Nos despertamos con los primeros rayos del sol de invierno, entrando por la ventana de la habitación. Seguíamos abrazados, tal como nos habíamos dormido la noche anterior, pero un poco pegoteados por el calor de las frazadas y las colchas. Hoy, ahora que lo recuerdo, creo que me gusta despertarme a su lado un poco bastante pegoteados.
En realidad nos despertó el sonido de la alarma de mi celular programada para las ocho de la mañana.
El Profe pegó un salto cuando se disparó la alarma del celular. Ese día decidí cambiarla y, al día siguiente, la música ya era otra. Más suave y tranquila. Más apropiada para mi “Pichoncito”. Sí. Así lo llamo a veces, y a él le gusta. ¿O es que hay una ley que prohíba mimar al hombre al que se ama, tenga la edad que tenga?
Luego de abrir los ojos, nos quedamos en la cama un buen rato, disfrutando de una buena sesión de mimos mañaneros.
Luego nos vestimos, nos lavamos los dientes, la cara, nos peinamos, nos vestimos y bajamos a desayunar.
Entramos al comedor seguidos por la mirada de todas las personas curiosas que el día anterior nos habían estado mirando en la pileta cuando jugábamos, como si fuésemos algo más que padre e hija. Con el Profe solemos reírnos cuando imaginamos lo que pensarán esas buenas personas de nosotros. Se debían exprimir el cerebro pensando que lazo afectivo o familiar nos une.
Como decía, entramos en el comedor y nos ubicamos en la mesita que tenía un cartelito con nuestro número de habitación.
En realidad nos despertó el sonido de la alarma de mi celular programada para las ocho de la mañana.
El Profe pegó un salto cuando se disparó la alarma del celular. Ese día decidí cambiarla y, al día siguiente, la música ya era otra. Más suave y tranquila. Más apropiada para mi “Pichoncito”. Sí. Así lo llamo a veces, y a él le gusta. ¿O es que hay una ley que prohíba mimar al hombre al que se ama, tenga la edad que tenga?
Luego de abrir los ojos, nos quedamos en la cama un buen rato, disfrutando de una buena sesión de mimos mañaneros.
Luego nos vestimos, nos lavamos los dientes, la cara, nos peinamos, nos vestimos y bajamos a desayunar.
Entramos al comedor seguidos por la mirada de todas las personas curiosas que el día anterior nos habían estado mirando en la pileta cuando jugábamos, como si fuésemos algo más que padre e hija. Con el Profe solemos reírnos cuando imaginamos lo que pensarán esas buenas personas de nosotros. Se debían exprimir el cerebro pensando que lazo afectivo o familiar nos une.
Como decía, entramos en el comedor y nos ubicamos en la mesita que tenía un cartelito con nuestro número de habitación.
Como era desayuno del tipo buffet, había que servirse uno mismo. Empezamos con nuestra taza de café fuerte y caliente –con el infaltable vaso de leche fría para él– y luego, mientras el profe elegía un trozo de budín marmolado, yo llenaba un tazón con cereales y trozos de fruta.Comimos tranquilamente mientras por la ventana que daba al parque, observábamos el paisaje y el bello día luminoso que empezaba y que planeábamos aprovechar al máximo.
La encargada del comedor era una señora joven de poco menos de treinta años que estaba muy cerca de nosotros y se encargaba de recibir y atender a los huéspedes y de reponer todo aquello que se iban terminando.
Nos miró y sonrió.
–Buenos días –dijo.
–Buenos días para usted –le contestó el Profe.
Yo le sonreí, con un movimiento de cabeza, y me zambullí de lleno a mi pastiche de cereales mezclados con ananá.
Cuando me levanté a buscar mi segunda taza de café, sonriendo, me preguntó:
–¿Y cómo hiciste con el colegio? ¿Te dejaron faltar para venir acá de vacaciones?
“¿Es que parezco tan pequeña?”, me pregunté, mientras me acomodaba en la mesa.
–No, no, estoy en primer año de la facultad –le contesté–. Tengo dieciocho años...
La chica me miró, boquiabierta, como si no pudiera creer lo que acababa de decirle.
–¿En serio? ¡Parecés mucho más chica! ¡No te daba más de dieciséis años!
Sonreí. Me divierte la inferencia de las personas, que parten de una premisa falsa, y se apresuran a sacar conclusiones.
Y ahí, en ese momento, el Profe –que parecía estar mirando por la ventana hacia el parque pero que tenía todas las antenas alerta–, intervino en la conversación.
–Parece chiquita, querida, pero no lo es. No se deje engañar por las apariencias...
–Emm... Emmm –la encargada del comedor no sabía qué decir. ¡Pobre! La comprendo, es difícil contestar algo ingenioso cuando mi Papi se decide a hablar.
–Sí, está en la facultad, como le dijo, y además es brillante en sus estudios. ¡Y no sabe las cosas que saber hacer mi niña!
El Profe es, cuando quiere, el maestro del doble sentido y de la ambigüedad. Y aunque yo sabía que con eso que decía se refería a otra cosa, la joven ni se imaginaba, ni comprendía.
Me acuerdo que me puse toda colorada y le tiré un patadón por debajo de la mesa para no siguiera hablado, antes de zambullir mi cara en el tazón de cereales con fruta. Es que a veces él es tan desvergonzado...
Por suerte la chica debió pensárselo dos veces y no se animó a preguntar si éramos padre e hija porque eso hubiera dado para que el profe continuara con el juego de palabras con doble sentido.
Claro que, nos imaginamos que como mujer, curiosa al fin, debió haber ido a la recepción –ni bien nos fuimos del comedor–, para averiguar qué tipo de habitación ocupábamos, para disipar sus dudas.
Menuda sorpresa debió haberse llevado, porque desde ese primer día –y aunque nos trató con corrección–, no se le ocurrió hacer más inferencias ni preguntar nada más.
Lolita








