lunes, 17 de agosto de 2009

¡Matame, que no me aguanto!

Creo que la culpa, la tenía esta cama. Esa es la cama de la posada en la que estuvimos con Lolita en julio, en Villa General Belgrano, en el viaje anterior.
Nos tocaron días lindos, pero muy fríos y en la Villa, en julio, con frío, y con perspectivas de descansar, el plan básico de las mini-vacaciones era bastante simple y se reducía a:
Despertarnos, la mayor parte de los días abrazados, y con Loli saltándome encima y tratando de sacarme la almohada de las manos.
Cambiarnos para ir a tomar el desayuno. Cafecito, las barritas de cereal de ella, una tostada untada con manteca y mermelada para mí.
Regresar a la habitación para práctica de mimos, caricias, arrumacos y demás actividades propias de amantes.
Volver a cambiarnos, ya que el punto anterior requería sacarse la ropa, y salir a hacer lo que Loli llamaba: “actividades recreativas varias pre-almuerzo”.
A las doce y cuarto en punto, esperar parados en las cercanías de “Tío Rico” a que abrieran las puertas para zamparnos el almuerzo, ya que las “actividades recreativas varias” despertaban el apetito a tal punto, que de sólo mirar las bandejas, se nos hacía agua la boca.
Volver caminando a la posada, haciendo la digestión con la caminata y, al llegar, comprobar que nos esperaba la cama arregladita, lista para que la desarregláramos otra vez.
Y después...
Siesta. Sí. Siesta.
Lo curioso es que tanto Lolita como yo no estamos habituados a la siesta y si la dormimos, nos ocurre lo mismo: nos despertamos desorientados, sin saber si es de día o de noche, adónde estamos ni qué hacemos. Y ambos, con cierto humor... inestable, por llamarlo de alguna manera.
Fue uno de esos días, en una de esas siestas en esa cama, cuando yo me desperté un poco antes que ella, que seguía hecha un bollito, acurrucada en el hueco de mi hombro izquierdo.
Para ver qué pasaba en el mundo, manoteé el comando del televisor y lo encendí.
Estaba en eso de mirar noticias, cuando Loli comenzó a moverse.
–Mgfff... Papiiii...
–¿Qué, Loli?
–¿Qué hora –¡Buaaahhhh!– es?
–Como las cinco, más o menos...
–¡Uh! ¡Tenemos que levantarnos! ¡Es tarde!
–Pará, Loli... despertate tranquila, nadie nos corre.
–¡Sí, Papi! ¡Dale, dale, dale! ¡Hay que levantarse! –dijo, y empezó a moverse en la cama, pero sin salir de debajo de las sábanas–. ¡Apagá el televisor!
–Pero Loli, esperá... tranquila, ¿qué te pasa? Estoy mirando las noticias.
–¡No, Papi! ¡Tenemos que levantarnos ahora! –insitió, manoteando, con los ojitos cerrados, buscando mi mano con el comando–. ¡Dale! ¡Apagalo! ¡Daleeeeee!
–¡Loli! ¡Pará un poco! ¿Qué pasa?
Se soltó de mi abrazo, hizo un puchero y se acurrucó.
–¡Esta cama es un vicio! –dijo, como si estuviera contrariada y me miró–. No sé si salir o quedarme acá, con este frío.
–Loli, en algún momento vamos a tener que salir a cenar...
–¡Es que hace frío! –protestó.
–Sí, nos abrigamos y listo. Pero pará un poco. ¿Qué querés? Recién me manoteabas el comando y querías salir corriendo, ahora no querés levantarte... Ponete de acuerdo.
Y entonces me sorprendió con una de esas salidas que tiene que me dan ganas de comérmela a besos por la espontaneidad y por esa veta de buen humor que pone de manifiesto con esas ocurrencias que no voy a poder olvidar en lo que me quede por vivir.
–¡Agggggghhh! –dijo, llevándose las manos al cuello y mirándome con esos ojitos “chinos” por el sueño–. ¡No sé qué quiero! Pero Papi...
–¿Qué, Loli?
–¡Matame! ¡Ahorcame!
–¿Por qué, mi vida? ¿Qué pasa?
–¡Matame que no me aguanto!

