miércoles 11 de noviembre de 2009

La Mudanza

Ringggg
–¿Hola?
–Hola Papi…
–Hola, Loli
–¿Qué estabas haciendo?¿Estabas acomodando las cajas, todavía?
–Si, estaba guardando las últimas cosas…¡No sabés la cantidad de cajas que me tengo que llevar! Pareciera que no termino más de guardar todo.
–Me imagino. Tenías muchas cosas ahí.
–Si… ¿Y sabés qué va a ser lo último que guarde antes de partir?
–¿Qué?
–Tu foto y ese angelito que me regalaste y que tanto me ha ayudado en este tiempo…
Sonreí con ternura. Él es así de tierno. No deja de rendirme honor y eso me hace muy feliz.
–¿Sabés qué, mi vida? A pesar de que se que te vas a ir a una casa nueva y mejor, yo voy a extrañar mucho ese lugar en las barrancas de Belgrano.
–Y yo, Princesita, eso tenelo por seguro. Fue en esta casa donde te conocí por ese primer correo electrónico una fría tarde de julio, fue acá donde pasé los días chateando con vos, hablando por teléfono, quedándome despierto por las noches mirando tu foto al lado de mi cama, pensando en tu carita, en tu sonrisa, en tus abrazos… fue acá mismo donde te recibí por primera vez, cuando viajaste en febrero a festejar nuestro cumpleaños juntos y donde tanto compartimos y nos divertimos las otras veces que viniste a pasar unos días conmigo.
–Si… fue un lugar muy especial. Allí quedarán las conversaciones profundas que tuvimos, el eco de nuestras risas, la melodía de las canciones que escuchábamos juntos… el sonido de tus besos y los míos… el olorcito de los ravioles que me preparabas para la cena y que tanto me gustaban…
–Mmmm… y no sólo quedan acá todas esas cosas lindas. También quedan en mi memoria esas imágenes tuyas, Princesita, caminando con ese tap tap tap que hacen tus piecitos descalzos sobre el piso cuando caminabas por la casa muy temprano en la mañana, para preparar el desayuno. Queda el eco de tu voz llamándome: "Papiiii.... sha está listo tu desayunito... es hora de levantarte y lavarte los dientitos...". Dejaste tu recuerdo entre estas paredes, mi dulce niña. Ojalá que ese recuerdo permanezca en tu memoria como está en la mía, porque cuando el día indicado saque la última caja y cierre la puerta tras de mí dejando atrás este lugar, me lo llevo conmigo a la nueva casa que vamos a estrenar juntos.
Esas palabras del Profe me hicieron emocionar casi al borde de las lágrimas.
–¿Cómo no acordarme de todo eso, Papi? No lo voy a olvidar nunca. No voy a olvidar ni esa casa ni ese lindo barrio donde por las tardes salíamos tomados de la mano a caminar y a sentarnos a tomar un helado en esa heladería tan cara… No voy a olvidar el parque que se veía desde la ventana ni el ruido que hacían los pajaritos que se paraban en el balcón y trinaban desde temprano. Tampoco voy a olvidar cada uno de los lugares donde fuimos, cada calle que recorrimos, cada negocio que visitamos… Te prometo que me voy a acordar para siempre de eso y mucho más. Pero ahora no nos pongamos nostálgicos Papi…


–No, mi amor… aunque es inevitable. Cada vez que se deja algo querido es casi imposible no sentir cierto dejo de melancolía, por más que el cambio vaya a ser positivo.
–Si… Pero pensá en todas las cosas lindas que vamos a vivir en ese nuevo lugar al que vas. Seguro que nosotros la vamos a pasar tan bien como acá y nos vamos a divertir igual o todavía más. Por algo suceden las cosas… Quizás, como siempre decimos, la vida nos tenga reservadas un par de sorpresas más…
–Seguro, mi amor. Espero que así sea.
–Hay que mirar el futuro con esperanzas. Este nuevo cambio es un pasito más hacia donde queremos llegar. Debemos agradecer por todas las cosas bonitas que vivimos acá, pero no entristecernos quedándonos en el pasado. Pensá que “si lloramos porque no vemos el sol, las lágrimas no nos permitirán ver las estrellas”
–Es verdad, Loli.

Tanto él como yo estamos contentos y expectantes con el cambio, pero, sin embargo, no olvidamos todo lo vivido y vamos a llevar por siempre en nuestros corazones ese pequeño lugar de la capital donde poquito a poco fuimos construyendo historia; nuestra historia. Tal como le dije a él, estoy segura que algo de nosotros queda en ese hogar, porque en su paso por la existencia uno va dejando un poquito de sí mismo en cada lugar que visita, especialmente en aquellos sitios que tienen un significado especial y vinculado con los afectos. Y ciertamente ese lugar lo tenía.

Lolita

martes 10 de noviembre de 2009

Tu espacio psicoanalítico

“Como decíamos ayer”... pocos días después de la sesión multitudinaria, la madre de Loli se las ingenió para hacerla pasar otra vez, por el dolor de una nueva decepción.
Una más, entre tantas. Total –me imagino que debe pensar esta señora–, “¿Qué le hace una mancha más al tigre?”
A veces reflexiono acerca de qué motivación tendrá esa Madre de Valores Morales, para hacer tanto daño y tan seguido, uno detrás de otro. Trato de imaginarla, barruntando a solas en su casa, planeando qué nueva actitud destructiva va a inventar contra Lolita y su padre.
Los que leyeron “El famoso video”, recordarán que cuando la sesión multitudinaria terminó, casi a las nueve y media de la noche, y a instancias de la terapeuta, Lolita y su mamá quedaron en hacer una sesión de terapia juntas, a fin de ver si podían conciliar puntos en común.
Mejor dicho, y para ser justos, debemos aclarar que la iniciativa partió de Terminator, que en un momento de la sesión presionó a su cliente diciéndole “Dale, dale... decí que sí, dale, dense la oportunidad...”, pese a que la madre de Lolita se mostraba a todas luces reacia a tener una sesión vincular con su hija.
Pues bien, esa semana la madre la llamó, hecha unas mieles y hubo un atisbo de acercamiento, aunque Loli ya sabe detectar las “pataditas” que tira en el contexto de una conversación aparentemente intrascendente. De modo que se mantuvo atenta.
El día concertado y a la hora convenida, cuando Loli llegó al consultorio de su terapeuta, su madre ya estaba aguardando en la sala de espera.
Cruzaron algún diálogo de cortesía hasta que se abrió la puerta y la terapeuta las hizo pasar.




