para él– y luego, mientras el profe elegía un trozo de budín marmolado, yo llenaba un tazón con cereales y trozos de fruta.
Comimos tranquilamente mientras por la ventana que daba al parque, observábamos el paisaje y el bello día luminoso que empezaba y que planeábamos aprovechar al máximo.
La encargada del comedor era una señora joven de poco menos de treinta años que estaba muy cerca de nosotros y se encargaba de recibir y atender a los huéspedes y de reponer todo aquello que se iban terminando.
Nos miró y sonrió.
–Buenos días –dijo.
–Buenos días para usted –le contestó el Profe.
Yo le sonreí, con un movimiento de cabeza, y me zambullí de lleno a mi pastiche de cereales mezclados con ananá.
Cuando me levanté a buscar mi segunda taza de café, sonriendo, me preguntó:
–¿Y cómo hiciste con el colegio? ¿Te dejaron faltar para venir acá de vacaciones?
“¿Es que parezco tan pequeña?”, me pregunté, mientras me acomodaba en la mesa.
–No, no, estoy en primer año de la facultad –le contesté–. Tengo dieciocho años...
La chica me miró, boquiabierta, como si no pudiera creer lo que acababa de decirle.
–¿En serio? ¡Parecés mucho más chica! ¡No te daba más de dieciséis años!
Sonreí. Me divierte la inferencia de las personas, que parten de una premisa falsa, y se apresuran a sacar conclusiones.
Y ahí, en ese momento, el Profe –que parecía estar mirando por la ventana hacia el parque pero que tenía todas las antenas alerta–, intervino en la conversación.
–Parece chiquita, querida, pero no lo es. No se deje engañar por las apariencias...
–Emm... Emmm –la encargada del comedor no sabía qué decir. ¡Pobre! La comprendo, es difícil contestar algo ingenioso cuando mi Papi se decide a hablar.
–Sí, está en la facultad, como le dijo, y además es brillante en sus estudios. ¡Y no sabe las cosas que saber hacer mi niña!
El Profe es, cuando quiere, el maestro del doble sentido y de la ambigüedad. Y aunque yo sabía que con eso que decía se refería a otra cosa, la joven ni se imaginaba, ni comprendía.
Me acuerdo que me puse toda colorada y le tiré un patadón por debajo de la mesa para no siguiera hablado, antes de zambullir mi cara en el tazón de cereales con fruta. Es que a veces él es tan desvergonzado...
Por suerte la chica debió pensárselo dos veces y no se animó a preguntar si éramos padre e hija porque eso hubiera dado para que el profe continuara con el juego de palabras con doble sentido.
Claro que, nos imaginamos que como mujer, curiosa al fin, debió haber ido a la recepción –ni bien nos fuimos del comedor–, para averiguar qué tipo de habitación ocupábamos, para disipar sus dudas.
Menuda sorpresa debió haberse llevado, porque desde ese primer día –y aunque nos trató con corrección–, no se le ocurrió hacer más inferencias ni preguntar nada más.