Cuando salimos, dejando la cama toda desarreglada por tercera vez en el día, caía el sol y empezaba a hacer ese frío importante, y con cierto carácter, tan característico de los días de invierno en las sierras.
Llegamos con el tiempo justo, para dar una vueltita por Julio A. Roca y San Martín, antes de salir corriendo para “Tío Rico”, porque estábamos famélicos.

El Profesor

martes, 11 de agosto de 2009

Cuidar el bolsillo


Esa tarde habíamos ido al Shopping a pasear.
Caminábamos por las galerías comerciales tomados de la mano y viendo vidrieras de ropa masculina, ya que el Profe quería comprarse alguna camisa nueva o un pulóver elegante.
Yo sostenía una bolsita de gomitas azucaradas que mi papi me había comprado, sabiendo que me gustaban, con sólo observar cómo brillaban mis ojos cuando pasamos frente al negocio de dulces.
Mirábamos las prendas de las distintas marcas y, hasta el momento, ninguna parecía convencerle. De pronto se quedó mirando un saquito que se exponía delicadamente en una vidriera.
–Mirá Bebi… Ese me gusta. Me gusta ese color azúl porque es el que me queda bien.
–Pero ese tiene botones…

–Si, ya sé. Pero podría probármelo ¿No?
–Pero ya sabés, Papi: Si no te gusta realmente, no lo compres. Es muy caro y no hay que desperdiciar el dinero.
–Si, no te preocupes.
Entremos y en cuando pusimos un pie en el local, se nos acercó un gordito de lentes, sumamente amable y suave para hablar, preguntándonos que era lo que deseábamos mirar.
–Me gustaría ver esos saquitos azules que están en vidriera… –Dijo el Profe.
–Ah, si, esos nos han llegado hace muy poco, son realmente finos. –Explicó el vendedor.
Yo miraba a mi Papi y con la mirada le decía que fuera cauteloso. No sé por qué pero esas casas de ropa tan cara me dan miedo. Los vendedores tienen un entrenamiento especial para vender al cliente aquello que le gustó a primera vista pero que después resulta que nunca usa.
–Aquí está, señor.
El Profe lo tomó, lo miró y empezó a desprender los botones.
–Papi… Tenés que pasar al probador…
–No, me lo pruebo acá mismo, delante de este espejo, no creo que el señor se ofenda, ¿no?
El vendedor río pero no dijo nada. Yo seguí creyendo que lo mejor era probárselo en privado.
Se lo puso y se lo prendió, mientras se miraba al espejo. Observó su imagen reflejada y puso una cara media rara. Luego me preguntó:
–¿Qué te parece?
Esa suele ser una pregunta bastante incómoda, sobre todo si uno tiene al vendedor al frente.
–Y… si a vos te gusta, papi…
–Mmmm… No me convencen mucho estos botones de abuelo, no estoy acostumbrado a los pouloveres así, siempre he usado los de cuello redondo o escote en “v”.
El vendedor, con su acostumbrada amabilidad, interrumpió:
–Pero mire, señor, le queda muy bien de hombros y las mangas le quedan del largo justo.
–¿Me queda bien, Bebi? Yo veo que me queda un poco ajustado acá en la panza…
–Y… digamos que si, que te queda bien… –Y bajé la voz para aclarar, aunque el vendedor escuchó de todos modos–Pero si no te gusta de verdad no lo lleves. Si no te enamora y creés que no lo vas a usar, no lo compres. Ya encontraremos otro que te quede mejor.
–Bueno, está bien.
El Profe se quitó el saco y se lo devolvió.
–¿No se enoja que me lo haya probado?
El vendedor le regaló su mejor sonrisa, aunque vaya uno a saber que estaría pensando.
–No, caballero, para eso estamos.
–Bueno, muchas gracias. Hasta luego.
Una vez que salimos del local, le dije:
–No hay que comprar cosas caras si a uno no le convencen lo suficiente, y más en esta época. El dinero cuesta. A vos te costó ganarlo y no hay que gastarlo en cualquier cosa.
El Profe se detuvo, me abrazó y me dio un beso en los labios. Luego me dijo:
–Gracias, Loli. Gracias por cuidar mi bolsillo.
–De nada, mi amor.
Seguimos caminando y al ratito le dije:
–Papi…
–¿Qué, mi cielo?
–¿No te parece que el vendedor todavía debe estar con ganas de matarme?

