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martes, 14 de julio de 2009

Relojito

Íbamos caminando de la mano por una transitada calle peatonal del centro de la ciudad. De repente, el Profe se detuvo ante una vidriera y se quedó observando detenidamente algo. Me acerqué y vi que estaba mirando relojitos de mujer, de esos que usan las señoritas elegantes.
–¿Qué mirás, papi?
–¿Te gustan, Loli?
–¡Me encantan!
–Creo que ya es momento de cambiar ese que llevás puesto. Si bien cuando te lo regalé te venía muy bien, creo que ahora debés tener algo más apropiado. Ya sos toda una señorita, mi amor.
Sonreí.
–Vení, entremos.
Entramos al local, donde además de relojes se exhibían también todo tipo de joyas y hasta alianzas de compromiso (Me quedé mirando unos instantes un par pensando –lo confieso– que ya llegaría, seguramente el momento de usarlas).
–¡Buen díaaaaa! –saludó el profe con su acostumbrada sonrisa y buen humor.
–Buenos días –respondió la señora que atendía el local–. ¿Qué los trae por acá? ¿Qué andan buscando?
–Un relojito para la señorita...
–¿Cuál podría ser? –Preguntó amablemente la señora.
–Le muestro –y le señaló en la vidriera tres que nos habían parecido muy bonitos (con el profe tenemos gustos muy similares).
La señora sacó los que le habíamos dicho y los puso sobre el mostrador. Eran todos realmente hermosos.
Me quedé mirando los tres y fui descartando, hasta quedarme con el que más nos gustaba a ambos: de acero, color metal, de agujas y con fondo oscuro.

Me lo probé y como me andaba suelto en la muñeca, un señor se encargó de adecuarlo y ajustarlo para que me fuera justo.
–¿Te lo vas a llevar puesto, pipi?
–No, prefiero estrenarlo esta noche...
Nunca había tenido un reloj tan bonito. Era un orgullo para mí lucir ahora algo tan bello.
Desde que me conoció, mi profe se encargó de transformarme en una señorita muy elegante. Por no mencionar el perfume francés que me regaló el primer día que nos vimos y que yo esperaba hace tiempo de tanto verlo en publicidades: Lolita Lempicka.
Esa noche, cuando fuimos a un evento social al que el Profe había sido invitado por cuestiones de trabajo, estrené mi relojito y la riquísima fragancia del perfume.
Al lado suyo, de blazer y pantalón gris, camisa y corbata y, distinguido como estaba, me sentí la mujercita más afortunada y bella del mundo.