La sesión, fue más de lo mismo: críticas, ataques a mi persona (no hay peor cosa que se pueda hacer para que Loli reaccione de manera intransigente, que hablarle mal de alguien a quien ella quiere), recriminaciones, prejuicios, acusaciones, admoniciones de calamidades por venir y una cerrada, obtusa y obcecada postura intransigente que, a lo que menos conduce es a un acercamiento.
Y otra vez la cantinela de “Intimidades de Lolita y El Profesor”, como si necesitara machacar una y otra vez en ese blog.
–Porque imagínese, Licenciada –repetía, como un sonsonete–, ahí ellos dos ventilaban toda su intimidad...
–No toda, mamá... –dijo Lolita.
–Ese lugar es re-pug-nan-te... ¡Escriben cómo tienen sexo!
–No siempre, mamá... –insitió Loli.
–Bueno, señora... Pero ahí no dice en ningún lugar el nombre verdadero de ninguno de los dos... Y, por otra parte, todas las parejas tienen fantasías –intervino la terapeuta–. Quizás no sea conveniente ventilarlas, pero las fantasías están en todos nosotros...
–¡EN MÍ NUNCA! –rugió la señora, como un vikingo a punto de invadir un pueblo de la costa inglesa en la Edad Oscura.
Sí, claro. En ella nunca. Hete aquí que, quizás, ése es el verdadero problema. Quizás se digan: “Pobre, nunca tuvo fantasías, la señora...”, pero no, no se trata de eso.
Se trata, y soy capaz de apostar doble contra sencillo, que esta actitud entra como anillo al dedo, en el modelo que el médico y sicoanalista Wilhelm Reich llamó "la moral sexual autoritaria".
Como resultado de la experiencia que obtuvo en el trato de sus pacientes, Reich consideró los síntomas neuróticos, así como los rasgos del carácter, como canales sin salida de la energía sexual que se encontraba reprimida. Su terapia sostenía que debía dirigirse a destruir los taponamientos de la sexualidad ya que una vez que la energía sexual podía fluir libre por sus sanos canales sexuales –o sea, a través del orgasmo genital–, el paciente se liberaría de la neurosis.
Wilhelm Reich consideraba que el orgasmo sexual, plenamente realizado y gozado era la medida de la salud mental individual y sostenía que esto era válido tanto para mujeres como para hombres.
Enfrentándose a Freud, Reich presentó convincentes ejemplos clínicos en los cuales el comportamiento masoquista aparecía como un angustiado pedido de amor, y demostró que la persona masoquista (que siempre está asociada al sadismo, como la moneda con dos caras) en realidad, lo que dice con sus actitudes es: “... mírenme, vean cuanto sufro, soy tan desgraciada, quiéranme”.
Esto es: el masoquismo (siempre asociado a conductas sádicas) que muestran las personas culpógenas, opinaba Reich, no era más que el Eros disfrazado.
Eso por un lado.
Por el otro, lo que esta señora no comprende es que los jóvenes no son un montón de seres humanos que sufren un periodo de cambios de forma uniforme, sino que para comprender de qué se trata la juventud, hay que considerar que todos son diferentes, recordar la diversidad de opinión, la libre elección, los tiempos, la geografía, la condición socioeconómica y un largo etcétera de factores.
Quizás ella mida a su propia hija de acuerdo a su moral sexual autoritaria y repita la cantinela de que ella, a la edad de Loli... bla bla bla... Es decir, no comprende nada.
Todo esto, puedo entenderlo y comprender a esta pobre torturada mujer que debe haber tenido una infancia atroz y una adolescencia hecha en base a puro padecimiento. Pero, como ya he mencionado, comprender es una cosa y justificar, otra muy distinta. Tanto como que el chorizo es el chorizo y no debe confundirse con la velocidad.
Y menos aún, justificar lo que sucedió a continuación.
La sesión, lejos de acercar a madre e hija, por el empecinamiento de la señora, fue imposibilitando cada vez más la conciliación. Y como broche de oro, en el momento de terminar y de retirarse, y como si lo hiciera adrede, la madre de Lolita, la terminó de embarrar.
–Bueno, nos vamos... –dijo.
Y así, tan suelta de cuerpo, ante la mirada de estupefacción de Loli y de la terapeuta, rumbeó para la salida.
Cuando llegaron a la puerta, la madre de Lolita se acercó, le dio un beso de esos que mejor no te los den y, con la excusa de que se le hacía tarde, se fue lo más campante.
SIN PAGAR.
Por segunda vez, en el momento de pagar una sesión a la analista de su hija, apretó bien fuerte la cartera contra el pecho –como si alguien se la fuera a robar–, y se hizo la desentendida.
Lolita, que estaba padeciendo un ataque de vergüenza ajena después de cruzar una mirada de desconcierto con la terapeuta, no atinó a decirle nada y sólo reaccionó cuando llegó a la casa.
Entonces le envió un mensaje de texto a su madre diciéndole: “Te fuiste sin pagar”.
Como respuesta, recibió una llamada telefónica.
–Te fuiste sin pagar... –volvió a decirle.
–¿Y por qué tengo que pagar yo? –dijo la voz del otro lado del teléfono.
–Porque cuando papá va a una vincular, paga él. Bah... en realidad él me paga la terapia.
–Yo no tengo porqué pagar. Al fin y al cabo ¿no es tu espacio psicoanalítico..? –le soltó la madre, tan campante.
Loli inspiró, y contó hasta cinco antes de contestarle.
–¿No decís que sos capaz de hacer cualquier cosa por mi felicidad? ¿No dijiste una vez que con tal de sacarme de donde vos no querías que estuviera eras capaz de ir al infierno?
–(...) –(más de una vez Lolita la ha dejado sin palabras, a su madre, que se pone verde de ira).
–... pero con todo lo que decís que me querés, ¿no sos capaz de pagar una sesión de análisis vincular para mí? ¿Y eso es querer el bien de un hijo?
–Vos no entendés –saltó, rápido, la descalificación–. No me corresponde a mí pagar la sesión. Que la pague tu papá. Al fin y al cabo, ¿no es tu espacio psicoanalítico? –volvió a insistir con el argumento, como si se lo hubiese estudiado de memoria.
–Pero... ¿Cómo podés ser tan, tan rata? ¿Cómo podés ser tan mezquina? –dijo Loli.
–Escuchame, mocosa, soy tu ma....
Click.
Lolita, cortó la comunicación.
Abochornada, esperó que llegara su papá y le explicó lo sucedido.
–No te hagas problemas, hija. Yo le voy a pagar... Mañana llamo a tu analista y le digo que no se va a quedar sin cobrar –la tranquilizó él.
Claro que para sorpresa de ambos, cuando el papá se comunicó con la psicóloga y le dijo que él iba a pagar esa sesión –la primera y la última que tendría Lolita con su madre–, recibió por respuesta:
–De ninguna manera... Yo voy a hablar con la señora y de una manera u otra, tendrá que hacerse cargo de su responsabilidad.
Hace dos días, después de no hablarle más desde esa noche en la que le cortó el teléfono, Lolita estaba estudiando Microeconomía para un parcial y de pronto...
¡Ring! ¡Ring!
–¿Holaaa? –dijo, con su dulce voz, creyendo que era yo.
–Hola, soy yo... –la voz de su madre.
–¡Ah! ¿Qué querés?
–¡Oh! ¿Y por qué me tratás así? ¿Qué te hice?
–No quiero hablar más... ¿Qué necesitás?
–Decime... ¿Vos le pagaste a tu analista? –preguntó, la Madre Argentina de Valores Morales, que en el bolsillo tiene un cocodrilo africano hambriento.
Lolita, que había recibido antes la llamada de su terapeuta para pedirle el número de teléfono de la casa de su madre, se dio cuenta que otra vez se venía con rodeos, fingiendo que no sabía lo que pasaba, tratando de quedar bien con Dios y con el Diablo y, lo peor de todo y por sobre cualquier otra consideración, mintiendo.
–No –le contestó.
–¿Le va a pagar tu papá?
–No.
–¿Qué te parece si pagamos a medias? –dijo la señora, en un gesto inaudito de generosidad.
–No me parece. Vos sos la adulta –contestó Loli.
–Vos también decís que sos adulta, que sos mayor de dieciocho años, que podés hacer lo que querés, que la ley te faculta... –como era de esperarse, la Madre Argentina de Valores Morales, soltó la frasecita mordaz, el sarcasmo a flor de labios que tendría preparado de antemano–, así que creo que lo más apropiado, ya que es tu espacio psicoanalítico y yo no pedí compartirlo, es que paguemos la mitad cada una o...
–¿Ves, mamá? –contestó Lolita, indignada–. ¿Ves por qué cada vez nos alejamos más? ¿Cómo podés ser tan mezquina?
–Oíme, no me digas eso, me debés respeto, soy tu mamá y...
Click.
Lolita cortó la comunicación.

Me pregunto y le pregunto a quien opinó que por ser la madre de Loli, esta señora –con perdón de las señoras–, merecía respeto... ¿es digna de respeto una persona tan mezquina, envidiosa, frustrada, embrollona, artera, rencorosa y vengativa?
Soy padre. De manera que creo sentirme habilitado para opinar al respecto: nadie, ni yo mismo, seré digno de respeto si no me lo gano con mis actos.
El respeto no se compra ni se alquila, ni se consigue por leasing, ni se lo pueden prestar a uno. No hay plan de ahorro para conseguir respeto, ni se hereda. No se puede recibir como un regalo, ni se impone a la fuerza. Menos aún si se trata de los propios hijos.
O se lo gana uno por las suyas, o lo pierde para siempre.
Y pocas cosas hay, en este mundo, tan tristes de ver que una persona que ha perdido el respeto de los seres a quienes les ha dado la vida y sólo consigue, como trofeo, la indiferencia.


