–¡Papi! ¡Papi! ¡Paaaa...! Dale, despertate, dale, dale...
–Mhhhfffggzzz ¿Dzé paza, Loli?
–Dale, despertate… Mirá qué linda tarde de sol... dale, vamos a la pile, dale...
–Mhhhfffzzz... Perá que me dezpiedte, Loli... ¡Uh!
–No, dale... vamos, sé buenito, ¿shi?
–¿Qué, Loli? ¿Para qué me despertás? Un ratitito más... azí ne shiquito –supliqué.
–No, papi, dale... ¡Pintó pileta! –dijo ella, abriendo la persiana como el doctor van Helsing tratando de neutralizar a Drácula, que no tolera la luz del sol.
Así fue como me despertó Lolita de la siesta de nuestro primer día de mini-vacaciones en el hotel, sacándome la almohada de debajo de la cabeza, montándose a caballito, acariciándome el pelo con una mano y tironeándome de un brazo con la otra.
En mi descargo, puedo decir que las razones de mi remoloneo se debía a varios factores, entre los que puedo mencionar: haber trabajado hasta una hora antes de abordar el micro, correr a la terminal, llegar con la lengua afuera dos minutos antes de la partida del ómnibus, haber tenido que aguantar a todos los compulsivos de la in-comunicación que usan el celular a la noche en un micro de larga distancia, haberme despertado en mitad de la noche con la sensación de que el condenado vehículo se zarandeaba y haberme quedado insomne como cinco horas, para cabecear apenas cuando ya despuntaba el sol, encontrarme con Lolita que me esperaba ansiosa en la terminal yendo de un lado para otro, cargar con el equipaje, la bolsa con el regalo especial para ella, experimentar las emociones y efusividades del encuentro, tomar el desayuno juntos como si estuviésemos por perder el último tren a Yuma, salir corriendo a sacar los boletos para el micro que nos llevaría a nuestro lugar de vacaciones, sentarnos en la última fila y que Lolita empezara con sus arrumacos y travesuras que terminaron tal como lo leyeron en el post de nuestro blog de al lado (el rincón guarro) con Lolis arrodillada entre los asientos (todo eso a las nueve y media de la mañana) tomándose un segundo desayuno a mis expensas y yo tratando de poner cara de “acá-no-pasa-nada” pese a que “ahí-pasaba-de-todo”, caminar cargando mi equipaje (al que se sumó el de Lolita), llegar al hotel, adoptar la actitud más apropiada de “no-sé-qué-tiene-de-extraño-una-pareja-como-la-nuestra” ante la mirada inquisitiva de la dueña del hotel y de la mucama que nos acompañó hasta el cuarto, llegar a la habitación, tirar el equipaje sobre las camas y zambullirnos en la de matrimonio arrancándonos la ropa porque Lolita, en ciertas ocasiones muy especiales, como esa de nuestras mini-vacaciones, se pone muy demandante, estar a la altura de las circunstancias comprendiendo que a la edad de ella uno quiere a cada rato, vestirnos una vez terminada la sesión matutina de arrumacos, quejiditos y efusividades, para salir corriendo a almorzar porque desfallecíamos (después, siempre nos da hambre), volver al hotel por la vereda de la sombra porque el sol picaba fuerte, llegar a la habitación y... ¡otra vez Lolita dispuesta a las caricias, los besos y todo eso..! ¡Uffffffff!
¿Cómo hace uno para abrir un ojo cuando apenas ha echado una cabezadita de una hora de siesta después de semejante carrera?
–Dale, papi... vamos a la pile... Dale, dale...
–Sí, Loli, vamos –dije, rodando por la cama hasta encontrar el vacío, buscar el short de baño y el toallón y arrastrarme hasta la puerta.
Fuimos.
Ni un alma en la pileta.
Nosotros dos solos.
“Acá pasa algo extraño y no sé qué es”, recuerdo haber pensado.
Y en el segundo siguiente, el grito de Lolita, parada en el borde de la pileta, mirando el agua verdosa con aspecto de caldo de gallina. Cabe aclarar que el folleto la promocionaba como “Pileta con agua climatizada inserta en el parque de añosa arboleda”, de manera que no fue necesario ni siquiera correr el riesgo de tocar el agua para comprobar que tenía la temperatura del caldo de gallina.
–Paaaaaaaaaapi!
–¿Qué pasa, mi amor?
–¡Puaj! –dijo Lolita, señalando con su dedo índice el agua. Las expresiones gestuales y sonoras de Lolita ante ciertas circunstancias son por demás elocuentes–. ¡Esto es un asco, papi!
Estaba en lo cierto. Era un asco.
Véanlo por ustedes mismos.
Lolita suele andar con su cámara de fotos de acá para allá y en todo momento, de manera que ni lerda ni perezosa tomó esta instantánea de la tan promocionada “pileta con agua climatizada inserta en el parque de añosa arboleda”.
Estuvimos unos minutos caminando por las tablas descoloridas del borde (que en el folleto del hotel aparecían lustradas y pintadas con lo que debería ser laca marina), sin poder creer lo que estábamos mirando, con la sensación de intensa frustración que nos acomete cuando nos hacemos demasiadas ilusiones acerca de algo que después resulta no ser lo que se esperaba.
Claro que la cosa no quedó allí.
Lo que en otro momento hubiera sido un tema casi intrascendente, pasó a ser un asunto personal, y no sólo por Lolita que soñaba con jugar a la delfinita y al tiburón en el agua, sino que me afectaba personalmente por haberme hecho ilusionar, por haber interrumpido mi siesta para darme un chapuzón y porque los folletos y las fotos de Internet, excepto en muy honrosas ocasiones no tienen nada que ver con lo que uno se encuentra en la realidad. Para colmo de males, ni se nos había ocurrido llevar la dirección y el teléfono de alguna asociación de Defensa del Consumidor, porque ¿a quién se le ocurre llevar esos datos cuando sale de vacaciones?
