jueves, 29 de enero de 2009

A contraluz

Es una imagen que nunca se va a borrar de mi memoria. Hoy, todavía, cierro los ojos y me parece verla.
Yo estaba tendido de costado, en las sábanas blancas arrugadas, que mostraban las huellas de la reciente pasión desplegada.
Ella se levantó de un salto y fue al baño, encendió la luz y en ese momento la vi, parada frente al espejo de la toilette, atándose el pelo en una cola de caballo.
Su figura se recortaba, de perfil y a contraluz. Los brazos levantados, el cabello cayendo en cascada sobre la espalda, la goma para el pelo entre los dientes y sus manos de dedos largos y finos recogiendo el pelo, uniendo los mechones.
Todavía hoy, después de transcurridos tantos días, me parece ver su silueta a contraluz. Los pechos pequeños, la cintura sinuosa, su grupa erguida, sus muslos plenos, sus piernas torneadas como por un artista, los pies descalzos.
Debió haber intuido que la observaba porque volteó la cabeza de lado y miró hacia la penumbra del cuarto.
–¿Qué ocurre, mi cielo? ¿Por qué me estás mirando? –preguntó, con esa voz grave que sólo aflora cuando se produce la maravillosa transformación de niña en mujer.
Recuerdo que la emoción me embargó al ver tanta belleza, tanta perfección y tanta sensualidad en su cuerpo adolescente y en ese gesto común y cotidiano.
–¿Te pasa algo? –insistió, al ver que no le respondía.
–Sí –le dije–. Eres tan hermosa, mi chiquita, que me cortas la respiración.
Ese fue el día en que me di cuenta que la amaba.

El Profesor

Foto: Sergiusz Mitin

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Lolita y El Profe