Lolita

domingo, 5 de julio de 2009

Primer voto

El domingo 28 fue uno de esos días memorables que no se olvidan: por primera vez ejercí mi deber y mi derecho de ciudadana, de elegir a sus representantes y, lo mejor de todo, es que fui a votar acompañada por el Profe.
Esa mañana, luego de darnos un baño caliente, ver las noticias del momento y tomarnos un rico desayuno, nos fuimos en el colectivo que nos dejaba más cerca, hasta el colegio que me había sido asignado para votar y que queda a pocas cuadras de mi casa.
Como yo, él estaba muy emocionado de poder acompañarme en ese momento tan importante y significativo de mi vida.
Entramos al establecimiento, dimos una mirada al lugar hasta ubicar la mesa donde debíamos formar fila y nos dispusimos a esperar a que me llegara el turno, mientras el Profe me explicaba cómo debía emitirse el voto. Detrás de nosotros, una mujer joven no paraba de hablar por su teléfono celular, haciéndonos partícipes de su conversación acerca de temas personales, privados y hasta íntimos con su interlocutora que, por lo que pudimos deducir, podía ser la hermana, la prima o una amiga. Tengo que aclarar que el Profe tiene una peculiar aversión por los teléfonos celulares y, en especial, por las personas que hablan y ventilan sus asuntos delante de todos, como si estuvieran a solas en el living de su casa.
La fila correspondiente a la mesa donde yo debía votar era la más larga de todas y, quizás porque el único hombre era él, cada dos por tres se nos acercaba una mujer para preguntarle adónde estaba la mesa número tal, o si esa cola era la de los apellidos que comenzaban con las letras que iban de la P a la V. El colmo fue una señora mayor que le preguntó si esa era la cola de la letra Z, haciendo gala de un desconocimiento total acerca de la forma en que se vota, como si nunca antes lo hubiera hecho pese a su edad.
El Profe me miró primero a mí y después a la señora y en sus ojitos pude leer con claridad que estaba por mandarse una de las de las suyas.
–Señora, se vota por número de mesa –le dijo.
–¿Pero ésta cola es de la letra Z? –insistió la mujer, como si tuviera serios problemas de comprensión.
–Mhh-hh... A ver cómo se lo explico... –contestó él–. Tiene que consultar el padrón, señora.
–Mjm... ¿Y adónde están los padrones? –la señora no se daba por vencida.
–¿Ve aquel pasillo?
–Mjm...
–Bueno, si sigue por allá, va a encontrar los padrones en la pared... –le dijo el Profe, señalándole un pasillo–. Ahí va a poder encontrar la mesa en la que le toca votar.
La señora, sin darle las gracias, se marchó hacia donde él le había dicho.
–Papi...
–¿Mhhh-hh?
–¿Cómo sabés que los padrones están ahí?
–La verdad, no tengo ni idea, Loli.
–¿Qué? ¿No están ahí?
–No sé.
–¿Y por qué la mandaste ahí?
–Para sacármela de encima, Loli. Me fastidia que todas las señoras me vean cara de portero y me pregunten a mí.
–Jajaj... –no pude evitar soltar la carcajada–. ¿Y adónde la mandaste? Jajaj
–Ni la menor idea, Princesita –me contestó, con esa sonrisa traviesa que yo le conozco.
Creo que por la emoción de acompañarme a votar por primera vez, la joven que seguía contándole su vida privada en voz alta por celular a quien sea que fuere que la escuchaba, todas las mujeres que lo tomaron por el portero, y la cola, que iba medio lenta, terminaron por ponerlo un poco ansioso. Y cuando al Profe le da la ansiedad-mal, le dan ganas de fumar –debo reconocer que está haciendo un esfuerzo considerable para dejar el cigarrillo–, por lo que me dijo:
–Loli…
–¿Qué, mi vida?
–¿Vos tenés chicles?
–Mmmm… no. ¿Por qué?
–Preguntaba, nomás.
–¿Y vos desde cuándo comés chicles, papi?
–No mastico chicles, Loli. Pero es que como estoy muy emocionado por este momento, me dan ganas de fumarme un cigarrillo... –dijo, y antes que yo pudiera empezar a regañarlo, agregó: –Y no creo que quieras dármelos.
–Mi vida, ya te fumaste el de la mañana, y sabés que no quiero que fumes porque te hace mal a la salud –le dije, apretando las manos sobre mi bolsito-cartera, donde yo los tenía guardados después de confiscárselos.
–Bueno, por eso, entonces prefiero un chicle.
Pensé en salir a comprarlos afuera, pero en un costado del patio del colegio estaba abierto el kiosco del colegio.
–A ver, esperá, allá hay un kiosquito. Voy a ver si tienen. Vos, quedate acá en la fila, ¿sí?
–Sipi.
El kiosco tenía golosinas, así que regresé un minuto después con una cajita de chicles sin azúcar de esos que promocionan que ayudan a fortalecer y blanquear los dientes. Le di dos cuadraditos a él y yo me comí el resto, porque me encantan.
No pasaron ni diez minutos, cuando en determinado momento lo miré y vi que estaba metiéndose el dedo en la boca, como si estuviera hurgando en su interior. Parecía un chico, que con la boca abierta y el dedo índice rascando, intentaba quitarse algo pegado en el paladar.
–¡Papiiiiii!
–¿Mmmhhh-hh?
–¿Qué hacés?
–Mmhh... –me dijo, sin sacarse el dedo de la boca y sin importarle la gente que lo miraba–. ¿E dah uenta pohé unca omo shijle? –qué gracioso cómo hablaba.
–¡Uy, papi! ¡Me hubieras dicho que te pasaba esto!
–Mhhh-hh... ji...
–Bueno, ahora disimulá un poco para que no te mire tanto la gente...
–le estaba diciendo cuando se sacó el dedo de la boca con el chicle masticado.
–Shá stá... –me dijo, sonriente y empezó a mirar para todos lados.
–¡Pappppiiii!
–¿Qué pasa, Loli? –me preguntó, sin dejar de amasar el chicle entre los dedos, haciendo una bolita
–¿Qué hacés con el chicle?
–Estoy buscando un cesto de desperdicios para no tirarlo en el piso, mi vida, pero no veo ninguno –dijo–. Me fastidia pisar chicles masticados, así que no le voy a hacerle a otro lo que a mí no me gusta.
Así es él. Esa forma de ser y de razonar, es la que me cautiva.
Como una media hora después, me llegó el turno. Entregué mi documento, lo verificaron, me dieron el sobre y entré en el cuarto oscuro. Cuando salí, con una sonrisa de oreja a oreja, lo busqué con la mirada, emocionada. Se había acercado a la mesa y me sonreía. Me firmaron y sellaron el DNI, saludé a los miembros de la mesa y me fui hacia donde él estaba esperando, con mi bolsito-cartera colgado de su hombro.
Lo tomé de la mano y le dije:
–¡Qué feliz me siento, Papi! ¡Cómo me gusta que hayas estado conmigo este día!
Me sonrío, se inclinó hacia mí y me besó en la mejilla.
–¿Ya encontraste adónde tirar el chicle? –le pregunté, cuando salíamos.
–Shi... Ahí –me contestó, señalándome un cesto de basura.
–Bueno, ahora vamos a mi casa, así podés limpiarte esos dientes pegoteados...
–Mhh-hh...
–Además ya es casi la una, y mi papá debe de estar esperándonos con el asadito...
–Sí, Loli. Tu primera votación y este hermoso día, merece el asadito que preparó tu papá.
Salimos del colegio hacia mi casa, y me acuerdo haber pensado que si hace dos años alguien me hubiera dicho que el día de depositar mi primer voto iba a ser así, le hubiera preguntado con qué se había emborrachado.
¡En fin! Sorpresas que nos da la vida.

