martes, 26 de octubre de 2010

Diario de Lolita: El día antes


29 de noviembre 2007 - 14:59 horas
ESTE MENSAJE SE ENVIÓ CUANDO ESTABAS DESCONECTADO:
Lolita: Hola mi vida... No me mandaste correíto... ¿No compraste los pasajes aún?
29 de noviembre 2007 – 18:17 horas
De: El Profesor
Para: Lolita
Asunto: Re: Mensaje
Enviado por: gmail.com

 
Loli, mi Bebé:
Salgo mañana a las 23:45 de Retiro en General Urquiza.
Llega a las 8:45 aproximadamente a Córdoba.
Plataformas 19 a 29.
Si es muy temprano para vos, no te hagas problemas, que yo me quedo en ese sector esperándote hasta que llegues, ¿sí, mi chiquita?
El domingo, compré el de las 19:45, pero si puedo, cuando llego a Córdoba lo cambio por uno que sale a las 21 pero es coche cama y llega antes que el servicio semi-cama que saqué yo.

Les mandé un correo a los del hotel para que me confirmen la reserva pero no me contestaron. Se los reiteré y tampoco me contestaron. Espero que la hayan hecho. Por las dudas, voy a llamar por teléfono para estar seguro.
 

Muchos besitos, cushita.

Tu Profesor
29 de noviembre 2007 – 21:43 horas
De: 54351313xxxx@mms.personal.com.ar
Para: Usuario


Claro que te voy a esperar mi vida. Si yo no llegué, vos esperame sentadito, y no te muevas, ¿Shi, mi amor?
Sólo faltaba un día para poder tenerlo frente a mí y abrazarlo y besarlo como lo había soñado y fantaseado y pensado tantas, tantas veces.
¡Yyyyuuuupiiiiii!


Lolita




jueves, 21 de octubre de 2010

Diario de El Profesor: Me cayó la ficha



El Profesor dice: Pero Loli…
Lolita dice: Papi... ¿Vos no querés que yo duerma con vos?
Hasta esa conversación, había cambiado tantas veces mi decisión de viajar o no, que en los primeros días de ese noviembre de 2007, Loli me había preguntado: "¿Entonces otra vez estás dudando, no?"
Le expliqué, por centésima vez, que no podía evitar dudar, y que eso no era solamente con ella, sino que en muchos otros aspectos de mi vida, antes de hacer las cosas, las pienso y las pienso y las pienso, y cuando no puedo convencerme que lo que estoy haciendo es lo apropiado, cuando no sé qué hacer no hago nada y dejo que la vida haga por mí.
–El problema es que conmigo y con tu visita, ya es como la octava vez que te dejás vencer por la duda –me dijo Lolita.
–Si el sábado a la mañana que te prometí me estarás recibiendo en la terminal, es porque la vida habrá hecho por mi lo que yo dudaba en hacer –le contesté.
Cuando evoco esa época, la recuerdo como de días confusos en los que me costaba concentrarme en el trabajo y sólo pensaba en Lolita, en qué era lo que me impulsaba a viajar y en los argumentos que esgrimía conmigo mismo,
Me pregunté si después tanto tiempo de ser “papá”, me había acostumbrado a desplegar mi paternidad en mis relaciones con las mujeres, ya que, si era honesto conmigo mismo, habían tenido mucho de eso.
También llegué a creer que me había dado el viejazo-mal y me sentí un viejo verde, un desubicado que no se daba cuenta de los problemas que podía acarrear tener una relación con una adolescente y hasta me pregunté si no había dentro de mí un corruptor de menores que había estado latente dentro de mí hasta ese momento, en el que se le había dado por revelarse.
Y sí, hubo momentos en los cuales me arrepentí por haberla tratado con el afecto que desplegué con Loli, de haberle enviado aquel primer “beso con bufanda” que despertó en ella la ternura, de haberla llamado “cushita” y aunque tenía la certeza que cuando lo hice no fue pensándola como mujer –sino que era como hablarle a una de mis hijas–, me preguntaba si ese trato no era más que el despliegue de un deseo inconsciente que había estado ahí, latente, esperando el momento de darse a conocer.
Me sentí responsable por haber hablado con ella de sexo y por alimentarle las fantasías y el enamoramiento, porque no puedo negar que lo hice.
Así hasta ese último chat, cuando una vez más trataba de convencerla de que nuestro sueño no era más que eso, un sueño, porque no era y no iba a ser nunca una relación normal, y Loli me hizo esa pregunta:
Lolita dice: ¿Y qué tipo de relación más "normal" te hubiera gustado tener conmigo?
Recuerdo muy bien ese momento, haberme quedado pensativo mirando el monitor antes de responderle:



El profesor dice: Ser más joven... no sé... Poder proyectar juntos un futuro.
El Profesor dice: Pero bueno, en la vida no hay ni "hubiera" ni "hubiese" hay lo que hay. Por algo la vida me cruzó en tu camino de la manera que lo hizo y yo, sin intención de seducirte, lo hice.
Fue en ese instante que tomé consciencia de lo que había escrito y me cayó la ficha.
Me sentía culpable... y tenía miedo.
¿Miedo de qué? ¿Miedo de enamorarme?
Entonces tomé la decisión y envié este correo electrónico:


27/11/2007
Señores
HOTEL VIÑA DE ITALIA

La presente es para confirmar la reservación hecha telefónicamente en el día de ayer, para el día sábado 1º de diciembre desde aproximadamente las 10 de la mañana hasta el día domingo a las 18 horas.
Se me informó que no debo hacer ningún pago a cuenta, y sólo debo abonar al ingresar al hotel.
Les ruego me confirmen esta reservación.