El Profesor

PD: Reich, Wilhelm, “La función del orgasmo”, 1926.

domingo 8 de noviembre de 2009

Ventilando Intimidades

Las preguntas que quedaron pendientes de respuesta:
¿Cómo hizo la mamá de Loli –una ignorante con título en temas de Internet–, para enterarse de la existencia de nuestro blog?
¿De qué manera pudo entrar a Intimidades de Lolita & El Profesor, para leer lo que habíamos escrito y regocijarse por anticipado creyendo, en su afiebrada imaginación, que lo que allí encontrara serviría de prueba para mandarme al Penal de Ushuaia, aunque ya no existe?



¿Cómo hizo para ingresar? Si ese blog ya lo habíamos modificado para que sólo entraran invitados con autorización expresa otorgada por nosotros?
¿Fueron las miles de llamadas de madres de familia que la alertaron?
¿Alguna de esas honorables matronas le pasó el link?
¿Y cuál fue la que le dio el pase libre para leer en un blog que era sólo para visitas?
Del análisis que hicimos, Lolita y yo, pudimos concluir que hubo un Judas que nos escribió haciéndose pasar por otro y luego le dio la posibilidad a la madre de Loli, para que entrara a leer. Al fin de cuentas, no es una operación de inteligencia de la CIA. Basta con hacerse pasar por otro, cambiar un poco la forma de escribir, hacerse la amiguita y ya está. Como en la realidad, vamos.
De quienes solicitaron autorización –que no eran muchas–, quedaron cuatro candidatas para ostentar el nombre de Judas, aunque creemos saber cuál de esas cuatro fue. A la responsable, ni la Virgen de Luján la va a salvar de esa forma que tiene la vida de devolver las maldades adrede. Quizás nunca nos enteremos, y no nos interesa. Es y será su problema.
Ahora bien, yendo al principio, nos hacemos una pregunta: ¿cuál fue el Ángel que le sopló al oído a esta señora, que teníamos un blog?
¿Por qué razón ese Ángel haría una cosa así? ¿Para poner Luz en la oscuridad de la ignorancia de una madre argentina de valores morales intachables respecto del camino de corrupción que estaba transitando su hija? ¿Ese Ángel tenía algún interés en especial?
Son tan complejas las conductas de las personas, que a veces cuesta comprender por qué hacen ciertas cosas. Por ejemplo: alguien que tiene todo lo material que se puede desear, pero necesita quedarse con lo de los demás. Porque la envidia es así: no importa cuánto tiene uno, sino lo que tiene el otro, por pequeño que sea.
Como decía un profesor que tuve hace mucho tiempo: "el ejemplo, siempre clarifica". De manera que picando el nombre del Ángel, podrán hacerse una idea de la catadura moral de alguien que hace este tipo de cosas. Porque no contenta con plagiar, tuvieron que expulsarla de ese foro por intrigar, mentir, sembrar la discordia e injuriar desde el anonimato a los directivos, que fueron en extremo tolerantes con ella cuando descubrieron los plagios.
Dicho sea de paso, tenemos suficientes razones para pensar que fue el mismo Ángel que hizo la denuncia anónima en Tele Nueve, de que nuestro blog era un lugar de reclutamiento de pedófilos.
Es justo agradecerle el favor. Sí, el favor, porque lo único que consiguió es que tuviéramos más de veinte mil visitas en dos días. De esas visitas, quedaron varios lectores nuevos que nos siguen, y a los que les agradecemos que nos visiten y se interesen por la historia de nuestra relación.
Como sea, este Ángel de Luz se las ingenió para “hacerse amiga” de la hermana de Lolita en Facebook, y aprovechó para destilar todo el veneno posible.
La hermana de Loli, ni corta ni perezosa, no perdió la oportunidad para darle con un caño, tal como viene haciendo desde hace mucho tiempo. De modo que entre el Ángel, la hermana de Loli y la madre se formó una cadena de mentiras, verdades retorcidas o a medias y mucho, pero mucho veneno.
Nos habíamos planteado, ya hace bastante tiempo, si era conveniente seguir con Intimidades. No porque nos diera vergüenza o porque hubiera algo reprobable. A nuestro juicio en nuestro "rincón guarro" se contaba la misma historia de amor, pero mirada desde otro punto de vista. El del amor físico, la pasión manifestada a través de la sexualidad. Admitimos, no obstante, que la intimidad de la pareja, así como sus fantasías, tiene que quedar circunscripta a la pareja, por más literario que sea el relato.
De manera que esos post van a quedar para nosotros, como un hermoso recuerdo de nuestra pasión desplegada que quizás, en ese momento, necesitaba ser contada.
A todos los que nos leyeron mientras era un espacio público y abierto y disfrutaron de nuestras historias o fantasías “picantes”, les agradecemos sus comentarios y su apoyo.
Al “Ángel” de Luz ¿qué podemos decirle? Quizás que se parece más a uno de esos “Ángeles caídos”, los que por soberbia, envidia e ira, tuvieron que irse del cielo.
A la hermana de Lolita... ¡Qué pena! Tan joven y tan retorcida, tan hipócrita y embrollona, tan de tirar la piedra y esconder la mano y de atacar por la espalda, como los traidores o los inseguros, esos que no pueden estar un minuto solos, porque necesitan que alguien esté apuntalándole una personalidad que se cae a pedazos. De continuar por este camino, creo que se va a llenar de cosas –porque comprando mitiga su angustia existencial–, pero me parece bastante difícil que consiga ni una chispita de felicidad genuina en toda su vida.
Como su amiga Ángel, del Facebook, está condenada a la insatisfacción, a la desdicha, al padecimiento y a no tener la certeza de que el hombre que tiene al lado la ama por lo que es y no por lo que tiene o por lo que busca.
¿Y a la madre de Lolita?
Lo siento por ella. No debe ser agradable cargar con tanta tortura, con tanta mala leche y con tanta patología todos y cada uno de los días de su vida.

El Profesor

PD: El martes, el fin del relato de estos hechos, con lo sucedido en el “espacio psicoanalítico” de Loli.

Foto: Evgeny Janush


viernes 6 de noviembre de 2009

Argumentos

“Y mirá si a vos, que estudiás Ciencias Económicas, cuando seas Ministra de Economía, resulta que te descubren que tuviste un blog pornográfico compartido con un viejo que podría ser tu abuelo, donde escribían todo lo que hacían en la cama. ¿Te imaginás? Imaginate que te llame el presidente a su despacho y te muestre las pruebas... que tuviste un blog donde se escribía pornografía.



”En ese momento, seguro que el presidente va a exigirte que renuncies, y vas a estar en boca de todos, como una... bueno, como una mujer fácil... Y después, ¿a dónde vas a conseguir trabajo?”

(¿¿??)
Argumento esgrimido por la madre de Lolita, en una conversación, con la única finalidad de hacerla sentir culpable.
Si presta usted la debida atención, estimado lector, y conoce el significado de la palabra “falacia” y el concepto de “sofisma”, comprenderá. Se hará la luz para usted.


Respuesta jocosa de Lolita al antedicho argumento:
“¡Jajaj! ¿Y quién le va a dar las pruebas al presidente, en caso de que yo llegue a recibirme, haga carrera en el gobierno y tenga la posibilidad de llegar a ministra de economía, y si se da la situación de que acepte el puesto? ¿Vos? ¡Jajajaj!”

Nueva arremetida con argumento falaz de la señora:
“¿Y cuando te cases con un hombre de tu edad? –porque no creo que quieras casarte con ese viejo que ni hijos va a poder darte, porque los viejos no pueden tener hijos–, imaginate que se entere que tuviste un blog pornográfico en tu adolescencia, y que te acostabas con un viejo... ¿Te imaginás?”

Respuesta sensata de Lolita a su madre:
“Todos los años, mamá, el último día y desde hace varios años, que hago la lista de las cosas por las que me hice tantos problemas y sufrí tanto y, al fin y al cabo, nunca sucedieron”.