Lolita.

martes, 4 de agosto de 2009

Merecido Descanso

–¡Paaaapppiii!!!
–¿Qué, mi Lolis?
–¡Qué contenta estoy! ¡Faltan apenas unas horas para verte de nuevo, mi amor!
–Yo también estoy muy emocionado, mi vida. Después de todo, el tiempo pasó rápido desde la última vez que nos vimos…
–Shi, es cierto. ¡Qué ganas que tengo de abrazarte, cubrirte de besos y disfrutar de esos días de vacaciones con vos!
–Igual yo, Princesita.
–Los dos nos lo merecemos, vos porque trabajaste mucho y yo porque me pasé todo el mes de julio estudiando para las materias… y gracias al esfuerzo y a la constancia, aprobé todo. Creo que es hora de que ambos descansemos y nos divirtamos como cada vez que estamos juntos ¿No te parece?
–Ajaps… Lolis…

–¿Qué?
–¿Llevás la mallita?
–¡Claro! Hace un ratito la acabo de poner en la valija. ¿Vos llevás la tuya, la que te regalé?
–La voy a llevar, pero aún no la puse…
–¡Nos vamos a bañar en una pile de agua calentita!
–¿Y vamos a jugar al tiburón y a la Sirenita?
–¡Ay, Papi! ¡Sos un atorrante! Pero si, vamos a jugar a eso y mucho más…
–Bebi…
–¿Mmm?
–Me voy a hacer el equipaje. En unas horas sale el micro y no quiero andar corriendo a último momento.
–Bueno, mi cielo. Nos vemos mañana. Te voy a estar esperando, como siempre. ¡Esta noche no voy a poder dormir de la emoción!

Lolita

miércoles, 29 de julio de 2009

Día del Amor


–¡Feliz día papi!
–¿Feliz día de qué, mi vida?¿Me perdí de algo?
–Es que hoy es un día muy especial y quería desearte feliz día…
–¿De qué, Loli?
–¡Hoy es el día del Amor!
–¿De verdad?
–Bueno, en realidad todos los días son los días del Amor.
–¿Si?
–Claro, Papi. Desde que te conocí, cada día yo festejo el día del amor.
–¡Qué dulce que sos Mimina!
–Y claro, ¿Cómo no ser dulce luego de conocerte a vos?
–¡Te como a besos, Princesita! ¡Feliz día del amor para vos!

Lolita

lunes, 27 de julio de 2009

Gratitud

Íbamos con el Profe tomados de la mano por la peatonal. Nos dirigíamos al cine a ver una película de estreno, que por los comentarios que habíamos leído en el diario de la mañana, parecía muy buena.
Era un día precioso y soleado.
–Papi…
–¿Si, Bebi?
–¿Querés que después del cine pasemos por el Shopping?
–Bueno, mi amor…
De repente, él se detuvo y me dijo:
–Loli…¿Cuánto falta para que empiece la película?
–Y… todavía tenemos tiempo –Le dije, consultando mi reloj– Faltan como cuarenta minutos. ¿Por qué?
–Quiero que vayamos a visitar a alguien.
–¿Visitar a alguien? ¿A quién?
–¿Me acompañás a visitar al Tata Dios?
En ese momento me di cuenta que se había detenido frente a una iglesia.
–Claro, mi amor. ¿Querés que juntos le agradezcamos todo lo lindo que estamos viviendo?
–Shi. Quiero que ambos, en silencio, le pidamos y le agradezcamos aquello que creamos necesario. ¿Si?
Asentí.
–¿Sabés Loli? En la vida hay que agradecer hasta lo más pequeño que Dios nos da cada día, porque no todos tienen las oportunidades que tenemos nosotros. ¿No te parece?
–Si, Papi. Pensá que no todos pueden amarse como nosotros…
Me tomó la manito con más fuerza y juntos subimos las escalinatas y entramos al templo a cumplir con lo que nos habíamos propuesto.
Estuvimos unos minutos sentados en el lugar vacío. Parecía que muy pocos de los que tantas cosas tenían, se acordaban de pasar por allí a decir un simple “Gracias”.
Al salir, caminamos unas cuadras en silencio, pensando en lo que habíamos reflexionado y orado frente a Dios.
El Profe rompió el silencio:
–Loli…
–¿Shi?
–¿Te puedo preguntar algo?
–Por supuesto, Papi.
–¿Querés saber lo que le pedí a Dios?
–Me gustaría, claro, mi amor.
–Le pedí que me permitiera estar hasta el último día de mi vida a tu lado y que nos hiciera muy felices a los dos.
Lo miré con el corazón colmado de ternura.
–Yo le pedí que te cuidara, que me cuidara, que nos cuidara y que nos diera muuuucho tiempo para estar juntos y disfrutar de la maravilla de nuestro amor.