Lolita

domingo, 5 de julio de 2009

Primer voto

El domingo 28 fue uno de esos días memorables que no se olvidan: por primera vez ejercí mi deber y mi derecho de ciudadana, de elegir a sus representantes y, lo mejor de todo, es que fui a votar acompañada por el Profe.
Esa mañana, luego de darnos un baño caliente, ver las noticias del momento y tomarnos un rico desayuno, nos fuimos en el colectivo que nos dejaba más cerca, hasta el colegio que me había sido asignado para votar y que queda a pocas cuadras de mi casa.
Como yo, él estaba muy emocionado de poder acompañarme en ese momento tan importante y significativo de mi vida.
Entramos al establecimiento, dimos una mirada al lugar hasta ubicar la mesa donde debíamos formar fila y nos dispusimos a esperar a que me llegara el turno, mientras el Profe me explicaba cómo debía emitirse el voto. Detrás de nosotros, una mujer joven no paraba de hablar por su teléfono celular, haciéndonos partícipes de su conversación acerca de temas personales, privados y hasta íntimos con su interlocutora que, por lo que pudimos deducir, podía ser la hermana, la prima o una amiga. Tengo que aclarar que el Profe tiene una peculiar aversión por los teléfonos celulares y, en especial, por las personas que hablan y ventilan sus asuntos delante de todos, como si estuvieran a solas en el living de su casa.
La fila correspondiente a la mesa donde yo debía votar era la más larga de todas y, quizás porque el único hombre era él, cada dos por tres se nos acercaba una mujer para preguntarle adónde estaba la mesa número tal, o si esa cola era la de los apellidos que comenzaban con las letras que iban de la P a la V. El colmo fue una señora mayor que le preguntó si esa era la cola de la letra Z, haciendo gala de un desconocimiento total acerca de la forma en que se vota, como si nunca antes lo hubiera hecho pese a su edad.
El Profe me miró primero a mí y después a la señora y en sus ojitos pude leer con claridad que estaba por mandarse una de las de las suyas.
–Señora, se vota por número de mesa –le dijo.
–¿Pero ésta cola es de la letra Z? –insistió la mujer, como si tuviera serios problemas de comprensión.
–Mhh-hh... A ver cómo se lo explico... –contestó él–. Tiene que consultar el padrón, señora.
–Mjm... ¿Y adónde están los padrones? –la señora no se daba por vencida.
–¿Ve aquel pasillo?
–Mjm...
–Bueno, si sigue por allá, va a encontrar los padrones en la pared... –le dijo el Profe, señalándole un pasillo–. Ahí va a poder encontrar la mesa en la que le toca votar.
La señora, sin darle las gracias, se marchó hacia donde él le había dicho.
–Papi...
–¿Mhhh-hh?
–¿Cómo sabés que los padrones están ahí?
–La verdad, no tengo ni idea, Loli.
–¿Qué? ¿No están ahí?
–No sé.
–¿Y por qué la mandaste ahí?
–Para sacármela de encima, Loli. Me fastidia que todas las señoras me vean cara de portero y me pregunten a mí.
–Jajaj... –no pude evitar soltar la carcajada–. ¿Y adónde la mandaste? Jajaj
–Ni la menor idea, Princesita –me contestó, con esa sonrisa traviesa que yo le conozco.
Creo que por la emoción de acompañarme a votar por primera vez, la joven que seguía contándole su vida privada en voz alta por celular a quien sea que fuere que la escuchaba, todas las mujeres que lo tomaron por el portero, y la cola, que iba medio lenta, terminaron por ponerlo un poco ansioso. Y cuando al Profe le da la ansiedad-mal, le dan ganas de fumar –debo reconocer que está haciendo un esfuerzo considerable para dejar el cigarrillo–, por lo que me dijo:
–Loli…
–¿Qué, mi vida?
–¿Vos tenés chicles?
–Mmmm… no. ¿Por qué?
–Preguntaba, nomás.
–¿Y vos desde cuándo comés chicles, papi?
–No mastico chicles, Loli. Pero es que como estoy muy emocionado por este momento, me dan ganas de fumarme un cigarrillo... –dijo, y antes que yo pudiera empezar a regañarlo, agregó: –Y no creo que quieras dármelos.
–Mi vida, ya te fumaste el de la mañana, y sabés que no quiero que fumes porque te hace mal a la salud –le dije, apretando las manos sobre mi bolsito-cartera, donde yo los tenía guardados después de confiscárselos.
–Bueno, por eso, entonces prefiero un chicle.
Pensé en salir a comprarlos afuera, pero en un costado del patio del colegio estaba abierto el kiosco del colegio.
–A ver, esperá, allá hay un kiosquito. Voy a ver si tienen. Vos, quedate acá en la fila, ¿sí?
–Sipi.
El kiosco tenía golosinas, así que regresé un minuto después con una cajita de chicles sin azúcar de esos que promocionan que ayudan a fortalecer y blanquear los dientes. Le di dos cuadraditos a él y yo me comí el resto, porque me encantan.
No pasaron ni diez minutos, cuando en determinado momento lo miré y vi que estaba metiéndose el dedo en la boca, como si estuviera hurgando en su interior. Parecía un chico, que con la boca abierta y el dedo índice rascando, intentaba quitarse algo pegado en el paladar.
–¡Papiiiiii!
–¿Mmmhhh-hh?
–¿Qué hacés?
–Mmhh... –me dijo, sin sacarse el dedo de la boca y sin importarle la gente que lo miraba–. ¿E dah uenta pohé unca omo shijle? –qué gracioso cómo hablaba.
–¡Uy, papi! ¡Me hubieras dicho que te pasaba esto!
–Mhhh-hh... ji...
–Bueno, ahora disimulá un poco para que no te mire tanto la gente...
–le estaba diciendo cuando se sacó el dedo de la boca con el chicle masticado.
–Shá stá... –me dijo, sonriente y empezó a mirar para todos lados.
–¡Pappppiiii!
–¿Qué pasa, Loli? –me preguntó, sin dejar de amasar el chicle entre los dedos, haciendo una bolita
–¿Qué hacés con el chicle?
–Estoy buscando un cesto de desperdicios para no tirarlo en el piso, mi vida, pero no veo ninguno –dijo–. Me fastidia pisar chicles masticados, así que no le voy a hacerle a otro lo que a mí no me gusta.
Así es él. Esa forma de ser y de razonar, es la que me cautiva.
Como una media hora después, me llegó el turno. Entregué mi documento, lo verificaron, me dieron el sobre y entré en el cuarto oscuro. Cuando salí, con una sonrisa de oreja a oreja, lo busqué con la mirada, emocionada. Se había acercado a la mesa y me sonreía. Me firmaron y sellaron el DNI, saludé a los miembros de la mesa y me fui hacia donde él estaba esperando, con mi bolsito-cartera colgado de su hombro.
Lo tomé de la mano y le dije:
–¡Qué feliz me siento, Papi! ¡Cómo me gusta que hayas estado conmigo este día!
Me sonrío, se inclinó hacia mí y me besó en la mejilla.
–¿Ya encontraste adónde tirar el chicle? –le pregunté, cuando salíamos.
–Shi... Ahí –me contestó, señalándome un cesto de basura.
–Bueno, ahora vamos a mi casa, así podés limpiarte esos dientes pegoteados...
–Mhh-hh...
–Además ya es casi la una, y mi papá debe de estar esperándonos con el asadito...
–Sí, Loli. Tu primera votación y este hermoso día, merece el asadito que preparó tu papá.
Salimos del colegio hacia mi casa, y me acuerdo haber pensado que si hace dos años alguien me hubiera dicho que el día de depositar mi primer voto iba a ser así, le hubiera preguntado con qué se había emborrachado.
¡En fin! Sorpresas que nos da la vida.

Lolita

martes, 19 de mayo de 2009

Nunca es tarde...

El jueves 30 de abril, cuando llegué a Buenos Aires, y luego de todas las efusividades propias del primer día, fuimos a cumplir uno de nuestros ritos: el cine.


