miércoles, 8 de abril de 2009

Noche de pesadilla I

Los chinos tienen una considerable cantidad de proverbios. Imagino que se debe a que son, posiblemente, la más antigua civilización de la historia de la humanidad que haya llegado hasta nuestros días, y esos proverbios son producto de la paciente observación de los fenómenos naturales y del comportamiento del hombre.
Uno de ellos –que viene a cuento–, dice: “Si el caballo del señor Wong se escapó, quizás no es tan malo”. Traducido a la idiosincrasia occidental quiere decir, más o menos: “no hay mal que por bien no venga”.
Parece ser cierto –según lo he comprobado durante mi vida–, que alegrías y tristezas, salud y enfermedad, éxitos y fracasos, vienen por parejas.
Eso es lo que rescato de aquella noche de pesadilla que empezó en esta habitación, que quedó tal cual como la ven cuando con Lolita salimos, un caluroso once de diciembre, a la ceremonia de entrega de diplomas de graduación, después de haber pasado nuestro primer día juntos.
Yo había llegado por la mañana y Loli, como cada vez que nos encontramos, me esperaba en la terminal con su bolsito, donde llevaba su ropa y su uniforme del colegio. El que usaría por última vez esa noche, cuando le entregaran el diploma y llevara, por última vez la banda azul y blanca de abanderada. El más alto honor que se le puede dar a un estudiante, el de portar la bandera nacional de ceremonias.
Lolita, cabe aclararlo, no recibía cualquier diploma. El de ella tenía doble significado, porque era el diploma a la excelencia en sus estudios –durante toda su educación primaria y secundaria–, que le valió ser uno de los más altos promedios de su provincia, razón por la cual le fue entregado un premio en dinero entregado por la gobernación, además de la mención de honor por sus calificaciones.
Lolita fue –y sigue siendo–, una alumna aplicada, dedicada, concienzuda, tenaz, creativa y ávida de conocimiento. De manera que sus padres no sólo que no tuvieron que preocuparse por sus estudios –Lolita se aplicaba sin que se lo exigieran–, sino que deberían haberse sentido dichosos de tener una hija como ella. En especial, su madre.
Claro que, como decía el tío Kant, entre el “debo”, el “puedo” y el “quiero”, a veces hay un abismo.
Como sea, iba diciendo que ese primer día, y hasta que llegó la hora de bañarnos y cambiarnos para ir a la ceremonia, estuvimos en esa habitación de hotel haciéndonos arrumacos de todo tipo y color. Su papá –con quien hasta ese día no nos habíamos entendido como en la actualidad– sabía que íbamos a estar juntos porque yo mismo se lo había anunciado, y estaba al tanto que del hotel nos íbamos directo al salón donde se celebraría la ceremonia y luego, para festejar el evento, Lolita volvería a cambiarse (había traído ropa especial para la ocasión que se cuidó muy bien de mostrarme, con esa vitalidad que la caracteriza, entre arrumaco y arrumaco) para irnos juntos a cenar a un lugar especial. Ése era su deseo. No tenía otra ilusión que la de cenar conmigo en esa última noche de alumna secundaria y yo, por supuesto, estaba dispuesto a complacerla.
Debo pedirle a todos quienes siguen nuestra historia que, en este caso, tengan paciencia porque no voy a contar toda la historia en un solo post. Serán varios, no sé cuantos, y por lo menos por dos razones.
La primera, es para que el post no termine siendo tan extenso que aburra. Y no queremos que se aburran.
La segunda, porque recordar aquella noche no es ni fácil ni grato. Aunque, por eso de que “no hay mal que por bien no venga”, desde esa noche nuestra vida comenzó a tomar otro rumbo y las circunstancias se ordenaron de otra manera.
Lolita les dio un anticipo –visto desde su óptica y sus vivencias–, en su post “Noche de Pesadilla” y por tanto consideré apropiado llamar de la misma forma a esta historia, pero numerando los episodios, para darles algún orden.


Dejo aquí, entonces, en el momento en que la habitación quedó tal como ustedes la ven (todavía hoy me pregunto cuál fue la razón que impulsó a Lolita a tomar una foto de la cama esa noche) y nosotros salimos bañados y perfumados, con toda la vitalidad que da un día dedicado al amor y toda las ilusiones que se despiertan ante un evento semejante, hacia el lugar donde tendría lugar la ceremonia de entrega de diplomas.
Lolita me había entregado la máquina de fotos, porque yo quería fotografiarla con la banda cruzada sobre el pecho y con el uniforme de verano del colegio y –detalle importante, que tendrá su razón de ser más adelante–, habiendo olvidado por las efusividades del primer día, comprar pilas nuevas y una tarjeta para cargar el teléfono celular de Loli.
Paramos un taxi en la puerta del hotel y allá fuimos.
Sin imaginar siquiera qué nos esperaba.

El Profesor

Foto: by Lolita

martes, 7 de abril de 2009

¡Buenos días!

Dedicado a debra ` -, que dejó un comentario amargo, prejuicioso y que pretende ser cínico, porque parece no comprender la diferencia entre la estupidez y la manifestación cotidiana del cariño quizás porque, como ella misma lo escribe en su blog, cree en la violencia y vive encerrada en una bola de odio, tal como lo expresa: “me aferro a mi odio y a mi violencia porque son lo único real, lo único tan espeso y concentrado que se hace tangible. y a diferencia de la gente, el odio me ama incondicionalmente, porque se le hace dificil conseguir alguien que no intente evaporarlo y aplacarlo”. [sic]
No creo que entienda, puesto que ella sí aplica censura pero ¿qué se pierde con intentarlo?



