–Pero... (¡Snif! ¡Snif!) ¿No nos vamos a ver nunca más? –Loli tenía los ojos enrojecidos de tanto llorar, después de aquella noche de pesadilla, la de la entrega de su diploma con honores.
–Nunca es demasiado tiempo, Loli –le dije, secándole una lágrima que se escapaba por el costado de uno de sus ojitos–. Tranquila...
–Pero es que esas abogadas me dijeron...
–Tranquila, Loli. No te desesperes. Esperá –dije, haciendo un hueco con mis manos para envolver las suyas–. Aprendé a esperar, mi vida. Mirá... ¿viste que hay un refrán que dice: “No hay mal que por bien no venga”?
–Shi (¡Snif! ¡Snif!)
–Bueno… Ahora nos toca pasar este momento amargo y duro. Mañana, ¿quién sabe?
–Pero Papi... ¡Snif! Es que me dijeron que hasta los veintiún años...
–A ver, Frutillita. Escuchá esto que te voy a decir, ¿sí?
–Sí... ¡Snif!
–Pero para escucharme, tenés que dejar de llorar, mi cielo.
–Shi... no shoro más...
–A ver... ¿Viste que ahora la mayoría de edad se tiene a los veintiún años?
–Mhhh... shi... es lo que me dijeron las abogadas.
–Ajá. Ahora, ¿vos sabés que desde el 2005 hay un proyecto de ley para que la mayoría de edad sea a los dieciocho?
–¿Mjm? No, no sabía... ¿en serio?
–Sí, claro.
–¿Y cuándo sale esa ley, Papi? ¿Pronto?
–Mirá, creo que de este año, no pasa...
–¿Y cómo sabés?
–Por varias cosas, pero en especial, porque ahora el tratamiento de las leyes, desde que se sancionó la nueva Constitución, no es como antes.
–¿Y cómo era antes?
–¡Uh, una lata! Antes una ley iba y venía de una cámara a otra, y si no había acuerdo, podía extenderse de manera interminable.
–¿Y ahora?
–Ahora hay cierto tiempo –para explicártelo fácil–. Y después de ese tiempo, la ley tiene que ser sancionada si una de las cámaras aprueba el proyecto por unanimidad...
–¿Y eso ya pasó?
–No del todo... pero en la Cámara de Senadores, hace unos años, se aprobó, pero en la Cámara de Diputados no. Y en diciembre de este año, volvió a tratarlo. Así que este año, se vence el plazo...
–¿Y vos cómo sabés todo eso, Papi?
–Porque leo los diarios y me interesan las leyes del país en el cual vivo... Decime, en el colegio, ¿no tuviste una materia que se llamara Derecho Constitucional?
–Nop...
–¿Y nadie les enseñó esto? ¿Nadie les habló de la Constitución?
–Nop... Pero, Papi... ¿Y cuándo se reúne la cámara que aprobó el proyecto otra vez?
–En marzo, Loli. Cuando comience el nuevo período legislativo.
–¿Y vos creés que la van a aprobar?
–Ajá...
–¿En serioooo?
–Nunca es demasiado tiempo, Loli –le dije, secándole una lágrima que se escapaba por el costado de uno de sus ojitos–. Tranquila...
–Pero es que esas abogadas me dijeron...
–Tranquila, Loli. No te desesperes. Esperá –dije, haciendo un hueco con mis manos para envolver las suyas–. Aprendé a esperar, mi vida. Mirá... ¿viste que hay un refrán que dice: “No hay mal que por bien no venga”?
–Shi (¡Snif! ¡Snif!)
–Bueno… Ahora nos toca pasar este momento amargo y duro. Mañana, ¿quién sabe?
–Pero Papi... ¡Snif! Es que me dijeron que hasta los veintiún años...
–A ver, Frutillita. Escuchá esto que te voy a decir, ¿sí?
–Sí... ¡Snif!
–Pero para escucharme, tenés que dejar de llorar, mi cielo.
–Shi... no shoro más...
–A ver... ¿Viste que ahora la mayoría de edad se tiene a los veintiún años?
–Mhhh... shi... es lo que me dijeron las abogadas.
–Ajá. Ahora, ¿vos sabés que desde el 2005 hay un proyecto de ley para que la mayoría de edad sea a los dieciocho?
–¿Mjm? No, no sabía... ¿en serio?
–Sí, claro.
–¿Y cuándo sale esa ley, Papi? ¿Pronto?
–Mirá, creo que de este año, no pasa...
–¿Y cómo sabés?
–Por varias cosas, pero en especial, porque ahora el tratamiento de las leyes, desde que se sancionó la nueva Constitución, no es como antes.
–¿Y cómo era antes?