Como el Profe me delegó el cargo seguir los estrenos de cine, le sugerí “Nunca es tarde para amar” (Wolke Neun), un excelente filme alemán –no nos limitamos a lo estadounidense–, que muestra la sexualidad durante la vejez entre una mujer de sesenta y cinco años que se enamora de un hombre de 76, dirigido por Andreas Dresen y está interpretado por Ursula Werner y Horst Westphal en los papeles principales.
Es una película “fuerte” o “realista”, como quieran llamarla, pero ése es tema para el post que escribirá el Profe.
Lo que yo quiero contar es lo que pasó cuando fuimos al cine, esa tarde que lo tuve de acá para allá mirando vidrieras, hasta que encontré lo que me gustaba en el negocio donde se hizo pasar por abuelo (Jejej).
Habíamos almorzado y nos fuimos para el cine en la avenida Cabildo, el Arteplex Belgrano (me contó el profesor que ese “complejo de salas” había sido un cine muy importante en otra época), y llegamos justo –como suele suceder–, para el inicio de la función.
Nos acercamos a la boletería, donde dos chicas jóvenes estaban conversando. Una de ellas entró en el recinto de la boletería y el profe le dijo:
–Dos para... la de los viejitos que se enamoran...
–"Nunca es tarde..." –le contestó la chica de la boletería.
–¡Esssaaa! Sí, esa.
La chica movió los dedos en algún teclado y una de sus manos puso un ticket sobre el mostrador.
–Son treinta y seis pesos –dijo, con una sonrisa que hasta a mí me pareció cautivante.
–¿Qué-que-queeq? ¿Cómo? –preguntó El Profe.
–¿Cuaáaanto, Papi? –le pregunté yo, en voz baja a él.
–¡Ay, Dios! ¿Qué rompimos? –dijo el Profe.
–Jejejej... –la chica de la boletería, con su sonrisa imperturbable.
El Profe sacó la billetera, buscó el dinero, le pagó, y en ese momento le vi los ojitos. Yo aprendí a reconocer, en su mirada, cuándo se está por mandar una de las suyas.
–Debe ser que hace mucho que no vengo al cine... –comentó. La chica con cara de nada, sonrisa Colgate, tomó el dinero y le dio el vuelto como si nada. Imperturbable, ella.
–Está por empezar... la sala arriba, por las escaleras.
–Paaaapppiii... ¿Treinta y seis pesos? ¡Pero si en Córdoba cuesta diez pesos, o trece cuando son estrenos especiales! –le iba diciendo mientras subíamos tres tramos de una escalera que parecía interminable.
–Y bueno, Loli, qué remedio. Estamos en Cabildo... Y éste, que yo me acuerde, era el más barato de los cines de Belgrano... –me contestó, como si no pasara nada. Pero yo sé que alguna se guardaba–. Eso sí, te rompen el traste, pero ¿viste con qué sonrisa? ¿Será soltera o casada, la chica?
–¿Y qué diferencia le hace el estado civil?
–Cuando nos vayamos, haceme acordar que se lo pregunte –me dijo.
Por fin terminamos de subir escaleras y llegamos a la puerta de la sala. En teoría, si “está por empezar”, deberíamos haber podido entrar. Pero no.
En ese momento se presentó otra señorita –la que ahora recibe los tickets, que antes se llamaban acomodadores/as–, muy mona ella, y también con sonrisa de comercial de pasta dentífrica, nos dijo:
–Falta un ratito, porque la película está atrasada...
–(...)
El Profe hizo un silencio significativo y la miró serio. Mala señal. Siempre se pone así cuando está por mandarse una de las suyas, por algo que no le gusta. Y esta no era la excepción.
–¡Ahhh! ¡Claro! ¿Se atrasó la película?
–Mjm –la señorita de la sonrisa Colgate II.
–Debe ser porque como los protagonistas son viejitos, va más lenta, ¿no te parece, Loli? –dijo, mirándome.
–Mjjjjfaaajjaaa –yo, tapándome la boca, para no soltarle la carcajada en la cara.
–Jejejej –la acomodadora-ticketera del cine, que no sabía si era un chiste o una ironía.
Como a los quince minutos, cuando los “viejitos” terminaron la película, pudimos entrar. Poca gente. Una pareja mayor, una señora sola, El Profe y yo y, por último, Teté y María Pía (¿madre e hija? ¿Tía y sobrina?) que el Profe catalogó, en el acto, como madre e hija, y de las que va a hablar él, en un próximo post, acerca de... bueno, ya les va a contar.
Tal como me lo anunció, cuando terminó la película –muy buena, dicho sea de paso, aunque tristona–, una vez que bajamos todos los escalones que antes habíamos subido, y antes de salir a la calle, el Profe se fue directo a la boletería.
–¿Le puedo hacer una pregunta? –le dijo a la señorita Colgate I, que había retomado la charla con su amiga o compañera.
–¿Sí?
–¿Usted es casada o soltera?
–Soltera... –contestó la chica, sorprendida–. ¿Por qué?
–Por nada, por nada...
Y no había dado más de dos pasos, cuando me dijo:
–¿Ves, Loli? Te lo dije, te roban a mano armada, pero por lo menos mandan a una chica linda, soltera y que te sonríe. Te rompen el culo, pero eso sí, con una sonrisa...
–Bueno, papi... Ya está... ya fue.
–Ajá, nunca es tarde... –comentó él, como al pasar.
Cierto. Porque eso no fue todo. Después de caminarnos todas las cuadras que ya conté, mirando vidrieras, al Profe se le ocurrió invitarme a tomar un helado –ese día hacía calorcito a la tarde–, en Persicco.
Para los que no conozcan esa heladería, es una muy paqueta (es cierto que los helados son muy ricos, eso hay que decirlo), que está en la plaza que llaman “La Redonda”.
Yo me acordaba, de la vez anterior, que los helados y el café ahí, baratos, lo que se dice baratos, no eran. Más bien, eran ¡carísimos! Lo que en el mejor Grido de Córdoba, cuesta tres pesos, ahí cuesta doce.
–Pero no, Papi... dejá, te van a romper el culo otra vez con el precio
–le dije.
–Nunca es tarde, Loli –me contestó él, sonriendo–. ¿Ves? Nunca es tarde...
Me tomó de la mano y entramos a Persicco, porque él sabe que me fascina el helado, y quiere darme todos los gustos.
Y sí, nos rompieron el traste otra vez...

Lolita

Foto: Escena de la película “Nunca es tarde para amar”.

miércoles, 22 de abril de 2009

Lencería

A ver, imagínense la escena: sábado a la mañana, del mes de noviembre, en plena peatonal céntrica, gente que va y que viene entrando y saliendo de los negocios.
El Profe y yo, luego de un plácido desayuno en nuestra confitería preferida, caminando en busca de esa lencería donde él vio que yo vi un conjunto de corpiño y bombacha que me gustó.