El Profesor

PD: Reproducción casi literal de una de los disparatados planteos con que le sale su madre. Si no me creen, pregúntenle a Loli.

miércoles 4 de noviembre de 2009

El famoso video

Con Loli estábamos tranquilos respecto de que lo que podían o no encontrar para grabar el famoso video, en el cual yo supuestamente, la había obligado a arrastrarse en los fangales del sadomasoquismo, del satanismo y del vampirismo.
Al término de la audiencia, Terminator quedó en que le iba a mandar al abogado del padre de Lolita una copia del famoso video, para que pudiera mirar la prueba que habían conseguido y, según ella, el abogado le ofreció conseguir un fiscal que diera inicio a la investigación.
No sé si, como asegura Terminator el abogado se ofreció a colaborar. Creo que, como la mayoría, al principio cayó en el error de creer todas esas locuras que a primera vista parecen congruentes, hasta que aparece la contradicción. Si así fue, ambos lo comprendemos. Aunque antes de tiempo, lo hizo para proteger a su cliente.
El mismo día de la audiencia, a la noche, Loli viajó a Buenos Aires y nos reencontramos luego de casi dos meses y pasamos unos días magníficos, como lo relatamos en algunos post.
Pero mientras tanto... Terminator seguía urdiendo tramas y preparando esa prueba incontrastable que iba a servir para ponerme tras las rejas.
Por otro lado, como la jueza les había sugerido al papá y a la mamá de Lolita que fueran a ver a un terapeuta, pidieron una sesión para el lunes siguiente a su regreso a Córdoba.
Pero me parece que la señora Madre y Argentina no captó la sutileza y decidió que, a esa sesión de terapia, ella iba a ir con Terminator.
Me pregunto: ¿desde cuándo en un problema familiar que se trata en el consultorio de una psicóloga, tiene que estar presente la letrada de una de las partes? Parece que le ofrecieron ir también al abogado del padre de Loli, que debe haber pensado: “No, no, yo paso...”, pero contestó que él en una sesión de terapia no tenía nada que hacer.
¡Por fin un poco de sensatez, caramba!
El caso es que dos días antes de la sesión multitudinaria a la que asistirían Loli, su papá, su mamá y Terminator, el abogado recibió la copia del famoso video que había hecho un “jáker” contratado ad hoc.

Inciso (cito textualmente el mensaje de Loli enviado ese mismo día):
“Vi el famoso video. Es para matarse de risa. ¡Tiene todas las imágenes de Lolita y El Profesor! Inclusive los símbolos de blogger y el cartel de combate la pedofilia. También hay otros tantos archivos que no pudimos abrir pero supongo que son más de lo mismo. Por lo visto son archivos de lectura. Es probable que hayan copiado los post, no sé. ¡Que poco profesional que es esa abogada!”
Fin del inciso.



Esta es parte de la famosa prueba. Sí, como lo ven: una impresión de pantalla. Más archivos de texto donde copiaron/pegaron lo que está escrito en nuestro blog y, creemos, algo de lo que estaba escrito en el de Intimidades.
“Poco profesional” es lo menos que se puede decir de Terminator. Yo le agregaría otros calificativos pero... allá ella con lo que es. Que se arregle.
No voy a hacer una crónica de toda la sesión en el consultorio de la terapeuta de Loli, sería extenso.
Pero sí hay que mencionar que en principio y contra una de las reglas más sagradas de la terapia, llegaron más de tres cuarto de horas tarde.
Cuando entraron, como suelen hacer los mitómanos, dijeron que habían estado esperando en la puerta mucho rato. Loli, que había estado mirando por la ventana, refutó este argumento y entonces Terminator, con su grosería habitual trató de descalificarla con el argumento que ella no era quien para contradecirla.
–Sí, pero usted no estaba en la vereda, porque yo estuve mirando.
Yo, que conozco el lugar, debo agregar que no es tan céntrico ni tan transitado como para confundirse, a las siete y media de la tarde, una persona con otra. A esa hora, más bien, se puede corroborar con precisión si una persona está o no está en la vereda esperando.
De esta sesión, para no hacerla larga, debo mencionar:
a) El valor, la firmeza y el tesón de Loli, que se comportó como una mujer y no como la niña boba que su madre y Terminator quieren que parezca.
b) La actitud del papá de Lolita, que fue consecuente con lo que piensa y cree acerca de la situación, de su hija y de mí.
c) La firmeza de la terapeuta, que por lo menos en dos oportunidades le paró las patas a Terminator, porque se estaba pasando de la raya.
d) La incongruencia, la confusión, la soberbia y el empeño en “aleccionar” a su hija y tomarse venganza de su ex esposo, de la Señora Madre y Argentina.
e) La incapacidad total para conciliar partes enfrentadas, el uso de “golpes bajos” y argucias sin fundamentos, el desconocimiento de las leyes, la vulgaridad y la franca grosería de Terminator.
Cuando la sesión terminó, casi a las nueve y media de la noche, y a instancias de la terapeuta, Lolita y su mamá quedaron en hacer una sesión de terapia juntas, a fin de ver si podían conciliar puntos en común.
Posiblemente esta iniciativa de la psicóloga haya sido consecuencia de lo que manifestó el papá de Loli en cierto momento:
–Mirá –le dijo a su ex esposa–. Vos decís que querés proteger a tu hija, que querés acercarte y no podés porque ella se niega. ¿Verdad? Pues bien, si seguís haciendo todo esto, cada vez vas a tener menos posibilidades. Decís que querés acercarte, pero con las cosas que hacés, la espantás.
Terminada la sesión, entonces, salieron a la calle, dejando atrás a una profesional de la psicología agotada y quizás estupefacta por lo que había presenciado y escuchado.
Ya en la vereda, Terminator, muy suelta de cuerpo y haciendo como que “acá no ha pasado nada”, dijo:
–Bueno, bueno... conciliemos... Hay que mirar para adelante. Hay que dejar el pasado atrás. A ver, madre e hija... acérquense, dense un beso y un abrazo.
Claro, el viejo truco de “lo pasado pisado”. No revisar la historia. No mirar en qué lugar del camino metimos la pata para ver cómo subsanamos nuestro error. No pedir disculpas. Esconder la basura debajo de la alfombra.
La clásica actitud que lleva a las patologías de las familias disfuncionales: miremos hacia el futuro con optimismo... mientras el pasado vuelve a brotar, una y otra vez, bajo el aspecto de dolores cada vez más punzantes, heridas no cicatrizadas, rencores que cada vez se estancan más y anhelos de revancha y venganza que, por lo general, conducen a la tragedia.
Lolita, mujer sensible como es, abrazó a su madre y sintió congoja. Consecuente como es, ante la congoja, se puso a llorar.
Pero no lloró por culpa. No. Ni lo piensen.
Lloró por lástima –ese sentimiento espurio, mezcla de pena y repulsión–, por esa sensación extraña y desasosegante que le provoca la actitud soberbia, arrogante, empecinada y cruel de la mujer que le dio la vida.
La comprendo porque yo, de haber tenido que pasar por la misma situación respecto de mi madre –ante la madre el hijo apenas si tiene defensas–, hubiera hecho lo mismo.
Pocos días, la mamá de Loli se las ingenió para hacerla pasar otra vez, por el dolor de una nueva decepción.

Pero esa, igual que la explicación de cómo hizo Terminator para poder conseguir entrar a Intimidades... es otra historia.


El Profesor


PD: Por supuesto, la sesión multitudinaria la pagó el padre de Loli. Porque la mamá ni siquiera amagó a meter la mano en la cartera, que seguía apretando contra su pecho, como si alguno de los presentes tuviera intenciones de arrebatársela. Y es que la mezquindad también se puede leer en lo gestual.