Desde ese día, nunca pasamos de largo por una Iglesia, sin antes entrar y agradecer a Dios que nos permita vivir el amor de esta manera tan hermosa.

Lolita



viernes, 24 de julio de 2009

Aniversario

Hace dos años, en un día frío como hoy, entraste a mi vida.
Gracias a ese primer mensajito y ese dulce e inocente “besito con bufanda”, mi vida cambió su rumbo. Fue toda una sorpresa y un hermoso regalo conocerte, mi amor. Desde ese primer día me cuidaste, me aconsejaste y me tomaste de la manito para guiarme a conocer cosas nuevas y maravillosas, entre ellas, la magia del primer amor, el encanto del primer beso y el estremecimiento que causa sentir tus caricias sobre mi piel.
Por todo lo que vivimos juntos, por todo lo que pasamos, por todos esos obstáculos que superamos y que hoy no son más que un recuerdo, es que quiero decirte gracias. Gracias por regalarme tanta alegría, ternura y mimos. A tu lado me siento la mejer más afortunada del mundo.

Sólo deseaba que estas líneas te hicieran saber lo mucho que te amo.

FELIZ ANIVERSARIO, MI VIDA.


Lolita

viernes, 17 de julio de 2009

Noche invernal

–Papi…
–¿Mmm-mhm?
– ¿Te parece que nos levantemos de una vez?
–Mmm…
–Estamos muy cómodos en esta cama, pero creo que ya se está haciendo de noche y hemos estado casi toda la tarde yaciendo cómodamente en este colchón.
–Es que esta cama es un vicio, Bebi, y además afuera hace mucho frío…
–Es cierto, mi vida. ¿La verdad? Yo también me quedaría acá, pero…
Y los dos dijimos al mismo tiempo:
–¡Tenemos que salir a comer!
–Es que, bueno… si nos quedamos mucho tiempo más acá, van a cerrar todos los locales comestibles y después vamos a tener que padecer del molesto dolor de estómago a causa de no haberlo llenado. ¿Qué decís, papi?
–Y si, Loli, nos vamos a tener que levantar.
Juntamos fuerzas y de un impulso nos pusimos en pie. Nos vestimos y nos preparamos para enfrentar el aire frío del exterior en esa noche invernal.
–Si querés andá saliendo papi, yo ya voy. Me peino un poco y ya estoy con vos.
–Bueno, mi amor.
Me acomodé el pelo rápidamente y mientras lo hacía escuché que mi Papi gritaba:
–¡Bebiiiiii!!!!
–¿Qué pasa?¿Qué hay?
–Brrrrrrr… ¡Este sí que es un frío importante! ¡Esto se llama tener envergadura!
Me reí.
–Uyyyy!! Cierto!
–¿Cómo era eso de que en este lugar hacía 16 grados todo el año? –Me preguntó.
–Bueno, eso decía en la página de Internet, Papi, pero ahora veo que no es cierto… o a lo mejor sólo hacían referencia a la temperatura durante el día y bajo el rayo del sol...
Fuimos caminando rápido hasta nuestro lugar elegido para cenar. Nos quedaba a unas cuantas cuadras. Una vez que disfrutamos de una rica comida y una agradable velada los dos juntos, conversando y riendo, llegó el trágico momento de asomar nuevamente a la noche y sufrir durante un par de cuadras el aire helado.
–Papi…

–¿Si?
–¿Te parece que vayamos bien rápido para entrar en calor?
–Si
–Bueno, a ver, agarrame del brazo y vayamos bien pegaditos para no pasar frío.
–Bueno, mi amor.
–Pensá que dentro de unos minutos vamos a estar nuevamente en nuestra habitación calentita y en esa cama, bien tapaditos los dos y haciendo alguna que otra travesura… y por supuesto, ¡con la panza llena!