Hasta que encontramos el local.
–Mirá, Loli... ahí está. ¿Era acá? –dijo, señalando el negocio.
–Sí, papi. Era acá.
–¿Era ese el conjunto que te gustaba?
–Sí... ése.
Me había gustado a primera vista. Corpiño push-up y coulotte, en blanco con motivos en rosa y la cara de una simpática vaquita.
Al profe también le había gustado, estoy segura. Trataba de imaginarme su cara cuando me lo viera puesto.
–Dale, vamos... –dijo, tomándome de la mano.
Entramos al local, esquivando maniquíes ataviados.
–Buenassss... –dijo, y fue suficiente para que se acercara la vendedora, sonriendo de oreja a oreja.
–¿Sí? –preguntó, solícita–. ¿Qué necesitás? –dirigiéndose a mí.
–¿Vio el conjunto de la vaquita que está en vidriera? –la interrumpió.
–Sí, claro... ¡Ejem! A ver... ¡Ejem! ¿Qué talle? –preguntó ella, tratando de recobrar la compostura.
–Como para mí –dijo el Profe, con absoluta seriedad–. Tenga en cuenta que tengo las caderas un poco anchas, así que el coulotte tiene que ser un talle más grande...
–Ejjjj... Ejjj... –la vendedora, sin saber qué decirle.
–Jajajaj –yo, dándome vuelta para que no me viera reír.
–Bueno, bueno, muchacha... si no hay como para mí, a ver si me encuentra uno como para ella –dijo, señalándome, tan campante, sin reírse y con modales exquisitos.
(Eso es lo que me causa más gracia. Es capaz de hacer algo así y mantener la presencia).
–Je je... –la vendedora–. Vos tenés un... –y un minuto después me entregó la cajita con el conjuntito. –Pasá por el probador cinco...
(...)
–¡Paaaaaaapi! –yo, desde el interior del probador, descalza y vestida sólo con el conjunto de la vaquita, llamándolo para que viniera a ver si me quedaba bien.
–¿Qué pasa, mi niña?
–Vení a ver si te gusta... –le dije, tapada con la cortina, asomando la cara.
Y él que enfila derecho hacia donde estoy yo.
–¡Señor! ¡Señor! –la voz de la vendedora a sus espaldas.
–¿Me habla a mí? –preguntó el Profe, señalándose con el dedo índice.
–¡Sí! ¡A usted! ¿No vio el cartel? –la vendedora, con cara de pocos amigos.
–¿Qué cartel? –preguntó él, con ese tonito de niño inocente que hace que me den ganas de besarlo.
–¡Ese! –dijo, señalando un letrero que decía: “Prohibido acercarse a los probadores”.
Entonces el Profe se acercó al cartel y, con toda parsimonia, abrió el estuche de los anteojos que llevaba en la mano, se quitó los que llevaba puestos, se puso los que habían estado en el estuche, guardó en el estuche los que se había sacado y miró el cartel.
–¡Oh! Sepa usted disculparme, muchachita –le dijo–. Es que no lo vi porque no llevaba mis anteojos de leer.
–Ejjj Ejjjj... –la vendedora.
–¡Jajajaj! –Yo, adentro del probador, imaginándome la cara de la pobre chica.
(...)
–¡Papi! –le dije, cuando salíamos del negocio–. ¿Cómo hacés algo así?
–¿Algo como qué, Loli? –aunque a veces parece serio, yo aprendí a darme cuenta que se ríe con esos ojitos mansos que tiene.
–¡Estás loquito, Papi!
–Nuuu –me contestó, rodeándome la cintura con su brazo, enfrentándose a mí y estampándome un beso en plena peatonal–. Zoy tdaviezo.
Cuando El Profe hace cosas como ésta, me dan ganas de comérmelo con papitas, batatitas, morrones y una manzana en la boca.

Lolita
PD: Cuando conocí a sus tres hijas, entendí porqué el Profe es tan desenfadado.