Lolita

domingo, 19 de abril de 2009

Amarse...

Para mí es sentir que me late más fuerte el corazón de sólo recordar la sensación que me produce tenerlo a mi lado. La emoción que me provoca besarlo en los labios y sacarle la ropa para hacerle el amor... esa sensación maravillosa que, después de estos dos años, para mí sigue siendo la misma.
Cuando pienso en él es tan hermoso lo que siento: cómo me gusta arrastrarlo a la habitación el primer día que nos vemos, y el apuro que siento por hacerle el amor. Y también por la noche... después de haber pasado varias horas sin hacerlo.
Es inevitable, estoy enamorada de ese hombre que me da vuelta las ideas, me genera los sentimientos más lindos y me despierta el amor, me aviva la pasión, y me provoca al desenfreno. Todo junto.

Cuando estoy con él, me transformo, me vuelvo loca, me estremezco de sólo sentir una caricia de su mano en mi mejilla o que me tome de la cintura en la calle. Porque tenemos piel y una comunicación que va más allá de las palabras. Es la conexión física de nuestro cuerpo. El diálogo emocional de nuestro corazón. La comunicación de nuestro intelecto... y el indescriptible enlace de nuestras almas que consigue esa maravilla de presentir, saber sin saber, qué es lo que piensa o siente el otro.
Para mí amarse significa estar atenta para evitar cualquier forma de hacerse daño. Saber reconocer los errores, y modificar las actitudes para que no haya una “próxima vez”. Hablar de todos los temas sin vergüenzas, contarle mis secretos y confiarle hasta las cosas más difíciles de hablar con cualquier otra persona. Pedirle su opinión, escuchar sus sugerencias, darle las mías.
Sentir ternura, alegrarnos juntos por pequeñas cosas que tiempo atrás eran insignificantes, contar los días que faltan para vernos, sentirnos cerca aún sin estarlo.
Evocar su imagen, irme a dormir y, antes de cerrar los ojos, mirar esa foto suya al lado de mi cama y decirle: “Hasta mañana, mi vida... que descanses”, y en el momento en que me hundo en el sueño, sentir sus besos en mi piel.
Y también, guardar los envoltorios de las barritas de cereal, del último regalito que me compró y el ticket del lugar donde acabamos de cenar juntos para pegarlo en el álbum de los recuerdos compartidos.