Atentamente



 
El Profesor

jueves, 14 de octubre de 2010

Paréntesis y primicia

Aunque venimos contando nuestra historia, hago un paréntesis para contar algo de la última semana que pasamos juntos y para mostrar una primicia.
Resulta que en nuestra agenda preparada para las actividades de ese feriado largo, el sábado lo teníamos reservado para ir a pasarlo a Capilla del Monte, pero sucedió que elegimos el micro equivocado en el día menos propicio, porque la ruta resultó estar atestada y a la una de la tarde hacía casi tres horas que estábamos viajando, entrando y saliendo y de todos los pueblos intermedios, por lo que era de suponer que una hora después aún íbamos a estar sentados en el micro y nos íbamos a perder lo mejor del viaje.
Cuando salimos de Huerta Grande El Profe miró hacia afuera por la ventanilla y me dijo:
–Loli, no conocemos La Cumbre.
–No, es cierto.
–Creo que es hora de conocer ese pueblo tan encantador.
–¿Cuándo?
–Hoy, ahora. Es el próximo.
–Pero ¿entonces no vamos a Capilla del Monte?
–A este paso, con suerte llegamos a las tres de la tarde... y nos tenemos que tomar el micro de vuelta, Loli –dijo.
–Mjm... –contesté, no muy convencida, pero recordé que esa noche teníamos que estar temprano de vuelta porque habíamos planeado ir a un lugar especial.
En ese momento el micro de la empresa de transportes Sarmiento Ltda. estaba entrando en La Cumbre y pasando al costado de un hermoso restaurante ubicado en un extremo de un campo de golf, dirigiéndose a la terminal.
–Dale, Loli, vamos –dijo el Profe, se levantó del asiento, me agarró de la mano y enfiló hacia la puerta pidiendo permiso, abriéndose paso entre todos los pasajeros que viajaban parados.
Así fue que nos bajamos en la terminal de micros de La Cumbre.
Me encanta esa capacidad que tiene El Profe de improvisar y en un instante transformar una situación que amenazaba ser desfavorable en uno de los mejores momentos que hemos pasado haciendo miniturismo.
La Cumbre es un pueblo hermoso y no sé porqué no lo visitamos antes.
Ni bien bajamos, y dado que justo era la Sagrada Hora de la Manduca (léase almuerzo) y como la Manduca es importante y a los dos nos hacía ruidito la panza –estábamos con el desayunito light y con un cafecito tomado en la terminal de Córdoba mientras esperábamos que saliera el micro–, empezamos a caminar por el centro, en ese hermoso día soleado, hasta que encontramos un atractivo restaurante con mesitas en la calle, donde decidimos almorzar.
Otra atinada elección de El Profe, porque nos atendieron muy bien y comimos muy rico, en una mesita con sombrilla ubicada en la vereda y, lo mejor de todo, no nos arrancaron la cabeza con los precios.
Lo único no tan bueno que pasó fue que El Profe, después de cuidar no mancharse la impecable remera celeste, tuvo un accidente y se tiró encima una considerable cantidad del vinito que había pedido, por lo que tuvo que ponerse el suéter que se había sacado para tapar la mancha.
Pero la sorpresa mayúscula de ese día me la dio mientras languidecíamos a la espera de terminar de digerir el almuerzo, sentados en esa mesita y luego de pagar la cuenta, cuando de pronto me dijo:
–Loli, ¿viste que hay competencias de bicicleta?
–Ajá... –le dije, porque había notado la cantidad de gente en bici que circulaba por la calle.
–Mirá el negocio que tenemos al lado –dijo, señalando un local contiguo al restaurante–. ¿Querés que alquilemos dos bicis?
–¿Ehhhh? –me tomó por sorpresa, lo reconozco.
–¿Qué dije, Loli? Bici, bicicletas, recorrer este encantador pueblo de montaña en bicicleta... Ahí las alquilan.
–Pero Gordi... ¿Bici? ¿Ahora? ¿Después de comer?
–Sí, ¿qué mejor momento? Hacemos la digestión con un poco de ejercicio.
–Pero... ¿Vos sabés andar en bici? –le pregunté.
–Loli, Loli, andar en bici es una de las cosas que no se olvidan una vez que las hiciste por primera vez... ¿Sabés cuál es la otra? –dijo y me regaló una de esas sonrisas pícaras que le hacen brillar los ojitos.
¡Casi me lo como! Hace unos meses, antes de empezar gimnasia, lo que menos hubiera esperado hubiera sido que El Profe tuviera la maravillosa idea de alquilar dos bicicletas, con todas las subidas y bajadas que hay en las calles de La Cumbre.
–¿Me lo decís en serio?
–Absolutamente –me contestó, sonriendo, me tomó de la mano y allá fuimos, a alquilar dos bicicletas.
Con su simpatía y con ese encanto que tiene para tratar con la gente consiguió que nos cobraran sólo el tiempo que usáramos y no las dos horas de la tarifa, de manera que después de encontrar un casco apropiado –él mismo le dijo al dueño del local que iba a necesitar uno especial, dado el diámetro de su cabeza–, nos dieron dos bicicletas con cambios de esas especiales para hacer Mountain Bike, y allá fuimos.
La verdad, me dejó con la boca abierta.
En la única cuesta que tuvo que llevar la bici en la mano, fue en la que yo también tuve que hacer lo mismo (el dueño del local, cuando nos dio el planito para guiarnos, nos había advertido de lo empinada que era esa cuesta), porque en todo el recorrido pedaleó sin cansarse y divirtiéndose como un chico.
¡Y yo que tenía miedo que derrapara y se diera un golpe!
Cuando regresamos y devolvimos las bicicletas, se reía y hasta bromeó con el señor que nos atendió y cuando estábamos por irnos, le preguntó:
–¿Sería usted tan gentil de decirme adónde se hacen los mejores helados artesanales de este encantador paraje? –El Profe conoce la debilidad que tengo por los helados de cualquier tipo.
Un rato después estábamos sentados en el patiecito de una galería abierta, cada uno con un exquisito helado artesanal y después de dar una vueltecita más a pie por el centro nos fuimos a la terminal a comprar el pasaje de vuelta para regresar a Córdoba con tiempo suficiente para ducharnos, cambiarnos y prepararnos para lo que teníamos programado para esa noche.
En síntesis, un día que por una cosa y otra amenazaba con ser un desastre se transformó en uno de los mejores momentos del último año.
Si se preguntan cuál es la primicia, acá va:



Esta es la foto que le tomé al Profe cuando estaba zampándose su plato favorito: bife de chorizo con papas fritas. Según él eso era un “Baby Beef” de tamaño considerable (¡era enorme!) y mientras lo degustaba me contó la historia del nombre y aseguró que, a su parecer, era el más exquisito que había comido en mucho tiempo. Lo acompañó con un rico vinito que le pedí probar aunque no suelo beber alcohol.
Si se detienen a mirar bien la foto, notarán que asoma la punta de un suculento plato de apetitosos y atentos ravioles –atentos, porque se dejaban comer con absoluta gentileza–, que fue lo que elegí yo y cuando me los hube zampado, también lo ayudé a terminar las papas fritas, Je Je.
¡Qué hermoso día pasamos! ¿Se dan cuenta por qué no posteamos nada desde hace una semana? Estábamos muy ocupados en nuestros asuntos. :)


 
Lolita



jueves, 7 de octubre de 2010

Diario de Lolita: Urdiendo planes


Lolita dice: Anoche... No me podía dormir...
El Profesor dice: ¿Por qué, Loli?
Lolita dice: Pensé y deseé mucho estar durmiendo con vos y poder estirar la mano debajo de las sábanas y tocar tu cuerpito desnudo y hacerte muchas caricias... Y luego acercarme a tu boca y deleitarme besándote y sintiendo ese gustito dulce de tus labios...
El Profesor dice: ¡Oh!
Lolita dice: ¿Sabés?
El Profesor dice: ¿Qué?
Lolita dice: Estoy decidida a arriesgarme con mi plan para poder pasar la noche con vos. La semana que viene quizás empiece a decirle a mi maestra que la semana próxima tengo que pedirle un favor muy importante. Espero que no se niegue…
El Profesor dice: Loli, por favor, no te metas en problemas…
Lolita dice: Yo la conozco. Pero si no, ¿En quién?
El Profesor dice: Vos la conocés, pero ¿por qué hacer eso con ella?
Lolita dice: Es el único lugar donde alguna vez fui a dormir
El Profesor dice: No sé si una persona adulta va a hacer esto, Loli
Lolita dice: Yo tampoco lo sé. Pero si no lo intento me voy a quedar con la duda. Además no le voy a decir que es para estar con vos
El Profesor dice: ¿Y qué le vas a decir?
Lolita dice: Le voy a decir que le voy a contar después, si todo sale bien. Que es algo muy importante.
El Profesor dice: ¿Y le vas a contar que estuviste durmiendo con un hombre de 57 años?
Lolita dice: No, le puedo decir que estuve con un amigo de Buenos Aires, que fuimos a bailar toda la noche... un amigo de veintitrés años. No tengo porqué contarle mi vida privada.
El Profesor dice: Creo que si vas a pedirle ayuda, lo menos que va a hacer esta mujer es pedirte que le expliques qué vas a hacer, porque ella va a tener responsabilidad ante tu padre...
Lolita dice: No sé... Quizás. Vos dejame que pruebe y después te cuento. A ver, decime…
El Profesor dice: ¿Qué, Loli?
Lolita dice: ¿No querés pasar toda la noche conmigo? ¿No querés amanecer con mis beshitos? ¿No querés que te toque y que nos quedemos hablando hasta tarde?
El Profesor dice: Mirá, como querer, quiero. Pero creo que no debés hacerlo y correr un riesgo tan grande. Las consecuencias pueden ser graves.
Lolita dice: Creo que puedo manejarlo. Vos dejame a mí. Si veo que corro riesgos, que mi maestra no quiere o cualquier cosa... lo dejamos para cuando me escape a tu casa ¿Si?
El Profesor dice: Loli... mirá, dulzura... Si vos cambiás tus hábitos de golpe, tu padre ¿crees que no se va a dar cuenta? (...) ¿Cuándo quéeee?
Lolita dice: ¿Querés que vaya?
Lolita dice: Eso es MUCHÍSIMO más riesgoso.
El Profesor dice: Lo sé. Y te digo lo mismo. Como querer, quiero. Pero no debés hacerlo.
Lolita dice: ¡Pero yo quiero dormir con vos!!!!
El Profesor dice: Pues vas a tener que aguantarte las ganas hasta los dieciocho años.
Lolita dice: No, mi amor, yo no aguanto.
El Profesor dice: Sí, Princesita. Tiene que ser así.
Lolita dice: Voy a hacer todo lo posible por conseguirlo. Ya vas a ver.
El Profesor dice: Si te digo que que vas a tener que aprender a tener paciencia, vas a tener que aprender a tener paciencia.
Lolita dice: Vos dejame que pruebe la complicidad y la amistad de mi maestra y después hablamos.
El Profesor dice: Pero Loli…
Lolita dice: Papi... ¿Vos no querés que yo duerma con vos?


Lolita





domingo, 3 de octubre de 2010

Diario de El Profesor: ¿Sincronicidad?