sábado, 28 de marzo de 2009

Como en casa

–Papi…
–¿Qué, mi amor?
–¿Viste que bien que la pasamos hoy en ese lugar?
–Ajá, shi.
–¿Te gustó?
–Mucho, mi vida. Me divertí como hace mucho, pero mucho tiempo que no me divertía...
–Yo también. Me encantó bañarme con vos en la pile...
–¿Sí?
–Sí. Y también jugar a la sirenita y el tiburón, aunque me quisieras sacar la bikini delante de la gente...
–Mhhh-hhh. Eso fue porque no quisite tirarte por el tobogán de agua después de hacerme caminar debajo del rayo del sol, y por despertarme de la siesta bajo los árboles porque se te metió en la cabeza que querías ir al tobogán de agua.
–Shí... gueno... Pero vos... vos... ¡vos no me quisiste acompañar!
–Pero si la que se quería tirar eras vos, Loli... ¡Ufa!
–Shi... Pero me dio cosita...
–¿Cosita? ¿Qué cosita? Si parecés una sirenita en el agua...
–Bueno, papi, pero es que, en ese momento no me quería mojar…
–¡Ay, Dios!
–¿Qué le pasa a Dios, Papi? ¿Por qué lo shamás?
–¡Ay que no sé si comerte o dejarte! –dijo, y se incorporó y empezó a besarme todo el cuerpo.
El momento fatal.
Que empiece a besarme todo el cuerpo, me pierde.
(…)
(…)
–Papi... –dije como veinte minutos después, cuando amainaron los temblores de mis muslos y dejó de latirme la pancita.
–¿Mhhh-hhh?
–¿Te gustó lo que me hiciste recién?
–¿Qué, mi vida?
–El “orgis”, Papi... Fue uno muy fuerte... ¡Vos sabés cómo hacerme unos “origs gigantes!
–Sí, mi amor, claro que me gustó –lo escuchaba cómo iba recobrando el ritmo de la respiración–. Mirá como me dejaste…
Estábamos tendidos boca arriba en la cama, con su cabeza recostada en mi pecho y yo entrelazaba mis dedos en su cabello, peinándolo después de haberle secado la transpiración.
Afuera, el sol comenzaba a declinar y la habitación ya se estaba quedando a oscuras.
–Bebi… –dijo de repente.
–¿Qué mi vida?
–¿Vos me querés mucho?
–Claro, mi cielo. Te amo mucho, con todo mi corazón.
–¿Musho, musho?
–Sí, musho, musho, musho-re.
–Pero ¿cuanto?
–Mucho, mucho, mucho como... ¡Mmm..! –me llevé un dedo a la frente, como si estuviera meditando seriamente la respuesta–. ¡AZÍ! –le contesté, abriendo los brazos, para que supiera que era mucho, mucho.
–Y... Lolis...
–¿Qué, mi vida?
–¿Hasta dónde?
–¿Hasta dónde qué, amor mío?
–¿Hasta dónde me querés?
–Mmmm... a ver... ¿Viste el horizonte?
–Shi.
–Bueno, hasta el horizonte... porque nunca se termina...
–Ah... ¿Hasta ahí?
–Sí... y más allá.
–Ah...
–Muaaaaa –cuando El Profe se pone así de tierno, me derrito.
–Y... ¿No es muy cerca el horizonte?
–Bueno, también te quiero más lejos...
–¿Zi? ¿Maz? –cuando me habla con la “z” o con la “sh”, me dan ganas de comérmelo a besos.
–Sí... ¿Viste el Universo?
–Mhhh-hhh...
–Bueno... ¿Viste que al fin del Universo hay una esquina?
–¿En zerio?
–Sí, claro... es la esquina antes que el Universo doble... Bueno, hasta ahí te quiero, hasta la esquina del universo.
–¡Uh! Eso es muy lejos, ¿no?
–Sí, mi viddddda.
–Ah... y... y tonzez, zi me queréz hazta ahí... ¿Vos me vas a cuidar siempre? –tengo que aclarar que a Papi, a veces suelen darle esos ataques de mimos crónicos. Confieso que a mí también.
–Sí, mi vida, siempre.
–¿Aunque sho… sho... sho sea muy viejito? –dijo, y se tapó los ojos con los puñitos cerrados, como avergonzado.
–Ajá –le dije, tomándole la cara con las dos manos y besándolo en los labios–. Y siempre te voy a despertar con besitos para que cuando abras los ojitos lo primero que veas sea lindo, y te voy a acariciar el pelo así…
–¡Qué nindo!
Lo besé en la frente y en el pelo.
Nos quedamos en silencio…
(…)
–Papi…
–¿Mhhhh-hhh?
–¿Qué te parece si nos levantamos y nos vestimos para salir? –le pregunté.
El Profe se incorporó, apoyándose sobre los codos y me miró, con esos ojitos perplejos de niño que tiene.
–¿Ahora? –preguntó–. ¿Por qué justo ahora?
–Es que, Papi... sho... sho... sho tengo mucha hambrecita. Vení, escuchá –le tomé la cabeza hasta que apoyó su oído en mi vientre–. Mirá cómo me haze ruido la pancita...
–Loli... –dijo, sin levantar su cabeza de ahí.
–¿Qué?
–Sho también tengo hambre –dijo, y se rió.
–Bueno… ¿Qué pinta? –le pregunté.
–¡"Como en casa"! –dijimos los dos al mismo tiempo.


Media hora después, estábamos sentados en nuestra mesa preferida, esa que se ve al fondo, debajo de los tres cuadritos –la misma que usamos cada vez que íbamos a almorzar o a cenar–, zampándonos una mayonesa de atún, y esperando que nos trajeran nuestro rissotto con azafrán, pollo y arvejitas, El Profe tomándose su vinito preferido y sirviéndome mi Coca light con hielito cada vez que veía mi copa vacía.
Pintó “Como en casa”, nomás.

Lolita

Foto: by Lolita


jueves, 12 de marzo de 2009

Resultados

¡Chicas! Llegó el momento de ver los resultados:

De 10 a 8 síntomas
Si reconocés en vos todos estos síntomas, ya está. Lo tuyo es irrevocable, está definido. Naciste con alma de Lolita (como me pasó a mí). Lolita genuina, ¿eh? Pero, atención, mirá que es sólo con los hombres que pasaron la edad dorada. Yo que vos, no gastaría el tiempo en ningún otro. Cuando lo encuentres, el “enamoramiento severo” lo tenés garantizado. Te aviso que el camino que tenés por delante, no es fácil, así que mejor que vayas preparándote para los despiplumes que se te vienen encima cuando se enteren en tu casa que tu “chico” es unos cuantos años mayor que tu papá. Ahora bien, si perseverás, no equivocás el rumbo y seguís pese a todo, quizás la vida te tenga reservadas unas cuantas sorpresas. Sé de lo que hablo, creeme.

De 7 a 4 síntomas
Si estás en esta franja, sos una Lolita, pero el medio te condiciona. Si no lo asumís, te vas a pasar el tiempo con intentos vanos de cambiar a los hombres, sin conseguirlo y pretendiendo que alguno de tu generación tenga actitudes de Señor Mayor. Malo, malo. Porque en algún momento te vas a dar cuenta que lo tuyo iba por el lado de las canas, la experiencia, el cortejo galante y todo aquello que sólo los hombres que pasaron la edad dorada pueden darte. No conocés el “enamoramiento severo”, pero si sos honesta con vos misma, vas a reconocer que de noche, en la camita, te matás con los deditos pensando en ese profe canoso de la facultad, que cada vez que entra a la clase te despierta las mariposas en la pancita. Dale, yo que vos, me juego.

De 3 a 1 síntomas
Para vos, que estás en el segmento, bueno, nada. ¿Qué decirte? Lo único que te pasa con los hombres grandes es que por ahí, te da un rulo momentáneo, una fantasía fugaz, muy parecida a esa de transarte a tu amiga en el boliche porque está de moda ser bisex. Puede que tengas algún affaire con un Señor Mayor, pero sólo para colgarlo como un trofeo entre tus levantes, no más que el “Pato Vica” del boliche, para que te deje entrar. Quizás te llegue a gustar uno de hasta cuarenta años, pero no más de ahí. Vas más para el lado de los pendex y de las relaciones free. En síntesis, te va cualquiera, pero nada que ver con hombres de la edad de tu papá o más.