Mi amor:
En primer lugar te pido que, mientras lees este mensaje que con todo cariño y dedicación me senté a escribir, te relajes, te abandones a mis palabras y no pienses en otra cosa que no sea en ellas. Quise regalarte estar palabras en esta tarde de domingo para ayudarte con esa autoestima que anda media caída, y que, aunque no lo creas, me pone muy triste y me preocupa que sea así.
Me quedé pensando mucho en la forma de ayudarte. Entiendo por lo que estás pasando y sé que a veces te sentís mal por las circunstancias, porque la vida es difícil y porque estás lejos de mí. Pero yo quiero creer que las circunstancias van a cambiar para bien, que pronto vas a estar rebosante de salud, que vamos a conseguir dinero y que vamos a estar cada uno de los días que amanezca, el uno junto al otro. Yo elijo creer que existe esperanza y que dentro de poquito vamos a recordar estos momentos como hoy recordamos ese 11 de diciembre: con angustia, pero con la alegría de haberlo superado y que hoy todo sea tan distinto...
A veces es necesario pasar por dificultades para después valorar más las cosas buenas. Hoy estás en un momento así, pero agradecé que me tenés a tu lado, estoy ahí, incondicionalmente, apoyandote y amándote como el primer día y que además tenés la posibilidad y la perspectiva de mejorar tu salud y tu situación dentro de muy poquito.
Quiero quitarte esa sensación que sentís de inseguridad, de sentirte viejo, de pensar en cosas negativas... Vos lo hiciste conmigo hace casi dos años, cuando en mi vida reinaba una tristeza, una baja autoestima, una conducta bastante autodestructiva que no llegó a matarme y a quitarme las pocas ganas de vivir que me quedaban... porque llegaste justo a tiempo para hacerme descubrir la magia del amor, la maravilla del sexo, la hermosura que yo llevaba en el corazón y en el cuerpo...
¿Viste esa noche en que te sentías mal porque tenías la impresión de que lo que habías hecho no te era retribuido? Bueno, acá tenés una prueba de que sí. Tenés tanta generosidad de espíritu que lo menos que puedo hacer por vos es escribirte estas palabras cargadas de todo el amor que siento por vos. Vos lo hiciste en su momento conmigo y como mujer fiel a los gestos y al amor que me has dado desde que nos conocimos, hoy te devuelvo el gesto.
Quiero que sepas que sos el hombre de mi vida. Que mi corazón es pura y exclusivamente tuyo. Que me despertás las más lindas sensaciones. Que sos más que un hombre: sos un hombre deseable, sensual, lleno de vida y con un corazón inmenso.
Quiero que sepas que te amo, como nunca amé a nadie y con una intensidad y un deseo como no sé si podré amar alguna vez.
Quiero decirte que cada vez que miro la foto que está sobre mi escritorio, me viene al corazón (y más debajo de la pancita, entre las piernas... ¿por qué negarlo?) un calorcito y unas sensaciones muy especiales, al recordar todo lo que vivimos, pasamos, crecimos, superamos, sufrimos, nos divertimos y disfrutamos juntos.

¡Feliz amanecer! ¡Qué lindo que estés de pie otra vez dispuesto a vivir otro día! ¡Qué lindo es saber que en este momento tus ojitos pueden leer estas palabras que con todo cariño escribí para vos! ¡Qué lindo es que puedas sonreír, emocionarte y reflexionar...! ¡Significa que estás vivo!
Y no hay regalo más lindo que el de la vida.
Dios nos lo hace cada nuevo día y de nosotros depende disfrutarlo y vivirlo con intensidad.
Seguramente hoy te levantaste con más salud que enfermedad, así que sonreí porque tenés mucho más de lo que creés.
Te ama, Tu Lolis

(Fragmento de las dos cartas que me envió Lolita en un momento en que me sentía muy mal –por esas cosas de la vida y de la edad–, para levantar mi autoestima).


El Profesor


Foto: © Buka Buka

sábado, 4 de abril de 2009

Incansable

–Papi...
–¿Mhhh-hh?
–Yo… yo… tengo que bañarme, ¿sabés?
–¿Ahá?
–Sí, en serio. Yo siempre me baño a esta hora.
–Está bien.
–Papi...
–¿Qué, Loli?
–A veces me doy un baño de inmersión...
–Ah...
–Sí, me gustan los baños de inmersión.
–¿Lo querés con sales o con espuma de baño?
–Mmmm... ¿con sales y con espuma?
–No, Loli. Con las dos cosas no se puede. Elegí una.
–Bueno, entonces, con espuma.
–Vamos que te lo preparo.
–¿Sí?
–Sí, claro.
–¿Y me vas a pasar tu esponjita rosa por la espalda?
–Si querés, sí, claro.
–¿Y me vas a lavar los piecitos?
–Sí, Loli. Me encanta lavarte los piecitos.
–¿Y me puedo quedar mucho tiempo en la bañera?
–Todo el que quieras, Loli.
–¿Sí?
–Sí, dulzura.
(...)
–¡Mmmm! ¡Qué lindo es esto! ¿Y vos qué vas a hacer mientras estoy un rato más en la bañera?
–Si querés, preparo la cena.
–¡Sí! ¡Dale!
–¿Querés tu pollito a la mostaza?
–¡Sí! ¿Cómo sabías?
–Porque conozco tus gustos, Loli.
(...)
–¡Paaaaaaaaaappppiiiiiiiiii!
–¿Qué, Loli? ¿Qué pasa? ¿Por qué gritás así?
–¡Se está enfriando el agua! ¿Puedo salir?
–Sí, podés... Ahí tenés el toallón y...
–Papi...
–Sí, sí, ya sé... Venga, mi niña, que papi la envuelve en el toallón para que no tome frío y le seca el cabello con la toalla.
–Sí... ¡Mhhhh! ¡Qué lindo!