–¡Uh, una lata! Antes una ley iba y venía de una cámara a otra, y si no había acuerdo, podía extenderse de manera interminable.
–¿Y ahora?
–Ahora hay cierto tiempo –para explicártelo fácil–. Y después de ese tiempo, la ley tiene que ser sancionada si una de las cámaras aprueba el proyecto por unanimidad...
–¿Y eso ya pasó?
–No del todo... pero en la Cámara de Senadores, hace unos años, se aprobó, pero en la Cámara de Diputados no. Y en diciembre de este año, volvió a tratarlo. Así que este año, se vence el plazo...
–¿Y vos cómo sabés todo eso, Papi?
–Porque leo los diarios y me interesan las leyes del país en el cual vivo... Decime, en el colegio, ¿no tuviste una materia que se llamara Derecho Constitucional?
–Nop...
–¿Y nadie les enseñó esto? ¿Nadie les habló de la Constitución?
–Nop... Pero, Papi... ¿Y cuándo se reúne la cámara que aprobó el proyecto otra vez?
–En marzo, Loli. Cuando comience el nuevo período legislativo.
–¿Y vos creés que la van a aprobar?
–Ajá...
–¿En serioooo?
–Sipis, corazoncito –acaricié la dulce carita de Loli. Sus ojitos habían vuelto a tener el brillo habitual.

–Creo que en marzo, la Cámara de Senadores la va a aprobar por unanimidad...
–¿Y los diputados?
–No van a tener más remedio que debatir y aprobarla...
–¿Y eso va a ser pronto?
–Pronto... pronto... bueno, durante el año. Creo que antes de fin de año, va a estar sancionada la nueva ley de mayoría de edad.
–¿Y por qué se cambia?
–Para ponerse a tono con el resto del mundo, Loli. Chile, Uruguay y la mayor parte de los países, concuerdan en que a los dieciocho años, si se es hábil para votar, para ir a la guerra, para tomar alcohol, para trabajar y para hacer el amor, se tiene que corresponder con el derecho de sacar una tarjeta de crédito, comprar una casa, viajar dentro y fuera del país y hasta casarse.
–¿En serio, Papi?
–En serio, Loli. ¿Por qué habría de decirte algo que no es?
–Porque hoy estoy triste...
–Tranquila... Este día amargo va a pasar. Vas a ver cómo, en menos de un año, las cosas van a cambiar totalmente...
–¿Sí, Papi? ¿Me lo prometés?
–Creo que puedo prometerlo, sí.
–¿Y los diputados?
–No van a tener más remedio que debatir y aprobarla...
–¿Y eso va a ser pronto?
–Pronto... pronto... bueno, durante el año. Creo que antes de fin de año, va a estar sancionada la nueva ley de mayoría de edad.
–¿Y por qué se cambia?
–Para ponerse a tono con el resto del mundo, Loli. Chile, Uruguay y la mayor parte de los países, concuerdan en que a los dieciocho años, si se es hábil para votar, para ir a la guerra, para tomar alcohol, para trabajar y para hacer el amor, se tiene que corresponder con el derecho de sacar una tarjeta de crédito, comprar una casa, viajar dentro y fuera del país y hasta casarse.
–¿En serio, Papi?
–En serio, Loli. ¿Por qué habría de decirte algo que no es?
–Porque hoy estoy triste...
–Tranquila... Este día amargo va a pasar. Vas a ver cómo, en menos de un año, las cosas van a cambiar totalmente...
–¿Sí, Papi? ¿Me lo prometés?
–Creo que puedo prometerlo, sí.

Esa conversación la tuvimos en la cafetería de la estación de servicio donde nos encontramos esa lluviosa mañana de diciembre de 2008, después de la noche de pesadilla que la madre de Loli le había hecho pasar en un momento tan especial de su vida.
En marzo, como se lo había anticipado, la Cámara de Senadores aprobó el proyecto de ley por unanimidad.
Esta mañana, nueve meses y veintisiete días después de aquella mañana lluviosa y triste, cuando Lolita y yo compartimos el desayuno en la cafetería de la estación de servicio, cuando abrí el correo electrónico, el primer mensaje era de Loli.
“¡Mirá Paaaaaaaa!!! –decía, y en la línea de abajo, pegaba este link.
Aunque ayer habíamos tenido un anticipo, hoy la Cámara de Diputados –a excepción de algunas modificaciones–, también había aprobado el proyecto. En pocas semanas, todos los jóvenes de 18 años, van a ser mayores de edad, aunque haya legisladores, hombres de leyes y hasta psicólogos que pongan en duda la “madurez” de un joven de esa edad, porque aducen que es recargarlos de responsabilidades.