sábado 31 de octubre de 2009

Poncio Pilatos


–¡Pero QUÉ TERRIBLE! –dijo la Señora Jueza, los cinco dedos de la mano derecha abiertos en abanico, apoyados en la mejilla–. ¿Una adolescente con un hombre de cin-cuen-ta-y-ocho-años?
–¡Y eso no es todo, señora Jueza! –Terminator no iba a perderse la oportunidad de echar más leña al fuego, ahora que creía que tenía a la jueza de su lado.
–¡Pero si podría ser su padre! –exclamó la Señora Jueza, elevando en unos decibeles el tono de voz y en varios puntos el nivel del “escandalete”, bastante impropio para un magistrado de la
Nación–. ¡Qué digo su padre! ¡Podría ser su abuelo! –agregó, haciéndose abanico con el papelito del machete que le habían preparado, como si le hubieran subido los calores por el sofoco.
–¡Y eso no es todo, Su Señoría! –insistió Terminator que se salía de la vaina.
–¿Ah, no?
–No, no, no... –intervino la madre de Lolita.
Se encorvó un poquito más de lo que ya está habitualmente, pegó los brazos a los costados, dirigió los antebrazos hacia delante, las palmas hacia adentro, en su posición corporal favorita para “aleccionar” a todo aquel que no piense como ella, y agregó:
–Tenemos pruebas que, además, corrompió a mi hija en Internet.
No sé qué hizo el papá de Loli, pero el abogado debe haber tragado saliva gruesa, preguntándose qué nueva sorpresa le deparaba ese caso.
–¿Y cómo es eso?
–Sí, sí... Yo le explico –dijo la madre de Lolita–. Es así, ¿entiende? Puso fotos de mi hija desnuda y cometiendo actos obscenos en Internet.
–¡Ahhh! –exclamó la señora Jueza, como un inquisidor ante la presencia de un súcubo o un íncubo–. ¡Pero eso que dice es muy grave! Y, señora... ¿tienen pruebas?
–No todavía, pero sabemos que es en páginas de pedofilia, de satanismo, de sadomasoquismo y hasta de vampirismo
Terminator le quitó a su clienta el protagónico de un plumazo, porque la estrella tenía que ser ella. Quizás debajo de su cabello rubio giraban como danzarinas de ballet, ideas acerca de futuros honorarios.
–¿No las tienen acá? –quiso saber Su Señoría, entrecerrando sus ojitos, como evaluando la situación.
–No aún. Las estamos preparando –parece que Terminator nunca se enteró que “preconstituir prueba” es causal de juicio y hasta de presentación ante el tribunal de ética del Colegio de Abogados–. Hemos contratado a un jáquer –pronunciado así, a la cordobesa–, que está preparando un video sobre esas páginas. ¡Usted no se imagina lo que hemos encontrado!
–No quiero ni pensarlo, doctora –comentó la jueza, que quizás hasta disfrutaba un poquito de todo el chusmerío–. Y digo yo, ¿cómo se enteraron de esos lugares de Internet donde la menor sale desnuda y en actitudes obscenas? ¿Contrataron un "hacker"?
(Traducido al castellano básico, Su Señoría les estaba preguntando: "¿Contrataron a un delincuente para buscar pruebas?")
–Miles de llamadas de mujeres, de madres de familia al teléfono de la señora... –aseguró Terminator, con el mayor descaro.
Miles de llamadas, sí, Señora Jueza –enfatizó la madre de Lolita–. He recibido miles de llamadas de mujeres que, como yo son madres preocupadas por sus hijas que me dijeron adónde tenía que buscar...

Dejemos el texto en suspenso por unas líneas, porque cabe un paréntesis, para hacernos algunas preguntas.
a) ¿Cómo se enteraron esas “miles de madres” –ojo, que “miles” son muchas madres–, que Lolita y El Profesor, unos simples seudónimos, eran Fulana de Tal y Mengano de Cual, o sea, nosotros dos. ¿En qué lugar de nuestro blog está el nombre real de ambos?
b) ¿Cómo hicieron esas “miles de señoras” para entrar en nuestra página sin que quedaran registradas las visitas? ¿Entraron todas en tropel en aquellos dos días que por presumible denuncia anónima de cierto “Ángel” en un canal de televisión amarillista tuvimos casi veinte mil visitas en dos días? ¿Pueden ser tan chusmas las Honorables Señoras de Principios Morales?
c) Curioso... Siendo tan honorables y solidarias ¿ninguna de ellas se identificó con nombre, apellido, número de teléfono, domicilio y número de documento, como debería hacer cualquier ciudadano que presente una denuncia? ¿O es que la madre de Lolita, en la exaltación que le producía esa inesperada ayuda solidaria, se olvidó de tomar nota?
d) Pero lo más extraño de esta situación, es que esos miles de mujeres parecen haber sido tocadas por el mismo fenómeno parapsicológico de precognición. ¿Por qué? Muy simple: porque si cualquiera de los lectores supiera que la madre de Lolita se llama Zutana de Tal, y que vive en Córdoba ciudad, –en un barrio cuyo nombre es el del general manco que combatió en Vilcapugio y Ayohuma y que durante las guerras civiles argentinas derrotó al riojano Quiroga en La Tablada y Oncativo–, lo primero que haría es ir a la guía de teléfono a buscar ese número que empieza con 0351 451 XXXX.
Pero entonces, estimados lectores de este blog, se llevaría una sorpresa: el número de la señora Zutana de Tal, y su dirección, no figuran en guía. ¿Por qué? Quizás porque la patología de esta Abnegada Madre incluye, entre otros síntomas que son casi de manual, la paranoia. Sí, la mamá de Lolita, si no lo es, se comporta como una esquizofrénica paranoide con delirio de persecución. De manera que quizás eligió la opción del “Número Privado”, que no figura en guía. Quizás no, y fue producto de la "casualidad" que su número no figura en la guía (debo aclarar que descreo de las casualidades).
Alguien podría argumentar que, en ese caso, la llamaron a su teléfono celular. Y hete aquí que otra vez nos preguntamos, ¿y cómo hicieron para conseguirlo?
Conclusión: estamos ante el caso más sorprendente de precognición multitudinaria o de comunicación boca-a-boca de miles de mujeres solidarias que, comprendiendo el sufrimiento de una Madre y Argentina, cuya hija le salió descarriada desde el vamos y tuvo la mala suerte de cruzarse en el camino de un pervertido –ese vengo a ser
yo–, fueron haciéndose la pasadita del número de teléfono y se pusieron a mover los deditos en el teclado a velocidad subsónica, para contarle que... ¡teníamos un blog!
Fin del inciso.

–Pero eso que me cuentan es muy grave... –susurró la Señora Jueza, sibilante como una cobra africana a punto de atacar.
–Por eso es que queremos aportar en la causa... –empezó a decir Terminator, pero Su Señoría la paró en seco.
–No, no, no... Esto no corresponde a un Tribunal de Familia, es mucho más grave. Esto tiene que denunciarse en un juzgado en lo criminal... Aquí tiene que intervenir el fuero Penal.
–¡Eso mismo era lo que pensábamos nosotras! –acotó, exultante, Terminator, que ya me imaginaba tras las rejas.
–¡Sí, hay que denunciarlo y que lo arresten! –intervino la madre de Lolita, que parece que mira demasiadas series policiales.
–Y... por cierto... la menor... ¿cuántos años tiene? –preguntó la Señora Jueza, después de echar una ojeada tras otra al papelito que tenía como “ayuda memoria” en el cual no debía aparecer el dato.
–Dieciocho años, Su Señoría –dijo el abogado del padre de Lolita.
–¡Ah, claro, claro! ¡Sí! Como se los acabo de decir: tienen que recurrir a la justicia Penal y hacer la denuncia allí.
–Pero... en este acto... en la causa... –balbuceó Terminator, que empezaba a darse cuenta que la Señora Jueza no iba por el camino que esperaba y que parecía que se estaba abriendo de piernas como la mejor.
–El Juzgado A Mi Cargo –¿por qué será que cuando uno escucha hablar a una Magistrado, se imagina que siempre pronuncia con capitulares?–, no encuentra razón alguna para continuar con estos actuados –sentenció, de un plumazo.
–Pero... pero... pe... –la madre de Lolita miró a Terminator. Ambas miraron a la Señora Jueza, quien dirigó su vista hacia el padre de Lolita y su abogado, rehuyéndoles la mirada.
–Creo que usted estará de acuerdo conmigo, ¿verdad, doctor?
–¿En no judicializar esta homologación con su correspondiente Incidente de Tenencia?
–Ajá...
–Totalmente de acuerdo, Su Señoría.
La verdad es que nadie me contó qué cara pusieron Terminator y su Abnegada Clienta, Madre y Argentina. Pero me imagino que no debe haber sido grata de contemplar.
La Señora Jueza, su principal aliada, madre como ellas –quizás abuela ya–, mujer de leyes y de Principios Morales, estaba haciendo lo mismo que aquel prefecto romano, enviado como procurador a la provincia de Judea por Tiberio César, y que pasó a la historia por el cuestionable privilegio de haber sido quien tuvo que dar a elegir condenar al ladrón y criminal Barrabás, o a Jesús El Nazareno.



¡Su Señoría se estaba lavando las manos como dicen que hizo Poncio Pilatos!