Un síntoma o ninguno:
Si vos sólo reconocés un síntoma o no te identificás con ninguno, estás frita. De Lolita, sólo el aspecto, aunque tengas catorce años y vivas con un “chupa-chup” en la boca, medias caídas, pollerita tableada, blusa y corbatita de colegio. Lo tuyo, es la “normalidad”, con los chicos de tu generación. No sé si felicitarte o darte mis condolencias. Quizás debutes, como una conocida mía, hablando del resultado del último partido Talleres-Belgrano, mientras el nene trataba de alcanzar lo que, para ella, parecía inalcanzable. Ojalá que no, pero tu primera vez a lo mejor va a quedar en tu memoria como un trámite algo doloroso que había que pasar sí o sí. Claro que no te tomes esto muy en serio, porque se trata de una diferente manera de ver la vida, ¿entendés? No es nada personal, sólo cuestión de gustos.

Y como sobre gustos no hay nada escrito (o hay mucho pero al reverendo cuete), yo... me quedo con El Profesor.

Lolita
Foto: Lolita

jueves, 5 de marzo de 2009

Embajada de Lolitas

La verdad, que entre todas las cosas que imaginé que las Lolitas éramos capaces de hacer, ni se me cruzó por la cabeza que podíamos ser capaces de mejorar la imagen de una nación (¡De toda! ¡Imaginense!) en tiempos de crisis como los que estamos viviendo.
Sin embargo, según esta nota, las Lolitas japonesas (todo un boom en ese país), van a ser las que se encarguen de promover "la confianza" en Japón y conseguir que se comprenda más la cultura japonesa a través de la imagen, en una etapa de la historia de la humanidad como ésta, “en la que la economía nipona se ha visto duramente golpeada por los efectos de la crisis mundial” –según dice el diario.
Por eso Japón ha decidido enviar una “embajada” de Lolitas, representantes de su país en la feria Expo-Japan, que se llevará a cabo en Francia, en el mes de julio.
La misión que deberán llevar a cabo consiste en acercar la cultura pop nipona a los extranjeros, porque parece que cada vez hay más admiradores de Lolitas en todo el mundo.
¡Ja! ¡Nos estamos haciendo populares!
Ahora, digo yo: ¿no sería conveniente formar un grupo de Lolitas embajadoras para mejorar la imagen de la República Argentina en el mundo?
Será cosa de proponérselo a nuestra presidente que, aunque ya dejó atrás esos años, alguna vez algo de Lolis debe haber tenido, ¿no?
Si la iniciativa prospera, soy capaz de ofrecer mis servicios para encabezar la comitiva. (Ji Ji Ji)
¿Ustedes creen que podré?
Ideas que se me cruzan por la cabeza, digo yo.

Lolita


Foto: © José Manchado

viernes, 27 de febrero de 2009

Curso para Lolitas

¡10 TIPS A TENER EN CUENTA!
(Sólo si tu chico superó la edad dorada de los 50)


1- Es posible que tu mamá te envidie –aunque lo niegue y diga que ella es “Una señora de Principios Morales” (ni esperes que lo reconozca)–, por estar con un hombre que más bien podría ser su amante que el tuyo.
(Preparate, porque vas a encontrarte con un montón de minas no tan viejas que hasta ayer eran “desprejuiciadas” y “comprensivas”, que se van a horrorizar como viejas chusmas cuando se enteren. Son las peores).
2- Puede ocurrir que desde tu “primera vez” ya no puedas ni asomarte a la calle porque atraerás como un imán a todos los señores mayores que es como que se “huelen” que sos una Lolita consumada.
(Sugerencia: mantenerse lejos de las obras en construcción, de las colas de los bancos y de los compañeros de trabajo pelados y con cara de agreta. También de los que andan por los treinta, están casados y se hacen los superados. Por lo general son maridos de las "desprejuiciadas" y se babean por una Lolita. Claro, la mujer no lo sabe).
3- Quizás al principio tu padre –si se entera de tu condición de Lolita y llega a conocerlo– se resista a aceptar un futuro yerno al que tiene que tratar de “Usted, señor fulano de tal”, porque es más grande que él.
(Si lo ves muy reacio, te recomiendo que le digas que es un experto en vinos, que sabe un montón de cine, y que le consigas un buen analista... a tu papá, claro).
4- Por un tiempo especialmente al principio (tranquila, no dura mucho tiempo), y por vergüenza o prejuicio ajeno, tendrás que aparentar ser la hija... o la nieta. Verás qué te resulta más excitante. La variante “sobrinita”, no está nada mal. Doy fe.
5- Tal vez te lleve un tiempo aprender qué medicamentos toma, qué le prohibió comer el médico y qué actividades no puede realizar. Eso no quiere decir que tenga que estar en un geriátrico, ni mucho menos. Una cosa es una cosa, y otra cosa es otra cosa (y nada es gratis en la vida, o sea: al que quiera celeste, que le cueste).
6- Lo más probable es que te cueste acostumbrarte a que los suegros ya no existen, el cuñado por poco te triplica la edad, los sobrinos tienen la tuya (y te quieren apretar en la fiesta de cumpleaños creyendo que el tío no se da cuenta) y que ahora ya has asumido el rol de “madrastra” de hijos de él mucho mayores que vos, y el de “abuelastra” de unos cuantos nietos, sin siquiera haber superado la adolescencia (es una extraña sensación, lo admito... al principio, me daba cosa).
7- Quizás pierdas la paciencia cuando intentes enseñarle cómo se usa un celular, adónde hay que “apretar” para sacar una fotografía digital o cómo se pueden bajar las canciones de la compu al Mp4.
(Todas cosas que, por lo general, no le interesan en absoluto, no las usa y lo tienen sin cuidado. Él está más por el lado de los libros, cocinar, hacer caminatas, ir al cine... cosas simples, ¿viste?).
8- Deberás tolerar ciertas cosas, a saber: a) no poder lucirlo en un boliche repleto de teens (nadie más prejuicioso que los adolescentes que, sin embargo, detestan los prejuicios); b) que se niegue a subir a ese juego del parque en el que hay que quedar cabeza abajo (¿Se llamaba “El Martillo”?); c) que no le atraiga quedar hipnotizado (e idiotizado) frente a un juego electrónico para competir en la carrera de autos virtuales con los novios de tus amigas.
(O, lo que es peor, con el idiota del novio de tu hermana mayor, que es un gordo grasiento que deja los sandwiches a medio comer, el muy guarango, pero que se las da de piola sólo porque tu hermana perdió las esperanzas de conseguir a alguien como tu chico).
9- Probablemente vivas excitada todo el tiempo (Sí, sí, ¡Síiii!) y empieces a pensar que te pegó fuerte la ninfomanía, debido a que lo deseás a cada rato. En este punto, debés tener en cuenta que él puede complacerte sólo un número limitado de veces (sin usar la “pildorita”, porque así no vale). Aunque no hay que descartar las “proezas”.
(Entiéndase por “proeza” más de cuatro veces al día y/o dos seguidas con un breve descanso para reponer energías).
10- Con seguridad te vas a pasar varias noches sin poder conciliar el sueño pensando en tus predecesoras y en los celos que te causa que lo hayan tocado, acariciado, mimado, montado y... (¡Grrrrr! ¡Ay! ¿A dónde están que las descuartizo?). Pero, si te lo pensás bien, vas a terminar agradeciéndoles que ya pertenezcan al pasado.