Lolita es incansable. Pero creo que yo, para hacerle mimos cuando está en mi casa, también.

El Profesor

Foto: © Lukasz Zamaro

viernes, 3 de abril de 2009

Almas gemelas

–¿Puedo hacerte una pregunta, Loli? –dijo mi compañera de colegio, mientras esperábamos que llegara la profesora de Derecho, que se había retrasado.
–Sí, claro. Dale.
–¿Cómo hacen, El Profe y vos, para sostener esa relación con tanta diferencia de edad?
–Ah. Bueno, no siempre es fácil. Pero creo que... –en ese momento sentí que tenía que explicarle tantas cosas que, de sólo pensarlas, me cansaron. Opté por cortar por lo sano y hacerle la síntesis al asunto:
–¿Sabés? Compartimos todo.
–¿Cómo todo?
–Sí, todo. De hecho, con cuarenta y un años de diferencia, compartimos el día de cumpleaños.
Mi compañera se me quedó mirando, estupefacta.
–¿Ehhhh? ¿Nacieron el mismo día?
–Mjm... Sí, el mismo día. Él cuarenta y un años antes que yo.
–¡Ay, Diosssss! ¡ALMAS GEMELAS! –gritó mi amiga llevándose las manos a la cara, como si estuviera presenciando un milagro en vivo y en directo.

Lolita

Foto: © Bancodeimagenes.com


jueves, 2 de abril de 2009

Confidencias de recreo

–(…) Y ya no sé que hacer. Me tiene harta. Siempre tiene una excusa: o los amigos, o la academia para entrar a la facu, o el dentista para que le vea los brackets... ¡El muy huevón! Ya no es como antes. No me llama casi nunca, se niega a presentarme a sus padres, cuando viene a mi casa sólo lo hace acompañado de alguno de sus amigotes y el otro día, como si fuera poco, me largó a modo de ironía, que amaba más al auto nuevo que le compró el padre que a mí –a mi compañera y amiga se la notaba desolada mientras me relataba las desventuras con su nuevo novio de apenas seis semanas–. ¿Vos que opinás? (Apenas seis semanas, ¿pueden creerlo?)
–La verdad, me parece lamentable –dije–. Y pensar que las tienen todas a favor: viven cerca, tienen la misma edad, tienen tiempo, no tienen que trabajar... podrían compartir juntos tantas cosas...
–Sí, claro.
–En cambio yo, con él, todo lo contrario... Estamos lejos, nos llevamos cuarenta y un años de diferencia... tenemos a todos en contra.
–Y el pelotudo prefiere salir con los amigos el sábado a la noche. ¡Lo odddddio!
–Aunque... –agregué con brillo de alegría en los ojos, y como si no la estuviera escuchando–, por fortuna mi dulce está siempre para mí, no sale con amigos, me llama al menos una vez al día, no tuvo problemas en conocer a mis padres (no en las mejores circunstancias, debo admitirlo, pero los conoció), se preocupa por lo que me pasa y me manda mensajitos todas las noches, antes de que me duerma y algunos mientras estamos en clase.
–¿Mensajitos? ¿Mensajitos de texto?
–Ahá. Como éste. Mirá, lee –saqué el celular del bolsillo, lo activé y le mostré el que acaba de recibir antes del recreo:

“Mi amor, mi dulce princesita, sueño de mi corazón. ¿Sabés qué? Te extraño tanto que a veces me duele el cuerpo de no tenerte... me duele mucho tu ausencia. Te amo, mi vida, te amo hasta la línea del horizonte (como vos decís).
Ahora, como sé que estás en el cole, te mando besitos traviesos para que te pongas debajo de la pollerita y dentro de la remerita así te hacen cosquillitas. Besitos, mi adorable Lolita” Papi.


–¡Ay, qué amor! –dijo mi compañera–. ¡Tenés una suerte, vos..! ¡Te envidio! Creo que voy a tener que empezar a considerar a los cincuentones... Ja, ja.
“Difícil que el chancho chifle”, pensé. Es un dicho de mi Profe. Pero me cuidé muy bien de decirlo en voz alta. A mi compañera, no le daba el phisique du rol, ni ahí.

Lolita
Foto: Lolita

miércoles, 1 de abril de 2009

Cotidianeidad I

–Papi...
–Mhhh-hhh...
–¿Vos tenés algún libro que trate acerca de la historia del pensamiento occidental?
–Mhhh-hhh... Varios.