Lolita dice: Mi amor…
El Profesor dice: ¿Qué, Cushita?
Lolita dice: Quiero irme a vivir con vos.
El Profesor dice: No. No podés ni debés, aunque te parezca que quieras. Es lógico que te pase, pero es una ilusión, ¿sabés?
Lolita dice: Me hace falta
El Profesor dice: Loli, no podés. Además, viviste dieciséis años sin mí y…
Lolita dice: Pero ahora quiero vivir lo que me queda con vos.
El Profesor dice: No, no... Es una sensación. Tenés mucho por vivir…
Lolita dice: Por eso, con vos.
El Profesor dice: Pero yo no tengo tanta vida por delante, Princesita.
Lolita dice: No digas eso, mi amor. Ojalá vivas muchos años más para que me esperes a que crezca un poquito más así me caso con vos.
El Profesor dice: ¡Tenés tanto que hacer y vivir, Princesita!
Lolita dice: Lo sé. Papi... hermoso... dulce....
El Profesor dice: A ver: ¿Pensaste en que tal vez Dios sólo me mandó para que te haga despertar de ese mal sueño en el que estabas?
Lolita dice: Lo pensé, pero que Dios no te separe de mí ahora, eso sería un tanto perverso de su parte. Justo cuando te estoy amando tanto...
El Profesor dice: Dios no es perverso, Cushi. Sabe lo que hace mejor que nosotros, los seres humanos.
Lolita dice: Si, lo sé. Pero hasta ahora Dios no dijo que no puedo estar con vos. Hasta ahora dice que puedo
El Profesor dice: Pero dentro de unos años, Loli, quizás no pienses lo mismo. Mirá, ahora lo que te pasa es que…
Lolita dice: ¿¿¿PERO VAS A VENIIIIIIIRRRRRRRRR???
El Profesor dice: ¡Y dale…!
Lolita dice: Sí, dale. Yo quiero que vengas.
El Profesor dice: Sí, corazoncito, sí. Voy a ir.
Lolita dice: Te quiero.
El Profesor dice: Y yo a vos, princesita.
Lolita dice: ¿Me podrías llamar una vez que mi papá se vuelva a ir, a las diez?
El Profesor dice: Sipi :)
Lolita dice: Supongo que compraste tarjeta…
El Profesor dice: Sipi :)
Lolita dice: Yo te mando mensajito a tu correo que diga "Llamame", cuando él se haya ido.
El Profesor dice: Bueno... Y ahora andá cerrando porque ya son las y veinte. Puede venir en cualquier momento y no quiero que tengas un problema más.
Lolita dice: Sí, y vos andá a comer algo, que no comés en todo el día. Imaginá que estoy con vos, ¿Shi? :)
El Profesor dice: Sipi :) Besito, Loli
Lolita dice: ¡Ay, mi vida! ¡¡¡Te voy a besar tanto!!!

Ahora, cuando releo estos diálogos después de tres años, trato de recordar qué sentía en ese momento, qué me pasaba que no podía resistirme a su pedido y decirle de una vez por todas: “Bueno, Loli, mirá, en realidad no me esperes porque no voy a viajar. No está bien que un hombre de mi edad tenga una relación con una adolescente como vos y, de tenerla, no va a perdurar. Así que mejor nos ahorramos una pila enorme de problemas terminando acá”.
¿Lo pensaba? Claro que lo pensaba.
Pero claro, escuché decir por ahí que el corazón tiene razones que la razón no entiende.
Hace poco tiempo, la última vez que nos vimos, Loli me sorprendió con una de sus singulares tarjetas, de esas que elige con especial dedicación y esmero, de las que vienen a cuento.
La tarjeta tiene por título TÚ ERES MI MUNDO, TÚ ERES MI AMOR y cuando uno la abre, se encuentra con el siguiente texto:


“¿Qué hubiera pasado si no te hubiera conocido? ¿Qué estaría yo haciendo? ¿Cómo sería mi vida?
“A menudo pienso en todo esto y siempre llego a lo mismo: sin ti sería infeliz, y tendría una vida triste.
“Sé que nos conocimos por un motivo escrito en nuestros destinos: amarnos. Nuestras vidas estaban destinadas a unirse para que nuestros mundos se hicieran uno solo, lleno de felicidad.
“Doy gracias por el rumbo que tomaron nuestras vidas, al unirse para siempre
“Tú eres mi mundo, tú eres mi amor… Te amo”.

Cuando recuerdo cómo transcurrieron las cosas y leo esa tarjeta ahora, me resulta imposible admitir que nuestra historia no tenga un propósito, que sea sólo producto del azar cibernético. Y aunque a veces repito hasta el cansancio que en la vida no hay ni hubiera ni hubiese, que las cosas son como son, no puedo evitar reflexionar acerca de ese texto.
A medida que uno crece y según pasan los años, parece ser un atributo el adquirir una considerable dosis de cínico escepticismo que crece a medida que se van perdiendo los sueños y las ilusiones de la juventud. Por mi formación y por la época que me tocó vivir, admito que descreía del destino y que desde muy joven me dejé seducir por ese conjunto de doctrinas filosóficas que constituyen el voluntarismo, y creí a pie juntillas que la voluntad –esa potencia espiritual del hombre frente a la razón–, es superior al entendimiento porque su esencia es la libertad.
Pero hoy, leyendo ese significativo conjunto de palabras y evocando lo sucedido en estos tres años, me inclino más por creer que quizás sí haya un designio, una intencionalidad que no conocemos. Que el encadenamiento de los sucesos tal vez sea producto del mandato de una voluntad superior que no alcanzamos a comprender que se manifiesta mediante la sincronicidad –¡Gracias, Jung! ¿Qué sería de mi cordura sin vos?–, y que ya ha tomado una decisión respecto de nuestra existencia. La que nos lleva por un camino que ni siquiera sospechábamos que estaba ahí, vaya uno a saber desde cuándo, esperando que empezáramos a recorrerlo.


El Profesor

 

sábado, 25 de septiembre de 2010

Diario de Lolita: La fuerza del amor

El tiempo pasaba. Nuestro amor crecía. Mi pasión se desbordaba. Mi corazón se aceleraba y me emocionaba con sólo escuchar su voz en el teléfono... En nuestras románticas conversaciones yo había pasado de decirle que lo quería a manifestarle que lo amaba con toda mi alma y como a nadie en el mundo, y recuerdo que él me contestaba: “No podés amarme, si todavía no me conocés, Frutillita”. Pero mi corazón no me engañaba. Ya había empezado a amarlo sin siquiera haberlo visto.

Nuestras charlas telefónicas duraban horas, durante las que nos contábamos tantas cosas. Se había convertido en mi confidente. Sentía que con él podía hablar de todo, sin excepción. Mi amorcito se había ganado mi confianza. En él había encontrado a un amigo verdadero, a un papá comprensivo y cariñoso, a un hombre ideal para pareja que, lamentablemente, yo no encontraba entre los adolescentes de mi edad. El Profe había entrado en mi vida y, desde ese preciso instante, aparecía en todas las ensoñaciones que me asaltaban dormida y despierta. Me pasaba horas imaginando la vida al lado suyo, el poder irme a vivir con él, el ser su mujercita para siempre...