Lolita.

Foto: © Filipe Pereira

martes, 24 de febrero de 2009

¡Es tan, tan tan..!

(¡Uyyyyyyy! ¡Que me lo como todo!)
El Profesor tiene algunas cosas que me causan mucha, pero mucha-mucha, gracia.
Es que él es, por principio, un hombre de muy buen humor y gracioso.
Por ejemplo, su cama: por un lado, tiene detalles que son casi de mujer obsesiva: plancha las sábanas, la funda de la almohada y la de los almohadones y todo huele a perfumito (o a Shuavecito)... pero el colchón, está hundido del lado en el que suele dormir. Por eso, por lo general, me despierto durmiendo arriba de él (No, del colchón, no... arriba de su cuerpo).
¡Y la esponjita! (¡Ayyyyyy, cushitttoooo!) Sí, usa una de esas esponjitas exfoliantes de color rosa (jura que cuando fue a Pharma City a comprarla no había celeste) con la que se baña. Verlo refregarse con la esponjita, me da cosita en el corazón. Con la misma esponjita me baña a mí.
En invierno, o cuando se pone pantalones de vestir, usa esas medias finitas –parecen medias femeninas para pantalones–, azules o verde botella. Ningún otro color. Y como dice que no le creo que son de hombre prometió llevarme al local donde las compra, para que vea que se llaman “medias tubo” y que no son de mujer (En cualquier momento me lleva y obliga a la vendedora que me explique que son medias unisex, yo lo conozco...)
Me divierte ver cómo, cuando se despierta, tiene el pelo canoso todo alborotado y se refriega los ojitos con el dorso de la mano para despertarse. ¡Parece un nene!
Y me derrite ver cómo le brillan los ojos cuando me hago la bebota y me tapo el plumón con una mano, me pongo los deditos de la otra mano en la boca y le digo:
–¡Papi! ¿Qué me estás mirando?
Mi Profe es tan, pero tan gracioso, que es capaz de ponerse a pasar, desnudo, la aspiradora industrial por todo el piso alfombrado, después que hacerme el amor, después que se fueron todas las visitas (Porque dice que detesta pisar miguitas).
Me causa mucha gracia ver el tremendo desorden (despelote, bueh) que tiene en los cajones del escritorio y la montaña de papeles y libros apilados que se acumulan sobre su mesa de trabajo y por todos los rincones del piso al alcance de su mano (Él dice que están en "equilibrio inestable" y que esa es la condición de todos los objetos en este mundo por el doble juego de la ley de inercia y la de acción y reacción).
El día que se me ocurre poner orden y arreglarlos, pone cara de condenado a la horca o de carnero a punto de ser degollado.
–Pero Papi –le digo, suavecito–, hay que ordenar un poco o se cae todo...
–¡Noooo! ¡Si me movés un papel, MEMATÁSSSS! –gime, desesperado, como un agonizante y empieza a manotear todo para que yo no lo corra de lugar.
Me hace reír a carcajadas cuando canta por la calle a voz en cuello o hace unos ridículos pasitos de baile, acompañándolos con los brazos y las manos (como Palito Ortega bailando el twist y cantando “¡Tu tieeeeenes, una sonrisa contagioooooooosa...!”), aunque esté cruzando una avenida con el semáforo en verde para el tránsito vehicular o en medio de una plaza donde todos se dan vuelta para mirarlo.
En la última fiesta que organizamos, apurado como estaba para que se fueran los invitados, empezó a preparar paquetitos para que todos se llevaran, con sanguichitos de miga (había comprado como para cincuenta personas y éramos catorce) y se puso a cortar la torta (habían traído dos tortas gigantes, y él detesta tirar comida), y terminó con los mocasines de gamuza todos decorados con copos blancos de crema, fetas de queso, trocitos de aceitunas y una que otra anchoa.
Si vamos a tomar un helado un día de calor, el de él se derrite más rápido de lo que tarda en comerlo y ¡Zas! ¡Por lo menos una mancha va a la remera o a la bermuda!
Ir a un negocio a comprar ropa con mi Profesor, es para gente osada, desprejuiciada, valiente y habituada a las emociones fuertes.
Yo, me descostillo de risa cuando veo la cara que pone si no hay lo que él quiere (porque o no tienen su talle o porque tienen su talle pero en un color que detesta).
Mejor que a el/la vendedor/a no se le ocurra mostrarle otra prenda que ofenda su criterio estético, porque arruga el ceño, le cambia la cara como a Mister Hyde y la expresión como al Increíble Hulk (es capaz de ponerse verde).
Se lleva las manos al cuello como si se estuviese ahogando con una espina de pescado y de su boca sale una especie de gemido parecido a:
“¡Aagggggg! ¡Aggghhhhh! ¡Gffffffffff!”
Si el/la vendedor/a se sobresalta o lo mira con cara de “¿Y a éste qué le pasa?”, balbucea un “¡No-no-nononono! ¡Gracias, gracias, gracias!” y sale del negocio a velocidad de maratonista en las Olimpíadas.
Y me da mucha ternura el último día que pasamos juntos: por lo general, después de mimarme a rabiar y de comprarme todo lo que me gusta, me muestra la billetera que contiene monedas y algún que otro billetito, y con esa carita de inocente que tiene me pregunta si va a alcanzar para:
a) Dos desayunos completos, con café doble y repetido;
b) Dos entradas al cine;
c) Almuerzo para dos en nuestro restaurante preferido;
d) El taxi para traslados;
e) Mis barritas de cereal (por lo menos dos, una de manzana y otra de durazno)
... y dos gaseosas light para llevar a la habitación... para después.
¿No es un tierno, mi Profesor?