–Pero uno que tenga todo en un solo libro, que sea como un resumen, ¿viste?
–Ahá. Hay uno, sí.
–¿Adónde está?
–El estante más alto de la biblioteca de la esquina, junto a la ventana. A la izquierda, tomo grueso, lomo blanco, tapa dura, con sobrecubierta... ¿Querés que te lo traiga?
–No, no quedate... yo lo voy a buscar –me dice.
Salta de la cama y escucho el “tap-tap” de sus pies descalzos en el piso de parquet y el sonido familiar me hace evocar sonidos parecidos del pasado.
La observo desde la cama en silencio.
Un momento y un gesto que quedan plasmados en mi retina, como si le hubiera tomado una foto: Lolita en puntas de pie, desnuda, el cabello oscuro cayéndole en cascada sobre la espalda, estirándose para llegar al estante más alto, tratando de alcanzar un libro que necesita para estudiar, con el sol de esa mañana de otoño filtrándose por la ventana.
Una imagen indeleble, un recuerdo imborrable grabado en mi memoria.
Algo tan simple en apariencia y con tanto sentido para mí.
Se me eriza la piel de sólo ver su cuerpo desnudo ahí, en mi bilioteca, buscando uno de mis libros, esos compañeros de viaje de tanto camino recorrido.
Y otra vez el “tap-tap” de sus pies en la madera hasta llegar a la habitación con el libro en la mano.
Después se trepa a la cama y se inclina hacia mí para besarme en los labios antes de sentarse con las piernas cruzadas en posición de meditación y concentrarse en la lectura.
Si esto es la tan menospreciada cotidianeidad, quiero más.


El Profesor

martes, 31 de marzo de 2009

Vive con paciencia

–Papi… dale, levantate. Dale, dale...
–Mhhhh...
–Dale, vamos a comprar los recuerditos que vimos en ese lugar...
–¿Mhhh? ¿Ahora, Bebi?
–Sí, y después, nos podemos sentar en el barcito de la esquina a tomar un café y leer el diario...
–¿El diario? Mhhh-mm...
–Sí, papi... a vos te gusta leer el diario conmigo, dale, dale...
–Loli, estoy cansado... Peor, estoy muerto. Dejame yacer acá un ratito más en mi sepultura entre las sábanas...
–¿Taz muerto, en zerio?
–Sí, mirá como estoy... Aggghhh –cuando El Profe hace caras, es para matarse de risa.
–¿De qué estás cansado, mi amor?
–¿De qué estoy cansado? ¿De qué estoy cansado? ¿En serio me lo preguntás?
–Zi... ¿De qué?