Y acá cabe hacer el último paréntesis para preguntarnos lo siguiente: la ley dice que cualquier ciudadano que presencie un hecho delictivo, no sólo tiene el derecho sino el deber de denunciarlo a la justicia y, si estuviere en riesgo la vida de una o más personas, incluido personal policial, la ley lo faculta a obrar como “auxiliar de la justicia” (Sí, Terminator, sí. Y si nunca se lo enseñaron, vaya y agarre los libros, que no muerden), incluyendo esta figura, el uso de la fuerza. La justicia, una vez que toma conocimiento del hecho delictivo, acciona de oficio. Es decir: hace su trabajo.
Ahora bien: si la Señora Jueza, Magistrado del Poder Judicial de la Nación, con toda la potestad que le otorga su cargo y ante el hecho de tomar conocimiento de un delito como es el de “corrupción, perversión, etcétera, etcétera”, no hizo nada, ¿será que no conoce las atribuciones de su cargo?
¿No será que, más allá de su inclinación por el cotilleo, Su Señoría sabía que la pretensión de Terminator y la madre de Lolita no tiene ningún sustento jurídico?
Porque, de no ser así (tome nota, Terminator, y vaya a cursar Procesal Penal de nuevo que por lo que parece no aprendió nada), la Señora Jueza podría haber cerrado esos actuados, y haber dado curso de oficio, a la justicia en lo Penal.
Pero no, se lavó las manitos como Don Pilato.
Fin del paréntesis.

–Bueno, bueno... puesto que este Juzgado cierra estos actuados, yo les recomiendo al papá y a la mamá de la joven que busquen un punto de encuentro y consulten a un psicólogo –agregó Su Señoría–. Quizás podrían usar el de la señora Licenciada que ya atiende a su hija.
–Pero, Su Señoría, nosotras... la prueba... –Terminator intentó un nuevo y débil amague de seguirla y seguirla.
–Y ahora, si me disculpan, tengo otra audiencia que me está esperando... Sabrán comprender, ¿eh? –dijo, para cortarla de una
vez–. Doctor, doctora... –saludó a los abogados y luego le tendió la mano al padre de Lolita y luego a la madre–. Les deseo mucha suerte...
Y se fue, y los dejó a todos de una pieza.
¿No es un ejemplo de prudencia, sensatez, paciencia, criterio y conocimiento el de algunos magistrados de los tribunales del Menor y la Familia?
Así terminó esta historia que había empezado casi un año antes, la noche de pesadilla del 11 de diciembre, cuando la madre de Lolita, que quiere tanto a su hija, en su afán de protegerla, intentó encerrarla en un instituto para menores, para que le sirviera de lección y que aprendiera que hay cosas que las nenas buenas no hacen.
¿No es un modelo de mujer argentina, de madre abnegada, de persona de bien, de ser humano digno y guiado por los más puros deseos hacia la hija a quien ella le dio la vida?
Claro que, si ustedes creen que esta historia de furia bellicae termina acá, están muy equivocados.
Luego que tome un respiro, continuamos con el próximo episodio.

El Profesor



viernes 30 de octubre de 2009

Corpus delictii

Hizo su entrada la Señora Jueza, decía. Sesentona, ella. Autosuficiente. Con esa altivez que da la Serenidad de la Justicia y el Poder.
–Bueno... a ver... las partes... Señora –dijo, dirigiéndose a la mamá de Loli–. ¿Usted está objetando y pidiendo la tenencia de su hija? –preguntó, haciendo gala de un desconocimiento absoluto de la causa.
Tenía en la mano un papelito que miraba una y otra vez, como alumno que se está “macheteando” en un examen.
¡NO! –exclamó la Señora de Valores Morales.
Claro que no. ¡Qué va!
La tenencia implica una considerable cantidad de deberes y obligaciones, entre ellas las alimentarias, que significan erogaciones de dinero. Y la madre de Loli puede ser psicótica, pero eso no implica ser idiota.
–¿Entonces?
Entonces empezó una discusión bizantina que la Señora Jueza se limitó a presenciar sin decir ni una palabra.
Como era de esperarse, Terminator llevaba la voz cantante, tan insustancial y falta de fundamento, lógica y propósito como la de su cliente. Pero es que el caso no era hacer justicia, sino “aleccionar”, como pretendía su clienta.
–Lo que mi clienta pretende, Señora Jueza –intervino, presta, Terminator–, es que el padre de la menor...
La Señora Jueza consultó el papelito.
–... tenga más control sobre su hija. ¡Imagínese!
–Mjm... –dijo la Señora Jueza, mirando al papá de Loli y a su abogado y a la mamá de Loli y a Terminator.
–¡Una niña que tiene una relación con un viejo! –exclamó Terminator, como si estuviera interpretando el protagónico de Caballería Rusticana, con toda la carga de dramatismo de la pieza de Mascagni.
–A ver... ¿cómo es eso?
Y es en este punto, estimados lectores, en el cual nos preguntamos: ¿leyó la Señora Jueza el expediente? ¿Se interiorizó acerca de la situación y de la posición de las partes? ¿O es que la Señora Jueza necesitaba del machete que le habían preparado para no pasar vergüenza? ¿Por qué, sin tener idea de qué iba la cosa, rechazó el testimonio de Lolita como se lo anticiparon al abogado del padre?
–Tenemos pruebas, Señora Jueza, que el padre de la menor (¡Y dale con “la menor”) no sólo que no se opone, sino que favorece, como cómplice, la relación anormal entre la menor y un-vie-jo-de-cin-cuen-ta-y-ocho-años –silabeó, para darle más énfasis a su acusación, como si en vez de patrocinante de un particular, fuera miembro de la fiscalía.
–¡Pero qué barbaridaddddddddd! –exclamó la Señora Jueza–. ¿Una relación con un hombre de cincuenta y ocho añossss? –dijo, llevándose la mano a las mejillas, como una buena señora gorda que se asoma por la ventana y chusmea con la vecina acerca de lo ligera de cascos que es la hija de la cuñada de la vecina del otro lado.
Claro que la Señora Jueza, pese a su disgusto, ni siquiera dirigió la vista hacia el papá de Loli y su abogado.
–¡Sí! ¡Tenemos pruebas de cómo ese hombre ha corrompido a mi hija! –dijo la madre de Loli, con ese tono melodramático y falaz que le sale como si lo hubiese aprendido a interpretar en el Actor´s Studio, con Lee Strasberg.
–Vea usted, Su Señoría –dijo Terminator, recibiendo con una mano un fajo de copias fotográficas que le entregaba la mamá de Lolita, y ofreciéndoselas a la Señora Jueza con la otra.
Entonces empezó a mostrarle fotos en las cuales el papá de Loli y yo aparecemos sonrientes, en el momento en el cual le entrego –el día que Loli votó por primera vez–, unas películas en DVD que me había pedido que le consiguiera en Buenos Aires, porque en Córdoba era imposible. Otra en la cual estoy al lado de la parrilla, esa mañana del 28 de junio. Una tercera en la que estamos almorzando un pantagruélico asado, compartiendo el pan y el vino en amigable compañía.
–Ajá... –dijo la Señora Jueza, echando una ojeada a la primer foto.
–¡Y mire ésta! –dijo, mostrándole la foto del puente que estaba cargada en la computadora de Loli como “Nuestra noche romántica”.


–Vea, vea, admiten que tuvieron una noche romántica... en ese puente, ¡en el Parque Sarmiento! ¡En esta ciudad!
–¡Oh! –exclamó la jueza, cuya mano fue de la mejilla al escote, donde desplegó sus dedos en abanico, en ese gesto tan característico de las “señoras gordas”.
–¡Y vea esta! ¡Estaban en Villa General Belgrano los dos, en una posada!