Lolita

Foto: © Francois Benveniste

martes, 17 de febrero de 2009

No saben que soy Lolita

Pareciera como que nadie se diera cuenta... aunque no es así.
Pareciera que sólo algunos hombres perciben que ahora camino de manera más sensual. Pero ignoran que ahora me visto con minifaldas y uso zapatos de taco alto, que uso corpiños con puntillitas y tangas en vez de bombachitas de nena y me pongo más seguido esos shorts que a él le gustan.
En la escuela no notan mi transformación.

No saben que detrás de la niña estudiosa, aplicada, obediente, respetuosa y de aspecto aniñado e inocente, se esconde una mujercita experimentada.

No saben que atesoro en mi interior el más bello de los sentimientos, no se enteran ni les cuento ni sospechan de mis andanzas de pequeña gran mujer.
Mis compañeras no imaginan que cada día comparten la mañana en el aula con una niña precoz que con sus encantos ha sabido robarle el corazón a un hombre mayor.
Tampoco intuyen que he entregado mi preciado tesoro a cambio de amor y que mi cuerpito infantil ya ha probado el placer que deparan las manos de un hombre. Un cuerpo que ya no es tan infantil...
Mejor que no se enteren de mi secreto. Que no sepan que sueño con un hombre que ya es abuelo, que acaricio con pasión un cabello cubierto de canas y que vivo un romance con alguien tan mayor. Que me muero por acariciar su cabello plateado con ternura, y desfallezco por dejar mis manos en libertad por su cuerpo cuando me gana la pasión.
Que nadie se entere que le escribo cartas de amor, que en mi carpeta guardo una foto suya y que tengo mi celular lleno de los mensajes traviesos que él me manda por las noches o cuando estoy en clase, diciendo que lo imagine debajo de mi banco en el aula, haciendo travesuras con sus manos entre mis piernas, levantando la pollera del uniforme y deslizando sus dedos por el costado de la bombacha.
Que sigan si advertir ni prestar atención al hecho que me alejo cuando hablan de novios adolescentes, que me aburren las historias de sus conquistas nocturnas de sábado a la noche en los boliches y que, aunque las escuche, en realidad no me interesa quiénes son los chicos más lindos ni para qué sirven. A mí, me aburren.
Como Lolita que soy, no pienso en nada de eso, ni me interesa.
Yo tengo otras responsabilidades más importantes.

Yo ya tengo mi amor.

Lolita
Foto: Lolita

viernes, 13 de febrero de 2009

Me gusta

Me gusta cuando sale de bañarse, con la piel fresquita y perfumada y se viste elegante para llevarme a cenar fuera.
Me agrada acompañarlo al supermercado a hacer la compra porque me da con el gusto si le pido palmitos, dulce de leche, cerezas para comer juntos de postre o cereales azucarados para el desayuno.
Me deleita que me cuente historias y anécdotas de su pasado y me mueste fotos –algunas en blanco y negro–, para que conozca a sus padres y abuelos y sepa cómo era él de pequeño.
Me emociona el corazón ver como alza en brazos a una de sus nietitas y la ternura con que mira a los bebés. Sé que fue un muy buen padre antes, lo vi en sus hijos. Quizás sea un excelente padre mayor algún día.
Me encanta cómo cocina cosas ricas para mí y me sirve como a una princesita.
Me gusta saber que siempre está disponible para el amor y los mimos y que en cualquier momento puedo interrumpir su trabajo unos minutos para sentarme en sus rodillas y pedirle que me diga cosas románticas al oído.
Me atrae su forma de ser, su manera suelta, desvergonzada, desestructurada y simpática. Su risa en cualquier lugar y sus bromas espontáneas.



Me gusta cuando me compra cadenitas para el tobillo, me lleva a elegir perfumes y me enseña cuál va mejor con mi piel o cuando nos quedamos mirando en las vidrieras de las joyerías un par de relojes para pareja o anillos de compromiso.
Me emociona que siga mis juegos, que sea cómplice de mis travesuras, que me busque cuando me escondo y me sorprenda en la calle cuando pienso que por querer ocultarme lo he perdido de vista.
Me gusta todo de mi amor. Confieso que ni siquiera me molesta que convierta el baño en la sala de lectura... siempre y cuando no demore demasiado.


Lolita

lunes, 2 de febrero de 2009

Lo que vale es el amor

No le da verguenza amar a una mujercita que bien podría ser su hija.
No me preocupa estar enamorada de un hombre que ya ha vivido buena parte de su vida cuando yo recién nacía.
Nada le impide sentirse libre de abrazarme en la calle, frente a la gente que pasa y lo mira de forma inquisitiva, intrigada y hasta escandalizada.
No me molesta parecer tan chiquita a su lado, comprobar que su mano es mucho más grande que la mía y que su cabello abundante está teñido de canas. Tampoco que queda como muy grande en los juegos del parque de diversiones o que a veces se tropieza en las escaleras...
No le importa la opinión de la gente al respecto ni lo que su familia pueda reprocharle.
Por lo que a mí respecta, no me disgusta que no pueda acompañarme a un boliche de jóvenes, festejar el día del estudiante como uno más o que se quede dormido en el cine cuando arrastra noches sin descansar bien.


No se hace problemas si la gente lo mira extrañada o si la vendedora de la casa de lencería se perturba cuando me acompaña a elegir y comprar mis conjuntos de ropa interior.
No me incomoda hacerle algunos mimos provocativos en la vía pública y dejar que las personas empiecen a sospechar que quizás no sea mi papá...


Lolita