Luego de una interminable espera que padecí día tras día, por fin puso fecha para viajar y cumpliría con su promesa. Recuerdo que los días anteriores, estaba muy nerviosa por saber que por fin lo conocería. Estas ansias hacían que lo llamara todo el tiempo para decirle una y otra vez cuánto lo amaba y las ganas que tenía de estar a su lado. Quería que me repitiera una y otra vez qué me haría cuando estuviéramos a solas y de qué forma me amaría, para poder así dar rienda suelta a mi imaginación, a ese erotismo adolescente que me había despertado y que con tanto cuidado y ternura me había enseñado a reconocer y aceptar.

Para poder hacer realidad mi sueño de estar con él, necesitaba un plan perfecto para inventar en mi casa y poder estar así la mayor cantidad de horas disfrutando a su lado.

Necesitaba disimular mi excitación y la ansiedad que me asaltaba de estar por vez primera a solas y a merced de un hombre que me generaba imágenes deliciosas en el cerebro, sensaciones excitantes en el cuerpo y me despertaba las emociones más intensas que jamás había anhelado experimentar. Y ese no era un problema menor, porque mi papá ya había descubierto que entre El Profe y yo pasaba algo que, como es lógico suponer, lo inquietaba, lo desequilibraba y lo asustaba al punto del colapso nervioso.

Por momentos, tanto El Profe como yo, sentíamos que nuestro romance era muy difícil, que teníamos el mundo en contra, que se nos hacía imposible... Pero al recordar nuestros mejores momentos, la arrebatada emoción que nos embargaba de estar el uno con el otro, nos daba fuerzas y seguíamos luchando para seguir adelante juntos.

Fue durante esos meses que aprendí que esa fuerza tan poderosa que es el amor engrandece, une, alegra, restaña, libera, fortalece, embriaga, consume, obsesiona y hasta trasciende los límites del bien y del mal. El amor se salta todas las barreras de la sensatez y, a los empujones, nos lleva a cometer cualquier desatino. De esos que trastocan y modifican, de un día para el otro, el rumbo de nuestra existencia

Nosotros estábamos a punto de cometer uno, y de los grandes.



Lolita



jueves, 23 de septiembre de 2010

Diario de El Profesor: Vacilaciones

Cuántas veces estuve a punto de comprar los pasajes, y cuántas otras desistí. Entre el veinte y el veintidós de ese septiembre de 2007, Loli me mandó dieciséis mensajes de texto, siete chats y cuatro correos.
Yo ya había decidido que no iba a viajar, y se lo había dicho. La escuché llorar y la imaginé haciendo pucheros y sé le dolió, que se sintió mal, porque estaba ilusionada y ansiosa. Loli se ponía y se pone muy ansiosa cuando anhela algo.
Hoy todavía trato de recordar qué me llevaba a negarme a emprender ese viaje, qué me hacía dudar tanto en el momento de tomar una decisión. Digamos que no soy el tipo de hombre propenso a las vacilaciones, más bien todo lo contrario. Pero con Loli, cuando llegaba el momento de pensar en viajar a conocerla, ¡zapate! Se me venía encima toda la estantería.
Quizás otro hubiera abordado un micro sin dudarlo, dada la perspectiva de encontrarse con un bomboncito como era esa chiquitina sorprendente, pero yo soy yo y, para bien o para mal, no podía dejar de lado la responsabilidad que significaba para mi dar un paso más allá del que ya había dado en chats, cartas y conversaciones telefónicas y del que, más de una vez me arrepentí, sumido en la culpa y el arrepentimiento por haber llegado tan lejos.
Por otro lado la personalidad de Lolita ejercía sobre mí el mismo efecto que un gigantesco imán ubicado delante de una montaña de virutas. Desde ese día que me había preguntado si creía en las almas gemelas, me resultaba un ejercicio estéril dejar de pensar en ella. La imaginaba, la anhelaba y, debo admitirlo, también la deseaba. Acto seguido volvían a la carga los remordimientos por desearla y me sentía un desubicado, un viejo perverso que fantaseaba con una nenita.
Tal vez haya quien piense que le temía a las consecuencias personales que, en lo legal, podía acarrearme el sólo hecho de encontrarme a solas con ella, pero conozco la ley y admito que sabía que en ese sentido era muy difícil que pudiera meterme en problemas. En ningún momento especulé con eso, pese a que sabía que Loli –por desoír mis sugerencias de ser cuidadosa, en especial cuando conversábamos en el chat–, ya le había dado a su papá una considerable cantidad de razones como para estar alerta. Yo había tenido un cruce de palabras con él, un día que me llamó por sorpresa “para conocer aunque sea por teléfono al hombre que le estaba editando el libro a su hija” y, según lo que pude vislumbrar, para darme una señal que, de alguna manera, se había dado cuenta que entre Loli y yo había algo más que una inocente y aséptica relación profesional.
Mis vacilaciones tenían que ver con algo más serio, más profundo. Tenían que ver con el ser consciente de que la diferencia de edad era tan grande que las posibilidades de poder entablar un vínculo que excediera la amistad eran ínfimas. No pensaba sólo en el presente –y eso es lo extraño–, sino que no podía dejar de imaginar el después. ¿Qué futuro podía tener nuestra relación? ¿Qué podía ofrecerle? ¿Ser su novio, como me había pedido? ¿Durante cuánto tiempo? ¿Y si la relación seguía adelante, qué expectativas de continuidad podía darle?
Recuerdo que un día, hablando del futuro, le dije que imaginara qué iba a pasar en cinco años, cuando ella tuviera veintiuno. A continuación le dije que pensara en diez años, cuando ella tuviera veintiséis y yo sesenta y siete. ¿Cuánto tiempo de vida tenía yo por delante para darle? Traté de que razonara que mi vida estaba del otro lado de la montaña –usé esa alegoría–, y que mientras ella seguía subiendo hacia la cima, yo estaba en el sendero descendente y que lo que se veía desde donde yo estaba no era un panorama grato, por llamarlo de alguna manera.
–¿Qué querés decirme, Cushito? –me preguntó–. ¿Qué te vas a morir?
Hice una larga pausa antes de contestarle, quizás porque en ese momento sentí mi finitud de una forma más palpable, más real.
–¿Papi? ¿Seguís ahí?
–Sí, Loli, sigo acá.
–¿Por qué no me contestás?
–Porque no es fácil, mi chiquita, decirte que sí. Que me voy a morir.
–Yo también –dijo.
–Sí, pero mucho, mucho tiempo después que yo –contesté.
–¿Y cómo sabés?
–¿Cómo sé qué?
–Que te vas a morir antes que yo.
–Bueno, mirá, digamos que las probabilidades de sobrevida..
–empecé a decir, pero Loli me interrumpió.
–Papi… Vos me dijiste que leíste “La Tregua” y que viste la película cuando faltaban como veinte años para que yo naciera, ¿te acordás?
–Sí, me acuerdo.
–Yo también la leí y en el libro... –entonces fue ella la que hizo una pausa–, ¿quién se muere primero?
Como podrán imaginar, ese razonamiento era tan sólido, tan realista, que no supe qué contestarle. Me dejó sin palabras.
Para escribir este capítulo de nuestra historia, estuve leyendo los mensajes, los chats y las cartas de esa época –Loli y yo no los llamamos “correos” o “e-mails”– y desde la distancia, con otra perspectiva, habiendo salido de esa vorágine de sensaciones que me producía Loli, creo entender que lo que me llevaba a vacilar era la intención de cuidarla, de preservarla, de hacer todo lo posible para evitar que sufriera mientras –vaya paradoja–, la sumía en la incertidumbre, le alimentaba la ansiedad y le estaba provocando un dolor tan desmesurado, que resulta imposible describirlo con palabras.
Porque yo era para Loli su primer amor. Ese que despierta las maripositas en la panza, los sueños estando despierto y esas fantasías inevitables que suelen tomarnos por asalto la mente cuando nos quedamos a solas con nuestros pensamientos a la noche en la cama.
Pero Loli no era menos para mí. Eran los sueños no realizados, la concreción de lo anhelado durante toda una vida, un soplo renovador en mi existencia, la posibilidad del amor que había decidido ya no volver a encontrar.
La pensaba, la anhelaba, soñaba con ella. Me quedaba largas horas mirando el parque desde el amplio ventanal que tenía a mis espaldas y miraba una y otra vez esas fotos chiquitas que le había enseñado a enviar.
Lolita era la esperanza.
Releyendo lo que le escribí en esos días cercanos a la primavera de 2007, encontré esta carta con la que, imagino, trataba de consolarla por no estar ese 21 de septiembre en Córdoba, después de haberle alimentado la ilusión:



Mensaje desde el corazón para mi nenita traviesa:
 
¿Sabés? Más allá de los juegos y fantasías, mi pequeña princesita hermosa, siento por vos una gran ternura y a veces no sé cómo hacer para cuidarte.
La forma en que tuve que responderle a tu papá hoy no me hace bien, Cushita. A veces siento que ya estoy demasiado cansado para estas cosas. Y, sin embargo, no puedo dejar de pensar en vos... más allá de cualquier consideración de hombre-mujer.
Como vos escribiste, hasta que Dios diga cuándo tiene que terminar, sabé que aunque esté tan lejos y no te haya visto, de alguna manera muy extraña que no me había ocurrido antes, te quiero, dulce Frutillita.
Que tengas un buen descanso y un mejor despertar.
Cada día, vale la pena de ser vivido con sus alegrías y sus penas; con sus dones y sus vicisitudes.
Me digo, una y otra vez, que debe haber alguna razón que no conozco, que hizo que la vida me llevara hasta tu persona y a vos hasta la mía.

Tuyo,

 
Papi

Ahora, mientras escribo y antes de publicar esta nueva entrega, tomo conciencia que mañana es 24. Un nuevo 24, como aquel otro, cuando nuestras circunstancias se encontraron, a destiempo, y no por casualidad.
Desde ese día han pasado tres años y dos meses.
Y con todo lo bueno y lo no tan bueno, con alegrías y dolores, obstáculos, dificultades, ausencias y encuentros, extrañándonos cuando estamos separados y disfrutando como el primer día cuando estamos juntos, seguimos transitando tomados de la mano el trecho de camino que la vida nos ha otorgado.

El Profesor



domingo, 19 de septiembre de 2010

Diario de Lolita: Dispuesta a todo


En varias ocasiones él me dijo que haría esos setecientos cincuenta kilómetros que nos separaban para estar conmigo unos días, pero una cosa u otra se interponía en las fechas tentativas que fijábamos y mi corazón se partía en pedacitos ante la perspectiva de tener que seguir esperando. No vino el 21 de septiembre, a pesar de las muchas ilusiones que me había hecho. Cuando sufría esos desánimos se me arruinaba el día y sólo deseaba que me pisara un camión. ¡Es que yo tenía tantas ganas de conocerlo! Una vez escribí en mi diario:

“Querido diario:
Ayer estaba por escribirte pero no tenía fuerza de voluntad, estaba destrozada, como si me hubieran serruchado a la mitad.
Resulta que venía planeando todo desde el sábado pasado porque él me había dicho que vendría este fin de semana. Contaba los días que faltaban.
En mitad de la semana, me decía que venía, y ya al día siguiente que no sabía... que dudaba...
¿Cómo es posible que dude tanto? ¿Por qué no se decide de una vez?
Me dijo que si no venía no era por falta de dinero o por exceso de trabajo, sino por algo más profundo, más complicado. Me decía que él era responsable, que no quería hacerme daño, que pensaba en todas las consecuencias que esto podría tener para mí y para él... que podía yo encariñarme y después sufrir su ausencia... que lo pensaría y al día siguiente me comunicaría su decisión.
Me cansan un poco todas estas reflexiones ¿Acaso no entiende que lo amo y necesito tenerlo conmigo para abrazarlo cuanto antes?
Resultó ser que el jueves por mensaje de texto me partió el corazón. No venía “por ahora” porque –dijo– “me quería bien”.
¡Es tan injusta la vida...! Lloré porque me sentía herida, desilusionada e impotente, porque sentía que perdía al hombre que amaba....”