Dijo Terminator, mostrándole una foto del pequeño centro comercial de Villa General Belgrano, donde pasamos unos gélidos días de este invierno. ¡Vaya prueba!
–¡Admiten haber estado en una habitación juntos! –rugió Terminator, como si estuviese imbuida del espíritu de Saint-Just en el momento de hacer la acusación contra Danton, para mandarlo a la guillotina.
Como un malabarista, Terminator empezó a mostrarle en rápida sucesión, una serie de fotos que hasta ese momento sólo eran propiedad de Loli y mías, y que sólo estaban en su computadora, y en la mía.
Y acá quiero hacer un paréntesis, para hacerme algunas preguntas:
¿Cómo hizo la madre de Loli para enterarse que existían esas fotografías?
¿Cómo hizo para tenerlas en su poder, en copias fotográficas de 10 x 15 centímetros, si se suponía que sólo estaban en mi computadora y la de Loli?
¿Se encargó de buscar lo que para ella constituía el “corpus delictii” mientras Loli y su papá estaban de viaje por Europa?
Todas preguntas simples que, como decía el viejo Marco Aurelio, remiten a lo esencial.
Porque en medio de tamaño despliplume, la gente tiende a perderse y a olvidar qué es lo esencial, para regodearse en lo accesorio.
–¡Es-un-ho-rror-se-ñora! –enfatizó la Señora Jueza.
Y todos quedaron pendientes de su dictamen.
Porque los jueces no deben emitir opiniones. “El juez habla por sus sentencias”, dice un viejo adagio jurídico... que hoy parece haber entrado en desuetudo.
Terminator y su clienta, babeaban de gusto, anticipando la estocada final, la que haría revolcar por el suelo y el escarnio al papá de Loli y, con suerte, me llevaría tras las rejas.
Claro que... no estaba todo dicho.


La pregunta que queda sin respuesta es: ¿cómo hizo la madre de Lolita, que no tuvo acceso a la casa, para conseguir esas fotos? ¿Las hurtó? Y si las hurtó, ¿cómo hizo? Y si es un hurto, ¿no es un delito? Pero si no podía entrar a la casa, ¿cómo las consiguió? ¿Tuvo un cómplice? Y en el caso de haberlo tenido... ¿quién fue?
(Continuará)

El Profesor

jueves 29 de octubre de 2009

Terminator

Después de leer los comentarios que dejaron nuestros lectores en los post de los últimos días debo decir en principio, y para que quede bien en claro, que Loli ya no es una adolescente y con el voto ha adquirido varios derechos que son principios constitucionales, reglamentados por las leyes de la Nación. En breve, con la sanción de la nueva ley, será mayor de edad en todo sentido y con todos los derechos y deberes que ello implica.
Ella lo sabe, su papá lo sabe, cualquier persona que tenga un mínimo de sentido común lo sabe y yo lo sé.
Quienes parecen no saberlo y se empecinan en hacerla aparecer como una pobre niña confundida, enferma, insegura, con baja autoestima, por momentos introvertida y un segundo después irascible, pervertida y, fundamentalmente, bajo la influencia nefasta de las malas compañías, son su madre, su hermana mayor y, ahora una nueva integrante de este elenco: Terminator, la abogada de la madre.
Debo aclarar que cuando hago mención de las “malas compañías”, me estoy refiriendo a mí de manera exclusiva. Yo, El Profesor, soy al mismo tiempo el abanderado, los escoltas y todos los que desfilan en el bando de las malas compañías.
Yo, “ese viejo” –así me llaman estas respetables señoras de buena familia–, en opinión de ellas, me he dedicado a corromperla sistemáticamente, para conseguir fines inconfesables que, según los últimos acontecimientos, tenían que ver con el proxenetismo informático.
“¿Qué dice Profe? ¿Enloqueció?”, quizás se estarán preguntando algunos de quienes nos leen, ¿me equivoco?
Pues no tanto, ya que parece haber una nueva tipificación delictiva, un híbrido que une la actividad del proxeneta (o chulo o rufián) con la informática, que es el medio a través del cual el corruptor –esto es, mi persona–, practicaría esta detestable actividad, mostrándole a todos los miembros de la comunidad blogger, fotos ho-rri-bles de Lolita en prácticas sexuales aborrecibles entre las que, según las aseveraciones de la madre de Loli y su abogada, también debería incluirse la pedofilia, el sadomasoquismo, el vampirismo (¿¿??) y el satanismo.
¡A la pelotita! ¿Nada más? ¿No quieren que también me declare culpable de haber sido el verdadero magnicida de JFK?
Como sea, y aunque parezca disparatado, la madre de Lolita y su letrada patrocinante, al regreso del viaje por Europa, cargaron sus armas para disparar con munición gruesa y se hicieron presentes en la audiencia de conciliación que había sido fijada para el pasado 7 de octubre.
Algo empezó a oler mal en Dinamarca cuando el abogado del padre de Lolita le comunicó que la jueza del tribunal de familia no quería recibir su testimonio, pese a ser la víctima o la inculpada (según de qué lado se vea y en qué momento).
De manera que allá fue el papá solo, a enfrentarse con La Abnegada y Doliente Madre y su abogada, lo más parecido a Terminator, pero en versión mujer y más o menos tan desencaminada mental como su cliente, al punto de que cuando habla, imbuida de ese mesianismo propio de los que se creen dueños de La Verdad, parece que echa fuego por los ojos.


Bueh, en realidad es más parecida a Schwarzenegger, cuadrada, pero no tan musculosa, sino más bien entradita en carnes (gorda, que le dicen), bastante guaranga y, a fuer de lo que ocurriría después, en apariencia bien ignorante no sólo de las leyes de la Nación, sino también en temas básicos como lo es, por ejemplo, la forma de expresarse en forma escrita en lengua castellana.
Tuve oportunidad de leer el escrito que presentó en su momento, y la Terminator de pelo rubio (me juego a que no es natural, sino teñido), por ejemplo, parece ignorar que las comas deben disponerse a continuación de una palabra, dejando un espacio y a continuación la palabra siguiente.
Debo decir que esto me llamó la atención ya en el segundo renglón del escrito y me dije: “Bueh, será un error de tipeo”
¡Las petunias!
Todo el escrito está así. De modo que debo suponer que esta leguleya, que se hace llamar doctora sin serlo (no creo que haya cursado su doctorado), no tiene idea de cómo se dispone un texto. Y resalto lo de las comas, porque es lo más burdo de todo el escrito. Del resto, mejor no hablemos. Llevaría dos post enteros hacer un análisis pormenorizado de la forma en que escribe.
Y tiene importancia este detalle, vaya si la tiene. Y no sólo por aquello que “como eres, escribes” o “haces lo que eres”. Lo que no comprendo cómo un profesor de la facultad pudo aprobarle exámenes escritos a alguien que no tiene la menor idea de las reglas gramaticales, ortográficas, de acentuación, de uso de signos y de puntuación, toda vez que en la práctica del derecho, un punto o una coma mal puestos en el texto, por ejemplo, pueden hacer decir a alguien que está haciendo su declaración indagatoria, lo que no quiso decir, y le puede costar muy caro. Un punto fuera de lugar, puede dar lugar a anular un testimonio.
Bueno, dejando de lado estos detalles (pese a la relevancia que tiene) hete aquí que se encontraban, en el pasillo de la entrada del juzgado, el papá de Lolita y su abogado, cuando se hizo presente la mamá de Lolita –con su actitud gestual corporal habitual, algo encorvada y apretando su cartera junto al pecho, como si cualquier persona que pasara a su lado tuviera intenciones de robársela, o como escondiendo las miserias y dolores de su corazón detrás del cuero–, acompañada de Terminator, su letrada leguleya.
Después de los cruces de saludos de rigor, todo más tirante que tiento de apero y tan incómodo como saludar a los deudos en velorio equivocado, se dispusieron a esperar que pasara la media hora de tolerancia, y apareciera Su Señoría, La Jueza.
Pero no. La jueza no apareció. Mejor dicho, sí apareció, pero al rato, como dos horas y media después.
Señoras y señores, parientes, amigos y vecinos y honorables lectores de nuestro humilde blog, la Señora Jueza se dignó atender a los litigantes después de tenerlos juntando orín e incomodidad durante todo ese tiempo.
¿Qué pasó entonces?
¡Cha Cha Cha Channnn!
Lea el próximo capítulo de esta historia mañana, sintonizando este mismo canal.