Lolita

martes, 14 de julio de 2009

Relojito

Íbamos caminando de la mano por una transitada calle peatonal del centro de la ciudad. De repente, el Profe se detuvo ante una vidriera y se quedó observando detenidamente algo. Me acerqué y vi que estaba mirando relojitos de mujer, de esos que usan las señoritas elegantes.
–¿Qué mirás, papi?
–¿Te gustan, Loli?
–¡Me encantan!
–Creo que ya es momento de cambiar ese que llevás puesto. Si bien cuando te lo regalé te venía muy bien, creo que ahora debés tener algo más apropiado. Ya sos toda una señorita, mi amor.
Sonreí.
–Vení, entremos.
Entramos al local, donde además de relojes se exhibían también todo tipo de joyas y hasta alianzas de compromiso (Me quedé mirando unos instantes un par pensando –lo confieso– que ya llegaría, seguramente el momento de usarlas).
–¡Buen díaaaaa! –saludó el profe con su acostumbrada sonrisa y buen humor.
–Buenos días –respondió la señora que atendía el local–. ¿Qué los trae por acá? ¿Qué andan buscando?
–Un relojito para la señorita...
–¿Cuál podría ser? –Preguntó amablemente la señora.
–Le muestro –y le señaló en la vidriera tres que nos habían parecido muy bonitos (con el profe tenemos gustos muy similares).
La señora sacó los que le habíamos dicho y los puso sobre el mostrador. Eran todos realmente hermosos.
Me quedé mirando los tres y fui descartando, hasta quedarme con el que más nos gustaba a ambos: de acero, color metal, de agujas y con fondo oscuro.

Me lo probé y como me andaba suelto en la muñeca, un señor se encargó de adecuarlo y ajustarlo para que me fuera justo.
–¿Te lo vas a llevar puesto, pipi?
–No, prefiero estrenarlo esta noche...
Nunca había tenido un reloj tan bonito. Era un orgullo para mí lucir ahora algo tan bello.
Desde que me conoció, mi profe se encargó de transformarme en una señorita muy elegante. Por no mencionar el perfume francés que me regaló el primer día que nos vimos y que yo esperaba hace tiempo de tanto verlo en publicidades: Lolita Lempicka.
Esa noche, cuando fuimos a un evento social al que el Profe había sido invitado por cuestiones de trabajo, estrené mi relojito y la riquísima fragancia del perfume.
Al lado suyo, de blazer y pantalón gris, camisa y corbata y, distinguido como estaba, me sentí la mujercita más afortunada y bella del mundo.