–De caminar catorce cuadras de ida por la avenida –más las del hotel hasta la avenida–, cuesta arriba, hasta el puto hotel-museo, esperando entrar, y con lo que me gustan los museos, todo para llegar allá y que la flaca esa nos quisiera robar a punta de pistola $ 50 en concepto de entrada (¡Cincuenta pesos! ¡Jesús, María y José!, como decía mi abuela), para que algún guía mal aprendido viniera a contarnos la fábula que Hitler estuvo en el Hotel Eden, cuando hasta el más pavote de los historiadores sabe que Hitler nunca salió de Alemania para venir a la Argentina... ¿Cómo se creen acá ese cuento?
–Shi...
–¿Shí qué, Lolis?
–Shí, que ez un hotel-p... (eso). Shí, que me acuerdo que el del taxi cuando fuimos a las Siete Cascadas dijo que ese... Hilder...
–Hitler, Princesita, Hitler.
–Bueno, ése, el del bigotito como Chaplin… el taxista dijo que había estado en el hotel Eden.
–¡Sí! ¡En el Hotel Eden de allá! ¡En el de Baviera!
–Bueno, papi, tranquilo que te agitás y te da la arritmia...
–¡Uh!
–¿Y de eso te cansaste? –El Profe levantó un poco la cabeza y me miró. Por suerte no tenía anteojos, y como sin anteojos no ve bien, no puede mirar mal (Ji Ji Ji).
–Y de las catorce cuadras de vuelta, también.
–Ahhh... ¿Tanto te cansó caminar?
–No, mi bichito de luz, Frutillita, Princesita de mis sueños. También estoy cansado de las catorce cuadras de vuelta, de hacerte el amor dos veces, de entrar al restaurante ése del bigotudo simpático que nos prometió comer cabrito y terminé comiéndome la brochette mía...
–Se llama “espada”...
–No, bichi, se llama brochette...
–Pero viene en un fierro que se parece mucho a una espada...
–Sí, mi amor, espada... y me comí también el vacío de tu “espada corrida” que no quisiste, más las dos raciones de papas fritas y las empanadas y...
–Bueno, Papi. Sho te dije que no comieras tanto...
–Beeeeebi... Beeebiiiiii... –dijo, canturreando.
–Shi... –Mjm... (¿Mejor me callo?)
–Y después ir a tomar el helado y después al cyber y después de vuelta caminando al hotel bajo el rayo del sol... Y después de nadar en la pileta con caldo de gallina... ¿De qué puede estar cansado Papi, eh?
–Nu she...
– Haze zueño por eszte lado de la cama... –me dijo, refregándose los ojitos, ¡me lo como!–. Vos, mi chiquita linda, quizás no comprendés porque parece que tenés tanta energía que parece que tuvieras hormiguitas en esa colita hermosha que me tienta y no parás nunca.
–¿Hormiguitas? –levanté una pierna, hice un arco con mi espalda e incliné la cabeza para mirarme la cola desde esa posición de fakir–. ¡No tengo hormiguitas en mi cola, Papi! ¿Qué decísssssss?
–Mhhh-hhh... Quiero descansarrrr
–Bueno, está bien… te dejo descansar. Shi, mi amor... descanse, mi “viejito aplastáu”.
–¡Per-dón! –reaccionó (Ji Ji Ji).
–Amor mío, sueño de mis sueños, mi hombre adorable, mi amante irreemplazable –(mejor la arreglo, Je)–, shi... descanse, mi cielo.
–Gracias, Cushita...
(…)
–Papi…
–¿Mmmm-hhh?
–¿Entonces te puedo leer una reflexión de ese librito que te regalé?
(...)
–Bueno, dale, está bien. Leéme una reflexión –dijo, y sin bufar. El Profe nunca bufa, conmigo.
No le di tiempo a reaccionar. Me levanté de un salto, manoteé el libro de la mesa y volví a la cama. Me senté como un lama y le acomodé la cabeza en uno de mis muslos.
–Te voy a leer esta que se llama “Vive con paciencia”. ¿O preferís esta otra llamada “Consejos para vivir feliz”?
–¿Mhhh-hmmm? No sé... Mhhh... (Zzzz) El primero... (Zzzzz)
–Bueno… leo: “Vive siempre con la paciencia de saber que las cosas de nuestra vida están hechas para que las disfrutemos, para realmente saborearlas como un don y regalo de la vida misma. No dejes que ninguna situación de hoy perturbe tu espíritu. Lo que hagas de corazón, exclusivamente para favorecer a los demás, perdura siempre en las personas que permanecen contigo en esta vida, y en ti mismo, por sobre todas las cosas. No es una tarea fácil, pero la vida te compensará más de lo que supones...”
“Bla, bla, bla…” (Zzzzz) (leyendo como cinco minutos haciendo pausas, con inflexiones de voz, poniendo énfasis, como me enseñaron en el cole). “Nadie dijo que la vida sería fácil, sólo se nos ha prometido que valdrá la pena vivirla. Los amigos son como los globos, que una vez que los sueltas, puede que no regresen. A veces en nuestras vidas agitadas nos olvidamos realmente de qué es hacer lo correcto, y sólo nos detenemos en lo urgente...”*
(...)
–¡Papi!
–¿Ehhh? ¿Quéeee? ¿Quéee pasa? ¡Vino TU MAMÁ!
–¡No, Papi! ¡Es que no me estás escuchando!
–Sí, mi dulzura. ¿Cómo que no?
–¡Tenés los ojos cerrados y estás roncando!
–No, no, no… Te estoy escuchando y estoy meditando al mismo tiempo acerca de tan hermoso texto, con los parpados reclinados hacia abajo y la mirada haciendo introspección... –cuando quiere argumentar para que lo dejen dormir, El Profe es un maestro.
–Mmmm... Yo sigo creyendo que estabas durmiendo.
–No, Loli, en serio... te estaba escuchando pero con el pensamiento lateral... Dejé en libertad mi inconsciente para escucharte mejor...
–¡Uyyy, noooo! ¡No me hagas cuentos!
–No... (Zzzzz) No, mi amorcito... (Zzzzz) Nozonjuentoz... (Zzzz)
–Mejor te lo leo en algún momento en que no estés horizontal, ¿sabés?
–Mmm… pero… pero sho... sho... (Zzzz)
–Ahora date vuelta, dale. Boca abajo y con la espalda para arriba... ¡Dale, dale! –lo di vuelta en la cama a los empujones.
–¿Ehhhhh? ¿Para queee?
–Prefiero darte besitos acá, en la parte de atrás del cuello... ¡Y sacarte todos esos feos puntos negros que tenés! (Ji ji ji ¡Es mío!)
–¡Uyyyyyy, noooo! ¡Duele! ¡Auchhhhhhh!

Lolita

Foto: by Lolita
Texto: * “Querer es poder”, Texto anónimo seleccionado: Vive con paciencia. Recopilación de Fernando Perfetti © 2008 by Editorial Santa María, págs. 60, 61.