Miles de lágrimas derramé desde que lo conocí. El ya me había preparado diciéndome que lo nuestro sería sumamente difícil por todos los obstáculos que se interponían en nuestro camino para amarnos libremente, pero mis sentimientos apasionados, mi piel y mis labios que ardían de deseos de tocarlo, no entendían razones. Sentía que lo necesitaba, que tenía que satisfacer todos mis deseos que él había alimentado durante tantos meses.
A pesar de mis temores con respecto al sexo, a pesar del problema que este hombre me estaba trayendo en mi hogar –mi papá ya había descubierto mi secreto–, estaba dispuesta a todo, iba a inventarme cientos de mentiras con tal de poder gozar de su presencia tan solo unas horas, con tal de tenerlo conmigo el tiempo suficiente para cumplir con mi sueño de percibir el sabor de sus labios en ese primer beso en la boca que reservaba para él.

Lolita

jueves, 16 de septiembre de 2010

Diario de El Profesor: Mensaje de primavera


Como dijo Lolita, después de un tiempo empezamos a comunicarnos todos los días. Igual que ella, yo también esperaba esos momentos del día en que aparecía en la pantallita del chat aunque en esa época estaba mucho más ocupado que ella. Recuerdo que recibía un mensaje que decía “Papi, conectate” y allá iba, a abrir el chat para conversar de nuestros temas que, para el día de la primavera, tenían muy poco que ver con la edición de su libro –en la que estaba trabajando–, y mucho que ver con temas más... ¿personales?
De la amistad al enamoramiento pasó tanto tiempo como del romanticismo a los temas más “candentes”.
Loli de sexo sabía muy poco, tenía muchos miedos y le habían insertado el driver de la culpa y el discurso ése de que el sexo es sucio, malo, dañino, contraproducente y peligroso antes del matrimonio.
Pero como la naturaleza no entiende de razones, era inevitable que día tras día fuera ganando confianza y tomándole el gustito a eso de que yo le contestara preguntas que tenían que ver con lo que hacen un hombre y una mujer cuando ese angelito con alitas que arroja flechitas de pasión, empieza a hacer de las suyas, en especial en ese momento, cuando ya se anunciaba la primavera.
Recuerdo, también, que fui muy cuidadoso al principio, para que lo que le explicaba no tuviera un efecto contraproducente. Y no porque fantaseara con masticarme un bomboncito, ya que había decidido no viajar pese a sus pedidos, sus exigencias y sus ruegos, cosa que no le cayó para nada bien y la decepcionó y prefiero no acordarme lo que pasó por causa de mi negativa.
Porque –debo aclararlo–, si ustedes que leen creen que en estos tres años todo fueron mieles y en la relación no hubieron sus ups & downs, están muy equivocados. Loli puede ser muy persuasiva y encantadora, pero si algo que ella ansía mucho no sale como ella quiere... ahí te quiero ver. Y no es una crítica a su persona, sino un reconocimiento de la realidad. Al fin y al cabo a veces yo tampoco soy San Profesor. Todos tenemos nuestras cosas.
Ya era habitual que me enviara mensajitos traviesos, algunos muy muy muy pícaros, antes de irse a la cama, y la noche del 20 de setiembre me envió como ocho seguidos y yo se los contesté. ¿Hubo sensualidad en mis respuestas? Sí, la hubo, aunque desprovista de malicia y, en comparación con los que nos empezamos a enviar después –y ahora–, eran caricias más tiernas que voluptuosas.
Yo debía estar muy cansado esa noche del 20 de septiembre (la verdad, no lo recuerdo), a juzgar por el tenor de la cartita que me encontré a la mañana siguiente cuando abrí el correo.
Decía así:

Fecha: 21 de septiembre de 2007 02:17
Asunto: MENSAJE IMPORTANTE-SUPER
SUPER IMPORTANTE
Enviado por: gmail.com

Papito:

Sí, me llevé los mensajitos a la cama y cada vez que los leía sentía el nido de palomitas en la panza. Lo leía y me imaginaba lo que decían... y casi me vuelvo loca sintiendo tus manos, tus labios, tu piel rozándome... Imaginé que te tenía acostado en mi cama, conmigo, te llené de besos y caricias, hicimos el amor, nos abrazamos, nos tocamos, hicimos de todo, y me sentí tan bien... y eso que es sólo imaginación. Pensá cuando todo esto sea realidad. ¡¡Creo que me voy a desmayar de amor apenas te vea!!
¿Así que papi tiene sueñito? Bueno, piense que su Princesita viene despacito mientras duerme y lo cubre de besos, se queda a su lado y luego se mete en la cama y comienza a tocarlo por debajo de las sábanas...
Te mando un beshote. Te amo. Te adoro.

Loli
P/D: Sí, efectivamente
estoy esperando para "regalarte" mi sexo y hacer el amor con vos. (Pero, por supuesto no es lo único que me importa).

¿Ehhhhhh? ¡TOIIIINNNNG!