De manera que, tratando yo de remitir la cólera que me corroía, volvimos con Lolita al interior del hotel y encaré a la dueña (haciendo un esfuerzo para no empezar a los gritos) que estaba haciendo vaya uno a saber qué cosa, mientras sus hijitos –si es que no eran sus sobrinitos–, jugaban en la computadora que se supone que está para actividades laborales del hotel, razón por la cual en ese momento comprobé cuál era la causa por la que nunca contestaron a mis correos electrónicos de reserva, lo que me dio más bronca todavía. ¡Uh!
–Perdooo-ón... –dije, en el tono más suave que pude, dadas las circunstancias.
–Pseee –me contestó la señora, casi a la desgana (Lolita llama a esa actitud “ser un aplastáo”).
–La piscina... –empecé a decir.
–¿Laaaaquee? –me interrumpió la mujer, como si le hubiera hablado en chino cantonés.
–Piscina... ¿Pileta? ¿Lugar para nadar?
–¿Quee pasa con la pileeeeeta? –preguntó, con tonadita serrana y cara de pocos amigos, porque se ve que no le gustó mi tonillo de profesor dirigiéndose a un alumno que ni sabe de qué va la materia y quizás porque nos había tomado ojeriza desde que nos recibiera esa mañana. Si se trataba de eso, infiero, quizás se debía a un ataque de prejuicios en su estado más puro.
–Digo... La piscina o la pileta, como usted quiera... ¿La van a limpiar?
–¡Ayyyyyy, nooo seee! –respuesta de la señora, con una expresión parecida a la que hubiera adoptado si le hubiese preguntado si no sabía adónde podía encontrar en los alrededores a un Tiranosaurius Rex vivo y domesticado.
–¿No sabe si está limpia? ¿No sabe si la van a limpiar? ¿No sabe si hace mucho que no la limpian? –me temo que fueron demasiadas preguntas todas juntas para esa buena mujer, porque abrió la boca para decir algo, pero me parece que se lo pensó mejor e intentó salir de la encrucijada tirando la pelota afuera de la cancha.
–¡Ay, noo see! Hevisto queandaaaba por aacá eldemantenimiento –dijo, como si esa fuera una respuesta válida y "eldemanteniimento" fuera el responsable absoluto de las condiciones higiénicas de la piscina y sus alrededores.
–Ah, claro –contesté, asintiendo con la cabeza–. Pero, ¿la van a limpiar o no?
–¿Estaaá suuucia? –preguntó, como si ella no la hubiera visto desde la temporada anterior o como si en vez de ser una de las dueñas del establecimiento, fuera una tía recién llegada desde Kiev, Ucrania.
–¡Nooooooo! ¡Qué va! –dije, y ahí, en ese punto, me salió esa veta humorística que me permite, a veces, decir ciertas cosas y hacer otras que podrían acarrearme consecuencias severas si las dijera o hiciera con tono solemne–. Mire: lo que podemos hacer, señora –sugerí, con mi sonrisa más encantadora–, es conseguir unas cuantas docenas de paquetes de fideos “Cabellos de Ángel” y entonces, ya tiene solucionado el primer plato de esta noche para los que contrataron el servicio de pensión completa: sopa de Cabellos de Ángel.
Nunca supe si esta buena mujer la cazó, si comprendió la ironía, o si se dio cuenta siquiera que estaba siendo tan sarcástico que daba náuseas. Creo que no.
Eso sí, que me miró mal no hay duda porque Lolita, que es muy perceptiva, me tomó de la mano y me dio un ligero apretón con sus largos y finos deditos de pianista, que yo interpreté como un elocuente mensaje que decía: “Papi, vamos, dejala... ¿Qué vamos a hacer?”
Por supuesto, esa tarde terminamos sin poder jugar a la sirenita y al monstruo marino y tuvimos que conformarnos con una ducha en el baño de la habitación (hay que aclarar que el baño estaba reciclado a nuevo y era bastante confortable) antes de salir a dar la vuelta obligada por la Main Street de ese encantador pueblito serrano, paso previo a ir a cenar como en casa en un restaurante de nombre ídem y atendido por sus dueños, que nos recomendó el pibe que expendía combustible en la estación de servicio del Automóvil Club Argentino quien –y esto es una sugerencia para los ocasionales turistas–, por lo general es el que más y mejor sabe orientar a los forasteros acerca de los lugares donde se come bien sin que le arranquen la cabeza a uno a la hora de pagar. Si el forastero le cae en gracia, claro. Se ve que nosotros le resultamos amigables, porque nos recomendó dos lugares, a cual mejor.
Pero volviendo al tema de la piscina, parece ser que la señora algo de voluntad tenía, porque dos días después, poco antes que se desatara una tormenta con granizo que arrasó a un pueblo entero a unos kilómetros de donde nosotros estábamos, nos llevamos la grata sorpresa de comprobar que habían cambiado el agua climatizada de la piscina (o pileta, o cacerola de cemento llena de caldo de gallina tibio) y con Lolita pudimos zambullirnos –asomando apenas la cabeza porque afuera el vientito estaba más bien frío–, nadar y jugar a la sirenita y el monstruo marino que trata de arrancarle la bombachita de la bikini a la sirenita, durante un buen rato antes que se desatara la tempestad.
Y esa, estimados amigos y vecinos de la blogsfera, fue sólo la primera de algunas tribulaciones de nuestras mini-vacaciones.
Que no todo tiene porqué salir de maravillas, qué joder.
El Profesor
Foto: by Lolita