sábado, 28 de marzo de 2009

Como en casa

–Papi…
–¿Qué, mi amor?
–¿Viste que bien que la pasamos hoy en ese lugar?
–Ajá, shi.
–¿Te gustó?
–Mucho, mi vida. Me divertí como hace mucho, pero mucho tiempo que no me divertía...
–Yo también. Me encantó bañarme con vos en la pile...
–¿Sí?
–Sí. Y también jugar a la sirenita y el tiburón, aunque me quisieras sacar la bikini delante de la gente...
–Mhhh-hhh. Eso fue porque no quisite tirarte por el tobogán de agua después de hacerme caminar debajo del rayo del sol, y por despertarme de la siesta bajo los árboles porque se te metió en la cabeza que querías ir al tobogán de agua.
–Shí... gueno... Pero vos... vos... ¡vos no me quisiste acompañar!
–Pero si la que se quería tirar eras vos, Loli... ¡Ufa!
–Shi... Pero me dio cosita...
–¿Cosita? ¿Qué cosita? Si parecés una sirenita en el agua...
–Bueno, papi, pero es que, en ese momento no me quería mojar…
–¡Ay, Dios!
–¿Qué le pasa a Dios, Papi? ¿Por qué lo shamás?
–¡Ay que no sé si comerte o dejarte! –dijo, y se incorporó y empezó a besarme todo el cuerpo.
El momento fatal.
Que empiece a besarme todo el cuerpo, me pierde.
(…)
(…)
–Papi... –dije como veinte minutos después, cuando amainaron los temblores de mis muslos y dejó de latirme la pancita.
–¿Mhhh-hhh?
–¿Te gustó lo que me hiciste recién?
–¿Qué, mi vida?
–El “orgis”, Papi... Fue uno muy fuerte... ¡Vos sabés cómo hacerme unos “origs gigantes!
–Sí, mi amor, claro que me gustó –lo escuchaba cómo iba recobrando el ritmo de la respiración–. Mirá como me dejaste…
Estábamos tendidos boca arriba en la cama, con su cabeza recostada en mi pecho y yo entrelazaba mis dedos en su cabello, peinándolo después de haberle secado la transpiración.
Afuera, el sol comenzaba a declinar y la habitación ya se estaba quedando a oscuras.
–Bebi… –dijo de repente.
–¿Qué mi vida?
–¿Vos me querés mucho?
–Claro, mi cielo. Te amo mucho, con todo mi corazón.
–¿Musho, musho?
–Sí, musho, musho, musho-re.
–Pero ¿cuanto?
–Mucho, mucho, mucho como... ¡Mmm..! –me llevé un dedo a la frente, como si estuviera meditando seriamente la respuesta–. ¡AZÍ! –le contesté, abriendo los brazos, para que supiera que era mucho, mucho.
–Y... Lolis...
–¿Qué, mi vida?
–¿Hasta dónde?
–¿Hasta dónde qué, amor mío?
–¿Hasta dónde me querés?
–Mmmm... a ver... ¿Viste el horizonte?
–Shi.
–Bueno, hasta el horizonte... porque nunca se termina...
–Ah... ¿Hasta ahí?
–Sí... y más allá.
–Ah...
–Muaaaaa –cuando El Profe se pone así de tierno, me derrito.
–Y... ¿No es muy cerca el horizonte?
–Bueno, también te quiero más lejos...
–¿Zi? ¿Maz? –cuando me habla con la “z” o con la “sh”, me dan ganas de comérmelo a besos.
–Sí... ¿Viste el Universo?
–Mhhh-hhh...
–Bueno... ¿Viste que al fin del Universo hay una esquina?
–¿En zerio?
–Sí, claro... es la esquina antes que el Universo doble... Bueno, hasta ahí te quiero, hasta la esquina del universo.
–¡Uh! Eso es muy lejos, ¿no?
–Sí, mi viddddda.
–Ah... y... y tonzez, zi me queréz hazta ahí... ¿Vos me vas a cuidar siempre? –tengo que aclarar que a Papi, a veces suelen darle esos ataques de mimos crónicos. Confieso que a mí también.
–Sí, mi vida, siempre.
–¿Aunque sho… sho... sho sea muy viejito? –dijo, y se tapó los ojos con los puñitos cerrados, como avergonzado.
–Ajá –le dije, tomándole la cara con las dos manos y besándolo en los labios–. Y siempre te voy a despertar con besitos para que cuando abras los ojitos lo primero que veas sea lindo, y te voy a acariciar el pelo así…
–¡Qué nindo!
Lo besé en la frente y en el pelo.
Nos quedamos en silencio…
(…)
–Papi…
–¿Mhhhh-hhh?
–¿Qué te parece si nos levantamos y nos vestimos para salir? –le pregunté.
El Profe se incorporó, apoyándose sobre los codos y me miró, con esos ojitos perplejos de niño que tiene.
–¿Ahora? –preguntó–. ¿Por qué justo ahora?
–Es que, Papi... sho... sho... sho tengo mucha hambrecita. Vení, escuchá –le tomé la cabeza hasta que apoyó su oído en mi vientre–. Mirá cómo me haze ruido la pancita...
–Loli... –dijo, sin levantar su cabeza de ahí.
–¿Qué?
–Sho también tengo hambre –dijo, y se rió.
–Bueno… ¿Qué pinta? –le pregunté.
–¡"Como en casa"! –dijimos los dos al mismo tiempo.


Media hora después, estábamos sentados en nuestra mesa preferida, esa que se ve al fondo, debajo de los tres cuadritos –la misma que usamos cada vez que íbamos a almorzar o a cenar–, zampándonos una mayonesa de atún, y esperando que nos trajeran nuestro rissotto con azafrán, pollo y arvejitas, El Profe tomándose su vinito preferido y sirviéndome mi Coca light con hielito cada vez que veía mi copa vacía.
Pintó “Como en casa”, nomás.

Lolita

Foto: by Lolita


viernes, 27 de marzo de 2009

¡Pintó pileta!