Lolita

Foto: © Agris Robs

martes, 17 de marzo de 2009

Vencer al miedo

–Loli...
–(...)
–Loli, por favor, vamos, no estés así.
–(...)
–Lolita, mi cielo, Frutillita, mi dulce Princesita... Vamos, no es necesario que te sientas así. Es una ilusión. Un espejismo... Sólo ocurre adentro tuyo.
–(...)
–A ver, mi dulce niña... Vamos, soltá todo ese dolor. Dejá que salgan las lagrimitas. Llorar hace bien cuando estamos tristes o tenemos miedo, mi amor.
–(...)
–¿Querés que te cuente algo?
–S-shi... (¡Snif!)
–Bien. Escuchá: cuando los seres humanos sentimos miedo, tenemos dos formas de enfrentarlo: una, la más sana, es llorando. Llorar hace bien, porque las lágrimas se llevan todos los venenos del alma, mi amor... ¿sabías?
–Nu... (¡Snif! ¡Snif!).
–Sí, mi cielo. Llorar hace que no saquemos las garras y nos volvamos crueles. Nos lava por dentro, nos saca la congoja, se lleva el rencor y nos aleja de esos deseos de revancha que sentimos ante la injusticia, mi pequeña. Así somos los humanos: ante el miedo reaccionamos de dos maneras: o atacando, como hace ella, o llorando, como hacés vos. Es más sano llorar.
–¿S-shi? (¡Snif)
–Sí, mi cielo. Créeme. Yo no te miento, y vos lo sabés.
–Shi...
–Entonces, si tuviste una sesión dura con tu “locóloga”, hablando de las cosas que hace ella, es comprensible que te sientas mal... ¿Ves?
–Mjm...
–Pero tampoco es bueno sentirse tan mal. ¿Sabés? A veces, cuando miro para atrás, no puedo creer qué rápido se me pasaron tantos años. Y cuando recuerdo, me da un poco de fastidio mirar cuántos días de mi vida desperdicié con dolores que no eran, al fin de cuentas, tan graves. ¿Comprendés?
–Mjm... Shi... (¡Snif!)
–A ver… dejame que te seque esa lagrimita. A ver... mostrame la caruchi, ¿zi?
–Shi...
–Yo me imagino que ahora sentís que no es justo, que alguien tendría que pararla, que no puede ser así, que no tiene derecho a ser tan perversa y a joderle la vida a todos, ¿eh?
–(...)
–Loli, mi cielo...
–Shi...
–¿“Shí” qué, bonita?
–Shí, que siento eso...
–Ah, claro.
–¿Y vos cómo podés saber qué siento?
–¡Oh! Eso...
–Shi... “eso”.
–Es que yo, alguna vez, sentí lo mismo o parecido, ¿ves?
–Mjm.
–Y con el paso del tiempo, me di cuenta que no sirve para nada amargarse tanto. Porque cuando te amargás, es un día que se pierde. Y tenemos tan pocos días en esta vida, Loli.
–Ah.
–A ver... dejame que te seque todas las lagrimitas, ¿me dejás?
–Shi... (¡Snif!)
–Así, ¡muy bien, mi niña! Y ahora te voy a enseñar otra cosa, ¿querés?
–Shi...
–Bueno, a ver, dame las manos que te ayudo a salir de ese sillón, ¿dale?
–Mjm...
–Dale, vamos, dame la mano... ¡Eso! ¡Muuuuy beeen! Vení, vamos a la camita.
–Shi...
–Ahora tendete boca arriba, las manitos al costado del cuerpo, los ojitos cerrados pero sin fuerza, las piernitas bien extendidas, el cuerpito relajado y empezá a respirar como te digo... Tomás aire por la nariz... mucho, mucho, mucho... más, un poco más...
(...)
–Y ahora, mientras sentís mi mano en la pancita que te acaricia.. lo largás así: ¡Puffffffffffffffffffffff!
–¡Puf!
–No, no vale hacer trampas... Hay que largarlo todo... a ver, otra vez... Tomás aire por la nariz mucho mucho mucho.... eso... y lo largás ¡Pufffffffffffffffffff!
–¡Pufffffffffffffffffffff!
–¡Muy beeeeeeeeeen, Lolis! ¡Así! A ver otra vez...
–¡Mhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhssssssssssss!
–Y ahora...
–¡Puffffffffffffffffffffffffffff!
–¡Eso! ¡Así!
(....)
–Papi...
–¿Qué mi vida?
–Ze me jue el dolor de la panza.
–Claro, mi niña, claro.
–¿Te puedo pedir algo, papi?
–Lo que quieras, mi amor.
–¿Me hacés cucharita con una mano en la pancita y otra en las tetis?
–Sí, dulzura. Dale, vení acá, a ver... acá, entre los brazos... eso... así.
(...)
(...)
–Papi...
–Mhhh-hhh...
–Papi, ¿te numiste?
–Mhhh-hhh zhi...
–Gracias por enseñarme a vencer al miedo... papi.
–Mhhh-hhh...enada...
–Papi...
–Mhhhhh
–Te amo.
–Mhh zi, angelito... Yo te amo a vos...
–¡Si mi mamá supiera que sos así..!