Lolita

domingo, 5 de julio de 2009

Primer voto

El domingo 28 fue uno de esos días memorables que no se olvidan: por primera vez ejercí mi deber y mi derecho de ciudadana, de elegir a sus representantes y, lo mejor de todo, es que fui a votar acompañada por el Profe.
Esa mañana, luego de darnos un baño caliente, ver las noticias del momento y tomarnos un rico desayuno, nos fuimos en el colectivo que nos dejaba más cerca, hasta el colegio que me había sido asignado para votar y que queda a pocas cuadras de mi casa.
Como yo, él estaba muy emocionado de poder acompañarme en ese momento tan importante y significativo de mi vida.
Entramos al establecimiento, dimos una mirada al lugar hasta ubicar la mesa donde debíamos formar fila y nos dispusimos a esperar a que me llegara el turno, mientras el Profe me explicaba cómo debía emitirse el voto. Detrás de nosotros, una mujer joven no paraba de hablar por su teléfono celular, haciéndonos partícipes de su conversación acerca de temas personales, privados y hasta íntimos con su interlocutora que, por lo que pudimos deducir, podía ser la hermana, la prima o una amiga. Tengo que aclarar que el Profe tiene una peculiar aversión por los teléfonos celulares y, en especial, por las personas que hablan y ventilan sus asuntos delante de todos, como si estuvieran a solas en el living de su casa.
La fila correspondiente a la mesa donde yo debía votar era la más larga de todas y, quizás porque el único hombre era él, cada dos por tres se nos acercaba una mujer para preguntarle adónde estaba la mesa número tal, o si esa cola era la de los apellidos que comenzaban con las letras que iban de la P a la V. El colmo fue una señora mayor que le preguntó si esa era la cola de la letra Z, haciendo gala de un desconocimiento total acerca de la forma en que se vota, como si nunca antes lo hubiera hecho pese a su edad.
El Profe me miró primero a mí y después a la señora y en sus ojitos pude leer con claridad que estaba por mandarse una de las de las suyas.
–Señora, se vota por número de mesa –le dijo.
–¿Pero ésta cola es de la letra Z? –insistió la mujer, como si tuviera serios problemas de comprensión.
–Mhh-hh... A ver cómo se lo explico... –contestó él–. Tiene que consultar el padrón, señora.
–Mjm... ¿Y adónde están los padrones? –la señora no se daba por vencida.
–¿Ve aquel pasillo?
–Mjm...
–Bueno, si sigue por allá, va a encontrar los padrones en la pared... –le dijo el Profe, señalándole un pasillo–. Ahí va a poder encontrar la mesa en la que le toca votar.
La señora, sin darle las gracias, se marchó hacia donde él le había dicho.
–Papi...
–¿Mhhh-hh?
–¿Cómo sabés que los padrones están ahí?
–La verdad, no tengo ni idea, Loli.
–¿Qué? ¿No están ahí?
–No sé.
–¿Y por qué la mandaste ahí?
–Para sacármela de encima, Loli. Me fastidia que todas las señoras me vean cara de portero y me pregunten a mí.
–Jajaj... –no pude evitar soltar la carcajada–. ¿Y adónde la mandaste? Jajaj
–Ni la menor idea, Princesita –me contestó, con esa sonrisa traviesa que yo le conozco.
Creo que por la emoción de acompañarme a votar por primera vez, la joven que seguía contándole su vida privada en voz alta por celular a quien sea que fuere que la escuchaba, todas las mujeres que lo tomaron por el portero, y la cola, que iba medio lenta, terminaron por ponerlo un poco ansioso. Y cuando al Profe le da la ansiedad-mal, le dan ganas de fumar –debo reconocer que está haciendo un esfuerzo considerable para dejar el cigarrillo–, por lo que me dijo:
–Loli…
–¿Qué, mi vida?
–¿Vos tenés chicles?
–Mmmm… no. ¿Por qué?
–Preguntaba, nomás.
–¿Y vos desde cuándo comés chicles, papi?
–No mastico chicles, Loli. Pero es que como estoy muy emocionado por este momento, me dan ganas de fumarme un cigarrillo... –dijo, y antes que yo pudiera empezar a regañarlo, agregó: –Y no creo que quieras dármelos.
–Mi vida, ya te fumaste el de la mañana, y sabés que no quiero que fumes porque te hace mal a la salud –le dije, apretando las manos sobre mi bolsito-cartera, donde yo los tenía guardados después de confiscárselos.
–Bueno, por eso, entonces prefiero un chicle.
Pensé en salir a comprarlos afuera, pero en un costado del patio del colegio estaba abierto el kiosco del colegio.
–A ver, esperá, allá hay un kiosquito. Voy a ver si tienen. Vos, quedate acá en la fila, ¿sí?
–Sipi.
El kiosco tenía golosinas, así que regresé un minuto después con una cajita de chicles sin azúcar de esos que promocionan que ayudan a fortalecer y blanquear los dientes. Le di dos cuadraditos a él y yo me comí el resto, porque me encantan.
No pasaron ni diez minutos, cuando en determinado momento lo miré y vi que estaba metiéndose el dedo en la boca, como si estuviera hurgando en su interior. Parecía un chico, que con la boca abierta y el dedo índice rascando, intentaba quitarse algo pegado en el paladar.
–¡Papiiiiii!
–¿Mmmhhh-hh?
–¿Qué hacés?
–Mmhh... –me dijo, sin sacarse el dedo de la boca y sin importarle la gente que lo miraba–. ¿E dah uenta pohé unca omo shijle? –qué gracioso cómo hablaba.
–¡Uy, papi! ¡Me hubieras dicho que te pasaba esto!
–Mhhh-hh... ji...
–Bueno, ahora disimulá un poco para que no te mire tanto la gente...
–le estaba diciendo cuando se sacó el dedo de la boca con el chicle masticado.
–Shá stá... –me dijo, sonriente y empezó a mirar para todos lados.
–¡Pappppiiii!
–¿Qué pasa, Loli? –me preguntó, sin dejar de amasar el chicle entre los dedos, haciendo una bolita
–¿Qué hacés con el chicle?
–Estoy buscando un cesto de desperdicios para no tirarlo en el piso, mi vida, pero no veo ninguno –dijo–. Me fastidia pisar chicles masticados, así que no le voy a hacerle a otro lo que a mí no me gusta.
Así es él. Esa forma de ser y de razonar, es la que me cautiva.
Como una media hora después, me llegó el turno. Entregué mi documento, lo verificaron, me dieron el sobre y entré en el cuarto oscuro. Cuando salí, con una sonrisa de oreja a oreja, lo busqué con la mirada, emocionada. Se había acercado a la mesa y me sonreía. Me firmaron y sellaron el DNI, saludé a los miembros de la mesa y me fui hacia donde él estaba esperando, con mi bolsito-cartera colgado de su hombro.
Lo tomé de la mano y le dije:
–¡Qué feliz me siento, Papi! ¡Cómo me gusta que hayas estado conmigo este día!
Me sonrío, se inclinó hacia mí y me besó en la mejilla.
–¿Ya encontraste adónde tirar el chicle? –le pregunté, cuando salíamos.
–Shi... Ahí –me contestó, señalándome un cesto de basura.
–Bueno, ahora vamos a mi casa, así podés limpiarte esos dientes pegoteados...
–Mhh-hh...
–Además ya es casi la una, y mi papá debe de estar esperándonos con el asadito...
–Sí, Loli. Tu primera votación y este hermoso día, merece el asadito que preparó tu papá.
Salimos del colegio hacia mi casa, y me acuerdo haber pensado que si hace dos años alguien me hubiera dicho que el día de depositar mi primer voto iba a ser así, le hubiera preguntado con qué se había emborrachado.
¡En fin! Sorpresas que nos da la vida.

