–¿Qué mirás, papi?
–¿Te gustan, Loli?
–¡Me encantan!
–Creo que ya es momento de cambiar ese que llevás puesto. Si bien cuando te lo regalé te venía muy bien, creo que ahora debés tener algo más apropiado. Ya sos toda una señorita, mi amor.
Sonreí.
–Vení, entremos.
Entramos al local, donde además de relojes se exhibían también todo tipo de joyas y hasta alianzas de compromiso (Me quedé mirando unos instantes un par pensando –lo confieso– que ya llegaría, seguramente el momento de usarlas).
–¡Buen díaaaaa! –saludó el profe con su acostumbrada sonrisa y buen humor.
–Buenos días –respondió la señora que atendía el local–. ¿Qué los trae por acá? ¿Qué andan buscando?
–Un relojito para la señorita...
–¿Cuál podría ser? –Preguntó amablemente la señora.
–Le muestro –y le señaló en la vidriera tres que nos habían parecido muy bonitos (con el profe tenemos gustos muy similares).
La señora sacó los que le habíamos dicho y los puso sobre el mostrador. Eran todos realmente hermosos.
Me quedé mirando los tres y fui descartando, hasta quedarme con el que más nos gustaba a ambos: de acero, color metal, de agujas y con fondo oscuro.
Me lo probé y como me andaba suelto en la muñeca, un señor se encargó de adecuarlo y ajustarlo para que me fuera justo.
–¿Te lo vas a llevar puesto, pipi?
–No, prefiero estrenarlo esta noche...
Nunca había tenido un reloj tan bonito. Era un orgullo para mí lucir ahora algo tan bello.
Desde que me conoció, mi profe se encargó de transformarme en una señorita muy elegante. Por no mencionar el perfume francés que me regaló el primer día que nos vimos y que yo esperaba hace tiempo de tanto verlo en publicidades: Lolita Lempicka.
Esa noche, cuando fuimos a un evento social al que el Profe había sido invitado por cuestiones de trabajo, estrené mi relojito y la riquísima fragancia del perfume.
Al lado suyo, de blazer y pantalón gris, camisa y corbata y, distinguido como estaba, me sentí la mujercita más afortunada y bella del mundo.
Lolita