Ante esto, no puedo menos que recordar la época en que yo tenía diez o doce años y, para los chicos de nuestra edad, un joven de dieciocho, era un hombre. Y no puedo menos que preguntarme qué hemos hecho, las personas de nuestra generación, para que ahora haya semejantes palurdos cercanos a la cuarentena que todavía vivan con “papá y mamá”.
Y reflexiono: si los jóvenes de dieciocho –no todos, porque hay cantidad de excepciones, Lolita entre ellas–, no son “maduros” como para enfrentar la vida... ¿no somos nosotros, los que los trajimos al mundo, los responsables?
Hoy hablamos con Loli por teléfono acerca de esto.
–¿Entonces puedo viajar para pasar unos días juntos cuando quiera?
–Sí, Loli.
–¿Y podemos planear unas vacaciones juntos en... Brasil, por ejemplo?
–Claro, mi vida. Podemos.
(...)
–Papi –dijo Lolita.
–¿Qué, mi vida?
–Gracias por cumplir tu promesa, ¿sabés? Yo no me olvido de ese día cuando con esa promesa, me ayudaste a superar el miedo. Gracias por darme ánimos. Gracias por renovarme la esperanza ese día, mi Pichoncito. Gracias por mantenerme la ilusión.
–Gracias a vos, Loli.
–¿Gracias? ¿Por qué?
–Por estos dos años en los que vos mantuviste mis ilusiones, Princesita.
(...)
–Pa...
–¿Qué, Loli?
–Esto de la ley... ¿quiere decir que ya no voy a ser una Lolita?
–Mhhh...
–Contestame, Papi. No me digas "Mhhh..."
–Para mí, aunque sé que vas a crecer y madurar, en un rinconcito de mi corazón vas a seguir siendo Lolita, mi amor.
En marzo, como se lo había anticipado, la Cámara de Senadores aprobó el proyecto de ley por unanimidad.
Esta mañana, nueve meses y veintisiete días después de aquella mañana lluviosa y triste, cuando Lolita y yo compartimos el desayuno en la cafetería de la estación de servicio, cuando abrí el correo electrónico, el primer mensaje era de Loli.
“¡Mirá Paaaaaaaa!!! –decía, y en la línea de abajo, pegaba este link.
Aunque ayer habíamos tenido un anticipo, hoy la Cámara de Diputados –a excepción de algunas modificaciones–, también había aprobado el proyecto. En pocas semanas, todos los jóvenes de 18 años, van a ser mayores de edad, aunque haya legisladores, hombres de leyes y hasta psicólogos que pongan en duda la “madurez” de un joven de esa edad, porque aducen que es recargarlos de responsabilidades.
Ante esto, no puedo menos que recordar la época en que yo tenía diez o doce años y, para los chicos de nuestra edad, un joven de dieciocho, era un hombre. Y no puedo menos que preguntarme qué hemos hecho, las personas de nuestra generación, para que ahora haya semejantes palurdos cercanos a la cuarentena que todavía vivan con “papá y mamá”.
Y reflexiono: si los jóvenes de dieciocho –no todos, porque hay cantidad de excepciones, Lolita entre ellas–, no son “maduros” como para enfrentar la vida... ¿no somos nosotros, los que los trajimos al mundo, los responsables?
Hoy hablamos con Loli por teléfono acerca de esto.
–¿Entonces puedo viajar para pasar unos días juntos cuando quiera?
–Sí, Loli.
–¿Y podemos planear unas vacaciones juntos en... Brasil, por ejemplo?
–Claro, mi vida. Podemos.
(...)
–Papi –dijo Lolita.
–¿Qué, mi vida?
–Gracias por cumplir tu promesa, ¿sabés? Yo no me olvido de ese día cuando con esa promesa, me ayudaste a superar el miedo. Gracias por darme ánimos. Gracias por renovarme la esperanza ese día, mi Pichoncito. Gracias por mantenerme la ilusión.
–Gracias a vos, Loli.
–¿Gracias? ¿Por qué?
–Por estos dos años en los que vos mantuviste mis ilusiones, Princesita.
(...)
–Pa...
–¿Qué, Loli?
–Esto de la ley... ¿quiere decir que ya no voy a ser una Lolita?
–Mhhh...
–Contestame, Papi. No me digas "Mhhh..."
–Para mí, aunque sé que vas a crecer y madurar, en un rinconcito de mi corazón vas a seguir siendo Lolita, mi amor.
El Profesor
Como era desayuno del tipo buffet, había que servirse uno mismo. Empezamos con nuestra taza de café fuerte y caliente –con el infaltable vaso de leche fría para él– y luego, mientras el profe elegía un trozo de budín marmolado, yo llenaba un tazón con cereales y trozos de fruta.