–¡Papi! ¡Papi! ¡Paaaa...! Dale, despertate, dale, dale...
–Mhhhfffggzzz ¿Dzé paza, Loli?
–Dale, despertate… Mirá qué linda tarde de sol... dale, vamos a la pile, dale...
–Mhhhfffzzz... Perá que me dezpiedte, Loli... ¡Uh!
–No, dale... vamos, sé buenito, ¿shi?
–¿Qué, Loli? ¿Para qué me despertás? Un ratitito más... azí ne shiquito –supliqué.
–No, papi, dale... ¡Pintó pileta! –dijo ella, abriendo la persiana como el doctor van Helsing tratando de neutralizar a Drácula, que no tolera la luz del sol.
Así fue como me despertó Lolita de la siesta de nuestro primer día de mini-vacaciones en el hotel, sacándome la almohada de debajo de la cabeza, montándose a caballito, acariciándome el pelo con una mano y tironeándome de un brazo con la otra.
En mi descargo, puedo decir que las razones de mi remoloneo se debía a varios factores, entre los que puedo mencionar: haber trabajado hasta una hora antes de abordar el micro, correr a la terminal, llegar con la lengua afuera dos minutos antes de la partida del ómnibus, haber tenido que aguantar a todos los compulsivos de la in-comunicación que usan el celular a la noche en un micro de larga distancia, haberme despertado en mitad de la noche con la sensación de que el condenado vehículo se zarandeaba y haberme quedado insomne como cinco horas, para cabecear apenas cuando ya despuntaba el sol, encontrarme con Lolita que me esperaba ansiosa en la terminal yendo de un lado para otro, cargar con el equipaje, la bolsa con el regalo especial para ella, experimentar las emociones y efusividades del encuentro, tomar el desayuno juntos como si estuviésemos por perder el último tren a Yuma, salir corriendo a sacar los boletos para el micro que nos llevaría a nuestro lugar de vacaciones, sentarnos en la última fila y que Lolita empezara con sus arrumacos y travesuras que terminaron tal como lo leyeron en el post de nuestro blog de al lado (el rincón guarro) con Lolis arrodillada entre los asientos (todo eso a las nueve y media de la mañana) tomándose un segundo desayuno a mis expensas y yo tratando de poner cara de “acá-no-pasa-nada” pese a que “ahí-pasaba-de-todo”, caminar cargando mi equipaje (al que se sumó el de Lolita), llegar al hotel, adoptar la actitud más apropiada de “no-sé-qué-tiene-de-extraño-una-pareja-como-la-nuestra” ante la mirada inquisitiva de la dueña del hotel y de la mucama que nos acompañó hasta el cuarto, llegar a la habitación, tirar el equipaje sobre las camas y zambullirnos en la de matrimonio arrancándonos la ropa porque Lolita, en ciertas ocasiones muy especiales, como esa de nuestras mini-vacaciones, se pone muy demandante, estar a la altura de las circunstancias comprendiendo que a la edad de ella uno quiere a cada rato, vestirnos una vez terminada la sesión matutina de arrumacos, quejiditos y efusividades, para salir corriendo a almorzar porque desfallecíamos (después, siempre nos da hambre), volver al hotel por la vereda de la sombra porque el sol picaba fuerte, llegar a la habitación y... ¡otra vez Lolita dispuesta a las caricias, los besos y todo eso..! ¡Uffffffff!
¿Cómo hace uno para abrir un ojo cuando apenas ha echado una cabezadita de una hora de siesta después de semejante carrera?
–Dale, papi... vamos a la pile... Dale, dale...
–Sí, Loli, vamos –dije, rodando por la cama hasta encontrar el vacío, buscar el short de baño y el toallón y arrastrarme hasta la puerta.
Fuimos.
Ni un alma en la pileta.
Nosotros dos solos.
“Acá pasa algo extraño y no sé qué es”, recuerdo haber pensado.
Y en el segundo siguiente, el grito de Lolita, parada en el borde de la pileta, mirando el agua verdosa con aspecto de caldo de gallina. Cabe aclarar que el folleto la promocionaba como “Pileta con agua climatizada inserta en el parque de añosa arboleda”, de manera que no fue necesario ni siquiera correr el riesgo de tocar el agua para comprobar que tenía la temperatura del caldo de gallina.
–Paaaaaaaaaapi!
–¿Qué pasa, mi amor?
–¡Puaj! –dijo Lolita, señalando con su dedo índice el agua. Las expresiones gestuales y sonoras de Lolita ante ciertas circunstancias son por demás elocuentes–. ¡Esto es un asco, papi!
Estaba en lo cierto. Era un asco.
Véanlo por ustedes mismos.