El Profesor
PD: A Usted, señora, Madre y Argentina, Usted que es La Dueña De La Verdad y la Defensora de la Moral y las Buenas Costumbres. Usted, que cree ser el ejemplo De Todas Las Madres. Usted que se desgarra las vestiduras y se empeña en "aleccionar". A usted, que tiene el alma tan negra y es capaz de las vilezas más ruines con tal de salirse con la suya... le sugiero que no lea, porque no le va a gustar y a lo mejor después de leer, hasta se siente mal, ¿eh? Después no diga que no le avisé. El que avisa no es traidor, dicen por ahí.

lunes 26 de octubre de 2009

Llamadas perdidas

Desde hace ya bastante tiempo, más precisamente desde que nuestro blog comenzó a ser más visitado por todo tipo de personas con sus diversas opiniones, con el Profe hemos tenido que enfrentarnos a un problema constante: los anónimos, esos seres despreciables que ocultan su nombre y su identidad para hacer todo tipo de maldades y dar a conocer su lado más perverso desde el anonimato, desde la sombra, de a traición, como sólo lo hacen los pobres de espíritu y los cobardes.
Para hacer un intento de clasificarlos, estos sujetos repugnantes se dividen en dos categorías básicas: los únicos –los que fastidian una vez y desisten–, y los reiterativos. Éstos últimos son como los parásitos. A veces da la impresión que es imposible sacárselos de encima.
Buscan, una y otra vez, las mil y un maneras de perturbar la paz, la armonía y la felicidad de los demás. En este caso, del Profe y mía.
Ocurre que, en nuestro caso, hay un anónimo en especial, que por lo visto disfruta de mucho tiempo libre, y que lo dedica a joderle la vida de los demás y a usar ese aparato del que se sirve para sus juegos perversos: el teléfono. Me imagino que, además de tiempo libre, debe tener un montón de plata para gastar.
No me parece mala idea si le recomiendo que en todo ese tiempo de ocio busque hacer un curso de tejido al crochet, de porcelana fría, de tarjetería española, de kinesiología tántrica o se dedique a escribir el Manual del Obsesivo-Compulsivo Acosador Anónimo y lo publique. Tal vez hasta gane dinero y todo, tal como están las cosas.
Como está relatado en el archivo de agosto, en el post “Será Justicia”, esta persona se dedicaba a perturbarle la vida al Profe, hasta que hizo la denuncia. Sin embargo, no conforme con eso, ahora ha cambiado de objetivo y demasiado seguido para mi gusto y paciencia, realiza reiteradas llamadas a mi teléfono móvil. ¿Para qué? Para escuchar si alguien atiende.
Como suelo atender el teléfono, sin abrir la bocota ni para decir una estupidez (no creo que alguien así pueda decir otra cosa que estupideces), escucha y corta. Así, sin más. Por el simple hecho de molestar, claro.
La pregunta es: ¿Qué utilidad le reporta a alguien mantenerse oculto para llevar a cabo sus actos más viles? ¿Por qué no da la cara? ¿Es acaso el miedo el que impide mostrarse?
Se ve que no se acerca a un consultorio de psiquiatra ni a mil metros a la redonda, porque cuando descubra el grado de psicopatía que padece, es posible que se suicide. Si lo hace, que haga el favor de no salpicar.
Hace tiempo que el Profe y yo venimos peleando en varios frentes con personas que sólo han intentado en vano boicotear nuestra relación de mil y un maneras diferentes (¡Hay que ver el ingenio que despliegan!) para quitarnos la felicidad que hemos cultivado en estos dos años.
El Profe opina que los mueve la envidia, el peor de los pecados capitales. Estoy de acuerdo. Han llegado a pretender probar que un blog como este sea prueba irrefutable en un juzgado, con la alocada pretensión de que el Profe –en la concepción y pensamiento de esas mentes afiebradas y alocadas (¡mujeres tenían que ser!)–, debería ser juzgado por pedófilo y corruptor de menores, y quede tras las rejas con una condena de cadena perpetua, a pan y agua.
Yo, según esas “señoras decentes, de moral intachable y valores sin mácula, debería quedar internada en un instituto de menores, en el pabellón especial destinado a las Lolitas pervertidas y desobedientes.
Como decía, este grupo de mujeres, con anónimos involucrados y con otros no tan anónimos –perfectamente identificables, del tipo hipócrita que muestra una fachada de respetabilidad que no se condice con su vida privada y que tienen la desagradable costumbre de clavar el puñal por detrás cuando uno se encuentra distraído–, se ha confabulado y ha hecho todo lo posible por arruinar nuestra pacífica existencia. Se han servido de la más absoluta desfachatez, la mentira, la maldad, la maledicencia, la agresividad y hasta de la violación de la privacidad acompañada de hurto, para llevar a cabo sus macabros planes y con las peores intenciones.

Urdieron sus tramas, como las alimañas, y usaron cuanto recurso les viniera como anillo al dedo para desplegar su rencor, su despecho y sus frustraciones: el Facebook, los correos electrónicos y las llamadas anónimas, de las cuales, la mayoría, son llamadas perdidas.
Me digo que debe ser una patología bastante generalizada, si hicieron una película (Missed call). Y, la verdad, el afiche es lo más aproximado a cómo me imagino a esa loca de atar que debe padecer de incontinencia dáctil.
En un próximo post, en estos días, el Profe con su paciencia y su manera de ordenar las cosas, se encargará de relatar la historia completa, para que nuestros queridos lectores se pongan al corriente.
Eso sí, tengo que decirlo: ¡Ufa! ¡Me tienen harta las llamadas perdidas!

Lolita

sábado 24 de octubre de 2009

El niño interior

–Papi…
–¿Qué, Princesita?
–¿Sabés cuál es una de las cosas que más me gustan de vos?
–¿Cuál, mi vida?
–Que sos tan divertido, gracioso, ocurrente, ingenioso… siempre tenés preparada la frasecita vivaracha, que jugás con doble sentido, que te salen un chistecito, una sutileza o la ironía en el momento justo... El juego de palabras y la rima que hace que lo que decís resulte sumamente divertido. Además sabés reírte de vos mismo ¡y hasta ridiculizarte en extremo! (Para los que no lo hayan leído, recomiendo el post “Un tropezón no es caída”, publicado el 9 de marzo) Pero no sólo eso: además sos un poquito desvergonzado, con esa creatividad atrevida en algunas de tus expresiones y... ¡también tenés momentos en que no te da vergüenza hacer payasadas!
El Profe sonrió y me acarició la cara.
–¡A veces hasta parecés un chico!
–¿Sabés qué pasa, Loli? Tal vez soy así porque aún tengo vivo a mi niño interior, ese chico que alguna vez fui, ése que todos traemos en nuestro ser desde que nacemos. Es ese niño al que le gusta jugar, reírse, encontrar el lado gracioso de las cosas y disfrutar de los momentos simples.
–¿Y si todos lo traen, por qué hay tanta gente amargada? ¿Por qué hay personas con escaso, bah, casi nulo, sentido del humor? ¿Por qué la gente despliega toda esa soberbia? ¿Por qué hay tanta culpa, maldad y malas intenciones sueltas caminando por ahí? ¡Eso no es propio de los niños! –Le pregunté.
–Quizás porque se olvidaron que el niño permanece dentro de uno, pero con el tiempo se olvidaron de escucharlo y consentirlo. También puede ser porque cuando fueron chicos, los adultos de su entorno se encargaron de dañárselo. ¿Entendés?
–Sí, Papi... ¡Pero eso es muy triste! A veces creo que la gran mayoría de la gente se ha olvidado de sonreír y de estar alegre. Parece que son muy pocos los que se divierten como lo hacemos nosotros.
–Y, la verdad que sí, Loli.
–¿A vos nunca te dañaron tu niño interior, Papi?
–Muchas veces, Princesita. A todos nos dañan alguna vez, pero eso no me impidió salir adelante y curarlo, ayudarlo a que sanara sus heridas. Así es como conseguí conservar este buen humor, esta frescura y esta espontaneidad que a vos tanto te gusta y te divierte.
–Shi...
–Y ¿sabés qué?
–¿Qué?
–Si bien siempre fui así, desde que apareciste vos en mi existencia, este niñito interior ha cobrado más fuerzas y se ha sentido más feliz que nunca antes en su vida.
Lo miré con una sonrisa y una lagrimita de emoción se me escapó de un ojo y rodó por mi mejilla. Después, me acerqué más a él y lo abracé bien fuerte.
¡Qué lindas y tiernas son las personas que llevan vivo su niño interior!


Lolita