El Profesor

martes, 14 de septiembre de 2010

Diario de Lolita: Somos novios


Después de un breve tiempo, con El Profe nos hablábamos casi todos los días y en esas conversaciones pasábamos de temas tan serios como mis cuestiones familiares, personales y de relación con mis compañeros a temas más excitantes. En una de esas conversaciones fuimos pasando de una cosa a otra hasta que él me describió cómo me poseería el día que me tuviera a solas y en sus brazos. No me dijo que iba a hacerlo –que quede en claro–, sino cómo lo haría si fuera posible.
Recuerdo que en ese momento a mí ya no sólo me revoloteaban mariposas en la pancita. Me latía muy fuerte el corazón y sentía que tenía la cabeza llena de algodón. Creo que si hubiera estado parada, se me hubieran aflojado las piernas y me hubiera caído sentada.
En la escuela mi actitud había cambiado por completo. Me sentía otra persona. Había empezado a sonreír. No sé si los demás, ocupados en sus cuestiones, lo notaban, pero desde el día en que comenzó a tratarme como mujer y a jugar con mis deseos, mi autoestima empezó a subir y a subir hasta tocar el cielo. Creo que irradiaba felicidad, y la única que se dio cuenta de mi cambio fue una compañera que, además, era amiga. Como se imaginarán, yo no era considerada la “chica popularidad”, así que no podía hablar abiertamente como mis compañeras cuando contaban sus peripecias amorosas. Yo, en cambio, no podía contar que para mí era maravilloso pensar que un hombre como él me deseaba. Pero era tan placentero estar en clase estudiando y por momentos dejar volar mi mente y recordar el chat del día anterior donde me decía cómo haría para sacarme prenda por prenda una vez que estuviéramos a solas...
Por primera vez en tantos años en el colegio, me abstraía de lo que estaba diciendo la profesora, para dejarme llevar por mis fantasías adolescentes.
Una noche cuando mi papá no estaba y como era ya costumbre, lo llamé:
–¿Hola? –dijo su voz, al otro lado de los setecientos cincuenta kilómetros de distancia que nos separaban.
–Hola mi amor...
–Hola Princesita...
–¿Te diste cuenta de algo?
–¿De qué?
–Te dije que llamaría a las nueve... ¡Y no aguanté hasta las nueve!
–Sí, sí, ya me estoy dando cuenta... pero no tenés que ser tan impaciente...
–¡Bueno, ufa...! ¿No querés que te llame?
–¡Ay, Cushita! ¿Qué pretendés de mí? ¡Me ponés la vida de cabeza!
–¿Por qué?
–Porque con vos hago cosas que me había acostumbrado a no hacer más...
–Decime algo lindo. Contame qué me vas a hacer.
–¿Que te voy a hacer cuándo? ¿Esta noche?
–Sí.
–Bueno, cuando estés por irte a dormir... ¿Con qué dormís? ¿Con pijama?
–Sí, y grueso porque hace mucho frío.
–Bueno, entonces, cuando estés por irte a dormir, te voy a sacar la ropa, te voy a poner el pijama, te voy a acostar en la cama y para que no sientas tanto frio te voy a dar besos por todas partes...
–¿A dónde?
–En los labios, en las orejitas, en el cuello, en la pancita, en los deditos de los pies, en las piernas...
–¡Ay, sí! ¡Eso me gusta!
–... después te voy a tapar y voy a apagar la luz.
Me encantaba que me dijera esas cosas. Nunca nadie me había mimado tanto y menos aún estando a semejante distancia.
A fines de agosto, un día me animé, en una conversación por chat, a proponerle noviazgo, ya que quería que la relación tuviera algún nombre, además porque me gustaba pensar: “Estoy de novia con el hombre más maravilloso del mundo”
No fue fácil convencerlo, claro. Pero luego de que me dijera que sí, escribí en mi cuaderno-diario:

"Querido diario:
Hoy le propuse al Profe si quería ser mi novio y aceptó.
Estoy más contenta que en toda mi vida. Estoy muy orgullosa. Es mi primer novio."

Al día siguiente, hablamos por teléfono largo rato y entre otras cosas le dije:
–Quería hacerte una pregunta...
–A ver...
–¿Por qué ayer aceptaste ser mi novio si me dijiste que no estabas enamorado de mí?
–Y... ¿la verdad? Porque vos me lo preguntaste, Cushita...
–Pero yo no quería que lo aceptaras así. Yo quiero que te ilusione, como a mí. Que seas mi novio en serio.
–Mirá, mi vida, yo no estoy en edad para ser novio... –empezó a explicarme.
–¿Cómo? ¿Entonces lo hiciste nada más que para conformarme, para alimentar mis ilusiones?
–No, no pienses eso. Yo no quiero alimentar ninguna ilusión tuya, es más, ya te lo dije...
–¡Pero vos también estás ilusionado! ¿O no?
–Bueno... sí, pero no tanto como vos.
–Pero ¿no sos mi novio? ¡Yo sí quiero que lo seas!
–No sé... es cierto que yo no estoy enamorado porque no te he mirado ni te he tocado... y el noviazgo supone otra cosa... y nosotros, así tan alejados, y la diferencia de edad... es difícil.
–Entonces ¿qué sos mío?
–Y, digamos que soy un hombre al que no conocés en persona, pero que te mueve cosas adentro, que te hace sentir sentimientos y sensaciones especiales por primera vez en tu vida.
–No me gusta eso. Y quiero que seas mi novio. ¡Ya escribí en mi diario íntimo que eras mi novio!
–¿Y eso qué tiene que ver?
–Hacé de cuenta que estás enamorado y que sos mi novio.
–Bueno, bueno, hago de cuenta... pero no te contradigas, porque por un lado decís que quiera, y por el otro, que imagine y “haga de cuenta”.
–Sí, hacé de cuenta. ¡Pero tratá de sentirlo! ¡Sentí qué estás enamorado!
Empezó a reírse a carcajadas –sé que puedo conseguir que se ría mucho con mis ocurrencias–, como muchas veces y me contestó:
–¡Ay, Cushita! ¡Sos un caso serio, bomboncito! ¡Sos una tentación!
–Y eso no es todo...
–Ah, ¿no? ¿Qué más hay?
–Que yo me quiero casar con vos.
Primero se quedó en silencio –hoy sé todo lo que le pasó por la cabeza cuando escuchó eso–, pero un momento después volvió a reír y seguimos conversando bastante antes de cortar.

Me daba cuenta que mi corazón empezaba empezaba a crecer una pasión tan, pero tan grande como nunca sospeché que podía sentir, y que siguió creciendo cada día más. Si dos meses antes me hubieran dicho que yo iba a sentirme así, me hubiera reído en la cara de quien me lo decía.
Pero ahora lo estaba viviendo.
Como si fuera un novio adolescente, le mandaba cartas –cartas escritas en papel y mandadas por correo postal–, con corazones, con fotos mías, con un entretejido de palabras que le confesaban mi amor desesperado, mis deseos y mis ansias de conocerlo cuanto antes. Aunque para este encuentro, condicionada por los temores normales de la “primera vez” en intimidad con un hombre, yo había puesto unas cuantas condiciones.
¿Las aceptaría?

Lolita