Lolita suele andar con su cámara de fotos de acá para allá y en todo momento, de manera que ni lerda ni perezosa tomó esta instantánea de la tan promocionada “pileta con agua climatizada inserta en el parque de añosa arboleda”.
Estuvimos unos minutos caminando por las tablas descoloridas del borde (que en el folleto del hotel aparecían lustradas y pintadas con lo que debería ser laca marina), sin poder creer lo que estábamos mirando, con la sensación de intensa frustración que nos acomete cuando nos hacemos demasiadas ilusiones acerca de algo que después resulta no ser lo que se esperaba.
Claro que la cosa no quedó allí.
Lo que en otro momento hubiera sido un tema casi intrascendente, pasó a ser un asunto personal, y no sólo por Lolita que soñaba con jugar a la delfinita y al tiburón en el agua, sino que me afectaba personalmente por haberme hecho ilusionar, por haber interrumpido mi siesta para darme un chapuzón y porque los folletos y las fotos de Internet, excepto en muy honrosas ocasiones no tienen nada que ver con lo que uno se encuentra en la realidad. Para colmo de males, ni se nos había ocurrido llevar la dirección y el teléfono de alguna asociación de Defensa del Consumidor, porque ¿a quién se le ocurre llevar esos datos cuando sale de vacaciones?
De manera que, tratando yo de remitir la cólera que me corroía, volvimos con Lolita al interior del hotel y encaré a la dueña (haciendo un esfuerzo para no empezar a los gritos) que estaba haciendo vaya uno a saber qué cosa, mientras sus hijitos –si es que no eran sus sobrinitos–, jugaban en la computadora que se supone que está para actividades laborales del hotel, razón por la cual en ese momento comprobé cuál era la causa por la que nunca contestaron a mis correos electrónicos de reserva, lo que me dio más bronca todavía. ¡Uh!
–Perdooo-ón... –dije, en el tono más suave que pude, dadas las circunstancias.
–Pseee –me contestó la señora, casi a la desgana (Lolita llama a esa actitud “ser un aplastáo”).
–La piscina... –empecé a decir.
–¿Laaaaquee? –me interrumpió la mujer, como si le hubiera hablado en chino cantonés.
–Piscina... ¿Pileta? ¿Lugar para nadar?
–¿Quee pasa con la pileeeeeta? –preguntó, con tonadita serrana y cara de pocos amigos, porque se ve que no le gustó mi tonillo de profesor dirigiéndose a un alumno que ni sabe de qué va la materia y quizás porque nos había tomado ojeriza desde que nos recibiera esa mañana. Si se trataba de eso, infiero, quizás se debía a un ataque de prejuicios en su estado más puro.
–Digo... La piscina o la pileta, como usted quiera... ¿La van a limpiar?
–¡Ayyyyyy, nooo seee! –respuesta de la señora, con una expresión parecida a la que hubiera adoptado si le hubiese preguntado si no sabía adónde podía encontrar en los alrededores a un Tiranosaurius Rex vivo y domesticado.
–¿No sabe si está limpia? ¿No sabe si la van a limpiar? ¿No sabe si hace mucho que no la limpian? –me temo que fueron demasiadas preguntas todas juntas para esa buena mujer, porque abrió la boca para decir algo, pero me parece que se lo pensó mejor e intentó salir de la encrucijada tirando la pelota afuera de la cancha.
–¡Ay, noo see! Hevisto queandaaaba por aacá eldemantenimiento –dijo, como si esa fuera una respuesta válida y "eldemanteniimento" fuera el responsable absoluto de las condiciones higiénicas de la piscina y sus alrededores.
–Ah, claro –contesté, asintiendo con la cabeza–. Pero, ¿la van a limpiar o no?
–¿Estaaá suuucia? –preguntó, como si ella no la hubiera visto desde la temporada anterior o como si en vez de ser una de las dueñas del establecimiento, fuera una tía recién llegada desde Kiev, Ucrania.
–¡Nooooooo! ¡Qué va! –dije, y ahí, en ese punto, me salió esa veta humorística que me permite, a veces, decir ciertas cosas y hacer otras que podrían acarrearme consecuencias severas si las dijera o hiciera con tono solemne–. Mire: lo que podemos hacer, señora –sugerí, con mi sonrisa más encantadora–, es conseguir unas cuantas docenas de paquetes de fideos “Cabellos de Ángel” y entonces, ya tiene solucionado el primer plato de esta noche para los que contrataron el servicio de pensión completa: sopa de Cabellos de Ángel.
Nunca supe si esta buena mujer la cazó, si comprendió la ironía, o si se dio cuenta siquiera que estaba siendo tan sarcástico que daba náuseas. Creo que no.
Eso sí, que me miró mal no hay duda porque Lolita, que es muy perceptiva, me tomó de la mano y me dio un ligero apretón con sus largos y finos deditos de pianista, que yo interpreté como un elocuente mensaje que decía: “Papi, vamos, dejala... ¿Qué vamos a hacer?”
Por supuesto, esa tarde terminamos sin poder jugar a la sirenita y al monstruo marino y tuvimos que conformarnos con una ducha en el baño de la habitación (hay que aclarar que el baño estaba reciclado a nuevo y era bastante confortable) antes de salir a dar la vuelta obligada por la Main Street de ese encantador pueblito serrano, paso previo a ir a cenar como en casa en un restaurante de nombre ídem y atendido por sus dueños, que nos recomendó el pibe que expendía combustible en la estación de servicio del Automóvil Club Argentino quien –y esto es una sugerencia para los ocasionales turistas–, por lo general es el que más y mejor sabe orientar a los forasteros acerca de los lugares donde se come bien sin que le arranquen la cabeza a uno a la hora de pagar. Si el forastero le cae en gracia, claro. Se ve que nosotros le resultamos amigables, porque nos recomendó dos lugares, a cual mejor.
Pero volviendo al tema de la piscina, parece ser que la señora algo de voluntad tenía, porque dos días después, poco antes que se desatara una tormenta con granizo que arrasó a un pueblo entero a unos kilómetros de donde nosotros estábamos, nos llevamos la grata sorpresa de comprobar que habían cambiado el agua climatizada de la piscina (o pileta, o cacerola de cemento llena de caldo de gallina tibio) y con Lolita pudimos zambullirnos –asomando apenas la cabeza porque afuera el vientito estaba más bien frío–, nadar y jugar a la sirenita y el monstruo marino que trata de arrancarle la bombachita de la bikini a la sirenita, durante un buen rato antes que se desatara la tempestad.
Y esa, estimados amigos y vecinos de la blogsfera, fue sólo la primera de algunas tribulaciones de nuestras mini-vacaciones.
Que no todo tiene porqué salir de maravillas, qué joder.

El Profesor

Foto: by Lolita

jueves, 26 de marzo de 2009

Atuendo

–Papi...
–Mhhh...
–¿Te dije que me gusta ver cómo te afeitás?
–Sí, mi princesita.
(...)
–Papi...
–¿Mhhh-hh?
–¿Hoy vamos a cenar a ese lugar tan pipí-cucú como decís vos?
–Ahá.
–¿Cuál te gusta más?
–¿Cuál me gusta más de qué, Loli?
–El short blanco o el de jean con la remera “pupera”?
(...)
–Nu shé...


–Entonces me pongo el de jean, con la remera "pupera".

Lolita

Foto: Lolita