El Profesor

Foto: © Katia Chausheva

jueves, 5 de marzo de 2009

Embajada de Lolitas

La verdad, que entre todas las cosas que imaginé que las Lolitas éramos capaces de hacer, ni se me cruzó por la cabeza que podíamos ser capaces de mejorar la imagen de una nación (¡De toda! ¡Imaginense!) en tiempos de crisis como los que estamos viviendo.
Sin embargo, según esta nota, las Lolitas japonesas (todo un boom en ese país), van a ser las que se encarguen de promover "la confianza" en Japón y conseguir que se comprenda más la cultura japonesa a través de la imagen, en una etapa de la historia de la humanidad como ésta, “en la que la economía nipona se ha visto duramente golpeada por los efectos de la crisis mundial” –según dice el diario.
Por eso Japón ha decidido enviar una “embajada” de Lolitas, representantes de su país en la feria Expo-Japan, que se llevará a cabo en Francia, en el mes de julio.
La misión que deberán llevar a cabo consiste en acercar la cultura pop nipona a los extranjeros, porque parece que cada vez hay más admiradores de Lolitas en todo el mundo.
¡Ja! ¡Nos estamos haciendo populares!
Ahora, digo yo: ¿no sería conveniente formar un grupo de Lolitas embajadoras para mejorar la imagen de la República Argentina en el mundo?
Será cosa de proponérselo a nuestra presidente que, aunque ya dejó atrás esos años, alguna vez algo de Lolis debe haber tenido, ¿no?
Si la iniciativa prospera, soy capaz de ofrecer mis servicios para encabezar la comitiva. (Ji Ji Ji)
¿Ustedes creen que podré?
Ideas que se me cruzan por la cabeza, digo yo.

Lolita


Foto: © José Manchado

jueves, 22 de enero de 2009

A veces el amor cuesta...

Mis amigas se enamoran de chicos de su edad.
Mis hermanas se sienten atraídas por jovencitos de su generación.
Los adolescentes forman parejas entre ellos.
Pero yo me enamoré de un hombre varias décadas mayor.
Y es complicado. Hay que ser muy valiente, decidida y estar segura de lo que se quiere.
Las Lolitas tenemos que pagar un alto precio por elegir el camino más difícil.
Tenemos que asumir los riesgos, prepararnos para lo que pueda suceder, saber que alguna vez podremos sentir dolor...

Debemos ser responsables y además, saber cuidar al otro.
Debemos estar atentas y mantenernos fuertes frente a las críticas, reproches y embestidas de la familia, frente a los prejuicios de las amigas, amigos y conocidos, y frente a los dedos acusadores y las miradas de extrañeza o incluso de desprecio de la sociedad en general.