Lolita

sábado, 4 de julio de 2009

El regreso


Y llegó el momento de subir al ómnibus y regresar, después de pasar una maravillosa semana compartida. Cuando el micro salió de la terminal, me quedé mirando por la ventanilla, abstraído en los recuerdos de estos siete días que pasamos juntos.
Esta vez no tuvimos que padecer el momento de armar el equipaje, con el consiguiente “bajón-mal” de otras veces, ni la despedida en la rampa, saludando con la mano hasta que el ómnibus se pierde de vista.
Quizás se deba a que esta vez el reencuentro fue igual que otras veces
–con Loli esperando apoyada en la baranda hasta verme parado en la puerta, para bajar el primero–, y al mismo tiempo distinto.
Después de transcurridos dos meses desde el viaje que hiciera ella y de haber vivido a la distancia circunstancias no muy gratas, quizás necesitábamos darnos una revancha de momentos de esos que se guardan en la memoria por la intensa felicidad que nos deparan, cuando dos seres que se aman se divierten a lo pavote.
O tal vez se trate de que cuando hablamos hoy, ya separados por la distancia, nos sorprendió comprobar que, una vez más, ambos tuvimos la sensación –o el presentimiento–, de que cada viaje nos acerca un poquito más y que quizás no esté tan lejano el día en que, cuando lleguemos a la terminal, sea para viajar juntos y no para despedirnos.
A lo mejor no fue una simple sensación compartida y sólo falte un puñado de horas para que, como escribió Lolita: “Mañana nos reencontraremos, nos abrazaremos fuerte por el tiempo de ausencia y estaremos juntos para aprovechar al máximo cada día, para divertirnos, para pasear de la mano y para disfrutar los instantes que la vida nos regala para estar el uno con el otro, como siempre desearíamos estar”.
Ése anhelo compartido y todos los momentos de intensa dicha que disfrutamos, deben haber sido los que lograron que, esta vez, el momento del regreso no fuera la tristeza de dejar atrás lo que vivimos, sino la alegría del anhelo de lo que estamos por vivir.

El Profesor

PD: Gracias a todos por sus deseos y por seguir estando aquí durante estos días de nuestra ausencia.