Pero cuando uno siente que lo que le colma el corazón es puro amor por el otro, por el hombre que te roba suspiros y te enciende de alegría la mirada, se prepara para esto y mucho más.
¿Se sufre si uno no se siente libre? ¿Cuesta? ¡Por supuesto! Especialmente al comienzo.
Pero yo pagué el precio con gusto y lo volvería a pagar con tal de ver a mi amado hombre feliz, con tal de ver su amplia sonrisa y sus ojitos alegres, con tal de sentir sus caricias y besos, con tal de verlo divertirse, disfrutar y sentirse vivo como quizás hace años no lo sentía.
Elegiría pasar por todo lo que pasé, con tal de seguir escuchando
cómo de sus dulces labios se desprende un “Te amo, mi chiquita”

Lolita

martes, 20 de enero de 2009

Mi dulce profesor

Lo miro cuando se afeita por las mañanas y cuando se lava el cabello bajo la ducha.
Lo escucho cuando me cuenta anécdotas de su adolescencia.
Lo espero, paciente, cuando le cuesta levantarse de la cama y comprendo que tenga esos ritos arrastrados durante años.
Me río para mis adentros cuando se queda atascado en algún lugar o cuando tropieza por no mirar por donde camina... a veces es torpe, el pobre. Por eso, cuando se siente cansado de caminar, lo espero y cuando ya tiene ganas de dormir, le hago mimos hasta que se entrega al sueño.
Lo escucho cuando me canta esas canciones románticas clásicas. Lo consuelo y lo calmo cuando lo atacan pensamientos tristes. Lo aliento a que me hable acerca de sus sentimientos.
Y ni siquiera me molesta que use... ¡dentadura postiza!
Ya Aprendí cuáles son sus gustos, su número de la suerte, las comidas que más le agradan y su chocolate preferido. Qué cosas le hacen mal, que palabras lo hieren. Aprendí qué medicación toma, cuáles son los lentes para ver de lejos y cuáles para ver de cerca... y que necesita un vaso de leche fría con una aspirina antes de comenzar a tomar su desayuno.

Me enteré cuál fue su primera experiencia sexual, cuál era el nombre de sus mujeres, adónde vivió, por cuáles lugares viajó, cómo se llaman sus hijos y sus nietos.
Descubrí por qué es tan prolijo, por qué trata tan bien a las mujeres, por qué le gustan los sábados a la mañana, por qué lleva adelantado el reloj diez minutos, y por qué no le gustan las palabras absolutas.
Sé que le gustan los jazmines, los buenos vinos, los perfumes franceses, la ropa fina, la música clásica, las películas de todo tipo, los relojes caros, la historia, la filosofía, la novela, el cine y los momentos compartidos conmigo.
Me deja que lo depile, que lo peine, que lo ayude a vestirse, que le haga masajes y hasta me deja que... ¡lo bese con la boquita pintada!
Acepta jugar a la “guerra de almohadas”, a la lucha libre en la cama grande (y el que se sale del ring es un cagueta), a buscarme cuando me escondo en el placard, a ir conmigo al parque de diversiones.
Sin embargo, no le gusta que lo tironee a la mañana para que se levante, que le hable fuerte cuando recién se despierta y apenas abre un ojo, que le haga demasiadas cosquillas, que le esconda los cigarrillos y que le aleje el pan en los restaurantes para que no picotee.

Mi hombre tiene la sonrisa luminosa, los ojitos brillantes, la piel suave, el cabello abundante, la espalda ancha, las piernas musculosas, la voz grave y las uñas prolijamente cortadas.
Me gusta escucharlo reír, llevarlo a caminar de la mano, verlo disfrutar de algo, hacerle regalos, sentir su perfume, verlo dormir, sentir que me abraza por detrás.
Me gusta porque sabe reírse de sí mismo, de sus torpezas... me gusta cuando imita a alguien, cuando hace caras graciosas, cuando inventa sobrenombres y bromas creativas, me gusta cuando se pone traje y pantalón de vestir.
Admiro su generosidad, su grandeza de espíritu, su capacidad de escucha y de reflexión, su poderosa inteligencia.
No aparenta la edad que tiene. No posee el menor signo de vejez. En la intimidad es juguetón como un niño, apasionado como un joven y hasta puede ser más dulce e inocente que un bebé.
Me inició en el sexo y desde el primer día, me fascina cómo me hace el amor.
Frente a los demás es hablador e inteligente. A solas conmigo es suave, tierno, atento y cariñoso.
Yo lo veo joven y vital. Lo veo divertido. Espero que tenga mucha vida por delante... para vivirla conmigo.

Lolita